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  • Breves de agosto, en Huerto Poeta

    Breves de agosto, en Huerto Poeta

    Lo más frecuente es comentar obras de autores conocidos, que tienen resultado acreditado, que viven en las urbes, que forman parte de grupos, asociaciones o entidades más o menos conocidas e incluso hablar simplemente porque forman parte de las camarillas por las que nos movemos. Algo así como endogamia poética. Pero existen lugares alejados, poco habituales, distantes en espacio, que se mueven, crean y luchan, verbal y poéticamente, por resistir, forjar y escribir con la palabra comprometida. También en la llamada España Vacía. ¿Vacía de qué? Que cada uno responda. 

    Hay un pueblo en Soria, allí, en la Castilla la Vieja de las enciclopedias de antaño, que se llama Quintanas Rubias de Arriba. De Arriba porque hay otra de Abajo. Pues ahí, el voluntarismo personal ha hecho milagro. Desde hace tres años, vive y revive un grupo que lanzaron los hermanos Alfonso y Felipe Fresno, empujó la Asociación Cultural Amigos de la Villa y redondeó un conjunto de escritores sorianos. Ese grupo tiene el nombre, descriptivo y emocional, de Huerto Poeta. Porque lo es. Es huerto porque labra poemas de un buen conjunto de escritores. Es poeta porque crea. Isabel Goig Soler, Carmen Ruth Boíllos, Fermín Herrero, César Ibáñez París, Carmelo Romero, Albana Ridruejo, Bernardo Santos, Mariángeles Maeso, Jesús Gaspar, Alberto Arroyo o el músico Manuel Castelló, entre otros. 

    ¿Y qué es el Huerto Poeta? Se abrió siendo una idea; luego, una realidad. Empezó a roturarse en 2023, con el primer encuentro, aunque, como digo, venía gestándose desde hacía unos cuantos años. Como en todo huerto que se precie, hay azada, surco, trabajo, riego, cultivo y fruto. En junio de ese año, pudo percibirse y celebrar la primera cosecha y el pasado 23 de mayo se celebró ya la IV Jornada Cultural, con la puesta en marcha de la Biblioteca de Autores QRA. En el primer encuentro, se plantaron poemas de un numeroso grupo de creadores y se rindió homenaje a uno de los amigos que se nos fue, gran poeta y ciudadano comprometido: José María Martínez Laseca. La tal cosecha fue una exposición permanente de textos líricos a lo largo de diferentes itinerarios en Quintanas Rubias de Arriba, que puede visitarse y gozarse. Al año siguiente, se completó con un nuevo encuentro e idea, que bautizaron, positivamente, como El chopo de la empatía, completado con el recuerdo de Jesús Bárez, concejal de cultura de Soria, que, entre otras cosas, lanzó una de las ideas más fructificadoras en esta ciudad machadiana: Expoesía, una semana del libro poético, por donde han pasado gentes de todas las lenguas y diversos países. Habrá que hablar otro día de ello.
    El Chopo de la empatía. La Naturaleza y la capacidad de compartir. El chopo, ese árbol que florece en nuestros ríos, en su verde atractivo, que ha recogido poemas en gallego (Eduardo Pondal), en vasco (Joxean Artze) y en catalán (Joan Margarit), como símbolo de que la palabra acerca, tiende lazos, comunica, crea y respeta. Cuatro lenguas, en otras tantas obras poéticas españolas que enriquecen. Ese fue el noble objetivo de 2025 en el Huerto Poeta que Alfonso se ha marcado y conseguido. La empatía, esa capacidad humana que nos abre la puerta a percibir la plural realidad desde perspectivas nuevas, compartidas por y con “el otro”. Poemas ahí sembrados y abonados, en esa pequeña villa del suroeste de Soria, compuestos por maestros del oficio en el oeste, en el norte, en el sur y en el este de nuestro país. Identificación desde el chopo como soporte emisor de la empatía social humana. Interculturalidad con el prójimo, conocimiento del otro, respeto a la palabra. El chopo de la empatía, compartido en libertad. Huerto Poeta. Que ahí sigue ya cada año. Cultivando. Creando. Conviviendo. Y con proyectos de futuro. Pero también ya con creaciones en las que la palabra es el instrumento. La Asociación Cultural, además de haber logrado su objetivo con esa plantación hortícola, nos regaló el año pasado un poemario bien curioso, que tituló Breves de agosto. El libro hermana poesía e ilustración, con la palabra breve de cada poema que describe, canta, reivindica todo aquello que forma parte de la vida del entorno, de la historia que fue, de una sociedad campesina y del presente que se busca encarnar. Un libro que se puede definir como “diccionario poético” o “poema adiccionariado”, de ciento veinte poemitas germinados alfabéticamente, desde la entrada de la A a la entrada de la Z, más uno previo y dos finales, con sintético y acertado texto de Fermín Herrero, prólogo ilustrador de Isabel Goig y práctico final de Víctor Santos.

