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  • Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Nos encontramos ante una colección de relatos breves que componen un mosaico íntimo y evocador de la memoria personal de Isabel García Díaz. La voz narrativa recorre distintas etapas de su vida, desde la infancia hasta la vejez, con una mirada que oscila entre la nostalgia, la ironía sutil y la reflexión melancólica.

    Entre los distintos relatos se distinguen una serie de temas recurrentes: 

    La memoria y el tiempo: El libro es, ante todo, un ejercicio de recuperación del pasado. Los recuerdos se estructuran alrededor de objetos cotidianos (un piano mudo, una máquina de escribir, una bandeja), rituales domésticos (la limpieza de la ropa blanca, la compra en comercios de barrio), figuras familiares (abuelo, padres, profesoras) y pequeños hitos vitales (la primera nieve, la comunión, la pérdida). El tiempo se presenta como un río que arrastra costumbres, olores, sabores y formas de vida, dejando a la narradora en una especie de orilla desde la que observa, ya con distancia, aquello que fue.

    La pérdida y la ausencia: Es un eje central que va ganando peso a medida que avanzan los relatos. La muerte de los padres, la desaparición de un mundo (el de la infancia, el de los comercios tradicionales, el de ciertos rituales sociales) y la conciencia del paso del tiempo impregnan el tono de una tristeza serena y resignada.

    El contraste entre pasado y presente: Se establece una dicotomía constante entre un pasado percibido como más auténtico, cálido, lleno de sentido comunitario y belleza en los detalles (“blanca era la mortaja”), y un presente desconcertante, gris, acelerado y a veces alienante (“El peso del presente, lleno de tantos colores que la desconcertaban”, “las nuevas tecnologías son vertiginosas”). Este contraste no es meramente nostálgico; a veces está teñido de humor o de crítica sutil hacia la pérdida de humanidad.

    La importancia de los objetos y los rituales: Los objetos no son inertes; son depositarios de afectos, símbolos de un estatus social (la ropa blanca, el juego de café de porcelana), testigos de la historia familiar y puertas de acceso a la memoria. Los rituales (ir a misa, comprar galletas, pegar cupones en la libreta de ahorro) dotan de estructura y significado a la existencia.

    La construcción de la identidad: La narradora se va formando a través de las miradas de los otros (la profesora que la llama “Díez”), de los descubrimientos literarios (Azorín, los versos de Bécquer), del aprendizaje (la máquina de escribir, las clases de dibujo) y de las pérdidas. Su voz reflexiva, a menudo autoirónica (“pensarían que soy una persona obsoleta”), revela un proceso continuo de autoconocimiento.

    La estructura en forma de relatos breves y con títulos imita el funcionamiento de la memoria: flashes, instantáneas, escenas aisladas, pero que, en conjunto, crean un retrato completo. No hay un orden cronológico estricto, sino asociativo que imita el fluir del recuerdo.

    Isabel García Díaz utiliza un lenguaje claro y evocador. La prosa es precisa y cargada de sensorialidad (olores a piel y galletas, tacto del papel secante, sonido de la radio). Utiliza imágenes poéticas pero nunca rebuscadas (“los alfileres de la nostalgia”, “el balcón de los recuerdos”).

    El tono del libro es intimista y contemplativo. La voz narrativa invita al lector a asomarse a su mundo interior. Hay una alternancia entre la perspectiva inocente de la niña y la mirada lúcida y cansada de la mujer adulta, lo que añade profundidad.

    Cabe destacar también el humor sutil que atraviesa algunos pasajes. Aunque predomina la melancolía, surgen destellos de ternura irónica que alivian el tono y humanizan aún más el relato.

    En definitiva, este texto es una elegía en prosa a una Barcelona, a una Galicia y a una forma de vida que ya no existen. Es un homenaje a los “personajes secundarios” (familia, profesores, comerciantes) que conforman nuestro universo afectivo. Más allá de los escenarios barceloneses y gallegos, que actúan como un poderoso telón de fondo lleno de referencias locales (calles, comercios, costumbres), el libro habla de una experiencia universal: el paso del tiempo, la persistencia de la memoria y la lucha por encontrar significado y belleza en lo cotidiano, incluso frente a la pérdida.

    La autora logra conmover no por grandes dramas, sino por la acumulación de verdades pequeñas y bien observadas. Es un libro para leer lentamente, saboreando cada relato como quien mira una vieja fotografía, reconociendo en la historia de otra los ecos de la propia. Una lectura delicada, profunda y memorable.

