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  • La guerra en poesía (3/3)

    La guerra en poesía (3/3)

    Primera parte

    Segunda parte

    El siglo XX nace, crece y muere manchado por dos contiendas mundiales. Lo aderezaron con ímpetu infinidad de guerras locales en distintos puntos del planeta, muchas de las cuales, a día de hoy, siguen latiendo muy vivas en todos los continentes.  Hay una famosa sentencia del filósofo alemán Theodor Adorno que considera que es “barbaric” escribir poesía después de Auschwitz. Y no le faltó razón en su momento. Pero entonces, ¿qué hacemos mientras duran las matanzas en Gaza, en Ucrania, en Siria, en Yemen…[1]  Nuestro escenario vital está manchado por la sangre por las cuatro esquinas, y por eso hemos de seguir contándola. Escuchemos una de esas voces. La de Wilfred Owen:

    Dulce et decorum est

    Encorvados, como mendigos ancianos con el hato a cuestas,

    Chocando las rodillas y tosiendo como viejas, maldecimos a través del lodo.

    Logramos dar la espalda a los acechantes destellos enemigos

    y emprendimos el penoso camino hacia nuestro retirado descanso.

    Los hombres marchaban dormidos. Muchos iban descalzos,

    pero avanzaban, cojeando, con los pies bañados en sangre.

    Todos iban lisiados, todos cegados, ebrios de fatiga, sordos incluso

    al silbido de los rezagados obuses 5.9 que detrás de ellos caían.

    ¡Gas, GAS! ¡Rápido muchachos! Torpemente, a tientas nos ponemos

    justo a tiempo las incómodas máscaras,

    pero uno de nosotros quedó gritando, indeciso

    forcejeando, como atrapado en cal viva o en fuego…

    Vagamente, a través de los vidrios empañados y una verde luz espesa

    vi cómo se ahogaba hasta el fondo de un glauco mar.

    En todos mis sueños, ante mi mirada impotente,

    se desploma ante mí y es engullido por una cloaca, asfixiado, ahogándose.

    Si también tú, en tus pesadillas, pudieras ir marcando el paso

    detrás del carretón en el que lo arrojamos

    y ver en su cara unos ojos blancos de angustia, retorciéndose,

    su cara de ahorcado, como la de un demonio hastiado de su propio pecado;

    si tú también, en cada tumbo, pudieras oír la sangre

    saliendo a chorros de sus pulmones consumidos,

    obscena como un cáncer, amarga como el pus

    de llagas atroces e incurables en lenguas inocentes,

    entonces, amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo

    a unos chicos que ansían una gloria desesperada

    esa vieja Mentira: Dulce et decorum est

    pro patria mori.

    Wilfred Owen (1893 – 1918) fue un poeta británico reclutado a los 22 años como soldado en la Primera Guerra Mundial. Después de vivir en carne propia lo terrible del conflicto, escribió versos en los que denunció lo que realmente pasaba en las trincheras y en el campo de batalla. Así, expresó el dolor, el cansancio, el hambre y la desesperación a la que se vieron enfrentados miles de jóvenes que partieron al frente con la esperanza de convertirse en héroes. En contra del discurso patriótico que imperaba en el periodo, decidió mostrar lo cruento de una lucha que no beneficiaba a nadie. En este poema hace referencia a la famosa frase de Horacio que dice «Dulce y honroso morir por la patria», idea que circulaba durante aquella época para animar a los jóvenes a enlistarse.

    En España, la guerra civil fue un hachazo del que surgió mucha poesía herida de muerte. Porque el escritor que vive y respira en ese contexto grita de diversas maneras contra el horror circundante. Y lo sigue haciendo en este primer tercio del siglo XXI que ya llevamos cabalgado. Porque la guerra no cesa. Brota como una mala hierba por todos lados. Y el poeta lo denuncia:

    Bajo la luz de la luna se vieron

    las hediondas aves de la muerte:

    aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra

    la destrucción de la carne que late,

    la horrible muerte a pedazos que palpitan

    y esa voz de las víctimas,

    rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido.

    Todos la oímos.

    Los niños han gritado.

    Su voz está sonando.

    ¿No oís? Suena en lo oscuro.

    Suena en la luz. Suena en las calles.

    Todas las casas gritan.

