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  • La poesía romántica de Bécquer

    La poesía romántica de Bécquer

    Es inevitable hablar de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer sin pensar en el Romanticismo, o hablar de la poesía romántica española sin pensar en Gustavo Adolfo Bécquer.

    Permitidme recordar un instante que el Romanticismo surge, en parte, en contraposición al movimiento conocido como la Ilustración, donde la razón se tomaba como prácticamente el único medio para explicar y conocer la realidad, y llega marcado por la pasión, la concepción y la visión idealizada de la vida y del mundo, cosa que despierta cierto rechazo hacia el mundo real, y las ansias de libertad y evasión, fruto justamente del desacuerdo y el descontento con la realidad. Bécquer es considerado uno de los máximos exponentes de este movimiento literario en España, (concretamente, del llamado Romanticismo tardío, que ocupó la segunda mitad del s. XIX), tanto en el género poético (Rimas) con en narrativa (Leyendas).

    Nacido en Sevilla, un 17 de febrero de 1836, perdió muy pronto a sus padres, cosa que propició que se uniera mucho a su hermano, el pintor Valeriano Bécquer, compañero de inquietudes artísticas y experiencias vitales.

    Gracias a su madrina, con quien vivió una temporada, y a su flamante biblioteca, Gustavo Adolfo empezó a desarrollar más su sensibilidad literaria, a la vez que tomaba clases de pintura, pues también tenía arte para esta disciplina, aunque fue inevitable que la literatura acabara conquistando su alma.

    Dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer: El poeta y las musas.

    A mediados de la década de 1850, se trasladó a Madrid, donde publicó algunos de sus escritos en periódicos y revistas, conoció el amor, la idealización, se introdujo en círculos literarios, y se dejó seducir por completo por la poesía, llegando a publicar algunas en revistas literarias. Llegó incluso a preparar un manuscrito con sus poemas que entregó a su amigo González Bravo para que lo leyera e hiciera un prólogo, pero se dice que a raíz de los actos revolucionarios que tuvieron lugar en Madrid en el año 1868, este manuscrito acabó perdiéndose. Bécquer recuperó la mayoría de los poemas de memoria y los recopiló en el llamado Libro de los Gorriones, aunque no fue hasta después de su fallecimiento, en Diciembre de 1870, que sus amigos Narciso Campillo y Augusto Ferrán recopilaron su obra y la publicaron, en el año 1871, bajo el título de Rimas, su poesía, y Leyendas su colección de leyendas y cuentos cortos.

    Portada del manuscrito
    Libro de los Gorriones, 1868.

    La poesía de Bécquer es principalmente, pasión, emoción y sentimiento. Es una poesía marcada por el amor y el deseo, por las ansias de alcanzar lo inalcanzable, pero también por la soledad y el dolor, con paisajes oscuros y nieblas que se confunden con el ánimo del poeta. Pero lo que sí tenía muy claro, es que un poeta no puede escribir si no ha sentido algo especial vibrando dentro, tal como el propio Gustavo Adolfo afirma en una de las Cartas Literarias a una Mujer:

    Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

    Así, Bécquer escribe desde el sentimiento mas íntimo y profundo, desde la idealización tan propia del Romanticismo, desde ese amor que casi no ha de ser correspondido para no perder esa intensidad tan dolorosa que llega a conmover el alma. Esto lo podemos observar, por ejemplo, en la Rima XI, donde se presentan diferentes mujeres dispuestas, pero la voz del poeta sólo desea que venga justamente la que no puede amarle, esa mujer idealizada que es imposible encontrar en el mundo real:

    Rima XI

    -Yo soy ardiente, yo soy morena,
    yo soy el símbolo de la pasión;
    de ansia de goces mi alma está llena;
    ¿a mí me buscas? -No es a ti, no.

    -Mi frente es pálida; mis trenzas de oro;
    puedo brindarte dichas sin fin;
    yo de ternura guardo un tesoro;
    ¿a mí me llamas? -No, no es a ti.

    -Yo soy un sueño, un imposible,
    vano fantasma de niebla y luz;
    soy incorpórea, soy intangible;
    no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!

