Autor: Jaime D. Parra

  • En este tiempo prolongado, de Silvia López Ripoll (Ed. Cuadranta, 2021)

    En este tiempo prolongado, de Silvia López Ripoll (Ed. Cuadranta, 2021)

    Silvia López Ripoll, licenciada en Filología Hispánica y máster en Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera, es profesora en Estudios Hispánicos de la Universidad de Barcelona desde 1992 y autora de diversos manuales para el aprendizaje de la lengua. En este tiempo prolongado es su primer libro de poemas.

    En un momento en que la poesía urbana gira dentro de nuevas órbitas experimentales, a veces cercanas a un prosaísmo confesional, la poesía de Silvia López Ripoll se planta y se aleja al mundo de la naturaleza con una visión trascendente del paisaje donde busca el respiro de lo humano y lo vital lejos de la claustrofobia de la ciudad, como si el exterior fuera también un marco o espejo de lo interior. Una poesía sencilla, directa, meditativa, de retorno a las raíces más hondas. Poesía del tiempo, de la memoria, de la vivencia; un paisaje a veces cercano al románico, de salmos, oraciones, códices, con una espiritualidad también cercana a los eremitas y monjes de los monasterios del pasado, “con horizonte antiguo”, como dice. La esencia perdura en lo que vive, canta, sueña, duerme o respira.

    La poeta, en un poema pórtico, “Frontera”, abre una puerta-bisagra donde una figura humana como en el Vitruvio de Leonardo extiende sus brazos y mira a sus espaldas y de frente para ver entre “dos mundos”: de espaldas, la noche que duerme –el bosque-; de frente, “un camino que incita a despertar”, y, entre ambos, en la frontera, la palabra creadora, luminosa. El tema de la escritura reaparece a lo largo del libro: “la mano que escribe”, “el cobijo en la palabra”, “la niebla es una frase”, “nosotros intentamos la palabra”…, y al mismo tiempo se asevera que “un poema es un producto inacabado”. Los títulos de los poemas, compuestos por un solo sustantivo, se enfocan también a condensar sentido y a plasmar la inmediatez de un mundo cotidiano a menudo envuelto en la atmósfera de la memoria y el sueño. Lo que es y lo que ya no es, pero está; lo que fue, pero permanece bajo un trazo o un símbolo; lo que se renueva y vive y deja una realidad que persiste.

    La poeta da rienda a sus versos que recuerdan la distribución de ciertas líneas de William Carlos Williams, Robert Creeley o Louise Glück, y se orienta por rutas del paisaje y la memoria donde las colinas, la piedra, la ermita, las campanas, los pájaros, los árboles, el agua, el aire, son motivos de reflexión y meditación; una meditación que surge del silencio y vuelve a él mientras el lenguaje va modelándose con una adjetivación de tono machadiano o becqueriano: el olivo viejo, el vuelo breve, las áridas tierras, los caminos nuevos, los atardeceres claros, el campo baldío, el destello amargo, las barcas lentas, las torres derrumbadas. Un paisaje otoñal, crepuscular, sereno. Y lucen entonces los semas del cuerpo y sus vivencias y sus metáforas, con su ritmo lento: del corazón, del sueño, de lo dormido, de la ruta, del amor, del vacío, de la infancia, del recuerdo. Y el tiempo aparece dilatado, como si fuera elástico, lento, el silencio alargado, el tiempo prolongado. Algo que se refleja también en las segmentaciones de elementos que se enlazan como cuentas: “un día y luego otro”, “gota a gota”, “gira y avanza”, “va y viene”, sin dejar de lado cierto regusto por la definición y la aseveración: “nada es definitivo”, “la vida es honda compañía”, “Hoy el bosque es un desierto”, “viajar hacia los otros es / alterar el silencio”, “el viaje es real”, “no puedes huir”, “la felicidad se desmorona”, “La eternidad abre la puerta al caminante”. Se va creando así un paisaje suave como las acuarelas, a veces incluso como una fotografía o un bodegón, o una instantánea fílmica, donde las vivencias retornan de nuevo, encadenadas a la luz serena del día o al “guiño” de las estrellas. Silvia López Ripoll va nombrando un mundo, poniendo lindes a un área propia en la que nos adentra.

