Reseñas

  • Herida, de Alberto Omar Walls

    Herida, de Alberto Omar Walls

    Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto Omar para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

    En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

    “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

    Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

    Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

    He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente. 

    Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

    Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido. 

    Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

    Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida a la que escribe Alberto Omar es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa. Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento. 

  • Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty, Plural ed. 2023

    Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty, Plural ed. 2023

    Moxos (2023), del poeta boliviano Christian Jiménez Kanahuaty, es algo más que una simple colección de poemas; es un mapa sensorial y existencial del territorio mojeño, una región de la Amazonía boliviana cargada de historia, mito y resistencia. A lo largo de treinta y cinco poemas numerados, el autor se mueve entre la contemplación del paisaje y la interrogación identitaria, entre la memoria colectiva y la experiencia íntima.

    Los temas centrales de este poemario se pueden dividir en torno al agua, el tiempo y el desarraigo. El agua, especialmente el río Apere, es la columna vertebral del poemario: la fuerza creadora, el camino, la memoria y la testigo del paso del tiempo. Junto al agua, el tiempo se presenta como un río de doble corriente: el tiempo cíclico de la naturaleza y el tiempo histórico, marcado por la colonización, la explotación y la pérdida. Finalmente, el desarraigo es el tercer gran eje. La voz poética se reconoce como “visitante”, “forastero” o “intruso”, incluso cuando habla desde la pertenencia. 

    La estructura numerada sugiere un diario de viaje en el que los poemas son estaciones de un mismo recorrido espiritual y geográfico. La falta de títulos individuales refuerza la idea de un flujo continuo, similar al discurrir del río.

    Kanahuaty emplea un lenguaje con versos largos que de pronto se quiebran en imágenes concentradas. El tono es mayormente contemplativo, pero estalla en momentos de rabia o ironía. Hay referencias a Aleixandre, Melville, Dante, Dylan Thomas o al poeta místico Kabir.

    Moxos puede leerse como una ecopoética andino-amazónica, donde la escritura es un acto de escucha del territorio. Deja que el paisaje hable a través del poema y evita la idealización bucólica. La pobreza, la podredumbre y la herida colonial también están presentes. 

    Como conclusión, Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty es un libro necesario en la poesía boliviana contemporánea. No solo documenta un territorio, sino que lo encarna en un lenguaje que es a la vez canto y elegía, mapa y brújula. Es una obra recomendable para lectores interesados en la poesía latinoamericana, la ecocrítica y las narrativas decoloniales.

  • Mi fondo, mi forma. Jesús Abreu (Ed. Idea)

    Mi fondo, mi forma. Jesús Abreu (Ed. Idea)

    Jesús A. Abreu Luis, nacido en Santa Cruz de Tenerife. Reside en Pedro Álvarez, Tegueste. Actualmente está jubilado. Trabajó 45 años como Técnico Experto en Protección Radiológica en el HUC.

    Ha asistido a varios cursos de escritura y recibido varios Premios: 2º premio del Concurso de Relatos de Humor de la Editorial Diversidad Literaria. 3º premio en el certamen de relatos y poesía Cueva de Unicornios. 3º premio en el II Concurso del Día Internacional de Las Familias. Finalista en el Festival Índice 2019.

    Ha publicado en ediciones corales, también en las revistas Acte Virtual, Tamasma Cultural y Canarias literaria, con varias poesías.

    El poemario «Mi fondo, mi forma» se presenta como un mapa poético de la condición humana contemporánea, trazando los límites entre lo material y lo metafísico, lo individual y lo colectivo.

    Estructura

    La obra se organiza en cuatro zonas que reflejan una progresión desde lo universal hacia lo íntimo, aunque manteniendo constante la interconexión entre estos planos:

    1. Zona Ello: Lo objetivo, lo material.
    2. Zona Tú: El otro como frontera y espejo.
    3. Zona Él-Ella: Lo afectivo (familia, amores, pérdidas).
    4. Zona Yo: La subjetividad.

    El poema inicial «Vertedero» establece el tono del libro: una visión de la realidad donde «la vida y la muerte se relativizan». El vertedero como metáfora del universo cuántico donde todo se «disgrega y se agrega».

    En «Palabra Mundo«, el poema, sin puntuación, explora la capacidad creadora del lenguaje: «nada es sin palabra que lo haga ser». La palabra aparece como instrumento de dominio, pero también como sustancia de nuestra identidad: «somos la carne del verbo».

    Poemas como «La herida» muestran una fascinación por lo corpóreo en su vulnerabilidad. La herida que «brilla cuando se hincha de pus» se erige en símbolo de una belleza grotesca que termina formando parte de la identidad, en una dialéctica entre dolor y existencia.

    «Tragedia» aborda lo religioso desde una perspectiva desmitificadora, describiendo rituales con «actores de madera, con muchas tablas» y «capirote[s] que aguijonean el aire». La tradición se presenta como teatro colectivo donde se representa el dolor como espectáculo.

