Autor: Rosa Galdona

  • INOCENCIA PÁEZ, LA VOZ DE LA GRACIOSA.

    INOCENCIA PÁEZ, LA VOZ DE LA GRACIOSA.

    MI ISLA, MI SUEÑO

    Eres mi isla Graciosa

    tan bonita y tan pequeña

    que voy a hacerte una cuna

    para yo mecerte en ella

    y te cantaré una nana

    con una voz de sirena

    y un dulce sueño te envuelve

    a la luz de las estrellas

    y soñarás tantas cosas

    que no dices lo que sueñas

    por temor de que el futuro

    no sea como tu quisieras(..)[1]

    Inocencia Páez nació el 27 de junio de 1927 en la isla de La Graciosa. Dedicó su vida al cuidado de los demás y luchó desde muy pequeña para sobrevivir en el medio desfavorable en el que había nacido.
    Desde muy niña se sintió atraída por la poesía. Escribió sus primeros versos con 12 años, una vez finalizada su formación académica, pero, desde mucho antes, hacía de la rima su método de expresión.

    En la niñez jugó con muñecas, calderos de piedra y cucharas de lapa. Además, colaboraba en las labores de pesca y cuidaba de su hogar. En su juventud, realizó un curso de corte y confección y se dedicó por un tiempo a la costura, que también le divertía mucho. Trabajó como cualquier mujer de su época, de forma silenciosa y constante. Subía y bajaba el Risco cargando jareas, como tantas mujeres de Caleta del Sebo. Cuidaba de los mayores. Ayudaba a todo el que lo necesitaba. Y aun así, pudo dar rienda suelta a su creatividad literaria. Es un ejemplo de lucha, constancia y confianza en sí misma, que hizo que se atreviera a contar historias de una forma poco común y desconocida en esa época, que supo llenar de belleza y que cautivó a todo el pueblo graciosero. Gozaba de la palabra escrita que le salía a borbotones sin previo aviso, mientras barría o cuando se levantaba por las mañanas, o haciendo la comida … de repente dejaba todo y escribía en sus papeles -decía-.

    Inocencia permaneció toda su vida en la isla que le dio vida y falleció en ella en el año 2007. Fue admirada por las mujeres gracioseras que la conocieron y por las que han leído su obra. Amante de su pueblo pesquero y querida por hombres y mujeres del mar, fue una mujer inquieta y activa que dejó marcado el corazón de un pueblo.

    Inocencia Páez, la mujer que llevó las vivencias, costumbres y tradiciones de los gracioceros a través de su poesía. Desde sus primeros años en la escuela, se siente atraída por la poesía, decía «que era la mejor forma que tengo de expresar lo que siento». La Poesía de Inocencia Páez era la voz de su pueblo que reclamaba una y otra vez, los derechos, que como ciudadanos de una pequeña isla les correspondía. Ella fue la portavoz del pueblo, cuando el Capitán General de Canarias García Escámez, visitó la Isla[2].

    Más adelante, su espíritu inquieto la llevó a formar un grupo de teatro con otras mujeres, Margarona y Agustina. Además, acompañaba a personas enfermas y participaba en la parroquita de la Virgen del Mar y en la Asociación de Vecinos de la isla. Caracterizada por la pasión hacia su tierra, participó en los eventos más relevantes de la isla con poesías improvisadas: en la visita del rey Don Juan Carlos I, en la Romería de los dolores, en las fiestas del Carmen o en el hermanamiento con Betancuria. Además, con la venida del general García Escámez, hizo de portavoz para gestionar las necesidades de la isla, convirtiéndose en un símbolo de esta.

    Se han publicado dos libros que recogen las obras de Inocencia, El alma de una Isla (Ayto. de Teguise, 2000) y Poemas, (Ministerio de Agricultura, 2006) aunque se sabe que existen muchas más obras que no han sido publicadas. A través de la poesía mostraba su amor por los lugares de La Graciosa. Tuvo el don de captar cada detalle de las maravillas de la isla de pescadores y gente sencilla, los cuales quedaron plasmados en su obra. Daba voz a su pueblo y disfrutaba creando y consolidando sus poesías con un estilo sosegado y noble. El relato rítmico de la vida cotidiana de las gentes, de las preocupaciones y de las luchas, de sentimientos y emociones, convierten la poesía de Inocencia en un referente sentimental para todas aquellas personas que, como ella, aman la isla.

    Se conoce a Inocencia Páez como una contadora de historias, recolectora de recuerdos y creadora de ritmos sobre su isla. Supo captar con intensidad la belleza del mar, la isla y sus gentes, identificándose de manera plena con su pueblo. En sus obras visibiliza el valor de las mujeres de su entorno, así como la lucha y la fuerza de todas aquellas que están ocultas. Fue una mujer empoderada en su época, que consiguió que las condiciones en las que vivía y la falta de oportunidades no fueran obstáculos para luchar por sus ideales y derechos del pueblo.

    El Centro Sociocultural de La Graciosa lleva el nombre de Inocencia Páez. Se consiguió en el año 2000 tras la petición de los vecinos y vecinas de la isla y de la directiva del centro al Ayuntamiento de Teguise[3]. El consejo de Ciudadanía de La Graciosa creó en 2010 el Premio de poesía Inocencia Páez en honor a su obra y trayectoria. En 2018, el Gobierno de Canarias la incluyó en el proyecto educativo Constelación de Escritoras Canarias, a través del cual se pretende visibilizar la obra y vida de las escritoras de las Islas[4].

    Para terminar, leamos a su nieta Nerea en su blog recordando la figura de su abuela:

    Inocencia Páez, digna representante de todas las mujeres gracioseras, que luchó desde muy niña para sobrevivir en ese medio desfavorable a la par que ayudar a las suyos, ha sabido como nadie en la isla de La Graciosa exteriorizar sus sentimientos y vivencias, relatados en forma de poesía costumbrista. En la exaltación puntual de su más hondo sentir se ha identificado de manera plena con su pueblo.

    En medio de tanta adversidad, solo entendida por quienes la vivieron, Inocencia supo captar con toda intensidad la innata belleza del mar, la isla, sus gentes y cuantos elementos forman parte de un estilo de vida peculiar.

    Su primera travesía hacia las Islas Salvajes a bordo de un pequeño barquillo de vela de la época; las visitas de los jefes del mando económico-militar de posguerra, a quienes recibía con sus poesías pidiendo mejoras para su pueblo, o la siempre eterna poesía a la Virgen del Carmen el 16 de Julio de cada año, arropada por todos los emocionados hombres y mujeres de la mar, han consolidado a Inocencia como un referente sentimental, con sus poesías, para quienes tienen sus raíces ancladas en esta tierra.

    Tradicionalmente la mujer graciosera ha sido pilar fundamental en la construcción y afianzamiento de la idiosincrasia insular, factor ésta que también Inocencia supo captar en base a sus vivencias, transcritas desde el corazón con su estilo sosegado y noble, pero nunca resignado.

    Y es que Inocencia, que un día se sintió sirena para cantar una nana a su isla, todavía se despierta con el canto de las gaviotas; aún el incesante batir de las olas la van su rostro, y la brisa lo embellece. Y es que todavía, al amanecer, la aurora ilumina a Inocencia y a La Graciosa, dos nombres que permanecerán unidos.

    Ella era una mujer muy especial para mí, ya que era mi abuela y ahora ya no está con nosotros, pero yo la siento cada día más cerca. 
    ABUELA: aunque sea tan largo y cruel el tiempo que estaremos sin tu presencia te llevamos tan dentro, que ni la muerte nos podrá separar jamás. ¡TE QUIERO![5]


    [1] Vilas, Pablo (14 de noviembre de 2019). «Diez Escritoras Canarias que debes conocer (Parte II)»Alegando! Magazine.

    [2] Francisco Hernández Delgado. Cuaderno de Difusión Cultural nº 32- Año 2010.

    [3] WEBGRAFÍA
    http://memoriadelanzarote.com/contenidos/20131205144851alma.pdf
    https://historiadeteguiseblog.files.wordpress.com/2016/05/inocencia-paez.pdf
    https://historiadeteguise.com/2016/04/02/inocencia-paez/

    [4] https://www3.gobiernodecanarias.org/medusa/ecoescuela/escritorascanarias

    [5] http://nereahernandezhdez.blogspot.com/2011/01

    *Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural

  • Poesía es todo

    Poesía es todo

    La poesía es como el viento,

    o como el fuego, o como el mar.

