Autor: Angie Hernandez Cruz

  • Mestizajes músico-poéticos: las mujeres

    Mestizajes músico-poéticos: las mujeres

    Hace unos meses escribí un artículo titulado “Mestizajes músico-poéticos”, que acababa diciendo: “…que la música y la poesía se entrelazan de forma única es apasionante”. Siguiendo el hilo de ese apasionamiento, y dado que la Historia apenas se ha hecho eco de ellas, hoy quiero centrarme en el papel que han desempeñado las mujeres en ese mestizaje. 

    Empezaré hablando de la Antigua Grecia, donde la mujer tenía una posición secundaria y controlada por los varones y se dedicaba fundamentalmente al cuidado del hogar y de los hijos. Sin embargo, hubo excepciones a esta norma, y entre esas excepciones encontramos a las hetairas. Estas eran mujeres libres que generalmente ejercían las funciones de artista, contertulia, prostituta y acompañante. Recibían una educación que las formaba en áreas del conocimiento como la filosofía o en diferentes artes como la música, la danza y la poesía, por lo que era común que participaran en los simposios interpretando sus propias creaciones poético-musicales. 

    Si avanzamos en el tiempo y nos fijamos en cómo era la vida de las mujeres en la Edad Media, comprobamos que sus condiciones no habían mejorado demasiado. El acceso a la cultura y la educación seguía estando vedado para la gran mayoría de ellas y solo unas pocas, pertenecientes a los estratos más elevados de la sociedad, tuvieron ese privilegio. En este reducido grupo estaban las trovadoras que, igual que sus homónimos varones, componían sus obras poéticas y musicales y las interpretaban, o las hacían interpretar por juglares o ministriles, en algunas cortes señoriales de Europa. Hay constancia de que, por ejemplo, el rey Alfonso X el sabio se rodeó de mujeres como María la Balteira, que se atrevieron a enfrentarse a las normas de la época y escribieron composiciones dedicadas al amor y al erotismo, algo impensable en una época en la que las mujeres solo podían abordar temas religiosos. 

    Los juglares también tuvieron su versión femenina: las juglaresas, soldaderas, cantaderas, troteras o danzaderas. Estas juglaresas o soldaderas ( llamadas así porque actuaban a cambio de un sueldo o salario), que llegaron a ser muy populares en el s. XIII, eran de origen humilde y viajaban de pueblo en pueblo realizando un espectáculo de música, danza y poesía, siempre acompañadas de un juglar y de una manceba que hacía las veces de ayudante. A pesar de la popularidad de la que gozaron estas mujeres, la mayoría de los textos medievales que las citan lo hacen para denigrarlas y condenarlas supuestamente por prostitución y para recordar a los clérigos que no debían frecuentarlas ni darles alojamiento. 

    Estas breves pinceladas históricas podrían servir para certificar que la vida de las que se dedicaron a crear y/o difundir versos musicados nunca fue fácil. 

    Si damos un salto de varios cientos de años y estudiamos el trabajo de las cantautoras españolas de finales del franquismo, podríamos afirmar que su labor artística fue de todo menos sencilla. Mujeres como María del Mar Bonet, Cecilia o Mari Trini, por citar solo a tres, tuvieron que lidiar con la censura imperante y con la cerrazón de la sociedad previa a la transición para lograr transmitir mensajes de igualdad o hacer crítica social y política. Para ello, necesitaron emplear letras afiladas que envolvían sutilmente en una dulzura, a veces bucólica y otras, abstracta. Nada que ver con la fuerza que irradian las nuevas generaciones de cantautoras de nuestro país.

    Y llegamos al siglo XXI, en el que aún tenemos que estar sacando de las sombras del olvido a muchas mujeres poetas. Me gustaría mencionar aquí a algunas de ellas, cuyos versos han sido musicalizados y cantados por intérpretes femeninas. La lista es larga, pero he hecho una selección de tres de mis favoritas.

     En primer lugar, hablaré del excelente trabajo realizado por Christina Rosenvinge en su disco “Los versos sáficos”. La cantante madrileña siempre ha cuidado con mimo las letras de sus canciones, pero en este álbum Rosenvinge reinterpreta los versos de la genial poeta griega desde el pop contemporáneo y nos cuenta: «Devolverle la música a los versos de Safo. Ese era el propósito con el que empezó este proyecto. Su poesía nació cantada, no escrita”. 