    En «Datos» y otros poemas, el libro critica la «desnaturalización en los actos» de la era digital, donde la identidad se reduce a «guiones escritos/en busca de una identidad/de rebaño». La paradoja de creerse único mientras se siguen «huellas repisadas» refleja la contradicción fundamental de la hiperconectividad.

    El poema «Depresión» logra una descripción del vacío existencial: «los mañanas son calcos del hoy». La imagen de tener «la vida/machacada en un mortero» comunica con precisión la experiencia de la enfermedad mental.

    Lenguaje

    El lenguaje oscila entre lo coloquial y lo filosófico, incorporando léxico científico («partículas subatómicas», «interacciones cuánticas») junto a expresiones cotidianas. El uso de la enumeración caótica (como en «Mundo infinito») crea efectos de acumulación que reflejan la saturación sensorial contemporánea.

    La estructura en versos, generalmente libres, pero con ritmo interno marcado, permite exploraciones temáticas extensas sin perder intensidad. La repetición de conceptos como «paradoja», «infinito» y «huella» teje una red de significados que unifica el conjunto.

    Otros

    • «Asáltame»: Un poema-programa que define la poesía como «un ático sin paredes sin techo sin suelo» y la invoca como fuerza que irrumpe en lo cotidiano.
    • «Amor»: Una reflexión sobre la diferencia entre escribir sobre el amor y escribir desde el amor, con imágenes memorables como «es salir por la puerta y no proyectar sombra».
    • «Madre»: De una belleza contenida: «mi madre no cabe en la caja/de fósforos donde guardo/mis tesoros».
    • «La montaña roja (El Médano)»: Evocación de la juventud y la libertad, con referencias culturales que van de Pink Floyd a Jimi Hendrix.

    Conclusión

    «Mi fondo, mi forma» de Jesús Abreu es un poemario ambicioso que no teme confrontar las grandes preguntas existenciales desde una perspectiva contemporánea. Su mérito principal reside en la honestidad brutal con que aborda temas como la mortalidad, la identidad fracturada, el amor y la pérdida, sin caer en el nihilismo gratuito ni en el consuelo fácil.

    El autor demuestra una voz distintiva que combina mirada microscópica (la herida, la lágrima) con perspectiva telescópica (el universo, la especie). El resultado es una obra que, como el vertedero que la inicia, contiene tanto el hedor de la descomposición como los «colores de la subsistencia» —testimonio poético de una humanidad que busca significado en la era del dato y la desconexión.

    Un libro necesario para quienes buscan poesía que dialogue sin concesiones con nuestro tiempo, ofreciendo no respuestas, sino preguntas.

  • Como fuman los murciélagos

    Como fuman los murciélagos

    Dado que fue la primera novela de Carmen Ruth Boíllos, conocida por su trayectoria poética, resulta fácil caer en la tentación de abrirla y leerla, a ver qué nos encontramos. El título también invita a ello pues esa elipsis sintáctica de una oración compleja atrae la curiosidad, bien nos deje en la tesitura de si interpretarla como condicional, como causal o como todo lo demás que haya pasado por las entrañas de la autora. En cualquier caso, el verbo y el sustantivo plural me retrotrajeron directamente a ciertas escenas de la niñez. Pero hacerlas aflorar con el artefacto de la palabra es la grandeza de la creación literaria. Y humana, Tan es así que solo algunos parece que son capaces de convertirlo en universal porque en poco tiempo me encontré con textos narrativos en los que se conjuga el mismo verbo y se exhibe el mismo nombre. Por ejemplo: una crónica titulada “¿Fuman tabaco los murciélagos?”, que empieza con otra interrogación, tan irónica como realista: “¿La estupidez humana se hereda?”. E incluso una exposición, con gran resonancia en la prensa hace unos años, de la Fundación Vila Casas, que reunía los originales de los carteles de “Cigarrillos París” y algún periódico lo titulaba, gráficamente, “Cuando fumar era también cosa de niños, muertos y murciélagos”. 

    Aquí entra nuestra obra. De veinticinco estampas. Con Mario presente (al final, en la memoria definitiva) y el verbo narrativo en primera persona para que la verosimilitud no se cuestione. Chicos y chicas, paseando por todos los vericuetos de la niñez y tramando hazañas pero ¡ojo! que “Los chicos no podían soportar por más tiempo que les ganásemos por goleada” (las chicas ya sabían dónde estaban). Creo, sinceramente, que este nuevo camino de Carmen Ruth Boíllos es acertado. Acertado porque ha conseguido llevar a palabra literaria lo que pretende un escritor: construir y reconstruir un mundo. Sea costumbrista, realista, mágico o imaginario. ¿Una crónica? Todo es ficción en el arte. Es lo que tenemos los humanos. 