    Pasáis, y de esa ventana rota sale un grito de muerte.

    Seguís. De ese hueco sin puerta

    sale una sangre y grita.

    Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados

    gritan, gritan. Son niños que murieron.

    (Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla, Vicente Aleixandre)

    Con un brazo gris doblado sobre un rostro verde

    El polvo de los carros que pasan lo cubren,

    Yaciendo a la vera del camino en el lugar apropiado.

    Porque ha cruzado la última visión lejana

    Que nos oculta el valle de los muertos.  (Muertos de guerra, Gavin Ewart)

    Briznas de paja crujiendo por doquier.

    Los pedazos de vela se erigen solemnes y nos observan.

    A través de la bóveda nocturna de la iglesia

    Flotan gemidos, palabras ahogadas a medias.

    Hay un hedor a sangre, pus, mierda y sudor.

    Los vendajes supuran bajo uniformes raídos.

    Manos trémulas tiemblan y los rostros se contraen.

    Los cuerpos se mantienen erectos mientras las cabezas agonizan de lado hacia abajo.

    A lo lejos la batalla truena siniestra.  (Hospital militar – Wilhelm Klemm)

    En «Las barricadas de París, de Haussmann a Mayo del 68: una aproximación poética y sociológica»[2], Ángel Clemente Escobar estudia la poética del París insurrecto y su concreción en las representaciones literarias de Mayo del 68, en concreto todo lo relacionado con un elemento constructivo revolucionario como es la barricada, su recorrido histórico y cuáles son sus principales características significativas desde el punto de vista de la poética del imaginario y la semiología del espacio urbano, para posteriormente abordar el desarrollo de las barricadas de Mayo del 68.

    La guerra nos acompaña como especie desde que empezamos a caminar sobre dos piernas. Desde siempre, por cuestiones de dominio territorial, de rivalidad entre tribus, de imposición religiosa, de acaparación de recursos, de prestigio o supremacía…  Siempre hemos tenido la tentación de dominar al otro. Somos así. Digamos que el conflicto es consustancial a la especie humana. Por eso, algo tan humano también como el arte, la necesidad de crear y recrear nuestro mundo a través de la música, la pintura o la palabra la tiene entre sus tópicos más frecuentes, entre sus temas más abordados.

    Hablar de la guerra. Llorar por la guerra. Gritar por la guerra. La poesía nos abre una ventana gigantesca, desde hace mucho tiempo, para que podamos tallar, dibujar o enfangar la imagen de la guerra… ¡No dejemos que esa ventana se cierre! Por Ucrania, por Palestina, por Siria, por Etiopía, por Yemen, por Líbano… Según el diario El País (21 de mayo de 2025), el año 2025 recibe un mundo en guerra con 56 conflictos y guerras activas. Es para hacérnoslo mirar. Porque el llanto no basta.

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    Ahora que suenan las sirenas,

    no recuerdo ni cómo me llamo.

    Sé que estoy bajo tierra,

    viva, pero como cal viva,

    muerta de pavor.

    Ahora que la pólvora hace hogueras

    de niños crudos

    y que la sangre de mi hermano

    es el desagüe de mi boca,

    ahora que esos cuervos metálicos

    me tienen aquí sepultada en mí misma,

    me trago las manos que me han salvado,

    me aprieto la cintura con las bocas asediadas,

    con los ojos ateridos

    y me rindo.

    No puedo más.

    Que paren las bombas de reventar cráneos,

    de desmantelar amparos y regazos.

    Que paren porque no puedo más.

    Que paren de romper madrigueras,

    de pintar estadísticas de trincheras descalzas,

    de lisiar almas con el látigo de Caín.

    Que paren porque no puedo más.


    [1] “El Índice de Paz Global, que año a año publica el Instituto para la Economía y la Paz (IEP, por sus siglas en inglés), se ha convertido en la última década en un termómetro de la guerra y la actitud confrontacional en la que se encuentra medio mundo. De acuerdo con la organización con sede en Australia, alrededor del planeta se encuentran 56 conflictos armados activos, una cifra que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial”. Información obtenida en El País (Hugo Mario Cardenas, 5 de ene de 2025.

