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  • Mestizajes músico-poéticos: las mujeres

    Mestizajes músico-poéticos: las mujeres

    Hace unos meses escribí un artículo titulado “Mestizajes músico-poéticos”, que acababa diciendo: “…que la música y la poesía se entrelazan de forma única es apasionante”. Siguiendo el hilo de ese apasionamiento, y dado que la Historia apenas se ha hecho eco de ellas, hoy quiero centrarme en el papel que han desempeñado las mujeres en ese mestizaje. 

    Empezaré hablando de la Antigua Grecia, donde la mujer tenía una posición secundaria y controlada por los varones y se dedicaba fundamentalmente al cuidado del hogar y de los hijos. Sin embargo, hubo excepciones a esta norma, y entre esas excepciones encontramos a las hetairas. Estas eran mujeres libres que generalmente ejercían las funciones de artista, contertulia, prostituta y acompañante. Recibían una educación que las formaba en áreas del conocimiento como la filosofía o en diferentes artes como la música, la danza y la poesía, por lo que era común que participaran en los simposios interpretando sus propias creaciones poético-musicales. 

    Si avanzamos en el tiempo y nos fijamos en cómo era la vida de las mujeres en la Edad Media, comprobamos que sus condiciones no habían mejorado demasiado. El acceso a la cultura y la educación seguía estando vedado para la gran mayoría de ellas y solo unas pocas, pertenecientes a los estratos más elevados de la sociedad, tuvieron ese privilegio. En este reducido grupo estaban las trovadoras que, igual que sus homónimos varones, componían sus obras poéticas y musicales y las interpretaban, o las hacían interpretar por juglares o ministriles, en algunas cortes señoriales de Europa. Hay constancia de que, por ejemplo, el rey Alfonso X el sabio se rodeó de mujeres como María la Balteira, que se atrevieron a enfrentarse a las normas de la época y escribieron composiciones dedicadas al amor y al erotismo, algo impensable en una época en la que las mujeres solo podían abordar temas religiosos. 

    Los juglares también tuvieron su versión femenina: las juglaresas, soldaderas, cantaderas, troteras o danzaderas. Estas juglaresas o soldaderas ( llamadas así porque actuaban a cambio de un sueldo o salario), que llegaron a ser muy populares en el s. XIII, eran de origen humilde y viajaban de pueblo en pueblo realizando un espectáculo de música, danza y poesía, siempre acompañadas de un juglar y de una manceba que hacía las veces de ayudante. A pesar de la popularidad de la que gozaron estas mujeres, la mayoría de los textos medievales que las citan lo hacen para denigrarlas y condenarlas supuestamente por prostitución y para recordar a los clérigos que no debían frecuentarlas ni darles alojamiento. 

    Estas breves pinceladas históricas podrían servir para certificar que la vida de las que se dedicaron a crear y/o difundir versos musicados nunca fue fácil. 

    Si damos un salto de varios cientos de años y estudiamos el trabajo de las cantautoras españolas de finales del franquismo, podríamos afirmar que su labor artística fue de todo menos sencilla. Mujeres como María del Mar Bonet, Cecilia o Mari Trini, por citar solo a tres, tuvieron que lidiar con la censura imperante y con la cerrazón de la sociedad previa a la transición para lograr transmitir mensajes de igualdad o hacer crítica social y política. Para ello, necesitaron emplear letras afiladas que envolvían sutilmente en una dulzura, a veces bucólica y otras, abstracta. Nada que ver con la fuerza que irradian las nuevas generaciones de cantautoras de nuestro país.

    Y llegamos al siglo XXI, en el que aún tenemos que estar sacando de las sombras del olvido a muchas mujeres poetas. Me gustaría mencionar aquí a algunas de ellas, cuyos versos han sido musicalizados y cantados por intérpretes femeninas. La lista es larga, pero he hecho una selección de tres de mis favoritas.

     En primer lugar, hablaré del excelente trabajo realizado por Christina Rosenvinge en su disco “Los versos sáficos”. La cantante madrileña siempre ha cuidado con mimo las letras de sus canciones, pero en este álbum Rosenvinge reinterpreta los versos de la genial poeta griega desde el pop contemporáneo y nos cuenta: «Devolverle la música a los versos de Safo. Ese era el propósito con el que empezó este proyecto. Su poesía nació cantada, no escrita”. 

    Este disco es consecuencia de algo mucho más ambicioso, el espectáculo “Safo”, un poema escénico, visual y musical llevado al Teatro romano de Mérida en 2024, protagonizado por Rosenvinge y creado junto a María Folguera y Marta Pazos con el asesoramiento de la excelente poeta Aurora Luque, sin duda una de las voces más acreditadas por su profundo conocimiento de la obra de Safo, la enorme poeta de Lesbos del s. VII a. d C. 