    Este disco es consecuencia de algo mucho más ambicioso, el espectáculo “Safo”, un poema escénico, visual y musical llevado al Teatro romano de Mérida en 2024, protagonizado por Rosenvinge y creado junto a María Folguera y Marta Pazos con el asesoramiento de la excelente poeta Aurora Luque, sin duda una de las voces más acreditadas por su profundo conocimiento de la obra de Safo, la enorme poeta de Lesbos del s. VII a. d C. 

    También quiero mencionar a Sheila Blanco, una joven salmantina que combina distintos géneros musicales como rock, folk, pop o música clásica con textos de su propia creación y una voz muy cuidada. Además, ha realizado magníficas adaptaciones musicales de las obras de poetas españolas como Rosalía de Castro o  de las mujeres de la Generación del 27 en su álbum “Cantando a las poetas del 27” (2020), trabajo que le llevó tres años de investigación para recuperar el legado de estas mujeres poetas españolas.

    Por último, me gustaría hablarles de Cristina Mora, cantante, compositora, pedagoga y musicoterapeuta que combina jazz, pop, folclore y música africana. Ha musicalizado poemas de García Lorca o de Emily Dickinson, además de los de su propia madre, la genial poeta cordobesa Ángeles Mora, en un espectáculo músico-poético titulado “De ficciones y canciones”. He querido incluirla en este artículo porque una de las canciones de su espectáculo pone música a un hermosísimo poema de su progenitora en el que parece que por fin la Historia, como un río lleno de las voces de todas las mujeres silenciadas, hace temblar la Tierra. 

    Les dejo aquí el poema y el enlace para escucharlo en la voz de Cristina. Espero que les guste:  https://youtu.be/Ve-ERd-Bc1M?si=xyUmo7dWkBMi7jPX

    Sola no estás

    No es cuestión de palabras,

    es un rumor de fondo

    queriendo aparecer.

    Se entrecruzan las voces

    como peces revueltos

    dentro del pecho. Duelen,

    hacen daño.

    Fuera cantan los pájaros

    y tú cierras los ojos.

    Engaña la quietud del momento.

    Pero a ti no te ciega

    esta postal de vida retirada.

    Sola no estás, el pensamiento

    no deja de latir, da golpes, bulle,

    igual que si la tierra se moviera.

    Tú eres la tierra que se mueve,

    que tiembla con el fuego de otra música.

    No estás sola.

    El río de la historia sobreviene.

    Un murmullo se acerca.

    Has de saber qué dicen esas voces

    que ya no se conforman,

    mujeres que callaron tanto tiempo,

    razones que traen luz:

    para nunca estar solas.

                  Ángeles Mora, “Ficciones para una autobiografía”, ed. Bartleby 2015

  • Activar la imaginación

    Activar la imaginación

    Mucho se ha escrito y hablado sobre la poesía a lo largo de milenios así que, la única intención de este artículo es la de intentar colaborar desde la humildad con aquellas personas que se inician en el fascinante mundo de la escritura, aportando algunas ideas derivadas de mi propia experiencia en este terreno. Estas líneas también podrían ayudar a los lectores a la hora de disfrutar y apreciar aún más el trabajo que hay detrás de sus versos favoritos.

    Comencemos por definir los elementos básicos que debería contener un texto poético, ya sea en verso o en prosa. Desde mi punto de vista, estos serían tres:

    El ritmo: se logra al combinar silencios con repeticiones de elementos como sonidos (rimas o aliteraciones, por ejemplo), el número de sílabas de los versos, la posición de sílabas tónicas y átonas, palabras, estructuras gramaticales o ideas, entre otros. Un buen uso del ritmo sería el que emplea una o varias de estas repeticiones y provoca cierta cadencia acorde con el tema que se aborda.

    El vocabulario: es fundamental elegir cuidadosamente las palabras que se van a emplear según el propósito del texto, así como colocarlas en lugares estratégicos para que tengan un mayor o menor protagonismo.

    Las imágenes poéticas: se logran a través de un lenguaje sensorial y figurado que crea representaciones vívidas en la mente del lector.

    A simple vista, todo esto puede parecer muy complicado, pero en realidad es la práctica lo que nos hará abordar la tarea de la escritura sin que nos suponga una constante vigilancia a los aspectos formales, de manera que resulte en un texto fluido y natural. Y para practicar, vamos a comenzar con una actividad que nos puede servir para ejercitar la creación de imágenes poéticas.

