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  • LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    La verdad no siempre se revela mediante pruebas, informes o confesiones. A veces aparece fragmentada, insinuada, suspendida en una imagen o en una frase que no empuja la acción, sino que la detiene. En “Lluvia de cristal” esos momentos existen: son los pasajes poéticos que atraviesan la narración como grietas por las que asoma una verdad más honda que la estrictamente argumental.

    Esta reseña propone una lectura distinta de la novela: no desde el hilo de los hechos, sino desde aquellos fragmentos en los que el lenguaje se densifica y la historia deja de avanzar para mirarse a sí misma. No se trata de resolver el enigma — eso ya ocurre –, sino de comprender qué dice realmente la obra cuando deja de explicar y empieza a sugerir.

    Existir en la mirada del otro

    “Existir en la mirada del otro o simplemente no ser.”

    Esta frase podría leerse como el eje moral de toda la novela. En una sola línea se condensa la fragilidad identitaria de los personajes: la necesidad de ser vistos, reconocidos, confirmados por los demás. La mirada del otro construye o anula. Amar, vigilar, desear o dominar son, en el fondo, distintas formas de mirar.

    La verdad que aquí se insinúa es incómoda: nadie existe del todo si no es visto, y esa dependencia abre la puerta tanto al vínculo como a la violencia.

    El cuerpo como lugar de la verdad

    “Cualquier observador externo lo habría confundido con una momia del nuevo siglo a punto de quebrarse.”

    El cuerpo herido aparece desde el inicio como símbolo central. Vendado, inmovilizado, reducido a objeto clínico, deja de ser sujeto para convertirse en superficie de lectura. No hay épica en el dolor, solo precariedad.

    Este pasaje introduce una idea que reaparece a lo largo de la novela: el cuerpo no miente, pero tampoco explica. Está ahí, expuesto, como prueba muda. La verdad no se grita, se encarna.

    Un mundo sin garantías

    “El mundo era un lugar hostil y su presencia allí, de lo más cuestionable.”

    Aquí la prosa se vuelve casi aforística. No describe una situación concreta, sino una sensación de fondo: vivir en un espacio donde nadie está del todo a salvo ni del todo legitimado.

    Este fragmento prepara al lector para aceptar que la justicia no será limpia ni completa. La novela no promete consuelo. Sugiere, desde muy pronto, que no hay un orden moral que proteja a los inocentes, solo equilibrios frágiles que pueden romperse.

    Las máscaras del dolor

    “Los payasos siempre le habían parecido los seres más tristes del universo.”

    La imagen del payaso introduce el tema de la máscara, fundamental en la obra. Quien hace reír oculta su pena; quien aparenta normalidad esconde el daño. Esta frase, aparentemente ligera, anticipa el doble fondo de muchos personajes y la hipocresía de un entorno que prefiere no ver.

    Lo más visible suele ser lo menos verdadero. La novela insiste en esa paradoja.

    Islas urbanas

    “Los balcones eran pequeñas islas suspendidas en el aire.”

    La ciudad aparece como un archipiélago humano: cercanía física, distancia emocional. Cada personaje observa desde su balcón, desde su parcela, sin cruzar del todo al territorio del otro.

    Aquí se formula una verdad social de gran calado: la convivencia no garantiza comunidad, y esa fragmentación permite que el horror se instale sin ser inmediatamente percibido.

    El dolor administrado

    El gotero escanciaba la medicación.”

    Un solo verbo transforma el hospital en espacio ritual. La medicina se sirve como un vino sin celebración, como una liturgia sin fe. El cuidado es técnico, repetitivo, impersonal.

    La novela señala así otra verdad incómoda: el sistema atiende, pero no acompaña. El sufrimiento se gestiona, no se comprende.

    Infancia y lucidez

    “Un brillo salvaje iluminó los ojos cristalinos del niño.”

    En los pasajes dedicados a los niños, la poética se vuelve más oscura. La infancia no es un territorio de inocencia, sino de resistencia. Ese brillo no es ingenuo: es miedo, lucidez y determinación.

    La verdad que emerge es devastadora: los niños entienden más de lo que los adultos quieren admitir, y pagan por ello un precio que nadie debería pagar.

