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Cuando se lee a uno de los grandes maestros de la literatura universal, se aprenden cosas sobre la realidad de la humanidad y sus controvertidos avatares más elementales. No es Poe al unísono un estandarte por antonomasia del suspenso y la perenne capacidad de sobrecoger al lector en sus creaciones, sino que supo cosechar con experticia lo metafísico inmerso en lo cotidiano, sirviéndose de escenarios verosímiles y reales que dieron en aquel entonces (y hasta la actualidad) un tono espeluznante y verídico a sus narraciones.

Una mirada profunda a los caracteres monstruosos de sus protagonistas nos permite saber que los colores del misterio y su acervo creativo eran inefables e inagotables, de hecho, la misma vida que le tocó vivir y su prematuro deceso siguen siendo hasta la fecha un misterio igual de ignoto que el que solía arrebolar en sus relatos.

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El escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense Edgar Allan Poe.

Su influencia en Kakfa y otros grandes posteriores fue patente e irrefutable, puesto que solo el hecho de sospechar que las abominaciones que confundidas con fantasías de sus relatos tenían un sustrato en la realidad, lo hacían feroz e impactante en sus argumentos para los fascinados lectores de su obra.

Haciendo un alto aquí y meditando en sus fuentes, nos encontramos con esa miseria existencial que él mismo retrataba con fidelidad a principios del siglo XIX, con sus abandonos y diferencias familiares irreconciliables, que aplaudían el desdén que siempre encontró en las instituciones sociales y que le valieron más lágrimas que laureles.

Poe fue poeta, que insistió en su arte hasta que las circunstancias de la vida le obligan a abandonar el género y no solo eso, le orillan a la creación de otros muy lucrativos y nuevos para su época. También fue ese perenne renovador de la novela gótica y un personaje incomprendido para sus coetáneos. Cuando Edgar Allan Poe arremete con sus relatos hay una huella de poesía en ellos, o un latido de muerte y misterio que sobrepasan la condición propia de la ficción y fijan el argumento en un realismo que busca entre las pieles de la tristeza, un resquicio para redimir los sentimientos que le marcaron desde su más tierna orfandad.

La mezquindad del hombre, el egoísmo a ultranza y los tonos de lo sobrenatural que construía con una naturalidad espasmódica, no emergieron en su literatura de modo ocasional.

Tal ciénaga de sentimientos y desencuentros vitales me llevan a enarbolar aquí la tesis de que cuando ese engendro atronador de su poesía olvidada (Tamerlane and Other Poems, 1827, Al Aaraaf, Tamerlane and Minor Poems, 1829 y Poems, 1831) extinguía la llama de su lirismo romántico y caótico, llega a esa misma transformación espiritual (o existencial) que más tarde Kakfa reanimaría en obras como El Proceso La Metamorfosis, haciéndolo capaz de alcanzar la fama literaria con su poema narrativo El Cuervo, 1845.

Es en este punto donde hay un renacimiento y un imperio de cenizas que Poe va urdiendo a modo de un mundo lleno de lirismo y tragedia, paralelo a sus relatos, desfilan aquellos opúsculos avivados a la memoria de su esposa fallecida Virginia Clemm (Lenore, 1843; Ulalume 1847; y Anabel Lee,1849) y otros más que exploran la condición de desamparo de la vida misma en cuanto a ilusión. Imágenes caleidoscópicas y metafísicas, que no llegan a trascender ni a publicarse en las revistas ni a servirle de alimento ni sustento a su enjuto cuerpo.

Edgar Allan Poe, street art en Ciudad de, Mexico. Foto: Timothy Neesam (Flickr/CC BY-ND 2.0).

Poe encuentra en Byron, Dickens y Barret Browning cadáveres poéticos profanables, donde esparcir su esperma de luna y crear las facetas de un horror natural que rayan en la estulticia humana más cruda y desencarnada. Porque, ¿cuál es el peor y más protervo miedo que un ser humano puede resistir sino es el que le enfrenta consigo mismo y sus miserias emocionales? Detrás de la Máscara de La Muerte Roja, hayun irrefutable destino al que nadie puede escapar: la pérdida de otros y de uno mismo, la catarsis del sufrimiento que nos expone a nuestros básicos y mordaces instintos de pervivencia y a los que nadie puede soslayar ni siquiera amurallándose.

Cuando se lee a Poe se expone uno mismo a su propia locura, a su propia violencia monstruosa, que enajenada de culpa y remordimientos mesméricos se refleja en cada uno de los palpitantes pasajes de horror psicológico que inundan su obra, para mí, más que el miedo sempiterno, es la resurrección de su poesía emparedada viva, castrada de su inocencia, maullando y palpitando delatoramente por toda la eternidad.

Este lenguaje poético que creó para llegar a las masas y a los eruditos se describe en detalle en otros géneros que también cultivó y por el que es menos conocido, como lo es el ensayo. En este tampoco se podía apreciar la ausencia de un formidable aparato poético y lírico, que de Samuel Taylor Coleridge y según el mismo H.P. Lovecraft, fue evolucionando en una suerte de victimología simbólica de su propia autobiografía, que a tientas sus lectores y herederos fueron desenterrando con inquietante fruición.

Y es que el azote de la sociedad sacudió a Poe enervándolo en una suerte de pesadilla que Baudelaire y Borges le reconocieron en su obra como una de las columnas vertebrales que lo hacen inexorablemente póstumo. Ese romanticismo rescatado de las tumbas, ese olor a tierra muerta que se expele de sus líneas con un aire providencial, no sanaron sus trastornados pensamientos sobre las relaciones y la tragedia de su efímera existencia.

Por eso, cuando se acude a su poesía, se asiste a un panteón omnipresente que supera cualquier género para encontrarse con la realidad, con el retrato irrefutable de lo enfermizo que es al mismo tiempo horror y arte, perdición y novedad.

He aquí la maestría de la razón, doblegando sagazmente los periplos del corrupto romanticismo preñado de tinieblas de los que Poe hizo breve gala, hasta que se hundió en la criptografía de sus ignorancias. En El Escarabajo de Oro, la conciencia de la locura se confunde con la lucidez de un misterioso hallazgo y es como si oyéramos los ecos de la extraña isla donde se desarrolla la acción, situándonos en un escenario apócrifo donde no podemos escapar. Así mismo, ante las ruinas de Proserpina se tallan sus versos, pero sobresalen sus relatos influenciando el mundo todo, más allá de la literatura, hundiéndonos de lleno en la anatomía vasta e interminable del miedo, ese componente humano que no cesa y que Valéry determinó in extremis como el creador oscuro a partir de la nada.


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