    Un libro que dejará memoria a los presentes y a las generaciones futuras, de este pueblo y de todos los de la zona, porque lo que aquí se escribe va más allá de estas lindes locales. Como decía, un libro a dúo, entre el autor de la palabra y la autora de las ilustraciones, Irene Camacho Álvarez, que reproducen con acierto lo que el verso cuenta. El formato sigue fielmente una pauta: el texto, arriba, y el dibujo, en la parte inferior, aunque hay algunos en los que ese formalismo se rompe, como en los poemas “Ausencia”, “Kikirikí”, “Perseidas” o “Rastrojos”.

    Un poemario que es fruto de muchas cosas, entre otras de la experiencia vital del autor, como cuenta al principio: “Mientras llenamos la garrafa de agua en la fuente, cuando usamos la cámara fotográfica, al inspeccionar el corral para ver si hay alguna gotera… o durante los paseos por nuestro delicioso entorno, vamos capturando estampas que merecen ser contadas y que en este libro os presentamos…”. Amor a la tierra, observación y voluntad de hacer. En cuanto a la forma, todos los poemas se construyen en cinco breves versos, seguidos de un pareado final. Solo hay una excepción: el titulado “Cardelina”, nuestro jilguero local y familiar, al que se le dedican dos. Uno de ellos, en un magnífico romance. Los pareados suelen ser desde casi un refrán, a una conclusión oral, una fábula o una reflexión. E incluso el autor se permite jugar con él en ocasiones pues el final del primer verso y el final del segundo forman una oración curiosa. Variados son los poemas: desde recoger el léxico del pasado, a expresar la esencia de lo que se busca, la poesía de definición, la poesía sentenciosa, la poesía refrán o la poesía costumbrista. Esa variedad que responde a la pluralidad de la vida y a la riqueza vital del pasado campesino: “Alubias en el secadero./ Esmotar,/ cribar,/ lumbre, rescoldo/ y puchero”.

    Alfonso sintetiza aquí el mundo que nos vio nacer, una sociedad que ya no existe más que en la memoria, desde una realidad social y cultural radicalmente distinta. Frente a la hoz, la parva, la reja o el trillo, nos inundan las nuevas tecnologías, la sociedad urbana, los 8.000 millones de individuos y la soledad de los campos. Víctor Santos Elvira, presidente de la Asociación Cultural de la Villa lo sintetiza en su texto final: “Considero que este libro es importante para nuestra asociación cultural porque contribuye a evocar la fascinación que nuestros antepasados sentían por su tierra y porque nos puede ayudar a mitigar nuestro gran deseo de aliviar las tensiones generadas por el trabajo diario”. Breves de agosto, en quintetos libres reflejando la dura realidad de nuestros pueblos y su pasado: “Fuimos,/ somos,/ seremos…/ historia/ de nuestros pueblos”. He ahí Alfonso Fresno y la Asociación Cultural Amigos de la Villa… de Quintanas Rubias de Arriba. “Tábano del tabanar/ ¿qué vienes a buscar/ en esta pobre despensa?/ Lástima./ Sangre, pena para chupar”. Búsquenlo y degústenlo.

  • En los bosques de la rabia

    En los bosques de la rabia

    Óscar Sotillos (Barcelona, 1973) se siente tanto de su ciudad como de Montejo de Tiermes, un pueblo al lado de la ciudad celtíbera de Termancia, en Soria. Quizá fue allí donde entró en contacto con la fuerza de la naturaleza, tanto vegetal como animal (aunque no haya osos) y donde algún recuerdo sobre las relaciones humanas le ha seguido en un contexto como ese. El caso es que en esta obra susurra al lector, con palabra certera, escenas sórdidas y situaciones límite. ¿Acaso no está para eso también la Literatura? No hay más que echar un vistazo a la historia. Para tal creación, ha construido, y publicado hace un par de meses, una novela con el orientador título de En los bosques de la rabia. Editada por Carpe Noctem, atrae visualmente nada más que a ella se dirige la mirada.

    Pero no es la primera vez que escribe Óscar Sorillos. Tiene ya una obra plural, dilatada y consolidada, tanto en poesía como en narrativa, reconocida, justamente, con algunos premios. Por ejemplo, la novela La Fruta del tiempo (Tenerife, Baile del Sol, 2008) o el libro de relatos María Triste y el cuentacuentos (Tegueste, Baile del Sol, 1999). Para su placer creativo, esta ha sido traducida al italiano. Además, en abril de 2010, se hizo con el primer premio de novela “Encina de Plata”, con el añadido de que el presidente del jurado fue Luis Mateo Díez, que la calificó como “novela hermosa y muy bien escrita”. Por otra parte, ha tomado parte con el guitarrista Javier Molina en programas de narrativa oral, cual moderno juglar popular, en lugares diversos de España. Además, ha participado en diversos festivales poéticos, ha sido colaborador de revistas como Perfil del Aire y ha creado obras líricas, entre las que cabe destacar El púgil sin sombra o Efímero fósil. Y, por supuesto, también ha situado al pueblo soriano de sus antepasados como centro del mundo en un blog literario, con historias que solían llevar al otro lado del planeta que nos acoge.