    La característica primordial de estas imágenes es su originalidad –algo indispensable para sorprender al lector–, que solo se consigue si empleamos bien la imaginación y nos alejamos de esos clichés tan temidos por los buenos poetas. Unir la imagen de una paloma blanca a la idea de la paz es algo que no impresiona a nadie. Sin embargo, si, por ejemplo, utilizamos las huellas de un ciervo en la nieve como representación de la paz, el lector va a encontrar algo diferente que puede incluso llegar a conmoverle.

    Para activar la creatividad y la imaginación a través de la asociación de ideas y usarlas en imágenes poéticas sorprendentes, les propongo el uso de los “binomios fantásticos”.

    Los “binomios fantásticos” fueron acuñados por Gianni Rodari (1920-1980), escritor, educador y periodista italiano que realizó un trabajo excelente dentro de la renovación educativa. Su obra «Gramática de la  fantasía» es el principal exponente de sus ideas sobre la creación de historias, convirtiéndose con el tiempo en un clásico de la literatura pedagógica.

    El concepto de binomio fantástico se basa en asociar dos palabras que inicialmente no tienen conexión lógica, para crear una historia interesante, un título o una imagen. Entre las dos palabras es necesaria cierta distancia; una tiene que ser lo suficientemente extraña para la otra, y su unión debe ser discretamente inusual, para conseguir que la imaginación se active buscando una afinidad, una situación (fantástica) en la que los dos elementos extraños puedan coexistir.

    Pongamos el caso de dos sustantivos comunes como “luna” y “hombro”. Podríamos jugar a combinarlos en diferentes contextos hasta conseguir dar con algo que nos emocione o que tenga la originalidad que deseamos, aunque nunca alcancemos la maestría de Vicente Aleixandre en estos versos de su poema “Solo morir de día”, del poemario “La destrucción o el amor”:

    Una mágica luna del color del basalto/ sale tras la montaña como un hombro desnudo.

    Otros ejemplos de magníficas imágenes poéticas son también:

    La montaña que me mira también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño por sus hombros y sus rodillas. (Gabriela Mistral, “Poemas de las madres”)

    El tiempo se agrandaba en los rincones, / se detenía en torno al corazón, (José Agustín Goytisolo, “Alguna noche”)

    Un enjambre de silencios acostados/ ha sobrevivido al holocausto. (Rosa Galdona Pérez, “La última esquina del viento”)

    Solo si estamos dispuestos a ejercitar la imaginación, desprendiéndonos de las ideas demasiado repetidas por tantos otros con anterioridad y del miedo a crear nuevas y sorprendentes imágenes, podremos perfeccionar nuestra escritura. El empleo de los binomios fantásticos puede ser de gran ayuda para ello, además de para enfrentarnos a la página en blanco o a un bloqueo creativo. Solo es cuestión de practicar y practicar como si de un juego se tratara.

    Por último, recomiendo el uso de los buscadores aleatorios de palabras –que se pueden encontrar fácilmente en internet– ya que estas herramientas seleccionan palabras al azar, sin un patrón o criterio predefinido.  Intentar conectar esas palabras será el reto poético que debemos superar.

    Texto publicado previamente en:

    https://www.actecanarias.es/es/node/1624

  • INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y POESÍA

    INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y POESÍA

    Silvia Heidel pinta, toca el piano y además escribe. La prolífica producción literaria que esta polifacética argentina ha desarrollado en los últimos doce años abarca la novela, la poesía y el ensayo, y es a este último género al que pertenece “Creación y autoría en la era de la Inteligencia Artificial”, (editorial Las 1000 y Una, 2024), un apasionante y original estudio sobre los desafíos a los que la IA expone a la poesía actual.

    En el libro se hace un pormenorizado análisis de las poéticas desarrolladas por cuatro autores argentinos contemporáneos: Osvaldo Rossi, Norberto Barleand, Rubén Balseiro y la propia Silvia Heidel, y se detallan los recursos literarios encontrados en cada uno de los poemas publicados por estos autores entre los años 2000 y 2023 con el fin de demostrar que la labor de los poetas es irrepetible a pesar de la competencia generada por el uso de la Inteligencia Artificial. Cada uno de estos autores tiene su particular forma de ver el mundo y de interpretarlo a través de la poesía, que es fruto de unas vivencias, lecturas y contexto cultural específicos e intransferibles. 