    Hace vibrar árboles, ropas,

    abrasa espigas, hojas secas,

    acuna en su oleaje

    los objetos que duermen en la playa…»

    José Hierro (poeta español)

    Estas palabras son, acaso, la instantánea que capta la esencia misma de la poesía. Poesía es todo. Cualquier cosa. Un sentimiento en primera persona y una voz que lo verbaliza. Ya está. Es algo tan dúctil, tan flexible, tan vasto en el universo vasto de los sentimientos humanos, que solo hay que dejar fluir pensamiento y palabra. Y ahí nace.

    La poesía, como creación humana, se remonta a la Grecia de Platón, quien en su Banquete la define como poiesis, es decir, creación o producción que nace para ser y, por consiguiente, para dejar de “no ser”. De la inexistencia al acaecer. Esa es la génesis de cualquier realidad. Desde Platón ha pasado mucho tiempo, pero la esencia de la creación artística sigue siendo fiel a aquella filosofía de “construir de la nada (pensemos, si no, en una escultura, en una pintura, en una partitura… el creador materializa lo que antes solo estaba en su cabeza).

    Es tan amplio el camino de la creación poética en la Historia de la Humanidad que intentar un viaje por los versos es una aventura, a priori, incompleta y por supuesto subjetiva. Tanto como la poesía misma. Por eso, la selección que se haga en esta sección no aspira a otra cosa que la de esbozar una pincelada del maravilloso y anchísimo mundo de los versos. Bienvenidos al viaje.

    Decía Gloria Fuertes en “Sale caro ser poeta”:

    Sale caro, señores, ser poeta.

    La gente va y se acuesta tan tranquila

    -que después del trabajo da buen sueño-.

    Trabajo como esclavo llego a casa,

    me siento ante la mesa sin cocina,

    me pongo a meditar lo que sucede.

    La duda me acribilla todo espanta;

    comienzo a ser comida por las sombras

    las horas se me pasan sin bostezo

    el dormir se me asusta se me huye

    -escribiendo me da la madrugada-.

    Y luego los amigos me organizan recitales,

    a los que acudo y leo como tonta,

    y la gente no sabe de esto nada.

    Que me dejo la linfa en lo que escribo,

    me caigo de la rama de la rima

    asalto las trincheras de la angustia

    me nombran su héroe los fantasmas,

    me cuesta respirar cuando termino.

    Sale caro, señores, ser poeta.

    En efecto, ser poeta no es labor baladí. Ni un entretenimiento para “señoritas desocupadas” al más puro estilo decimonónico. Ser poeta -si es que se consigue- es una lucha contra los elementos, contra las musas que no madrugan, contra el desánimo, contra los desasosiegos internos que no atinan a salir, contra los oídos sordos que pasan por ahí afuera, … contra tantas adversidades, que, realmente, quien escribe lo hace por auténtico amor a las letras:

    Un verso corteja errante

    las esquinas de mis manos.

    Un verso que es capítulo despistado

    del libro de los paladares de yerbabuena.

    Un verso desorbitado que mezcla

    huracanes y vértices,

    molinos y membranas de ángel,

    vinilos de jazz y abrazos de niña en busca

    de la receta perfecta del verbo…

    *Publicado en la revista canaria Tamasma Cultural

  • Poesía protesta

    Poesía protesta

    Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

    Para la libertad, mis ojos y mis manos,

    como un árbol carnal, generoso y cautivo,

    doy a los cirujanos.

    (…)

    Para la libertad me desprendo a balazos

    de los que han revolcado su estatua por el lodo.

    Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,

    de mi casa, de todo.

    Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

    ella pondrá dos piedras de futura mirada

    y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

    en la carne talada.

    Miguel Hernández (poeta español)

    La poesía siempre ha sido una voz subjetiva. Una presencia del yo que canta y grita y llora y cuenta lo que siente, lo que ama, lo que añora o lo que detesta. La crítica social es una actividad fuertemente ligada a percepciones personales de índole filosófica, moral, religiosa y social desde la Antigüedad. La poesía no es una excepción. Es un deber del escritor “no mirar hacia otro lado”[1]. Todos nosotros nos quejamos de aquello que no nos place o nos molesta, es nuestra naturaleza. En literatura, las Sátiras de Juvenal, escritas en el s. I de nuestra era, constituyen una crítica de la decadente sociedad romana que trata en dieciséis poemas cuestiones como la hipocresía, la servidumbre, las supersticiones o la corrupción, entre otros[2].

    La Edad Media nos deja ejemplos como el Cancionero profano de Alfonso X, el Barroco nos deja los Sueños y discursos, de Quevedo. La Ilustración, por su parte, nos deja el Teatro crítico Universal de Feijoo, con su intento de corregir viejas supersticiones, prejuicios y costumbres de la época. El siglo XIX nos ofrece la mirada crítica inigualable de Mariano José de Larra o Espronceda. El siglo XX comienza con los cuestionamientos filosóficos de la Generación del 98, con el rupturismo de las vanguardias, con el rechazo a la razón dieciochesca y al prosaísmo del siglo XIX de la Generación del 27 y los simbolistas. Y luego, la guerra. La guerra y su paréntesis de muerte, miedo y letargo de la cultura.

    Tras la pesadilla de la contienda civil, nació la poesía social como tal. Brotó como una necesidad expresiva a raíz de la represión brutal que sufrió la sociedad española tras el enfrentamiento. Hubo en aquellos años una censura de prensa tan estricta (dictada por una ley de 1938) que imponía la revisión censora de cualquier escrito antes de ser publicado. En ese escenario, fue la cultura fue un movimiento conocido como comprometido que se dedicó a denunciar las injusticias del franquismo más férreo. Desde la literatura se manifestaron voces como Gil de Biedma, Blas de Otero, Gloria Fuertes o Miguel Hernández, entre otros. Desde el plano musical no podemos obviar el protagonismo que tuvo la música de Luis Eduardo Aute, Paco Ibáñez, Serrat, Rosa León o Raimon, puesto que consiguieron traspasar nuestras fronteras con su grito contra los desmanes del franquismo. ¿Quién no ha oído la canción de Aute Al alba?

    https://youtube.com/watch?v=0U_Qic-AZv8%3Ffeature%3Doembed

    La canción habla en clave metafórica de los últimos fusilados por el franquismo en 1975, dos de ellos pertenecientes a ETA político-militar y tres al Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). De la misma manera, y volviendo a la literatura, poetas como Dámaso Alonso alzan la voz como un signo de interrogación gigante ante tanta iniquidad e injusticias circundantes:

    Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

    A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

    y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

    Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

    Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

    por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

    por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

    Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

    ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?[3]

    Estos versos pertenecen al poema Insomnio, incluido en libro Hijos de la ira, considerado un precedente del existencialismo literario. En palabras de su autor se trata de «un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indagación. Protesta ¿contra qué? Contra todo… Habíamos pasado por dos hechos de colectiva vesania, que habían quemado muchos años de nuestra vida, uno español y otro universal, y por las consecuencias de ambos. Yo escribí Hijos de la ira -confiesa Dámaso Alonso- lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre. De manera similar. Blas de Otero escribe a grito limpio contra la inutilidad y la rabia de vivir en la náusea del terror:

    A la inmensa mayoría

    Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre

    aquel que amó, vivió, murió por dentro

    y un buen día bajó a la calle: entonces

    comprendió: y rompió todos sus versos.

    Así es, así fue. Salió una noche

    echando espuma por los ojos, ebrio

    de amor, huyendo sin saber adónde:

    adonde el aire no apestase a muerto.

    (…)

    horribles peces de metal recorren

    las espaldas del mar, de puerto a puerto.

    Yo doy todos mis versos por un hombre

    en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,

    mi última voluntad. Bilbao, a once

    de abril, cincuenta y tantos. Blas de Otero.[4]

    Cuando el entorno nos asfixia, surge nuestra voz, incluso desde más allá de las palabras y levanta la mano. Exige su catarsis y habla. Es difícil que la poesía no sea un compromiso, del tipo que sea, con lo que uno siente. Galeano protesta contra la sociedad que lo asfixia, contra el sistema:

    Los funcionarios, no funcionan.
    Los políticos hablan, pero no dicen.
    Los votantes votan, pero no eligen.

    Los medios de información desinforman.
    Los centros de enseñanza, enseñan a ignorar.
    Los jueces, condenan a las víctimas.

    Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
    Los policías no combaten los crímenes, porque están
    ocupados en cometerlos.

    Las bancarrotas se socializan, las ganancias se
    privatizan.

    Es más libre el dinero que la gente.
    La gente, está al servicio de las cosas[5].

    Así, frente a aquello que no nos deja indiferentes porque no nos deja ser, hay que alzar la voz. Alzarla hasta la extenuación, si hace falta. Pues, como dijo Álvaro Mutis:” Que te acoja la muerte/con todos tus sueños intactos[6].

