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  • ¿Cómo llega la poesía a la gente?

    ¿Cómo llega la poesía a la gente?

    Una pregunta que nunca termina

    Cada época cree formular una pregunta nueva cuando, en realidad, regresa a una preocupación muy antigua: ¿cómo acercar la poesía a la gente?

    Cambian las tecnologías, los hábitos de lectura y las formas de comunicación, pero la inquietud permanece. Desde hace siglos, poetas, maestros, editores, críticos y promotores culturales buscan romper la impresión de que la poesía pertenece a una minoría iniciada.

    Hoy se organizan festivales, recitales multitudinarios, campañas institucionales o vídeos de unos segundos. Ayer fueron los cafés literarios, las tertulias, las revistas y las hojas volanderas. Cambian los instrumentos; persiste el mismo deseo.

    Pero antes de preguntarnos cómo hacer popular la poesía, quizá convenga formular otra cuestión, mucho más reveladora:

    ¿Cómo ha llegado la poesía hasta nosotros?

    La respuesta contiene una enseñanza decisiva. Si después de más de tres mil años seguimos leyendo versos nacidos en civilizaciones desaparecidas, es porque la poesía siempre ha encontrado un camino para atravesar el tiempo. No ha sobrevivido únicamente gracias a su difusión, sino porque ha sabido transmitirse de una conciencia a otra.

    La memoria antes que el papel

    Mucho antes de la imprenta, los poemas ya recorrían el mundo.

    No viajaban impresos.

    Viajaban en la memoria.

    Los rapsodas, los juglares, los trovadores o los discípulos que aprendían de memoria las palabras de sus maestros hicieron posible que innumerables poemas llegaran hasta nosotros.

    La escritura permitió fijarlos; la imprenta multiplicó sus lectores. Más tarde llegaron las escuelas, las bibliotecas, las editoriales, la radio, la televisión e Internet. Cada época añadió un nuevo medio de transmisión.

    Pero ninguna encontró un sustituto para la lectura.

    Porque ningún soporte puede leer un poema en lugar de una persona.

    El tiempo del poema

    Vivimos rodeados de velocidad. Las noticias envejecen en horas, las imágenes duran apenas unos segundos y los algoritmos premian aquello que captura una atención fugaz.

    La poesía pertenece a otro tiempo.

    No compite por la inmediatez.

    Espera.

    Un poema puede pasar inadvertido el día en que se lee y regresar muchos años después con una fuerza inesperada. Lo que parecía una imagen hermosa acaba convirtiéndose, tras la experiencia de la vida, en una revelación.

    Quizá porque la poesía no trabaja sobre la actualidad, sino sobre aquello que permanece cuando la actualidad ha desaparecido: el amor, la pérdida, el miedo, la esperanza, la belleza o el paso del tiempo.

    Por eso algunos versos sobreviven a los siglos mientras tantos discursos nacidos para su presente desaparecen con él.

    Un cielo lleno de poemas

    Hace unos días Barcelona acogió una iniciativa tan llamativa como simbólica. Un helicóptero lanzó miles de poemas sobre la ciudad como homenaje a la paz y como respuesta poética a los bombardeos sufridos durante la Guerra Civil.

    La imagen era poderosa.

    Transformaba las bombas en palabras.

    Comprendo plenamente el sentido del homenaje. Sin embargo, aquella lluvia de poemas despertó en mí una pregunta distinta.

    Ver no es leer

    Con frecuencia confundimos dos objetivos que no son equivalentes.

    Una cosa es hacer visible la poesía.

    Otra muy distinta es formar lectores.

    Un acontecimiento espectacular puede atraer miles de miradas durante unas horas. Pero la cuestión decisiva siempre aparece después.

    ¿Quién abrirá mañana un libro de poemas?

    La difusión cultural es necesaria. También los homenajes públicos. Pero existe un instante que ninguna campaña puede sustituir: el momento en que alguien, a solas, abre un libro y comienza a leer.

    La poesía no necesita únicamente espectadores.

    Necesita intimidad.

    Necesita tiempo.

    Necesita lectores.

    La transmisión invisible

    Tal vez la poesía se haga verdaderamente popular de una forma mucho más humilde de lo que solemos imaginar.

    Cuando una maestra encuentra el poema que cambia la relación de un alumno con las palabras.

    Cuando un padre lee unos versos antes de dormir a su hija.

    Cuando una biblioteca reúne a unas pocas personas alrededor de un libro.

