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  • Elvira Sastre, poeta

    Elvira Sastre, poeta

    Hoy vamos a hablar sobre Elvira Sastre*, poeta, escritora, filóloga y traductora literaria española, nacida en Segovia en el año 1992. Cursó sus estudios universitarios en la universidad Complutense de Madrid. Se aficionó a la lectura a temprana edad gracias a la influencia de su padre. Escribió su primer poema a los 12 años y cuando tenía 15 comenzó su blog «Relocos y recuerdos», poco tiempo después, ganó el Premio de poesía Emiliano Barral con el relato corto Saudade. Unos años más tarde se trasladó a Madrid para comenzar su grado universitario de Estudios Ingleses.

    Durante sus estudios Elvira continuó escribiendo y comenzó a participar en eventos poéticos, junto a cantautores y poetas de renombre. Después de la carrera, curso un máster en la Universidad Complutense de Madrid de Traducción Literaria.

    Su entrada en el mundo de la publicación literaria profesional se produjo de la mano de la editorial Lapsus Calami, con la que publicó Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo en 2013, con prólogo de Benjamín Prado. Asimismo, Prado fue quien introdujo a Sastre en el panorama literario de la poesía española contemporánea. Unos meses después, en mayo de 2014, la editorial Valparaíso Ediciones, con sede en España y en América Latina le propuso publicar su segundo poemario, Baluarte.

    Su obra, de una cierta intensidad, nos trae títulos como…  Tú la acuarela/Yo la lírica (Coautora) (2013), ​Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (Lapsus Calami, 2014)​, Baluarte (Valparaíso Ediciones, 2014), ​Ya nadie baila (Valparaíso Ediciones, 2015)​, La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Visor Libros, 2016), Aquella orilla nuestra (Alfaguara, 2018) y Días sin ti (Seix Barral, 2019).

    Estos son algunos de sus poemas más conocidos:

    Somos mujeres

    Miradnos.
    Somos la luz de nuestra propia sombra,
    el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
    la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

    Somos el azar de lo oportuno,
    la paz que termina con las guerras ajenas,
    dos rodillas arañadas que resisten con valentía.

    Miradnos.
    Decidimos cambiar la dirección del puño
    porque nosotras no nos defendemos:
    nosotras luchamos.

    Miradnos.
    Somos, también, dolor,
    somos miedo,
    somos un tropiezo fruto de la zancadilla de otro
    que pretende marcar un camino que no existe.
    Somos, también, una espalda torcida,
    una mirada maltratada, una piel obligada,
    pero la misma mano que alzamos
    abre todas las puertas,
    la misma boca con la que negamos
    hace que el mundo avance,
    y somos las únicas capaces de enseñar
    a un pájaro a volar.

    Miradnos.
    Somos música,
    inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
    luz en un lugar que aún no es capaz de
    abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
    porque la belleza siempre cegó los ojos
    de aquel que no sabía mirar.

    Nuestro animal es una bestia indomable
    que dormía tranquila hasta que decidisteis
    abrirle los ojos con vuestros palos,
    con vuestros insultos, con este desprecio
    que, oídnos:
    no aceptamos.

    Miradnos.
    Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
    lo he visto cuando nos reconocemos humanas
    en esta selva que no siempre nos comprende
    pero que hemos conquistado.

    He visto en nosotras
    la armonía de la vida y de la muerte,
    la quietud del cielo y del suelo,
    la unión del comienzo y del fin,
    el fuego de la nieve y la madera,
    la libertad del sí y el no,
    el valor de quien llega y quien se va,
    el don de quien puede y lo consigue.

    Miradnos,
    y nunca olvidéis que el universo y la luz
    salen de nuestras piernas.

    Porque un mundo sin mujeres
    no es más que un mundo vacío y a oscuras.
    Y nosotras
    estamos aquí
    para despertaros
    y encender la mecha.

    QUIERO HACER CONTIGO TODO LO QUE LA POESIA AÚN NO HA ESCRITO.

    Cualquiera diría al verte
    que los catastrofistas fallaron:
    no era el fin del mundo lo que venía,
    eras tú.

    Te veo venir por el pasillo
    como quien camina dos centímetros por encima del aire
    pensando que nadie le ve.
    Entras en mi casa
    —en mi vida—
    con las cartas y el ombligo boca arriba,
    con los brazos abiertos
    como si esta noche
    me ofrecieras barra libre de poesía en tu pecho,
    con las manos tan llenas de tanto
    que me haces sentir que es el mundo el que me toca
    y no la chica más guapa del barrio.

    Te sientas
    y lo primero que haces es avisarme:
    No llevo ropa interior
    pero a mi piel le viste una armadura.
    Te miro
    y te contesto:
    Me gustan tanto los hoy
    como miedo me dan los mañana.

    Y yo sonrío
    y te beso la espalda
    y te empaño los párpados
    y tu escudo termina donde terminan las protecciones:
    arrugado en el cubo de la basura.
    Y tú sonríes
    y descubres el hormigueo de mi espalda
    y me dices que una vida sin valentía
    es un infinito camino de vuelta,
    y mi miedo se quita las bragas
    y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo.

