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  • Flora Alejandra Pizarnik en el recuerdo

    Flora Alejandra Pizarnik en el recuerdo

    Hace cuarenta y ocho años se apagaba, tal día como hoy, la voz de Flora Alejandra Pizarnik, pero no hemos dejado de escuchar a la poeta, si cabe, con más fuerza que antes. Hablábamos de ella en nuestra revista de Poémame, unos años atrás: 5 poemas de Alejandra Pizarnik y más tarde, con el artículo: 8 poemas de Alejandra Pizarnik. Un ave de las emociones. Hoy volvemos a cogernos de la mano de poemas y diarios, sus palabras, prosa y verso, para refrescar lo que sabemos o para servir de humilde estímulo a los que aún no la conocen.

    Nacida en la primavera de 1936, con Argentina como hogar —aunque pasara una corta etapa en París (1960-1964)—, nuestra poeta se ha convertido en un mito que ha ido creciendo con los años, con no pocas alusiones a su infancia, temores, depresión y muerte, en artículos, libros, documentos audiovisuales y demás análisis de su vida y de su obra. Aquí no pretendo dar más allá de unos cuantos brochazos que resuman, malamente, las emociones que me quedan tras leer distintos libros sobre ella.  Porque hay tantas Pizarnik que sería imposible por mi parte retratarla toda, completa. 
    Hay quienes destacan los complejos infantiles que acarreaba tras las continuas comparaciones con su hermana, las adicciones, su obsesión con el lenguaje, los altibajos emocionales, la orientación sexual, los intentos de suicidio… Yo me quedo con lo que ella decía y que cada uno interprete como le apetezca. De su diario, la tormenta rutinaria: 

    Lo de siempre. Sensación de estar pagando lo que tengo y lo que espero. Mi insomnio y mi fatiga corroboran.

    Y la necesidad de huir de sí misma: 

    La sensación inigualada de estar de más, de estar de sobra en mí, porque yo no me necesito para vivir, no me pertenezco, no sé qué hago en mí, para qué me sirvo.

    Incluso, un resquicio para la esperanza: 

    Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferro a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre.

    En sus poemas he encontrado versos maravillosos, destilando sensualidad: 

    Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los niños de la medianoche;

    pero también he vivido su miedo: 

    Sé del miedo cuando digo mi nombre. / Es el miedo, / el miedo con sombrero negro / escondiendo ratas en mi sangre, / o el miedo con labio muertos / bebiendo mis deseos.

    Y me he dormido en su tormenta: 

    Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar.

    Poseída por la poesía de Pizarnik, me quedo en La palabra del deseo:

    Esta espectral textura de la oscuridad, esta melodía en los huesos, este soplo de silencios diversos, este ir abajo por abajo, esta galería oscura, oscura, este hundirse sin hundirse.

    ¿Qué estoy haciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé que más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar.) El dolor en los huesos, el lenguaje roto a paladas, poco a poco reconstituir el diagrama de la irrealidad.

    Posesiones no tengo (esto es seguro; al fin algo seguro). Luego una melodía. Es una melodía plañidera, una luz lila, una inminencia sin destinatario. Veo la melodía. Presencia de una luz anaranjada. Sin tu mirada no voy a saber vivir, también esto es seguro. Te suscito, te resucito. Y me dijo que saliera al viento y fuera de casa en casa preguntando si estaba.

    Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

  • 8 poemas de Alejandra Pizarnik, un ave de las emociones

    8 poemas de Alejandra Pizarnik, un ave de las emociones

    Sus letras nos llevan hacia el interior y hacia algunos pasajes grises, nos pasea por la ternura, la pasión, lo frágil del ser y esa soledad constante… que es como una daga en su pecho. Es como su estandarte, su inspiración, algo con lo que aprende a vivir, una soledad interna más que externa, que le da ese sabor de melancolía a sus líneas.

    La soledad, el tema de la muerte y su misterio, parecen ser una constante; hábil y sutilmente, siembra en uno esa incertidumbre humana, trayéndonos tragos fuertes en sus poemas.