    Cuando un amigo presta el poemario que un día le ayudó a comprenderse.

    La historia de la poesía está hecha de estos gestos casi invisibles.

    La cultura rara vez avanza mediante explosiones.

    Avanza mediante contagios.

    El verdadero vuelo de un poema

    Un poema viaja de una forma muy distinta a cualquier otro mensaje.

    Pasa de una mano a otra.

    De una voz a otra.

    De una memoria a otra.

    De una vida a otra.

    Su verdadero vuelo no atraviesa el cielo.

    Atraviesa las personas.

    Los grandes poemas terminan dejando de ser literatura para convertirse en experiencia. Llega un momento en que ya no recordamos cuándo los aprendimos. Simplemente forman parte de nosotros.

    Y quizá no exista destino más alto para un poema.

    La popularidad que importa

    Tal vez la poesía nunca sea un fenómeno de masas.

    Quizá nunca compita con los grandes espectáculos ni con las plataformas que ocupan nuestro tiempo cotidiano.

    Y acaso no deba hacerlo.

    Su misión nunca ha consistido en reunir multitudes.

    Ha consistido en acompañar conciencias.

    Un poema leído durante unos segundos por millones de personas puede desaparecer al día siguiente.

    Un poema leído de verdad por una sola persona puede permanecer vivo durante siglos si esa persona decide transmitirlo.

    Toda la historia de la poesía parece confirmar esa paradoja.

    Los poemas no sobreviven porque todos los vean.

    Sobreviven porque alguien los guarda.

    Porque alguien vuelve a ellos.

    Porque alguien descubre que hablan de su propia vida.

    La verdadera popularidad de la poesía no se mide por el número de ojos que alcanzan un verso.

    Se mide por el número de vidas que ese verso llega a habitar.

    Y ese lugar, silencioso, libre e íntimo, ha sido siempre la verdadera casa de la poesía.

  • La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    Introducción: la belleza como verdad reconocida

    Existe un momento, cuando leemos un poema, en que algo se detiene dentro de nosotros. No es únicamente admiración por la precisión de sus palabras ni por la armonía de sus versos, sino una forma más profunda de reconocimiento. Decimos: qué hermoso. Y, sin embargo, esa impresión de belleza no siempre depende de la perfección métrica ni del virtuosismo formal. A menudo nace de otro lugar.

    Tradicionalmente se ha asociado la belleza poética a la musicalidad, a la imagen brillante o a la arquitectura impecable del verso. Pero la experiencia lectora demuestra que hay poemas técnicamente sencillos que nos conmueven más que otros formalmente complejos. Esto sucede cuando el poema logra encarnar una verdad emocional, cuando convierte una experiencia íntima en una imagen que el lector siente como propia.

    La belleza, en estos casos, no reside únicamente en cómo está escrito el poema, sino en lo que revela. Surge cuando el lenguaje no solo describe, sino que hace visible una forma de estar en el mundo. Cuando la palabra crea un espacio donde la fragilidad, la memoria o el afecto encuentran una forma duradera.

    En este sentido, la belleza de un poema no reside exclusivamente en la perfección de su métrica ni en la brillantez aislada de sus metáforas, sino en una conjunción más compleja: la capacidad de crear un espacio emocional verdadero, la autenticidad de la experiencia que transmite, la coherencia de su universo simbólico y la intensidad silenciosa con la que logra interpelar al lector. La belleza poética nace, sobre todo, cuando el lector reconoce en el poema una forma de verdad. Mariana y su perra Canela pertenece a esta categoría: su belleza no es solo verbal, sino afectiva, simbólica y reveladora.

    I. El espacio íntimo: la habitación como universo simbólico

    En Mariana y su perra Canela, Lola García Jaramillo construye un poema de apariencia sencilla que, sin embargo, contiene una profunda reflexión sobre la imaginación, la infancia y la fidelidad. La autora sitúa la escena en un espacio íntimo y protegido, donde la lectura no es solo una actividad, sino una forma de habitar el mundo.

    Desde sus primeros versos, el poema crea una atmósfera de suspensión mediante una imagen de gran eficacia simbólica: “Bajo la mansa luz de la tarde, / en un cuarto de estrellas prendidas,”. La habitación deja de ser un espacio físico concreto para convertirse en un lugar interior, casi sagrado. La expresión “estrellas prendidas” sugiere no solo la iluminación material, sino el encendido de la conciencia imaginativa.