  • PASADO VERSUS FUTURO

    PASADO VERSUS FUTURO

    La fecha de la muerte de Franco nunca pasa desapercibida y menos este año 2025 -que ya forma parte de la historia- en el que se cumplieron los cincuenta años de su fallecimiento. Siempre ha habido nostálgicos de aquellas casi cuatro décadas en las que gobernó con mano firme y cruel tras desencadenar una Guerra Civil y una postguerra hambrienta en todos los sentidos de la palabra. Incluso algunos militares intentaron, el 23 de febrero de 1981, abortar el proceso de Transición iniciado tras la muerte del Generalísimo. 

    Año tras año desde hace medio siglo se han manifestado pequeños grupos para recordar aquellos tiempos de represión y silencio, que naturalmente no lo fueron para ellos. Ya todos estábamos acostumbrados a verlos pasar enarbolando la bandera preconstitucional sin pena ni gloria. Sin embargo, el pasado 20 de noviembre no solo salieron los de siempre, sino también un gran número de jóvenes, menores de 30 años, adornados con símbolos franquistas y vitoreando consignas como “Arriba España” o “Con Franco se vivía mejor” mientras cantaban el Cara al sol.

    Según un reciente sondeo, alrededor del 30% de los jóvenes, comprendidos entre los 18 y 34 años, creen que en aquellos años de dictadura había menos delincuencia, más trabajo y menos pobreza. Además alaban a Franco porque creen que bajo su mandato se construyeron muchos pantanos, vivienda de protección oficial y que la economía, gracias al turismo, iba viento en popa. Es curioso que ellos que no vivieron en aquel régimen lo idealicen como si hubiesen sido testigos de aquella etapa histórica. La mayoría de estos jóvenes (más chicos que chicas) se informan a través de redes sociales como TiKToK en las que los famosos influencer les explican brevemente (todo ha de ser breve para que no se aburran) quién era Franco y lo presentan como un tipo bonachón que salvó la patria del desastre. El auge de la extrema derecha también influye en estas ideas  contra el sistema democrático que para ellos no representa la victoria de los derechos conseguidos entre todos los que votamos, algunos por primera vez (la mayoría de edad se estableció en los 18 años), en el Referéndum de la Constitución de 1978.

    Cabría preguntarnos qué les sucede a estos jóvenes, que muestran la natural rebeldía propia de la edad, por qué ensalzan una dictadura y menosprecian un sistema democrático. Lo cierto es que por primera vez ellos ven  su futuro peor que el de sus padres o abuelos. No tienen la posibilidad de independizarse porque no encuentran un trabajo fijo ni pueden acceder a una vivienda, ni siquiera de alquiler. Ven su futuro negro, sin casa, sin empleo y sin una pensión de jubilación. Poco les importa el sistema llamase democrático o dictatorial, ellos se aferran a un clavo ardiente con tal de cambiar su destino. Su conocimiento del franquismo es deficiente porque no se han informado con rigor (muchos de ellos han abandonado los estudios), tampoco tienen referentes porque sus padres ya nacieron en democracia. 

    Podríamos pensar que esta rebeldía actual de la juventud es una moda pasajera y esperar a que cambie, pero esa no es la solución. La única solución reside en que los dirigentes políticos consigan que estos chicos y chicas valoren nuestro sistema democrático, para ello deberían revisar algunos artículos de la Constitución que en estos momentos de vorágine capitalista  parecen olvidados. Me remito, en particular, al artículo 35 y 47 de la Constitución, aquellos que  dicen:

    Artículo 35

    1. Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.
    2. La ley regulará un estatuto de los trabajadores.

     Artículo 47

    Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.

    A mí ya no me queda mucho futuro por vivir, sin embargo, me gustaría imaginar uno mejor. De este modo, quizá las nuevas generaciones valoren lo que tienen y no idealicen tiempos pasados que en nuestro caso no fueron mejores.

