Lo más frecuente es comentar obras de autores conocidos, que tienen resultado acreditado, que viven en las urbes, que forman parte de grupos, asociaciones o entidades más o menos conocidas e incluso hablar simplemente porque forman parte de las camarillas por las que nos movemos. Algo así como endogamia poética. Pero existen lugares alejados, poco habituales, distantes en espacio, que se mueven, crean y luchan, verbal y poéticamente, por resistir, forjar y escribir con la palabra comprometida. También en la llamada España Vacía. ¿Vacía de qué? Que cada uno responda. 

Hay un pueblo en Soria, allí, en la Castilla la Vieja de las enciclopedias de antaño, que se llama Quintanas Rubias de Arriba. De Arriba porque hay otra de Abajo. Pues ahí, el voluntarismo personal ha hecho milagro. Desde hace tres años, vive y revive un grupo que lanzaron los hermanos Alfonso y Felipe Fresno, empujó la Asociación Cultural Amigos de la Villa y redondeó un conjunto de escritores sorianos. Ese grupo tiene el nombre, descriptivo y emocional, de Huerto Poeta. Porque lo es. Es huerto porque labra poemas de un buen conjunto de escritores. Es poeta porque crea. Isabel Goig Soler, Carmen Ruth Boíllos, Fermín Herrero, César Ibáñez París, Carmelo Romero, Albana Ridruejo, Bernardo Santos, Mariángeles Maeso, Jesús Gaspar, Alberto Arroyo o el músico Manuel Castelló, entre otros. 

¿Y qué es el Huerto Poeta? Se abrió siendo una idea; luego, una realidad. Empezó a roturarse en 2023, con el primer encuentro, aunque, como digo, venía gestándose desde hacía unos cuantos años. Como en todo huerto que se precie, hay azada, surco, trabajo, riego, cultivo y fruto. En junio de ese año, pudo percibirse y celebrar la primera cosecha y el pasado 23 de mayo se celebró ya la IV Jornada Cultural, con la puesta en marcha de la Biblioteca de Autores QRA. En el primer encuentro, se plantaron poemas de un numeroso grupo de creadores y se rindió homenaje a uno de los amigos que se nos fue, gran poeta y ciudadano comprometido: José María Martínez Laseca. La tal cosecha fue una exposición permanente de textos líricos a lo largo de diferentes itinerarios en Quintanas Rubias de Arriba, que puede visitarse y gozarse. Al año siguiente, se completó con un nuevo encuentro e idea, que bautizaron, positivamente, como El chopo de la empatía, completado con el recuerdo de Jesús Bárez, concejal de cultura de Soria, que, entre otras cosas, lanzó una de las ideas más fructificadoras en esta ciudad machadiana: Expoesía, una semana del libro poético, por donde han pasado gentes de todas las lenguas y diversos países. Habrá que hablar otro día de ello.
El Chopo de la empatía. La Naturaleza y la capacidad de compartir. El chopo, ese árbol que florece en nuestros ríos, en su verde atractivo, que ha recogido poemas en gallego (Eduardo Pondal), en vasco (Joxean Artze) y en catalán (Joan Margarit), como símbolo de que la palabra acerca, tiende lazos, comunica, crea y respeta. Cuatro lenguas, en otras tantas obras poéticas españolas que enriquecen. Ese fue el noble objetivo de 2025 en el Huerto Poeta que Alfonso se ha marcado y conseguido. La empatía, esa capacidad humana que nos abre la puerta a percibir la plural realidad desde perspectivas nuevas, compartidas por y con “el otro”. Poemas ahí sembrados y abonados, en esa pequeña villa del suroeste de Soria, compuestos por maestros del oficio en el oeste, en el norte, en el sur y en el este de nuestro país. Identificación desde el chopo como soporte emisor de la empatía social humana. Interculturalidad con el prójimo, conocimiento del otro, respeto a la palabra. El chopo de la empatía, compartido en libertad. Huerto Poeta. Que ahí sigue ya cada año. Cultivando. Creando. Conviviendo. Y con proyectos de futuro. Pero también ya con creaciones en las que la palabra es el instrumento. La Asociación Cultural, además de haber logrado su objetivo con esa plantación hortícola, nos regaló el año pasado un poemario bien curioso, que tituló Breves de agosto. El libro hermana poesía e ilustración, con la palabra breve de cada poema que describe, canta, reivindica todo aquello que forma parte de la vida del entorno, de la historia que fue, de una sociedad campesina y del presente que se busca encarnar. Un libro que se puede definir como “diccionario poético” o “poema adiccionariado”, de ciento veinte poemitas germinados alfabéticamente, desde la entrada de la A a la entrada de la Z, más uno previo y dos finales, con sintético y acertado texto de Fermín Herrero, prólogo ilustrador de Isabel Goig y práctico final de Víctor Santos.