    En los bosques de la rabia, la obra que ahora nos centra la atención, incluso antes de empezar a leerla, nada más caer en las manos, lo que salta a la vista es su formato. Su formato geométrico (16×10), su color y la imagen de portada. Un libro perfecto para guardarlo en el bolsillo, antes y después de leerlo en el bus, en el metro, en el parque o en una terraza mientras te relajas con una cerveza tostada con dos ceros. Por decir algo, claro, pues cada uno es libre de llevarse al paladar lo que le pida. Es que se lee en tres cuartos de hora y a cualquiera le deja un sabor curioso y una mirada reflexiva al horizonte.
    Seis capítulos de negro sobre blanco, sin título ni número ordinal pero identificados cada uno de ellos por una página de blanco sobre negro con una cita o leyenda relacionada con el oso cántabro. Al final del libro, se dice que «todas las citas son reales» y de dónde proceden. Relaciones humanas. Sí, relaciones humanas. Ahí, están Yago, Víctor y el oso, en medio de un escenario de brañas, teitos, piornos, empozaduras y canchales. Cada uno de tales personajes, con su propio pasado, que condiciona el presente, son redondos, como se denominen Crítica Literaria. La Naturaleza y la civilización. Pero también actúan otros, con importante significado, como Carla y Lisa o Bea… Un mundo humano, donde todo se traba, a veces con dificultad y otras con lo esperado. Pero la tensión, el enfrentamiento entre ellos dos (averígüenlo) y la violencia ascendente forma parte de la relación como fruto de un pasado ni asumido ni controlado. He ahí, cómo Yago y Víctor ajustan cuentas en una braña situada en algún punto del interior de la Cordillera Cantábrica. La rabia crece y con ella la violencia que acaba en una asfixiante persecución por la espesura montañosa pero cuyo final ha de reflexionar con prudencia, calma e inteligencia el lector.

    Cuando se abre y se lee el primer capítulo, se deduce la técnica de in media res. Empezar in media res supone situar al lector de forma directa e inmediata en el centro del conflicto, en la acción más destacada, por trágica, amorosa o inverosímil sin más preámbulos. Así, el autor, por las razones que sean, busca atraer la atención de inmediato, mostrando algún personaje en acción o reflexión, lo que le obliga a explicar más tarde cómo se ha llegado a ese punto crucial. Primer capítulo y último capítulo, como dos escenas de la misma unidad y en medio, otros cuatro, breves también, que sitúan, informan, narran, desarrollan, la historia, el proceso de relación entre personajes, el porqué, el pasado, que esclaviza muchas veces el presente y el futuro. Obra compleja, a pesar de su brevedad, que presenta y soluciona lo que plantea con claridad y atracción del lector. En definitiva, una nouvelle, novela corta o relato, de ochenta y tantas páginas, que el lector saborea en los ratos propios de la agitada vida moderna. 

    La violencia entre los dos, Yago y Víctor; el oso que convive en las brañas de Cantabria, es decir, la naturaleza aún no civilizada; los humanos que la visitan, como lúdicos caminantes del turismo moderno; las relaciones personales, los egos de cada uno y el campo frente a la urbe. En los bosques de la rabia o la rabia humana que se presenta embosquecida e incapaz de ser controlada por la racionalidad. Cuando la violencia está en su punto más trágico y doloroso ((del dolor físico de la fuerza sobre el otro), con dificultad de control, y el lobo se presenta a poner orden, los dos sapiens ya no saben qué hacer. 

         –  ¿Y, ahora, qué?

    La pregunta queda suspendida en el aire durante unos segundos.

    • Habrá que volver, ¿no?”.

    Se cierra el telón. En el bosque de la rabia. Editorial Carpe noctem. También puede gozarse de día. Óscar Sotillos sabe caminar por la esencia y ha logrado construir en ochenta y tantas páginas lo que la literatura de relaciones humanas busca: el quehacer de la emoción, sea esta la que sea, desde el amor al odio o la rabia.

  • Estancia de la plenitud

    Estancia de la plenitud

    Con su sabiduría poética, temática y formal, Fermín Herrero ha construido esta obra desde una atalaya bien delimitada. Atalaya con tres miradas: la del escenario geográfico, la de su tiempo pretérito personal y la del presente de creación y nostalgia. Pero esa trinidad se reduce a una: el arte de la poesía en la soledad del creador. Suficiente y total, en la Estancia de la plenitud, esa alcoba a la que uno aspira, en vida y en obra. El poemario es casi un manifiesto lírico, una biografía, un resumen de lo vivido, de lo sentido desde que se nace, una memoria. 