    II. La lectura como experiencia de transformación

    Este carácter transformador se desarrolla plenamente en una de las metáforas centrales del poema: “sus páginas abiertas son un jardín, / mientras recorre su bosque de letras,”. La autora convierte el acto de leer en una experiencia física, espacial y vital.

    El jardín simboliza el crecimiento y el descubrimiento, mientras el bosque introduce la dimensión del misterio. La lectura no aparece como recepción pasiva, sino como exploración activa. Esta idea se confirma en el verso “Mariana navega su nube de papel,”, donde el libro deja de ser objeto y se convierte en territorio.

    La lectura es, en este sentido, una forma de libertad, pero también de refugio.

    III. Canela: la lealtad como presencia protectora

    Frente a este viaje interior, la figura de Canela adquiere un valor simbólico fundamental. La autora construye su presencia a partir de una imagen de gran ternura: “la mira con ojos de miel serena,”. La miel introduce una cualidad afectiva que trasciende lo visual.

    Esta dimensión se intensifica cuando el poema afirma:

    “A su lado, sereno guardián del alma, / Canela la vela con tierna lealtad,”.

    El verbo “velar” introduce una dimensión ética y emocional. Canela no es solo compañía, sino custodia.

    IV. El lenguaje del silencio: plenitud sin palabras

    Uno de los momentos más logrados del poema aparece en los versos: “mientras el silencio las arropa / como un susurro hecho canción.”. Aquí, el silencio no es ausencia, sino forma de comunicación.

    El poema encuentra en esta imagen una de sus claves estéticas: la belleza como expresión de una intimidad compartida.

    V. El reino compartido: el afecto como construcción

    La culminación simbólica aparece en la última estrofa: “Juntas habitan un reino de ensueño, / dos almas bordadas por un mismo afecto,”.

    El verso final, “unidas por un lazo puro y perfecto.”, sintetiza el núcleo temático del poema.

    Un amor sin conflicto.

    Un amor sin condiciones.

    Un amor que existe sin necesidad de justificarse.

    VI. Valoración estética y conclusión

    Desde el punto de vista formal, el poema destaca por su coherencia simbólica y su claridad expresiva. Lola García Jaramillo demuestra que la belleza poética no depende necesariamente de la complejidad formal, sino de la autenticidad expresiva.

    La belleza de este poema reside en su verdad.

    En su capacidad de preservar un instante.

    En su forma de nombrar la lealtad como refugio.

  • EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    Eros, tiempo y lenguaje en Follar por amor, amar por placer

    El poemario ” Follar por amor, amar por placer “ se inscribe en una de las corrientes menos complacientes —y por ello más necesarias— de la poesía erótica contemporánea: aquella que no busca ni la exaltación del cuerpo como fetiche ni la sublimación romántica del deseo, sino su persistencia problemática en el tiempo, su desgaste, su reaprendizaje y su dimensión ética.

    Desde el “Prólogo para leer como epílogo”, firmado por Silvia Rins, se plantea una inversión semántica que actúa como eje conceptual del libro: el desplazamiento de jerarquías entre amor, placer, sexo y afecto, no como provocación gratuita, sino como gesto crítico.

    Uno de los primeros méritos del poemario es su conciencia de tradición. El texto dialoga abiertamente con una genealogía amplia: de la mística (Teresa de Ávila, San Juan) a la poesía amorosa moderna (Bécquer, Salinas), del mito clásico (Circe, Cupido, Cronos) a la cultura pop y científica contemporánea. Sin embargo, este diálogo no se articula desde la reverencia, sino desde la relectura irreverente. Así, en poemas como “En los brazos de Circe”, el mito es desmontado para evidenciar el sesgo patriarcal del relato clásico: la hechicera ya no es la corruptora, sino la depositaria de una compasión corporal que el héroe traiciona. La erótica aquí no idealiza: denuncia.

    Desde un punto de vista teórico, el libro se sitúa en la estela de lo que Georges Bataille definió como una erótica de la continuidad perdida del ser, pero lo hace desde una posición desencantada: el éxtasis ya no promete trascendencia. En textos como “Parábola de Cupido y el Tiempo” o “Rescoldos”, el deseo aparece sometido al desgaste biológico y emocional. El cuerpo no es eterno ni heroico: envejece, se reseca, se cansa. La sexualidad deja de ser conquista para convertirse en lenguaje mínimo, en gesto de resistencia frente al tiempo.

