La verdad no siempre se revela mediante pruebas, informes o confesiones. A veces aparece fragmentada, insinuada, suspendida en una imagen o en una frase que no empuja la acción, sino que la detiene. En “Lluvia de cristal” esos momentos existen: son los pasajes poéticos que atraviesan la narración como grietas por las que asoma una verdad más honda que la estrictamente argumental.
Esta reseña propone una lectura distinta de la novela: no desde el hilo de los hechos, sino desde aquellos fragmentos en los que el lenguaje se densifica y la historia deja de avanzar para mirarse a sí misma. No se trata de resolver el enigma — eso ya ocurre –, sino de comprender qué dice realmente la obra cuando deja de explicar y empieza a sugerir.
Existir en la mirada del otro
“Existir en la mirada del otro o simplemente no ser.”
Esta frase podría leerse como el eje moral de toda la novela. En una sola línea se condensa la fragilidad identitaria de los personajes: la necesidad de ser vistos, reconocidos, confirmados por los demás. La mirada del otro construye o anula. Amar, vigilar, desear o dominar son, en el fondo, distintas formas de mirar.
La verdad que aquí se insinúa es incómoda: nadie existe del todo si no es visto, y esa dependencia abre la puerta tanto al vínculo como a la violencia.
El cuerpo como lugar de la verdad
“Cualquier observador externo lo habría confundido con una momia del nuevo siglo a punto de quebrarse.”
El cuerpo herido aparece desde el inicio como símbolo central. Vendado, inmovilizado, reducido a objeto clínico, deja de ser sujeto para convertirse en superficie de lectura. No hay épica en el dolor, solo precariedad.
Este pasaje introduce una idea que reaparece a lo largo de la novela: el cuerpo no miente, pero tampoco explica. Está ahí, expuesto, como prueba muda. La verdad no se grita, se encarna.
Un mundo sin garantías
“El mundo era un lugar hostil y su presencia allí, de lo más cuestionable.”
Aquí la prosa se vuelve casi aforística. No describe una situación concreta, sino una sensación de fondo: vivir en un espacio donde nadie está del todo a salvo ni del todo legitimado.
Este fragmento prepara al lector para aceptar que la justicia no será limpia ni completa. La novela no promete consuelo. Sugiere, desde muy pronto, que no hay un orden moral que proteja a los inocentes, solo equilibrios frágiles que pueden romperse.
Las máscaras del dolor
“Los payasos siempre le habían parecido los seres más tristes del universo.”
La imagen del payaso introduce el tema de la máscara, fundamental en la obra. Quien hace reír oculta su pena; quien aparenta normalidad esconde el daño. Esta frase, aparentemente ligera, anticipa el doble fondo de muchos personajes y la hipocresía de un entorno que prefiere no ver.
Lo más visible suele ser lo menos verdadero. La novela insiste en esa paradoja.
Islas urbanas
“Los balcones eran pequeñas islas suspendidas en el aire.”
La ciudad aparece como un archipiélago humano: cercanía física, distancia emocional. Cada personaje observa desde su balcón, desde su parcela, sin cruzar del todo al territorio del otro.
Aquí se formula una verdad social de gran calado: la convivencia no garantiza comunidad, y esa fragmentación permite que el horror se instale sin ser inmediatamente percibido.
El dolor administrado
“El gotero escanciaba la medicación.”
Un solo verbo transforma el hospital en espacio ritual. La medicina se sirve como un vino sin celebración, como una liturgia sin fe. El cuidado es técnico, repetitivo, impersonal.
La novela señala así otra verdad incómoda: el sistema atiende, pero no acompaña. El sufrimiento se gestiona, no se comprende.
Infancia y lucidez
“Un brillo salvaje iluminó los ojos cristalinos del niño.”
En los pasajes dedicados a los niños, la poética se vuelve más oscura. La infancia no es un territorio de inocencia, sino de resistencia. Ese brillo no es ingenuo: es miedo, lucidez y determinación.
La verdad que emerge es devastadora: los niños entienden más de lo que los adultos quieren admitir, y pagan por ello un precio que nadie debería pagar.
Persistir
“Vivir era persistir, a pesar de todo y de todos.”
En Fuen se concentra una mirada distinta: la de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa. Tejer, caminar, observar, insistir. Persistir no es vencer, es no desaparecer.
Esta frase introduce una verdad menos oscura, pero no ingenua: la vida continúa no por esperanza, sino por voluntad y cansancio.
La confesión velada
El texto final, “la catana”, ocupa un lugar singular. No necesita fragmentarse porque funciona como una pieza de prosa poética completa, donde la verdad deja de insinuarse y se roza abiertamente. No hay arrepentimiento ni redención, solo, deseo y amenaza.
Aquí la novela se permite decir lo que antes solo sugería: la violencia nace de la frustración, del amor no correspondido, de la mirada negada. No hay excusa, pero sí una exposición moral sin adornos.
Final: lo que queda
Al final de Lluvia de cristal, la verdad no adopta la forma de una sentencia ni de un cierre tranquilizador. Queda dispersa en imágenes: un cuerpo herido, unos ojos que miran, una catana guardada, una mujer que sigue caminando por el barrio.
El lector sabe, no porque alguien se lo haya dicho todo, sino porque ha aprendido a leer entre líneas.
Origami Doll: New and Collected Poems, by Shirley McClure, edited by Jane Clarke, Arlen House, 168 pp, €15, ISBN: 978-1851322107
Poet Shirley McClure sadly died in September 2016 as a result of a return bout of cancer, the disease to which she had so artfully alluded in her poem “Mastectomy”, published nearly fifteen years ago. This recent edition of her collected poems should attract readers who know her reputation but may be unfamiliar with much of her poetry. For long-time followers, it offers an excellent chance to revisit nearly all her published work, today every bit as fresh and relevant as when it was first published, and to enjoy reading some thirty-one new and previously uncollected poems.
McClure started writing poems at an early age and continued to do so occasionally until she began her serious, lifelong dedication to poetry at the age of forty. Interestingly, she attended Trinity College in the 1980s along with several women who were eventually to become known as writers. These included novelist Anne Enright and poet Jane Clarke, along with Eina McHugh, who surprised Irish readers with To Call Myself Beloved, a successful memoir dealing with the Troubles and a woman’s personal struggle to overcome its disastrous effects on her life.
McClure’s first published collection was several years in the making, refined over and over. She submitted it three times in reworked versions for the highly prestigious Patrick Kavanagh Poetry Award for a best first collection, finally gaining second place in 2009. This persistence, combined with a dedication to perfection, became a hallmark of her career and inspired fellow writers.
Once embarked on a serious quest, she set herself the goal of – insofar as such a thing might be possible – living her life as a working poet. The magnitude of such an undertaking is more than daunting and it would have been easy to call her objective an illusory one. But she managed in large part to achieve her aim by filling her life with workshops, community literary activities around Co Wicklow and, at times, a full schedule of readings throughout Ireland and abroad, another achievement that was a source of inspiration for writers.