    Leyendo su poesía nos damos cuenta que tiene muchos elementos que la convierten en especial y única. Es una poesía con una desnudez estilística y de forma poco común, con el uso general de la rima asonante en los versos pares (como se puede comprobar en la Rima XI anteriormente citada), dejando libres los impares, cosa que la dota de una musicalidad especial. A su vez, es una poesía que se presenta sencilla, pero no por eso es una poesía simple; la sencillez, en poesía, no significa que sea una poesía fácil, pues no es tarea fácil condensar un inmenso sentimiento en muy pocos versos.

    Rima VIII

    Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
    hoy llega al fondo de mi alma el sol;
    hoy la he visto… la he visto y me ha mirado…
    ¡Hoy creo en Dios!

    La intensidad conseguida en estos cuatro versos es tanta, que al leerlos uno puede llegar a pensar que es imposible amar un poco más. Y esta idea se desprende de un brevísimo poema de, como hemos dicho, sólo cuatro versos.

    Uno de los puntos que definen el movimiento Romántico es la necesidad de evasión, a menudo, usando escenarios llenos de sombras, nieblas, fantasías… el misterio aparece casi como una salida del mundo real, una manera de alejarse de la realidad. No en vano, los artistas románticos sentían una fascinación considerable hacia la Edad Media. Esta huida viene dada principalmente por la búsqueda de un ideal, de una felicidad y una paz casi absoluta.

    Este tipo de escenarios y ambientes cargados de inquietud y misterio, representados a menudo por cementerios, calles viejas y desiertas, criptas, bosques tenebrosos… se pueden apreciar muy claramente en las Leyendas de Gustavo Adolfo; sin embargo, demuestra ser un artista a la hora de incluir estos elementos también en su poesía, descripciones de lugares lúgubres y momentos relacionados con la muerte, instantes y espacios inquietantes abundan en sus poemas.

    Rima LXXIV

    Las ropas desceñidas,
    desnudas las espadas,
    en el dintel de oro de la puerta
    dos ángeles velaban.
     
    Me aproximé a los hierros
    que defienden la entrada,
    y de las dobles rejas en el fondo
    la vi confusa y blanca.


    La vi como la imagen
    que en leve ensueño pasa,
    como rayo de luz tenue y difuso
    que entre tinieblas nada.
     
    Me sentí de un ardiente
    deseo llena el alma;
    como atrae un abismo, aquel misterio
    hacia sí me arrastraba.
     
    Mas ¡ay! que de los ángeles
    parecían decirme las miradas:
    —El umbral de esta puerta
    sólo Dios lo traspasa.


    Rima LXVI

    En la imponente nave
    del templo bizantino,
    vi la gótica tumba a la indecisa
    luz que temblaba en los pintados vidrios.
     
    Las manos sobre el pecho,
    y en las manos un libro,
    una mujer hermosa reposaba
    sobre la urna, del cincel prodigio.
     
    Del cuerpo abandonado
    al dulce peso hundido,
    cual si de blanda pluma y raso fuera,
    se plegaba su lecho de granito.

    De la sonrisa última
    el resplandor divino
    guardaba el rostro, como el cielo guarda
    del sol que muere el rayo fugitivo.

    Del cabezal de piedra
    sentados en el filo,
    dos ángeles, el dedo sobre el labio,
    imponían silencio en el recinto.
     
    No parecía muerta;
    de los arcos macizos
    parecía dormir en la penumbra
    y que en sueños veía el paraíso.
     
    Me acerqué de la nave
    al ángulo sombrío,
    con el callado paso que llegamos
    junto a la cuna donde duerme un niño.
     
    La contemplé un momento,
    y aquel resplandor tibio,
    aquel lecho de piedra que ofrecía
    próximo al muro otro lugar vacío,
    en el alma avivaron
    la sed de lo infinito,
    el ansia de esa vida de la muerte,
    para la que un instante son los siglos…
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    Cansado del combate
    en que luchando vivo,
    alguna vez me acuerdo con envidia
    de aquel rincón oscuro y escondido.
    De aquella muda y pálida
    mujer me acuerdo y digo:
    —¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!
    ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!