    La “literatura” producida a través del uso de la IA podría hacernos pensar que se ha llegado a “la muerte del autor” y por eso en el libro se hace una interesante reflexión acerca de la diferencia entre “autor” y “creador”. La IA es capaz de producir textos a partir de un extenso banco de datos –como en cierta forma hacen los poetas–, y en este sentido es la “autora” de los nuevos textos generados. Sin embargo, nada de lo que se desarrolla con esta herramienta tecnológica ha sido realmente “creado” por ella. La creatividad y la emoción son exclusivas de los humanos porque, como afirma la autora:  

    “El cuerpo del poema se define como un ente vivo que se retroalimenta con voces intertextuales que en él resuenan: desde lecturas de géneros diversos hasta composiciones musicales cultas y populares, desde obras pictóricas hasta mitos, viajes, innovaciones tecnológicas y científicas, noticias, películas, vocablos de lenguas vivas y extintas. Voces que actúan como potenciadores del sentido, y dotan a la creación literaria de una particular singularidad, desdiciendo la ausencia de originalidad y negando la muerte del autor.”

    En el prólogo, la profesora de Literatura Bertha Bilbao Richter señala que: “este libro encierra varios libros”, y es que en él encontramos poesía (el libro se abre y se cierra con sendos poemas, uno a modo de epígrafe titulado “Como no lo haría IA” y otro a modo de cierre titulado “En custodia”),  un exhaustivo estudio hermenéutico de la poética de Rossi, Barleand, Balseiro y Heidel en los capítulos II, III, IV y V , y un detenido análisis ensayístico en el capítulo VI, con unas conclusiones muy bien argumentadas y sustentadas en la obra de importantes teóricos de la filosofía y la literatura universales. Por si esto fuera poco, también se nos regalan las biografías de los cuatro poetas en los que se ha basado este estudio, algo que resulta de mucha utilidad.

    Cuando acabé la lectura de este ensayo, quise probar la eficacia de la IA a la hora de sustituir a los humanos en el uso de la palabra. Para ello, entré en ChatGPT y le pedí que hiciera un resumen de las conclusiones del libro. El resultado fue un texto aparentemente bien redactado, con un estilo muy similar al empleado por Heidel, pero lleno de contradicciones. A continuación solicité a la misma aplicación que escribiera un poema basado en un tema muy concreto. En la pantalla de mi ordenador aparecieron unos “versos” plagados de clichés sin ninguna profundidad. Estos simples experimentos me han permitido reafirmar mi adhesión absoluta a lo plasmado en este magnífico estudio. 

    “Creación y autoría en la era de la Inteligencia Artificial” me ha parecido un ensayo ciertamente original: me ha dado a conocer los entresijos de la obra de unos poetas excelentes, me he admirado de la capacidad de reflexión y análisis de la autora y he disfrutado de la poesía de Silvia Heidel, a quien sigo desde hace bastante tiempo.  

  • Dos poemas y un experimento

    Dos poemas y un experimento

    Cuando converso con alguien que me dice que no le gusta la poesía, siempre tropiezo con los mismos motivos o, mejor dicho, prejuicios. Algunos argumentan que es un género pasado de moda y utilizan adjetivos como afectado o artificial. A veces hasta lo califican abiertamente de cursi o ñoño y afirman que se emplea solo para hablar del amor romántico. Cuando les pido que me nombren algún poeta que conozcan, a menudo mencionan a Bécquer y sus versos más relamidos. Sin duda la ven como la hermanita fea y tonta de la Literatura.

    En el lado opuesto están los que la consideran como algo demasiado complicado, sublime, tan elevado que es cosa de unos pocos elegidos. Sostienen que leer poemas les hace sentir incómodos porque no llegan a entender de manera clara lo que el autor quiere expresar. Me atrevería a decir que estas personas padecen algún tipo de metrofobia, es decir, sienten temor ante la poesía o, en muchos casos, ante su propia falta de control absoluto sobre el significado del poema. En mi experiencia, los aquejados por este problema suelen tener una mente analítica y pragmática y normalmente se inclinan por las Ciencias antes que por las llamadas Humanidades.

    Pues bien, me gustaría intentar hacer cambiar de idea a unos y a otros. Sé que no es una empresa fácil y que no se pueden eliminar prejuicios como el que utiliza una goma de borrar sobre una frase escrita a lápiz, pero me voy a atrever a través de un pequeño experimento.

    Para esta demostración voy a emplear poemas de dos grandes poetas uruguayas: Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) e Ida Vitale (Montevideo, 1923). El primero, el de Peri Rossi, se titula “La pasión”, pertenece a su poemario “Babel bárbara” de 1991, y es un poema de amor:

     La Pasión 

    Salimos del amor

    como de una catástrofe aérea

    Habíamos perdido la ropa

    los papeles

    a mí me faltaba un diente

    y a ti la noción del tiempo

    ¿Era un año largo como un siglo

    o un siglo corto como un día?