    [2] Angel Clemente Escobar, Las barricadas de París. De Haussmann a Mayo del 68: una aproximación poética y sociológica. Incluido en Guerra y violencia en la literatura y en la historia: Seminario Interdisciplinar de Historia y Literatura / coord. por Fernando Carmona Fernández, José Miguel García Cano, José Javier Martínez García, Universidad de Murcia, 2018.

    https://www.actecanarias.es/es/node/1674

  • La guerra en poesía (2/3)

    La guerra en poesía (2/3)

    LEE LA PRIMERA PARTE AQUÍ

    La Edad Media continuó de alguna manera la tradición clásica en la dedicación a exaltar las hazañas bélicas de sus héroes. Dado que fue un período marcado por conflictos constantes, guerras y luchas de poder, la producción literaria no escapó a la presencia omnipresente de la guerra. Los poemas, en boca de juglares que los recitaban por pueblos y plazas, daban testimonio de las hazañas de los héroes, marcando así la identidad cultural de las gentes. Era una poesía que ensalzaba la valentía, la caballería y el nacionalismo de sus héroes. El Cantar de Mio Cid es un ejemplo claro de lo que afirmamos:

    Ya ha poblado Mío Cid aquel puerto de Alucat,

    se aleja de Zaragoza y de las tierras de allá,

    atrás se ha dejado Huesca y el campo de Montalbán

    de cara a la mar salada ahora quiere guerrear:

    por Oriente sale el sol y él hacia esa parte irá.

    A Jérica gana el Cid, después Onda y Almenar,

    y las tierras de Burriana conquistadas quedan ya.

    (El Cid se dirige hacia tierras de Valencia, 2º Cantar)

    Por su parte, el Cantar de Roldán data del siglo XI y está basado en el líder militar franco Roldán en la Batalla del Paso de Roncesvalles en el año 778, durante el reino de Carlomagno. Destacados fueron, también, el Cantar de Roncesvalles o el Cantar de los Nibelungos.

    Cuando nos adentramos en la poesía renacentista, hallamos un remanso lírico dedicado al bucolismo (Fray Luis), el amor platónico (Garcilaso, Petrarca) o el misticismo (Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz). Sin embargo, y aunque tengamos que dejar la lírica de lado, creo que resulta interesante destacar que la mentalidad de rivalidad, tendencia al conflicto y belicismo no es ajena tampoco a esta época. Basta recordar el importantísimo ensayo de Maquiavelo El Príncipe, una de las primeras obras de filosofía moderna en la que su autor aborda el tema general de aceptar que los objetivos de los príncipes, como la gloria y la supervivencia, pueden justificar el uso de medios inmorales para lograr esos fines:

     «El arte de la guerra es el único estudio a que deben dedicarse los príncipes, por ser propiamente la ciencia de los que gobiernan. […] ninguna cosa contribuye tanto a que pierda un príncipe la autoridad de que goza como el no ser capaz de ponerse al frente de sus tropas. Un príncipe desarmado no puede tener seguridad ni sosiego en medio de súbditos armados, debe esmerarse el príncipe en que sus tropas estén bien disciplinadas y ejercitadas con regularidad”[1].

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    Llegamos al Barroco y nos fijamos en la poesía que surge de la guerra de los segadores. Esta revuelta se remonta al 7 de junio de 1640, día en que, por una de las puertas de Barcelona, entraron 400 segadores. Eran trabajadores eventuales y procedían del Delta del Llobregat. A las 9 de la mañana uno de esos hombres tuvo un altercado con un servidor de los alguaciles reales. El segador quedó mal herido y el resto se amotinó e intentaron quemar el palacio del virrey, varias casas nobles y de juristas de la Audiencia. Esta circunstancia, lejos de quedar en la anécdota, dio lugar  a la sublevación de Cataluña, revuelta de los catalanes, guerra de Cataluña o guerra de los Segadores. Afectó a gran parte de Cataluña entre los años 1640 y 1652 y fue protagonizada por campesinos y segadores que se sublevaron debido a los abusos cometidos por el ejército real. Este estaba compuesto por mercenarios de diversas procedencias, desplegado en el Principado a causa de la guerra con la Monarquía de Francia, enmarcada dentro de la guerra de los Treinta Años (1618-1648). Y tal como se guerreó, se cantó.

