Categoría: Reseñas

  • Como fuman los murciélagos

    Como fuman los murciélagos

    Dado que fue la primera novela de Carmen Ruth Boíllos, conocida por su trayectoria poética, resulta fácil caer en la tentación de abrirla y leerla, a ver qué nos encontramos. El título también invita a ello pues esa elipsis sintáctica de una oración compleja atrae la curiosidad, bien nos deje en la tesitura de si interpretarla como condicional, como causal o como todo lo demás que haya pasado por las entrañas de la autora. En cualquier caso, el verbo y el sustantivo plural me retrotrajeron directamente a ciertas escenas de la niñez. Pero hacerlas aflorar con el artefacto de la palabra es la grandeza de la creación literaria. Y humana, Tan es así que solo algunos parece que son capaces de convertirlo en universal porque en poco tiempo me encontré con textos narrativos en los que se conjuga el mismo verbo y se exhibe el mismo nombre. Por ejemplo: una crónica titulada “¿Fuman tabaco los murciélagos?”, que empieza con otra interrogación, tan irónica como realista: “¿La estupidez humana se hereda?”. E incluso una exposición, con gran resonancia en la prensa hace unos años, de la Fundación Vila Casas, que reunía los originales de los carteles de “Cigarrillos París” y algún periódico lo titulaba, gráficamente, “Cuando fumar era también cosa de niños, muertos y murciélagos”. 

    Aquí entra nuestra obra. De veinticinco estampas. Con Mario presente (al final, en la memoria definitiva) y el verbo narrativo en primera persona para que la verosimilitud no se cuestione. Chicos y chicas, paseando por todos los vericuetos de la niñez y tramando hazañas pero ¡ojo! que “Los chicos no podían soportar por más tiempo que les ganásemos por goleada” (las chicas ya sabían dónde estaban). Creo, sinceramente, que este nuevo camino de Carmen Ruth Boíllos es acertado. Acertado porque ha conseguido llevar a palabra literaria lo que pretende un escritor: construir y reconstruir un mundo. Sea costumbrista, realista, mágico o imaginario. ¿Una crónica? Todo es ficción en el arte. Es lo que tenemos los humanos. 

    Como fuman los murciélagos. Ahí la tienen, en una edición exquisita de Huerga y Fierro, con trabajo redondo de Antonio y Charo… más los que les rodean. Pero, sobre todo, con el objetivo conseguido de la autora, que regresa a su primera memoria y le da forma en Fuentes del Duero (“donde vagamos con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”), que son cualesquiera fuentes donde la vida esculpe perfiles y, vertiendo de una manera u otra, triunfa. La escritura. Como fuman los murciélagos (condicional, causal o comparativa) es una auténtica metáfora, que se goza cuando uno camina por los intersticios de esta obra, por esas entrañas que se describen y narran con pasión, que es lo que viene mostrando Boíllos en su creación literaria, poética, con títulos siempre orientadores de su concepción de la realidad, dinámica y comprometida: Vulnerables, Quejido y ternura o el más reciente poemario, Liturgia de los Vencidos. Añádase su implicación en trabajos colectivos como en La herencia de los chopos. Esa es la realidad creadora desde que empezó a lanzarse con acento y verbo al ruedo de la escritura. 

    Como fuman los murciélagos. La narradora nos sitúa en un Macondo particular: Fuentes de Duero, el pueblo donde se reconstruye un mundo, que la protagonista narradora vivió, gozó e imaginó. Saint-Exupéry decía que “todas las personas mayores fueron al principio niños aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Carmen Ruth lo evoca y nos lo pone en palabra para que nosotros, lectores de su obra, nos lancemos al recuerdo porque aquel que fuimos es la raíz del que somos. Y, si los murciélagos fumaban, era por el atrevimiento humano del juguete tonto… y, además, aquí, doloroso. Los murciélagos no verán pero fueron víctimas de ojos ciegos humanos. Ni la infancia fue un paraíso ni la infancia fue un infierno: “Si hay algo que caracterizaba nuestras andanzas por las calles de Fuentes eran las mil y una travesuras que cada fin de semana tramábamos y hacíamos realidad”. Fue una etapa más que iba modelando, sin darnos cuenta, las siguientes en las que ahora estamos, incluso para escribir una primera novela como esta. “Durante meses vagamos por Fuentes con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”. El narrador/ narradora deja constancia escrita, en primera persona, de un mundo que brota en su interior como una palpitación de la palabra. “La memoria es un barco a la deriva” se convierte en la llave asertiva y copulativa que abre la obra. Y la cierra en pasado verbal: “El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio. Hubo palabras, hubo personas, hubo silencio”. Es lo que tienen las tragedias. Se empieza fumando, como juguete de murciélago, y se acaba en el mayor de los silencios.

    Un escenario, unos tiempos, unos personajes, unas historias. “Aquel lugar encierra muchos más recuerdos y vivencias. Mil conversaciones, risas, borracheras, demostraciones de fuerza, de orgullo y de vanidad. Por suerte sus paredes carecen de lengua y no podrán desvelar tantos secretos compartidos”. Un libro para saborear, que ocupa lo suficiente: 100 páginas de relato… pero que deja impronta, como delicia verbal que no hay que perderse. Se lee una mañana a la sombra fresca de cualquier árbol de un parque de Barcelona, Madrid o Caracas. Carmen Ruth Boíllos. Como fuman los murciélagos. “Ese brillo que un día se volvió oscuridad”. 

  • La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    Introducción: la belleza como verdad reconocida

    Existe un momento, cuando leemos un poema, en que algo se detiene dentro de nosotros. No es únicamente admiración por la precisión de sus palabras ni por la armonía de sus versos, sino una forma más profunda de reconocimiento. Decimos: qué hermoso. Y, sin embargo, esa impresión de belleza no siempre depende de la perfección métrica ni del virtuosismo formal. A menudo nace de otro lugar.

    Tradicionalmente se ha asociado la belleza poética a la musicalidad, a la imagen brillante o a la arquitectura impecable del verso. Pero la experiencia lectora demuestra que hay poemas técnicamente sencillos que nos conmueven más que otros formalmente complejos. Esto sucede cuando el poema logra encarnar una verdad emocional, cuando convierte una experiencia íntima en una imagen que el lector siente como propia.