    Por los muebles

    por la casa

    despojos rotos:

    vasos fotos libros deshojados

    Éramos los sobrevivientes

    de un derrumbe

    de un volcán

    de las aguas arrebatadas

    y nos despedimos con la vaga sensación

    de haber sobrevivido

    aunque no sabíamos para qué.

    Difícilmente se podría definir este texto como un poema romántico en el sentido de sensiblero. La poeta describe el estado físico y emocional en el que se encuentra alguien tras una experiencia amorosa que se compara con la supervivencia ante un desastre. Sin embargo, y a pesar de no contener el vocabulario o las imágenes que normalmente asociamos con ellos, la pasión amorosa y el erotismo se pueden palpar en todo el texto. 

    El segundo poema de nuestro experimento fue escrito por la longeva y vitalista Ida Vitale, galardonada entre otros con el Premio Cervantes en 2018, se titula “El Pozo” y aparece en el poemario “De palabra dada” de 1953: 

    El Pozo 

    Suponiendo que estamos en el fondo
    de un pozo imaginario;
    que ese pozo tiene altura,
    brocal, más allá cielo
    para alguien que lo alcance;
    y dando por sentado
    que tiene un contenido
    en esperanzas yertas,
    averígüese el tiempo
    que habrá de transcurrir
    para que quien está
    en lo más hondo de él
    llegue hasta arriba.
    Formúlese la respuesta
    en sueños viables,
    fines laberintos,
    ilusiones volátiles.
    Calcúlese también
    la energía perdida
    cada vez que se vuelve
    a tocar fondo.

    La genialidad de esta composición poética reside en que tiene el formato característico de un ejercicio de Física y, sin embargo, trata de la desesperanza, el desánimo, el abatimiento, algo que difícilmente se puede superar mediante una fórmula matemática. Las emociones que transmite van más allá de cualquier experimento empírico y son imposibles de medir en magnitudes físicas. 

    La originalidad de estos dos poemas queda patente en el enfoque novedoso que las dos poetas dan a los temas tratados, sin embargo, esto no es suficiente para que sean calificados como de calidad. Que algo sea innovador, diferente, no significa necesariamente que sea bueno. Entonces, ¿qué hace extraordinarios a estos versos que, por otra parte, no son sino un ejemplo de los muchos que podríamos encontrar en la Literatura en español?

    Tanto Peri Rossi como Vitale demuestran una gran maestría en lo que en mi opinión son los elementos imprescindibles de la buena poesía: Las dos han seleccionado el vocabulario de forma minuciosa y coherente con el mensaje y la forma; han logrado imprimir ritmo y musicalidad (algo que se demuestra con la lectura en voz alta de los textos) aunque los poemas no contengan rimas ni una métrica definida; evitan el empleo de “lugares comunes”, esos clichés tan manidos que ya no nos conmueven (de hecho la “rareza” de las imágenes empleadas impacta al lector y le hace seguir la lectura con interés); finalmente, el mensaje que transmiten se sugiere, se insinúa, y de esta forma se hace atemporal y universal, cualquiera puede hacerlo suyo por mucho tiempo que haya transcurrido desde su publicación.

    Si han llegado hasta aquí leyendo este artículo, doy por bueno el experimento, aunque no haya convencido a nadie de que la poesía no tiene por qué ser cursi ni llena de tópicos ni ser sólo para un grupo de intelectuales ociosos. En cualquier caso, cada amanecer nos brinda una nueva oportunidad para disfrutar de ella, lo que no es poco. 

    Artículo publicado en Revista Canarias Literaria nº 3

  • Elogio de la oda

    Elogio de la oda

    En un mundo donde lo que más parece atraer es la crítica feroz, donde los “odiadores” se extienden como una mancha de aceite ensuciando todo lo que tocan, donde el elogio suele equipararse a la sumisión absoluta o levanta la suspicacia de que se hace por algún motivo espurio o por un interés personal, me gustaría hacer una defensa de la oda.