    Según Joana Fraga Riberete, “la Guerra de los Segadores” dio origen a una producción literaria inmensa e inédita para justificar y legitimar un movimiento que podía suscitar duras críticas tanto a nivel nacional como internacional. La poesía supone solo una parte de lo que se escribió durante este período, pero tuvo una presencia bastante significativa. Aunque no presente argumentos de carácter jurídico ni esté destinada a las naciones extranjeras, sino al consumo interno, eso no significa que tenga un papel secundario. Estos folletos desempeñaron un papel de extrema importancia a la hora de formar mentalidades y de manipular la opinión pública. Fueron consideradas auténticas armas de combate, junto con las relaciones, las gacetas y los memoriales”[2]. Continúa esta investigadora afirmando que “la forma de este tipo de poesía es bastante sencilla, pues en su gran mayoría se trata de romances y décimas. Los versos cortos y manuscritos que asumían las formas de tercetos, cuartetas y décimas eran esencialmente sátiras y jeroglíficos de tono irónico y mordaz, que contenían críticas abiertas a la monarquía hispánica y a la acción de sus gobernantes.

    Garcilaso de la Vega, el más grande e influyente de los poetas españoles del siglo XVI, le debe su maestría a la guerra. Armas y letras unidas en la biografía de tantos de los autores de los Siglos de Oro. Como se ha indicado para Boscán, en Garcilaso encontramos la imagen del “militar letrado”, la del noble que vive la muerte de las batallas con la misma pasión que la vida de las letras. Desde que en 1520 entra a formar parte de la guardia regia de Carlos I de España, la carrera militar de Garcilaso no dejará de cosechar victorias hasta la última derrota, la que le costó la vida en octubre de 1536: el asalto a la fortaleza de Le Muy, donde recibirá heridas mortales al ser uno de los primeros hombres que avanzó para conquistarla, después de un largo asedio. Y la guerra y su carrera militar le llevó a Nápoles en 1522-1523 y en 1533, y allí pudo conocer de primera mano la poesía petrarquista (con sus hermosos endecasílabos y sonetos) y allí pudo profundizar en la cultura clásica romana y griega, en una de las cunas del humanismo. Y allí comenzará a escribir sus sonetos, canciones, liras y sus famosas églogas, con las que, emulando a Virgilio, sitúa la acción en su Toledo y en su Tajo. Garcilaso de la Vega es el gran poeta petrarquista de España, el que supo sacar en español lo mejor de la tradición que habían comenzado Ausiàs March en catalán y el Marqués de Santillana en castellano a lo largo y ancho del siglo XV:

    Soneto IV

    Un rato se levanta mi esperanza,

    mas cansada d’haberse levantado,

    torna a caer, que deja, a mal mi grado,

    libre el lugar a la desconfianza.

    ¿Quién sufrirá tan áspera mudanza

    del bien al mal? Oh corazón cansado,

    esfuerza en la miseria de tu estado,

    que tras fortuna suele haber bonanza!

    Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos

    romper un monte que otro no rompiera,

    de mil inconvenientes muy espeso;

    muerte, prisión no pueden, ni embarazos,

    quitarme de ir a veros como quiera,

    desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.

    Este soneto de Garcilaso es uno de los pocos en los que no se hace referencia a la figura de la amada. En este caso Garcilaso nos habla de su estancia en prisión, en Tolosa, tras haber acudido a la boda de su sobrino. Dicha boda no contaba con el permiso del emperador Carlos I, mandando este encarcelar al poeta y militar.

    En el estudio «Los soldados atemporales de Shakespeare. Pervivencia de unos modos de representación de la guerra»[3], César Labarta Rguez-Maribona señala que frente a los tópicos habituales señalados en el teatro de Shakespeare (los celos, el amor, la envidia…) hay un aspecto que siempre se ha dejado de lado por los estudiosos y que puede provocar una identificación igual de intensa que los otros: los valores militares y la actitud de los hombres ante la guerra. Enrique V sería la obra bélica de Shakespeare sobre la batalla de Agincourt, por excelencia, aunque no el único ejemplo de esta visión de lo militar ni de los diferentes aspectos que lo conforman, que se dejan ver en otras obras del dramaturgo inglés.