A deceptive and hard-won simplicity was always a major key to McClure’s distinctive writing style. As a result, it is notable that quite a few of her poems are highly memorable, harking back to times when a public appreciation of poetry was more general than today and perhaps poetry was relatively more about the reader. An important milestone in her career was travelling to the US to attend a workshop led by former poet laureate Billy Collins. More than an influence, Billy Collins’s acclaimed poetry and successful career represent above all a confirmation of the acceptability of the irreverent and light-hearted style that characterises much of Shirley McClure’s most memorable poetry even though, unlike Collins, she always wrote in several different registers.
Uncommonly for a writer, McClure made contact on a personal level with many people as a result of her workshops and community activities. People she met were frequently surprised to encounter the characteristic reserve and shyness of a person whose poetry was typically described using adjectives such as bold, sexy and flirty. This apparent disjuncture illustrates the difference between the personality of a poet and the personae that can be displayed in writing. Poetry affords writers an outstanding possibility to unveil some of the less apparent facets of their personality and this aspect of writing was essential to the nature of Shirley McClure’s poetry.
Who’s Counting?, her first published collection, included in its entirety in the present volume, reads very well today. Although her work clearly continued to evolve as her style became more refined, many of the poems included in this volume are able to stand with her best and deserve to be widely read and seriously contemplated today. Since the writer’s stature has grown along with a string of significant prizes, it is worthwhile now to revisit her earlier writing. Readers are bound to make new discoveries even among the poems that might have initially attracted less attention. Solid poems are able to withstand the test of time, and some of McClure’s reveal their multi-layered texture on rereading, being susceptible to new readings while revealing nuances of style and technique. On the other hand, even the simplest and most straightforward of her poems – perhaps especially these – hold their value precisely because of their directness and simplicity. The diverse themes explored in this first collection include, along with lighter topics, love relationships, the infirmity and loss of family members, and her experience with cancer. These divergent themes, treated in turn with a droll touch or with deep sincerity, are united in an affirmative philosophical approach to life most often expressed with a wry wit.
A significant poem included in this collection is “Mastectomy”. McClure approached this delicate subject in a strikingly unusual and light-hearted manner, choosing to draw some of its sting by pretending to make light of the effects of a disease that strikes many women, often at an early age and without warning. The resulting poem probably provided an intended measure of solace to some of the women who had undergone this difficult experience by displaying the courage needed to share her own troubles and by putting misfortune in a more life-affirming, less devastating context. Her approach illustrates the subtlety that can be found in her earlier writing as she makes use of an extended metaphor in referring to a pair of china mugs: “You get given /certain things in twos- // love-birds, book-ends // matching china tea mugs ‑ ” Typically, the poem progresses implacably towards a strong conclusion: “there are still the days /when there is company for breakfast (…) it is good to know / that there are two // extra special, same but different / unchipped breakfast blue mugs // made to grace / your table.”
From the beginning McClure’s poetry has been identified as being written from a clearly feminine point of view. In her first collection, this sensibility was manifest in her choice of subject matter, but it was her brash freedom of expression that demanded attention, the outspoken and teasing tone of her verse seeming to entail a subtextual message that a woman should be able to feel free to be, act and express herself any way she pleases. If such a notion may seem less novel today, it has not lost its force. In her later poetry, McClure began to include poems that refer to women in general, usually in an oblique way. Examples of these are the title poems of Origami Doll, the volume under discussion here, and of her second book, Stone Dress. Both of these poems have been widely published.
Stone Dress, also included entirely in this volume, was published in 2015 by Arlen House. This collection reveals a consolidated style as the writer reprises some of the themes of her first collection and adds to these pillars a broad variety of whimsical reflections elaborated with cool confidence and unerring wit, and occasionally, by way of contrast, with delicate sincerity. Thematic divisions present in her first volume have been dropped since the various topics have now become more tightly bound together. Included are several poems reflecting on the experience of being a cancer patient. While not avoiding gruesome details and bizarre situations, the poet ably reduces their power to dismay by transforming them into occasions for humorous treatment.
The thirty-one new poems included in Origami Doll are likely to appear quite familiar to followers of Shirley McClure’s poetry since several topics are revisited, along with a variety of new ones, while characteristic stylistic traits reappear, but with quite a few surprises. Despite the familiarity of style and content, the poems are fresh as well as substantial while reading them has the flavour of running into an old friend. Quite a few of these poems are retrospective, sometimes referring to events referenced in her previous collections. Opening this volume of collected works with the new poem “Sweet Apples” was an inspired editing choice since this poem manages to beautifully summarise in just a few lines the encouraging lessons that may be drawn from McClure’s remarkably congruent life and work. This is followed by the title poem, already well on its way to becoming an iconic example of the subtle traits found in Shirley McClure’s poetry pushed to their extreme as the writer first extends a metaphor, then stretches it to an enigmatic conclusion.
In Origami Doll, the poems of a writer’s entire career whisper to each other as the newer ones shed light on the earlier ones and vice versa. The whole is a remarkably consistent body of work thanks in part to the careful original editing of the two previously published collections. Read all together, the poems take the form of a sort of ongoing conversation, underpinned by a stable philosophical view, often looping back to pick up on themes elaborated previously. This cohesion makes this volume of collected works by far the best way to read McClure’s poetry.
The Shirley McClure Poetry Prize, awarded annually at the Los Gatos Irish Writers Festival, celebrated in Listowel’s sister town in California, ensures that the poet and her work will be remembered in Ireland and abroad. But since the typical shelf life of poetry volumes today is dishearteningly short, this publication of her collective work is significant. It also offers readers a convenient way to approach the whole body of McClure’s poetry. A lot of good reading will be found in its pages.
A finales de noviembre, me llegó la noticia de que, en los Encuentros Literarios de Burgos, un acontecimiento que merece la pena conocer, el escritor César Ibáñez París intervendría en la Sala Polisón, del Teatro Principal, el día 9 de diciembre, con su obra La venus de las matrioskas. A partir de tal información, me vino a la memoria todo un río de recuerdos, tanto personales como literarios, de este autor, tan prolífico como interesante. Estos encuentros de Burgos abarcan medio año, nada más y nada menos, con heterogeneidad de actividades, que van desde la feria del libro a tales intervenciones, en las que participan autores como Juan Manuel de Prada, Jorge Freire, Llamazares o el autor del que ahora hablamos.
La novela de cartel de Ibáñez París fue publicada en el año 2020 y, por varias razones, entre otras por su riqueza intertextual, fue galardonada, ese mismo año, con el XXX Premio Santa Isabel de Narrativa, que otorga la Diputación de Zaragoza. El jurado justificó tal distinción, entre todas las novelas presentadas, por «su ritmo, intriga, fluidez y calidad», a lo que añadía, “el gran sentido del humor y la habilidad con la que se plantea la historia, donde cada personaje tiene una identidad propia”. Merecido premio, sin duda. Pero la producción literaria de César Ibáñez va mucho más allá de esta obra que nos ha servido de acicate para hablar del autor.