    Dame un unicornio oxidado

    y mataré los mohos de lo cotidiano.

    Dame una melodía de jazz en clave de sol matutino

    y ahorcaré a los hijos pestilentes de la mediocridad.

    Dame una cuerda dúctil de chelo

    y la canción de tus sueños

    te será concedida aun naciendo

    en el ojo grave del huracán.

    Dame un átomo de polvo de hadas

    y el mundo de las gentes buenas

    hervirá en la marmita de mi conjuro

    hasta retoñar

    como rama virgen

    en los ojos redondos y transparentes

    de la niña de la esquina.

    Dame un unicornio viejo, aburrido y oxidado

    y verás cómo aniquilo todos los mohos

    de lo cotidiano.

    ©Rosa Galdona

    Ayer me contó la conciencia

    que hay niños hambrientos

    implorando por los portales.

    Que hay hombres sin techo,

    mujeres sin cara y sin voz,

    sueños ahorcados por la injusticia.

    Anoche lloró mi vergüenza

    por la desidia humana

    que amortaja a las niñas de alquiler.

    Cada día da patadas mi impotencia

    ante los grilletes que asfixian la ilusión humana.

    Y la desnucan. Y la asesinan impunemente

    ante la indolencia de quien ya no quiere

    ni creer ni luchar.

    ©Rosa Galdona.

    Detrás del burka respira una mujer.

    Una hembra nacida y adiestrada para existir

    en su calabozo de tela,

    diminuto e infinito.

    Ella es atrofia de vida y mutismo de tiempos.

    Ella es sexo ajusticiado y útero útil,

    y aliento de pánicos ahogados en sus propios fluidos.

    Ella es obediencia de ancestros y sumisión subyugada

    en nombre del hombre y del dios.

    Detrás de cada burka respira una mujer

    Espoleada y clavada a su cárcel de cachemir.

    En nombre del hombre y del dios.

    [1] Jorge Riechmann establece en su poética que el escritor tiene la obligación de decidir qué hacer ante una realidad concreta (Una morada en el aire, Barcelona, El Viejo Topo, 2003).

    [2] En la actualidad se considera esta obra de Juvenal uno de los ejemplos más antiguos de literatura de protesta.

    [3] Alonso, Dámaso, Hijos de la ira, 1944.

    [4] Blas de Otero: Pido la paz y la palabra, (1955).

    [5] Eduardo Galeano, incluido en su libro Días y noches de amor y guerra.

    [6] Álvaro Mutis, poema Amén de su libro Los trabajos perdidos.

    *Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural.

  • Ana María Fagundo Guerra

    Ana María Fagundo Guerra

    Ana María Fagundo Guerra nació en Santa Cruz de Tenerife un 13 de marzo del año 1938 y murió en Madrid el 13 de junio de 2010. En 1950, ingresó en la Escuela Profesional de Comercio de su ciudad natal y en 1955 obtuvo el título de Perito Mercantil. Tres años más tarde embarcó rumbo a California a ampliar sus estudios. En 1963 se graduó en las especializaciones en Literatura Inglesa y Española. Pasó luego a estudiar en las Universidades de Illinois y Washington, obteniendo de esta última el Doctorado en Literatura Comparada (1967). En Riverside ejerció la docencia de Literatura Española desde 1967 a 2001, año en que se jubiló.

    A lo largo de estos años publicó numerosos trabajos sobre literatura española, hispanoamericana y norteamericana. En 1972 publicó Vida y Obra de Emily Dickinson, uno de los ensayos más completos y rigurosos que se había hecho hasta el momento sobre la escritora estadounidense. Pero hemos de decir además, que la labor investigadora y docente no le impidió desarrollar una trayectoria poética más que destacada. Sus poemarios publicados son:

    Brotes, La Laguna (Tenerife), Maype, 1965.

    Isla adentro, Santa Cruz de Tenerife, Gaceta Semanal de las Artes, 1969.

    Diario de una muerte, Madrid, Agora, 1970.

    Configurado tiempo, Madrid, Oriens, 1974.

    Invención de la luz, Barcelona, Vosgos, 1978 (Premio Carabela de Oro, 1977).

    Desde Chanatel, el canto, Sevilla, Ángaro, 1981 (Finalista del premio Ángaro, 1981).

    Como quien no dice voz alguna al viento, Santa Cruz de Tenerife, Caja de Ahorros de Canarias, 1984.

    Retornos sobre la siempre ausencia, Riverside (California), Alaluz, 1989.

    El sol, la sombra, en el instante, Madrid, Vérbum, 1994.

    Trasterrado marzo, Sevilla, Ángaro, 1999.

    Palabras sobre los días, El Ferrol, col. Esquío, 2004.

    Materia en olvido, Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2008.

    Le editaron en dos ocasiones sus obras completas:

    Obra poética: 1965-1990, intr. Candelas Newton, Madrid, Endymion, 1990.

    Obra poética (1965-2000), ed. Myriam Álvarez, 2 vols., Madrid, Fundamentos, 2002.

    Y publicó también un libro de relatos en 1994, La miríada de los sonámbulos, su única obra narrativa.

    Tuvo mucha relevancia, también, la revista de ensayo, narración y poesía que fundó y dirigió: Alaluz. Esta revista, que tuvo un alcance internacional entre la intelectualidad europea y americana, funcionó desde 1969 (desde Riverside al mundo) hasta 2001, año en que cesó toda su actividad investigadora. Según cuenta ella misma en una entrevista concedida a Victoria Urbano “la fundé en la Universidad de California en 1969 y la publico dos veces por año. Da cabida a poetas y narradores españoles e hispanoamericanos. Tiene una sección de reseñas de libros recientes y últimamente estoy dedicando unos breves estudios seguidos de antología de poetas ya con una obra poética hecha. En cuanto a los recursos, no son muchos. La Universidad de California me da una modesta ayuda y las suscripciones son también otro medio de financiar los considerables gastos de este tipo de revistas”. (Ana María Fagundo, Victoria Urbano, Letras Femeninas, Vol. 10, No. 2 (1984), pp. 74-81 (8 páginas))

    Por sus páginas pasaron Alejandra Pizarnik, a quien Ana María descubrió por casualidad y le fascinó. (Afirma Ana María Fagundo que “entre las colaboraciones recibidas en los primeros años en que fundé en la Universidad de California (campus de Riverside) la revista de poesía, narración y ensayo Alaluz (1969-2001) hubo una que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de una poeta argentina, para mi desconocida en ese momento, cuya poesía sobresalía por la intensidad expresiva, por la fuerza de los versos, por la desnudez punzante de su decir. Sin duda, me encontraba ante una mujer a la que le dolía profundamente el vivir”. CVC. Alejandra Pizarnik. Testimonios. «Alejandra Pizarnik y «Alaluz»», por Ana María Fagundo. (cervantes.es)). Jorge Guillén, Cristina Peri Rossi, Gabriel Celaya, Ernestina de Champourcín, Blas de Otero, Josefina Aldecoa, Concha Lago, Carmen Conde, Clara Janés… y también nombres insulares como Pedro García Cabrera, Emeterio Gutiérrez Albelo, Chona Madera o José María Millares, Pino Ojeda, Carlos Pinto Grote o Sebastián de la Nuez, Pino Betancor, Pilar Lojendio, Alberto Omar, Sabas Martín y muchos otros.

    Pero pasemos a su faceta creativa: La poesía de Fagundo, según ella, es «afirmar vida pese al vacío”. Esa afirmación la hace permanentemente en torno unos ejes identitarios en su poesía:

    1. El paisaje isleño. Paisaje como enclave del ser, que se siente isla como persona, como ente que respira en un entorno que la abriga y le regala belleza (“Altas, señeras cumbres de Anaga/ apuntados tajinastes del Teide/ tabaibas de mis laderas/ arenas negras de mis playas”). Me pregunto si hay aquí un preludio del ecofeminismo… Su Chanatel es el Comala de Rulfo o el Macondo de García Márquez. El espacio físico y literario de dimensiones mágicas que enmarcan a la poeta en su lugar amado, desde siempre y por siempre, pese a los golpes, pese a las ausencias:

    Chanatel es la marcha y el regreso, es el confinar al tiempo entre dos extremos que no se tocan, aunque la mano palpe la aurora de las sábanas y haya un olor a lumbre por la casa y hasta los pasos de la ciudad se sientan dentro de la sangre. Chanatel es esta marcha y retorno que no cesan, es la vida que corta hojas, que tala ramas, que arranca raíces, que violenta vientos, que siembra, siembra siempre mientras cercena con golpes ciertos los brotes más tiernos.