    Pasando de puntillas sobre el siglo de las luces ―cuyo sentido de la racionalidad, la pedagogía y el orden nos dejó una literatura tan carente de sentimiento como plena de mesura y frío didactismo― hemos de adentrarnos en el desgarro del sentimiento romántico. La vuelta del nacionalismo, del individualismo y del rechazo a las normas da a luz en el s. XIX una poesía que es toda furia, vigor y tormento del poeta. Víctor Hugo canta a la guerra como a una experiencia inútil, pues todo tirano acaba sustituido por otro. Es la ironía romántica hablando del desengaño frente al poder:

    Estúpida Penélope, de sangre bebedora,

    que arrastras a los hombres con rabia embriagadora

    a la matanza loca, terrífica, fatal,

    ¿de qué sirves ¡oh guerra! si tras desdicha tanta

    destruyes un tirano y un nuevo se levanta,

    y a lo bestial, por siempre, reemplaza lo bestial?

    (Víctor Hugo, Necedad de la guerra)

    Jorge Isaac, por su parte, llora al soldado desconocido, aquel que en las inútiles guerras va que quedando olvidado en tumbas anónimas:

    Llora sobre la tumba del soldado,

    y bajo aquella cruz de tosco leño

    lame el césped aún ensangrentado

    y aguarda el fin de tan profundo sueño.

    Meses después, los buitres de la sierra

    rondaban todavía

    el valle, campo de batalla un día;

    las cruces de las tumbas ya por tierra…

    Ni un recuerdo, ni un nombre…

    ¡Oh!, no: sobre la tumba del soldado,

    del negro terranova

    cesaron los aullidos,

    mas del noble animal allí han quedado

    los huesos sobre el césped esparcidos.

    (Jorge Isaacs, La tumba del soldado)

    Mientras escribimos, mientras leemos, mientas pensamos, comemos o besamos, alguien está siendo víctima de un conflicto armado. Hombre, anciana, niño o mujer embarazada. Mientras el poeta laurea, el hombre mata. Mientras el hombre mata, otro hombre, o mujer, canta más alto. Esa es, seguramente la mayor grandeza y la más infame perversidad que nos identifica como humanos. No es baladí, por tanto, que tengamos que mantener vivo al cantor, como nos pide Horacio Guarany. Es de vital necesidad seguir cantando.


    [1] El Príncipe, Cap. XIV   De las obligaciones de un príncipe con respecto a la milicia.    

    [2] Joana Fraga Riberete, Poesía de combate durante la Guerra de los Segadores (1638-1645), Trabajo final de máster de Estudios Históricos, mención de Historia Moderna, leído en el Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Barcelona el día 22 de junio de 2009.

    [3] «Los soldados atemporales de Shakespeare. Pervivencia de unos modos de representación de la guerra», César Labarta Rguez-Maribona, incluido en Guerra y violencia en la literatura y en la historia: Seminario Interdisciplinar de Historia y Literatura / coord. por Fernando Carmona Fernández, José Miguel García Cano, José Javier Martínez García, Universidad de Murcia, 2018.

  • La guerra en poesía. Orígenes. (1/3)

    La guerra en poesía. Orígenes. (1/3)

    Todos los ejércitos son iguales

    la publicidad es fama

    la artillería hace el mismo viejo ruido

    el valor es atributo de los muchachos

    los viejos soldados tienen los ojos cansados

    todos los soldados escuchan las mismas viejas mentiras

    los cadáveres siempre han atraído a las moscas.

    (Todos los ejércitos son iguales, Hemingway)

    Reflexiva, filosófica, trovadoresca, palaciega, amorosa, épica, elegíaca o tragicómica, la poesía ha sido a lo largo de la historia un poliedro de lo más diverso. Su campo de inspiración es tan amplio como la inquietud que motiva al ser humano. Por eso, podemos afirmar que tampoco ha sido nunca ajena al conflicto. Al conflicto humano en cualquiera de sus facetas. Incluida la guerra. Los clásicos greco-romanos y los héroes del medievo dedicaron cientos de versos a ensalzar las batallas de sus héroes.