Nació en Zaragoza, en el año 1963 y se licenció en esta milenaria ciudad en Filología Hispánica. Desde 1990, vive en Soria, donde se ha dedicado a la enseñanza, como profesor de instituto y desarrolla una importante labor intelectual. Su obra literaria es prolífica, plural y variada, en la que ha entreverado con maestría lírica y narrativa, sin desatender el ensayo. De lectura obligatoria son poemarios suyos como La máscara blanca, Intemperies, Cántaro y otros límites, Églogas invernales, La ruta de la sedo Savia y vuelo, entre otros. En sus títulos novelísticos, baste nombrar obras como Los frutos caídos, La cueva de los diez acertijos, Donde viven los muertos o la de nuestro motivo, La venus de las matrioskas. Obra narrativa en general que ha merecido varios premios como el Juana Santacruz del Ateneo Español de México, el Avelino Hernández o el ya comentado de la Diputación zaragozana.
Las herramientas de César Ibáñez París están bien definidas y afiladas, tanto para su cultivo de la poesía como de la narrativa, sea novela o cuento. César conoce bien la lengua, como medio y como fin. Se ha pasado su vida dedicado a ella, sembrando la parcela con los alumnos y puliéndola mejor en la escritura, desde muy pronto. Y, además de la lengua, las estrategias que definen el hecho literario. Por eso, ha sido compensado en varias ocasiones con diferentes premios, como se dice más arriba. Lean, y comprueben, si no, lo que digo en la novela que nos ha impelido a escribir este texto,La venus de las matrioskas, donde el entramado y el ritmo narrativo no tienen nada que envidiar. Pero también lo pueden hacer con cualquiera otra o con uno de sus poemarios. En todo autor, hay obras o poemas sueltos que no solo se leen muchas veces, por las razones que sean. Es que también los habitamos, cuando el lector los hace suyos. La palabra tiene historia y no solo es instrumento frío y objetivo para la relación diaria prosaica. Tiene historia compartida que nos define. Y, al redactar esto, me vino a la memoria aquello que decía Aldous Huxley sobre las palabras: que pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente. Pasan a través de todo. Permítanme que añada que, bien saboreadas, las de nuestro autor traspasan la piel del lector. Por eso, me parece una oportunidad, desde Barcelona, destacar uno de sus poemas ejemplares, que Ibáñez París arma, que diría un argentino, a partir de los préstamos que ha recibido el castellano a lo largo de los siglos, como todas las lenguas los reciben. Su abertura expositiva queda explícita:
Cuando digo ojalá, estoy hablando en árabe;
cuando digo mesías, en hebreo.
Cuando llamo a Sofía o llamo a Irene,
en griego estoy nombrando.
Si escribo violonchelo
es la lengua de Italia la que escribo,
y si escribo parterre, la de Francia.
Al decir chocolate, canoa, colibrí,
un continente nuevo
nace de las palabras o semillas.
Si digo capicúa, lo pienso en catalán;
si morriña, en gallego;
si chacolí, en vasco.
Cuando el vagón avanza por el túnel,
me rodea el inglés.
y hasta puedo dictar una palabra
en el idioma de los polinesios:
tabú. ¡Propicia Torre de Babel!
Si hablando en mi español
en todas las lenguas
digo lo que deseo y me disgusta,
es porque el mundo entero es mi lugar
y todos los hablantes, compañeros.
No es un sueño sublime,
es un hecho. Negarlo
es negar que la luz nos ilumina.
Quien usa las palabras como armas
es un traidor. Merece
un mundo de gruñidos y bullanga
y chirridos y truenos y estertores.
Merece un mundo sin significados.
Abran las páginas de sus libros (prosa o verso) y compartan lo que han sentido: atmósfera nebulosa, cielo clareado, sonrisa, ironía, inquietud, misterio, intriga, camino lineal, bifurcaciones… La Literatura está para definir todas las situaciones humanas, a través del verso o del renglón lineal narrativo, de margen izquierdo al derecho. La poesía, con frecuencia, va más allá de la lírica y se convierte en principio léxico instrumental, mediante el que el poeta lanza toda una declaración porque las lenguas nos definen y, a veces, nos atrapan y delimitan. Desde ahí, nos habla con su verso y bien que lo sabe hacer César: “Menudea el lenguaje,/ da un vuelo hasta los ojos o el oído/ y siembra el pensamiento/… Somos lo que decimos y nos dicen,/ las voces y las páginas./ Procura que te hablen/ los que tienen raíz,/ los que conducen savia,/ y procura tú hablar también desde la tierra”. Así lo leemos en uno de sus poemas, el titulado “La semilla”. Sembrado queda en su vasta y plural cosecha literaria, bien estercolada. César Ibáñez París, con su obra plural y abierta.
Al caire de l’abisme. Guillem Benejam. Adia Edicions. 88 pàgines. 12 euros.
Guillem Benejam (Ciutadella, 1990) és una de les veus més sòlides entre els joves poetes en llengua catalana. Al caire de l’abisme és una proposta que emprèn un viatge d’exploració a través de la fragilitat humana, la crítica social i la naturalesa illenca. L’obra, estructurada en quatre parts, amb un pòrtic a càrrec de Pere Gomila i unes notes aclaridores del propi autor, es fonamenta en una idea central: la consciència que l’existència, tant individual com col·lectiva, es desenvolupa en la tensió constant de la precarietat, just al caire del col·lapse, un fracàs que és tant una amenaça com una oportunitat per brillar. Aquesta poesia esdevé, doncs, una reflexió que cava en el llenguatge per trobar allò que és essencial i indicible.
El títol, Al caire de l’abisme, ens interroga. Benejam gaudeix, aparentment, d’una vida satisfactòria: poeta reconegut, professor i director d’una institució com els Salesians. Aquest contrast entre l’estabilitat personal i la radicalitat del títol convida a una pregunta ineludible: de quin abisme ens parla l’autor? La conclusió és que l’obra no es refereix a cap crisi personal de l’autor, sinó a l’abisme col·lectiu.
El llibre s’inicia amb una citació del poeta Blai Bonet que afirma que «anar per terra fosca és tenir ja una fonda voluntat de brillar», marcant des del principi el to d’un optimisme que neix del fracàs. La primera part, titulada «El rostre del capvespre,» ja anticipa amb el seu to elegíac i melancòlic una invitació a reflexionar sobre la fi d’una civilització que sembla esgotar-se. Benejam utilitza la natura, especialment l’illa de Menorca i el treball del camp fet a l’antiga, com a territori per trobar el sentit de la vida.
El poeta és profundament conscient que la natura és al caire de l’extinció tal com la coneixem, víctima de la tecnologia, el turisme de masses, el capitalisme salvatge i l’agricultura intensiva. L’abisme es multiplica, incloent-hi el perill d’extinció d’una cultura i d’una llengua, el català, que l’autor estima i que veu amenaçada per «un crit inculte» i la foscor més pregona. Les ferides s’acumulen i el poemari no defuig temes com la mort dels qui s’ofeguen al mar buscant un món millor. L’art, en aquest context, emergeix com la força capaç de restaurar el desig enmig de l’absurd de l’existència.