    La belleza, en estos casos, no reside únicamente en cómo está escrito el poema, sino en lo que revela. Surge cuando el lenguaje no solo describe, sino que hace visible una forma de estar en el mundo. Cuando la palabra crea un espacio donde la fragilidad, la memoria o el afecto encuentran una forma duradera.

    En este sentido, la belleza de un poema no reside exclusivamente en la perfección de su métrica ni en la brillantez aislada de sus metáforas, sino en una conjunción más compleja: la capacidad de crear un espacio emocional verdadero, la autenticidad de la experiencia que transmite, la coherencia de su universo simbólico y la intensidad silenciosa con la que logra interpelar al lector. La belleza poética nace, sobre todo, cuando el lector reconoce en el poema una forma de verdad. Mariana y su perra Canela pertenece a esta categoría: su belleza no es solo verbal, sino afectiva, simbólica y reveladora.

    I. El espacio íntimo: la habitación como universo simbólico

    En Mariana y su perra Canela, Lola García Jaramillo construye un poema de apariencia sencilla que, sin embargo, contiene una profunda reflexión sobre la imaginación, la infancia y la fidelidad. La autora sitúa la escena en un espacio íntimo y protegido, donde la lectura no es solo una actividad, sino una forma de habitar el mundo.

    Desde sus primeros versos, el poema crea una atmósfera de suspensión mediante una imagen de gran eficacia simbólica: “Bajo la mansa luz de la tarde, / en un cuarto de estrellas prendidas,”. La habitación deja de ser un espacio físico concreto para convertirse en un lugar interior, casi sagrado. La expresión “estrellas prendidas” sugiere no solo la iluminación material, sino el encendido de la conciencia imaginativa.

    II. La lectura como experiencia de transformación

    Este carácter transformador se desarrolla plenamente en una de las metáforas centrales del poema: “sus páginas abiertas son un jardín, / mientras recorre su bosque de letras,”. La autora convierte el acto de leer en una experiencia física, espacial y vital.

    El jardín simboliza el crecimiento y el descubrimiento, mientras el bosque introduce la dimensión del misterio. La lectura no aparece como recepción pasiva, sino como exploración activa. Esta idea se confirma en el verso “Mariana navega su nube de papel,”, donde el libro deja de ser objeto y se convierte en territorio.

    La lectura es, en este sentido, una forma de libertad, pero también de refugio.

    III. Canela: la lealtad como presencia protectora

    Frente a este viaje interior, la figura de Canela adquiere un valor simbólico fundamental. La autora construye su presencia a partir de una imagen de gran ternura: “la mira con ojos de miel serena,”. La miel introduce una cualidad afectiva que trasciende lo visual.

    Esta dimensión se intensifica cuando el poema afirma:

    “A su lado, sereno guardián del alma, / Canela la vela con tierna lealtad,”.

    El verbo “velar” introduce una dimensión ética y emocional. Canela no es solo compañía, sino custodia.

    IV. El lenguaje del silencio: plenitud sin palabras

    Uno de los momentos más logrados del poema aparece en los versos: “mientras el silencio las arropa / como un susurro hecho canción.”. Aquí, el silencio no es ausencia, sino forma de comunicación.

    El poema encuentra en esta imagen una de sus claves estéticas: la belleza como expresión de una intimidad compartida.

    V. El reino compartido: el afecto como construcción

    La culminación simbólica aparece en la última estrofa: “Juntas habitan un reino de ensueño, / dos almas bordadas por un mismo afecto,”.

    El verso final, “unidas por un lazo puro y perfecto.”, sintetiza el núcleo temático del poema.

    Un amor sin conflicto.

    Un amor sin condiciones.

    Un amor que existe sin necesidad de justificarse.

    VI. Valoración estética y conclusión

    Desde el punto de vista formal, el poema destaca por su coherencia simbólica y su claridad expresiva. Lola García Jaramillo demuestra que la belleza poética no depende necesariamente de la complejidad formal, sino de la autenticidad expresiva.

    La belleza de este poema reside en su verdad.

    En su capacidad de preservar un instante.

    En su forma de nombrar la lealtad como refugio.

  • Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Nos encontramos ante una colección de relatos breves que componen un mosaico íntimo y evocador de la memoria personal de Isabel García Díaz. La voz narrativa recorre distintas etapas de su vida, desde la infancia hasta la vejez, con una mirada que oscila entre la nostalgia, la ironía sutil y la reflexión melancólica.

    Entre los distintos relatos se distinguen una serie de temas recurrentes: 

    La memoria y el tiempo: El libro es, ante todo, un ejercicio de recuperación del pasado. Los recuerdos se estructuran alrededor de objetos cotidianos (un piano mudo, una máquina de escribir, una bandeja), rituales domésticos (la limpieza de la ropa blanca, la compra en comercios de barrio), figuras familiares (abuelo, padres, profesoras) y pequeños hitos vitales (la primera nieve, la comunión, la pérdida). El tiempo se presenta como un río que arrastra costumbres, olores, sabores y formas de vida, dejando a la narradora en una especie de orilla desde la que observa, ya con distancia, aquello que fue.

    La pérdida y la ausencia: Es un eje central que va ganando peso a medida que avanzan los relatos. La muerte de los padres, la desaparición de un mundo (el de la infancia, el de los comercios tradicionales, el de ciertos rituales sociales) y la conciencia del paso del tiempo impregnan el tono de una tristeza serena y resignada.

    El contraste entre pasado y presente: Se establece una dicotomía constante entre un pasado percibido como más auténtico, cálido, lleno de sentido comunitario y belleza en los detalles (“blanca era la mortaja”), y un presente desconcertante, gris, acelerado y a veces alienante (“El peso del presente, lleno de tantos colores que la desconcertaban”, “las nuevas tecnologías son vertiginosas”). Este contraste no es meramente nostálgico; a veces está teñido de humor o de crítica sutil hacia la pérdida de humanidad.

    La importancia de los objetos y los rituales: Los objetos no son inertes; son depositarios de afectos, símbolos de un estatus social (la ropa blanca, el juego de café de porcelana), testigos de la historia familiar y puertas de acceso a la memoria. Los rituales (ir a misa, comprar galletas, pegar cupones en la libreta de ahorro) dotan de estructura y significado a la existencia.

    La construcción de la identidad: La narradora se va formando a través de las miradas de los otros (la profesora que la llama “Díez”), de los descubrimientos literarios (Azorín, los versos de Bécquer), del aprendizaje (la máquina de escribir, las clases de dibujo) y de las pérdidas. Su voz reflexiva, a menudo autoirónica (“pensarían que soy una persona obsoleta”), revela un proceso continuo de autoconocimiento.