    En Grecia, la Ilíada fue una de las grandes obras de la literatura clásica,  un poema épico escrito en hexámetros dactílicos y dividido en cantos. Se le atribuye a Homero y narra los eventos finales de la guerra de Troya. La Ilíada se inicia con la famosa invocación a la musa, en la que el poeta solicita inspiración divina para relatar la historia de Aquiles y la guerra de Troya. A lo largo de sus más de 15.000 versos, el poema presenta un profundo análisis de la psicología humana, los valores heroicos y las consecuencias de la guerra, convirtiéndose en un referente ineludible para la comprensión del mundo clásico. La guerra en la poesía épica suele ser el escenario donde los héroes demuestran su honor a través de actos de valentía, lealtad y sacrificio:

    «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Retírate, suelta el cadáver y desampara estos sangrientos despojos; pues, en la reñida pelea, ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres envasó su lanza a Patroclo antes que yo lo hiciera. Déjame alcanzar inmensa gloria entre los teucros. No sea que, hiriéndote, te quite la dulce vida.» Respondióle muy indignado el rubio Menelao: «¡Padre Júpiter! No es bueno que nadie se vanagloríe con tanta soberbia. Ni la pantera, ni el león, ni el dañino jabalí, que tienen gran ánimo en el pecho y están orgullosos de su fuerza, se presentan tan osados como los hábiles lanceros hijos de Panto. Pero el fuerte Hiperenor, domador de caballos, no siguió gozando de su juventud cuando me aguardó, después de injuriarme, diciendo que yo era el más cobarde de los guerreros dánaos; y no creo que haya podido volver con sus pies á la patria, para regocijar a su esposa y a sus venerandos padres. Del mismo modo, te quitaré la vida a ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que vuelvas a tu ejército, y no te pongas delante; pues el necio solo conoce el mal cuando ha llegado.» Así habló, sin persuadir a Euforbo, que contestó diciendo: «Menelao, alumno de Júpiter, ahora pagarás la muerte de mi hermano, de que tanto te jactas. Dejaste viuda a su mujer en el reciente tálamo; causaste a nuestros padres llanto y dolor profundo. Yo conseguiría que aquellos infelices cesaran de llorar, si llevándome tu cabeza y tus armas, las pusiera en las manos de Panto y de la divina Frontis. Pero no se diferirá mucho tiempo el combate, ni quedará sin decidir quién haya de ser el vencedor y quién el vencido.» (CANTO XVII).

    En Roma, uno de los poetas más grandes fue Virgilio. Sus obras, junto con las de Séneca, Cicerón, Ovidio, Aristóteles y Platón, se han leído continuamente desde la Edad Media hasta el presente. Los últimos diez años de su vida los pasó Virgilio trabajando en los doce libros de su epopeya La Eneida, que se basó en la Odisea y la Ilíada de Homero. Su epopeya, que también es la epopeya nacional de Roma, ha influido en la literatura durante siglos.  Escrito en hexámetro dactílico, Virgilio convirtió los relatos fragmentados de las andanzas de Eneas en un mito fundacional apasionante, una epopeya nacionalista que vinculaba simultáneamente a Roma con leyendas y héroes troyanos:

    Yo que en la tenue flauta campesina toqué de joven,

    y dejando luego las selvas, obligué a los vecinos campos

     a que obedeciesen al ávido labriego,

    ahora canto las terribles armas de Marte y el varón que,

     huyendo de las riberas de Troya por el rigor del Hado,

     pisó el primero Italia y las costas Lavinias.

    Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar,

    arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno.

    Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad

     y llevar a sus dioses al Lacio,

    de donde vienen el linaje latino y los senadores Albanos,

    y las murallas de la soberbia Roma (LIBRO I).

    Esta obra pasó a ser un texto de referencia en el sistema educativo romano. Sus primeros libros se convirtieron en algunos de los más citados por los autores latinos posteriores y, como curiosidad destacada queremos resaltar que el mismísimo Virgilio es el personaje que guía a Dante Alighieri en su grandiosa Divina Comedia, obra escrita más de 1300 años después de la muerte del poeta latino.

    Desde la antigüedad clásica, el ser humano optó por los versos para narrar grandes historias. Era la epopeya un gran poema narrativo que daba voz a batallas y héroes para poblar el imaginario colectivo, para ofrecer al mundo una historia popular  y una memoria en la que mirarse. Afirma Martínez que “el héroe y el miles gloriosus[1], la tragedia y el esperpento, el canto épico y la burla de la  caballería  feudal  no  son  sino  el  haz  y  el  envés de  casi  toda  la  literatura  europea”[2]. Y no deja de ser lógico. La literatura recoge aquellos acontecimientos o inquietudes que son cercanos a la vivencia humana, y ¿hay algo más terriblemente familiar y constante en  nuestra historia que los conflictos?