    No hablo de la elegía —ya se sabe que tras la muerte todo el mundo es buenísimo— ni de la oda en su sentido más clásico, es decir, aquella composición lírica originaria de la antigua Grecia, escrita para ser cantada, en la que se enumeran las excelencias de una persona o se enaltecen sentimientos elevados con un estilo grandilocuente. Y no lo hago, no porque esté en contra de este tipo de textos, que merecen todo el respeto, sino porque lo único que pretendo es mostrar algunos ejemplos en los que se ha usado este tipo de poemas de forma novedosa y original, independientemente de que se les haya llamado odacanto o elogio

     Empezaré recordando el trabajo de algunos poetas consagrados del Romanticismo inglés del siglo XIX que escribieron odas utilizando la fórmula clásica de dirigirse directamente a quien o a lo que se exaltaba, empleando muchas veces la interjección “oh” como manera de expresar su asombro ante las grandezas que estaban alabando. Lo insólito de esta corriente artística era que se inspiraran en la naturaleza, en lugares lejanos y/o exóticos o en la Historia.  Veamos algunos fragmentos de odas románticas:

    “Oda al viento del oeste”, de Percy B. Shelley (1792-1822):

    “Oh, salvaje Viento Oeste, aliento del otoño,

    tú, de cuya presencia las hojas muertas

    se alejan, como espectros que de un hechicero huyeran,” 

      “Oda a una urna griega”, de John Keats (1795-1821):

    “Tú, ¡novia aún intacta de la tranquilidad!
    ¡Tú, hija adoptiva del silencio y del tardo tiempo,
    historiadora selvática, que puedes expresar
    un cuento adornado con mayor dulzura que nuestra rima! ”

    En España y en el primer tercio del s. XX, Federico García Lorca también empleó algunos de esos elementos clásicos, aunque siempre con la genialidad y el talento que le caracterizaba, en su famosa ”Oda a Salvador Dalí”, un canto de alabanza hacia alguien que admiraba y quería: 

    “¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!
    No elogio tu imperfecto pincel adolescente
    ni tu color que ronda la color de tu tiempo,
    pero alabo tus ansias de eterno limitado.”

    Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando encontramos, siempre desde mi punto de vista, las odas más singulares. Haré aquí una clasificación de las que me parecen más sorprendentes o curiosas por su temática o por su forma.

    1.- Odas sobre temas poco usuales, algunos considerados como tabú en nuestra cultura. 

    La estadounidense Sharon Olds (S. Francisco, 1942), que tiene entre otros muchos reconocimientos el Premio Pulitzer de poesía 2013 o el Premio internacional Joan Margarit de poesía 2023, ha escrito odas al clítoris, al pene, a las estrías o al himen. El comienzo de su “Oda al clítoris” (traducción del peruano Reinhard Huaman Mori) dice:

    “Pequeña ansia; 

    cesta de flores de una niña de espina suave
    y pétalo, cercana a la entrada de la columna
    de satén del pasillo interior; ”

    Por otra parte, el chileno Pablo Neruda (1904-1973) escribió un total de 225 odas a lo largo de la década de los cincuenta, comenzando con las contenidas en Canto General (1950) y continuando con Las Odas Elementales (1954), Nuevas Odas Elementales (1956), Tercer Libro de Odas (1957) y Navegaciones y Regresos (1959). En estos poemas Neruda pretendía reflejar la historia del tiempo que le tocó vivir, sus cosas, los oficios, las gentes, las frutas, las flores, la vida, su posición, o la lucha. Como es de suponer, podemos encontrar odas a cosas tan dispares como al chocolate, al día feliz, a la papa o al gato. Este es el comienzo de su “Oda a la cebolla”:

    “Cebolla,
    luminosa redoma,
    pétalo a pétalo
    se formó tu hermosura,
    escamas de cristal te acrecentaron
    y en el secreto de la tierra oscura
    se redondeó tu vientre de rocío”

    2.- Coincidentes en el fondo.

    Puestos a hablar de curiosidades, quiero mencionar a dos poetas que coincidieron en componer una oda a un elemento que utilizaban en su día a día en su labor literaria: la máquina de escribir. Pedro Salinas (1891- 1951) escribió su célebre “Underwood Girls” en 1931. El poema es un canto de exaltación a las teclas (las chicas o “girls”) de la máquina de escribir marca Underwood que empleaba:

     “Quietas, dormidas están,

    las treinta redondas blancas.

    Entre todas

    sostienen el mundo.

    Míralas aquí en su sueño,

    como nubes,

    redondas, blancas y dentro

    destinos de trueno y rayo,

    destinos de lluvia lenta,

    de nieve, de viento, signos.”