La segona part s’endinsa en aquesta meditació sobre la foscor, evocant el passat com un territori de bellesa i esperança irrecuperable. La poesia és clarament una recerca que intenta dir allò que no es pot dir amb paraules, allò que només s’entreveu. El canvi més notable arriba a la tercera part, amb només cinc poemes que destaquen pel seu canvi formal. L’ús dels alexandrins amb cesura exigeix una formulació neta, gairebé oriental, de despullar la paraula per deixar-la només als ossos. I és precisament d’aquesta senzillesa extrema, d’aquesta veritat sense adorns, d’on brolla l’optimisme més invencible: un optimisme ferm i dur perquè sorgeix directament de la foscor i la consciència de la fragilitat.
En definitiva, Al caire de l’abisme és un poemari d’una gran honestedat intel·lectual i lírica. El concepte del «caire de l’abisme» esdevé la consciència clara de la nostra pròpia fragilitat i de com l’ésser humà viu sempre al caire del fracàs. La cita inicial de Blai Bonet es tanca amb l’obra: no hi ha ningú més optimista que aquell que es rebolca en el fang de la possible caiguda. Aquesta poesia no ofereix respostes fàcils, sinó una reflexió sobre la nostra responsabilitat d’evitar la caiguda en aquests temps confusos, mantenint l’esperança gràcies als petits rajos de llum que ens arriben.
Antonio García Lorente (Barcelona, 1969), autor de Soterránea, es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha escrito los poemarios Péndulo de luna (2001), Ambre Proper – Ámbar Cercano (2005), Variacions Essencials – Variaciones Esenciales (2014), y Barras Paralelas (2021). En prosa ha formado parte de El crack del 2009 (2011), antología de microrrelatos prologada por él mismo. Miembro de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC), García Llorente forma parte de antologías y sus poemas son publicados en revistas. Como traductor del catalán al castellano publica a diversos autores.
El poeta que lo ha alumbrado define a su cuarto poemario como «libro de poesía social y cívica». Cualquier composición poética, desde el momento en que la escribe un hombre (y más cuando procede de un gran vate, como es García Lorente, que se apoya y alimenta en esta sociedad que la ha tocado vivir/padecer) y va destinada a otros hombres (en este caso a la ciudadanía española, y aun a toda la humanidad) es social. El catalán cuya obra reseñamos, mezclando preocupaciones sociales y existenciales, permitiéndose la dura crítica a unos tiempos caracterizados por la hipocresía, la intolerancia y la represión, persigue —y encuentra—en su quehacer literario una poesía no solo perentoria (así la percibimos sus lectores), sino, hoy, del todo inevitable.
Witold Gombrowizc dijo: «La más seria dificultad de orden personal y social que debe afrontar el poeta proviene de que él, considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde arriba, pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo». García Lorente sabe evitar cualquier tentación de púlpito. Él forma parte de quienes creen que la poesía, para ser grande y apreciada, debe pensar y sentir; reflejar ideas y pasiones, los dolores y alegrías de la sociedad en que vive y se sustenta. Y todo ello con igual naturalidad que canta un pájaro en la rama: mezclándose con cuanto le rodea y modulando sutilmente su trino.
Para la primera parte de Soterránea, «El Árbol», García Lorente se inspira en la Cábala, el viejo conocimiento místico de los judíos. Método de estudio y base de un código ético para la vida, guiándose por un principio de polaridad la Cábala, sumergida en la psicología, infiere las cualidades espirituales del hombre tanto para el Bien como para el Mal. El Árbol de la Ciencia del Conocimiento del Bien y el Mal comprende al Árbol de la Vida (Árbol de las Sephirots) y al Árbol de la Muerte (Árbol de las Qliphots). Las Sephirots vendrían a ser los diez aspectos divinos de la personalidad que aúnan mente y emoción (relacionados con la luz, la astrología y la angeología, cada sephira tiene atribuido su propio ángel). Los Qliphots, cáscaras o escorias, representan fuerzas negativas y corruptas que se oponen a la luz y el orden constituyendo su lado oscuro, esto es, la perversión de la mente y la emoción.
Precedidos por un poema donde, traspasando la puerta del conocimiento y desde su conquistada integridad, asume el poeta la escasa popularidad de sus versos confiando, por lo menos, en que no sean barridos por el olvido (y la legión de lectores de MoonMagazine va a impedirlo); introducidos, decimos, por El Amanuense, los trece poemas de «El Árbol» desarrollan en bello lenguaje poético (predomina el verso libre pero la rima tiene presencia) atributos celestiales e impulsos negros que, según la Cábala, reparten equitativamente su poder. Para mejor asimilar las Sephirots y los Qliphots con presencia aquí, García Lorente incluye un diccionario (acompañado por un cuadro sinóptico) desde el que, de forma sucinta, define categorías positivas y negativas que, en eterna lucha, buscan predominar sobre el alma humana.
«El Árbol» resulta ser un varapalo sin concesiones a la clase política gobernante (genéricamente entendida). Por una de esas casualidades que a veces sacuden al lector, la reseña de estos versos, hecha a finales de junio de 2025, ha coincidido con el descubrimiento de gravísimos casos de corrupción que están haciendo tambalear al ejecutivo de la nación. Pere Gimferrer ha dicho: «Toda poesía que no persiga la contravención, expresa o tácita del sistema represivo de la sociedad, debe ser considerada como cómplice de este sistema». Optando por no pertenecer a los instrumentos funcionales de conciencia de la sociedad, evitando ser otro medio más de manipulación, la poesía de denuncia de Antonio García Llorente, haciéndose significante y útil en la tarea de abrir los ojos a esta realidad que repugna, asegura su continuidad dejando su urgente recado: solo desde nuestra inteligente y rebelde protesta hay solución.
En [1] un orador dudoso ofrece placeres y un luminoso nivel de conciencia, algo que al sagaz poeta parece otra inconsistente promesa más; [2] poetiza el gastado palabrerío de cualquier ideología, algo que al poeta hace exigir la extirpación del gigantesco tumor instalado en la vida política y, hasta entonces, refugiarse en el reino de la luz (único lugar desde el que trascender); en [3] se da otra apesadumbrada visión de la actual vida política, representada por un Parlamento dominado por insultos proferidos entre diputados engreídos y cobardes: este reino de sombras urge ser combatido; [4] muestra a gobiernos sin voz inteligente asumiendo roles de ventajistas bancarios: solo la sabiduría doblega semejante trastienda de la mentira; en [5], dominada la vida pública por una paranoia de materialismo y avaricia, el poeta orienta su mirada hacia la inteligencia; [6] muestra un alto muro que separa a poderosos, ricos y despóticos, de aquellos más necesitados que no reciben ni las migas; en [7] la quema de libros por el fanatismo, siempre bajo el pretexto de una paradójica pureza, oculta una inclemencia que atenta contra el sereno entendimiento; [8] describe esa sequía agravada por la incompetencia de los políticos, algo que hace suspirar al poeta por nubes con lluvia para todos; en [9] negros presagios de una Naturaleza atacada y contaminada son insuficientes para ahuyentar a ese explorador en busca de aquello que revitalice su fuerza vital; en [10] el egoísta interés de los políticos, su inagotable avaricia oculta en demagogias, hace que la desolación campe a su anchas en el pueblo y que este exija ya una completa regeneración; en [11] solo gracias al pensamiento libre y a una plena sexualidad el hombre, casi derrotado por la injusticia política, sigue hacia adelante; en [12] se desenmascara la afición prostibular de los políticos, y [13] denuncia vicios y corrupciones demandando de nuevo una regeneración —urgente— a través del amor y la filantropía para que la justicia presida una República limpia como los lirios.
