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  • La única cosa que es probable que rompas es todo de Cristhian Briceño (Ed. Liliputienses, 2021)

    La única cosa que es probable que rompas es todo de Cristhian Briceño (Ed. Liliputienses, 2021)

    Cristhian Briceño (Lima, Perú) ha estudiado Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y una Maestría en Literaturas Extranjeras en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los poemarios Breve historia de la lírica inglesa (Paracaídas Editores, 2012) y La trama invisible (Paracaídas Editores, 2013), y los libros de relatos La literatura en Alaska (Santuario Editorial, 2017) y Todo es demasiado (Emecé-Planeta, 2019). Sus trabajos de creación han aparecido en revistas nacionales y extranjeras como Buensalvaje, Lucerna, Caretas, Revista de Poesía y Luvina. Formó parte de la antología País imaginario: Escrituras y transtextos: Poesía Latinoamericana 1980-1992 (Ay del Seis, 2018). Briceño consiguió ex aequo, con este título, el III Premio Centrifugados de Poesía Joven 2021.

    Un poemario que está dividido por poetas más que por capítulos. Poetas nacidos o residentes en Alaska, cuyas sombras van acompañando a los poemas de Briceño. Empezamos descubriendo a Salomon Mars, poeta que posee «la acidez sutil de un perfume que ha caducado hace ya mucho», según palabras de Tom Sexton. A continuación, Briceño se refiere a la serbia exiliada en Alaska, Polina Sedakova. En tercer lugar, el poeta limeño menciona a Al Sobrante que obtuvo el premio Other Voices, Other Rooms concedido al mejor poemario de un poeta menor de 30 años. La penúltima influencia de Briceño es la de Rob ‘Burnt’ Norton y su poesía narrativa. Finalizamos con el poeta Woody Hamilton que aunque no publicó ningún poema en vida, sus poemas solían aparecer en diversas revistas escolares de Valdez, Alaska. La última parte del poemario es una serie de apuntes de Niisa Wallace bajo el título de Trece maneras de romper el hielo.

    Los vecinos deudores

    Súmales a su peso el peso de todas sus pulgas,

    Y no andarás ni por la mitad.

    Viven hacinados, él, ella, él-ella, él-otro,

    Ella-anciana, él-animal, la pequeña

    Que estrena mis mañanas

    Con un grito sin vocales, el que

    Salió a comprar el pan y regresó

    Con dos, idénticos a él, de la mano, el

    Que se parece a su padre

    Pero con menos cabello.

    Rezo para no topármelos en el pórtico,

    Ni en la estación del autobús.

    Mis sueños, al igual que los suyos,

    No me dan de comer.

     Lo que me dijo Esaú

    Una caja roja, y dentro una caja

    Negra, y dentro una caja verde, y dentro

    Una caja blanca, más grande que la caja

    Roja: ahí se encuentra mi odio por ti.

    Volví por el camino, y al final

    Había una casa sin puertas ni ventanas.

    Toqué, dos o tres veces,

    Con cada uno de mis huesos.

    Y al ver que nadie respondía, yo me fui.

    El camino, para entonces, ya era otro.

    No es que fuera otro, otro, era el mismo, y sin embargo.

    Como un atleta en mitad de la carrera,

    Iba feliz, pero cansado.

    Feliz por ir solo; cansado por ir solo.

    La lluvia no iba a tardar en caer:

    El cielo resplandecía como un fluorescente

    A punto de quemarse.

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