    El artista romántico puede llegar a considerarse, de algún modo, superior y diferente al resto, con una sensibilidad especial, para sentir y ver en su interior emocional, como no tienen otros; esto lo hace distinto a los demás y, a su vez, lo aísla buscando su propia soledad, pues siente que no encaja de ningún modo en el mundo en el que vive, que no es comprendido. De ahí podría nacer un punto también destacado de esta corriente literaria como es el Culto al yo, la exaltación de uno mismo.

    Rima VIII

    ¡Cuando miro el azul horizonte
    perderse a lo lejos,
    al través de una gasa de polvo
    dorado e inquieto;
    me parece posible arrancarme
    del mísero suelo
    y flotar con la niebla dorada
    en átomos leves
    cual ella deshecho!
     
    Cuando miro de noche en el fondo
    oscuro del cielo
    las estrellas temblar como ardientes
    pupilas de fuego;
    me parece posible a do brillan
    subir en un vuelo,
    y anegarme en su luz, y con ellas
    en lumbre encendido
    fundirme en un beso.
     
    En el mar en la duda en que bogo
    ni aún sé lo que creo;
    sin embargo estas ansias me dicen
    que yo llevo algo
    divino aquí dentro.

    Pero si algo destaca en el Romanticimo y, por consiguiente, en la poesía de Gustavo Adolfo, son las ansias; ansias de huir, ansias de aquello que no se puede conseguir, ansias que llevan a un descontento con el mundo real, ansias que rozan la desesperación. Este sentimiento, en parte de frustración, lo vemos en la Rima LXVII, donde Bécquer habla de diferentes placeres de la vida tales como un precioso amanecer, una buena siesta, un buen banquete…. pero el alma siempre estará vacía, siempre precisará de algo más que es imposible de conseguir.

    Rima LXVII

    ¡Qué hermoso es ver el día
    coronado de fuego levantarse,
    y a su beso de lumbre
    brillar las olas y encenderse el aire!
     
    ¡Qué hermoso es tras la lluvia
    del triste otoño en la azulada tarde,
    de las húmedas flores
    el perfume aspirar hasta saciarse!
     
    ¡Qué hermoso es cuando en copos
    la blanca nieve silenciosa cae,
    de las inquietas llamas
    ver las rojizas lenguas agitarse!
     
    ¡Qué hermoso es cuando hay sueño
    dormir bien… y roncar como un sochantre…
    y comer… y engordar…! ¡y qué fortuna
    que esto sólo no baste!

    A su vez, ligeramente atada con esta desesperación y esta desolación, tenemos la Rima LXVI, que reúne también diversos elementos significativos, que remarca un pesimismo absoluto, una falta de fe hacia el mundo y la vida. La desolación es casi palpable en este poema, ese sentimiento que roza el desengaño con todo lo que rodea al al autor y con uno mismo:

    Rima LXVI

    ¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
    de los senderos busca;
    las huellas de unos pies ensangrentados
    sobre la roca dura,
    los despojos de un alma hecha jirones
    en las zarzas agudas,
    te dirán el camino
    que conduce a mi cuna.
     
    ¿Adónde voy? El más sombrío y triste
    de los páramos cruza,
    valle de eternas nieves y de eternas
    melancólicas brumas.
    En donde esté una piedra solitaria
    sin inscripción alguna,
    donde habite el olvido,
    allí estará mi tumba.
     

    Un poema que cabe destacar de toda la obra de Bécquer es la Rima LXXIII. Y lo destaco por la maestría con la que el autor nos describe un duelo de manera extremadamente gráfica, como si de un cuadro se tratara, de una secuencia de imágenes que casi configuran un cuento, y que van tomando forma en la mente del lector, de una manera nítida y clara. Esta descripción, desde el fallecimiento de la niña, hasta que el cuerpo es sepultado, lleva al poeta, espectador de todo el proceso, a reflexionar sobre la muerte y, a su vez y de manera inevitable, sobre la vida.

    Rima LXXIII

    Cerraron sus ojos
    que aún tenía abiertos,
    taparon su cara
    con un blanco lienzo,
    y unos sollozando,
    otros en silencio,
    de la triste alcoba
    todos se salieron.
     
    La luz, que en un vaso
    ardía en el suelo,
    al muro arrojaba
    la sombra del lecho,
    y entre aquella sombra
    veíase a intérvalos
    dibujarse rígida
    la forma del cuerpo.
     