AIN SOPF AUR [2]
[…] La política debería ser como
la cándida sonrisa de una niña,
dejar que se destiña el uniforme,
hablar las lenguas sin sufrir rechazo,
extirpar el tumor de la miseria […].
ÁRBOL DE SOL [3]
[…] Quedan los engreídos y los lerdos,
tras haberse batido en retirada
las togas ilustradas y brillantes.
No puede haber futuro en perspectiva
si se asemeja una generación
a cuernos débiles de caracoles […],
GALAMIEL [12]
Y Galamiel anoche fue de putas
con alcahuete ajeno a las disputas.
Así comieron las mejores frutas
en un festín, envidia de reclutas.
La ubicación del móvil les delata
cuando se abre el cordel y cae la bata.
Se da fe que salió por la culata
el quinto tiro de entre pata y pata.
Toda la corte está escandalizada
con el rey de mirada tan pasmada.
La meretriz al fuego está emplazada
porque es fundamental sacar tajada.
Los notables no quieren dilaciones
para vedar al pueblo otras nociones:
«Se forjan con dinero corrupciones
que no remedian ni otras erecciones».
MALKUTH [13]
[…] Nuestra morada está llena de cáscaras
que con vigor hay que desincrustar,
usando los cinceles del silencio,
y volverá a ser claro nuestro ser […].
[…] Venir en nuestro auxilio, filantrópicos
númenes, en las horas más aciagas
y derrocad a nuestra Kali Yuga,
aunque el esfuerzo sea nuestro coste
tanto en la intimidad como en lo público,
a fin de que en sesión de investidura
Malkuth sea elegido presidente
de la eterna República del Lirio.
La segunda parte de Soterránea, «El Mundo», insiste en la iniquidad del Poder. Así, El foro de debate [15] lo acusa de enclaustrar la Cultura haciéndola de pago y no universal; en El teatro [16] la política aparece como un juego entre máscaras gritonas; Uncidos a la hipoteca [17] muestra el derecho constitucional a una vivienda digna trocado en burla por las salvajes hipotecas del banquero, situación que asimismo recoge Pancarta de cebollas [21] donde se describe la vida cotidiana del trabajador, agobiado por deudas; y Mitin de silencio [37] es un reclamo del poeta para ahogar la voz de los demagogos y para que del cielo caiga una lluvia purificadora.
MITIN DE SILENCIO [37]
Ya es noche cerrada.
La lluvia pulsa
las teclas de la luna.
He convocado un mitin de silencio
en la campaña electoral del cielo.
«El Mundo» amplía el radio de acción del poeta serenamente cabreado. Violaciones de derechos humanos (Las sillas del miedo [14]; Afganistán [28]); guerras y masacres (Irak [29]; Madrid 11 [30]; Alkonost [34]); la emigración y las tremendas condiciones de vida en el continente africano (Nadies [23]; África negra [24]); sexo por obligación y violencia de género (Flores de nieve [26]; Violencia con género [27]); el terrorismo (Roble de utopía [31]); el belicoso papel de las religiones (En nombre de Dios [33]); el acoso (Mobbing [19]); la clonación (Clonación [20]); la tala indiscriminada (Minas de tantalita [25]), devastadas visiones de la ciudad moderna (Colapso de la urbe [35]) y otras denuncias más, son literarias puyas con las que García Lorente despacha infames realidades de un mundo en directo que nos causa profundo pesar.
MADRID 11 [30]
Enjaezaron caballos negros
con las gualdrapas de los horrores,
sus lomos con bombas ensillaban.
Denota el verdugo sus alforjas
y en los trenes Mot calma su sed
con sangre que le sirven coperos
del terror. Todo destruye el once.
Terrorismo y guerra se unifican,
las aves de la muerte no entienden
de matices. Setenta y dos horas
en las comisarías del luto,
mientras oigo gritos en el aire.
El ayuntamiento de los cirios
auspicia urnas de salvación.
Siento que mi ser se está tostando
en la parrilla de la impotencia
y en el horno de la incertidumbre.
VIOLENCIA CON GÉNERO [27]
[…] ¿Qué me sucederá cuando regrese
al hogar, dulce hogar
tras haber presentado la denuncia?
Si no hay ningún albergue que me ampare
y me dejan al raso de una lista de espera,
la espada, la navaja o el cuchillo
me llevarán al barco de Caronte,
tan pronto como él sepa mi osadía […].
Escribió Fernando Lázaro Carreter: «Hay que salvar la poesía. Por su enorme valor enriquecedor, de solidaridad y catarsis, es una de las pocas fuerzas espirituales que sobreviven en una sociedad como la actual, en la que todo invita a la deshumanización».
Frente a esa sociedad enferma que ha hecho de la manipulación del sentido un punto clave de su dominación, en Soterránea Antonio García Lorente, con un lenguaje intenso, alejado de cualquier complejidad pero acompañado por la fuerza de su visceral empuje, logra algo tan inesperado hoy como mostrar su íntima relación con la verdad. Leer ahora este original y contundente poemario que osa dar salidas para los tiempos corruptos y cínicos que toca aguantar se convierte en dolorosa (pero necesaria) obligación.
Este texto no nace con la voluntad de reseñar un libro, sino con la de formular una pregunta a partir de él: qué entendemos hoy por poesía cuando la poesía deja de protegernos y empieza a desnudarnos. Para acercarnos a esa búsqueda no partiremos de teorías cerradas, sino del propio lenguaje del libro: observar cómo funciona la palabra cuando se acerca al cuerpo, cómo se transforma al nombrar el amor y cómo resiste cuando intenta decir lo indecible. El análisis no pretende dictar, sino escuchar.
No todos los libros se leen; algunos se atraviesan. La memoria de la piel pertenece a esa estirpe: no comunica una experiencia poética, la instala. Su lectura no es cómoda. Desde los primeros versos —«Peinar el tiempo es aflojar los hilvanes del olvido»—, la voz advierte que aquí no se viene a descansar, sino a enfrentar lo esencial: el cuerpo como archivo, el amor como riesgo y la palabra como frontera precaria frente al olvido.
Este libro no embellece la existencia: la somete a una prueba de resistencia. Cada poema actúa como una incisión en el idioma. No hay poética del consuelo, sino una ética de la lucidez. La escritura no maquilla el dolor: lo nombra. Leer La memoria de la piel es aceptar que el poema no siempre refugia; a veces expone.