  • 13 preguntas a Isabel García Díaz

    13 preguntas a Isabel García Díaz

    Isabel García Díaz (Barcelona-1958). Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Profesora de Literatura y Lengua Castellana. Ha escrito microrrelatos y cuentos (Revista Nagari, Poémame, Almiar, 142 Revista Cultural, entre otras) y la novela “Cuadernos de soledades” (Huerga y Fierro Editores). Próximamente aparecerá su libro “Barcelona-Galicia. Relatos breves” (Ediciones Vitruvio). También ha realizado varios trabajos monográficos (UB/AEN) y ha impartido conferencias sobre literatura y cine. La última de ellas titulada “La lengua de las mariposas: del libro al cine” (ICAIC y Embajada de España en Cuba/ El Laberinto de Ariadna en el Ateneu Barcelonès).

    Hoy nos hemos entrevistado con ella para conocerla un poco mejor.

    1-¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?

    Estudié Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. Mi vida profesional la he dedicado a la docencia. Siempre me ha gustado escribir, sin embargo, nunca me planteé publicar, quizá por pudor. Cuando uno se dedica a enseñar Literatura, se siente insignificante ante los grandes escritores. Así que durante muchos años escribía para mí, casi en secreto. Un día una amiga insistió en que le dejara leer el manuscrito de mi novela “Cuadernos de soledades” (Huerga y Fierro Editores). Al cabo de unos días me llamó eufórica, insistió tanto en que lo enviase a editoriales que le hice caso. Entonces empecé a abrir viejas carpetas en las que guardaba cuentos, relatos breves, microrrelatos y los envié a varias revistas y también para mi sorpresa me los publicaron. Es decir, que mi actividad literaria pública comenzó en el otoño de mi vida.

    2- ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas y qué autores le influyeron?

    Mis primeras lecturas fueron los cuentos tradicionales, los que leíamos todos los niños. Leer era un premio. Recuerdo que cuando estaba enferma mi padre siempre me regalaba un cuento, casi uno deseaba enfermar. “El soldadito de plomo” de Andersen me impresionó en la infancia. Después fui descubriendo durante el Bachillerato Elemental a los grandes escritores sin saber que lo eran, pero sus nombres ya me eran familiares. Me refiero a autores como Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Valle-Inclán, Machado, Alberti, Lorca, Aldecoa, entre otros. Todos ellos formaban parte del libro de texto “Nombre” de Carmen Pleyán. Me parecía un libro maravilloso porque había un fragmento de cada escritor según el tema que se tratase, por ejemplo, si nos enseñaban el adjetivo que mejor que “Platero y yo”. Estoy hablando del plan de estudios de Bachillerato Elemental, Superior y COU. Luego vinieron lecturas como “Mujercitas”, “Un árbol crece en Brooklyn”, “Matar a un ruiseñor”, “Viento del este, viento del oeste” y otros autores como Hermann Hesse, Tagore, Bécquer, los poetas de la Generación del 27 y la del 50 y un largo etcétera. Pero el libro que me alimentó más el alma fue el “Quijote”, lo leí por primera vez entero en COU. Sin duda ahí está el origen de la novela moderna. Ya en la universidad, me apasioné por la novela decimonónica: Stendhal, Balzac, Flaubert, Galdós, Clarín, etc. En el transcurrir de la vida y después del boom latinoamericano, me gustaba seguir las nuevas publicaciones que iban apareciendo de escritores de la talla de Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Benedetti, entre otros tantos. También grandes escritoras como Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa o Ana Mª Matute forman parte de mi educación sentimental.

    3-¿Cómo definiría su narrativa?

    La definiría como intimista, detallista, reflexiva. Me fijo en la fragilidad humana. Hace unas semanas, cuando escuché el discurso del Premio Cervantes, Álvaro Pombo, sobre la fragilidad humana, centrado en la novela ejemplar “El licenciado Vidriera” de Cervantes, me emocionó porque todos somos frágiles, aunque lo intentemos disimular. Creo que en las pequeñas cosas cotidianas se encuentran los grandes tesoros, en la observación, en escuchar las historias de los otros. Mi abuelo era un gran narrador, daba gusto escucharle, me encandilaba, parecía que uno estaba viviendo lo contado. Así que lo vivido sería la base de mi narrativa. Como digo en el prólogo de mi próximo libro “Barcelona-Galicia. Relatos breves”, uno acaba contando lo que le contaron.

    4-¿Cree que el escritor “evoluciona” en su escritura? ¿Cómo ha cambiado su lenguaje narrativo a lo largo de los años?