    La estructura en forma de relatos breves y con títulos imita el funcionamiento de la memoria: flashes, instantáneas, escenas aisladas, pero que, en conjunto, crean un retrato completo. No hay un orden cronológico estricto, sino asociativo que imita el fluir del recuerdo.

    Isabel García Díaz utiliza un lenguaje claro y evocador. La prosa es precisa y cargada de sensorialidad (olores a piel y galletas, tacto del papel secante, sonido de la radio). Utiliza imágenes poéticas pero nunca rebuscadas (“los alfileres de la nostalgia”, “el balcón de los recuerdos”).

    El tono del libro es intimista y contemplativo. La voz narrativa invita al lector a asomarse a su mundo interior. Hay una alternancia entre la perspectiva inocente de la niña y la mirada lúcida y cansada de la mujer adulta, lo que añade profundidad.

    Cabe destacar también el humor sutil que atraviesa algunos pasajes. Aunque predomina la melancolía, surgen destellos de ternura irónica que alivian el tono y humanizan aún más el relato.

    En definitiva, este texto es una elegía en prosa a una Barcelona, a una Galicia y a una forma de vida que ya no existen. Es un homenaje a los “personajes secundarios” (familia, profesores, comerciantes) que conforman nuestro universo afectivo. Más allá de los escenarios barceloneses y gallegos, que actúan como un poderoso telón de fondo lleno de referencias locales (calles, comercios, costumbres), el libro habla de una experiencia universal: el paso del tiempo, la persistencia de la memoria y la lucha por encontrar significado y belleza en lo cotidiano, incluso frente a la pérdida.

    La autora logra conmover no por grandes dramas, sino por la acumulación de verdades pequeñas y bien observadas. Es un libro para leer lentamente, saboreando cada relato como quien mira una vieja fotografía, reconociendo en la historia de otra los ecos de la propia. Una lectura delicada, profunda y memorable.

  • Las esferas del sentir. Jorge León Gustà. Ed. Los Papeles de Brighton. 2025. 

    Las esferas del sentir. Jorge León Gustà. Ed. Los Papeles de Brighton. 2025. 

    “Futuros de posibilidades” 

    El último es un verso del libro, que resume la esencia de la obra poética de Jorge León Gustà. Su poesía siempre es un reto de estilo y de propuesta vital.

    Es Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de Educación Secundaria. Ha combinado las clases con la investigación literaria. Especialmente centrada en la poesía y el teatro del Siglo de Oro. Es autor  de diferentes tipos de libros: escolares, de investigación y de poesía propia. Es autor también de una estupenda y deliciosa Antología de Poesía. No pueden los sueños. Poesía del sueño erótico del siglo de oro. Editorial Animal Sospechoso.  Barcelona. 2025. Este libro nace de una intención muy concreta, que es, explicar un sueño. Y con ello, revisa toda la tradición de la poesía española.

    En el mismo año, 2025, el autor publica Las esferas del sentir. Editado en la ciudad de Madrid por la editorial Los papeles de Brighton. La misma editorial que ya publicó el libro de ensayos “Un soneto  me manda hacer violante…” y otras historias de la Literatura. (2023). Bajo su autoría.

    En Las esferas… profundiza en su búsqueda y confirma su camino hacia un territorio propio. El carácter elegíaco aparece con la consciencia de la duda y la incertidumbre. Se centra en dos motivos fundamentales: alrededor de la pandemia de 2020 y la experiencia de la muerte. Sus poemas nacen de un fondo minimalista, que combina sentimientos y retórica en la introspección del lenguaje. Ese lenguaje siempre volcado en la riqueza de sentidos. No cae en ningún momento en el coloquialismo; utiliza un tono equilibrado y un permanente diálogo con la tradición. Hay citas de Gustavo Adolfo Bécquer, Lope de Vega y Francisco de Aldana.  León Gustà es un poeta que busca “conocer para emocionar”. 

    Jorge ha escrito un libro profundamente biográfico; construye con sus versos un diario de heridas, un diario de experiencias reveladoras, un diario de ausencias que de una u otra forma se convierten en encuentros. (Pág. 22)

    En el poema El dios de las batallas. El autor nos acerca al horror de Gaza; su imaginación sutil y metafórica hacen un mapa del horror. Expone la muerte con dureza, no se deja nada. (Pág. 71)

    En la tercera parte del libro, titulada Con los mejores deseos. Encontramos poemas acompañados de fotografías. La fotógrafa es Claudia León Mas. Aquí aparece un autor de la memoria  que se enfrenta a los enigmas de la vida y añade misterio al mundo.  Maneja la imagen del espejo. No tanto en su fijeza como en su devenir, la imagen, de la imagen… “El agua inquieta” /“¿Cómo podré estancar el agua inquieta? / He de aprender a serenar la fuerza del cauce./ Quietud frente al anhelo./ El espejo refleja el cielo que no se alcanza.”(Pág. 39)

    Aquí tenemos a Jorge León Gustà, un poeta del siglo XXI. Estudioso de la lírica clásica. Consciente y solidario con los tiempos que nos toca vivir: los conflictos políticos, el desarrollo de la tecnología y su repercusión en el lenguaje literario. La fusión de la literatura con otras disciplinas artísticas. El autor hace maridaje entre poesía y fotografía, para alcanzar registros sensoriales más amplios. Jorge nos ofrece con Las esferas del sentir una obra que abarca el erotismo, como el principio de todo: “ahí abajo el origen del mundo”, nos dice. También hay denuncia social ante la barbarie. Hay viaje interior y exterior… y los clásicos siempre están presentes, como una antorcha que nos guía en las noches de oscuridad poética. 

  • Sobre El desierto que cruzamos de Victoria Benarroch

    Sobre El desierto que cruzamos de Victoria Benarroch

    En El desierto que cruzamos (LP 5 Editora, 2025) Victoria Benarroch se aboca y nos aboca, en fondo y forma, al misterio, parcialmente iluminado, aquí y allá, con arreglo al decir esencial, a la elipsis, a lo no pocas veces cifrado o elusivo. 

