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  • 5 poemas de Karoline Günderrode, «Tian»

    5 poemas de Karoline Günderrode, «Tian»

    Caroline o Karoline Friederike Louise Maximiliane von Günderrode, que usó el pseudónimo de Tian (Karlsruhe, 11 de febrero de 1780 – Winkel, 26 de julio de 1806) fue una poeta alemana del Romanticismo.

    Hija de nobles, ingresa a los dieciséis años como pensionista en el convento de Cronstett. Cinco años después conoce a Bettina Brentano. La relación entre ambas dará lugar a una apasionada correspondencia y a una novela que Bettina escribirá años después, con aquellas cartas: Die Günderrode, 1840 (libro que Karoline nunca verá).

    Karoline Günderrode

    En el verano de 1806, el hombre al que ama, el filósofo Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), decide regresar al lado de su esposa. Karoline, que tiene veintiséis años, se apuñala el corazón y deja su cuerpo a las aguas del Rhin. Como correspondía entonces a los suicidas, no fue enterrada en tierra sagrada.

    Como epitafio para su tumba, había dejado elegido unos versos hindúes que conociera por el poeta Herder.

    Tú, tierra, madre mía, y tú, soplo, mi nodriza.

    Sagrado fuego, amigo mío, y tú, oh hermano torrente.

    Y mi padre, el éter, a todos con veneración

    doy gracias; ahí he vivido con vosotros.

    Y ahora parto al otro mundo, con gusto os dejo.

    Adiós, hermano y amigo, padre y madre, adiós.

    Creuzer, un erudito renombrado en toda Europa, hizo todo cuanto pudo para evitar que se publicase su obra póstuma, Meleté (Μελετή), una mezcla de verso y prosa donde Karoline relataba su romance con Creuzer, que aparecía bajo el nombre de Eusebio. Hubo que esperar cien años para que su obra fuera publicada en 1906.


    ROJO VIVO

    Tú, rojo fuerte,
    hasta la muerte
    se te parecerá mi amor,
    no palidecerá el color,
    hasta la muerte,
    tú, carmín fuerte,
    se te parecerá mi amor.

    AMOR EN TODAS PARTES

    ¿Puedo guardar en mi corazón tan cálidos deseos?
    Contemplar las coronas de flores de la vida,
    y pasar frente a ellas sin llevar yo ninguna,
    ¿y no debo, además, despertar a la desesperación?

    ¿Renunciaré, orgullosa, al deseo más querido?
    ¿Debo, temeraria, entrar al reino de las sombras,
    implorar a otros dioses otros placeres,
    acaso pedir nuevas delicias a los muertos?

    Descendí, pero incluso en el reino de Plutón,
    en el lecho de las noches la pasión arde;
    anhelantes, las sombras se inclinan ante otras sombras.

    Pues perdido está aquel sin fortuna en el amor,
    e incluso aunque descendiera a la laguna Estigia,
    en el fulgor del cielo, seguiría sin olvidar.

    – Poema enviado a su amiga Bettina, antes de suicidarse.

    AMOR

    ¡Oh, rica pobreza! ¡Dichoso recibir que sólo da!
    ¡En el temor valentía! ¡Prisionera en libertad!
    En el silencio palabras,
    durante el día apocadas
    venciendo, vacilando sin paz.

    Viviente muerte que pasa en dichosa vida,
    leal en oponerse, en la necesidad sibarita.
    Disfrutando de languidecer,
    no terminar nunca de ver
    vida en el sueño, en doble vida.

    ANTES, Y AHORA

    Era Tierra un vericueto escabroso,
    sobre la montaña brillaba Cielo,
    a un lado un precipicio era Infierno,
    y a ellos conducían caminos rigurosos.
    Pero es distinto todo ahora, Cielo
    se ha derrumbado, el precipicio se llenó,
    es fácil de andar cubierto de razón.
    Se demolieron alturas sagradas,
    vence la razón en la tierra plana,
    todo lo mide, por pies y por yardas.

    A CREUZER

    Ay, amigo, la tarde veo enrojecer más hondo en el Oeste,
    con una sonrisa sería, irse apagando con triste sonrisa;
    Oh, debo entonces preguntar por qué se vuelve todo turbio y oscuro.
    Pero guarda silencio y llora en mí burbujas de rocío.


    Referencias

    Datos biográficos extraídos del libro “Antología de poetas suicidas (1770-1985)», de Árdora Ediciones, libro de mi biblioteca personal, y de la Wikipedia.

  • La poesía romántica de Bécquer

    La poesía romántica de Bécquer

    Es inevitable hablar de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer sin pensar en el Romanticismo, o hablar de la poesía romántica española sin pensar en Gustavo Adolfo Bécquer.