    Décadas más tarde, Francisco Umbral (1932-2007) hacía algo similar, esta vez con una Olivetti, en su poema “La máquina de escribir”: 

    “Pequeña metralleta entre mis manos,

    máquina de  matar con adjetivos,

    máquina de escribir, arma del tiempo.

    En todas las mañanas de mi vida,

    el tableteo audaz de mi olivetti,

    ese ferrocarril de ortografía

    en que viajo muy lejos de mí mismo

    o retorno a los campos de la prosa

    para reñir batallas en mi lengua”

    3.- Coincidentes en la forma. 

    Para acabar este particular homenaje a una forma lírica tan antigua y a la vez tan moderna, me gustaría hablar de las dos últimas odas de este artículo. Una está escrita por Mario Benedetti (1920-2009), titulada “Oda a la pacificación”, y la otra por Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973), de título “Oda a la creencia”. La de Benedetti apareció en su poemario “Letras de emergencia”, escrito entre 1969 y 1973, cuando Uruguay experimentaba una profunda crisis económica y social. La de Lanseros, de su libro “El sol y las otras estrellas” (2024), es totalmente distinta en su temática, sin embargo, es patente que la española hace un guiño al uruguayo al usar un formato propio de los trabalenguas o juegos de palabras. Aquí se las dejo para que puedan disfrutarlas. Al fin y al cabo, ¿qué es la poesía sino un juego? 

    ODA A LA PACIFICACIÓN (Mario Benedetti)

    No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
    pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas contra la pacificación
    y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados


    cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar
    y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro


    es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
    o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento


    en realidad somos un país tan peculiar
    que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.

    https://youtu.be/n8ZtwVTwrg4 (En este enlace podrán escuchar al autor leyendo el poema)

    ODA A LA CREENCIA (Raquel Lanseros)

    Quién pudiera creer, seguir creyendo

    en ti que eras quien creyó que fuiste

    aquella que yo creí ser algún día

    cuando creía en tus ojos y, creyéndote,

    volvía a creer, crédula y sin descrédito.

    Hoy me cuesta creer que te creyera

    y, sin embargo, aunque no me creas,

    nada quisiera más que creer de nuevo,

    ligero el corazón de descreimiento,

    como solo se cree antes de haber creído.

    *Artículo publicado en la Revista Canarias Literaria nª 2

  • Mestizajes músico-poéticos

    Mestizajes músico-poéticos

    Hace poco leí que la poesía y la música son el lenguaje de las emociones y de los sentimientos. Creo que nadie puede estar en desacuerdo con esta afirmación que, por otro lado, se podría aplicar a todas las demás manifestaciones artísticas. ¿Quién no se ha emocionado con la pintura o el cine, con la danza o la escultura? ¿Acaso no se traspasan las barreras comunicativas, lingüísticas y culturales a través de la fotografía, por ejemplo? 

    Podríamos comenzar aquí una exposición sobre la permeabilidad de las distintas formas artísticas o incluso debatir qué es lo que debería considerarse arte, pero ese no es el motivo de este artículo. El propósito de estas palabras es centrarnos en dos de las actividades humanas creativas más arcaicas: la música y la poesía.

    Ya desde la antigua Grecia, hace miles de años, los aedos cantaban sus propios versos acompañándose de un instrumento de cuerda. Algo parecido era lo que hacían los bardos celtas, que contaban la Historia y las leyendas de sus pueblos en largos poemas musicados. En la Europa medieval aparecen los juglares, de origen humilde, que iban de pueblo en pueblo cantando y recitando composiciones poéticas que no eran suyas, con el acompañamiento de instrumentos musicales. Los trovadores, en cambio, solían pertenecer a una clase social más alta y eran los autores de las canciones y poemas que interpretaban.

    Hemos citado aquí algunas de las figuras más conocidas de la Historia que empleaban por igual la música y la poesía, pero no podemos dejar de pensar que hubo otras. Mucho antes incluso de la presencia de los aedos griegos, en civilizaciones lejanas en el tiempo y en el espacio y aunque fuera de una manera muy rudimentaria, el ser humano se ha valido de la música y la poesía y las ha fusionado con fines que irían desde lo religioso a la concienciación política pasando por el simple divertimento. 

    Si focalizamos nuestra atención en épocas recientes, podríamos mencionar diferentes mestizajes músico-poéticos que han influido en generaciones enteras. Es imposible nombrarlos a todos, así que he hecho una selección de aquellos por los que tengo especial preferencia.