    Como fuman los murciélagos. Ahí la tienen, en una edición exquisita de Huerga y Fierro, con trabajo redondo de Antonio y Charo… más los que les rodean. Pero, sobre todo, con el objetivo conseguido de la autora, que regresa a su primera memoria y le da forma en Fuentes del Duero (“donde vagamos con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”), que son cualesquiera fuentes donde la vida esculpe perfiles y, vertiendo de una manera u otra, triunfa. La escritura. Como fuman los murciélagos (condicional, causal o comparativa) es una auténtica metáfora, que se goza cuando uno camina por los intersticios de esta obra, por esas entrañas que se describen y narran con pasión, que es lo que viene mostrando Boíllos en su creación literaria, poética, con títulos siempre orientadores de su concepción de la realidad, dinámica y comprometida: Vulnerables, Quejido y ternura o el más reciente poemario, Liturgia de los Vencidos. Añádase su implicación en trabajos colectivos como en La herencia de los chopos. Esa es la realidad creadora desde que empezó a lanzarse con acento y verbo al ruedo de la escritura. 

    Como fuman los murciélagos. La narradora nos sitúa en un Macondo particular: Fuentes de Duero, el pueblo donde se reconstruye un mundo, que la protagonista narradora vivió, gozó e imaginó. Saint-Exupéry decía que “todas las personas mayores fueron al principio niños aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Carmen Ruth lo evoca y nos lo pone en palabra para que nosotros, lectores de su obra, nos lancemos al recuerdo porque aquel que fuimos es la raíz del que somos. Y, si los murciélagos fumaban, era por el atrevimiento humano del juguete tonto… y, además, aquí, doloroso. Los murciélagos no verán pero fueron víctimas de ojos ciegos humanos. Ni la infancia fue un paraíso ni la infancia fue un infierno: “Si hay algo que caracterizaba nuestras andanzas por las calles de Fuentes eran las mil y una travesuras que cada fin de semana tramábamos y hacíamos realidad”. Fue una etapa más que iba modelando, sin darnos cuenta, las siguientes en las que ahora estamos, incluso para escribir una primera novela como esta. “Durante meses vagamos por Fuentes con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”. El narrador/ narradora deja constancia escrita, en primera persona, de un mundo que brota en su interior como una palpitación de la palabra. “La memoria es un barco a la deriva” se convierte en la llave asertiva y copulativa que abre la obra. Y la cierra en pasado verbal: “El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio. Hubo palabras, hubo personas, hubo silencio”. Es lo que tienen las tragedias. Se empieza fumando, como juguete de murciélago, y se acaba en el mayor de los silencios.

    Un escenario, unos tiempos, unos personajes, unas historias. “Aquel lugar encierra muchos más recuerdos y vivencias. Mil conversaciones, risas, borracheras, demostraciones de fuerza, de orgullo y de vanidad. Por suerte sus paredes carecen de lengua y no podrán desvelar tantos secretos compartidos”. Un libro para saborear, que ocupa lo suficiente: 100 páginas de relato… pero que deja impronta, como delicia verbal que no hay que perderse. Se lee una mañana a la sombra fresca de cualquier árbol de un parque de Barcelona, Madrid o Caracas. Carmen Ruth Boíllos. Como fuman los murciélagos. “Ese brillo que un día se volvió oscuridad”. 

  • La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    Introducción: la belleza como verdad reconocida

    Existe un momento, cuando leemos un poema, en que algo se detiene dentro de nosotros. No es únicamente admiración por la precisión de sus palabras ni por la armonía de sus versos, sino una forma más profunda de reconocimiento. Decimos: qué hermoso. Y, sin embargo, esa impresión de belleza no siempre depende de la perfección métrica ni del virtuosismo formal. A menudo nace de otro lugar.

    Tradicionalmente se ha asociado la belleza poética a la musicalidad, a la imagen brillante o a la arquitectura impecable del verso. Pero la experiencia lectora demuestra que hay poemas técnicamente sencillos que nos conmueven más que otros formalmente complejos. Esto sucede cuando el poema logra encarnar una verdad emocional, cuando convierte una experiencia íntima en una imagen que el lector siente como propia.

    La belleza, en estos casos, no reside únicamente en cómo está escrito el poema, sino en lo que revela. Surge cuando el lenguaje no solo describe, sino que hace visible una forma de estar en el mundo. Cuando la palabra crea un espacio donde la fragilidad, la memoria o el afecto encuentran una forma duradera.

    En este sentido, la belleza de un poema no reside exclusivamente en la perfección de su métrica ni en la brillantez aislada de sus metáforas, sino en una conjunción más compleja: la capacidad de crear un espacio emocional verdadero, la autenticidad de la experiencia que transmite, la coherencia de su universo simbólico y la intensidad silenciosa con la que logra interpelar al lector. La belleza poética nace, sobre todo, cuando el lector reconoce en el poema una forma de verdad. Mariana y su perra Canela pertenece a esta categoría: su belleza no es solo verbal, sino afectiva, simbólica y reveladora.