    El primero de los treinta y un poemas que componen esta cosecha se lanza casi como declaración y proclama; “Este es un canto de alabanza/ ya que no puede serlo de humildad/ por culpa del que, en vez de limitarse/ a la mirada, escribe cuanto ve,/ lo que piensa que ve, lo que pretende/ ver, aunque nada vea. Con los años,/ en lugar de agrandarse, el mundo/ se me ha ido empequeñeciendo,/ ni siquiera me sirve hablar/ en tercera persona. Con los años,…/”. Por otra parte, en el tercer poema, se celebra, muestra y revela desde dónde observa y desde dónde nos convoca el poeta; “En el silencio, lleno. Ningún ruido/ me afecta ya, cualquier deseo/ atajo fácilmente, nada me pasma. Es tal/ mi repelencia frente al trajinar/ que ni siquiera me perturba el miedo/ al desapego. Hasta del tiempo hago/ una celebración, lo hago instante,/ me sobrecoge. Estoy sentado en mi sillar/ de piedra de Las Peñas. Aquí el silencio/ se ocupa de mi soledad,/ ya no lo espero pues está/ para siempre. Junto al lugar”. 

    Ahí, en la “piedra de Las Peñas”, donde él está sentado (donde estuvo, donde imagina con acierto estar), contemplando el mundo, micro y macro, y gozándolo, al tiempo que toma nota para su palabra certera. Contenido y perspectiva. El qué y desde dónde. Situado queda el lector agudo.

    ¿Y desde ahí que nos muestra? La realidad poética construida en perfección formal y contenido humano. Toda una obra. Toda una Estancia de la plenitud, sostenida con las dos iluminadoras citas del principio, la de Giorgio Agamben sobre los poetas del siglo XIII y su sentido de la “estancia”, más la del gran Hölderin sobre la “plenitud”. Dos sustantivos que no necesitan adjetivos. Desde ahí, viaja con su pluma y papel para construir una realidad íntima en el tiempo y en el espacio. El paisaje que lleva dentro y el léxico que nos define, bajo el cielo azul de las Tierras Altas de la Castilla soriana. Palabra, constructo sintáctico propio y semántica que ilumina en su polisemia pues Fermín traza con nuestro vocabulario toda una metáfora que alcanza lo universal. Como ha de ser la poesía. Así, ese léxico de nuestros pueblos (carrizos, espadañas, guijarros, componendas, rastrojos, ulagares) recogido, “mientras el silencio/ se ocupa de mi soledad”, antes de que muera y mueran, le da un sentido de profundidad y categoría elevada, que se nos muestra íntimo. En este poemario está el aquí más cercano al autor, a sus predecesores y a sus coetáneos, que, no siendo muchos hoy en esta tierra baldía, somos unos cuantos conscientes de lo que se ventila.

    Ahí, el poeta, solo; ahí, la palabra, sola; ahí, la voz sola. Eso es poesía porque Fermín Herrero logra convertir en universal lo singular, en ese paseo visual y de memoria que habita en su interior. Eso es la poesía, la capacidad de trascender el yo y desde el yo. Porque no hay poesía sin palabra y no hay palabra sin sujeto. Un escenario: el paisaje de su infancia, los recuerdos del padre (“que me arrulla/ en su mirada candeal, en su honradez/ callada”) las palabras que nos moldearon: “Mira que he desgastado estos parajes/ y cuánto, mira que al intentar/ fijarlos una y otra vez, les he quitado/ latido, vida”. Todo ello, en el tiempo que nos forja y, a veces, nos abruma porque su paso es inexorable. He ahí los meses y las estaciones, que vagan sin parada ofreciendo a los sentidos bellezas diferentes: febrero (“lo que calla, lo que nunca alcanzaré”; abril (“la emoción en el aire/ en sus quietudes”); mayo (“un aire que/ hacia la claridad me ensimismaba”); agosto (“ya ha florecido/ el brezo en las laderas de los cerros”); octubre (“me recojo en su luz… en la brisa de otoño”); noviembre (“ha adelantado la clarividencia/ que en la nevada resplandece e iguala/ lo vivo con lo muerto”)…
    Estancia de la plenitud es un manantial del que sale un agua «corriente, pura, cristalina», mucho más caudalosa de lo que este espacio me permite acumular en mi glosa sobre este poemario. Es la plenitud de la memoria, la culminación de la palabra, manifestada en forma en la estancia del camino de la vida, tras haber sabido recoger la mirada que se lanza y la flecha del verbo en la montaña que ahora es balcón para el poeta, desde donde mira, se mira y crea en plenitud de vida personal.
    Nunca podremos captar la realidad en su inmenso ser y tampoco llevarla entera a la voz verbal pero el poeta nos ha reconstruido un mundo de goce, recuerdo y regocijo verbal (“… no recuerdo/ sino la extrañeza y, en medio/ de ella/ aún más extraña/ la poesía”). Acérquese el lector a la Estancia de la plenitud, su último brote en una obra ya consolidada, la de Fermín Herrero. Consolidada y reconocida en nuestras Tierras Altas de Soria y allende sus horizontes. Deténganse en la página 25, de síntesis gozosa. Poesía en estado puro, plenitud en la estancia de la vida. “Lo que no vi, lo que aun viéndolo/ no conseguí entender, aquello/ más simple todavía en su temblor/ pequeño”. Querido Fermín: mi felicitación por la nueva construcción, con goce de sentidos y gozo cerebral que regalas. No se la pierdan. Editorial PRE-TEXTOS.