    Permitidme recordar un instante que el Romanticismo surge, en parte, en contraposición al movimiento conocido como la Ilustración, donde la razón se tomaba como prácticamente el único medio para explicar y conocer la realidad, y llega marcado por la pasión, la concepción y la visión idealizada de la vida y del mundo, cosa que despierta cierto rechazo hacia el mundo real, y las ansias de libertad y evasión, fruto justamente del desacuerdo y el descontento con la realidad. Bécquer es considerado uno de los máximos exponentes de este movimiento literario en España, (concretamente, del llamado Romanticismo tardío, que ocupó la segunda mitad del s. XIX), tanto en el género poético (Rimas) con en narrativa (Leyendas).

    Nacido en Sevilla, un 17 de febrero de 1836, perdió muy pronto a sus padres, cosa que propició que se uniera mucho a su hermano, el pintor Valeriano Bécquer, compañero de inquietudes artísticas y experiencias vitales.

    Gracias a su madrina, con quien vivió una temporada, y a su flamante biblioteca, Gustavo Adolfo empezó a desarrollar más su sensibilidad literaria, a la vez que tomaba clases de pintura, pues también tenía arte para esta disciplina, aunque fue inevitable que la literatura acabara conquistando su alma.

    Dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer: El poeta y las musas.

    A mediados de la década de 1850, se trasladó a Madrid, donde publicó algunos de sus escritos en periódicos y revistas, conoció el amor, la idealización, se introdujo en círculos literarios, y se dejó seducir por completo por la poesía, llegando a publicar algunas en revistas literarias. Llegó incluso a preparar un manuscrito con sus poemas que entregó a su amigo González Bravo para que lo leyera e hiciera un prólogo, pero se dice que a raíz de los actos revolucionarios que tuvieron lugar en Madrid en el año 1868, este manuscrito acabó perdiéndose. Bécquer recuperó la mayoría de los poemas de memoria y los recopiló en el llamado Libro de los Gorriones, aunque no fue hasta después de su fallecimiento, en Diciembre de 1870, que sus amigos Narciso Campillo y Augusto Ferrán recopilaron su obra y la publicaron, en el año 1871, bajo el título de Rimas, su poesía, y Leyendas su colección de leyendas y cuentos cortos.

    Portada del manuscrito
    Libro de los Gorriones, 1868.

    La poesía de Bécquer es principalmente, pasión, emoción y sentimiento. Es una poesía marcada por el amor y el deseo, por las ansias de alcanzar lo inalcanzable, pero también por la soledad y el dolor, con paisajes oscuros y nieblas que se confunden con el ánimo del poeta. Pero lo que sí tenía muy claro, es que un poeta no puede escribir si no ha sentido algo especial vibrando dentro, tal como el propio Gustavo Adolfo afirma en una de las Cartas Literarias a una Mujer:

    Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

    Así, Bécquer escribe desde el sentimiento mas íntimo y profundo, desde la idealización tan propia del Romanticismo, desde ese amor que casi no ha de ser correspondido para no perder esa intensidad tan dolorosa que llega a conmover el alma. Esto lo podemos observar, por ejemplo, en la Rima XI, donde se presentan diferentes mujeres dispuestas, pero la voz del poeta sólo desea que venga justamente la que no puede amarle, esa mujer idealizada que es imposible encontrar en el mundo real:

    Rima XI

    -Yo soy ardiente, yo soy morena,
    yo soy el símbolo de la pasión;
    de ansia de goces mi alma está llena;
    ¿a mí me buscas? -No es a ti, no.

    -Mi frente es pálida; mis trenzas de oro;
    puedo brindarte dichas sin fin;
    yo de ternura guardo un tesoro;
    ¿a mí me llamas? -No, no es a ti.

    -Yo soy un sueño, un imposible,
    vano fantasma de niebla y luz;
    soy incorpórea, soy intangible;
    no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!

    Leyendo su poesía nos damos cuenta que tiene muchos elementos que la convierten en especial y única. Es una poesía con una desnudez estilística y de forma poco común, con el uso general de la rima asonante en los versos pares (como se puede comprobar en la Rima XI anteriormente citada), dejando libres los impares, cosa que la dota de una musicalidad especial. A su vez, es una poesía que se presenta sencilla, pero no por eso es una poesía simple; la sencillez, en poesía, no significa que sea una poesía fácil, pues no es tarea fácil condensar un inmenso sentimiento en muy pocos versos.

    Rima VIII

    Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
    hoy llega al fondo de mi alma el sol;
    hoy la he visto… la he visto y me ha mirado…
    ¡Hoy creo en Dios!

    La intensidad conseguida en estos cuatro versos es tanta, que al leerlos uno puede llegar a pensar que es imposible amar un poco más. Y esta idea se desprende de un brevísimo poema de, como hemos dicho, sólo cuatro versos.

    Uno de los puntos que definen el movimiento Romántico es la necesidad de evasión, a menudo, usando escenarios llenos de sombras, nieblas, fantasías… el misterio aparece casi como una salida del mundo real, una manera de alejarse de la realidad. No en vano, los artistas románticos sentían una fascinación considerable hacia la Edad Media. Esta huida viene dada principalmente por la búsqueda de un ideal, de una felicidad y una paz casi absoluta.