    Empezaremos con algunos ejemplos de canciones que en realidad son poemas musicalizados. Dentro de este apartado y aunque Joan Manuel Serrat aparecerá en otro párrafo posterior, hay que citar sus álbumes: Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969), Miguel Hernández (1972) y El sur también existe (1985), en los que homenajea a Antonio Machado, Miguel Hernández y Mario Benedetti respectivamente, poniendo música a sus hermosas y estremecedoras composiciones poéticas.

    Otro caso de musicalización de poemas lo encontramos en el delicioso y conmovedor trabajo La palabra en el aire (2003) —con poemas del gran Ángel González, cantados algunos por el no menos grande Pedro Guerra y recitados otros por el propio poeta—, del que se ha dicho que es uno de los más bellos ejemplos de poesía cantada en español en el siglo XXI.

    Aunque podríamos seguir citando muchos otros ejemplos, quiero acabar este apartado hablando de Los versos del capitán (publicado en España en 1979), álbum musical en el que la argentina Olga Manzano y el uruguayo Manuel Picón rinden homenaje al chileno Pablo Neruda interpretando versiones musicadas de su libro homónimo.

    Ya hemos mencionado a Joan Manuel Serrat y a Pedro Guerra, dos figuras imprescindibles en el panorama musical en lengua española, no solo por haber cantado a otros poetas, sino también por la calidad indiscutible de sus propias letras. Aquí es donde aparece la figura del cantautor y con ella la amalgama indisoluble entre el músico y el poeta. Es imposible distinguir la frontera entre uno y otro cuando nos referimos a estos dos grandes o a otros como Joaquín Sabina, Fito Cabrales o Jorge Drexler, por nombrar solo a tres. Pero es que lo mismo ocurre en otras lenguas como el inglés, donde encontramos a monstruos de la poesía musicalizada o la música poetizada como son Leonard Cohen o el mismísimo Bob Dylan, que han llegado a obtener prestigiosos galardones literarios como el premio Príncipe de Asturias de las letras 2011 o el premio Nobel de Literatura 2016, respectivamente.

    Llegados a este punto, me gustaría incidir en un aspecto quizás menos conocido del tema que estamos desarrollando: ¿cómo puede la música ser inspiración para la poesía y hasta dónde se extiende su influencia?

    Desde la invención del fonógrafo, no es difícil imaginar a poetas usando melodías como ambientación mientras se embarcaban en sus viajes literarios. La llamada música clásica siempre ha servido de inspiración y es muy probable que las piezas musicales de Vivaldi o Mahler estén detrás de las composiciones poéticas más importantes de la historia de la literatura, de la misma manera que el jazz está dentro de las obras de los poetas de la generación Beat o que el flamenco vive en los versos de Federico García Lorca. Es indiscutible que la letra, la melodía, el ritmo, las emociones y recuerdos transmitidos en una canción pueden servir como fuente de inspiración para la escritura de un poema, igual que lo es la lectura de otras obras poéticas. 

    Para acabar, me gustaría mencionar a Julio Cortázar, cuya narrativa ha eclipsado su excelente producción poética. Cortázar era, además de un gran lector, un melómano empedernido, gran conocedor del jazz y amante del tango. De hecho, el álbum musical Veredas de Buenos Aires, editado en 1980 después de la muerte del escritor, contiene magníficos tangos compuestos por el propio Cortázar. Además, el autor de la inigualable Rayuela no ocultaba su fascinación por las canciones del cantautor cubano Pablo Milanés, lo que le llevó a inspirarse en su tema “Ya ves” para escribir un bello poema titulado Blues for Maggie. El círculo parece cerrarse cuando en 2013 la cantante Jamila Purofilin edita un álbum con canciones que llevan por letra poemas de Cortázar. Jamila dice haberse inspirado en Papeles inesperados, un libro de Alfaguara de 2009 que contiene textos inéditos del desaparecido escritor argentino. Entre los poemas musicalizados en este disco está el citado “Blues for Maggie”, presuntamente dedicado a Maggie Prior, una cantante afrocubana (igual que la misma Jamila), intérprete de jazz y música popular, a quien Julio Cortázar conoció durante una de sus visitas a Cuba. Canciones que inspiran versos que a su vez vuelven a engendrar música: un juego mágico.

    Que las composiciones poéticas tienen mucho de música (dado que contienen algún tipo de ritmo —haya o no rima o métrica determinada—, y una melodía implícita en la selección de las palabras escogidas) es incuestionable; que las letras de algunas canciones son pura poesía es evidente; que la música y la poesía se entrelazan de forma única es apasionante.