    2. El segundo eje es el mundo femenino. La poeta canta a la mujer, en primer lugar, por su capacidad de crear vida. En segundo lugar, con la conciencia de ser el segundo sexo, que diría Bouvoir. En este sentido, la propia autora reconoce “que existe una cierta idea de que la escritora, de alguna manera, no alcanza el nivel del escritor. ¿Dónde están las grandes novelistas mujeres del XX o las grandes poetas o autoras dramáticas? Y la verdad es que habría que hablar de lo que hace la promoción para crear a los «grandes» de esto o de aquello. A la mujer escritora, creo que no se le promociona como al hombre. (Mi) modesta contribución (consiste en dar) asignaturas dedicadas a la mujer escritora del siglo XX español siempre que puedo en mi cátedra de la Universidad de California y a través de mi revista ALALUZ he hecho, creo, una buena labor de promoción también”. (Ana María Fagundo, Victoria Urbano, Letras Femeninas, opus cit.)

    En esta misma línea se avanza ya desde 1998 en un estudio realizado en la Universidad de California, donde podemos leer que “su discurso poético expone el discurso patriarcal a la contradicción y a la diferencia presentando modelos alternativos de subjetividad basados en una apertura a lo otro y al cuerpo. En él hay pautas de la decibilidad de su experiencia y de su lugar de enraizamiento en el mundo, como así también, el reconocimiento de ser parte de una historia y de un tiempo en el que se inserta, se pone nombre e identidad. Esto se logra de tres modos fundamentales dentro de su poesía, que, aunque se estudien independientemente, forman parte de un mismo proceso.

    En primer lugar, Fagundo parte del hecho que el origen de la palabra, como el del ser humano, está en el cuerpo femenino, y es en femenino que concibe al verbo poético. Segundo, la autora presenta a la palabra como espejo del yo. A través de ella piensa, siente y se siente ser. En ella habita, se refleja, se articula y se perpetúa. En tercer y última instancia, la poeta es poseedora de y poseída por la palabra, con cuya luz se lanza a configurar, a ponerle hechura y a preservar el mundo.

    Con ella va tejiendo la vida, ordenando su cauce, vertigineando al tiempo, siempre en pos de negar la destrucción, de llenar la ausencia. Palabra y cuerpo femeninos tienen la capacidad de significar y de dar sentido al mundo, de elaborar símbolos y comunicar sobre y desde sí mismos. Dichos cuerpos y el goce de los mismos, así dados a luz, son centrales en la obra de Fagundo. Es lógico, por tanto, que en esta poesía, cuyo universo simbólico celosamente guarda la experiencia vital de su autora, la figura materna sea de suma importancia, pues el eje esencial de ese universo corresponde al origen de la existencia, que la poeta articula en su relación con la madre y con la palabra, destacando el lazo indestructible que la une a ambas” ( Silvia Rolle-Rissetto (CALIFORNIA STATE UNIVERSITY), LA RESTITUCIÓN DE LO FEMENINO EN EL DISCURSO POÉTICO DE ANA MARÍA FAGUNDO. Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Tomo II). Así describe la muerte de la madre:

    La palabra intenta el lugar de la ternura,

    la brisa salvadora del recuerdo

    pero el sol roto y disperso

    deja su apenas luz,

    su apenas calor,

    en resquicios de nieve,

    en grutas húmedas,

    en áridos parajes sin historia

    y se disuelven sus rayos

    cegados por palabras que no son,

    palabras que no pueden ya ser.

    3. En tercer lugar, están la palabra y el tiempo. El verbo como la materialización de la vida, de la luz, del aliento mismo de quien escribe, la huella de la existencia, instantánea y eterna a la vez. “Afirmar pese al vacío”. El suyo es un canto optimista que huye hacia adelante para negar la nada. Su palabra canta el instante mágico que constituye la totalidad de la existencia: ni pasado ni futuro, sino el presente absoluto de la palabra.

    El paso no tiene norte preciso.

    Van a su ritmo de plata las cosas.

    Fríos cometas inmensos

    trazan sus flechas certeras

    en el infinito.

    Y ese es el triunfo, el monumento que yergo

    con mis manos, desde mi sangre,

    desde el hondón de mi poema,

    para decir que sí, que fui, que soy,

    que estas son mis señas,

    mis huellas,

    mi única posible identidad para la sombra

    y para la luz;

    para la brisa suave de los tactos

    y para el aguijón agudo de los gritos.

    Este es mi triunfo:

    palabra siempre viva,

    palabra siempre en ciernes.

    Su último libro fue Materia de olvido. Un poemario que la propia autora, enferma ya, reconoció como su testamento vital:

    “MATERIA EN OLVIDO es mi testamento poético y, por tanto, es mi última voluntad, es decir, en él se encuentran mis conclusiones después de una ya dilatada vida y es, por ello, que ya no deseo publicar ningún poemario más […] Vine a esta extraña y extraordinaria dimensión que llamamos VIDA a escribir mi poema y a darlo a los cuatro vientos […] Ahora solo falta que el ciclo vital se complete y el silencio se cierna sobre el ser que ahora escribe estas páginas; que la materia cumpla con su inescapable destino de ser polvo perdido entre el polvo de los siglos”. (Palabras pertenecientes a su“Diario”, que permanece inédito, pero del que se puede leer en parte en El Tablón, una página de internet con novedades que mantiene la Biblioteca de la Universidad de La Laguna (Tenerife), y en la que a fines de junio de 2010 se anunció el fallecimiento de Fagundo.)

    En efecto, Ana María da otra vuelta de tuerca a su poética para volver adonde ha estado siempre, a la búsqueda de la eternidad en los instantes efímeros y eternos de ser, de existir, de sentirse materia que acaba pero queda, inscrita en el verbo, en la palabra:

    La respuesta

    estaba en la materia,

    era todo materia.

    Materia en ebullición,

    creando y creándose,

    siéndose y dejando de ser.

    […]

    continuadamente,

    persistentemente,

    ciegamente,

    en roca, mar,

    aire, fuego,

    carne.

    Gloria, afirmación y podredumbre,

    con una sola y única meta: serse,

    afirmarse y

    no serse

    para volver a serse,

    para volver a afirmarse,

    para volver a no serse.

    Ese era el secreto de los secretos,

    (…)

    la palabra,

    el pincel,

    el cincel,

    y el pentagrama:

    nuestras huellas de que habíamos habitado

    la materia.

  • De cuarzo y verso, de Ángeles Hdez. Cruz (Ed. Escritura entre las Nubes, 2024)

    De cuarzo y verso, de Ángeles Hdez. Cruz (Ed. Escritura entre las Nubes, 2024)

    Ángeles Hernández Cruz De cuarzo y verso, publicado por la editorial Escritura entre las Nubes, Colección Tigaiga de poesía de ACTE Canarias.

    “Amontono fotos de amaneceres,

    hago acopio de instantes sosegados,

    atesoro minutos de sueño

    sisados al insomnio,

    junto abrazos de aquí y allá,

    acumulo el desorden de los versos

    y guardo restos del sonido

    de mis torpes gratitudes”

    Estos versos del poemario de Angie constituyen una presentación certera de lo que nos vamos a encontrar en él: un memorial poético de resistencia al caos. Si te acercas a este libro, lector, hallarás una declaración de intenciones contumaz de que pese a todo dolor, pese a toda muerte, pese a toda tiniebla, la vida decide erguirse recta y sólida cada día. Y lo hace coleccionando fotos de amaneceres, momentos de sosiego, abrazos, fidelidades… Porque la escritora sabe que nada más útil para la existencia que el agradecimiento a la existencia misma por ser. 

    Angie es hija de emigrantes gomeros a Venezuela, aunque ha vivido en Tenerife desde que tenía tan solo 3 meses de edad. Se licenció en Filología Inglesa por la Universidad de La Laguna y dedicó más de tres décadas a enseñar inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Santa Cruz de Tenerife. La docencia es una profesión que le apasiona y que le aportó muchas satisfacciones. Confiesa ser una lectora compulsiva y que desde que era muy pequeña le ha gustado escribir, sin embargo, fue en 2019 cuando comenzó su aventura literaria, fruto de la necesidad de contar sus propias vivencias y expresar sus ideas de una manera diferente. 

    Para ello, asistió a algunos talleres de escritura y se inscribió en el Taller internacional de perfeccionamiento literario Ultraversal, donde se formó en narrativa y poesía. Es miembro de la asociación ACTE Canarias y actualmente coordina el taller de escritura de poesía Entreversos, en el que este colectivo colabora junto con el ayuntamiento de Tacoronte.