    También quiero mencionar a Sheila Blanco, una joven salmantina que combina distintos géneros musicales como rock, folk, pop o música clásica con textos de su propia creación y una voz muy cuidada. Además, ha realizado magníficas adaptaciones musicales de las obras de poetas españolas como Rosalía de Castro o  de las mujeres de la Generación del 27 en su álbum “Cantando a las poetas del 27” (2020), trabajo que le llevó tres años de investigación para recuperar el legado de estas mujeres poetas españolas.

    Por último, me gustaría hablarles de Cristina Mora, cantante, compositora, pedagoga y musicoterapeuta que combina jazz, pop, folclore y música africana. Ha musicalizado poemas de García Lorca o de Emily Dickinson, además de los de su propia madre, la genial poeta cordobesa Ángeles Mora, en un espectáculo músico-poético titulado “De ficciones y canciones”. He querido incluirla en este artículo porque una de las canciones de su espectáculo pone música a un hermosísimo poema de su progenitora en el que parece que por fin la Historia, como un río lleno de las voces de todas las mujeres silenciadas, hace temblar la Tierra. 

    Les dejo aquí el poema y el enlace para escucharlo en la voz de Cristina. Espero que les guste:  https://youtu.be/Ve-ERd-Bc1M?si=xyUmo7dWkBMi7jPX

    Sola no estás

    No es cuestión de palabras,

    es un rumor de fondo

    queriendo aparecer.

    Se entrecruzan las voces

    como peces revueltos

    dentro del pecho. Duelen,

    hacen daño.

    Fuera cantan los pájaros

    y tú cierras los ojos.

    Engaña la quietud del momento.

    Pero a ti no te ciega

    esta postal de vida retirada.

    Sola no estás, el pensamiento

    no deja de latir, da golpes, bulle,

    igual que si la tierra se moviera.

    Tú eres la tierra que se mueve,

    que tiembla con el fuego de otra música.

    No estás sola.

    El río de la historia sobreviene.

    Un murmullo se acerca.

    Has de saber qué dicen esas voces

    que ya no se conforman,

    mujeres que callaron tanto tiempo,

    razones que traen luz:

    para nunca estar solas.

                  Ángeles Mora, “Ficciones para una autobiografía”, ed. Bartleby 2015

  • Mestizajes músico-poéticos

    Mestizajes músico-poéticos

    Hace poco leí que la poesía y la música son el lenguaje de las emociones y de los sentimientos. Creo que nadie puede estar en desacuerdo con esta afirmación que, por otro lado, se podría aplicar a todas las demás manifestaciones artísticas. ¿Quién no se ha emocionado con la pintura o el cine, con la danza o la escultura? ¿Acaso no se traspasan las barreras comunicativas, lingüísticas y culturales a través de la fotografía, por ejemplo? 

    Podríamos comenzar aquí una exposición sobre la permeabilidad de las distintas formas artísticas o incluso debatir qué es lo que debería considerarse arte, pero ese no es el motivo de este artículo. El propósito de estas palabras es centrarnos en dos de las actividades humanas creativas más arcaicas: la música y la poesía.

    Ya desde la antigua Grecia, hace miles de años, los aedos cantaban sus propios versos acompañándose de un instrumento de cuerda. Algo parecido era lo que hacían los bardos celtas, que contaban la Historia y las leyendas de sus pueblos en largos poemas musicados. En la Europa medieval aparecen los juglares, de origen humilde, que iban de pueblo en pueblo cantando y recitando composiciones poéticas que no eran suyas, con el acompañamiento de instrumentos musicales. Los trovadores, en cambio, solían pertenecer a una clase social más alta y eran los autores de las canciones y poemas que interpretaban.

    Hemos citado aquí algunas de las figuras más conocidas de la Historia que empleaban por igual la música y la poesía, pero no podemos dejar de pensar que hubo otras. Mucho antes incluso de la presencia de los aedos griegos, en civilizaciones lejanas en el tiempo y en el espacio y aunque fuera de una manera muy rudimentaria, el ser humano se ha valido de la música y la poesía y las ha fusionado con fines que irían desde lo religioso a la concienciación política pasando por el simple divertimento. 

    Si focalizamos nuestra atención en épocas recientes, podríamos mencionar diferentes mestizajes músico-poéticos que han influido en generaciones enteras. Es imposible nombrarlos a todos, así que he hecho una selección de aquellos por los que tengo especial preferencia.