  • Como fuman los murciélagos

    Como fuman los murciélagos

    Dado que fue la primera novela de Carmen Ruth Boíllos, conocida por su trayectoria poética, resulta fácil caer en la tentación de abrirla y leerla, a ver qué nos encontramos. El título también invita a ello pues esa elipsis sintáctica de una oración compleja atrae la curiosidad, bien nos deje en la tesitura de si interpretarla como condicional, como causal o como todo lo demás que haya pasado por las entrañas de la autora. En cualquier caso, el verbo y el sustantivo plural me retrotrajeron directamente a ciertas escenas de la niñez. Pero hacerlas aflorar con el artefacto de la palabra es la grandeza de la creación literaria. Y humana, Tan es así que solo algunos parece que son capaces de convertirlo en universal porque en poco tiempo me encontré con textos narrativos en los que se conjuga el mismo verbo y se exhibe el mismo nombre. Por ejemplo: una crónica titulada “¿Fuman tabaco los murciélagos?”, que empieza con otra interrogación, tan irónica como realista: “¿La estupidez humana se hereda?”. E incluso una exposición, con gran resonancia en la prensa hace unos años, de la Fundación Vila Casas, que reunía los originales de los carteles de “Cigarrillos París” y algún periódico lo titulaba, gráficamente, “Cuando fumar era también cosa de niños, muertos y murciélagos”. 

    Aquí entra nuestra obra. De veinticinco estampas. Con Mario presente (al final, en la memoria definitiva) y el verbo narrativo en primera persona para que la verosimilitud no se cuestione. Chicos y chicas, paseando por todos los vericuetos de la niñez y tramando hazañas pero ¡ojo! que “Los chicos no podían soportar por más tiempo que les ganásemos por goleada” (las chicas ya sabían dónde estaban). Creo, sinceramente, que este nuevo camino de Carmen Ruth Boíllos es acertado. Acertado porque ha conseguido llevar a palabra literaria lo que pretende un escritor: construir y reconstruir un mundo. Sea costumbrista, realista, mágico o imaginario. ¿Una crónica? Todo es ficción en el arte. Es lo que tenemos los humanos. 

    Como fuman los murciélagos. Ahí la tienen, en una edición exquisita de Huerga y Fierro, con trabajo redondo de Antonio y Charo… más los que les rodean. Pero, sobre todo, con el objetivo conseguido de la autora, que regresa a su primera memoria y le da forma en Fuentes del Duero (“donde vagamos con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”), que son cualesquiera fuentes donde la vida esculpe perfiles y, vertiendo de una manera u otra, triunfa. La escritura. Como fuman los murciélagos (condicional, causal o comparativa) es una auténtica metáfora, que se goza cuando uno camina por los intersticios de esta obra, por esas entrañas que se describen y narran con pasión, que es lo que viene mostrando Boíllos en su creación literaria, poética, con títulos siempre orientadores de su concepción de la realidad, dinámica y comprometida: Vulnerables, Quejido y ternura o el más reciente poemario, Liturgia de los Vencidos. Añádase su implicación en trabajos colectivos como en La herencia de los chopos. Esa es la realidad creadora desde que empezó a lanzarse con acento y verbo al ruedo de la escritura. 

    Como fuman los murciélagos. La narradora nos sitúa en un Macondo particular: Fuentes de Duero, el pueblo donde se reconstruye un mundo, que la protagonista narradora vivió, gozó e imaginó. Saint-Exupéry decía que “todas las personas mayores fueron al principio niños aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Carmen Ruth lo evoca y nos lo pone en palabra para que nosotros, lectores de su obra, nos lancemos al recuerdo porque aquel que fuimos es la raíz del que somos. Y, si los murciélagos fumaban, era por el atrevimiento humano del juguete tonto… y, además, aquí, doloroso. Los murciélagos no verán pero fueron víctimas de ojos ciegos humanos. Ni la infancia fue un paraíso ni la infancia fue un infierno: “Si hay algo que caracterizaba nuestras andanzas por las calles de Fuentes eran las mil y una travesuras que cada fin de semana tramábamos y hacíamos realidad”. Fue una etapa más que iba modelando, sin darnos cuenta, las siguientes en las que ahora estamos, incluso para escribir una primera novela como esta. “Durante meses vagamos por Fuentes con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”. El narrador/ narradora deja constancia escrita, en primera persona, de un mundo que brota en su interior como una palpitación de la palabra. “La memoria es un barco a la deriva” se convierte en la llave asertiva y copulativa que abre la obra. Y la cierra en pasado verbal: “El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio. Hubo palabras, hubo personas, hubo silencio”. Es lo que tienen las tragedias. Se empieza fumando, como juguete de murciélago, y se acaba en el mayor de los silencios.