    Entre los galardones que ha recibido posee:

    • 2º premio del Certamen de poesía Cueva de Unicornios 2020 por el poema Que la montaña explote.
    • 1er premio del Certamen de poesía Cueva de Unicornios 2021 por el poema Hacia la nada.
    •  Premio Amparo Walls Hernández de novela corta 2021 por Piedra y océano. 
    •  Accésit en el Certamen de Relatos Cortos 2021 convocado por AMULL (Asociación de mayores de la Universidad de La Laguna), por el relato Un tango para Esther.

    Ha publicado colaboraciones en revistas digitales como Ultraversal, Poesía y Métrica o Tamasma cultural. Ha participado en antologías como la Segunda antología Ultraversal, los Encuentros literarios AMULL 2020 y 2021, Voces de Mar y El Canto de la Alpispa.

    En solitario tiene la novela corta Piedra y Océano, publicada por Cursiva en 2022 y que, como ya dijimos, obtuvo el primer premio de narrativa corta Amparo Walls en 2021.

    Bien, pues fruto de esa trayectoria es De cuarzo y verso, un poemario maravilloso que llena el alma de sensaciones y conmociones. Sí. Es un conjunto de palabras, lo que Angie nos regala, que nos sacude el alma desde la autencidad de los sentires que plasma:

    “Vi caer mi fe en el ser humano.

    Caía hecha metralla de tal perversidad

    que mutilaba a la esperanza

    con hoces interrogativas”

    Tremenda esta afirmación, de una contundencia que huele casi a pánico de la poeta ante el panorama vital que la desarma y le desarticula la fe.

    Queremos destacar tres aspectos diferentes en esta obra, que a su vez se complementan: la universalidad, el diálogo intraliterario y la precisión del lenguaje.

    La universalidad en los versos de Angie es evidente. Basta abrir el libro por cualquiera de sus páginas para encontrarse repetidamente uno de los grandes tópicos de la poesía de todos los tiempos: el dolor. Ese sentimiento (como el viaje o la muerte o el amor) tan humano que la literatura de todas las épocas rebosa cantos y llantos por él. Al dolor han cantado Shakespeare, Sylvia Plath, Virginia Woolf, César Vallejo, Blas de Otero… Ella también lo hace, canta al dolor de una existencia que siente hostil y ante la que alza la voz para buscarle sentido a través del lenguaje. Y lo hace de una forma tan desgarradoramente sincera que uno se siente parte de lo contado. Esa es la universalidad que quería destacar. Escuchen, si no:

    Me naufragó la vida en medio de la calma.

    Sin rayos ni tormentas,

    sin olas ni ventiscas,

    con su olor a tragedia me abordaron las rocas

    que viven en la isla del hastío.

    Y esta otra confesión:

    Me fallan las fuerzas para otra travesía,

    no caben tantas lágrimas

    en una sola casa.

    Temáticamente, pues, se puede afirmar que De cuarzo y verso es un poemario que busca la universalidad, el despliegue, el ensanche, la exhibición de un sentimiento tan humano, que creo que a todos nos es conocido: el dolor. El dolor en todas sus fases, pues de acuerdo a la estructura del poemario, aborda las sombras, la metamorfosis y la luz que llega tras las tinieblas (la propia Angie nos cita a este propósito a Jung: “nadie se ilumina fantaseando figuras de luz sino haciendo consciente su oscuridad”). Todo, como el proceso de un calvario personal y vital.  Pero es que, además, este grupo de poemas establece un diálogo literario sumamente prolijo y hasta lúdico, diría yo, con otras voces afines a su discurso. 

    Blas de Otero, Bukowsky, Pizarnik y otros portavoces universales del sufrimiento encabezan sus poemas, ¿no pensaremos que es casual, verdad? No. No lo hagamos porque pecaríamos de ingenuos. Angie busca siempre al aliado perfecto para suscribir e inscribir su sentir poético. Y no solo los cita, cuando se acerquen al libro hallarán también un juego de lo más original con Neruda. Está en el poema titulado Veinte estrellas desesperadas y un poema imposible. Léanlo, saboréenlo como un helado en agosto. Les calmará la sed de creación, porque realmente es un ejercicio metaliterario precioso.

    Por último, quiero hacer hincapié en el lenguaje utilizado en este libro. De cuarzo y verso está tallado con un vocabulario preciso a la vez que sencillo. Angie huye del artificio, de la expresión grandilocuente y de cualquier tipo de alambique verbal que distraiga al lector del mensaje de su discurso. La plasticidad del lenguaje utilizado es precisa, trabajada con delicadeza, pero fluye con una naturalidad tal, que parece casual. He ahí el valor poético. Aquel que Juan Ramón elogiaba al afirmar “no le toques más, que así es la rosa”. Esa sencillez minuciosa no está al alcance de todo el mundo, pero Angie lo hace fluir con una soltura asombrosa.

    Y no menos asombrosa es su capacidad para mezclar lo cotidiano con las imágenes más impactantes que pueda lector alguno tropezar. Pero, insisto, desde la naturalidad de un lenguaje diáfano, limpio, claro, a veces tan sincero que duele, que parece cotidiano, pero es poesía en su esencia:

    La rabia amontonada no sirvió para rasgar

    Doce capas de meses tan solo con mis manos.

    Quiero llevarte en el cuenco de las manos

    Pedacitos de furia.

    El lenguaje poético de Angie es una expresión del fondo que se plasma en una forma perfectamente equilibrada. Carente de aspavientos. Que busca la imagen perfecta en la unión original de dos palabras cualesquiera, pero concienzudamente emparejadas, en un ejercicio fiel a aquella idea lorquiana de que la poesía es la unión de dos palabras que uno no imaginaría que podrían juntarse. Esa es la premisa de este libro y la grandeza de su retórica.

    Y como tras cualquier fase de dolor y metamorfosis llega el resurgimiento. Ese que el lector espera tras cruzar tantas aguas amargas con la poeta. De cuarzo y verso verbaliza esa vuelta a la vida a través de la resistencia contumaz:

    Con la garganta llena de silencios

    (…)

    reptaré si es preciso,

    pero no seré esclava de una vida

    envuelta en el sarcasmo de ser superviviente

    con fobia a respirar.

    Y vuelve, también, a través del lenguaje, aferrada a las palabras que la ayudan a recomponeres de nuevo, como si se hubiese sentido un mecano roto y desarticulado que vuelve a erguirse con formas vivas y erectas. En otras palabras, Angie respira aire nuevo mediante la poesía:

    “hasta que llegó la poesía para enseñarme

    como alumbrar mis recodos,

    cómo elevar la frente y poner nombre

    a lo que tanto había temido pronunciar”.

    Este poemario, señores, es una pequeña joya para quienes aprecien el sentido de la vida. A través de sus páginas vemos el progreso vital de un ser fulminado por el miedo que se va rearmando muy despacio, vistiéndose con capas de esperanza de distintos colores y que acaba poniéndose en pie, flotando, incluso, y dejándonos a modo de declaración de principios este hermoso poema que cierra el libro:

    Enjambrada de arrugas

    ―huellas de sensatez

    en medio del desorden―,

    aquí sigues abierta 

    a dar y a recibir, 

    a ser arma y refugio,

    con ganas de mancharte una vez más

    con la tinta emoliente de unos versos.

    Acérquense a estos versos, amados lectores. Les esponjará el alma.

  • EL VIAJE EN POESÍA

    EL VIAJE EN POESÍA

    Ítaca

    Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,

    pide que tu camino sea largo,

    rico en experiencias, en conocimiento.

    A Lestrígones y a Cíclopes o al airado

    Poseidón nunca temas:

    no hallarás tales seres en tu ruta

    si alto es tu pensamiento y limpia la emoción

    de tu espíritu y tu cuerpo.

    A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón

    hallarás nunca

    si no los llevas dentro de tu alma,

    si no es tu alma quien los pone ante ti.

    Pide que tu camino sea largo,

    que numerosas sean las mañanas de verano

    en que con placer felizmente arribes

    a bahías nunca vistas.

    Ten siempre a Ítaca en la memoria.

    Llegar allí es tu meta,

    mas no apresures el viaje,

    mejor que se extienda largos años,

    y en tu vejez arribes a la isla

    con cuanto hayas ganado en el camino,

    sin esperar que Ítaca te enriquezca.

    Ítaca te regaló un hermoso viaje,

    sin ella el camino no hubieras emprendido,

    mas ninguna otra cosa puede darte.

    Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.

    Rico en saber y en vida como has vuelto

    comprenderás ya que significan la Ítacas.

