Etiqueta: rogervan rubattino

  • «Ninfomántica», de Ana Beck y Rogervan Rubattino

    «Ninfomántica», de Ana Beck y Rogervan Rubattino

    Nos hallamos ante un poemario cuyas líneas tienen la intención de sumergirnos en un cóctel de sabores y reacciones. Por un lado, líneas de cognac, tejidos de finos trazos, y por otro esa belleza de una flor con pétalos de fuertes colores.

    Somos una salvaje y libre marea

    que no sabe de sueños o promesas.

    Somos un solo dios que, cual eco, reverbera

    en cada llama,

    en cada fuego.

    Y se reinvente tras las cenizas.

    Tras el profundo azul de las marismas.

    Tras el ocre de las tristezas.

    Somos la campana de horizonte

    que se quiebra

    y todavía suena.

    Somos grito ahogado de necesidad mutua.

    Reinos de silencios que amanecen a raudales.

    Somos nosotros con ese querer hecho a distancia

    floreciendo deseos.

    Al ritmo de breves sorbos, los autores nos llevan a apreciar los paisajes de sus tierras, nos colocan en sus parajes preferidos y nos empujan al vacío de los cielos de cada quien, regalándonos pronunciadas curvas en los latidos y dejando muchas veces al paladar palpando el sabor exacto de sus versos.

    Yo escribo a la muerte sin mirar hacia el amor

    sin ver sus senderos de traición

    sin oír sus gritos de fábulas

    y las vértebras horadadas

    de cadas grisácea estación

    Y apunto cada motivo bañado de luna,

    cada latido opaco de lluvia

    sobre la senda errática del caracol.

    […]

    Escribo para que tus ojos vivos lean esto

    antes de que se me olvide respirar bajo la sombra del ciprés enhiesto

    que colinda el huerto del más allá

    donde no te aman las horas Macilentas de la madre eternal

    Sus frases nos conducen del remanso de una melodía nocturna a la efervescencia de las aves al romper el alba.

    Ninfomántica es una fusión que nos pasea por senderos obtusos y nos lleva al borde de las sensaciones para soltarnos, motivándonos a abrirles las alas a los sentidos.

    Yo no sé si estuvimos siempre

    o nos fuimos bajo la senda de las polvorientas promesas.

    No sé si somos invisibles dioses,

    sedientos de azahar y de pretender nuestros huesos,

    en arcadias y hogueras

    Y me gusta pensarme como un libro abierto en una página cualquiera. Un libro buscando ser leído, un libro escrito por todas las manos que han cuidado mis días.

    Me habita la persistente necesidad de atrapar palabras que sirvan como puente. La búsqueda de ser un libro al que solo otros ojos puedan darle sentido.

    Por eso me siento y escribo.

    Existe, en esta alquimia, el efecto de una balsa navegando sobre el río manso y de pronto aparece el vértigo arrastrando el sentir, haciendo correr la adrenalina, dando un golpe seco y frontal al lector de una página a otra, colocándonos entre dos tierras: del Edén a la crudeza de la selva, de la plasticidad de un vuelo a la rebeldía de la fiera.

    El sabor de cada escrito proviene del sentir de cada poeta, la forma en que mira el mundo nos es transmitida mediante el canal de la palabra, es su esencia lo que plasma; Alfonsina Storni nos deja ver en uno de sus textos lo que para el alma es plasmarse en letras, ese sentir poético inexorable que poseen los seres sensibles, con la virtud de plasmar emociones a través de la tinta:

    Soy un alma desnuda en estos versos,
    alma desnuda, que angustiada y sola,
    va dejando sus pétalos dispersos.
    Alma que puede ser una amapola,
    que puede ser un lirio, una violeta,
    un peñasco, una selva y una ola.
    Alma que como el viento vaga inquieta,
    y ruge cuando está sobre los mares,
    y duerme dulcemente en una grieta.

    Alma desnuda, Alfonsina Storni

    Pues bien, Ninfomántica logra el ensamble de dos almas, que fusionan su néctar poético y logran un sabor original que pasea nuestras emociones, involucrando imágenes sublimes y tintes cotidianos, manejados con intención de descolocarnos, quizá un poco, y así apreciar desde otro punto la prosa y el verso.

    Veo en los ojos de la soledad la inquietud del mar,
    el tacto ocre de la muerte
    la melodía de plenilunios y tormentas
    contar con tus labios los dedos de la suerte

    Te brindo lo agridulce de mi lengua y un corazón a medio latir. Te ofrezco lo que pocos se atreven a regalar, lo que soy; la honestidad y la frialdad de mis momentos bajos, la marea roja de una herida que no sabe ser cicatriz, que sólo sabe doler.