    La voz poética es otro de los elementos más complejos y ricos del poemario. Se trata de una voz múltiple, cambiante, que alterna registros cultos y obscenos, líricos y narrativos, solemnes e irónicos, sin que esa hibridez resulte caprichosa. Por el contrario, responde a una concepción del deseo como experiencia contradictoria. Poemas como “Safe word” o “Horror vacui” llevan al extremo esa ambigüedad: el placer aparece atravesado por la dependencia, el poder, el miedo y la entrega, sin que el texto se refugie en la corrección moral ni en el exhibicionismo pornográfico. Desde una lectura feminista y queer, este punto es crucial: el libro no estetiza el consentimiento, lo problematiza.

    Formalmente, el poemario despliega una notable variedad: verso libre, poema en prosa, composiciones métricas breves, textos narrativos extensos. Esta heterogeneidad responde a lo que podría leerse como una estética del agotamiento del molde: ninguna forma basta por sí sola para decir el deseo cuando este ha dejado de ser lineal. El tono cancioneril de poemas como “Divina canción” convive con la prosa torrencial de “Los invencibles” o “Horror vacui”, donde el lenguaje parece desbordar su propia capacidad de contención.

    Uno de los aspectos más significativos del libro es su ética del cuidado, poco habitual en la poesía erótica tradicional. Frente a la exaltación del orgasmo o la novedad, el texto reivindica la rutina, la costumbre, incluso la torpeza. “Oda a los calzoncillos” o “La voz a ti no debida” desplazan el foco hacia los gestos domésticos, los restos materiales del convivir, convirtiéndolos en signos eróticos de primer orden. Desde esta perspectiva, el poemario se acerca a lo que Roland Barthes denominó “el discurso amoroso menor”: aquel que se sostiene en lo aparentemente insignificante.

    Asimismo, el libro asume una posición crítica frente al imaginario neoliberal del deseo ilimitado. En “Inventario octosilábico” o “La culpa no fue de la monotonía”, el sexo es sometido a la lógica de la estadística, el control y la prevención, evidenciando cómo incluso la intimidad ha sido colonizada por el lenguaje de la gestión. La monotonía no es el enemigo; lo es la expectativa de intensidad constante. Este planteamiento sitúa el poemario en un territorio claramente contemporáneo.

    En términos de género literario, Follar por amor, amar por placer se distancia tanto de la poesía amorosa confesional como de la erótica celebratoria. No hay aquí promesa de redención ni nostalgia idealizante. El deseo se presenta como una práctica situada, atravesada por el tiempo, el cuerpo, la memoria y la pérdida. El poema final, “Otra manera de morir”, no cierra con un clímax, sino con una afirmación radical y sobria: tocar la vida, aun en su fragilidad, como último gesto de sentido.

    En el panorama de la poesía erótica contemporánea en lengua española, Follar por amor, amar por placer aporta un enfoque poco transitado y, precisamente por ello, valiente: el de escribir el deseo sin coartadas trascendentes, sin nostalgia de absoluto y sin la coacción de la intensidad obligatoria. El libro asume el riesgo de nombrar una sexualidad que no promete redención ni épica, pero sí responsabilidad, cuidado y verdad corporal. En un contexto literario donde el erotismo oscila con frecuencia entre la estetización complaciente y la provocación vacía, este poemario se sitúa en un lugar incómodo y fértil: el de quienes se atreven a pensar el amor y el placer cuando ya no sirven como consuelo, sino como práctica consciente de resistencia frente al tiempo. Esa es, quizá, su mayor aportación: demostrar que también en el desgaste, en la repetición y en lo frágil puede haber una poética radicalmente contemporánea.

  • LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    La verdad no siempre se revela mediante pruebas, informes o confesiones. A veces aparece fragmentada, insinuada, suspendida en una imagen o en una frase que no empuja la acción, sino que la detiene. En “Lluvia de cristal” esos momentos existen: son los pasajes poéticos que atraviesan la narración como grietas por las que asoma una verdad más honda que la estrictamente argumental.

    Esta reseña propone una lectura distinta de la novela: no desde el hilo de los hechos, sino desde aquellos fragmentos en los que el lenguaje se densifica y la historia deja de avanzar para mirarse a sí misma. No se trata de resolver el enigma — eso ya ocurre –, sino de comprender qué dice realmente la obra cuando deja de explicar y empieza a sugerir.

    Existir en la mirada del otro

    “Existir en la mirada del otro o simplemente no ser.”