    I. El espacio íntimo: la habitación como universo simbólico

    En Mariana y su perra Canela, Lola García Jaramillo construye un poema de apariencia sencilla que, sin embargo, contiene una profunda reflexión sobre la imaginación, la infancia y la fidelidad. La autora sitúa la escena en un espacio íntimo y protegido, donde la lectura no es solo una actividad, sino una forma de habitar el mundo.

    Desde sus primeros versos, el poema crea una atmósfera de suspensión mediante una imagen de gran eficacia simbólica: “Bajo la mansa luz de la tarde, / en un cuarto de estrellas prendidas,”. La habitación deja de ser un espacio físico concreto para convertirse en un lugar interior, casi sagrado. La expresión “estrellas prendidas” sugiere no solo la iluminación material, sino el encendido de la conciencia imaginativa.

    II. La lectura como experiencia de transformación

    Este carácter transformador se desarrolla plenamente en una de las metáforas centrales del poema: “sus páginas abiertas son un jardín, / mientras recorre su bosque de letras,”. La autora convierte el acto de leer en una experiencia física, espacial y vital.

    El jardín simboliza el crecimiento y el descubrimiento, mientras el bosque introduce la dimensión del misterio. La lectura no aparece como recepción pasiva, sino como exploración activa. Esta idea se confirma en el verso “Mariana navega su nube de papel,”, donde el libro deja de ser objeto y se convierte en territorio.

    La lectura es, en este sentido, una forma de libertad, pero también de refugio.

    III. Canela: la lealtad como presencia protectora

    Frente a este viaje interior, la figura de Canela adquiere un valor simbólico fundamental. La autora construye su presencia a partir de una imagen de gran ternura: “la mira con ojos de miel serena,”. La miel introduce una cualidad afectiva que trasciende lo visual.

    Esta dimensión se intensifica cuando el poema afirma:

    “A su lado, sereno guardián del alma, / Canela la vela con tierna lealtad,”.

    El verbo “velar” introduce una dimensión ética y emocional. Canela no es solo compañía, sino custodia.

    IV. El lenguaje del silencio: plenitud sin palabras

    Uno de los momentos más logrados del poema aparece en los versos: “mientras el silencio las arropa / como un susurro hecho canción.”. Aquí, el silencio no es ausencia, sino forma de comunicación.

    El poema encuentra en esta imagen una de sus claves estéticas: la belleza como expresión de una intimidad compartida.

    V. El reino compartido: el afecto como construcción

    La culminación simbólica aparece en la última estrofa: “Juntas habitan un reino de ensueño, / dos almas bordadas por un mismo afecto,”.

    El verso final, “unidas por un lazo puro y perfecto.”, sintetiza el núcleo temático del poema.

    Un amor sin conflicto.

    Un amor sin condiciones.

    Un amor que existe sin necesidad de justificarse.

    VI. Valoración estética y conclusión

    Desde el punto de vista formal, el poema destaca por su coherencia simbólica y su claridad expresiva. Lola García Jaramillo demuestra que la belleza poética no depende necesariamente de la complejidad formal, sino de la autenticidad expresiva.

    La belleza de este poema reside en su verdad.

    En su capacidad de preservar un instante.

    En su forma de nombrar la lealtad como refugio.

  • Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Barcelona-Galicia, Isabel García Díaz, Ed. Vitruvio, 2025

    Nos encontramos ante una colección de relatos breves que componen un mosaico íntimo y evocador de la memoria personal de Isabel García Díaz. La voz narrativa recorre distintas etapas de su vida, desde la infancia hasta la vejez, con una mirada que oscila entre la nostalgia, la ironía sutil y la reflexión melancólica.

    Entre los distintos relatos se distinguen una serie de temas recurrentes: 

    La memoria y el tiempo: El libro es, ante todo, un ejercicio de recuperación del pasado. Los recuerdos se estructuran alrededor de objetos cotidianos (un piano mudo, una máquina de escribir, una bandeja), rituales domésticos (la limpieza de la ropa blanca, la compra en comercios de barrio), figuras familiares (abuelo, padres, profesoras) y pequeños hitos vitales (la primera nieve, la comunión, la pérdida). El tiempo se presenta como un río que arrastra costumbres, olores, sabores y formas de vida, dejando a la narradora en una especie de orilla desde la que observa, ya con distancia, aquello que fue.

    La pérdida y la ausencia: Es un eje central que va ganando peso a medida que avanzan los relatos. La muerte de los padres, la desaparición de un mundo (el de la infancia, el de los comercios tradicionales, el de ciertos rituales sociales) y la conciencia del paso del tiempo impregnan el tono de una tristeza serena y resignada.

    El contraste entre pasado y presente: Se establece una dicotomía constante entre un pasado percibido como más auténtico, cálido, lleno de sentido comunitario y belleza en los detalles (“blanca era la mortaja”), y un presente desconcertante, gris, acelerado y a veces alienante (“El peso del presente, lleno de tantos colores que la desconcertaban”, “las nuevas tecnologías son vertiginosas”). Este contraste no es meramente nostálgico; a veces está teñido de humor o de crítica sutil hacia la pérdida de humanidad.