    Persistir

    Vivir era persistir, a pesar de todo y de todos.”

    En Fuen se concentra una mirada distinta: la de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa. Tejer, caminar, observar, insistir. Persistir no es vencer, es no desaparecer.

    Esta frase introduce una verdad menos oscura, pero no ingenua: la vida continúa no por esperanza, sino por voluntad y cansancio.

    La confesión velada

    El texto final, “la catana”, ocupa un lugar singular. No necesita fragmentarse porque funciona como una pieza de prosa poética completa, donde la verdad deja de insinuarse y se roza abiertamente. No hay arrepentimiento ni redención, solo, deseo y amenaza.

    Aquí la novela se permite decir lo que antes solo sugería: la violencia nace de la frustración, del amor no correspondido, de la mirada negada. No hay excusa, pero sí una exposición moral sin adornos.

    Final: lo que queda

    Al final de Lluvia de cristal, la verdad no adopta la forma de una sentencia ni de un cierre tranquilizador. Queda dispersa en imágenes: un cuerpo herido, unos ojos que miran, una catana guardada, una mujer que sigue caminando por el barrio.

    El lector sabe, no porque alguien se lo haya dicho todo, sino porque ha aprendido a leer entre líneas.

    La verdad no se proclamó, se dejó caer. 

    Y quien quiso verla, la vio.

  • CUANDO LA PALABRA ARDE

    CUANDO LA PALABRA ARDE

    Una lectura de ”La memoria de la piel”

    Este texto no nace con la voluntad de reseñar un libro, sino con la de formular una pregunta a partir de él: qué entendemos hoy por poesía cuando la poesía deja de protegernos y empieza a desnudarnos. Para acercarnos a esa búsqueda no partiremos de teorías cerradas, sino del propio lenguaje del libro: observar cómo funciona la palabra cuando se acerca al cuerpo, cómo se transforma al nombrar el amor y cómo resiste cuando intenta decir lo indecible. El análisis no pretende dictar, sino escuchar.

    No todos los libros se leen; algunos se atraviesan. La memoria de la piel pertenece a esa estirpe: no comunica una experiencia poética, la instala. Su lectura no es cómoda. Desde los primeros versos —«Peinar el tiempo es aflojar los hilvanes del olvido»—, la voz advierte que aquí no se viene a descansar, sino a enfrentar lo esencial: el cuerpo como archivo, el amor como riesgo y la palabra como frontera precaria frente al olvido.

    Este libro no embellece la existencia: la somete a una prueba de resistencia. Cada poema actúa como una incisión en el idioma. No hay poética del consuelo, sino una ética de la lucidez. La escritura no maquilla el dolor: lo nombra. Leer La memoria de la piel es aceptar que el poema no siempre refugia; a veces expone.

    El amor ocupa un lugar central en este universo. No aparece como promesa de armonía, sino como fuerza incandescente. En poemas como Amantes o Vino caliente, el deseo no construye abrigo: quema. El amante no se protege, se entrega. El verso lo dice con crudeza: «Arder en el fuego amado no es una elección, es un acto de rebeldía». Amar aquí es una forma de insumisión frente a la comodidad.

    El cuerpo femenino no es escenario decorativo, sino territorio de batalla. La piel es memoria viva. No simboliza el dolor: lo encarna. En A bocajarro se condensa ese núcleo ético: «Hurgar en el dolor te hace más fuerte… o te liquida». Escribir no es neutro: tiene consecuencias.

    El lenguaje avanza por acumulación y riesgo sintáctico. El verso no acaricia; sacude. No hay espacio para el ornamento. Cada poema exige presencia. En los textos metapoéticos —Anaqueles del olvido, La telaraña— la escritura se reconoce frágil. Tejer palabras es levantar una casa a la intemperie. La poesía no salva: insiste. No detiene el tiempo: lo hiere.

    La aparición de los Sonetos del desasosiego no responde a nostalgia clásica, sino a refugio estructural. Cuando la palabra amenaza con quebrarse, la forma sostiene. No embellece: contiene. Permite que la emoción no se disperse, que el dolor encuentre contorno.