    Impresiona que en su brevedad pueda ofrecernos una cierta diversidad de temas que van desde los rigores ontológicos de su particularísima experiencia vital, pasando por los dolores del desarraigo, hasta un eros con múltiples aristas y matices, en el que prosperan no solo las vinculaciones con atributos sensuales y carnales, sino las de carácter místico. 

    Sus versos parecen haber sido esculpidos (revelados) con un cincel que no dejara luz para lo decorativo y demandara de nosotros una mirada directa sobre la carne magra del poema: la sustancia del deseo o del dolor. Aunque, casi sin hacérnoslo ver, Benarroch no escatima en recursos estilísticos que potencian una suma de brevedades expansivas: el oxímoron, la paradoja, la sinestesia, la aliteración de corto aliento…; lo que genera un complejo balance entre la economía del verso y la abundancia de sus repercusiones. 

    En esta nueva propuesta, la poeta del silencio establece puentes de comunicación muy bien apuntalados y erisados de sombras cuyo blindaje habremos de ir decodificando por insistencia —¡una sola lectura no basta!—; con lo que se nos permita atisbar el paso, verificar el cruce de un extremo al otro de cada estructura, ahora con plena sensación de logro, más tarde como si apenas hubiéramos podido conseguirlo, a rastras por el asfalto caliente. O por la arena caliente del desierto, para seguir la alegoría de la autora.

    Benarroch, como en trabajos previos, se permite muy pocas denotaciones; pero tampoco la vemos resolverse a ultranza en connotaciones múltiples ni en excesos metafóricos. El suyo es un lenguaje «natural» después de la forja, y antes bien parece contener sus verdades definitivas y, por ello, ocultas bajo los pliegues transparentes de la veladura. Percibir los contornos de una verdad, lo sabe, puede ser llevadero; mirarla directamente a los ojos, enceguecedor. 

    En ese sentido, la suya es, en El desierto que cruzamos, una poesía poco complaciente, que rehuye los facilismos de la claridad, sin, por otra parte, caer en la esterilidad de los encriptamientos. Permite el diálogo, bajo la condición de que quien lea/dialogue se desautomatice, participando de cierto nivel de extrañamiento en el que las cosas cotidianas, por poco que asomen, sean vistas como por primera vez.

    La energía del texto estructurado a fractales viene de muy lejos, de un antes ancestral, si se quiere; de un código genético que se manifiesta en Benarroch en un contrapunto de placer y nostalgia. De allá lejos procede el misterio, y el mandato de expresarlo como su naturaleza lo pide, y la contingencia de aligerar su carga trayendo su luz solo por partes. Con el bálsamo de la contención y la sabiduría del silencio.

  • EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    Eros, tiempo y lenguaje en Follar por amor, amar por placer

    El poemario ” Follar por amor, amar por placer “ se inscribe en una de las corrientes menos complacientes —y por ello más necesarias— de la poesía erótica contemporánea: aquella que no busca ni la exaltación del cuerpo como fetiche ni la sublimación romántica del deseo, sino su persistencia problemática en el tiempo, su desgaste, su reaprendizaje y su dimensión ética.

    Desde el “Prólogo para leer como epílogo”, firmado por Silvia Rins, se plantea una inversión semántica que actúa como eje conceptual del libro: el desplazamiento de jerarquías entre amor, placer, sexo y afecto, no como provocación gratuita, sino como gesto crítico.

    Uno de los primeros méritos del poemario es su conciencia de tradición. El texto dialoga abiertamente con una genealogía amplia: de la mística (Teresa de Ávila, San Juan) a la poesía amorosa moderna (Bécquer, Salinas), del mito clásico (Circe, Cupido, Cronos) a la cultura pop y científica contemporánea. Sin embargo, este diálogo no se articula desde la reverencia, sino desde la relectura irreverente. Así, en poemas como “En los brazos de Circe”, el mito es desmontado para evidenciar el sesgo patriarcal del relato clásico: la hechicera ya no es la corruptora, sino la depositaria de una compasión corporal que el héroe traiciona. La erótica aquí no idealiza: denuncia.

    Desde un punto de vista teórico, el libro se sitúa en la estela de lo que Georges Bataille definió como una erótica de la continuidad perdida del ser, pero lo hace desde una posición desencantada: el éxtasis ya no promete trascendencia. En textos como “Parábola de Cupido y el Tiempo” o “Rescoldos”, el deseo aparece sometido al desgaste biológico y emocional. El cuerpo no es eterno ni heroico: envejece, se reseca, se cansa. La sexualidad deja de ser conquista para convertirse en lenguaje mínimo, en gesto de resistencia frente al tiempo.

    La voz poética es otro de los elementos más complejos y ricos del poemario. Se trata de una voz múltiple, cambiante, que alterna registros cultos y obscenos, líricos y narrativos, solemnes e irónicos, sin que esa hibridez resulte caprichosa. Por el contrario, responde a una concepción del deseo como experiencia contradictoria. Poemas como “Safe word” o “Horror vacui” llevan al extremo esa ambigüedad: el placer aparece atravesado por la dependencia, el poder, el miedo y la entrega, sin que el texto se refugie en la corrección moral ni en el exhibicionismo pornográfico. Desde una lectura feminista y queer, este punto es crucial: el libro no estetiza el consentimiento, lo problematiza.

    Formalmente, el poemario despliega una notable variedad: verso libre, poema en prosa, composiciones métricas breves, textos narrativos extensos. Esta heterogeneidad responde a lo que podría leerse como una estética del agotamiento del molde: ninguna forma basta por sí sola para decir el deseo cuando este ha dejado de ser lineal. El tono cancioneril de poemas como “Divina canción” convive con la prosa torrencial de “Los invencibles” o “Horror vacui”, donde el lenguaje parece desbordar su propia capacidad de contención.

    Uno de los aspectos más significativos del libro es su ética del cuidado, poco habitual en la poesía erótica tradicional. Frente a la exaltación del orgasmo o la novedad, el texto reivindica la rutina, la costumbre, incluso la torpeza. “Oda a los calzoncillos” o “La voz a ti no debida” desplazan el foco hacia los gestos domésticos, los restos materiales del convivir, convirtiéndolos en signos eróticos de primer orden. Desde esta perspectiva, el poemario se acerca a lo que Roland Barthes denominó “el discurso amoroso menor”: aquel que se sostiene en lo aparentemente insignificante.