    Esta frase podría leerse como el eje moral de toda la novela. En una sola línea se condensa la fragilidad identitaria de los personajes: la necesidad de ser vistos, reconocidos, confirmados por los demás. La mirada del otro construye o anula. Amar, vigilar, desear o dominar son, en el fondo, distintas formas de mirar.

    La verdad que aquí se insinúa es incómoda: nadie existe del todo si no es visto, y esa dependencia abre la puerta tanto al vínculo como a la violencia.

    El cuerpo como lugar de la verdad

    “Cualquier observador externo lo habría confundido con una momia del nuevo siglo a punto de quebrarse.”

    El cuerpo herido aparece desde el inicio como símbolo central. Vendado, inmovilizado, reducido a objeto clínico, deja de ser sujeto para convertirse en superficie de lectura. No hay épica en el dolor, solo precariedad.

    Este pasaje introduce una idea que reaparece a lo largo de la novela: el cuerpo no miente, pero tampoco explica. Está ahí, expuesto, como prueba muda. La verdad no se grita, se encarna.

    Un mundo sin garantías

    “El mundo era un lugar hostil y su presencia allí, de lo más cuestionable.”

    Aquí la prosa se vuelve casi aforística. No describe una situación concreta, sino una sensación de fondo: vivir en un espacio donde nadie está del todo a salvo ni del todo legitimado.

    Este fragmento prepara al lector para aceptar que la justicia no será limpia ni completa. La novela no promete consuelo. Sugiere, desde muy pronto, que no hay un orden moral que proteja a los inocentes, solo equilibrios frágiles que pueden romperse.

    Las máscaras del dolor

    “Los payasos siempre le habían parecido los seres más tristes del universo.”

    La imagen del payaso introduce el tema de la máscara, fundamental en la obra. Quien hace reír oculta su pena; quien aparenta normalidad esconde el daño. Esta frase, aparentemente ligera, anticipa el doble fondo de muchos personajes y la hipocresía de un entorno que prefiere no ver.

    Lo más visible suele ser lo menos verdadero. La novela insiste en esa paradoja.

    Islas urbanas

    “Los balcones eran pequeñas islas suspendidas en el aire.”

    La ciudad aparece como un archipiélago humano: cercanía física, distancia emocional. Cada personaje observa desde su balcón, desde su parcela, sin cruzar del todo al territorio del otro.

    Aquí se formula una verdad social de gran calado: la convivencia no garantiza comunidad, y esa fragmentación permite que el horror se instale sin ser inmediatamente percibido.

    El dolor administrado

    El gotero escanciaba la medicación.”

    Un solo verbo transforma el hospital en espacio ritual. La medicina se sirve como un vino sin celebración, como una liturgia sin fe. El cuidado es técnico, repetitivo, impersonal.

    La novela señala así otra verdad incómoda: el sistema atiende, pero no acompaña. El sufrimiento se gestiona, no se comprende.

    Infancia y lucidez

    “Un brillo salvaje iluminó los ojos cristalinos del niño.”

    En los pasajes dedicados a los niños, la poética se vuelve más oscura. La infancia no es un territorio de inocencia, sino de resistencia. Ese brillo no es ingenuo: es miedo, lucidez y determinación.

    La verdad que emerge es devastadora: los niños entienden más de lo que los adultos quieren admitir, y pagan por ello un precio que nadie debería pagar.

    Persistir

    Vivir era persistir, a pesar de todo y de todos.”

    En Fuen se concentra una mirada distinta: la de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa. Tejer, caminar, observar, insistir. Persistir no es vencer, es no desaparecer.

    Esta frase introduce una verdad menos oscura, pero no ingenua: la vida continúa no por esperanza, sino por voluntad y cansancio.

    La confesión velada

    El texto final, “la catana”, ocupa un lugar singular. No necesita fragmentarse porque funciona como una pieza de prosa poética completa, donde la verdad deja de insinuarse y se roza abiertamente. No hay arrepentimiento ni redención, solo, deseo y amenaza.

    Aquí la novela se permite decir lo que antes solo sugería: la violencia nace de la frustración, del amor no correspondido, de la mirada negada. No hay excusa, pero sí una exposición moral sin adornos.

    Final: lo que queda

    Al final de Lluvia de cristal, la verdad no adopta la forma de una sentencia ni de un cierre tranquilizador. Queda dispersa en imágenes: un cuerpo herido, unos ojos que miran, una catana guardada, una mujer que sigue caminando por el barrio.