    Konstantin Kavafis

    Cualquier página dedicada al viaje en poesía debe volver los ojos a Cavafis. No puede ser de otra manera. Porque si alguien ha hecho de las ítacas, de las metas vitales una metáfora insoslayable, es el poeta griego. Este poema es, acaso, el paradigma literario del viaje en poesía contemporánea. Como lo fue la Odisea de Homero en la Antigüedad (y en quien se inspira Kavafis). El viaje, el camino por andar, el horizonte por alcanzar es sinónimo de vida. Por tanto, esa búsqueda de Ítaca hemos de esperarla longeva y próspera, porque lo importante es la duración y la intensidad, no la llegada. Las metas que nos marcamos en la vida han de quemarse lentamente, dejándonos impregnar por el aprendizaje de cada uno de nuestros pasos nos da. Habrá cíclopes y miedos en nuestra andadura, por supuesto, pero un alma íntegra y perseverante sabrá mantener el rumbo y el aprendizaje permanente.

    Para tener una perspectiva razonablemente clara sobre el viaje en poesía, hemos de remontarnos al Poema de Gilgamesh, (2000 a.C.), de autor anónimo, considerado el primer escrito que habla de la fundación e historia de Uruk. Uruk es considerada la primera ciudad construida sobre la faz de la Tierra, nacida hacia el 3.500 a.C aproximadamente en Mesopotamia, en el sur de lo que hoy sería la actual Irak. Cuenta la leyenda que fue la ciudad del héroe Gilgamesh, cuya epopeya es la historia escrita y datada más antigua del mundo, descubierta en 1853 y compuesta por doce tablillas de arcilla. La epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de un rey tiránico al que los dioses envían un enemigo (Enkido), convertido luego en amigo y fallecido después. A la muerte de Enkidu, Gilgamesh viaja errante buscando la inmortalidad.

    La ya mencionada Odisea de Homero (Siglo VIII a.C.) narra el viaje de regreso a casa de Ulises después de la Guerra de Troya, para reclamar su trono. Este poema está estructurado en 24 cantos y se suele dividir en tres partes: la telemaquia, el regreso de Odiseo y la venganza de Odiseo. Según sabemos, La odisea, así como la Ilíada (también de Homero), eran parte de la tradición oral antigua, y eran cantadas de pueblo en pueblo por los rapsodas, hasta que en el siglo VI a. de C., Pisístrato, gobernador de Atenas, decidió recopilar los poemas homéricos. A partir de este momento, quedaron fijados como registro escrito. La historia narrada comienza cuando finaliza la guerra de Troya, narrada en la Ilíada, hasta el momento en que finalmente Ulises (Odiseo) vuelve a su hogar, muchos años después, y tras un cuento enfrentamiento con los usurpadores de su trono y pretendientes a la fuerza de su esposa, se alza con la victoria:

    Todos los pretendientes murieron, y el suelo del salón de trono se llenó de cadáveres. Todo era un mar de sangre.
    Y Ulises pudo reinar finalmente en Ítaca, con su mujer Penélope y su hijo Telémaco.
    Y aquí acaba la historia de La Odisea, de Homero.

    En el siglo IV d.C.) aparece la primera narradora, Egeria, una mujer cristiana cuyo diario de viaje, conocido como el Itinerarium Egeriae, describe su peregrinación desde Galicia a Tierra Santa. La obra es un conjunto de textos en latín escritos. Como libro de viajes, es una fuente importante para conocer la situación en ese momento de las zonas recorridas, puesto que la autora va contando las costumbres, creencias populares o rituales religiosos de los lugares por los que va pasando. Está escrito en primera persona en el latín coloquial o vulgar utilizado en la vida cotidiana. Es, en definitiva, una crónica humana en la que la autora expresa sus sentimientos ante cada situación que vive en el camino y lo dirige a un grupo de mujeres mencionadas con la expresión «dominae sorores», fórmula común para referirse a amigas y compañeras.

    Pero como muy bien se ve en el caso de Egeria, los viajes parecen prestarse más a ensayo, diario o relato que a poema. En la Edad Media fue un eje vertebrador de la literatura de viajes la obra de Marco Polo y su Libro de las maravillas del mundo. Pero seguimos en el terreno de la prosa.

    El tema del viaje también está presente en los relatos de conquista como el Poema de Mio Cid (hacia 1200), cantar de gesta anónimo que relata las heroicas hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, el caballero castellano que hace de su viaje de destierro un camino de conquistas desde Burgos hasta Valencia. También aparece el viaje vinculado a obras del Romancero de aventuras o al Mester de Clerecía (Milagros de Nuestra Señora, de Berceo).

    Ya en el Renacimiento, tenemos en Portugal a Luis Vaz de Camoes (1524-1580), cuya obra Os Lusiadas se constituye como un poema épico dividido en diez cantos en el que narra el viaje de Vasco de Gama a la India. Si Camoes se inspiró en La Eneida de Virgilio y en modelos más cercanos a su época, como el Orlando furioso, de Ariosto, su genialidad estuvo en narrar sucesos de la historia contemporánea de su patria. Él mismo había sido viajero a la India, náufrago y combatiente, y supo ver que los asuntos para la épica no había que buscarlos en sucesos lejanos y legendarios, sino en los viajes de los marineros portugueses, que él había vivido:

    Las áncoras tenaces van levando,

    Con la grita nautil acostumbrada:

    De la proa las velas solo dando,

    A enfilar van la barra, de bordada.

    Alas la bella Ericina, que guardando

    Iba siempre á su gente denodada,

    Viendo la gran celada, tan secreta,

    Del cielo al mar se lanza, cual saeta.

    Si te has adentrado aunque sea un poco en la poesía japonesa, es muy probable que conozcas este poema escrito por Matsuo Bashō 松尾芭蕉 

    A finales del s.XVII, es destacable la figura de Basho, considerado por muchos como «El poeta de Japón». Matsuo Bashō vivió en el siglo XVII y es, probablemente, el poeta japonés mejor conocido en occidente. Hijo de un samurái de bajo rango, nació cerca de Ueno y algunos biógrafos cuentan que fue cocinero de profesión. Ya desde joven cultivó la poesía y a lo largo de su vida adquirió una fama notable. Su obra incluye diversos géneros poéticos pero sus haikus son las composiciones más conocidas.

    Fue reconocido como uno de los mejores poetas de su tiempo y en sus peregrinajes, los aspirantes a poeta lo seguían ahí donde fuera y la gente lo invitaba a su casa para darle un lugar donde comer y reposar de sus largas caminatas por los pueblos. Matsuo Basho era un hombre de viaje ya que hizo varios peregrinajes largos en una época en la que el medio más común era caminar y había todo tipo de peligros en los caminos. A veces pasaba un año o más fuera de su casa y casi siempre estaba acompañado por estudiantes o gente local que lo acogía en sus casas. A Basho le gustaba ir a lugares y ver todo en detalle: vistas panorámicas famosas en la temporada adecuada como los cerezos en flor o la luna llena, templos, sitios históricos y dondequiera que iba, escribía. Escribía haiku y renga para inmortalizar esos lugares visitados:

    De los cerezos en flor

    al pino de dos troncos:

    tres meses.

    Si he de morir

    en el camino,

    que sea entre los campos de trébol.

    Al despedirme,

    escribí algo en el abanico,

    pero lo borré.

    En la montaña de verano,

    adoro las sandalias divinas;

    viaje a la vista.

    Entre las olas:

    acá, los pétalos,

    allá, las conchas.

    Los viajeros de la Ilustración siguieron rendidos a la prosa, la prosa de viajes. Alexander von Humboldt (1799-1804), recorrió más de 2000 destinos entre América, Europa y Asia. En el siglo XVIII se pudo de moda entre los nobles viajar, sobre todo por Europa.

     Charles Darwin (1831-1836) viajó en el s. XIX para obtener datos de la flora y fauna de varios lugares del mundo (especialmente de las Galápagos), lo que lo llevó a desarrollar la teoría de la Evolución. En el siglo XVII y principios del XVIII, los aristócratas ingleses y alemanes, entre otros, se dedicaron a viajar por el continente en lo que denominaron El Grand Tour. La visita obligada era París, por su carácter cosmopolita, pero se visitaba también otras ciudades de Europa, como Roma, Berlín o Londres. El motivo era didáctico, la curiosidad o el aprendizaje y se tomó la costumbre de regresar portando recuerdos o souvenirs del lugar visitado. Por ello llegaron a ser conocidos como «turistas” o “invasores”, personas desocupadas que visitaban por el mero hecho de merodear o estudiar y lo que se esperaba de ellos era que acabaran marchándose.