    La importancia de los objetos y los rituales: Los objetos no son inertes; son depositarios de afectos, símbolos de un estatus social (la ropa blanca, el juego de café de porcelana), testigos de la historia familiar y puertas de acceso a la memoria. Los rituales (ir a misa, comprar galletas, pegar cupones en la libreta de ahorro) dotan de estructura y significado a la existencia.

    La construcción de la identidad: La narradora se va formando a través de las miradas de los otros (la profesora que la llama “Díez”), de los descubrimientos literarios (Azorín, los versos de Bécquer), del aprendizaje (la máquina de escribir, las clases de dibujo) y de las pérdidas. Su voz reflexiva, a menudo autoirónica (“pensarían que soy una persona obsoleta”), revela un proceso continuo de autoconocimiento.

    La estructura en forma de relatos breves y con títulos imita el funcionamiento de la memoria: flashes, instantáneas, escenas aisladas, pero que, en conjunto, crean un retrato completo. No hay un orden cronológico estricto, sino asociativo que imita el fluir del recuerdo.

    Isabel García Díaz utiliza un lenguaje claro y evocador. La prosa es precisa y cargada de sensorialidad (olores a piel y galletas, tacto del papel secante, sonido de la radio). Utiliza imágenes poéticas pero nunca rebuscadas (“los alfileres de la nostalgia”, “el balcón de los recuerdos”).

    El tono del libro es intimista y contemplativo. La voz narrativa invita al lector a asomarse a su mundo interior. Hay una alternancia entre la perspectiva inocente de la niña y la mirada lúcida y cansada de la mujer adulta, lo que añade profundidad.

    Cabe destacar también el humor sutil que atraviesa algunos pasajes. Aunque predomina la melancolía, surgen destellos de ternura irónica que alivian el tono y humanizan aún más el relato.

    En definitiva, este texto es una elegía en prosa a una Barcelona, a una Galicia y a una forma de vida que ya no existen. Es un homenaje a los “personajes secundarios” (familia, profesores, comerciantes) que conforman nuestro universo afectivo. Más allá de los escenarios barceloneses y gallegos, que actúan como un poderoso telón de fondo lleno de referencias locales (calles, comercios, costumbres), el libro habla de una experiencia universal: el paso del tiempo, la persistencia de la memoria y la lucha por encontrar significado y belleza en lo cotidiano, incluso frente a la pérdida.

    La autora logra conmover no por grandes dramas, sino por la acumulación de verdades pequeñas y bien observadas. Es un libro para leer lentamente, saboreando cada relato como quien mira una vieja fotografía, reconociendo en la historia de otra los ecos de la propia. Una lectura delicada, profunda y memorable.

  • Las esferas del sentir. Jorge León Gustà. Ed. Los Papeles de Brighton. 2025. 

    Las esferas del sentir. Jorge León Gustà. Ed. Los Papeles de Brighton. 2025. 

    “Futuros de posibilidades” 

    El último es un verso del libro, que resume la esencia de la obra poética de Jorge León Gustà. Su poesía siempre es un reto de estilo y de propuesta vital.

    Es Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de Educación Secundaria. Ha combinado las clases con la investigación literaria. Especialmente centrada en la poesía y el teatro del Siglo de Oro. Es autor  de diferentes tipos de libros: escolares, de investigación y de poesía propia. Es autor también de una estupenda y deliciosa Antología de Poesía. No pueden los sueños. Poesía del sueño erótico del siglo de oro. Editorial Animal Sospechoso.  Barcelona. 2025. Este libro nace de una intención muy concreta, que es, explicar un sueño. Y con ello, revisa toda la tradición de la poesía española.

    En el mismo año, 2025, el autor publica Las esferas del sentir. Editado en la ciudad de Madrid por la editorial Los papeles de Brighton. La misma editorial que ya publicó el libro de ensayos “Un soneto  me manda hacer violante…” y otras historias de la Literatura. (2023). Bajo su autoría.

    En Las esferas… profundiza en su búsqueda y confirma su camino hacia un territorio propio. El carácter elegíaco aparece con la consciencia de la duda y la incertidumbre. Se centra en dos motivos fundamentales: alrededor de la pandemia de 2020 y la experiencia de la muerte. Sus poemas nacen de un fondo minimalista, que combina sentimientos y retórica en la introspección del lenguaje. Ese lenguaje siempre volcado en la riqueza de sentidos. No cae en ningún momento en el coloquialismo; utiliza un tono equilibrado y un permanente diálogo con la tradición. Hay citas de Gustavo Adolfo Bécquer, Lope de Vega y Francisco de Aldana.  León Gustà es un poeta que busca “conocer para emocionar”. 