    El lector sabe, no porque alguien se lo haya dicho todo, sino porque ha aprendido a leer entre líneas.

    La verdad no se proclamó, se dejó caer. 

    Y quien quiso verla, la vio.

  • CUANDO LA PALABRA ARDE

    CUANDO LA PALABRA ARDE

    Una lectura de ”La memoria de la piel”

    Este texto no nace con la voluntad de reseñar un libro, sino con la de formular una pregunta a partir de él: qué entendemos hoy por poesía cuando la poesía deja de protegernos y empieza a desnudarnos. Para acercarnos a esa búsqueda no partiremos de teorías cerradas, sino del propio lenguaje del libro: observar cómo funciona la palabra cuando se acerca al cuerpo, cómo se transforma al nombrar el amor y cómo resiste cuando intenta decir lo indecible. El análisis no pretende dictar, sino escuchar.

    No todos los libros se leen; algunos se atraviesan. La memoria de la piel pertenece a esa estirpe: no comunica una experiencia poética, la instala. Su lectura no es cómoda. Desde los primeros versos —«Peinar el tiempo es aflojar los hilvanes del olvido»—, la voz advierte que aquí no se viene a descansar, sino a enfrentar lo esencial: el cuerpo como archivo, el amor como riesgo y la palabra como frontera precaria frente al olvido.

    Este libro no embellece la existencia: la somete a una prueba de resistencia. Cada poema actúa como una incisión en el idioma. No hay poética del consuelo, sino una ética de la lucidez. La escritura no maquilla el dolor: lo nombra. Leer La memoria de la piel es aceptar que el poema no siempre refugia; a veces expone.

    El amor ocupa un lugar central en este universo. No aparece como promesa de armonía, sino como fuerza incandescente. En poemas como Amantes o Vino caliente, el deseo no construye abrigo: quema. El amante no se protege, se entrega. El verso lo dice con crudeza: «Arder en el fuego amado no es una elección, es un acto de rebeldía». Amar aquí es una forma de insumisión frente a la comodidad.

    El cuerpo femenino no es escenario decorativo, sino territorio de batalla. La piel es memoria viva. No simboliza el dolor: lo encarna. En A bocajarro se condensa ese núcleo ético: «Hurgar en el dolor te hace más fuerte… o te liquida». Escribir no es neutro: tiene consecuencias.

    El lenguaje avanza por acumulación y riesgo sintáctico. El verso no acaricia; sacude. No hay espacio para el ornamento. Cada poema exige presencia. En los textos metapoéticos —Anaqueles del olvido, La telaraña— la escritura se reconoce frágil. Tejer palabras es levantar una casa a la intemperie. La poesía no salva: insiste. No detiene el tiempo: lo hiere.

    La aparición de los Sonetos del desasosiego no responde a nostalgia clásica, sino a refugio estructural. Cuando la palabra amenaza con quebrarse, la forma sostiene. No embellece: contiene. Permite que la emoción no se disperse, que el dolor encuentre contorno.

    Todo ello aproxima esta poética a la idea de que el cuerpo no es objeto, sino lugar de experiencia. La piel no funciona como símbolo: es acontecimiento. Del mismo modo, aquí la palabra no representa la herida: la reactiva. El exceso verbal, la densidad del verso y la dificultad del decir no son estilo: son síntoma.

    En el ámbito hispánico, la voz de este libro dialoga con una tradición que concibe la escritura como conocimiento sensible y con la noción de que la poesía no describe el mundo, sino que lo pone en estado de intensidad. Resuena también una ética radical: escribir no después del dolor, sino desde él. No como relato, sino como resto.

    Desde ahí se comprende mejor la idea de poesía que emerge del libro:

    La poesía, tal como se practica en La memoria de la piel, no es un lenguaje sobre la vida, sino una forma de vivirla. No embellece la herida: la vuelve visible. No promete refugio: sostiene la intemperie. No alivia: nombra. No salva: despierta.

    En tiempos de poesía inofensiva, este libro recuerda que la palabra aún puede arder. Y que sólo cuando quema, ilumina.

    CONCLUSIONES

    La lectura de La memoria de la piel permite entender la poesía como una experiencia vital, no como adorno literario. El cuerpo aparece como espacio de memoria, el amor como riesgo y la palabra como acto ético.

    No hay consuelo, sino lucidez.
    No hay refugio, sino conciencia.