    Este tipo de escenarios y ambientes cargados de inquietud y misterio, representados a menudo por cementerios, calles viejas y desiertas, criptas, bosques tenebrosos… se pueden apreciar muy claramente en las Leyendas de Gustavo Adolfo; sin embargo, demuestra ser un artista a la hora de incluir estos elementos también en su poesía, descripciones de lugares lúgubres y momentos relacionados con la muerte, instantes y espacios inquietantes abundan en sus poemas.

    Rima LXXIV

    Las ropas desceñidas,
    desnudas las espadas,
    en el dintel de oro de la puerta
    dos ángeles velaban.
     
    Me aproximé a los hierros
    que defienden la entrada,
    y de las dobles rejas en el fondo
    la vi confusa y blanca.


    La vi como la imagen
    que en leve ensueño pasa,
    como rayo de luz tenue y difuso
    que entre tinieblas nada.
     
    Me sentí de un ardiente
    deseo llena el alma;
    como atrae un abismo, aquel misterio
    hacia sí me arrastraba.
     
    Mas ¡ay! que de los ángeles
    parecían decirme las miradas:
    —El umbral de esta puerta
    sólo Dios lo traspasa.


    Rima LXVI

    En la imponente nave
    del templo bizantino,
    vi la gótica tumba a la indecisa
    luz que temblaba en los pintados vidrios.
     
    Las manos sobre el pecho,
    y en las manos un libro,
    una mujer hermosa reposaba
    sobre la urna, del cincel prodigio.
     
    Del cuerpo abandonado
    al dulce peso hundido,
    cual si de blanda pluma y raso fuera,
    se plegaba su lecho de granito.

    De la sonrisa última
    el resplandor divino
    guardaba el rostro, como el cielo guarda
    del sol que muere el rayo fugitivo.

    Del cabezal de piedra
    sentados en el filo,
    dos ángeles, el dedo sobre el labio,
    imponían silencio en el recinto.
     
    No parecía muerta;
    de los arcos macizos
    parecía dormir en la penumbra
    y que en sueños veía el paraíso.
     
    Me acerqué de la nave
    al ángulo sombrío,
    con el callado paso que llegamos
    junto a la cuna donde duerme un niño.
     
    La contemplé un momento,
    y aquel resplandor tibio,
    aquel lecho de piedra que ofrecía
    próximo al muro otro lugar vacío,
    en el alma avivaron
    la sed de lo infinito,
    el ansia de esa vida de la muerte,
    para la que un instante son los siglos…
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    Cansado del combate
    en que luchando vivo,
    alguna vez me acuerdo con envidia
    de aquel rincón oscuro y escondido.
    De aquella muda y pálida
    mujer me acuerdo y digo:
    —¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!
    ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!


    El artista romántico puede llegar a considerarse, de algún modo, superior y diferente al resto, con una sensibilidad especial, para sentir y ver en su interior emocional, como no tienen otros; esto lo hace distinto a los demás y, a su vez, lo aísla buscando su propia soledad, pues siente que no encaja de ningún modo en el mundo en el que vive, que no es comprendido. De ahí podría nacer un punto también destacado de esta corriente literaria como es el Culto al yo, la exaltación de uno mismo.

    Rima VIII

    ¡Cuando miro el azul horizonte
    perderse a lo lejos,
    al través de una gasa de polvo
    dorado e inquieto;
    me parece posible arrancarme
    del mísero suelo
    y flotar con la niebla dorada
    en átomos leves
    cual ella deshecho!
     
    Cuando miro de noche en el fondo
    oscuro del cielo
    las estrellas temblar como ardientes
    pupilas de fuego;
    me parece posible a do brillan
    subir en un vuelo,
    y anegarme en su luz, y con ellas
    en lumbre encendido
    fundirme en un beso.
     
    En el mar en la duda en que bogo
    ni aún sé lo que creo;
    sin embargo estas ansias me dicen
    que yo llevo algo
    divino aquí dentro.

    Pero si algo destaca en el Romanticimo y, por consiguiente, en la poesía de Gustavo Adolfo, son las ansias; ansias de huir, ansias de aquello que no se puede conseguir, ansias que llevan a un descontento con el mundo real, ansias que rozan la desesperación. Este sentimiento, en parte de frustración, lo vemos en la Rima LXVII, donde Bécquer habla de diferentes placeres de la vida tales como un precioso amanecer, una buena siesta, un buen banquete…. pero el alma siempre estará vacía, siempre precisará de algo más que es imposible de conseguir.

    Rima LXVII

    ¡Qué hermoso es ver el día
    coronado de fuego levantarse,
    y a su beso de lumbre
    brillar las olas y encenderse el aire!
     
    ¡Qué hermoso es tras la lluvia
    del triste otoño en la azulada tarde,
    de las húmedas flores
    el perfume aspirar hasta saciarse!
     
    ¡Qué hermoso es cuando en copos
    la blanca nieve silenciosa cae,
    de las inquietas llamas
    ver las rojizas lenguas agitarse!
     