    Un escenario, unos tiempos, unos personajes, unas historias. “Aquel lugar encierra muchos más recuerdos y vivencias. Mil conversaciones, risas, borracheras, demostraciones de fuerza, de orgullo y de vanidad. Por suerte sus paredes carecen de lengua y no podrán desvelar tantos secretos compartidos”. Un libro para saborear, que ocupa lo suficiente: 100 páginas de relato… pero que deja impronta, como delicia verbal que no hay que perderse. Se lee una mañana a la sombra fresca de cualquier árbol de un parque de Barcelona, Madrid o Caracas. Carmen Ruth Boíllos. Como fuman los murciélagos. “Ese brillo que un día se volvió oscuridad”. 

  • Poesía de las cosas cotidianas

    Poesía de las cosas cotidianas

    Conocí a Daniel Martín Jiménez en las jornadas de Expoesía. Soria, 2015. Allí, se presentaba una magnífica antología: La herencia de los chopos y mi poemario La física del Ser. A partir de ahí, entablamos una relación que, al principio, fue, sobre todo, epistolar, pues él vivía en Alemania. Desde el primer momento, me pareció un joven sabio, discreto, sosegado, ecuánime. Que, además, escribe muy bien poesía. En 2021, a sus 34 años, presentaba en esas mismas jornadas veraniegas de Expoesía una obra que merece ser leída: Poesía de las cosas cotidianas, publicado por la editorial Lastura y prologado por Carmen Ruth Boíllos. En ella, todo va más allá de la apariencia verbal. Hay profundidad allende la epidermis de cada verso en la obra de este soriano, doctor en Física de la Materia Condensada y Nanotecnología, que trabajó como investigador postdoctoral en la universidad alemana Justus-Liebig y ahora ejerce en el Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Universitat Autònoma. No es cualquier cosa. Su brillantez formativa se palpa en este poemario, donde aparecen hermanados palabra e imagen, caligramas de atracción visual y conceptual. Más los abundantes puntos suspensivos entre corchetes, donde la elipsis lleva al lector a levantar la mirada y obligarse a construir lo ausente. Alemania y Soria. “¡Qué largos son los nudos que nos atan a otras tierras!”, se lee en “El barco”.

    Poesía de la vida cotidiana. La de todos los días, la que vivimos como humanos, en el prado que pacemos y rumiamos, donde “Lento/ persigo la vida/ lento”. Y es que, efectivamente, la poesía es la relación que el ser humano (loquens, sintiente y pensante) establece con la realidad en la que vive y mora, es decir, con las cosas cotidianas, con las que el autor establece un diálogo. Cosas habituales, de número ilimitado pero que cada uno elige, por las razones que sean, un florilegio de ellas. También en esa elección nos definimos a nosotros mismos. ¿No lo son las puertas, la bañera, la lavadora o la camisa? ¿Quizá no forman parte del listado también las nubes, las mentiras, la luna o las humedades? ¿E incluso la amanita muscaria, una luz, el cuadrado o los ovinos? Pues así, hasta un extenso compendio de “cosas”, que se cierran con la nieve. Una larga lista en la que Daniel Martín Jiménez repasa en diálogo, unas veces; en monólogo, otras, sus elementos poéticos cotidianos. Es el poeta, que tira de la primera persona: “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Es el poeta que camina en tercera persona, definiendo realidades, como escribe en “Las mentiras”: “Cuando hay una verdad tan profunda/ que no la ocultan ya ni las palabras”. Es el poeta que dialoga con esas cosas, que quedan personalizadas con el cariño que las aborda: “Yo no te pinché,/ tú me atrapaste entero”, se lee en “El espagueti y el tenedor”. Las cosas de la vida cotidiana, como el amor que se descubre tan veladamente en varios poemas. Por ejemplo, en “El estrecho”: “Como dos placas tectónicas/ fuimos erosionando nuestra piel”. O en “Los bombones”: “Pralinés son tus labios”.

    La palabra y la imagen, lo fónico y lo visual. ¿Qué, si no, son los magníficos poemas, cuyo título ya nos lleva a la percepción visual, tan bien conseguida y editada. He ahí  los titulados “La aspiradora”, “La serpentina”, “El prisma”, “La bombilla”, “El paraguas” o el Sí del No de “Más mentiras”? 

    “Tejí y curé cada destrozo y cada tela”. Has tejido, Daniel, una obra con palabras hilvanadas en su justa medida. En un poemario de las cosas cotidianas que va más allá de la cotidianidad de las cosas. Porque la escritura poética, para ti, revela una realidad que la ciencia de lo nanotecnológico te ha descubierto traspasando los fenómenos que nos regalan los sentidos. Y has sabido conjugar lo sensorial con lo que está más allá de lo aparente, has logrado articular lo cotidiano universal con lo que trajina debajo y el lector agudo ha de saber conquistar.

    Por supuesto, mis palabras no agotan, ni mucho menos, la riqueza de esta obra, poliédrica en sí misma, en la que el poeta lanza su sentir y el lector descubre un mundo, unos mundos, porque toda gran poesía, y esta lo es, sugiere, propone, insinúa, alude y evoca. “Yo soy solo una gota/ de una nube/ que el viento controla”. Poesía de las cosas cotidianas, de Daniel Martín Jiménez.