    Asimismo, el libro asume una posición crítica frente al imaginario neoliberal del deseo ilimitado. En “Inventario octosilábico” o “La culpa no fue de la monotonía”, el sexo es sometido a la lógica de la estadística, el control y la prevención, evidenciando cómo incluso la intimidad ha sido colonizada por el lenguaje de la gestión. La monotonía no es el enemigo; lo es la expectativa de intensidad constante. Este planteamiento sitúa el poemario en un territorio claramente contemporáneo.

    En términos de género literario, Follar por amor, amar por placer se distancia tanto de la poesía amorosa confesional como de la erótica celebratoria. No hay aquí promesa de redención ni nostalgia idealizante. El deseo se presenta como una práctica situada, atravesada por el tiempo, el cuerpo, la memoria y la pérdida. El poema final, “Otra manera de morir”, no cierra con un clímax, sino con una afirmación radical y sobria: tocar la vida, aun en su fragilidad, como último gesto de sentido.

    En el panorama de la poesía erótica contemporánea en lengua española, Follar por amor, amar por placer aporta un enfoque poco transitado y, precisamente por ello, valiente: el de escribir el deseo sin coartadas trascendentes, sin nostalgia de absoluto y sin la coacción de la intensidad obligatoria. El libro asume el riesgo de nombrar una sexualidad que no promete redención ni épica, pero sí responsabilidad, cuidado y verdad corporal. En un contexto literario donde el erotismo oscila con frecuencia entre la estetización complaciente y la provocación vacía, este poemario se sitúa en un lugar incómodo y fértil: el de quienes se atreven a pensar el amor y el placer cuando ya no sirven como consuelo, sino como práctica consciente de resistencia frente al tiempo. Esa es, quizá, su mayor aportación: demostrar que también en el desgaste, en la repetición y en lo frágil puede haber una poética radicalmente contemporánea.

  • Poesía de las cosas cotidianas

    Poesía de las cosas cotidianas

    Conocí a Daniel Martín Jiménez en las jornadas de Expoesía. Soria, 2015. Allí, se presentaba una magnífica antología: La herencia de los chopos y mi poemario La física del Ser. A partir de ahí, entablamos una relación que, al principio, fue, sobre todo, epistolar, pues él vivía en Alemania. Desde el primer momento, me pareció un joven sabio, discreto, sosegado, ecuánime. Que, además, escribe muy bien poesía. En 2021, a sus 34 años, presentaba en esas mismas jornadas veraniegas de Expoesía una obra que merece ser leída: Poesía de las cosas cotidianas, publicado por la editorial Lastura y prologado por Carmen Ruth Boíllos. En ella, todo va más allá de la apariencia verbal. Hay profundidad allende la epidermis de cada verso en la obra de este soriano, doctor en Física de la Materia Condensada y Nanotecnología, que trabajó como investigador postdoctoral en la universidad alemana Justus-Liebig y ahora ejerce en el Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Universitat Autònoma. No es cualquier cosa. Su brillantez formativa se palpa en este poemario, donde aparecen hermanados palabra e imagen, caligramas de atracción visual y conceptual. Más los abundantes puntos suspensivos entre corchetes, donde la elipsis lleva al lector a levantar la mirada y obligarse a construir lo ausente. Alemania y Soria. “¡Qué largos son los nudos que nos atan a otras tierras!”, se lee en “El barco”.

    Poesía de la vida cotidiana. La de todos los días, la que vivimos como humanos, en el prado que pacemos y rumiamos, donde “Lento/ persigo la vida/ lento”. Y es que, efectivamente, la poesía es la relación que el ser humano (loquens, sintiente y pensante) establece con la realidad en la que vive y mora, es decir, con las cosas cotidianas, con las que el autor establece un diálogo. Cosas habituales, de número ilimitado pero que cada uno elige, por las razones que sean, un florilegio de ellas. También en esa elección nos definimos a nosotros mismos. ¿No lo son las puertas, la bañera, la lavadora o la camisa? ¿Quizá no forman parte del listado también las nubes, las mentiras, la luna o las humedades? ¿E incluso la amanita muscaria, una luz, el cuadrado o los ovinos? Pues así, hasta un extenso compendio de “cosas”, que se cierran con la nieve. Una larga lista en la que Daniel Martín Jiménez repasa en diálogo, unas veces; en monólogo, otras, sus elementos poéticos cotidianos. Es el poeta, que tira de la primera persona: “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Es el poeta que camina en tercera persona, definiendo realidades, como escribe en “Las mentiras”: “Cuando hay una verdad tan profunda/ que no la ocultan ya ni las palabras”. Es el poeta que dialoga con esas cosas, que quedan personalizadas con el cariño que las aborda: “Yo no te pinché,/ tú me atrapaste entero”, se lee en “El espagueti y el tenedor”. Las cosas de la vida cotidiana, como el amor que se descubre tan veladamente en varios poemas. Por ejemplo, en “El estrecho”: “Como dos placas tectónicas/ fuimos erosionando nuestra piel”. O en “Los bombones”: “Pralinés son tus labios”.

    La palabra y la imagen, lo fónico y lo visual. ¿Qué, si no, son los magníficos poemas, cuyo título ya nos lleva a la percepción visual, tan bien conseguida y editada. He ahí  los titulados “La aspiradora”, “La serpentina”, “El prisma”, “La bombilla”, “El paraguas” o el Sí del No de “Más mentiras”? 

    “Tejí y curé cada destrozo y cada tela”. Has tejido, Daniel, una obra con palabras hilvanadas en su justa medida. En un poemario de las cosas cotidianas que va más allá de la cotidianidad de las cosas. Porque la escritura poética, para ti, revela una realidad que la ciencia de lo nanotecnológico te ha descubierto traspasando los fenómenos que nos regalan los sentidos. Y has sabido conjugar lo sensorial con lo que está más allá de lo aparente, has logrado articular lo cotidiano universal con lo que trajina debajo y el lector agudo ha de saber conquistar.

    Por supuesto, mis palabras no agotan, ni mucho menos, la riqueza de esta obra, poliédrica en sí misma, en la que el poeta lanza su sentir y el lector descubre un mundo, unos mundos, porque toda gran poesía, y esta lo es, sugiere, propone, insinúa, alude y evoca. “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Poesía de las cosas cotidianas, de Daniel Martín Jiménez.

  • LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    LLUVIA DE CRISTAL, Dolors Fernández Guerrero

    La verdad no siempre se revela mediante pruebas, informes o confesiones. A veces aparece fragmentada, insinuada, suspendida en una imagen o en una frase que no empuja la acción, sino que la detiene. En “Lluvia de cristal” esos momentos existen: son los pasajes poéticos que atraviesan la narración como grietas por las que asoma una verdad más honda que la estrictamente argumental.

    Esta reseña propone una lectura distinta de la novela: no desde el hilo de los hechos, sino desde aquellos fragmentos en los que el lenguaje se densifica y la historia deja de avanzar para mirarse a sí misma. No se trata de resolver el enigma — eso ya ocurre –, sino de comprender qué dice realmente la obra cuando deja de explicar y empieza a sugerir.

    Existir en la mirada del otro

    “Existir en la mirada del otro o simplemente no ser.”

    Esta frase podría leerse como el eje moral de toda la novela. En una sola línea se condensa la fragilidad identitaria de los personajes: la necesidad de ser vistos, reconocidos, confirmados por los demás. La mirada del otro construye o anula. Amar, vigilar, desear o dominar son, en el fondo, distintas formas de mirar.

    La verdad que aquí se insinúa es incómoda: nadie existe del todo si no es visto, y esa dependencia abre la puerta tanto al vínculo como a la violencia.

    El cuerpo como lugar de la verdad

    “Cualquier observador externo lo habría confundido con una momia del nuevo siglo a punto de quebrarse.”

    El cuerpo herido aparece desde el inicio como símbolo central. Vendado, inmovilizado, reducido a objeto clínico, deja de ser sujeto para convertirse en superficie de lectura. No hay épica en el dolor, solo precariedad.

    Este pasaje introduce una idea que reaparece a lo largo de la novela: el cuerpo no miente, pero tampoco explica. Está ahí, expuesto, como prueba muda. La verdad no se grita, se encarna.

    Un mundo sin garantías

    “El mundo era un lugar hostil y su presencia allí, de lo más cuestionable.”

    Aquí la prosa se vuelve casi aforística. No describe una situación concreta, sino una sensación de fondo: vivir en un espacio donde nadie está del todo a salvo ni del todo legitimado.

    Este fragmento prepara al lector para aceptar que la justicia no será limpia ni completa. La novela no promete consuelo. Sugiere, desde muy pronto, que no hay un orden moral que proteja a los inocentes, solo equilibrios frágiles que pueden romperse.

    Las máscaras del dolor

    “Los payasos siempre le habían parecido los seres más tristes del universo.”

    La imagen del payaso introduce el tema de la máscara, fundamental en la obra. Quien hace reír oculta su pena; quien aparenta normalidad esconde el daño. Esta frase, aparentemente ligera, anticipa el doble fondo de muchos personajes y la hipocresía de un entorno que prefiere no ver.

    Lo más visible suele ser lo menos verdadero. La novela insiste en esa paradoja.

    Islas urbanas

    “Los balcones eran pequeñas islas suspendidas en el aire.”

    La ciudad aparece como un archipiélago humano: cercanía física, distancia emocional. Cada personaje observa desde su balcón, desde su parcela, sin cruzar del todo al territorio del otro.

    Aquí se formula una verdad social de gran calado: la convivencia no garantiza comunidad, y esa fragmentación permite que el horror se instale sin ser inmediatamente percibido.

    El dolor administrado

    El gotero escanciaba la medicación.”

    Un solo verbo transforma el hospital en espacio ritual. La medicina se sirve como un vino sin celebración, como una liturgia sin fe. El cuidado es técnico, repetitivo, impersonal.

    La novela señala así otra verdad incómoda: el sistema atiende, pero no acompaña. El sufrimiento se gestiona, no se comprende.

    Infancia y lucidez

    “Un brillo salvaje iluminó los ojos cristalinos del niño.”

    En los pasajes dedicados a los niños, la poética se vuelve más oscura. La infancia no es un territorio de inocencia, sino de resistencia. Ese brillo no es ingenuo: es miedo, lucidez y determinación.

    La verdad que emerge es devastadora: los niños entienden más de lo que los adultos quieren admitir, y pagan por ello un precio que nadie debería pagar.

    Persistir

    Vivir era persistir, a pesar de todo y de todos.”

    En Fuen se concentra una mirada distinta: la de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa. Tejer, caminar, observar, insistir. Persistir no es vencer, es no desaparecer.

    Esta frase introduce una verdad menos oscura, pero no ingenua: la vida continúa no por esperanza, sino por voluntad y cansancio.

    La confesión velada

    El texto final, “la catana”, ocupa un lugar singular. No necesita fragmentarse porque funciona como una pieza de prosa poética completa, donde la verdad deja de insinuarse y se roza abiertamente. No hay arrepentimiento ni redención, solo, deseo y amenaza.

    Aquí la novela se permite decir lo que antes solo sugería: la violencia nace de la frustración, del amor no correspondido, de la mirada negada. No hay excusa, pero sí una exposición moral sin adornos.

    Final: lo que queda

    Al final de Lluvia de cristal, la verdad no adopta la forma de una sentencia ni de un cierre tranquilizador. Queda dispersa en imágenes: un cuerpo herido, unos ojos que miran, una catana guardada, una mujer que sigue caminando por el barrio.

    El lector sabe, no porque alguien se lo haya dicho todo, sino porque ha aprendido a leer entre líneas.

    La verdad no se proclamó, se dejó caer. 

    Y quien quiso verla, la vio.

  • Drawing Death’s Sting

    Drawing Death’s Sting

    Origami Doll: New and Collected Poems, by Shirley McClure, edited by Jane Clarke, Arlen House, 168 pp, €15, ISBN: 978-1851322107

    Poet Shirley McClure sadly died in September 2016 as a result of a return bout of cancer, the disease to which she had so artfully alluded in her poem “Mastectomy”, published nearly fifteen years ago. This recent edition of her collected poems should attract readers who know her reputation but may be unfamiliar with much of her poetry. For long-time followers, it offers an excellent chance to revisit nearly all her published work, today every bit as fresh and relevant as when it was first published, and to enjoy reading some thirty-one new and previously uncollected poems.

    McClure started writing poems at an early age and continued to do so occasionally until she began her serious, lifelong dedication to poetry at the age of forty. Interestingly, she attended Trinity College in the 1980s along with several women who were eventually to become known as writers. These included novelist Anne Enright and poet Jane Clarke, along with Eina McHugh, who surprised Irish readers with To Call Myself Beloved, a successful memoir dealing with the Troubles and a woman’s personal struggle to overcome its disastrous effects on her life.