    ¡Qué hermoso es cuando hay sueño
    dormir bien… y roncar como un sochantre…
    y comer… y engordar…! ¡y qué fortuna
    que esto sólo no baste!

    A su vez, ligeramente atada con esta desesperación y esta desolación, tenemos la Rima LXVI, que reúne también diversos elementos significativos, que remarca un pesimismo absoluto, una falta de fe hacia el mundo y la vida. La desolación es casi palpable en este poema, ese sentimiento que roza el desengaño con todo lo que rodea al al autor y con uno mismo:

    Rima LXVI

    ¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
    de los senderos busca;
    las huellas de unos pies ensangrentados
    sobre la roca dura,
    los despojos de un alma hecha jirones
    en las zarzas agudas,
    te dirán el camino
    que conduce a mi cuna.
     
    ¿Adónde voy? El más sombrío y triste
    de los páramos cruza,
    valle de eternas nieves y de eternas
    melancólicas brumas.
    En donde esté una piedra solitaria
    sin inscripción alguna,
    donde habite el olvido,
    allí estará mi tumba.
     

    Un poema que cabe destacar de toda la obra de Bécquer es la Rima LXXIII. Y lo destaco por la maestría con la que el autor nos describe un duelo de manera extremadamente gráfica, como si de un cuadro se tratara, de una secuencia de imágenes que casi configuran un cuento, y que van tomando forma en la mente del lector, de una manera nítida y clara. Esta descripción, desde el fallecimiento de la niña, hasta que el cuerpo es sepultado, lleva al poeta, espectador de todo el proceso, a reflexionar sobre la muerte y, a su vez y de manera inevitable, sobre la vida.

    Rima LXXIII

    Cerraron sus ojos
    que aún tenía abiertos,
    taparon su cara
    con un blanco lienzo,
    y unos sollozando,
    otros en silencio,
    de la triste alcoba
    todos se salieron.
     
    La luz, que en un vaso
    ardía en el suelo,
    al muro arrojaba
    la sombra del lecho,
    y entre aquella sombra
    veíase a intérvalos
    dibujarse rígida
    la forma del cuerpo.
     
    Despertaba el día,
    y a su albor primero
    con sus mil ruidos
    despertaba el pueblo.
    Ante aquel contraste
    de vida y misterio,
    de luz y tinieblas,
    yo pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    De la casa en hombros
    lleváronla al templo,
    y en una capilla
    dejaron el féretro.
    Allí rodearon
    sus pálidos restos
    de amarillas velas
    y de paños negros.
     
    Al dar de las Ánimas
    el toque postrero,
    acabó una vieja
    sus últimos rezos,
    cruzó la ancha nave,
    las puertas gimieron,
    y el santo recinto
    quedóse desierto.
     
    De un reloj se oía
    compasado el péndulo
    y de algunos cirios
    el chisporroteo.
    Tan medroso y triste,
    tan oscuro y yerto
    todo se encontraba,
    que pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    De la alta campana
    la lengua de hierro
    le dio volteando
    su adiós lastimero.
    El luto en las ropas,
    amigos y deudos
    cruzaron en fila
    formando el cortejo.
     
    Del último asilo,
    oscuro y estrecho,
    abrió la piqueta
    el nicho a un extremo:
    allí la acostaron,
    tapiáronle luego
    y con un saludo
    despidióse el duelo.
     
    La piqueta al hombro
    el sepulturero,
    cantando entre dientes,
    se perdió a lo lejos.
    La noche se entraba,
    el sol se había puesto.
    Perdido en las sombras
    yo pensé un momento:
    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!!
     
     
    En las largas noches
    del helado invierno,
    cuando las maderas
    crujir hace el viento
    y azota los vidrios
    el fuerte aguacero,
    de la pobre niña
    a veces me acuerdo.
    Allí cae la lluvia
    con un son eterno;
    allí la combate
    el soplo del cierzo.
    Del húmedo muro
    tendida en el hueco,
    ¡acaso de frío
    se hielan sus huesos!…
     
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
     
    ¿Vuelve el polvo al polvo?
    ¿Vuela el alma al cielo?
    ¿Todo es vil materia,
    podredumbre y cieno?
    No sé; pero hay algo
    que explicar no puedo,
    que al par nos infunde
    repugnancia y duelo
    ¡al dejar tan tristes,
    tan solos los muertos!
     

    Para terminar, quiero dejar dos de las Rimas más conocidas de Gustavo Adolfo, de aquella que, por mucho que el tiempo pase, jamás dejarán de repetirse cuando se hable de poesía, cuando se hable de Bécquer. Porque podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.

    Rima IV

    No digáis que, agotado su tesoro,
    de asuntos falta, enmudeció la lira; 
    podrá no haber poetas; pero siempre 
            habrá poesía.
     