    Tendría que llegar el Modernismo del cambio de siglo para volver a ver la poesía tomar protagonismo. Escuchemos al nicaragüense Rubén Darío:

    El cantor va por todo el mundo

    sonriente o meditabundo.

    El cantor va sobre la tierra

    en blanca paz o en roja guerra.

    Sobre el lomo del elefante

    por la enorme India alucinante.

    En palanquín y en seda fina

    por el corazón de la China;

    en automóvil en Lutecia;

    en negra góndola en Venecia;

    sobre las pampas y los llanos

    en los potros americanos;

    por el río va en la canoa,

    o se le ve sobre la proa

    de un steamer sobre el vasto mar,

    o en un vagón de sleeping-car.

    El dromedario del desierto,

    barco vivo, le lleva a un puerto.

    Sobre el raudo trineo trepa

    en la blancura de la estepa.

    O en el silencio de cristal

    que ama la aurora boreal.

    El cantor va a pie por los prados,

    entre las siembras y ganados.

    Y entra en su Londres en el tren,

    y en asno a su Jerusalén.

    Con estafetas y con malas,

    va el cantor por la humanidad.

    En canto vuela, con sus alas:

    Armonía y Eternidad.

    Después del Modernismo llegó la voz de Machado pidiendo la palabra para perfilar su concepto del viaje como camino de venturas, sorpresas y desventuras. El autor de “caminante, no hay camino”, escribe así a un trayecto placentero en el soneto “Verás la maravilla del camino”:

    Verás la maravilla del camino,

    camino de soñada Compostela

    -¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,

    en un llano, entre chopos de candela.

         Otoño con dos ríos ha dorado

    el cerco del gigante centinela

    de piedra y luz, prodigio torreado

    que en el azul sin mancha se modela.

         Verás en la llanura una jauría

    de agudos galgos y un señor de caza,

    cabalgando a lejana serranía,

         vano fantasma de una vieja raza.

    Debes entrar cuando en la tarde fría

    brille un balcón en la desierta plaza.

    También nos llegó el verso de Gloria Fuertes, para mostrarnos que el viaje de la vida es un frenesí irrenunciable, aunque sea cansado:

    La Tierra como león enjaulado
    da vueltas alrededor del Sol
    con su cadena de hombres.

    Desde que hemos nacido viajamos
    a ciento doce mil kilómetros por hora.
    La Tierra no se para
    y sigue dando vueltas,
    por eso hay tanto viento,
    por eso siempre hay olas,
    por eso envejecemos tan deprisa,
    por eso estamos locos,
    porque toda la vida haciendo un viaje sin llegada
    cansa mucho los nervios.

    Álvaro Mutis, en cambio, concibe el viaje como algo entre el desasosiego y la incertidumbre:

    Desde la plataforma del último vagón

    has venido absorta en la huida del paisaje.

    Si al pasar por una avenida de eucaliptos

    advertiste cómo el tren parecía entrar

    en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;

    si llevas una blusa que abriste

    a causa del calor,

    dejando una parte de tus pechos descubierta;

    si el tren ha ido descendiendo

    hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda

    detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,

    que denuncia su extrema quietud

    y la inutilidad de su presencia;

    si sueñas en la estación final

    como un gran recinto de cristales opacos

    en donde los ruidos tienen

    el eco desvelado de las clínicas;

    si has arrojado a lo largo de la vía

    la piel marchita de frutos de alba pulpa;

    si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto

    la huella de una humedad fugaz

    lamida por los gusanos de la luz;

    si el viaje persiste por días y semanas,

    si nadie te habla y, adentro,

    en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos,

    te llaman por todos los nombres de la tierra,

    si es así,

    no habré esperado en vano

    en el breve dintel del cloroformo

    y entraré amparado por una cierta esperanza.

    Viajar es calzarse los zapatos de la vida y echar a andar. En pos del horizonte que sea que nos aguarda. El que forjemos. O el que nos impongan. O el que llegue, sin más. Nacer es comprar un billete de barco y zarpar. Y el viaje siempre vale la pena:

    Yo siento el viaje como un mapa.

    Un mapa que me embarga,

    lleno de cordilleras,

    de veredas como serpientes,

    de lagos como medallas de turquesa,

    de pueblitos como universos,

    y de otros átomos humildes y osados como yo.

    Yo siento el viaje como el propósito mismo de la vida.

    Viaje como la vida misma.

    Sí.

    Yo soy el viaje.

    Desde el útero hasta el polvo

    mortuorio.

    Siento el viaje como una travesía 

    donde uno es espectador

    y actor,

    y escenario,

    y aplauso

    y diálogo.

    Porque me contemplo en el espejo

    del ascensor que me baja a la calle y veo

    un guion lleno de risas y llantos,

    de asfaltos transitados y aldeas ignotas.

    De zapatos humillados por el pedregal del camino

    y de piernas bautizadas con el esplendor

    de la aurora boreal.

    Somos un escenario en ruta.

    Un funambulista empedernido

    que estaciona su inquietud

    en áreas de descanso.

    Somos un nómada en los andenes

    de la existencia.

    Porque el viaje es la vida misma

    y, nosotros, los errabundos.

  • POESÍA COMO BÚSQUEDA DEL YO

    POESÍA COMO BÚSQUEDA DEL YO

    Me busco y no me encuentro.
    Rondo por las oscuras paredes de mí misma,
    interrogo al silencio y a este torpe vacío
    y no acierto en el eco de mis incertidumbres.
    No me encuentro a mí misma
    y ahora voy como dormida a las tinieblas,
    tanteando la noche de todas las esquinas,
    y no pude ser tierra, ni esencia, ni armonía,
    que son fruto, sonido, creación, universo.
    No este desalentado y lento desganarse
    que convierte en preguntas todo cuanto es herida.
    Y rondo por las sordas paredes de mí misma
    esperando el momento de descubrir mi sombra.

    Sirvan estas palabras de Josefina de la Torre para afirmar que escribir es siempre un ejercicio para la intimidad. Y escribir poesía, aún más. Cuando la pluma dejar salir un poema, lo que brota es un sentimiento tan personal, tan incuestionablemente propio y exclusivo, que lo que ahí emerge es alma en gotas. Nada como un poema para ayudar al ser humano a expresar lo que le apasiona o le atribula. Nada. 

    A través de la poesía, la persona es capaz de bucear por sus adentros y hallar rincones tan personales y recónditos que, de otra manera, quedarían acaso enterrados. El yo, no obstante, ha experimentado a lo largo de la historia de la literatura una evolución vinculada al propio pensamiento de cada época. Abarcando todo aquello que relacionamos habitualmente con lo íntimo, (espiritualidad, recogimiento, ensimismamiento, conciencia…) podemos constatar una enorme evolución del concepto de lo íntimo. 

    Así, verificamos que en la época clásica no existe lo íntimo como sustantivo, sino sólo como adjetivo, para indicar una cualidad que se aplica a objetos tanto materiales como inmateriales. Son muchos los críticos que consideran que la tradición literaria occidental comenzó con Homero, quien con sus obras Ilíada y Odisea, marcó de forma duradera el canon literario con sus descripciones y manejo de temáticas como la guerra y paz, honra y deshonra, amor y odio. Sin embargo, el tratamiento del yo no había cuajado aún. Habría de llegar Safo para dar forma a la poesía lírica centrada en el yo como género.  Más tarde, San Agustín fue de los primeros autores en usar de forma sustantiva un vocablo análogo a “interioridad”, a esa “zona espiritual, íntima y reservada de una persona”, que apunta a “lo más particular de los pensamientos, afectos y asuntos interiores”. 

    San Agustín fue retomado por Descartes en su idea de volverse hacia dentro, afincando la interioridad inmaterial en la mente o el alma. Pero sin duda, uno de los intentos más lúcidos por escribir una historia de la poesía desde la inscripción del yo íntimo es el del poeta y ensayista español Luis García Montero, autor de El sexto día, quien sostiene que “la historia de la poesía es terreno privilegiado para plantearse una interpretación de la intimidad, una búsqueda no sólo de lo que han sido los hombres y las mujeres, sino de cómo se han pensado a ellos mismos, en qué yo han justificado esos valores tan esenciales y objetivos que parecen no necesitar una justificación”.

    El yo que busca Teresa de Ávila, por ejemplo, posee aureolas de fe: 

    Alma, buscarte has en Mí,
    y a Mí buscarme has en ti.

    De tal suerte pudo amor,
    alma, en mí te retratar,

    que ningún sabio pintor
    supiera con tal primor
    tal imagen estampar.