    Sí, por supuesto, evoluciona, esperemos que sea para bien. Quizá con el paso de los años uno es más maniático con las palabras, más exigente con la forma y el contenido. También con los temas; la melancolía y la nostalgia aparecen y todo se ve de otra manera, con otra profundidad. Uno no puede evitar mirar atrás y sentirse como un observador, como un testigo de su propia historia y la de los demás.

    5-¿Cómo siente que una narración está terminada y cómo lo corrige?

    La verdad es que yo nunca acabo de sentirme satisfecha, leo, releo, corrijo y podría pasarme la vida corrigiendo un texto, porque cada vez que lo releo se me ocurre una palabra que podría ser más adecuada al sentimiento que quiero expresar. Así que no queda más remedio que poner punto y final, cuando uno ya está saturado de tanta corrección. Parece como si hubiera un reloj imaginario que marcara el final.

    6-¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su narrativa?

    Me gustaría que los lectores se sintieran identificados con los sentimientos que quiero expresar. Cuando un lector me dice que le ha parecido que la novela o el cuento estaba escrito pensando en él, me siento muy halagada.

    7-¿Qué lugar ocupa, para una escritora como usted, las lecturas en vivo?

    Las lecturas en vivo son muy importantes porque el autor y el lector pueden dialogar, comentar ciertos aspectos de la obra, verlos desde fuera. Es muy enriquecedor para ambas partes, sobre todo, para el autor. 

    8-¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs, etc?

    A mí, en particular, me gusta más leer en papel, a la vieja usanza, pero no siempre es posible, por tanto, si se trata de difundir la palabra me parece adecuado el uso de estos medios de comunicación.

    9-¿Podría recomendarnos una novela de otro autor que le haya gustado mucho?

    Es difícil recomendar solo una novela. Por citar un autor contemporáneo, diría “El balcón en invierno” de Luis Landero. 

    10-¿Qué libro está leyendo en la actualidad?

    Estoy releyendo “Juan de Mairena” de Antonio Machado. Y también lo aconsejo. El Machado prosista es un desconocido, sin embargo, leyendo su prosa, también sus artículos y cartas, se descubre el alma de Machado escondida en sus apócrifos.

    11-¿Qué consejos le daría a un joven  escritor/escritora que se inicia en este camino de la narrativa?

    Le aconsejaría que leyera mucho, sobre todo, a los autores clásicos porque ellos son nuestros modelos. Son los grandes maestros, los que nos enseñan a escribir, los que nos marcan el camino. Inconscientemente, los imitamos con nuestro estilo particular.

    12-¿Cómo ve usted actualmente la industria editorial?

    La veo muy complicada, como una jungla. El éxito comercial prima, hay que vender ante todo. La calidad queda en segundo plano, aunque naturalmente hay excepciones. No es fácil publicar para un autor desconocido. Las grandes editoriales ya tienen sus autores de renombre y las independientes no disponen de suficientes medios para dar acogida a todos los manuscritos que reciben. 

    13-¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hubiera hecho y no se la he hecho?

    Quizá la importancia de la lectura en el ámbito académico en nuestros días. Pienso en que a todos los niños desde pequeños les gusta que les expliquen cuentos, luego empezar a leerlos de manera autónoma. Sin embargo, cuando llega la adolescencia, una gran mayoría pierde ese gusto. Las lecturas clásicas, como las del libro de Carmen Pleyán, que citaba antes, van desapareciendo, se van sustituyendo por lecturas más modernas, de temática actual. Muchos jóvenes ya no tienen esa base, esos referentes tan importantes para entender nuestro mundo. Recuerdo que cuando leía con mis alumnos del instituto “El Lazarillo de Tormes” o el “Quijote” a la mayoría les gustaba, había que leerlo en clase y comentarlo, guiarlos, explicarles que esas historias también suceden en la sociedad actual. Arrinconar a los clásicos me parece un gran error porque, como he dicho antes, son los cimientos de la literatura contemporánea y de nuestra cultura. También es cierto que el Sistema Educativo cada vez da menos importancia a la Literatura, los alumnos tienen un Currículum tan apretado que poco tiempo queda para leer y reflexionar en clase como se hacía años atrás. Es una lástima. 

    Muchas gracias, Isabel, por habernos concedido esta entrevista. No nos queda más que desearte muchos éxitos en tu carrera literaria y hasta pronto.

    A vosotros os dejo un regalo de parte de Isabel. Son dos relatos de su próxima publicación leídos por ella misma. Aquí podéis escucharla.