    Despertaba el día,
    y a su albor primero
    con sus mil ruidos
    despertaba el pueblo.
    Ante aquel contraste
    de vida y misterio,
    de luz y tinieblas,
    yo pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    De la casa en hombros
    lleváronla al templo,
    y en una capilla
    dejaron el féretro.
    Allí rodearon
    sus pálidos restos
    de amarillas velas
    y de paños negros.
     
    Al dar de las Ánimas
    el toque postrero,
    acabó una vieja
    sus últimos rezos,
    cruzó la ancha nave,
    las puertas gimieron,
    y el santo recinto
    quedóse desierto.
     
    De un reloj se oía
    compasado el péndulo
    y de algunos cirios
    el chisporroteo.
    Tan medroso y triste,
    tan oscuro y yerto
    todo se encontraba,
    que pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    De la alta campana
    la lengua de hierro
    le dio volteando
    su adiós lastimero.
    El luto en las ropas,
    amigos y deudos
    cruzaron en fila
    formando el cortejo.
     
    Del último asilo,
    oscuro y estrecho,
    abrió la piqueta
    el nicho a un extremo:
    allí la acostaron,
    tapiáronle luego
    y con un saludo
    despidióse el duelo.
     
    La piqueta al hombro
    el sepulturero,
    cantando entre dientes,
    se perdió a lo lejos.
    La noche se entraba,
    el sol se había puesto.
    Perdido en las sombras
    yo pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    En las largas noches
    del helado invierno,
    cuando las maderas
    crujir hace el viento
    y azota los vidrios
    el fuerte aguacero,
    de la pobre niña
    a veces me acuerdo.
    Allí cae la lluvia
    con un son eterno;
    allí la combate
    el soplo del cierzo.
    Del húmedo muro
    tendida en el hueco,
    ¡acaso de frío
    se hielan sus huesos!…
     
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
     
    ¿Vuelve el polvo al polvo?
    ¿Vuela el alma al cielo?
    ¿Todo es vil materia,
    podredumbre y cieno?
    No sé; pero hay algo
    que explicar no puedo,
    que al par nos infunde
    repugnancia y duelo
    ¡al dejar tan tristes,
    tan solos los muertos!
     

    Para terminar, quiero dejar dos de las Rimas más conocidas de Gustavo Adolfo, de aquella que, por mucho que el tiempo pase, jamás dejarán de repetirse cuando se hable de poesía, cuando se hable de Bécquer. Porque podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.

    Rima IV

    No digáis que, agotado su tesoro,
    de asuntos falta, enmudeció la lira; 
    podrá no haber poetas; pero siempre 
            habrá poesía.
     
    Mientras las ondas de la luz al beso 
            palpiten encendidas, 
    mientras el sol las desgarradas nubes 
            de fuego y oro vista, 
    mientras el aire en su regazo lleve 
            perfumes y armonías, 
    mientras haya en el mundo primavera, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras la ciencia a descubrir no alcance 
            las fuentes de la vida, 
    y en el mar o en el cielo haya un abismo 
            que al cálculo resista, 
    mientras la humanidad siempre avanzando 
            no sepa a dó camina, 
    mientras haya un misterio para el hombre, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras se sienta que se ríe el alma, 
            sin que los labios rían; 
    mientras se llore, sin que el llanto acuda 
            a nublar la pupila; 
    mientras el corazón y la cabeza 
            batallando prosigan, 
    mientras haya esperanzas y recuerdos, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras haya unos ojos que reflejen 
            los ojos que los miran, 
    mientras responda el labio suspirando 
            al labio que suspira, 
    mientras sentirse puedan en un beso 
            dos almas confundidas, 
    mientras exista una mujer hermosa, 
            ¡habrá poesía!

    Rima VII

    Del salón en el ángulo oscuro,
    de su dueña tal vez olvidada,
    silenciosa y cubierta de polvo,
    veíase el arpa.
     
    ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
    como el pájaro duerme en las ramas,
    esperando la mano de nieve
    que sabe arrancarlas!
     
    ¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
    así duerme en el fondo del alma,
    y una voz como Lázaro espera
    que le diga «Levántate y anda»!