    Todo ello aproxima esta poética a la idea de que el cuerpo no es objeto, sino lugar de experiencia. La piel no funciona como símbolo: es acontecimiento. Del mismo modo, aquí la palabra no representa la herida: la reactiva. El exceso verbal, la densidad del verso y la dificultad del decir no son estilo: son síntoma.

    En el ámbito hispánico, la voz de este libro dialoga con una tradición que concibe la escritura como conocimiento sensible y con la noción de que la poesía no describe el mundo, sino que lo pone en estado de intensidad. Resuena también una ética radical: escribir no después del dolor, sino desde él. No como relato, sino como resto.

    Desde ahí se comprende mejor la idea de poesía que emerge del libro:

    La poesía, tal como se practica en La memoria de la piel, no es un lenguaje sobre la vida, sino una forma de vivirla. No embellece la herida: la vuelve visible. No promete refugio: sostiene la intemperie. No alivia: nombra. No salva: despierta.

    En tiempos de poesía inofensiva, este libro recuerda que la palabra aún puede arder. Y que sólo cuando quema, ilumina.

    CONCLUSIONES

    La lectura de La memoria de la piel permite entender la poesía como una experiencia vital, no como adorno literario. El cuerpo aparece como espacio de memoria, el amor como riesgo y la palabra como acto ético.

    No hay consuelo, sino lucidez.
    No hay refugio, sino conciencia.

    La forma sostiene lo que el dolor desborda, y la memoria no se recuerda: irrumpe. En este libro, la poesía no explica la herida, la vuelve visible.

    La memoria de la piel confirma que cuando la palabra arde, no destruye: ilumina.

    Referencia

    FERNÁNDEZ GUERRERO, Dolors
    La memoria de la piel. Ediciones Vitruvio, 2025.

  • 13 preguntas y una poeta: Dolors Fernández Guerrero

    13 preguntas y una poeta: Dolors Fernández Guerrero

    DOLORS FERNÁNDEZ GUERRERO (Barcelona, 1968) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona.
    Autora de narrativa y poesía, ha colaborado con artículos de creación, ensayísticos y de crítica literaria en diversas publicaciones, entre otras: ‘The Riveraine Muse’ (India), ‘El Ciervo’, ‘Zenda’, ‘Vallejo & Co.’ (Perú), ‘Pliego Suelto’, ‘Clarín’, ‘El Punt Avui’, ‘Estación Poesía’, ‘Nagari’ (EE.UU.), entre otras.
    Es secretaria de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), donde ha organizado diversos eventos y administra el blog literario Despeñaverbos (http://xn--despeaverbos-ehb.es/), con más de 1.700.000 visitas.
    Como gestora cultural, de 2018 a 2024 ha sido presidenta del colectivo literario El Laberinto de Ariadna, con sede en el Ateneo Barcelonés.

    Es una autora que se mueve en diversos géneros: novela, ‘El club del tigre blanco’, Gaspar & Rimbau. Valencia, 2020.; novela corta, ‘Halogramas’, KDP. Amazon 2021 y ‘Huye, Alisa’, KDP. Amazon, 2021; poemario ,’Mi corazón mordido por tus labios’, La Marca Negra Ediciones. Murcia, 2017 y diversas antologías. A todo ello hay que añadir el accésit del Premio Vitruvio de Poesía 2024 con la publicación del poemario ‘La memoria de la piel’ y el hecho de ser finalista del 73 Premio Planeta de Novela 2024 con la obra inédita ‘Lluvia de cristal’.

    1 – ¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?

    Bueno, resumir una vida en pocas líneas es complicado, pero lo intentaré. Estudié Filología Hispánica porque desde niña sabía que lo mío eran las letras y porque enseguida descubrí mi vocación literaria. Crecí leyendo tebeos y las aventuras extraordinarias de Julio Verne, y muy pronto me pasé a los grandes autores de la literatura universal. La poesía llegó más tarde, de la mano de Bécquer y Espronceda, y a partir de ahí la carrera ha sido imparable. 