El amor ocupa un lugar central en este universo. No aparece como promesa de armonía, sino como fuerza incandescente. En poemas como Amantes o Vino caliente, el deseo no construye abrigo: quema. El amante no se protege, se entrega. El verso lo dice con crudeza: «Arder en el fuego amado no es una elección, es un acto de rebeldía». Amar aquí es una forma de insumisión frente a la comodidad.
El cuerpo femenino no es escenario decorativo, sino territorio de batalla. La piel es memoria viva. No simboliza el dolor: lo encarna. En A bocajarro se condensa ese núcleo ético: «Hurgar en el dolor te hace más fuerte… o te liquida». Escribir no es neutro: tiene consecuencias.
El lenguaje avanza por acumulación y riesgo sintáctico. El verso no acaricia; sacude. No hay espacio para el ornamento. Cada poema exige presencia. En los textos metapoéticos —Anaqueles del olvido, La telaraña— la escritura se reconoce frágil. Tejer palabras es levantar una casa a la intemperie. La poesía no salva: insiste. No detiene el tiempo: lo hiere.
La aparición de los Sonetos del desasosiego no responde a nostalgia clásica, sino a refugio estructural. Cuando la palabra amenaza con quebrarse, la forma sostiene. No embellece: contiene. Permite que la emoción no se disperse, que el dolor encuentre contorno.
Todo ello aproxima esta poética a la idea de que el cuerpo no es objeto, sino lugar de experiencia. La piel no funciona como símbolo: es acontecimiento. Del mismo modo, aquí la palabra no representa la herida: la reactiva. El exceso verbal, la densidad del verso y la dificultad del decir no son estilo: son síntoma.
En el ámbito hispánico, la voz de este libro dialoga con una tradición que concibe la escritura como conocimiento sensible y con la noción de que la poesía no describe el mundo, sino que lo pone en estado de intensidad. Resuena también una ética radical: escribir no después del dolor, sino desde él. No como relato, sino como resto.
Desde ahí se comprende mejor la idea de poesía que emerge del libro:
La poesía, tal como se practica en La memoria de la piel, no es un lenguaje sobre la vida, sino una forma de vivirla. No embellece la herida: la vuelve visible. No promete refugio: sostiene la intemperie. No alivia: nombra. No salva: despierta.
En tiempos de poesía inofensiva, este libro recuerda que la palabra aún puede arder. Y que sólo cuando quema, ilumina.
CONCLUSIONES
La lectura de La memoria de la piel permite entender la poesía como una experiencia vital, no como adorno literario. El cuerpo aparece como espacio de memoria, el amor como riesgo y la palabra como acto ético.
No hay consuelo, sino lucidez. No hay refugio, sino conciencia.
La forma sostiene lo que el dolor desborda, y la memoria no se recuerda: irrumpe. En este libro, la poesía no explica la herida, la vuelve visible.
La memoria de la piel confirma que cuando la palabra arde, no destruye: ilumina.
Referencia
FERNÁNDEZ GUERRERO, Dolors La memoria de la piel. Ediciones Vitruvio, 2025.
Melchor López, nacido en Santa Cruz de Tenerife y criado en Los Silos, es un poeta que ha hecho del desplazamiento una forma de vida y de escritura. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna y publicó sus primeros poemas en 1990, en la revista Syntaxis, para después colaborar con Paradiso. Desde entonces, su trayectoria vital ha sido un continuo ir y venir entre islas: en 1998 se instaló en Fuerteventura, más tarde en Lanzarote, donde ejerce como profesor de Secundaria y donde sigue escribiendo desde Arrecife.
Su libro Según la luz es una recopilación de cuadernos escritos a lo largo de más de veinte años de viajes y poesía. Lo abre una cita de Sophia de Mello —«E outro nasceu de tudo quanto viu»— que condensa el corazón del libro: el viaje como transformación, como forma de renacer en otro. Porque cada desplazamiento, cada mirada nueva, cambia también a quien la ejerce.
El poemario se construye como se construye una vida: por acumulación, sin plan previo, siguiendo el curso imprevisto del viaje. López lo define como una “poesía del yo y del lugar”, una escritura que se nutre de las revelaciones de lo cotidiano, de esos instantes en que el mundo se deja ver con una claridad repentina. Pero junto a esa celebración de lo vivido late también el paso del tiempo y la pérdida que toda belleza conlleva.
El recorrido por los distintos cuadernos que conforman Según la luz plantea una evolución clara: la voz del poeta cambia, se transforma a medida que avanza el viaje. No se trata solo de acumular poemas, sino de vivir una metamorfosis: el sujeto que escribe al final ya no es el mismo que inició el trayecto.
Cada cuaderno que compone Según la luz marca una etapa en esa transformación del poeta y de su voz. En el “Cuaderno marroquí” (1993-1994), inspirado por la lectura de Eugénio de Andrade, el autor se adentra en un territorio próximo y, sin embargo, culturalmente distinto, habitado por gentes que despiertan fascinación y desconfianza a partes iguales. El viaje, en contraste, también sirve para reivindicar las virtudes del sedentarismo.
El “Cuaderno inglés” (1996) nace de un viaje a Gran Bretaña y destaca el contraste con su isla de origen. López observa un país hecho de mezclas, y de esa observación surgen poemas de tono melancólico y romántico, donde el amor y la distancia dialogan en equilibrio.
En el “Cuaderno de La Gomera”, la relación entre paisaje y palabra se vuelve esencial como se muestra en “Paisaje del lugar”: “Con tres/ o cuatro rocas/ (…) se compone un paisaje./ O un poema”. Esa economía expresiva se acentúa en el “Cuaderno de El Hierro” (1997), donde la aridez volcánica condiciona el lenguaje. Allí, la escritura se vuelve casi filosófica: “Detrás del horizonte/ no espera otro horizonte”.
Con el “Cuaderno portugués”, el tono cambia, aflora una voz más serena y agradecida. En “La paz, en Braga”, el poeta cuenta cómo “la paz me asaltó en Braga” y lo reconcilió “con dios, el mundo y los hombres”: un poema de reconciliación, de redescubrimiento.
El “Cuaderno de Granada”, la belleza adquiere un papel central. Frente a la hermosura del Generalife, el poeta confiesa que “entre tanta belleza, [no] quiso (…) morir”. Pero incluso en ese canto a la vida permanece el eco del dolor, como se aprecia en “La elegía del bosque de las cenizas”, donde la muerte se asume como parte inseparable de la existencia.
Finalmente, los cuadernos de Lisboa y las Azores revelan un cambio de tono y forma: el verso se hace más narrativo, más contemplativo. Es la voz de quien ya ha viajado mucho, pero sigue mirando con asombro.
A lo largo de todas estas etapas, Melchor López mantiene intacta su curiosidad por el mundo y su deseo de encontrar la belleza —a veces mínima, a veces deslumbrante— en lo más cotidiano.
Según la luz no es solo un cuaderno de viajes: es una búsqueda de sentido, una meditación sobre el paso del tiempo y la identidad, escrita con una luz cambiante que, como la del título, revela distintas verdades según desde dónde se mire.