    Jorge ha escrito un libro profundamente biográfico; construye con sus versos un diario de heridas, un diario de experiencias reveladoras, un diario de ausencias que de una u otra forma se convierten en encuentros. (Pág. 22)

    En el poema El dios de las batallas. El autor nos acerca al horror de Gaza; su imaginación sutil y metafórica hacen un mapa del horror. Expone la muerte con dureza, no se deja nada. (Pág. 71)

    En la tercera parte del libro, titulada Con los mejores deseos. Encontramos poemas acompañados de fotografías. La fotógrafa es Claudia León Mas. Aquí aparece un autor de la memoria  que se enfrenta a los enigmas de la vida y añade misterio al mundo.  Maneja la imagen del espejo. No tanto en su fijeza como en su devenir, la imagen, de la imagen… “El agua inquieta” /“¿Cómo podré estancar el agua inquieta? / He de aprender a serenar la fuerza del cauce./ Quietud frente al anhelo./ El espejo refleja el cielo que no se alcanza.”(Pág. 39)

    Aquí tenemos a Jorge León Gustà, un poeta del siglo XXI. Estudioso de la lírica clásica. Consciente y solidario con los tiempos que nos toca vivir: los conflictos políticos, el desarrollo de la tecnología y su repercusión en el lenguaje literario. La fusión de la literatura con otras disciplinas artísticas. El autor hace maridaje entre poesía y fotografía, para alcanzar registros sensoriales más amplios. Jorge nos ofrece con Las esferas del sentir una obra que abarca el erotismo, como el principio de todo: “ahí abajo el origen del mundo”, nos dice. También hay denuncia social ante la barbarie. Hay viaje interior y exterior… y los clásicos siempre están presentes, como una antorcha que nos guía en las noches de oscuridad poética. 

  • Sobre El desierto que cruzamos de Victoria Benarroch

    Sobre El desierto que cruzamos de Victoria Benarroch

    En El desierto que cruzamos (LP 5 Editora, 2025) Victoria Benarroch se aboca y nos aboca, en fondo y forma, al misterio, parcialmente iluminado, aquí y allá, con arreglo al decir esencial, a la elipsis, a lo no pocas veces cifrado o elusivo. 

    Impresiona que en su brevedad pueda ofrecernos una cierta diversidad de temas que van desde los rigores ontológicos de su particularísima experiencia vital, pasando por los dolores del desarraigo, hasta un eros con múltiples aristas y matices, en el que prosperan no solo las vinculaciones con atributos sensuales y carnales, sino las de carácter místico. 

    Sus versos parecen haber sido esculpidos (revelados) con un cincel que no dejara luz para lo decorativo y demandara de nosotros una mirada directa sobre la carne magra del poema: la sustancia del deseo o del dolor. Aunque, casi sin hacérnoslo ver, Benarroch no escatima en recursos estilísticos que potencian una suma de brevedades expansivas: el oxímoron, la paradoja, la sinestesia, la aliteración de corto aliento…; lo que genera un complejo balance entre la economía del verso y la abundancia de sus repercusiones. 

    En esta nueva propuesta, la poeta del silencio establece puentes de comunicación muy bien apuntalados y erisados de sombras cuyo blindaje habremos de ir decodificando por insistencia —¡una sola lectura no basta!—; con lo que se nos permita atisbar el paso, verificar el cruce de un extremo al otro de cada estructura, ahora con plena sensación de logro, más tarde como si apenas hubiéramos podido conseguirlo, a rastras por el asfalto caliente. O por la arena caliente del desierto, para seguir la alegoría de la autora.

    Benarroch, como en trabajos previos, se permite muy pocas denotaciones; pero tampoco la vemos resolverse a ultranza en connotaciones múltiples ni en excesos metafóricos. El suyo es un lenguaje «natural» después de la forja, y antes bien parece contener sus verdades definitivas y, por ello, ocultas bajo los pliegues transparentes de la veladura. Percibir los contornos de una verdad, lo sabe, puede ser llevadero; mirarla directamente a los ojos, enceguecedor. 

    En ese sentido, la suya es, en El desierto que cruzamos, una poesía poco complaciente, que rehuye los facilismos de la claridad, sin, por otra parte, caer en la esterilidad de los encriptamientos. Permite el diálogo, bajo la condición de que quien lea/dialogue se desautomatice, participando de cierto nivel de extrañamiento en el que las cosas cotidianas, por poco que asomen, sean vistas como por primera vez.

    La energía del texto estructurado a fractales viene de muy lejos, de un antes ancestral, si se quiere; de un código genético que se manifiesta en Benarroch en un contrapunto de placer y nostalgia. De allá lejos procede el misterio, y el mandato de expresarlo como su naturaleza lo pide, y la contingencia de aligerar su carga trayendo su luz solo por partes. Con el bálsamo de la contención y la sabiduría del silencio.

  • EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    EL DESEO CUANDO EL MITO SE APAGA

    Eros, tiempo y lenguaje en Follar por amor, amar por placer

    El poemario ” Follar por amor, amar por placer “ se inscribe en una de las corrientes menos complacientes —y por ello más necesarias— de la poesía erótica contemporánea: aquella que no busca ni la exaltación del cuerpo como fetiche ni la sublimación romántica del deseo, sino su persistencia problemática en el tiempo, su desgaste, su reaprendizaje y su dimensión ética.