    No obstante, tardé mucho en decidirme a escribir por razones ajenas a la literatura. Desde que publiqué mi primer poemario, Mi corazón mordido por tus labios, han transcurrido ocho años y a partir de ahí todo ha ido muy deprisa. En 2024 obutve el accésit del Premio Vitruvio de Poesía y por esa razón en febrero de este año ha salido publicada en la misma editorial Vitruvio La memoria de la piel. Me siento muy satisfecha, sorprendida por este reconocimiento y a la vez agradecida. Al jurado del premio, a mi editor Pablo Méndez, a Vitruvio y a todos los lectores que leen La memoria de la piel y me comentan cuál es su poema favorito. Es una experiencia increíble que le da una dimensión diferente a mi poesía.

    2 – ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas poéticas y qué autores le influyeron?

    Como decía antes, entré en la poesía con el famosísimo libro de Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas, con El estudiante de Salamanca y la Canción del pirata de José de Espronceda, ambos autores integrados en el temario escolar de entonces. Antonio Machado fue una figura insoslayable y también recuerdo la impresión que me causó Blas de Otero y su famoso soneto que empieza: “Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,”, que me impresionó sobremanera, sobre todo aquel fragmento, el hemistiquio que dice: “horror a manos llenas” referido a la vida del “hombre” así, en masculino. Federico García Lorca me dejó mucha huella, con su Romancero gitano, a pesar de que tardé en comprenderlo, y Miguel Hernández me pareció pura fuerza totémica.

    Pero tampoco quiero dejar de hacer mención de la lírica tradicional, aquellos romances apegados a la oralidad y a la sencillez expresivas. Realmente, me he movido con unos cuantos referentes, no muchos, pero poderosos. Más adelante apareció Vicente Huidobro y su Altazor, un poemario portentoso, y otros nombres: Pablo Neruda, Octavio Paz, Cesare Pavese, Francisca Aguirre y su canto desolado que es Ítaca

    Siendo franca, siempre he sido muy selectiva.

    3.- ¿Cómo definiría a su poesía?

    La imparcialidad del propio autor es casi imposible, pero si de lo que se trata es de saber cuál es la percepción que tengo de mi escritura, yo diría que me muevo entre lo sensorial y lo rítmico; entre el misterio de la existencia, con esa herida permanentemente abierta que supone vivir, en esa dialéctica. Como diría Miguel Hernández: 

    Llegó con tres heridas:
    la del amor,
    la de la muerte,
    la de la vida. 

    4 -¿Cree que el poeta “evoluciona” en su escritura? ¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo largo de los años?

    Por supuesto que sí, vivir es evolucionar y el poeta que no lo haga es que se ha enclaustrado en su torre de marfil y se niega a tomar contacto con la realidad, con el devenir de su propia existencia. Yo me nutro de la tradición literaria en la que me he forjado, por supuesto, pero también de los avatares y contingencias de la vida, de un propósito estético que se sobrepone a la escritura, a menudo de modo inconsciente, a través del cual se va moldeando la obra poética.

    En mi caso, dado que no tengo un histórico al que recurrir porque solo he escrito dos poemarios, yo diría que no se aprecian grandes cambios. Si acaso, en mi último poemario me he vuelto más directa en la expresión, más pasional. Mi poesía se presenta con menos subterfugios y veladuras, a verso descubierto. Me he ido desvistiendo de un cierto pudor, me he atrevido a tener una voz propia, con el riesgo que eso representa. No ha sido premeditado, por supuesto.

    5 – ¿Cómo siente que un poema está terminado y cómo lo corrige?

    Cuando lo leo en voz alta y las palabras “encajan”, la sonoridad del verso me lleva al lugar del poema, cuando la coherencia interna del poema no tiene fisuras a mi juicio. Entonces me parece completo, se produce la alquimia: fondo y forma se ensamblan en un todo compacto. Es en ese momento cuando lo doy por terminado.

    Si lo anterior no sucede, hay dos opciones: o encuentro el “fallo” y rectifico lo escrito, la palabra, el verso o los versos; o lo desecho y vuelvo a empezar. O lo abandono porque ese no era el camino, que también sucede, aunque no es lo habitual en mí. En definitiva, es un proceso muy intuitivo.

    6 – ¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su poética?