Nos situamos en Ausejo de la Sierra. Ese es el espacio. Nos situamos en 1963. Ese es el tiempo. Y no lo digo porque este año se celebren los 120 de la Teoría de la Relatividad Especial, de Einstein. Espacio-tiempo único. Ahora, nos situamos en la memoria. Y esta es la última publicación del poeta soriano Fermín Herrero. Su título, el de este artículo. Fermín ha viajado en su recuerdo, personal, afectivo y poético y ha reconstruido con adobes ya fabricados una casa nueva, propia y compartida, entrañable y perfecta. Que conste, no obstante, que lo que la define no es el adjetivo sino la sustancia. ¿Por qué para reconstruir un mundo hemos de ir a las estrellas si tenemos Ausejo de la Sierra, el recuerdo de la infancia, la memoria de los padres, la llamada de nuestra obra y el valor de las palabras que nos moldearon?
«Poesías familiares y domésticas». Una antología personal. Y algo más. Orientador título. Editorial Difácil. Noventa sabrosas páginas. Cuatro partes. La primera y la cuarta, bajo números romanos. La segunda, titulada «En casa de los padres». La tercera, «En casa propia». Más un prólogo de Julio Llamazares, que lo descifra todo y me deja en la tesitura de si puedo, o debo, añadir algo más y que sea provechoso. Lo titula «Bajando el puerto de Oncala». ¿Nos vamos allí? Igual Fermín nos ayuda con la «Nota de autor», de la página ochenta y siete. Yo he sentido un zarandeo especial al recorrer el camino. Fermín ha clavado en tierra finas señales para que nadie se pierda. “El trastorno de consagrar la vida entera a la literatura no solo afecta al paciente enajenado, sino también a cuantos conviven con él. Creo que… han venido, a lo largo de los años y los libros, estas poesías, por lo general hogareñas, de andar por casa, sin ínfulas ni pretensiones sublimes… me han servido… de alivio. Por eso, venciendo de nuevo los remordimientos derivados del necesario pudor conculcado, las he recogido aquí”. Querido Fermín, tu sinceridad ennoblece aún más tu palabra certera. Y poética, en el más puro sentido etimológico, de crear y hacer, que es lo que nos distingue como humanos. Lo espero, en estos tiempos de incertidumbre, donde Ausejo de la Sierra u otros ausejos sorianos siguen en su esencia de cielo y lomas.
Capítulo I: “VESTIDO de domingo, mi padre subía/ en bici el puerto, con amor, venidero./ Mi madre lo esperaba”. Segundo poema: “SECRETAMENTE/ tuyo, con un temblor/ de letra parvulita”. Capítulo “En casa de los padres”: “DE MI NIÑEZ, en el ventano del desván/ la luz de la mañana…”. “EN CASA de la madre, la pérdida/ del tacto no es posible”. Capítulo “En casa propia”: “Voy hasta la ventana. Vuelvo. Vuelvo sobre/ todo cuanto deseo…”. Capítulo IV: “EL DÍA EN QUE MURIÓ mi padre, el mismo casi/ en que nací, pletóricos, los almendros/ florecían, ajenos de todas a su ser / y al mío…”. Busquen el libro. Mastiquen las palabras. Paseen los versos y la nostalgia del relato. Nadie quedará indiferente. Fermín ha construido, con adobes previos, un mundo que llevamos dentro. “Este libro de Fermín Herrero, selección, según él, de sus poesías más humildes (familiares o domésticas, tanto da), es por eso la mejor manera de entrar de lleno en la poesía de un poeta que pasará a la historia”. Lo dice Julio Llamazares.
Òscar Palazón, escriptor nascut a Lleida, llicenciat en Filologia Anglogermànica i resident a Tarragona, posseeix una trajectòria literària vasta i distingida als camps de la narrativa i la poesia. El seu poemari, Quiquiriquic, és una obra singular que s’insereix en aquesta sòlida producció. La idea fonamental d’aquest llibre, que es llegeix en un sospir, és la reivindicació de l’aspecte més lúdic i experimental de la creació. Quiquiriquic és un conjunt de poemes monovocàlics, centrat en la lletra ‘i’, que utilitza la tècnica del lipograma per empènyer el llenguatge fins a límits d’inhibició fonètica i visual, jugant amb calembours, homofonies, metàtesis, palíndroms i cal·ligrames, desencadenant una eufonia continguda i enlluernadora.
Si alguna cosa defineix l’escriptura de Palazón, ja sigui en prosa o en vers, és un mestratge i un control sobre el llenguatge que li permeten abordar projectes de complexitat enorme sense que el resultat se senti forçat o inaccessible. Aquest rigor no és un fi en si mateix, sinó l’eina que permet accedir a la màxima llibertat creativa, com demostra el parlament inicial del llibre, escrit exclusivament amb la vocal ‘i’, que va ser el seu discurs d’agraïment en rebre el Premi Terra de Fang, que va obtenir aquest poemari.
L’origen d’aquest projecte ambiciós és l’obra Eunoia (2001) de Christian Bök, un conjunt de textos monovocàlics. Palazón aspira a crear una obra anàloga en català, no pas com una traducció o adaptació, sinó com una nova creació aixecada des de zero, conservant l’esperit i la intenció. Aquesta intenció és sotmetre el llenguatge a un «empresonament» -la restricció d’una sola vocal- que, paradoxalment, el dota d’una loquacitat i una gesticulació inèdites. La privació de llibertat lingüística esdevé, de fet, una llibertat absoluta: el llenguatge, en ser constrenyit, revela els seus secrets més íntims i diàfans. L’autor es limita llavors a cartografiar aquests territoris verbals, guiat pel cabal del diccionari, reflectint com el llenguatge es metamorfosea, canvia de color i, en última instància, fabrica la realitat a partir de les seves pròpies limitacions. No és una escriptura automàtica, sinó un posicionament silent de paraules sota la sintaxi, en una «tendra fornicació» verbal que busca la coherència interna i la cohesió argumental.
En el cas específic de Quiquiriquic (la tercera part d’aquest pentateuc), l’elecció de la vocal ‘i’ suposa un desafiament extrem per a l’autor, ja que les paraules en català amb aquesta una única vocal són limitades. El poemari s’estructura en un pòrtic i tres parts (21, 17 i 5 poemes, respectivament), en què el ritme i la sonoritat s’han de conjugar amb aquest aparell tècnic enlluernador. Els elements fonètics i visuals són crucials al llarg del llibre: les cacofonies, les aliteracions, les rimes, els poemes tipogràfics i els cal·ligrames no són mers adorns, sinó una part fonamental d’aquest joc d’enginy. L’autor aconsegueix crear imatges i reconnectar idees d’una manera que sembla senzilla només un cop s’ha manifestat el resultat. La gràcia i l’enginy de Palazón brillen, per exemple, en poemes curts que adopten la forma de cal·ligrames, com els titulats Tipi o Inri, demostrant que la restricció pot ser el motor de la creativitat.