    Desde el “Prólogo para leer como epílogo”, firmado por Silvia Rins, se plantea una inversión semántica que actúa como eje conceptual del libro: el desplazamiento de jerarquías entre amor, placer, sexo y afecto, no como provocación gratuita, sino como gesto crítico.

    Uno de los primeros méritos del poemario es su conciencia de tradición. El texto dialoga abiertamente con una genealogía amplia: de la mística (Teresa de Ávila, San Juan) a la poesía amorosa moderna (Bécquer, Salinas), del mito clásico (Circe, Cupido, Cronos) a la cultura pop y científica contemporánea. Sin embargo, este diálogo no se articula desde la reverencia, sino desde la relectura irreverente. Así, en poemas como “En los brazos de Circe”, el mito es desmontado para evidenciar el sesgo patriarcal del relato clásico: la hechicera ya no es la corruptora, sino la depositaria de una compasión corporal que el héroe traiciona. La erótica aquí no idealiza: denuncia.

    Desde un punto de vista teórico, el libro se sitúa en la estela de lo que Georges Bataille definió como una erótica de la continuidad perdida del ser, pero lo hace desde una posición desencantada: el éxtasis ya no promete trascendencia. En textos como “Parábola de Cupido y el Tiempo” o “Rescoldos”, el deseo aparece sometido al desgaste biológico y emocional. El cuerpo no es eterno ni heroico: envejece, se reseca, se cansa. La sexualidad deja de ser conquista para convertirse en lenguaje mínimo, en gesto de resistencia frente al tiempo.

    La voz poética es otro de los elementos más complejos y ricos del poemario. Se trata de una voz múltiple, cambiante, que alterna registros cultos y obscenos, líricos y narrativos, solemnes e irónicos, sin que esa hibridez resulte caprichosa. Por el contrario, responde a una concepción del deseo como experiencia contradictoria. Poemas como “Safe word” o “Horror vacui” llevan al extremo esa ambigüedad: el placer aparece atravesado por la dependencia, el poder, el miedo y la entrega, sin que el texto se refugie en la corrección moral ni en el exhibicionismo pornográfico. Desde una lectura feminista y queer, este punto es crucial: el libro no estetiza el consentimiento, lo problematiza.

    Formalmente, el poemario despliega una notable variedad: verso libre, poema en prosa, composiciones métricas breves, textos narrativos extensos. Esta heterogeneidad responde a lo que podría leerse como una estética del agotamiento del molde: ninguna forma basta por sí sola para decir el deseo cuando este ha dejado de ser lineal. El tono cancioneril de poemas como “Divina canción” convive con la prosa torrencial de “Los invencibles” o “Horror vacui”, donde el lenguaje parece desbordar su propia capacidad de contención.

    Uno de los aspectos más significativos del libro es su ética del cuidado, poco habitual en la poesía erótica tradicional. Frente a la exaltación del orgasmo o la novedad, el texto reivindica la rutina, la costumbre, incluso la torpeza. “Oda a los calzoncillos” o “La voz a ti no debida” desplazan el foco hacia los gestos domésticos, los restos materiales del convivir, convirtiéndolos en signos eróticos de primer orden. Desde esta perspectiva, el poemario se acerca a lo que Roland Barthes denominó “el discurso amoroso menor”: aquel que se sostiene en lo aparentemente insignificante.

    Asimismo, el libro asume una posición crítica frente al imaginario neoliberal del deseo ilimitado. En “Inventario octosilábico” o “La culpa no fue de la monotonía”, el sexo es sometido a la lógica de la estadística, el control y la prevención, evidenciando cómo incluso la intimidad ha sido colonizada por el lenguaje de la gestión. La monotonía no es el enemigo; lo es la expectativa de intensidad constante. Este planteamiento sitúa el poemario en un territorio claramente contemporáneo.

    En términos de género literario, Follar por amor, amar por placer se distancia tanto de la poesía amorosa confesional como de la erótica celebratoria. No hay aquí promesa de redención ni nostalgia idealizante. El deseo se presenta como una práctica situada, atravesada por el tiempo, el cuerpo, la memoria y la pérdida. El poema final, “Otra manera de morir”, no cierra con un clímax, sino con una afirmación radical y sobria: tocar la vida, aun en su fragilidad, como último gesto de sentido.

    En el panorama de la poesía erótica contemporánea en lengua española, Follar por amor, amar por placer aporta un enfoque poco transitado y, precisamente por ello, valiente: el de escribir el deseo sin coartadas trascendentes, sin nostalgia de absoluto y sin la coacción de la intensidad obligatoria. El libro asume el riesgo de nombrar una sexualidad que no promete redención ni épica, pero sí responsabilidad, cuidado y verdad corporal. En un contexto literario donde el erotismo oscila con frecuencia entre la estetización complaciente y la provocación vacía, este poemario se sitúa en un lugar incómodo y fértil: el de quienes se atreven a pensar el amor y el placer cuando ya no sirven como consuelo, sino como práctica consciente de resistencia frente al tiempo. Esa es, quizá, su mayor aportación: demostrar que también en el desgaste, en la repetición y en lo frágil puede haber una poética radicalmente contemporánea.