    En  varias obras inaugurales  de  las  literaturas  clásicas está presente el tema de la guerra, vinculado al ideal épico y, de forma más concreta, a la epopeya. El gran poema Mahabharata, por ejemplo, narra la disputa  entre  dos  dinastías  que  optaban  al  trono  de  un  reino al norte del río Ganges. Además del relato bélico, la obra ―formada por más de doscientos mil versos― incluye leyes y disquisiciones morales y filosóficas. Pero de las dieciocho partes en las que está dividida, cinco están completa y específicamente destinadas a mostrar cómo se produjo  la  batalla  entre  los  dos  ejércitos  contendientes. 

    La  lengua  hebrea, por otro lado,  inmortaliza el Libro  de  Josué ―integrado en el Antiguo Testamento―. En él  se  relata  la  conquista  de  la  Tierra  Prometida por  el  pueblo  de  Israel  a  través  de  un  enfrentamiento  armado  cuya  narración,  lejos  de limitarse a mostrar la lucha, recoge también la  estrategia  empleada en  combate por los bandos en lucha. Esto es así porque “la búsqueda de la tierra prometida  supone  una  aventura  colectiva,  destinada a  crear  una  mitología  de  fácil comprensión  alrededor  del  germen  de  un  país  y  del  papel  que  en  él  ha  cumplido  la figura del líder”[3].

    La  literatura  griega  clásica  ha  legado  uno  de  los  más  influyentes  modelos  de  la literatura  bélica  a  través  del  denominado  “ciclo  troyano” al que ya nos hemos referido, y que,  compuesto  de  diversos poemas  épicos  entre  los  que  se  encuentran  los  textos  homéricos Ilíada  y Odisea, relataba la leyenda de la guerra de Troya. El enfrentamiento entre los ejércitos griego y troyano  aparece  como  telón  de  fondo  en  la Ilíada,  que  se  ocupa  de  un  suceso determinado  acaecido  en  la  contienda:  el  enfrentamiento  entre  Aquiles  y  Agamenón  y las  consecuencias  que  genera  en  el  desarrollo  de  la  batalla.  Además  de  presentar  al principal modelo heroico de la literatura clásica –Aquiles–, la obra destaca por mostrar el carácter destructor y alienador de toda guerra, como demuestra el comportamiento de los personajes de la obra, que alternan actuaciones de una crueldad, una violencia y unas ansias de sangre tan desmedidas como gigantescas con parlamentos serenos y lúcidos. Según Weil:

    “El  verdadero  tema,  el  centro  de  la Ilíada,  es  la  fuerza.  La  fuerza  manejada  por  los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se  crispa.  El  alma  humana  sin  cesar  aparece  modificada  por  sus  relaciones  con  la  fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, doblegada por la presión de la fuerza que  sufre  […].  La  fuerza  es  lo  que  hace  de  quienquiera  que  le  esté  sometido  una  cosa. Cuando se ejerce hasta el fin, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de  él  un  cadáver.  Había  alguien  y,  un  instante  después,  no  hay  nadie.  Es  un  cuadro  que  la Ilíada no se cansa de presentar[4].

    El  tema  bélico  está  presente  en  la  tradición  griega, además,  en numerosos  textos  de  carácter  historiográfico.  De  hecho,  a  pesar  de  que  en  algunas civilizaciones  legendarias  parecen  conservarse  primitivos  documentos  susceptibles  de ser   considerados   textos   históricos   ―así   pueden   ser considerados   los   relieves conmemorativos  de  batallas  en  Mesopotamia  y  Egipto o  los  libros  sagrados  de  las civilizaciones  antiguas―,  tradicionalmente  se  ha  venido  identificando  a  la  figura  de Heródoto  con  la  del  fundador  de  la  historiografía  y,  por  tanto,  su  relato  sobre  las Guerras Médicas como la primera manifestación de la disciplina.

