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    Mujeres poetas andaluzas

    Porque siempre se ha hablado de Andalucía como tierra de poetas, vengo a hablaros de ellas, de las mujeres que pusieron protesta, alegría y tristeza, en sus versos. Hoy porque es hoy, 28 de febrero, día de Andalucía; pero a una que extraña la tierra, que añora el sol, las casas encaladas y el paisaje de acebuches, le sirve cualquier excusa para poner sobre la memoria y bajo la reflexión, la poesía de nuestras mujeres. Como sería imposible citarlas a todas, daré solo un aperitivo, un entrante minúsculo, un poema o un bocado (dulce o de hiel) por cada una de las ocho provincias andaluzas. Ocho mujeres. Por dar nombres, daría decenas, tendríamos un extenso artículo diciendo nada. Prefiero decir poco, diciendo algo. Dejando constancia de todas las que faltan y de haber elegido a las que me han parecido oportunas, sin tener en cuenta el renombre, lo prolífico o la corriente a la que representan. En cuanto al orden de exposición, recurriré a los años de escuela y, a modo de cantinela, recitaré: Jaen, Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, Granada y Almería. Que aproveche.
    Jaén. Erika Martínez (1979).

    El guardapelo de las poetisas.
    Para que nunca se les olvide, las poetas llevan colgando del cuello el guardapelo vacío de las poetisas.
    ¿Qué hacer con su moño resignado y su croché, sus juegos sin apuesta y sus remilgos, con esa manía tan suya de escribir y tirarse de la enagua?
    Me prometí quitarles a sus nombres la tachadura, como quien sabotea un cepo con un palo; no juzgarlas ni juzgar tampoco a quienes consintieron la demencia por un equívoco romántico.
    Esto último me cuesta mucho.
    Confesando que me gustan las isas y los ismos, y también sin medida lo contrario, me pregunto cuánto quedará en nosotros de su amor por la nadería.
    En inglés isabelino llamaban nothing a lo que ellas tenían entre los muslos.

    Córdoba. María Sánchez (1989). 

    II
    Algo así tiene que ser el hogar:
    Oír fandangos mientras las ovejas van
    tras sus corderos
    Rebuscar con los dedos las raíces
    Ofrecer a los tubérculos los tobillos
    Convertir la voz en ternura
    y en presa
    Prometerme una y otra vez
    que nunca escribiré en vano
    un libro con las mismas manchas

     Sevilla. Julia Uceda (1925).

    A Edith Piaf.
    Te han condenado.
    Una oración,
    como limosna insuficiente,
    ha caído
    sobre la tapa de tu féretro.
    Te han condenado, Edith,
    por no querer ser
    la excepción que confirma
    la regla. Porque
    querías,
    tú, gorrión
    de la calle, ser
    la regla. Porque
    intentabas salirte de la calle.
    Te han condenado como
    si Dios no fuese amor. El dedo
    ejemplar
    -una uña sucia, como
    si lo viera- se alzó
    sobre tu frente
    y mostró al mundo
    que sólo esa limosna— por sí acaso…—
    merecías. 

    De nuevo a la intemperie.
    Esta vez » a la calle»
    te han dicho.
    A la calle amarilla
    de los muertos, sin Senas,
    sin flores, sin guitarras. 

    Pero tú, Edith, sonreirás.
    Tuviste ya tu infierno
    al borde de la cuna: sabes
    lo que un niño criado con alcohol.
    Edith, mystère Piaf, rezabas
    no al morir, al cantar;
    y sin saber por qué,
    por quién acaso. Ahora
    es cuando cantas en la inmensa calle
    de Dios, alegremente,
    Edith, mystére Piaf.    

    Huelva. Estela Rengel (1987).

    Todos los gemidos que tienes pendientes.
    Quiero rodearte con mis palabras
    y que todas las onomatopeyas de deseo que conozcas
    salgan disparadas por tus poros
    cuando el roce de mi pecho desnudo por tu espalda
    sea lo más casto que nos propongamos en toda la noche. 

    Que tu sudor haga en mi piel
    la más bella obra de arte
    y mi alimento durante días
    sea el aire que respiras en mi boca
    al pedirme entre besos que no pare. 

    Y parar es lo que menos se me ocurre
    cuando tus labios me llaman
    de esa maldita forma en que solo ellos saben
    y mis manos, a veces torres,
    consiguen arrancarte de la piel
    todos los gemidos que tienes pendientes.

    Cádiz. Josefa Parra (1965).

    Contagio.
    He bebido esta tarde la tristeza de un cuerpo,
    su peso, su evidencia,
    su impotencia de carne que quisiera ser sueño,
    esa mortalidad que lo delata
    incluso en el recuerdo.
    Me ha contagiado un cuerpo de nieve su dolencia
    y ando por tanto exceso
    agotada, rendida, con apenas las fuerzas
    para arrastrar la piel y la mirada
    lejos de su influencia.

    Málaga. María Victoria Atencia (1931).

    Mar.
              Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
    comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
    Rozaría una jábega con descolgar los brazos
    y su red tendería del palo de mesana
    de este lecho flotante entre ataúd y tina.
    Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas. 

              Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
    pone olor de Guinea en la ropa mojada,
    pone sal en un cesto de flores y racimos
    de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
    pone hechido el insomnio, y un larguero entonces
    me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

    Granada. Mariluz Escribano (1935).

    Cuando me vaya.
    Dejaré un silencio en el recuerdo,
    sonidos de una voz que fue muy joven,
    y un aroma de sándalo y cipreses
    para que no me olvides.  

    Y ahora, cuando el sol desaparece,
    y hay promesa de una noche clara,
    las estrellas se esconden
    y están muertas de tanta nívea luz.  

    Dejaré abierta la ventana.
    Un gorrión divulgará mi huida,
    y un frescor de mañana
    anunciará mi marcha,
    con trémula voz para llamarte. 

    Cuando me vaya
    perderé las praderas,
    los bosques encendidos de noviembre,
    el verde del jardín en primavera,
    la tenue luz de los planetas,
    la sonrisa de un niño,
    el calor de un amigo,
    lágrimas de dolor por los caminos
    que transité tan alta,
    la caricia de un perro
    que dio fuego a mis manos. 

    Cuando me vaya
    habré perdido tantas cosas,
    que creceré en trigal
    por no morirme.

     Almería. Aurora Luque (1962).

    La muerte al otro lado de la cámara.
    Acodada en la barra o la terraza
    me miro desde lejos como dicen
    que se miran los que han estado muertos:
    un fulgor en el vaso
    me resume lo helado de los años.
    Vértigo de un rodaje discontinuo,
    fotogramas vacíos que huyen.
                                                                   Eso sí,
    gastó el maquillador tiempo y pericia.
    Desde esta muerte actriz y fingidora,
    la vida es un depósito en penumbra
    de máscaras usadas hacia dentro.