    La forma sostiene lo que el dolor desborda, y la memoria no se recuerda: irrumpe. En este libro, la poesía no explica la herida, la vuelve visible.

    La memoria de la piel confirma que cuando la palabra arde, no destruye: ilumina.

    Referencia

    FERNÁNDEZ GUERRERO, Dolors
    La memoria de la piel. Ediciones Vitruvio, 2025.

  • Felices Fiestas y Próspero Año 2026

    Felices Fiestas y Próspero Año 2026

    Desde la redacción de Poémame queremos desearos unas Felices Fiestas y un mejor Año Nuevo. En esta ocasión hemos encargado a un nuevo colaborador, Antonio Sánchez Solá, un texto y poema de felicitación que os transcribimos a continuación.

    Amigos, amigas, seguimos entre letras.

    El equipo de Poémame

    Alda, Hortensia, Gemma, José Luis, María, Mariela y Óscar.

    EL POEMA MÁS FEO

    Un Cuento de Navidad

    Nací en una hoja reciclada, sin márgenes perfectos ni tipografías elegantes. No traía palabras difíciles ni metáforas vestidas de gala. Era apenas eso: unos versos honestos, escritos con tinta azul, todavía tibia, todavía con olor a mañana. Como todos los poemas, nací con un sueño: ser leído. Vivir en los ojos de alguien. Acompañar una tarde fría. Consolar un cansancio. Hacer compañía, aunque fuera en silencio.

    Pronto comprendí que no todos los caminos estaban hechos para un poema humilde como yo.

    Mi primera visita fue a una revista literaria famosa. Entré temblando, con mis estrofas recién ordenadas, intentando parecer más importante de lo que era. Me miraron como se mira un objeto fuera de lugar, buscando en mí un brillo que nunca apareció. Hablaban de poesía esencial, de resonancias profundas, de un yo inabarcable que yo no sabía pronunciar. No me leyeron. No hizo falta. Yo no pertenecía a esa categoría invisible que solo algunos entienden. Salí con mis versos un poco más arrugados, como si la tristeza también dejara pliegues.

    Probé después en una revista moderna, llena de colores y palabras nuevas. Allí la poesía debía ser breve, libre, radical, deconstruida. Cuando dije que era un poema de Navidad, el silencio pesó más que cualquier crítica. Me llamaron normalito. Demasiado sencillo. Demasiado claro. Al irme escuché por primera vez ese nombre que me acompañaría un tiempo: el poema más feo. No por mi forma, sino por no esconderme. Por no maquillar lo que quería decir.

    Seguí viajando. Revistas distintas, rechazos parecidos. En todas me explicaron cómo debía ser la poesía, qué debía doler, qué debía ocultar, cuántas capas necesitaba para ser tomada en serio. Y yo, que solo llevaba conmigo una pequeña luz, una verdad sencilla, empecé a creer que no bastaba. Que mis palabras eran demasiado pequeñas para un mundo tan grande.

    Llegué a Poémame casi sin fuerzas. La puerta estaba abierta, como si alguien me hubiera estado esperando sin saberlo. Dentro no había solemnidad, sino calor. Libros, pantallas encendidas, café recién hecho. Me acerqué despacio, con la voz cansada de tanto decir lo mismo, y conté mi historia. Conté que nadie me había querido publicar. Que tal vez tenían razón. Que quizá yo no valía.

    Entonces ocurrió algo distinto. No me definieron. No me clasificaron. Me preguntaron qué quería yo. Y por primera vez me quedé en silencio, sorprendido. Yo solo quería decir mi mensaje. Regalar lo que llevaba dentro. Nada más.

    Me escucharon.

    Mis palabras encontraron un lugar donde quedarse, alguien se reconocía en ellas. Si. Incluso los poemas más feos guardan una chispa capaz de iluminar a otros.

    POEMA DE NAVIDAD

    Hoy no vengo con
    palabras grandes,
    traigo pan
    recién horneado.

    Vengo de unas tierras
    donde las campanas
    saben llorar y celebrar
    con la misma voz,
    la victoria y
    la derrota,

    y las ausencias
    siguen ocupando
    su lugar a la mesa.

    Ojalá esta noche
    nadie se sienta invisible,
    aunque esté solo.

    Ojalá alguien piense
    en él, como se piensa
    un deseo.

    Que la Navidad
    no sea una fecha
    sino un acto sencillo:

    una sopa humeante,
    una llamada que
    rompe el frío,

    un perdón dicho
    en voz baja
    para que no duela.