                Al mismo tiempo que otras poesías se dilatan con los ruidos de la ciudad o se rompen en sus abismos interiores o aúllan en su temblor cósmico o con la violencia relampagueante de los magmas, Silvia López Ripoll ensaya en una forma propia la palabra serena, tranquila, tocada por el silencio ancestral y la gracia: el silencio de los eremitas y los contempladores, los meditadores, los que caminaron por el paisaje y encontraron en él ciertos tintes emotivos, imaginativos: Bashô, Whitman, Rosalía, Machado o Wordsworth. No solo para ver, sino para hacer memoria. “Poesía es recordar en tranquilidad”, había escrito el gran maestro inglés. El libro y su ritmo, creado cuando se ha realizado ya un gran tramo del camino, no se ancla en el atrás, sino que busca tras las huellas su futuro. No es el “tiempo postergado” o aplazado de Bachmann, sino un tiempo en un silencio dilatado, prolongado.

    Frontera

    Como una puerta abierta

    que escribe en sus aristas

    la línea de dos mundos

    así los brazos se extienden

    de espaldas

    la noche que duerme

    en la profundidad del bosque

    de frente

    un camino que incita

    a despertar paisajes

    y en la frontera

    la palabra

    bisagra de amor

    y de horizonte.

    Guiño

    De día

    bajo las esferas

    las palabras cantan

    su movimiento

    un sí y un no

    y en el péndulo

    tu decir

    sombra sol sol sombra

    es una palabra

    de noche

    bajo las esferas

    el péndulo duerme

    su hilo desciende

    sobre móviles ondas

    de palabras errantes

    nadie dice completamente

    la verdad

    y la estrella te guiña el ojo.

    Memoria

    Largo pasillo de piedra

    como tiempo inmóvil

    y en la ventana

    fino alabastro

    traspasa la luz

    tan nítida

    que extiende por los muros

    la memoria

    ábside

    donde danzan

    las aves

    y en nosotros

    quién sabe quién danza

    en nosotros

    qué códices secretos

    qué salmos y antífonas

    in saecula saeculorum.

    Vaivén

    De piedra y de campana es la ermita

    con tejado gris

    de piedra y de campana

    con un olivo

    de bronce y de reflejo es su péndulo

    con lágrima suspendida

    de bronce y de silencio

    con vaivenes quietos

    péndulo pesado y denso

    hecho de oscura respiración

    tan completamente solo

    que está dispuesto a caer

    si pudiera moverse por la tierra

    descendería desde lo alto

    como el alma que no quiere tener miedo

    pero aún no

    no mientras su agitación no sepa

    si es por felicidad o por tristeza

    o por una larga espera

    de piedra y de péndulo es la ermita

    y de un olivo viejo que sacude las hojas

    bajo el vuelo de las aves

    allí los solitarios llegan

    despacio

    porque el sendero es empinado.

    Bodegón

    Maduran las uvas en la parra

    cambiando en formas y color                                      

    sin repetirse

    crecen ajenas al destino

    que la mano del hombre les aguarda

    entregándose a matices sin lamentos

    acaso una

    dando sustento al pájaro o al suelo

    deja caer el peso de su brote

    no hay dos exactas

    tan solo se asemejan

    van inhalando la vida mutuamente

    sin preguntarse por el vacío que inició

    su movimiento

    y en vino convertidas

    ceden de nuevo al hombre sus virtudes

    uniéndose una a otra en su esencia

    así comprende la tierra

    entre los frutos de su reino

    sin encerrar

    como labriego o místico bodegón

    imágenes estáticas de un mundo interpretado

    aun así

    qué desconcertante es la naturaleza

    cuando cautiva

    como el arte

    se refleja encadenada a sus estrellas.