Un libro que dejará memoria a los presentes y a las generaciones futuras, de este pueblo y de todos los de la zona, porque lo que aquí se escribe va más allá de estas lindes locales. Como decía, un libro a dúo, entre el autor de la palabra y la autora de las ilustraciones, Irene Camacho Álvarez, que reproducen con acierto lo que el verso cuenta. El formato sigue fielmente una pauta: el texto, arriba, y el dibujo, en la parte inferior, aunque hay algunos en los que ese formalismo se rompe, como en los poemas “Ausencia”, “Kikirikí”, “Perseidas” o “Rastrojos”.

Un poemario que es fruto de muchas cosas, entre otras de la experiencia vital del autor, como cuenta al principio: “Mientras llenamos la garrafa de agua en la fuente, cuando usamos la cámara fotográfica, al inspeccionar el corral para ver si hay alguna gotera… o durante los paseos por nuestro delicioso entorno, vamos capturando estampas que merecen ser contadas y que en este libro os presentamos…”. Amor a la tierra, observación y voluntad de hacer. En cuanto a la forma, todos los poemas se construyen en cinco breves versos, seguidos de un pareado final. Solo hay una excepción: el titulado “Cardelina”, nuestro jilguero local y familiar, al que se le dedican dos. Uno de ellos, en un magnífico romance. Los pareados suelen ser desde casi un refrán, a una conclusión oral, una fábula o una reflexión. E incluso el autor se permite jugar con él en ocasiones pues el final del primer verso y el final del segundo forman una oración curiosa. Variados son los poemas: desde recoger el léxico del pasado, a expresar la esencia de lo que se busca, la poesía de definición, la poesía sentenciosa, la poesía refrán o la poesía costumbrista. Esa variedad que responde a la pluralidad de la vida y a la riqueza vital del pasado campesino: “Alubias en el secadero./ Esmotar,/ cribar,/ lumbre, rescoldo/ y puchero”.

Alfonso sintetiza aquí el mundo que nos vio nacer, una sociedad que ya no existe más que en la memoria, desde una realidad social y cultural radicalmente distinta. Frente a la hoz, la parva, la reja o el trillo, nos inundan las nuevas tecnologías, la sociedad urbana, los 8.000 millones de individuos y la soledad de los campos. Víctor Santos Elvira, presidente de la Asociación Cultural de la Villa lo sintetiza en su texto final: “Considero que este libro es importante para nuestra asociación cultural porque contribuye a evocar la fascinación que nuestros antepasados sentían por su tierra y porque nos puede ayudar a mitigar nuestro gran deseo de aliviar las tensiones generadas por el trabajo diario”. Breves de agosto, en quintetos libres reflejando la dura realidad de nuestros pueblos y su pasado: “Fuimos,/ somos,/ seremos…/ historia/ de nuestros pueblos”. He ahí Alfonso Fresno y la Asociación Cultural Amigos de la Villa… de Quintanas Rubias de Arriba. “Tábano del tabanar/ ¿qué vienes a buscar/ en esta pobre despensa?/ Lástima./ Sangre, pena para chupar”. Búsquenlo y degústenlo.