  • Cuadernos de soledades, de Isabel García Díaz (Huerga & Fierro ed., 2023)

    Cuadernos de soledades, de Isabel García Díaz (Huerga & Fierro ed., 2023)

    Isabel García Díaz (Barcelona-1958). Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Se dedica a la docencia y a la escritura. Ha escrito microrrelatos, de los que ya hemos hablado en la Revista y cuentos (Revista Nagari, 142 Revista Cultural y Almiar). También ha realizado varios trabajos monográficos (UB/AEN) y ha impartido conferencias sobre literatura y cine. La última de ellas titulada “La lengua de las mariposas: del libro al cine” (ICAIC y Embajada de España en Cuba). Hoy vamos a hablar de su reciente obra, Cuadernos de soledades, publicada por Huerga & Fierro.

    Cuadernos de soledades es una obra que consta de tres cuadernos: el 63, el 64 y el 65. El primero de ellos empieza con la declaración de la pandemia el 12 de marzo de 2020 y va hasta el 29 de julio del mismo año. El segundo se inicia el 3 de agosto de 2020 hasta el 7 de abril de 2021. Para finalizar, el tercer cuaderno va desde el 17 de abril de 2021 hasta el 5 de diciembre del mismo año.

    El cuaderno 63, el primero, empieza fuerte, el día en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia por el Covid-19. Con un ritmo trepidante nos encoge el corazón, a pesar de que ya sabemos lo que ocurrió, a las primeras de cambio: angustia, escasez, muertes, aislamiento, reclusión. A ese pánico inicial le añade un comentario de sentido común que muchos pensamos en su momento:

    Me produce desolación que algunos partidos políticos aprovechen la ocasión para echar más leña al fuego. Creo que la unión de todos sería más beneficiosa en estos momentos tan críticos. Sin embargo, hay quien todo se lo plantea como una eterna campaña electoral para alcanzar el poder.

    Isabel García consigue, con su fluida prosa, desentrañar lo que será el corazón de su novela: la protagonista no consigue leer los sesenta y dos cuadernos con sus diarios personales guardados en tres cajas porque volver al pasado le produce una profunda angustia y, por ese motivo, se resigna a continuar escribiendo su día a día sobre la soledad, los afectos desaparecidos, la muerte de seres queridos, la docencia, el desengaño, la vejez y la permanente incertidumbre en tiempos de una pandemia que parece no tener fin.

    Diarios que muestran soledad y son un desahogo para Elisa, la protagonista y narradora, que desnuda sus sentimientos más íntimos ante el lector, su cómplice. Solo descansa por la noche.

    Me voy a dormir. Es un alivio desaparecer durante unas horas y olvidarse de uno mismo.

    Tres ideas se van repitiendo a lo largo de este cuaderno 63: miedo, soledad y muerte. Muerte de su prima, sus abuelos, sus padres, las innumerables víctimas del Covid-19, …

    El cuaderno 64 empieza pensando en la vejez, sin que le abandone el sentimiento de soledad, de orfandad. No deja de ser una ironía, por el tono del libro hasta el momento, que el primer libro que se compre en esta etapa sea Alegría de Manuel Vilas. Aunque unas pocas páginas después se puede leer:

    Manuel Vilas dice en su libro Alegría que uno triunfa en la vida, cuando alguien le espera. Está claro que yo no he triunfado.

    Hay que reconocer que este segundo cuaderno retrata con una prosa llena de registros emocionales la agonía del profesorado de secundaria en los centros públicos durante la pandemia. Un personal que tenía no solo el virus en su contra, sino también la política errática del Departamento de Educación, algunas actitudes de padres y madres, …

    En este segundo cuaderno, la narradora sigue buscando ese amor verdadero que la vida, hasta el momento, parece negarse a ofrecerle. De todas formas, hay ciertos destellos de optimismo que nos acompañan hasta el cuaderno 65.

    En el tercer cuaderno, la protagonista de los diarios va al psiquiatra. La soledad, la congoja y la depresión la atenazan. Cada entrada del diario retrata las semanas que ha pasado de baja hasta que consigue el alta con el nuevo año.