    Mientras las ondas de la luz al beso 
            palpiten encendidas, 
    mientras el sol las desgarradas nubes 
            de fuego y oro vista, 
    mientras el aire en su regazo lleve 
            perfumes y armonías, 
    mientras haya en el mundo primavera, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras la ciencia a descubrir no alcance 
            las fuentes de la vida, 
    y en el mar o en el cielo haya un abismo 
            que al cálculo resista, 
    mientras la humanidad siempre avanzando 
            no sepa a dó camina, 
    mientras haya un misterio para el hombre, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras se sienta que se ríe el alma, 
            sin que los labios rían; 
    mientras se llore, sin que el llanto acuda 
            a nublar la pupila; 
    mientras el corazón y la cabeza 
            batallando prosigan, 
    mientras haya esperanzas y recuerdos, 
            ¡habrá poesía!
     
    Mientras haya unos ojos que reflejen 
            los ojos que los miran, 
    mientras responda el labio suspirando 
            al labio que suspira, 
    mientras sentirse puedan en un beso 
            dos almas confundidas, 
    mientras exista una mujer hermosa, 
            ¡habrá poesía!

    Rima VII

    Del salón en el ángulo oscuro,
    de su dueña tal vez olvidada,
    silenciosa y cubierta de polvo,
    veíase el arpa.
     
    ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
    como el pájaro duerme en las ramas,
    esperando la mano de nieve
    que sabe arrancarlas!
     
    ¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
    así duerme en el fondo del alma,
    y una voz como Lázaro espera
    que le diga «Levántate y anda»!

  • 7 poemas de Veronica Micle

    7 poemas de Veronica Micle

    La poeta romántica rumana Verónica Micle.

    Veronica Micle (1850-1889) fue una poeta rumana del romántico tardío conocida principalmente por su relación sentimental con el también poeta Mihai Eminescu.

    Aunque se conoce poco sobre su vida, como autora publicó novelas y diversas traducciones en revistas de la época. Como solía ser habitual, los poetas románticos no publicaron ningún libro de sus poemas, si no que lo hicieron en revistas literarias.

    En los estudios académicos se ganó el calificativo de “eminente” para, posteriormente, conocer en dicha escuela -llamada “escuela de niñas”- al que sería su futuro marido, Stefan Micle, un profesor universitario y rector de la universidad de Cluj. De este enlace nacieron sus dos hijas.

    En 1872 hizo un viaje a Viena donde le es presentado Mihai Eminescu. Desde aquel instante sus vidas cambian radicalmente, ya que ambos se enamoran apasionadamente el uno del otro. Mientras seguía casada con Stefan, los encuentros entre ella y Eminescu eran quizás, la inspiración para ambos de la poesía más realista, trágica y romántica a la vez, que se ha escrito alguna vez en la literatura rumana.

    El propio Eminescu reconoce la importancia que tuvo Veronica en su creación literaria. En una carta de 1876 de Mihai a Verónica se descubre cómo llevan dos años conociéndose y éste la amada apasionadamente desde la distancia.

    Dos años, señora, no he podido trabajar nada, y he seguido como un idiota una esperanza, no sólo inútil, sino indigna. Eras una idea en mi cabeza y te quería como alguien quiere un cuadro.

    Finalmente, cuando Eminescu muere en el sanatorio del doctor Sutu, ella al no poder asumir tal pérdida se suicida en el monasterio de Varatec por la ingesta de arsénico. En su último poema se puede apreciar su anhelo de trascender hacía donde estaba él.

    ¡Oh muerte!
    ¡Oh muerte si vinieras
    a mi solitario corazón para apaciguar mis pensamientos
    y oír como el huracán grita en crueles cantos,
    caminando sobre la nada, alejado por ásperos vientos!
    Anhelo un largo reposo… para poder dormirme.
    Dormirme para siempre.

    Dado que la obra de Veronica Micle no ha sido traducida al castellano, he reunido en una antología treinta de sus poemas para su posterior publicación por la editorial Ediciones Rilke, siendo ésta la primera edición en exclusiva de su obra en castellano.


    Acianos

    Entre las amarillas espigas los acianos orgullosos crecen
    y en el encanto de la mañana el sol con cariño miran;
    encantados por su mirada y encogidos por un misterioso anhelo,
    millones de mariposas en la llanura han dejado su huida.

    Por el verde y denso follaje bellos cantos se escuchan
    las mariposas se sientan y escuchan balanceados por áureos vientos .
    Entre flores pasan plácidamente un día de verano.
    ¡Y su amor fugaz ellos en besos se lo cuentan!

    Pero la noche llega con sus horas de silencio;
    las mariposas con su jovialidad se fueron como un pensamiento,
    los pájaros ya no cantan y los hermosos acianos
    después de un día de felicidad vuelven solos a estar.

     

    Este mundo tan grande

    Este mundo tan grande, tan desierto delante de mí se extiende,
    ni tan siquiera con mi mirada o mi mente puedo comprenderla;
    y en este caos sin margen, sin comienzo ni sentido
    me has dado tú, amado mío, refugio a mi alma.
    Y por eso, cada vez que pienso en ti,
    al amor como a este mundo final no puedo hallarle.