  • César Ibáñez París, una obra plural

    César Ibáñez París, una obra plural

    A finales de noviembre, me llegó la noticia de que, en los Encuentros Literarios de Burgos, un acontecimiento que merece la pena conocer, el escritor César Ibáñez París intervendría en la Sala Polisón, del Teatro Principal, el día 9 de diciembre, con su obra La venus de las matrioskas. A partir de tal información, me vino a la memoria todo un río de recuerdos, tanto personales como literarios, de este autor, tan prolífico como interesante. Estos encuentros de Burgos abarcan medio año, nada más y nada menos, con heterogeneidad de actividades, que van desde la feria del libro a tales intervenciones, en las que participan autores como Juan Manuel de Prada, Jorge Freire, Llamazares o el autor del que ahora hablamos. 

    La novela de cartel de Ibáñez París fue publicada en el año 2020 y, por varias razones, entre otras por su riqueza intertextual, fue galardonada, ese mismo año, con el XXX Premio Santa Isabel de Narrativa, que otorga la Diputación de Zaragoza. El jurado justificó tal distinción, entre todas las novelas presentadas, por «su ritmo, intriga, fluidez y calidad», a lo que añadía, “el gran sentido del humor y la habilidad con la que se plantea la historia, donde cada personaje tiene una identidad propia”. Merecido premio, sin duda. Pero la producción literaria de César Ibáñez va mucho más allá de esta obra que nos ha servido de acicate para hablar del autor. 

    Nació en Zaragoza, en el año 1963 y se licenció en esta milenaria ciudad en  Filología Hispánica. Desde 1990, vive en Soria, donde se ha dedicado a la enseñanza, como profesor de instituto y desarrolla una importante labor intelectual. Su obra literaria es prolífica, plural y variada, en la que ha entreverado con maestría lírica y narrativa, sin desatender el ensayo. De lectura obligatoria son poemarios suyos como  La máscara blanca, Intemperies, Cántaro y otros límites, Églogas invernales, La ruta de la sed o Savia y vuelo, entre otros. En sus títulos novelísticos, baste nombrar obras como Los frutos caídos, La cueva de los diez acertijos, Donde viven los muertos o la de nuestro motivo, La venus de las matrioskas. Obra narrativa en general que ha merecido varios premios como el Juana Santacruz del Ateneo Español de México, el Avelino Hernández o el ya comentado de la Diputación zaragozana.

    Las herramientas de César Ibáñez París están bien definidas y afiladas, tanto para su cultivo de la poesía como de la narrativa, sea novela o cuento. César conoce bien la lengua, como medio y como fin. Se ha pasado su vida dedicado a ella, sembrando la parcela con los alumnos y puliéndola mejor en la escritura, desde muy pronto. Y, además de la lengua, las estrategias que definen el hecho literario. Por eso, ha sido compensado en varias ocasiones  con diferentes premios, como se dice más arriba. Lean, y comprueben, si no, lo que digo en la novela que nos ha impelido a escribir este texto, La venus de las matrioskas, donde el entramado y el ritmo narrativo no tienen nada que envidiar. Pero también lo pueden hacer con cualquiera otra o con uno de sus poemarios.
    En todo autor, hay obras o poemas sueltos que no solo se leen muchas veces, por las razones que sean. Es que también los habitamos, cuando el lector los hace suyos. La palabra tiene historia y no solo es instrumento frío y objetivo para la relación diaria prosaica. Tiene historia compartida que nos define. Y, al redactar esto, me vino a la memoria aquello que decía Aldous Huxley sobre las palabras: que pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente. Pasan a través de todo. Permítanme que añada que, bien saboreadas, las de nuestro autor traspasan la piel del lector. Por eso, me parece una oportunidad, desde Barcelona, destacar uno de sus poemas ejemplares, que Ibáñez París arma, que diría un argentino, a partir de los préstamos que ha recibido el castellano a lo largo de los siglos, como todas las lenguas los reciben. Su abertura expositiva queda explícita:

    Cuando digo ojalá, estoy hablando en árabe;

    cuando digo mesías, en hebreo.

    Cuando llamo a Sofía o llamo a Irene, 

    en griego estoy nombrando.

    Si escribo violonchelo

    es la lengua de Italia la que escribo,

    y si escribo parterre, la de Francia.

    Al decir chocolate, canoa, colibrí,

    un continente nuevo

    nace  de las palabras o semillas.

    Si digo capicúa, lo pienso en catalán;

    si morriña, en gallego;

    si chacolí, en vasco.

    Cuando el vagón avanza por el túnel,

    me rodea el inglés.

    y hasta puedo dictar una palabra 

    en el idioma de los polinesios:

    tabú. ¡Propicia Torre de Babel!

    Si hablando en mi español

    en todas las lenguas

    digo lo que deseo y me disgusta,

    es porque el mundo entero es mi lugar

    y todos los hablantes, compañeros.

    No es un sueño sublime,

    es un hecho. Negarlo

    es negar que la luz nos ilumina.

    Quien usa las palabras como armas

    es un traidor. Merece 

    un mundo de gruñidos y bullanga

    y chirridos y truenos y estertores.