    Cuadernos de soledades es una obra de prosa envolvente, abundante en matices emocionales, impregnada de una narrativa y dinámica. No puedes dejar de leerla sin parar. Una cautivadora novela que no solo se centra en la búsqueda incansable del amor auténtico y leal, sino también en la dura vida de una profesora de secundaria en soledad durante la pandemia. La escritura, estilo y trama de la obra mantienen un ritmo constante y acelerado que hace que no puedas dejar de leer hasta llegar al final.

    Una buena compra: aquí.


  • Microrrelatos de Isabel García Díaz

    Microrrelatos de Isabel García Díaz

    Isabel García Díaz (Barcelona-1958). Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Se dedica a la docencia y a la escritura. Ha escrito microrrelatos y cuentos (Revista Nagari). Próximamente se publicará su novela “Cuadernos de soledades” (Huerga y Fierro Editores). También ha realizado varios trabajos monográficos (UB/AEN) y ha impartido conferencias sobre literatura y cine. La última de ellas titulada “La lengua de las mariposas: del libro al cine” (ICAIC y Embajada de España en Cuba).

    A continuación, destacamos algunos de sus microrrelatos.


    NOSTALGIAS

    ROPA BLANCA

    No podía evitar un profundo desasosiego, cuando abría aquel armario en el que guardaba celosamente la ropa de familia. Aquel ajuar que había pasado de madres a hijas, y que ahora no utilizaba por una cuestión práctica. No se podía permitir el lujo de andar entre embozos y almidones. Tan sólo podía disfrutar de aquellas reliquias cuidándolas con esmero. Cada primavera sacaba la ropa, la lavaba y planchaba; después volvía a colocarla en el mismo lugar. Mientras hacía esta tarea sentía los alfileres de la nostalgia. Le parecía que antes toda la ropa era blanca. Así lo percibía desde el balcón de los recuerdos: blanca era la mantilla con la que se envolvía al recién nacido, blanco era el vestido de comunión de las niñas y el de las novias. Blanca era también la mortaja.

    Sentía el peso del presente, lleno de tantos colores que la desconcertaban.

    LA SEÑORITA MORERA

    La señorita Morera fue mi profesora de latín durante cuatro años consecutivos. Era una mujer de ademanes metódicos, de carácter apacible y trato distante. Yo la admiraba porque sabía latín.

    Siempre llegaba al aula puntualmente, abrazada a sus libros que colocaba cuidadosamente sobre su mesa. Acto seguido comenzaba la clase, jamás se alteraba cuando traducíamos barbaridades del tipo “los elefantes lucharon contra Anibal”. Tan solo entornaba ligeramente los ojos como si oyera un molesto chirrido.

    A mí siempre me llamaba Díez, en lugar de Díaz. Al principio yo la rectificaba tímidamente, pero fue inútil. Así que me resigné a variar mi apellido y a aceptar su indiferencia.

    Un día me llamó aparte y me dijo: “Díez, está Ud. en buena disposición, a ver si persevera”. Después de consultar el diccionario, la vi de un modo distinto. Me pareció que la señorita Morera era la encarnación de la perfección, a pesar de que me llamase Díez.

    EL INFIERNO

    En el comedor de la casa de mis padres había una vitrina en la que mi madre guardaba juegos de café, de té, vasos, copas y figuritas de porcelana.

    Recuerdo un día en que ella estaba limpiando todos estos objetos de exposición. Yo quería ayudarla, pero ella no me dejaba porque era demasiado pequeña. Así que sólo podía observarla mientras jugaba con las pinzas de la ropa.

    En una de aquellas limpiezas a fondo, se le cayó un angelito blanco de porcelana y se rompió en diminutos pedacitos. Yo la miré sorprendida, ella me dijo que no me moviera, a ver si me iba a cortar. Cuando volvió con la escoba y la pala, le pregunté que adónde iría el angelito mutilado; al cielo, me respondió. Entonces pensé en el infierno. Las monjas nos explicaban que allí iban las personas malas, las que habían muerto en pecado mortal. El infierno era un lugar tormentoso porque siempre ardía el fuego eterno.

    Entré en la cocina, había una olla de caldo al fuego. Acerqué un dedo a la llama y rápidamente lo retiré. Pensé, de nuevo, en el infierno y por primera vez sentí la angustia del miedo.

    TRISTEZA

    El peso de la existencia me hunde en la tristeza. Las sombras del pasado son círculos negros que giran y giran desesperadamente como los cazos de aquel anemómetro, que con tanta precisión describía Azorín.

    Hoy hace un año que murió mi padre.