  • Poesía de las cosas cotidianas

    Poesía de las cosas cotidianas

    Conocí a Daniel Martín Jiménez en las jornadas de Expoesía. Soria, 2015. Allí, se presentaba una magnífica antología: La herencia de los chopos y mi poemario La física del Ser. A partir de ahí, entablamos una relación que, al principio, fue, sobre todo, epistolar, pues él vivía en Alemania. Desde el primer momento, me pareció un joven sabio, discreto, sosegado, ecuánime. Que, además, escribe muy bien poesía. En 2021, a sus 34 años, presentaba en esas mismas jornadas veraniegas de Expoesía una obra que merece ser leída: Poesía de las cosas cotidianas, publicado por la editorial Lastura y prologado por Carmen Ruth Boíllos. En ella, todo va más allá de la apariencia verbal. Hay profundidad allende la epidermis de cada verso en la obra de este soriano, doctor en Física de la Materia Condensada y Nanotecnología, que trabajó como investigador postdoctoral en la universidad alemana Justus-Liebig y ahora ejerce en el Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Universitat Autònoma. No es cualquier cosa. Su brillantez formativa se palpa en este poemario, donde aparecen hermanados palabra e imagen, caligramas de atracción visual y conceptual. Más los abundantes puntos suspensivos entre corchetes, donde la elipsis lleva al lector a levantar la mirada y obligarse a construir lo ausente. Alemania y Soria. “¡Qué largos son los nudos que nos atan a otras tierras!”, se lee en “El barco”.

    Poesía de la vida cotidiana. La de todos los días, la que vivimos como humanos, en el prado que pacemos y rumiamos, donde “Lento/ persigo la vida/ lento”. Y es que, efectivamente, la poesía es la relación que el ser humano (loquens, sintiente y pensante) establece con la realidad en la que vive y mora, es decir, con las cosas cotidianas, con las que el autor establece un diálogo. Cosas habituales, de número ilimitado pero que cada uno elige, por las razones que sean, un florilegio de ellas. También en esa elección nos definimos a nosotros mismos. ¿No lo son las puertas, la bañera, la lavadora o la camisa? ¿Quizá no forman parte del listado también las nubes, las mentiras, la luna o las humedades? ¿E incluso la amanita muscaria, una luz, el cuadrado o los ovinos? Pues así, hasta un extenso compendio de “cosas”, que se cierran con la nieve. Una larga lista en la que Daniel Martín Jiménez repasa en diálogo, unas veces; en monólogo, otras, sus elementos poéticos cotidianos. Es el poeta, que tira de la primera persona: “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Es el poeta que camina en tercera persona, definiendo realidades, como escribe en “Las mentiras”: “Cuando hay una verdad tan profunda/ que no la ocultan ya ni las palabras”. Es el poeta que dialoga con esas cosas, que quedan personalizadas con el cariño que las aborda: “Yo no te pinché,/ tú me atrapaste entero”, se lee en “El espagueti y el tenedor”. Las cosas de la vida cotidiana, como el amor que se descubre tan veladamente en varios poemas. Por ejemplo, en “El estrecho”: “Como dos placas tectónicas/ fuimos erosionando nuestra piel”. O en “Los bombones”: “Pralinés son tus labios”.

    La palabra y la imagen, lo fónico y lo visual. ¿Qué, si no, son los magníficos poemas, cuyo título ya nos lleva a la percepción visual, tan bien conseguida y editada. He ahí  los titulados “La aspiradora”, “La serpentina”, “El prisma”, “La bombilla”, “El paraguas” o el Sí del No de “Más mentiras”? 

    “Tejí y curé cada destrozo y cada tela”. Has tejido, Daniel, una obra con palabras hilvanadas en su justa medida. En un poemario de las cosas cotidianas que va más allá de la cotidianidad de las cosas. Porque la escritura poética, para ti, revela una realidad que la ciencia de lo nanotecnológico te ha descubierto traspasando los fenómenos que nos regalan los sentidos. Y has sabido conjugar lo sensorial con lo que está más allá de lo aparente, has logrado articular lo cotidiano universal con lo que trajina debajo y el lector agudo ha de saber conquistar.

    Por supuesto, mis palabras no agotan, ni mucho menos, la riqueza de esta obra, poliédrica en sí misma, en la que el poeta lanza su sentir y el lector descubre un mundo, unos mundos, porque toda gran poesía, y esta lo es, sugiere, propone, insinúa, alude y evoca. “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Poesía de las cosas cotidianas, de Daniel Martín Jiménez.