    Merece un mundo sin significados.

    Abran las páginas de sus libros (prosa o verso) y compartan lo que han sentido: atmósfera nebulosa, cielo clareado, sonrisa, ironía, inquietud, misterio, intriga, camino lineal, bifurcaciones… La Literatura está para definir todas las situaciones humanas, a través del verso o del renglón lineal narrativo, de margen izquierdo al derecho. La poesía, con frecuencia, va más allá de la lírica y se convierte en principio léxico instrumental, mediante el que el poeta lanza toda una declaración porque las lenguas nos definen y, a veces, nos atrapan y delimitan. Desde ahí, nos habla con su verso y bien que lo sabe hacer César: “Menudea el lenguaje,/ da un vuelo hasta los ojos o el oído/ y siembra el pensamiento/… Somos lo que decimos y nos dicen,/ las voces y las páginas./ Procura que te hablen/ los que tienen raíz,/ los que conducen savia,/ y procura tú hablar también desde la tierra”. Así lo leemos en uno de sus poemas, el titulado “La semilla”. Sembrado queda en su vasta y plural cosecha literaria, bien estercolada. César Ibáñez París, con su obra plural y abierta.

  • Poesías familiares y domésticas

    Poesías familiares y domésticas

    Nos situamos en Ausejo de la Sierra. Ese es el espacio. Nos situamos en 1963. Ese es el tiempo. Y no lo digo porque este año se celebren los 120 de la Teoría de la Relatividad Especial, de Einstein. Espacio-tiempo único. Ahora, nos situamos en la memoria. Y esta es la última publicación del poeta soriano Fermín Herrero. Su título, el de este artículo. Fermín ha viajado en su recuerdo, personal, afectivo y poético y ha reconstruido con adobes ya fabricados una casa nueva, propia y compartida, entrañable y perfecta. Que conste, no obstante, que lo que la define no es el adjetivo sino la sustancia. ¿Por qué para reconstruir un mundo hemos de ir a las estrellas si tenemos Ausejo de la Sierra, el recuerdo de la infancia, la memoria de los padres, la llamada de nuestra obra y el valor de las palabras que nos moldearon?


    «Poesías familiares y domésticas». Una antología personal. Y algo más. Orientador título. Editorial Difácil. Noventa sabrosas páginas. Cuatro partes. La primera y la cuarta, bajo números romanos. La segunda, titulada «En casa de los padres». La tercera, «En casa propia». Más un prólogo de Julio Llamazares, que lo descifra todo y me deja en la tesitura de si puedo, o debo, añadir algo más y que sea provechoso. Lo titula «Bajando el puerto de Oncala». ¿Nos vamos allí?
    Igual Fermín nos ayuda con la «Nota de autor», de la página ochenta y siete. Yo he sentido un zarandeo especial al recorrer el camino. Fermín ha clavado en tierra finas señales para que nadie se pierda. “El trastorno de consagrar la vida entera a la literatura no solo afecta al paciente enajenado, sino también a cuantos conviven con él. Creo que… han venido, a lo largo de los años y los libros, estas poesías, por lo general hogareñas, de andar por casa, sin ínfulas ni pretensiones sublimes… me han servido… de alivio. Por eso, venciendo de nuevo los remordimientos derivados del necesario pudor conculcado, las he recogido aquí”. Querido Fermín, tu sinceridad ennoblece aún más tu palabra certera. Y poética, en el más puro sentido etimológico, de crear y hacer, que es lo que nos distingue como humanos. Lo espero, en estos tiempos de incertidumbre, donde Ausejo de la Sierra u otros ausejos sorianos siguen en su esencia de cielo y lomas. 

    Capítulo I: “VESTIDO de domingo, mi padre subía/ en bici el puerto, con amor, venidero./ Mi madre lo esperaba”. Segundo poema: “SECRETAMENTE/ tuyo, con un temblor/ de letra parvulita”. Capítulo “En casa de los padres”: “DE MI NIÑEZ, en el ventano del desván/ la luz de la mañana…”. “EN CASA de la madre, la pérdida/ del tacto no es posible”. Capítulo “En casa propia”: “Voy hasta la ventana. Vuelvo. Vuelvo sobre/ todo cuanto deseo…”. Capítulo IV: “EL DÍA EN QUE MURIÓ mi padre, el mismo casi/ en que nací, pletóricos, los almendros/ florecían, ajenos de todas a su ser / y al mío…”. Busquen el libro. Mastiquen las palabras. Paseen los versos y la nostalgia del relato. Nadie quedará indiferente. Fermín ha construido, con adobes previos, un mundo que llevamos dentro. “Este libro de Fermín Herrero, selección, según él, de sus poesías más humildes (familiares o domésticas, tanto da), es por eso la mejor manera de entrar de lleno en la poesía de un poeta que pasará a la historia”. Lo dice Julio Llamazares.  

    Poesías familiares y domésticas se puede encontrar aquí.

    • Publicado el 15 de noviembre de 2025 en El Día de Soria