    McClure’s first published collection was several years in the making, refined over and over. She submitted it three times in reworked versions for the highly prestigious Patrick Kavanagh Poetry Award for a best first collection, finally gaining second place in 2009. This persistence, combined with a dedication to perfection, became a hallmark of her career and inspired fellow writers.

    Once embarked on a serious quest, she set herself the goal of – insofar as such a thing might be possible – living her life as a working poet. The magnitude of such an undertaking is more than daunting and it would have been easy to call her objective an illusory one. But she managed in large part to achieve her aim by filling her life with workshops, community literary activities around Co Wicklow and, at times, a full schedule of readings throughout Ireland and abroad, another achievement that was a source of inspiration for writers.

    A deceptive and hard-won simplicity was always a major key to McClure’s distinctive writing style. As a result, it is notable that quite a few of her poems are highly memorable, harking back to times when a public appreciation of poetry was more general than today and perhaps poetry was relatively more about the reader. An important milestone in her career was travelling to the US to attend a workshop led by former poet laureate Billy Collins. More than an influence, Billy Collins’s acclaimed poetry and successful career represent above all a confirmation of the acceptability of the irreverent and light-hearted style that characterises much of Shirley McClure’s most memorable poetry even though, unlike Collins, she always wrote in several different registers.

    Uncommonly for a writer, McClure made contact on a personal level with many people as a result of her workshops and community activities. People she met were frequently surprised to encounter the characteristic reserve and shyness of a person whose poetry was typically described using adjectives such as bold, sexy and flirty. This apparent disjuncture illustrates the difference between the personality of a poet and the personae that can be displayed in writing. Poetry affords writers an outstanding possibility to unveil some of the less apparent facets of their personality and this aspect of writing was essential to the nature of Shirley McClure’s poetry.

    Who’s Counting?, her first published collection, included in its entirety in the present volume, reads very well today. Although her work clearly continued to evolve as her style became more refined, many of the poems included in this volume are able to stand with her best and deserve to be widely read and seriously contemplated today. Since the writer’s stature has grown along with a string of significant prizes, it is worthwhile now to revisit her earlier writing. Readers are bound to make new discoveries even among the poems that might have initially attracted less attention. Solid poems are able to withstand the test of time, and some of McClure’s reveal their multi-layered texture on rereading, being susceptible to new readings while revealing nuances of style and technique. On the other hand, even the simplest and most straightforward of her poems – perhaps especially these – hold their value precisely because of their directness and simplicity. The diverse themes explored in this first collection include, along with lighter topics, love relationships, the infirmity and loss of family members, and her experience with cancer. These divergent themes, treated in turn with a droll touch or with deep sincerity, are united in an affirmative philosophical approach to life most often expressed with a wry wit.

    A significant poem included in this collection is “Mastectomy”. McClure approached this delicate subject in a strikingly unusual and light-hearted manner, choosing to draw some of its sting by pretending to make light of the effects of a disease that strikes many women, often at an early age and without warning. The resulting poem probably provided an intended measure of solace to some of the women who had undergone this difficult experience by displaying the courage needed to share her own troubles and by putting misfortune in a more life-affirming, less devastating context. Her approach illustrates the subtlety that can be found in her earlier writing as she makes use of an extended metaphor in referring to a pair of china mugs: “You get given /certain things in twos- // love-birds, book-ends // matching china tea mugs ‑ ” Typically, the poem progresses implacably towards a strong conclusion: “there are still the days /when there is company for breakfast (…) it is good to know / that there are two // extra special, same but different / unchipped breakfast blue mugs // made to grace / your table.”

    From the beginning McClure’s poetry has been identified as being written from a clearly feminine point of view. In her first collection, this sensibility was manifest in her choice of subject matter, but it was her brash freedom of expression that demanded attention, the outspoken and teasing tone of her verse seeming to entail a subtextual message that a woman should be able to feel free to be, act and express herself any way she pleases. If such a notion may seem less novel today, it has not lost its force. In her later poetry, McClure began to include poems that refer to women in general, usually in an oblique way. Examples of these are the title poems of Origami Doll, the volume under discussion here, and of her second book, Stone Dress. Both of these poems have been widely published.

    Stone Dress, also included entirely in this volume, was published in 2015 by Arlen House. This collection reveals a consolidated style as the writer reprises some of the themes of her first collection and adds to these pillars a broad variety of whimsical reflections elaborated with cool confidence and unerring wit, and occasionally, by way of contrast, with delicate sincerity. Thematic divisions present in her first volume have been dropped since the various topics have now become more tightly bound together. Included are several poems reflecting on the experience of being a cancer patient. While not avoiding gruesome details and bizarre situations, the poet ably reduces their power to dismay by transforming them into occasions for humorous treatment.

    The thirty-one new poems included in Origami Doll are likely to appear quite familiar to followers of Shirley McClure’s poetry since several topics are revisited, along with a variety of new ones, while characteristic stylistic traits reappear, but with quite a few surprises. Despite the familiarity of style and content, the poems are fresh as well as substantial while reading them has the flavour of running into an old friend. Quite a few of these poems are retrospective, sometimes referring to events referenced in her previous collections. Opening this volume of collected works with the new poem “Sweet Apples” was an inspired editing choice since this poem manages to beautifully summarise in just a few lines the encouraging lessons that may be drawn from McClure’s remarkably congruent life and work. This is followed by the title poem, already well on its way to becoming an iconic example of the subtle traits found in Shirley McClure’s poetry pushed to their extreme as the writer first extends a metaphor, then stretches it to an enigmatic conclusion.

    In Origami Doll, the poems of a writer’s entire career whisper to each other as the newer ones shed light on the earlier ones and vice versa. The whole is a remarkably consistent body of work thanks in part to the careful original editing of the two previously published collections. Read all together, the poems take the form of a sort of ongoing conversation, underpinned by a stable philosophical view, often looping back to pick up on themes elaborated previously. This cohesion makes this volume of collected works by far the best way to read McClure’s poetry.

    The Shirley McClure Poetry Prize, awarded annually at the Los Gatos Irish Writers Festival, celebrated in Listowel’s sister town in California, ensures that the poet and her work will be remembered in Ireland and abroad. But since the typical shelf life of poetry volumes today is dishearteningly short, this publication of her collective work is significant. It also offers readers a convenient way to approach the whole body of McClure’s poetry. A lot of good reading will be found in its pages.