Quiquiriquic és, en definitiva, un poemari juganer i del nostre temps. És una obra que celebra de manera eufòrica i eufònica l’aspecte lúdic de la creació, utilitzant el màxim nombre de paraules possible sense repetir-les excessivament. Tot i la seva complexitat tècnica subjacent, el llibre és perfectament comprensible per qualsevol lector, cosa que el converteix en un regal ideal i relaxat per a qualsevol ocasió.
Per acabar aquest viatge us deixo amb els dos poemes que obren el llibre.
FILM
inici
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i el seu revers
LYNCH
fi
mig
inici
Una peça magistral que demostra que les limitacions són el camí més curt cap a la llibertat expressiva.
Lo primero que puedo decir de este poemario es que es realmente sorprendente. José Siles se desmarca de la armonía de la rima clásica y se adentra en el mundo de la poesía libre y con cierto aire vanguardista, invitándonos a recorrer un camino intelectual y estético que nos lleva hacia las raíces de nuestra existencia, usando la vanguardia y la originalidad como un cuchillo que se dispone a abrir en canal nuestra historia, nuestra existencia y nuestro hacer.
Adentrándonos en el poemario, se hace casi inevitable acordarse de la conocida teoría de McKenna, El mono dopado, donde se dice, a grandes rasgos, que el paso hacia el Homo Sapiens se dio debido a unos hongos.
El poemario está estructurado en cinco partes, de las cuales hablaremos un poquito aquí, pero un poquito, porque considero que este libro hay que leerlo no una vez, sino dos como mínimo, con la mente abierta y dispuesto a preguntarse sobre el camino de la humanidad en el mundo. Estas cinco partes huyen de la belleza efímera y se centran en ese espejo que muestra la cruda realidad, transitando desde lo más primitivo a una sátira afilada y aguda de la sociedad actual.
Espejo de monos alumbrados.
Cogiendo como tema central la evolución del primate a ser humano consciente, del árbol al bipedismo, el mono alumbrado aparece como la figura central, influenciado por substancias externas (como declara la teoría de Mckenna) que se hacen parte indispensable en esa evolución.
Estos monos colocados
se hicieron notar,
alcanzando cierta fama por la intensidad dramática
de sus trascendentes trances,
siempre trotando alrededor de la pira,
hartos de setas y aullando mantras,
como lobos enrabietados.
Es palpable el tono filosófico en estos versos, donde abundan las preguntas indirectas sobre esa “luz” que alumbra a los monos, que los ilumina y no somos capaces de afirmar si esa luz es un logro, un pedacito de fortuna, o más bien una condena.
Manadero de místicos mántricos
Se me antoja como la parte más oscura y profunda del poemario. Es como si el individuo estuviera como atrapado entre la lucidez y el desvarío, la trascendencia frente a la inevitable finitud. Son poemas que podría reflejar el ritmo de la vida actual, como acelerado, como ligeramente caótico, oscuro y a veces imprevisible.
Sigo percibiendo la crítica social, quizás un poco menos obvia y más inteligente
en esa vida anonadada,
donde reposa sin descanso
y en vilo de relapso perpetuo
el alma de un cuerpo de mujer
quemado vivo ante un público expectante.
Todo ello regado con cierto aire de desamparo existencial, como si esa evolución de la que hablaba en los anteriores poemas fuera un paso al caos, mostrando que luz, quizás, sí era más una condena que una suerte.
Griegos, si aún recordarais algo de lo que fuisteis: ¡saltad!
Aparece algunos de los grandes temas poéticos, como el tiempo y, sobretodo, la muerte. La vida persiste en el paso del tiempo, a pesar de las oscuridades, de la búsqueda incesante de una verdad que quizás ni siquiera existe o, si existe, se nos muestra como confusa y ligeramente delirante.
Hay cierto aroma a bajeza humana que se planta ante nuestros ojos casi haciendo daño, incomodándonos y haciéndonos enfrentar con lo que realmente somos.
Mis ojos, asomándose sin recelo
a los ventanales que se abren al infinito inédito
donde estuvimos, estamos o estaremos alguna vez,
contemplan las lejanías inclasificables,
remotos horizontes donde los dogmas
que aún ningún profeta ha escrito
se desvanecen antes de nacer.
Sinfonía de hachas y hogueras: versos de alumbrados ajusticiados.
Quizás esta sea la parte más cruel o más violenta del poemario. Seres alumbrados son ajusticiados ante la irracionalidad. Una vez más veo entre líneas que la luz deviene condena antes que fortuna.
Es necesaria una verdad, pero tiene porqué ser la verdad más pura, sino aquella más imprevisible, la que refleja el espejo. La lucidez frente al desvarío, las hachas como armas para destrozar esos espejos y romper con esa “verdad” mediante la reflexión que despiertan estos versos.
Ahora, en el siglo del posmodernismo,
el ajusticiamiento público y ejemplarizante
de las brujas, mujeres sabias del siglo XXI,
no ha cambiado de causa:
purificarlas
de su delictivo conocimiento.
Tomando ron bajo las estrellas en la popa del Líricus
Vendría a ser un cierre o conclusión del viaje filosófico y satírico al que el autor nos ha sometido.
Aparecen sutilmente los espejos y los espejismos, como un cierre cíclico que nunca acaba de cerrar. La humanidad sigue su camino y vuelve a su inicio, una involución vestida de evolución
La búsqueda incesante de la verdad y de los orígenes puede llevarnos a ver la luz o condenarnos por ella.
Desde tiempos inmemoriales, esta fascinación ha orientado
al bicho bípedo impulsándolo, cada noche,
a mirar más allá de lo común que tienen las estrellas
elaborando fábulas, mitos y religiones
para concebir fenómenos inasimilables.
Es un poemario que, de la mano de decenas de personajes históricos, nos lleva de la mano por nuestro propio camino; desde los primates hasta los humanos racionales, mostrando la parte más oscura, que nunca cambia. Logra conectar el pasado evolutivo de la humanidad con un presente poético cargado de preguntas indirectas que no nos dejan huir por atajos, que nos hacen seguir el camino que el autor propone, para darse de bruces con lo que en realidad es el ser humano.
Este poemario no solo se lee; se nos incrusta en la piel como una pregunta incómoda sobre quiénes somos realmente. Eso sin deslucir la clara sátira social que destilan estos versos, mostrando la autodestrucción propia del humano, la hipocresía, la ceguera voluntaria, que nos hacen preguntarnos si nuestro comportamiento realmente es civilizado y racional, o simplemente es una pureza primitiva con diferentes trajes.
Es un poemario que logra mantener al lector y su mente abiertos y activos, usando un lenguaje científico, referencias históricas, y la libertad que otorga el verso libre, junto con tintes de poesía vanguardista; implica al lector en todos y cada uno de los poemas, atrapándolo y no dejándole escapar.
Ciertamente, no es un libro fácil, precisa de diversas lecturas y, como hemos dicho, de una mente despierta y preparada para afrontar diversas verdades que pueden parecer incómodas. Es sacar toda la paja y los distintos embellecedores de la humanidad, para quedarse con la parte más primitiva y pura.