     

    ¿Por qué cuentas los años?

    ¿Por qué cuentas los años para ver si eres viejo
    cuando sabes el pesado dolor que llevas sobre tu pecho?
    ¿Y a que espejo preguntas mirando fijamente
    para decirte que todavía no está arrugado tu rostro?

    ¿Cuándo sabes que la materia que fluye sin cesar
    huellas profundas y tristes dejan en tu alma?
    ¿Y crees que es para siempre esta amargura
    sin que la vida te regale algún momento feliz?

    ¿Y de que sirve saber hoy como estas
    cuando sientes que de este mundo hace mucho que te fuiste?
    Llevando la muerte en el alma por siempre.
    ¡Tu vida vacía y desprovista de suerte!

     

    A Eminescu

    De entre las olas del tiempo llegas para iluminar
    pensador budista nacido en otro mundo,
    la fe está muerta, ya nadie venera a nadie,
    en vano escribo versos sin nombre.

    Lo sublime nunca nadie olvidará
    en la prosa-amarga de la vida quedas olvidado, renegado
    si le hablas de los astros piensan que es locura,
    si hablas de una mujer, piensan que no has amado.

     

    ¡Lo que daría un muerto!

    ¡Que daría un muerto por los rayos de la luna!
    Dijimos tu y yo, cuando sobre las alas del deseo
    llevados por el encanto del amor –mirando al cielo juntos-
    soñamos con la eternidad en lo que dura un instante.

    Que daría un muerto para ver un pobre rayo
    que desciende de la luna y la tierra toca,
    para sentir una vez más que su frente ilumina
    y que en su pecho la vida se refleja.

    Seguramente, creíamos que el cambiaría con alegría
    su tranquilidad eterna y su paz inquebrantable.
    Por un rayo de luna, por una dulce locura,
    por el instantáneo amor de otra vida.

    Pero el momento de amor vuela, vuela alejándose.
    En su lugar nos queda la amargura y la nada.
    ¡Ah! Para llevar la carga de un calvario que no cesa.
    Con tu muerte en el alma te arrastras día tras día.

    Si daría un muerto por un rayo de luna
    su tranquilidad eterna, yo voluntariamente entregaría
    todos los rayos de luna, todos los rayos de sol
    para a ti poder olvidarte y sentir como mi alma muere.

     

    Odio y amor

    Odio y amor ahora tengo de ti.
    La insignificancia de mi vida será profusa.
    Te pagué el amor con lágrimas y suspiro
    con que me recompensará tu irreconciliable odio.

    Si tú deseas que siga llorando por ti
    y eternamente destrozado ver mi corazón
    de una agonía sin límites y dolor profundo,
    con la voz sin ira dime que me olvidarás.

     

    Vete

    “Vete” te digo, pues mi mente
    presagia solo males.
    “No te vayas” susurra misteriosamente
    mi alma y este anhelo.

    Tú conoces cuanto amor
    guardo para ti,
    y después, como con palabras vanas
    siempre te alejo de mí.

    Y no sabes que creer
    si las palabras dichas
    o en el amor que nunca cesa
    que lees en mi mirada.

    ¡Ay! Y yo perpleja
    esforzándome estoy para entender
    púes no sé que sería mejor:
    ¿Escuchar la mente o el corazón?

  • 8 poemas de Mihai Eminescu

    8 poemas de Mihai Eminescu

    Mihai Eminescu (1850-1889), último romántico tardío del continente, es la voz poética más importante en la literatura rumana y la más conocida a nivel mundial. Su obra, traducida a más de 60 idiomas, marca un “antes” y un “después” en la literatura rumana, contribuyendo a los jóvenes que querían formarse como poetas en mitad del siglo XIX, y todavía hoy conmueve el alma de los seres humanos.

    En ella hay desde una reflexión filosófica que describe las inquietudes más dignas del alma rumana hasta poesías de amor, que transmiten la tremenda pasión y  desesperación romántica. Este es el caso del poema «Icono y marco«, donde expresa la incompatibilidad entre la vida poética de un hombre superior y las necesidades diarias; si bien esa vida es posible en solitario, el poeta no puede plantearse la unión de su vida con la mujer amada en esas condiciones. Estas poesías, aunque pueden recoger también meditaciones, se diferencian de las poesías con carácter filosófico, que contienen pensamientos claros, expresados con pocas palabras y con elegancia de estilo.

    Soñando así, ten cuidado cuando pasas el tiempo conmigo,
    niña con cálida boca, con piernecitas frías.
    Te acercas, me preguntas dulcemente: ¿Por qué no me cortejas?
    Quieres escuchar finalmente una palabra…
    Una hora has pasado esperando – ahora deseas
    como recompensa, que te diga mi amor con versos en francés.
    ¡Idea! Y en mi brazo apoyas tu dulce brazo.
    Vuelvo mi cabeza hacia ti, miro insaciablemente.
    Con la boca sobre tu hombro tristemente murmuro:
    – ¡Eres demasiado hermosa, Señora, y te amo demasiado!