  • César Ibáñez París, una obra plural

    César Ibáñez París, una obra plural

    A finales de noviembre, me llegó la noticia de que, en los Encuentros Literarios de Burgos, un acontecimiento que merece la pena conocer, el escritor César Ibáñez París intervendría en la Sala Polisón, del Teatro Principal, el día 9 de diciembre, con su obra La venus de las matrioskas. A partir de tal información, me vino a la memoria todo un río de recuerdos, tanto personales como literarios, de este autor, tan prolífico como interesante. Estos encuentros de Burgos abarcan medio año, nada más y nada menos, con heterogeneidad de actividades, que van desde la feria del libro a tales intervenciones, en las que participan autores como Juan Manuel de Prada, Jorge Freire, Llamazares o el autor del que ahora hablamos. 

    La novela de cartel de Ibáñez París fue publicada en el año 2020 y, por varias razones, entre otras por su riqueza intertextual, fue galardonada, ese mismo año, con el XXX Premio Santa Isabel de Narrativa, que otorga la Diputación de Zaragoza. El jurado justificó tal distinción, entre todas las novelas presentadas, por «su ritmo, intriga, fluidez y calidad», a lo que añadía, “el gran sentido del humor y la habilidad con la que se plantea la historia, donde cada personaje tiene una identidad propia”. Merecido premio, sin duda. Pero la producción literaria de César Ibáñez va mucho más allá de esta obra que nos ha servido de acicate para hablar del autor. 

    Nació en Zaragoza, en el año 1963 y se licenció en esta milenaria ciudad en  Filología Hispánica. Desde 1990, vive en Soria, donde se ha dedicado a la enseñanza, como profesor de instituto y desarrolla una importante labor intelectual. Su obra literaria es prolífica, plural y variada, en la que ha entreverado con maestría lírica y narrativa, sin desatender el ensayo. De lectura obligatoria son poemarios suyos como  La máscara blanca, Intemperies, Cántaro y otros límites, Églogas invernales, La ruta de la sed o Savia y vuelo, entre otros. En sus títulos novelísticos, baste nombrar obras como Los frutos caídos, La cueva de los diez acertijos, Donde viven los muertos o la de nuestro motivo, La venus de las matrioskas. Obra narrativa en general que ha merecido varios premios como el Juana Santacruz del Ateneo Español de México, el Avelino Hernández o el ya comentado de la Diputación zaragozana.

    Las herramientas de César Ibáñez París están bien definidas y afiladas, tanto para su cultivo de la poesía como de la narrativa, sea novela o cuento. César conoce bien la lengua, como medio y como fin. Se ha pasado su vida dedicado a ella, sembrando la parcela con los alumnos y puliéndola mejor en la escritura, desde muy pronto. Y, además de la lengua, las estrategias que definen el hecho literario. Por eso, ha sido compensado en varias ocasiones  con diferentes premios, como se dice más arriba. Lean, y comprueben, si no, lo que digo en la novela que nos ha impelido a escribir este texto, La venus de las matrioskas, donde el entramado y el ritmo narrativo no tienen nada que envidiar. Pero también lo pueden hacer con cualquiera otra o con uno de sus poemarios.
    En todo autor, hay obras o poemas sueltos que no solo se leen muchas veces, por las razones que sean. Es que también los habitamos, cuando el lector los hace suyos. La palabra tiene historia y no solo es instrumento frío y objetivo para la relación diaria prosaica. Tiene historia compartida que nos define. Y, al redactar esto, me vino a la memoria aquello que decía Aldous Huxley sobre las palabras: que pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente. Pasan a través de todo. Permítanme que añada que, bien saboreadas, las de nuestro autor traspasan la piel del lector. Por eso, me parece una oportunidad, desde Barcelona, destacar uno de sus poemas ejemplares, que Ibáñez París arma, que diría un argentino, a partir de los préstamos que ha recibido el castellano a lo largo de los siglos, como todas las lenguas los reciben. Su abertura expositiva queda explícita:

    Cuando digo ojalá, estoy hablando en árabe;

    cuando digo mesías, en hebreo.

    Cuando llamo a Sofía o llamo a Irene, 

    en griego estoy nombrando.

    Si escribo violonchelo

    es la lengua de Italia la que escribo,

    y si escribo parterre, la de Francia.

    Al decir chocolate, canoa, colibrí,

    un continente nuevo

    nace  de las palabras o semillas.

    Si digo capicúa, lo pienso en catalán;

    si morriña, en gallego;

    si chacolí, en vasco.

    Cuando el vagón avanza por el túnel,

    me rodea el inglés.

    y hasta puedo dictar una palabra 

    en el idioma de los polinesios:

    tabú. ¡Propicia Torre de Babel!

    Si hablando en mi español

    en todas las lenguas

    digo lo que deseo y me disgusta,

    es porque el mundo entero es mi lugar

    y todos los hablantes, compañeros.

    No es un sueño sublime,

    es un hecho. Negarlo

    es negar que la luz nos ilumina.

    Quien usa las palabras como armas

    es un traidor. Merece 

    un mundo de gruñidos y bullanga

    y chirridos y truenos y estertores.

    Merece un mundo sin significados.

    Abran las páginas de sus libros (prosa o verso) y compartan lo que han sentido: atmósfera nebulosa, cielo clareado, sonrisa, ironía, inquietud, misterio, intriga, camino lineal, bifurcaciones… La Literatura está para definir todas las situaciones humanas, a través del verso o del renglón lineal narrativo, de margen izquierdo al derecho. La poesía, con frecuencia, va más allá de la lírica y se convierte en principio léxico instrumental, mediante el que el poeta lanza toda una declaración porque las lenguas nos definen y, a veces, nos atrapan y delimitan. Desde ahí, nos habla con su verso y bien que lo sabe hacer César: “Menudea el lenguaje,/ da un vuelo hasta los ojos o el oído/ y siembra el pensamiento/… Somos lo que decimos y nos dicen,/ las voces y las páginas./ Procura que te hablen/ los que tienen raíz,/ los que conducen savia,/ y procura tú hablar también desde la tierra”. Así lo leemos en uno de sus poemas, el titulado “La semilla”. Sembrado queda en su vasta y plural cosecha literaria, bien estercolada. César Ibáñez París, con su obra plural y abierta.