    Nos da una sensación de contemplación hacia esa niña que solía ser y esas tristezas y anhelos, que se quedaron y vivían en su interior. Lo plasma así Pizarnik en varios de sus escritos y nos deja ver por una rendija la procesión que lleva por dentro:

    Mis alas?
    dos pétalos podridos […]
    mi vida?
    vacío bien pensado […]
    mi rostro?
    un cero disimulado
    mis ojos?
    ah! trozos de infinito

    Sus letras en veces toman un tono azul profundo y melancólico, y deja un sabor fuerte, seco y dulce, que sorprende a quien desmenuza su escritura:

    ya comprendo la verdad
    estalla en mis deseos
    y en mis desdichas
    en mis desencuentros
    en mis desequilibrios
    en mis delirios
    ya comprendo la verdad
    ahora
    a buscar la vida

    Nos lleva a adentrarnos en su sentir de mujer, ante las situaciones por las que fue señalada, acosada y criticada: su forma de ser y vestir (considerada poco femenina en ese entonces), la comparación de sus padres con su hermana, su frágil salud y esa soledad interior depresiva, misma que marcó su desenlace a sus escasos 36 años, consumiendo 50 pastillas y eligiendo el suicidio como la puerta que la liberaría de su prisión interna.

    Flora Alejandra Pizarnik un ave de bello canto, encerrada en la jaula de las emociones.

    YO SOY…

    Mis alas?
    dos pétalos podridos
    mi razón?
    copitas de vino agrio
    mi vida?
    vacío bien pensado
    mi cuerpo?
    un tajo en la silla
    mi vaivén?
    un gong infantil
    mi rostro?
    un cero disimulado
    mis ojos?
    ah! trozos de infinito

    SÓLO UN AMOR

    Mi amor se amplía.
    Es un paracaídas perfecto.
    Es un clic que se exhala y
    su pecho se hace inmenso.
    Mi amor no ruge
    no clama
    no ruega
    no ríe.
    Su cuerpo es un ojo.
    Su piel es un mapamundi.
    Mis palabras perforan
    la última señal de su nombre.
    Mis besos son anguilas que él
    se ufana en dejar resbalar.
    Mis caricias un chorro reminiscente
    de música sobre fuentes de Roma.
    Nadie pudo huir aún de su territorio anímico.
    No hay rutas ni pliegues ni insectos.
    Todo es tan terso
    que mis lágrimas se sublevan.
    Mi creación es una mojigatería
    junto a su rubio carromato.
    En estos momentos el tintero alza vuelo
    y enfila hacia linderos inacabables
    de mosquitos haciendo el amor.
    Suena el fatídico sonido.
    Ya no vuelo.
    Es mi amor que se amplía.

    MÁS ALLÁ DEL OLVIDO

    Alguna vez de un costado de la luna
    verás caer los besos que brillan en mí
    las sombras sonreirán altivas
    luciendo el secreto que gime vagando
    vendrán las hojas impávidas
    que algún día fueron
    lo que mis ojos
    vendrán las mustias fragancias
    que innatas descendieron del alado son
    vendrán las rojas alegrías
    que burbujean intensas
    en el sol que redondea las armonías equidistantes
    en el humo danzante
    de la pipa de mi amor.

    EXILIO (a Raúl Gustavo Aguirre)

    Esta manía de saberme ángel,
    sin edad,
    sin muerte en que vivirme,
    sin piedad por mi nombre
    ni por mis huesos que lloran vagando.
    ¿Y quién no tiene un amor?
    ¿Y quién no goza entre amapolas?
    ¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
    un miedo, algo horrible,
    aunque fuere con plumas,
    aunque fuere con sonrisas?
    Siniestro delirio amar a una sombra.
    La sombra no muere.
    Y mi amor
    sólo abraza a lo que fluye
    como lava del infierno:
    una logia callada,
    fantasmas en dulce erección,
    sacerdotes de espuma,
    y sobre todo ángeles,
    ángeles bellos como cuchillos
    que se elevan en la noche
    y devastan la esperanza.

    LA JAULA

    Afuera hay sol.
    No es más que un sol
    Pero los hombres lo miran
    y después cantan.
    Yo no sé del sol.
    Yo sé la melodía del ángel
    y el sermón caliente
    del último viento.
    Sé gritar hasta el alba
    cuando la muerte se posa desnuda
    en mi sombra.
    Yo lloro debajo de mi nombre.
    Yo agito pañuelos en la noche
    y sedientos de realidad
    bailan conmigo
    Yo oculto clavos
    para escarnecer a mis sueños enfermos.
    Afuera hay sol.
    Yo me visto de cenizas.