    Ambos autores buscan tocar sutilmente el sentimiento e intencionalmente dejan escapar lancetazos repentinos de realidad, consiguiendo clavar su aguijón.

    A los veintiuno me caí del mundo. Y en una edad en la que se supone que las cosas comienzan a asentarse, hurgue tras las verdades absolutas.


    Me perdí al menos setenta y cinco veces mientras quitaba capa a capa la imagen de un “yo” que otros habían modelado.

    Si bien el poeta refleja poco o mucho de sí mismo en un escrito, el lector puede encontrarse en una frase y hace un poema suyo en el mismo instante de la lectura.

    La poesía nos permite interiorizar y exteriorizar, es un portal hacia esas dos dimensiones, es el espejo, el túnel, un pasadizo donde uno puede ir y venir. Es la cuestión y la respuesta, la conexión, el puente.

    Pizarnik nos cuestiona acerca de ¿qué significa traducirse en palabras? y ¿para quién escribimos?

    Puertas del corazón, perro apaleado, veo un templo, tiemblo. ¿qué pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor, corazón, reparación, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desesperación de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar … ¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado … Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado.

    La piedra de la locura, Alejandra Pizarnik.

    La poesía es también una forma de situarnos en realidades o bien despegar los pies del suelo. Los autores juegan con esas cartas a lo largo de esta obra, regalando al lector ese ambiente de no saber el color ni el número de la próxima tirada.

    Nos regalan una obra donde el sabor del amor, de la vida y de la muerte se entrelazan y conforman un lienzo donde cualquier trazo puede iniciar ese viaje que sólo las letras nos pueden brindar. Sinfonías grises, rojas y azules que nos toman y nos conducen hacia senderos en donde, al final de cada uno, seguramente nos será revelado alguno de los tantos rostros de Ninfomántica.

  • Edgar Allan Poe: el horror natural y la estulticia humana

    Edgar Allan Poe: el horror natural y la estulticia humana

    Cuando se lee a uno de los grandes maestros de la literatura universal, se aprenden cosas sobre la realidad de la humanidad y sus controvertidos avatares más elementales. No es Poe al unísono un estandarte por antonomasia del suspenso y la perenne capacidad de sobrecoger al lector en sus creaciones, sino que supo cosechar con experticia lo metafísico inmerso en lo cotidiano, sirviéndose de escenarios verosímiles y reales que dieron en aquel entonces (y hasta la actualidad) un tono espeluznante y verídico a sus narraciones.

    Una mirada profunda a los caracteres monstruosos de sus protagonistas nos permite saber que los colores del misterio y su acervo creativo eran inefables e inagotables, de hecho, la misma vida que le tocó vivir y su prematuro deceso siguen siendo hasta la fecha un misterio igual de ignoto que el que solía arrebolar en sus relatos.

    Resultado de imagen de edgar allan poe
    El escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense Edgar Allan Poe.

    Su influencia en Kakfa y otros grandes posteriores fue patente e irrefutable, puesto que solo el hecho de sospechar que las abominaciones que confundidas con fantasías de sus relatos tenían un sustrato en la realidad, lo hacían feroz e impactante en sus argumentos para los fascinados lectores de su obra.

    Haciendo un alto aquí y meditando en sus fuentes, nos encontramos con esa miseria existencial que él mismo retrataba con fidelidad a principios del siglo XIX, con sus abandonos y diferencias familiares irreconciliables, que aplaudían el desdén que siempre encontró en las instituciones sociales y que le valieron más lágrimas que laureles.

    Poe fue poeta, que insistió en su arte hasta que las circunstancias de la vida le obligan a abandonar el género y no solo eso, le orillan a la creación de otros muy lucrativos y nuevos para su época. También fue ese perenne renovador de la novela gótica y un personaje incomprendido para sus coetáneos. Cuando Edgar Allan Poe arremete con sus relatos hay una huella de poesía en ellos, o un latido de muerte y misterio que sobrepasan la condición propia de la ficción y fijan el argumento en un realismo que busca entre las pieles de la tristeza, un resquicio para redimir los sentimientos que le marcaron desde su más tierna orfandad.

    La mezquindad del hombre, el egoísmo a ultranza y los tonos de lo sobrenatural que construía con una naturalidad espasmódica, no emergieron en su literatura de modo ocasional.