    Que el año nuevo
    nos encuentre
    menos piedra,
    más abrazo.

    Que sepamos
    quedarnos
    cuando huir
    fue fácil.

    Porque las derrotas,
    cuando has luchado,
    también embellecen.

    Y porque todos —
    personas y poemas—
    solo buscamos lo mismo:

    un lugar donde quedarnos
    y alguien que nos
    lea con el corazón abierto.

    FELIZ NAVIDAD!

    Antonio S. Sola

  • EL POEMA ANTES DEL SORBO

    EL POEMA ANTES DEL SORBO

    Nota del autor:
    Una reflexión sobre el rito íntimo de escribir cada mañana y el poema que nació hoy entre el aroma del café.

    Cada mañana, antes incluso de que el café termine de perfumar la cocina, sucede algo que ya forma parte de mi vida con la naturalidad de un latido. Me siento a la mesa, dejo que el aroma del desayuno me despierte del todo y, mientras doy el primer sorbo, la mente comienza a abrir lentamente el día: ¿qué verso querrá nacer hoy?

    Al principio la intención era sencilla: escribir un pequeño poema para acompañar el desayuno. Casi un juego, una compañía discreta entre el café y la tinta. Pero con el tiempo ocurrió algo inesperado: la costumbre se volvió hábito, el hábito se volvió rito y el rito… adicción, si se permite la palabra. Porque ahora no es el poema el que acompaña al café: es el café el que espera pacientemente a que el poema decida aparecer, como un invitado que no quiere interrumpir el trabajo de la inspiración.

    En cuanto tengo una idea —un destello, una palabra que respira, una imagen que se asoma desde algún rincón de la memoria— la mano se acelera como obedeciendo una orden silenciosa: vamos, ya es la hora. El bolígrafo corre por el papel como si conociera un camino que yo apenas intuyo. Hay mañanas en que siento que no escribo: me escriben. Como si la poesía se sentara frente a mí, madrugadora e impaciente, y me susurrara: “No me hagas esperar, que solo existo si me das palabras”.

    La cosa ha llegado tan lejos que incluso los días sin desayuno no renuncio al poema. Me siento igual a la mesa, aunque no haya taza, y dejo que las palabras me calienten el cuerpo como lo haría el café. A veces escribo largo y profundo; otras, apenas unos versos que salvan la mañana. Pero siempre escribo. Esa constancia que no sabía que llevaba dentro se ha convertido en un ancla, en un hogar silencioso.

    Y esta mañana no fue una excepción. Antes de que el vapor del café se disipara, llegó —casi entero— el poema que sigue. No lo invoqué: vino a sentarse conmigo, como un pájaro confiado.

    SOMOS DEVENIR

    Nacemos desnudos,
    arropados por manos que nos sostienen
    como quien protege una llama recién nacida.

    Padres, maestros, voces que nos preceden,
    siembran en nuestra piel
    raíces que buscan tierra,
    límites que nos salvan,
    caminos que se abren como sendas de luz.

    Y cada gesto suyo —leve o profundo—
    nos va modelando,
    barro tibio que el sol amasa sin prisa.

    Pero un día despertamos.
    La conciencia, como un brote,
    rompe la corteza del sueño;
    la rebeldía germina,
    y la libertad, temblorosa,
    nos susurra que el mundo es más grande
    que las huellas que heredamos.

    Entonces empezamos a ser:
    no solo lo que hicieron de nosotros,
    sino lo que decidimos hacer con ello.
    Forjamos destino
    con las manos manchadas de pasado
    y los ojos abiertos al porvenir.

    Somos tránsito:
    un puente entre la memoria y la elección,
    entre la herida y el salto,
    entre lo que nos fue dado
    y lo que escogemos entregar.

    Y así, paso a paso,
    vamos aprendiendo
    que la vida no es un molde,
    sino una forma que cambia,
    una pregunta que crece,
    un latido que se atreve.

    Tras escribir el poema, tuve esa sensación que solo regalan algunos despertares:  la de entenderse un poco mejor que el día anterior. Y entonces comprendí que no soy yo quien ha adoptado la poesía… es la poesía la que me ha adoptado a mí, regresando cada mañana para recordarme quién soy.

    Si esto es una adicción, que nadie venga a curarla. Hay adicciones que no hieren: sostienen, iluminan, afinan la mirada. Y esta, la de escribir entre sorbos, es una de ellas.

    El poema espera.
    Y yo también.