    Conoce a Verónica Micle, también poetisa romántica, quien probablemente le sirve de inspiración en sus poesías amorosas. En ellas hablará del anhelo por un amor ideal, un amor romántico entre un hombre superior, con sed de lo absoluto y con la nostalgia de los arquetipos divinos, y una mujer «mortal», hermosa pero con sus límites desde el punto de vista espiritual.

    La obra de Eminescu fue y sigue siendo el comienzo de un pensamiento filosófico y poético para un pueblo rumano mermado por la pobreza y los imperios que los conquistó, entre ellos el otomano.


    Amada, cada vez que yo pienso en nosotros…

    Amada, cada vez que yo pienso en nosotros,
    un océano de hielo aparece ante mí:
    sobre la blanca bóveda no hay ya ninguna estrella,
    la luna es una mancha amarilla a lo lejos.
    Sobre miles de témpanos que las olas se llevan,
    un pájaro planea, las alas fatigadas,
    mientras su compañera ha seguido adelante,
    unida a la bandada que se pierde al poniente.
    Hacia donde ella vuela mira desesperado.
    Ya no siente ni pena ni alegría. ..Se muere,
    soñando en un instante todo el tiempo pasado.

    Más lejos uno de otro cada vez nos sentimos,
    cada vez me hundo más en la sombra y el hielo,
    mientras desapareces en la eterna mañana.

     

    Flor azul

    «¿De nuevo hundido en los astros,
    en las nubes, en los cielos?
    Por lo menos, no me olvides,
    alma y vida de mi vida.

    En vano los arroyuelos
    juntas en tu pensamiento
    y las campiñas asirias
    y la tenebrosa mar;

    las pirámides vetustas
    que alzan sus puntas al cielo.
    ¡Para qué buscar tan lejos
    tu dicha, querido mío!»

    Así mi niña me hablaba,
    dulcemente acariciándome.
    ¡Ella tenía razón!
    Yo reía, sin embargo.

    «Vámonos al bosque verde,
    donde las fuentes del valle
    lloran y la roca puede
    precipitarse al abismo.

    Allí, en lo claro del bosque,
    cerca del junco tranquilo,
    bajo la serena bóveda
    del moral nos sentaremos.

    Y me contarás los cuentos
    y me dirás las mentiras;
    yo, con una margarita
    comprobaré si me quieres.

    Y bajo el calor del sol,
    roja como una manzana,
    tenderé mi cabellera
    para cerrarte la boca.

    Si tú acaso me besaras,
    nunca nadie lo sabría,
    pues debajo del sombrero,
    ¡eso a quién puede importarle!

    Cuando a través de las ramas
    salga la luna de estío,
    tú me enlazarás del talle,
    yo me prenderé a tu cuello.

    Bajo el techo de las ramas,
    al descender hacia el valle,
    caminando cambiaremos
    nuestros besos como flores.

    Luego, al llegar a la puerta,
    hablaremos en lo oscuro;
    que nadie de esto se ocupe;
    si te quiero, ¿a quién le importa?»

    Un beso más… y se ha ido.
    ¡Yo quedo bajo la luna!
    ¡Qué hermosa es y qué loca
    es mi azul, mi dulce flor!

    Tú, maravilla, te fuiste,
    y así murió nuestro amor .
    ¡Flor azul, oh flor azul!…
    ¡Qué triste que es este mundo!

     

    Atardecer en la colina

    El cuerno quejoso suena en la colina,
    suben los rebaños, brillan las estrellas,
    las aguas responden, gimiendo en las fuentes;
    bajo las acacias, querida, me esperas.
    La luna atraviesa clara y santa el cielo,
    tus ojos contemplan el raro follaje,
    las estrellas húmedas nacen en lo alto,
    tú estás de ansias llena y de amor tu seno.
    Las nubes resbalan, sus rayos se estrían,
    levantan las casas sus techos vetustos,
    la roldana al viento chirría en el pozo,
    el valle es de humo, las flautas murmuran.
    Hombres fatigados, la hoz sobre el hombro,
    vuelven de los campos; la toica* resuena,
    la campana llena con su voz la noche,
    y mi alma se quema de amor en tu fuego.
    ¡Ah!, pronto en el valle el pueblo se duerme,
    ¡ah!, pronto mis pasos hacia ti me llevan.
    Cerca de la acacia pasaré la noche
    e incansablemente te diré: te quiero.
    Las cabezas juntas, una contra otra,
    bajo la alta acacia nos adormiremos
    ¿Quien la vida entera no la entregaría
    por una tan bella, tan dichosa noche?

    * Toica es un trozo de madera o metal que se golpea para llamar a la oración

     

    La patria de la vida es el presente

    La patria de la vida es el presente,
    sólo estamos en el instante de ahora,
    estamos en la verdad. – Y el pasado
    con el futuro son sólo pensamiento.
    en vano empujáis lo que tenéis delante,
    en vano deseáis las cosas que vendrán.
    Volved hacia vuestro interior y conoceréis
    que todo en el mundo, todo está en el presente.
    Todo lo que fue o será alguna vez,
    fueron, serán sólo porque es.
    ¿No sabes que tocando a un hombre
    tocas la humanidad? La multitud es ilusión.
    Di a miles de hombres la misma palabra
    y en miles despertará entonces
    el mismo icono, el mismo sentido.
    Signo que todos son en uno y el uno es en todos.