    Empezaremos con algunos ejemplos de canciones que en realidad son poemas musicalizados. Dentro de este apartado y aunque Joan Manuel Serrat aparecerá en otro párrafo posterior, hay que citar sus álbumes: Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969), Miguel Hernández (1972) y El sur también existe (1985), en los que homenajea a Antonio Machado, Miguel Hernández y Mario Benedetti respectivamente, poniendo música a sus hermosas y estremecedoras composiciones poéticas.

    Otro caso de musicalización de poemas lo encontramos en el delicioso y conmovedor trabajo La palabra en el aire (2003) —con poemas del gran Ángel González, cantados algunos por el no menos grande Pedro Guerra y recitados otros por el propio poeta—, del que se ha dicho que es uno de los más bellos ejemplos de poesía cantada en español en el siglo XXI.

    Aunque podríamos seguir citando muchos otros ejemplos, quiero acabar este apartado hablando de Los versos del capitán (publicado en España en 1979), álbum musical en el que la argentina Olga Manzano y el uruguayo Manuel Picón rinden homenaje al chileno Pablo Neruda interpretando versiones musicadas de su libro homónimo.

    Ya hemos mencionado a Joan Manuel Serrat y a Pedro Guerra, dos figuras imprescindibles en el panorama musical en lengua española, no solo por haber cantado a otros poetas, sino también por la calidad indiscutible de sus propias letras. Aquí es donde aparece la figura del cantautor y con ella la amalgama indisoluble entre el músico y el poeta. Es imposible distinguir la frontera entre uno y otro cuando nos referimos a estos dos grandes o a otros como Joaquín Sabina, Fito Cabrales o Jorge Drexler, por nombrar solo a tres. Pero es que lo mismo ocurre en otras lenguas como el inglés, donde encontramos a monstruos de la poesía musicalizada o la música poetizada como son Leonard Cohen o el mismísimo Bob Dylan, que han llegado a obtener prestigiosos galardones literarios como el premio Príncipe de Asturias de las letras 2011 o el premio Nobel de Literatura 2016, respectivamente.

    Llegados a este punto, me gustaría incidir en un aspecto quizás menos conocido del tema que estamos desarrollando: ¿cómo puede la música ser inspiración para la poesía y hasta dónde se extiende su influencia?

    Desde la invención del fonógrafo, no es difícil imaginar a poetas usando melodías como ambientación mientras se embarcaban en sus viajes literarios. La llamada música clásica siempre ha servido de inspiración y es muy probable que las piezas musicales de Vivaldi o Mahler estén detrás de las composiciones poéticas más importantes de la historia de la literatura, de la misma manera que el jazz está dentro de las obras de los poetas de la generación Beat o que el flamenco vive en los versos de Federico García Lorca. Es indiscutible que la letra, la melodía, el ritmo, las emociones y recuerdos transmitidos en una canción pueden servir como fuente de inspiración para la escritura de un poema, igual que lo es la lectura de otras obras poéticas. 

    Para acabar, me gustaría mencionar a Julio Cortázar, cuya narrativa ha eclipsado su excelente producción poética. Cortázar era, además de un gran lector, un melómano empedernido, gran conocedor del jazz y amante del tango. De hecho, el álbum musical Veredas de Buenos Aires, editado en 1980 después de la muerte del escritor, contiene magníficos tangos compuestos por el propio Cortázar. Además, el autor de la inigualable Rayuela no ocultaba su fascinación por las canciones del cantautor cubano Pablo Milanés, lo que le llevó a inspirarse en su tema “Ya ves” para escribir un bello poema titulado Blues for Maggie. El círculo parece cerrarse cuando en 2013 la cantante Jamila Purofilin edita un álbum con canciones que llevan por letra poemas de Cortázar. Jamila dice haberse inspirado en Papeles inesperados, un libro de Alfaguara de 2009 que contiene textos inéditos del desaparecido escritor argentino. Entre los poemas musicalizados en este disco está el citado “Blues for Maggie”, presuntamente dedicado a Maggie Prior, una cantante afrocubana (igual que la misma Jamila), intérprete de jazz y música popular, a quien Julio Cortázar conoció durante una de sus visitas a Cuba. Canciones que inspiran versos que a su vez vuelven a engendrar música: un juego mágico.

    Que las composiciones poéticas tienen mucho de música (dado que contienen algún tipo de ritmo —haya o no rima o métrica determinada—, y una melodía implícita en la selección de las palabras escogidas) es incuestionable; que las letras de algunas canciones son pura poesía es evidente; que la música y la poesía se entrelazan de forma única es apasionante.