    Tal ciénaga de sentimientos y desencuentros vitales me llevan a enarbolar aquí la tesis de que cuando ese engendro atronador de su poesía olvidada (Tamerlane and Other Poems, 1827, Al Aaraaf, Tamerlane and Minor Poems, 1829 y Poems, 1831) extinguía la llama de su lirismo romántico y caótico, llega a esa misma transformación espiritual (o existencial) que más tarde Kakfa reanimaría en obras como El Proceso La Metamorfosis, haciéndolo capaz de alcanzar la fama literaria con su poema narrativo El Cuervo, 1845.

    Es en este punto donde hay un renacimiento y un imperio de cenizas que Poe va urdiendo a modo de un mundo lleno de lirismo y tragedia, paralelo a sus relatos, desfilan aquellos opúsculos avivados a la memoria de su esposa fallecida Virginia Clemm (Lenore, 1843; Ulalume 1847; y Anabel Lee,1849) y otros más que exploran la condición de desamparo de la vida misma en cuanto a ilusión. Imágenes caleidoscópicas y metafísicas, que no llegan a trascender ni a publicarse en las revistas ni a servirle de alimento ni sustento a su enjuto cuerpo.

    Edgar Allan Poe, street art en Ciudad de, Mexico. Foto: Timothy Neesam (Flickr/CC BY-ND 2.0).

    Poe encuentra en Byron, Dickens y Barret Browning cadáveres poéticos profanables, donde esparcir su esperma de luna y crear las facetas de un horror natural que rayan en la estulticia humana más cruda y desencarnada. Porque, ¿cuál es el peor y más protervo miedo que un ser humano puede resistir sino es el que le enfrenta consigo mismo y sus miserias emocionales? Detrás de la Máscara de La Muerte Roja, hayun irrefutable destino al que nadie puede escapar: la pérdida de otros y de uno mismo, la catarsis del sufrimiento que nos expone a nuestros básicos y mordaces instintos de pervivencia y a los que nadie puede soslayar ni siquiera amurallándose.

    Cuando se lee a Poe se expone uno mismo a su propia locura, a su propia violencia monstruosa, que enajenada de culpa y remordimientos mesméricos se refleja en cada uno de los palpitantes pasajes de horror psicológico que inundan su obra, para mí, más que el miedo sempiterno, es la resurrección de su poesía emparedada viva, castrada de su inocencia, maullando y palpitando delatoramente por toda la eternidad.

    Este lenguaje poético que creó para llegar a las masas y a los eruditos se describe en detalle en otros géneros que también cultivó y por el que es menos conocido, como lo es el ensayo. En este tampoco se podía apreciar la ausencia de un formidable aparato poético y lírico, que de Samuel Taylor Coleridge y según el mismo H.P. Lovecraft, fue evolucionando en una suerte de victimología simbólica de su propia autobiografía, que a tientas sus lectores y herederos fueron desenterrando con inquietante fruición.

    Y es que el azote de la sociedad sacudió a Poe enervándolo en una suerte de pesadilla que Baudelaire y Borges le reconocieron en su obra como una de las columnas vertebrales que lo hacen inexorablemente póstumo. Ese romanticismo rescatado de las tumbas, ese olor a tierra muerta que se expele de sus líneas con un aire providencial, no sanaron sus trastornados pensamientos sobre las relaciones y la tragedia de su efímera existencia.

    Por eso, cuando se acude a su poesía, se asiste a un panteón omnipresente que supera cualquier género para encontrarse con la realidad, con el retrato irrefutable de lo enfermizo que es al mismo tiempo horror y arte, perdición y novedad.

    He aquí la maestría de la razón, doblegando sagazmente los periplos del corrupto romanticismo preñado de tinieblas de los que Poe hizo breve gala, hasta que se hundió en la criptografía de sus ignorancias. En El Escarabajo de Oro, la conciencia de la locura se confunde con la lucidez de un misterioso hallazgo y es como si oyéramos los ecos de la extraña isla donde se desarrolla la acción, situándonos en un escenario apócrifo donde no podemos escapar. Así mismo, ante las ruinas de Proserpina se tallan sus versos, pero sobresalen sus relatos influenciando el mundo todo, más allá de la literatura, hundiéndonos de lleno en la anatomía vasta e interminable del miedo, ese componente humano que no cesa y que Valéry determinó in extremis como el creador oscuro a partir de la nada.