    Para mí la poesía es un fin en sí mismo. No practico “poesía para…”. Es decir, no le atribuyo una función ética, social, doctrinal, terapéutica ni nada de eso. No creo en ese tipo de poesía, aunque todos esos temas puedan estar implícitos porque, como decía antes, vivo en una realidad social y política determinada que inevitablemente me condiciona. Sin embargo, en mi exposición hay una contradicción implícita, porque la aspiración de cualquier poeta o escritor, más allá de la expresión del propio yo y de la mera función estética, es “conectar” con sus lectores, aunque solo sea uno, expandir lo que el yo poético ha deglutido y luego creado. Poíēsis en griego clásico es “creación” y en toda creación el “otro” refrenda la obra. 

    De modo que la literatura es la lucha del “yo” por expandirse entre sus semejantes a través de una creación propia. El tema es complejo a mi modo de ver… 

    7- ¿Qué lugar ocupa, para una poeta como usted, las lecturas en vivo?

    Creo que los recitales conectan la obra poética con el público, son un termómetro que a cada autor le indican la “temperatura” de su propia poesía. Aportan una dimensión viva, real del hecho poético.

    8 – ¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs, etc?

    Simplemente me parece natural y lógico que se empleen los nuevos canales de comunicación para transmitir poesía o cualquier otro género literario. Bien usados son una herramienta increíble, permiten un alcance muy superior a los de los medios tradicionales.

    9 – ¿Podría recomendarnos un poema de otro autor o autora que le haya gustado mucho?

    Recientemente he descubierto la poesía de Jorge Pérez Cebrián, un poeta joven valenciano que me parece realmente bueno, prometedor. De cuánta noche cabe en un espejo, Premio de poesía Arcipreste de Hita 2021, ha sido para mí un hallazgo. Por ejemplo, este par de versos del poema titulado “El resto”: 

    Su hombro es demasiado firme para el consuelo
    demasiado afilado para el daño.

    10 – ¿Qué libro está leyendo en la actualidad?

    Entre dos nadas de Francisco Brines, poeta exquisito. Se trata de una antología consultada, realizada por otro gran poeta, Alejandro Duque Amusco, publicado en la editorial Renacimiento. Su palabra poética rezuma sabiduría.

    11.-¿Qué consejos le daría a un joven escritor/escritora que se inicia en este camino de la poesía?

    Que lea mucho, incansablemente, a los grandes poetas, a los consagrados y también a sus coetáneos. Mientras tanto, que escriba y vaya depurando su expresión, su estilo, hasta que encuentre su propia voz. Que sea exigente y nada autocomplaciente. Hay que tener respeto por el lector, que esa exigencia sea un motor de crecimiento. Y, sobre todo, que no desfallezca. El camino puede ser arduo, pero si es lo que desea, si siente que algo inexplicable lo empuja a seguir el camino de la poesía, entonces no puede rendirse.  

    12.-¿Cómo ve usted actualmente la industria editorial?

    Tal y como su nombre indica, es una industria. Sin más. El factor diferencial, el valor literario y artístico se ha devaluado absolutamente. Nadie habla ya de calidad en el mundo editorial, solo de ventas, proyección, marca personal, etc. Un modo de evadir y ocultar lo que de verdad debería importar. Como siempre, no todo está perdido. Es cierto que hay pequeñas editoriales que intentan suplir esas carencias, que son muchas, pero la guerra es de David contra Goliat. Su propósito es loable, pero es que no pueden ni remotamente competir con la “industria” editorial copada por los grandes grupos. No obstante, la poesía es resiliente por naturaleza. 

    Yo diría que, de un modo impreciso, la poesía acabará encontrando acomodo en nuestro ecosistema de mercados y algoritmos de búsquedas por internet. Pero también creo que para hacerlo, para recuperar el prestigio perdido, la presencia, debe reconectar con el público, hablarle de tú a tú, ofrecerle una experiencia lectora y de escucha que valga la pena, que le aporte emociones irreemplazables. 

    13.-¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hubiera hecho y no le he hecho?

    ¿Es necesario publicar libros para ser poeta? Creo que ese planteamiento abre un debate muy interesante hoy en día.

    Antes de finalizar la entrevista, vamos a escuchar a la poeta recitar algunos de sus poemas.

    Gracias por haber llegado hasta aquí.