     

    Separación

    ¿Pedirte yo un recuerdo para que no te olvide?
    Sólo a ti te quisiera, mas no te perteneces;
    ni esa flor ya sin vida entre tu pelo rubio,
    pues que sólo deseo que me eches al olvido.
    ¿De qué sirve sentir la dicha ya apagada,
    que no se extingue y sigue igual eternamente?
    El mismo río canta con diferentes ondas:
    ¿de qué puede servir la persistente pena
    si a través de este mundo está escrito pasamos
    cual sueño de una sombra y sombra de un ensueño?
    ¿Para qué preocuparte de mí más adelante?
    ¿Por qué contar los años que vuelan con los muertos?
    Lo mismo da que muera hoy día que mañana,
    ya que borrar deseo el rastro de mi paso,
    ya que quiero que olvides nuestro sueño feliz.
    No vuelvas, vida mía, a los años pasados,
    en una sombra negra queda desvanecida,
    como si jamás juntos hubiésemos estado,
    como si aquellos años de amor se vaciasen.
    ¿De tanto haberte amado me podrás perdonar?
    Déjame entre extranjeros la cara contra el muro,
    que en mis ojos se hiele la luz de mis pupilas,
    y así, cuando este barro a la tierra retorne,
    ¿quién sabrá ya quién soy, quién ya de dónde vengo?
    y mis lamentaciones, atravesando el muro,
    pedirán para mí el eterno reposo.
    Sólo desearía que alguien cerca de mí
    pronunciase tu nombre sobre mis ojos ciegos,
    y después-si así quieren-que me echen al camino…
    Más dicha yo tendré que la que tengo ahora.
    Del horizonte llega la bandada de cuervos,
    oscureciendo el cielo sobre mis turbios ojos;
    que la tormenta estalle sobre el haz de la tierra,
    mi barro al polvo vuelva, mi corazón, al viento…
    Pero tú sigue en flor como luna de abril,
    con tus ojos violeta, tu sonrisa de niña,
    pues aunque seas joven siempre lo serás más,
    pero no me recuerdes, pues de mí yo me olvido.

     

    Yo quisiera dormirme…

    (Variante)

    Yo quisiera dormirme,
    perdido en la noche.
    Condúceme en silencio
    al borde del mar.
    No quiero ataúd rico,
    luces ni oriflamas,
    trénzame sólo un lecho
    de jóvenes ramos.
    Que el sueño me sea dulce
    y el bosque cercano,
    que brille un cielo limpio
    en las hondas aguas.
    Que del dolor brotando
    suban a la orilla,
    que a las rocas se abracen
    sus brazos de olas.
    Se levantan y caen
    murmurando siempre,
    mientras sobre los pinos
    resbala la luna.
    Que nadie junto a mí
    llore en mi almohada,
    que la muerte haga hablar
    las hojas resecas.
    Que el todopoderoso
    en el viento pase,
    que en mí el sagrado tilo
    sacuda su flor.
    Y como no andaré
    nunca más errante,
    caerán sobre mí
    los tiernos recuerdos
    que no sabrán que miro
    la inquietud del mundo
    mientras que las lianas
    mi soledad cubren.

     

    Y si…

    Y si ramas golpean la ventana,
    y los álamos se estremecen,
    es para tenerte en mi mente
    y suavemente acercarte.
    Y si estrellas se reflejan en el lago,
    iluminando su hondura,
    es para apaciguar mi dolor,
    volviendo a estar sereno.
    Y si las nubes espesas van
    y en el claro sale la luna,
    es para acordarme de ti
    y guardarte siempre en mi memoria.

     

    ¡Oh, madre!…

    ¡Oh, madre, dulce madre, del fondo de los tiempos
    siento que entre el murmullo de las hojas me llamas!
    Sobre la cripta negra de la sagrada tumba,
    se deshoja la acacia al soplo del otoño
    y sus ramas agita, tu voz acompañando…
    Ellas se mecerán y tú dormirás siempre.
    Cuando muera, querida, no llores a mi lado;
    pero al sagrado tilo arráncale una rama,
    ponla en mi cabecera y entiérrala conmigo
    y que sobre ella corra el llanto de tus ojos;
    un día llegará a dar sombra a mi tumba…
    La sombra crecerá y yo dormiré siempre.
    Y si acaso ocurriese que muriéramos juntos,
    que no nos lleven nunca al triste cementerio,
    que caven nuestra tumba al borde de un arroyo,
    que nos coloquen juntos en un mismo ataúd;
    así te quedarás apoyada en mi hombro…
    Siempre llorará el agua y dormiremos siempre.