    Beso
    uno a uno
    todos los segundos que te quedas en mi cama
    para tener al reloj de nuestra parte;
    hacemos de las despedidas
    media vuelta al mundo
    para que aunque tardemos
    queramos volver;
    entras y sales siendo cualquiera
    pero por dentro eres la única;
    te gusta mi libertad
    y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
    me gusta tu verdad
    y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.

    Tienes el pelo más bonito del mundo
    para colgarme de él hasta el invierno que viene;
    gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
    y una boca que me mira mejor que tus ojos;
    guardas un despertar que alumbra las paredes
    antes que la propia luz del sol;
    posees una risa capaz de rescatar al país
    y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.

    Y de repente pasa,
    sin esperarlo ha pasado.
    No te has ido y ya te echo de menos,
    te acabo de besar
    y mi saliva se multiplica queriendo más,
    cruzas la puerta
    y ya me relamo los dedos para guardarte,
    paseo por Madrid
    y te quiero conmigo en cada esquina.

    Si la palabra es acción
    entonces ven a contarme el amor,
    que quiero hacer contigo
    todo lo que la poesía aún no ha escrito.

    • Información biográfica extraída de Wikipedia
  • «La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida», de Elvira Sastre (Visor)

    «La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida», de Elvira Sastre (Visor)

    Hay quien se empeña en encasillar a los autores en un único movimiento, generación o estilo. Sería como reducir todo el trabajo de Picasso en el modernismo y olvidar el resto de etapas por las que se deslizó el artista, dejando un gran rastro en forma de obras muy diversas. Sin embargo, esto suele ocurrir en la literatura, más aun en la actualidad. De guiarme por esa dinámica de la crítica inamovible, esta reseña no tendría en absoluto sentido.

    Elvira Sastre Sanz (1992, Segovia), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, 2016, Visor Libros

    Elvira Sastre (Fuente: Wikipedia)

    La producción literaria de Elvira es abrumadora: desde el año 2013 ha publicado 5 libros, y en 2016, año de publicación del que hoy traemos a la revista, sacó a la luz dos obras: Ya nadie baila (Valparaíso Ediciones) y La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Visor Libros). Sin embargo, no es esto lo que más llama la atención, sino la gran evolución que ha tenido en apenas un año. Puede dar la sensación de que la gran producción de la autora se deba a que publica todo lo que escribe; podría entender entonces que para esta última obra, Elvira reservase lo mejor. No obstante, son solo lucubraciones. Aferrándome a lo que cuentan las páginas, admito que estamos ante una voz que merece ser escuchada.

    Benjamín Prado comenta sobre la autora que es «la poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española«. Lo cierto es que, al menos en esta última obra, surge una voz poética que parece relevar sutilmente las voces poéticas contemporáneas que hasta hace poco dominaban la escena. Me refiero a voces como la de Luis García Montero, Raquel Lasneros, Ángel González o el propio Benjamín Prado. De cualquier manera, y para excusarme de ponerla a la altura de estos magos del verso, es necesario destacar que tiene solo 25 años. Ahora vamos a lo importante: la forma y el relato, y como en las mejores obras, empezamos por lo último.

    Dime, mi amor,
    que nada de esto ha sucedido.

    Así da comienzo la obra, podemos imaginar qué nos espera, pero no cómo. El libro bien podría haberse llamado La herida de una puerta abierta, ya que encontramos la metáfora constante a lo largo de todo el relato. La intensidad con la que narra y versa cada palabra es sublime, nada sobra en el poema, y es que nada debe sobrar. La emoción, la sensación de abandono, el recuerdo, las preguntas lanzadas al aire, la profunda fuerza de cada poema; en resumidas cuentas, el relato es impecable, aunque resulta extraño leer algunos poemas en primera persona en los que utiliza el masculino.

    Ahora vamos al cómo. La forma, en la parte técnica, es lo más arriesgado. Obviamente, la voz del poeta que trabaja con el verso libre está en el ritmo y en el relato principalmente, pero la estructura también juega un papel fundamental. Concretamente me refiero a alinear el poema a la derecha en alguna ocasión, o notar un uso extraño de los signos de puntuación. Nada importante que impida comprender el poema, pero llama la atención. A fin de cuentas, la obra es suya, ella decide cada coma y cada punto.

    Fragmento de «Lo peor del abandono no es el silencio, es la puerta abierta»

    Pienso en irme,
    en colocarte aquí en un rincón bajo la luz
    de otra memoria,
    allí donde los sueños que no suceden
    esperan su momento y el león
    descansa entre rugidos.

    ¿Pero a qué lugar te lleva la habitación
    que dejas atrás
    si la puerta se queda abierta?

    Este libro era necesario que apareciese en la escena. Tal vez sea una transición, una nueva voz que permita orientar los focos hacia otro escenario a la altura de los contemporáneos. Era necesario un libro lleno de lucidez y precisión, dos características que, sin duda alguna, parecen estar en un segundo plano actualmente, y eso no es nada bueno para la poesía y sus amantes.

    (Crédito de imagen de cabecera: Elvira Sastre/Instagram)