    CENIZAS

    Hemos dicho palabras,
    palabras para despertar muertos,
    palabras para hacer un fuego,
    palabras donde poder sentarnos
    y sonreír.
    Hemos creado el sermón
    del pájaro y del mar,
    el sermón del agua,
    el sermón del amor.
    Nos hemos arrodillado
    y adorado frases extensas
    como el suspiro de la estrella,
    frases como olas,
    frases con alas.
    Hemos inventado nuevos nombres
    para el vino y para la risa,
    para las miradas y sus terribles
    caminos.
    Yo ahora estoy sola
    -como la avara delirante
    sobre su montaña de oro-
    arrojando palabras hacia el cielo,
    pero yo estoy sola
    y no puedo decirle a mi amado
    aquellas palabras por las que vivo.

    LA NOCHE

    Poco sé de la noche
    pero la noche parece saber de mí,
    y más aún, me asiste como si me quisiera,
    me cubre la conciencia con sus estrellas.
    Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
    Tal vez la noche es nada
    y las conjeturas sobre ella nada
    y los seres que la viven nada.
    Tal vez las palabras sean lo único que existe
    en el enorme vacío de los siglos
    que nos arañan el alma con sus recuerdos.
    Pero la noche ha de conocer la miseria
    que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
    Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
    sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
    Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
    Su lágrima inmensa delira
    y grita que algo se fue para siempre.
    Alguna vez volveremos a ser.

    EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LOCURA (FRAGMENTO)

    No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.
    Vendrás a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará evocar una puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo que esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja después de haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol, el sol y un animal.
    […]
    ¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?
    El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme acallado en honor de los demás.
    Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.

    Puertas del corazón, perro apaleado, veo un templo, tiemblo, ¿qué pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor, corazón, respiración, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos del perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos, ¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera posible.
    […]

  • 5 poemas de Alejandra Pizarnik

    5 poemas de Alejandra Pizarnik

    Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, Argentina, 1936-1972). Poemas recogidos de Alejandra Pizarnik, Poesía completa (Ed. Lumen, 2016).

     

    Alejandra Pizarnik

    Como agua sobre una piedra, de Extracción de la piedra de locura (1968)

    A quien retorna en busca de su antiguo buscar
    la noche se le cierra como agua sobre una piedra
    como aire sobre un pájaro
    como se cierran dos cuerpos al amarse.

     

    Mendiga voz, de Los trabajos y las noches (1965)

    Y aún me atrevo a amar
    el sonido de la luz en una hora muerta,
    el color del tiempo en un muro abandonado.
    En mi mirada lo he perdido todo.
    Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

     

    Poema inédito:

    y sin ira
    y sin hora
    sin ahora
    sin orar
    sin arar en la memoria
    sin errar en el pasaje de la noche al amor
    y del amor a su espera
    y nos iremos en un corazón abandonado
    y nos iremos en el espacio abierto de tu mirada
    y nos iremos en un corazón que espera
    amarrado al borde de un precipicio
    no dibujar el itinerario
    no usar la pluma
    sino cuando hablen de pájaros
    nada prever
    para que nada no venga
    y nos iremos como se va la oscuridad
    en la madrugada de plegarias infantiles
    felicidad de nuestros ojos
    ávidos como quien silba junto a un lago
    silba el hecho de silbar
    o canta el hecho de cantar
    (una embarcación de papel atraviesa mi garganta
    adentro bogan dos niños mendigos
    andrajos audaces para despistar al viento
    a la brújula al designio de la noche)

     

    Poema de Textos de sombra y otros poemas (Ed. Sudamericana, 1982)

    golpean las sombras
    las sombras negras
    de los muertos
    nada sino golpes
    y se ha llorado
    nada sino golpes

     

    Artes invisibles, de Las aventuras perdidas (1958)

    Tú que cantas todas mis muertes.
    Tú que cantas lo que no confías
    al sueño del tiempo,
    descríbeme la casa del vacío,
    háblame de esas palabras vestidas de féretros
    que habitan mi inocencia.
    Con todas mis muertes
    yo me entrego a mi muerte,
    con puñados de infancia,
    con deseos ebrios
    que no anduvieron bajo el sol,
    y no hay una palabra madrugadora
    que le dé razón a la muerte,
    y no hay un dios donde morir sin muecas.