    La fertilidad de la disciplina en la época romana puede ser detectada a  través  de  hitos  como  la  creación  de  los  Anales  o las  reflexiones  que  sobre  su composición  plantea  Cicerón,  en  las  que  se  pone  de manifiesto  la  relación  entre  los textos históricos y los épicos:

    “Es  verdad  que  la  sucesión  cronológica  de  los  anales  por  sí  misma  nos  atrae  solo medianamente,  como  si  se  tratara  de  una  enumeración  de  fechas  del  calendario,  por  el contrario,   las   peligrosas   y   cambiantes   vicisitudes de   un   hombre   extraordinario   con frecuencia  despiertan  admiración  y  suscitan  el  interés,  la  alegría,  la  pesadumbre,  la esperanza  y  el  miedo;  si  encima  concluyen  con  un  desenlace  sorprendente,  el  espíritu rebosa con el agradable deleite de la lectura”[5].

    Las palabras  del  pensador  romano,  tomadas  de  su  tratado Sobre  las  leyes, evidencian  cómo  en  la  época  clásica  la  preocupación  principal  de  quienes  abordaban textos  históricos  no  se  refería  a  la  veracidad  y  a la  exactitud  de  los  hechos  ―pues  se escribía sobre acontecimientos públicos, conocidos por gran parte de la sociedad―, sino, más bien, a la obligación de relatar hechos significativos por su carácter  ejemplar.  Los modelos épicos a los que parece aludir la cita de Cicerón pueden, por sus características formales,  atraer  de  forma  más  efectiva  a  los  receptores  de  los  textos  y,  por  tanto, cumplir  mejor  con  su  función  moralizante  a  pesar  de  que  acostumbren  a  referirse  a sucesos  legendarios  ―que,  no  obstante,  suelen  partir  de  una  base  real―.

    El afán de la epopeya clásica, a medias entre lo moralizante y lo historiográfico, no deja de desnudar el alma humana y su obsesión con el conflicto como modus vitae. Convertida en un lugar común a lo largo de los siglos, la interpretación de la guerra con un acto heroico subraya su condición inevitable. El fenómeno bélico es interpretado asíc omo un acontecimiento del que nadie es capaz de sustraerse, como una prueba con la que necesariamente hay que enfrentarse y como una forma de acción valerosa que revela la esencia de la vida y del hombre. Tendrá que pasar el tiempo para que empecemos a cambiar el tratamiento de los conflictos en poesía. Para que pase del canto al grito. Eso será en los siguientes capítulos.

    ¿Adónde vas, mujer?,

    me gritó el soldado.

    Voy a por leche para el bebé,

    le contesté.

    Guárdate de las bombas,

    necia.

    ¿no ves que el cielo está ardiendo?

    Yo no veo fuego,

    soldado,

    por fin le grité.

    Solo veo miedo,

    arriba y abajo.

    Desde donde yo miro

    solo hay terror emplomado

    y manos de pezón seco

    con las palmas hacia arriba.

    Aquí no llegan las bombas,

    soldado,

    porque no caben entre

    entre los campanarios reventados

    y los tejados de sangre.

    No me grites, soldado,

    por dios,

    que ya grita mi nene

    tan alto

    que hiede a pólvora su llanto

    y los oídos me chillan

    como lunas oscuras

    dando latidos de leche agria.

    ©Rosa Galdona.


    [1] Se refiere este término a la figura antagónica del héroe, el soldado fanfarrón o mercenario, en alusión a una de las obras más conocidas del dramaturgo latino Plauto titulada así (Miles gloriosus).

    [2] MARTÍNEZ, Jesús  Felipe  (2003):  “Si  hay  alguien  más  abyecto  que  el  verdugo  es  el ayudante del verdugo”, República de las letras: revista literaria de la asociación colegial de escritores, 79, pp. 137-148.

    [3] BALLÓ, Jordi, y Xavier PÉREZ (2003): La semilla inmortal. Barcelona, Anagrama.

    [4] WEIL, Simone (1941): “La Odisea, o el poema de la fuerza”, ensayo traducido de la autora en http://hjg.com.ar/txt/sweil/sw_iliada.html

    [5] CICERÓN, “A  sus  amigos”,  incluido en  J.  C.  Fernández  Corte  y  A.  Moreno  Hernández, eds., Antología de la literatura latina. Madrid, Alianza, 1996, pp. 210-212.