    Fuiste por amor criada
    hermosa, bella, y así
    en mis entrañas pintada,
    si te perdieres, mi amada,
    Alma, buscarte has en Mí.

    Que yo sé que te hallarás
    en mi pecho retratada,
    y tan al vivo sacada,
    que si te ves te holgarás,
    viéndote tan bien pintada.

    Y si acaso no supieres
    dónde me hallarás a Mí,
    No andes de aquí para allí,
    sino, si hallarme quisieres,
    a Mí buscarme has en ti.

    Porque tú eres mi aposento,
    eres mi casa y morada,
    y así llamo en cualquier tiempo,
    si hallo en tu pensamiento
    estar la puerta cerrada.

    Fuera de ti no hay buscarme,
    porque para hallarme a Mí,
    bastará solo llamarme,
    que a ti iré sin tardarme
    y a Mí buscarme has en ti.

    El yo de Lope de Vega es, por su lado, una lucha interna contra el fin:

    Ir y quedarse, y con quedar partirse,
    partir sin alma, y ir con alma ajena,

    oír la dulce voz de una sirena
    y no poder del árbol desasirse;

    arder como la vela y consumirse,
    haciendo torres sobre tierna arena;
    caer de un cielo, y ser demonio en pena,
    y de serlo jamás arrepentirse;

    hablar entre las mudas soledades,
    pedir prestada sobre fe paciencia,
    y lo que es temporal llamar eterno;

    creer sospechas y negar verdades,
    es lo que llaman en el mundo ausencia,
    fuego en el alma, y en la vida infierno.

    En Borges es remordimiento:

    He cometido el peor de los pecados
    que un hombre puede cometer. No he sido
    feliz. Que los glaciares del olvido
    me arrastren y me pierdan, despiadados.

    Mis padres me engendraron para el juego
    arriesgado y hermoso de la vida,
    para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
    Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

    no fue su joven voluntad. Mi mente
    se aplicó a las simétricas porfías
    del arte, que entreteje naderías.

    Me legaron valor. No fui valiente.
    No me abandona. Siempre está a mi lado
    La sombra de haber sido un desdichado.

    En Juan Ramón Jiménez, mirar hacia adentro es hallar desesperanza:

    (…)

    Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,
    pleno de su sentir alto y profundo,
    el ancho surco del terruño tierno,
    a ver si con partirlo y con sembrarlo,

    la primavera le mostraba al mundo
    el árbol puro del amor eterno.

    En Octavio Paz, asoma un irremediable sentimiento de lo efímero:

    Entre irse y quedarse duda el día,
    enamorado de su transparencia.

    La tarde circular es ya bahía:
    en su quieto vaivén se mece el mundo.

    Todo es visible y todo es elusivo,
    todo está cerca y todo es intocable.

    Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
    reposan a la sombra de sus nombres.

    Latir del tiempo que en mi sien repite
    la misma terca sílaba de sangre.

    La luz hace del muro indiferente
    un espectral teatro de reflejos.

    En el centro de un ojo me descubro;
    no me mira, me miro en su mirada.

    Se disipa el instante. Sin moverme,
    yo me quedo y me voy: soy una pausa.

    En Lorca, ¿cómo no?, es arrebatado grito de dolor:

    La sombra de mi alma
    huye por un ocaso de alfabetos,
    niebla de libros
    y palabras.

     ¡La sombra de mi alma!

    (…)

    En las palabras de Gioconda Belli, hallamos una resonancia a resistencia al dolor:

    Claro que no somos una pompa fúnebre,
    a pesar de todas las lágrimas tragadas
    estamos con la alegría de construir lo nuevo
    y gozamos del día, de la noche
    y hasta del cansancio
    y recogemos risa en el viento alto.

    Usamos el derecho a la alegría,
    a encontrar el amor
    en la tierra lejana
    y sentirnos dichosos
    por haber hallado compañero
    y compartir el pan, el dolor y la cama.

    (…)

    En Walt Whitman, por fin, es celebración de la existencia:

    Yo me celebro y me canto,
    y cuanto hago mío será tuyo también,
    porque no hay átomo en mí que no te pertenezca.

    Holgazaneo, e invito a mi alma.
    Holgazaneo, a mi antojo, y me paro a observar una briza de
      hierba estival

    Mi lengua, y hasta el último átomo de mi sangre, están formados
      por esta tierra, por este aire;
    nacido aquí, de padres nacidos aquí, lo mismo que sus padres, y
      lo mismo que los padres de éstos,
    yo, de treinta y siete años de edad, en perfecto estado de salud,
      empiezo ahora,
    y espero no acabar hasta la muerte.

    Dejo en suspenso credos y doctrinas;
    me aparto un trecho: los conozco bien, y no los olvidaré,
    Acojo el bien y el mal, y me permito hablar, sin preocuparme
    por los riesgos,
    naturaleza sin freno, con su energía primigenia.

    ¿Qué podemos concluir, entonces, acerca del yo en la lírica? Pues es muy sencillo: hay tanta poesía intimista como prismas existen para ver y sentir la realidad que nos circunda. El verso es el cauce para el sentimiento más específico y privativo que pueda concebirse, escribirse o declamarse. ¿Y tú… miras hacia adentro? Yo, sí:

    La mujer que se arruga conmigo se acaricia 

    ante el espejo.  

    Se conoce. Sabe que es ella la que deshilvana 

    trampas y allana 

    su propio camino.

    La persona que soy vislumbra 

    a la vieja que seré.

    Y me da tranquilidad, 

    porque trae en su cara toda la paz de los campos amarillos

    de Van Gogh.

    Así que respiro hasta lo más hondo de mis tripas. 

    Por fuera, la piel tiene la textura

    de un terreno recién arado. 

    Tendido al cielo, 

    Cielo solo en su propia compañía.

    Por dentro, la pescadora de sueños 

    y la corredora de fondo,

    la proscrita hembra de las calamidades, 

    se ha vuelto una Lucrecia Borgia inerme,

    embozada bajo el tul de las nubes y los árboles

    que le sirven de fondo. 

    Un ser humano templado que tiempla sus sueños 

    Con la suavidad de un saxo

    tocando silencio.

    La mujer en la que me estoy convirtiendo se sabe tierra. 

    Se sabe parte de un círculo próximo a cerrarse. 

    Perfecto. 

    Rotundo. 

    Se sabe beso que besa el final de una historia. 

    Y se sabe final feliz de una existencia sin beber del todo, 

    porque a veces, lo mejor del vino está en la última copa.

    ©Rosa Galdona

    El último libro que leí

    tenía páginas confusas.

    Era complejo pasar aquellas hojas

    en las que la vida y la muerte,

    el yo, el tú y el otro,

    parecían formar torbellinos

    entre letras, hiatos 

    y anomalías de existir.

    El último libro que leí

    quedó abierto en el sillón de las visitas.

    Su lectura me asustaba,

    sonaba a rebato,

    me dejaba al aire el eco sordo de mis tripas,

    de mi conciencia doblando a muerto

    por los huecos deshabitados de mi vida.

    El último libro que leí

    era mi mueca ante el espejo.

    Por eso me asustaba.

    ©Rosa Galdona
  • ‘El pino’, de José Luis Regojo (Ondina ediciones, 2023)

    ‘El pino’, de José Luis Regojo (Ondina ediciones, 2023)

    Luisa Chico, J.L.Regojo y Rosa Galdona. Presentación de ‘El pino’ en Candelaria (Tenerife)

    Cuando uno termina de leer El pino, se da cuenta, incuestionablemente, de que ha leído Literatura. ¿Por qué?, pues porque deja en el lector un regusto a pensamiento vivo y atemporal, pronunciado en un discurso que cuelga unas palabras en los ojos del lector que destilan humanidad. Decía Unamuno que “el escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Y eso sucede con El pino. Es una obra que sobrevuela todo el tiempo y de tal manera lo humano (“si no sabemos orientarnos solos, ¿por qué nos extraña ir perdidos por la vida?”, pág. 29), que atrapa a quien se acerca a sus páginas.

    El pino es “el periplo de un hombre bisiesto” (des)contando los últimos meses de docente hasta su inminente jubilación. En ese viaje narrativo y reflexivo grita contra injusticias como el machismo, la homofobia, la xenofobia, la explotación de la clase obrera, los nacionalismos empobrecedores y ciegos, la burocracia, (burda y antropófaga), la monarquía, al inmovilismo del individuo… hay tanto en El pino que parece mentira que quepa tanto contenido en 163 páginas.

    El maestro está en cada página. Está donde se cuestiona la esencia misma de su profesión con paradojas como “he dedicado una vida a pasar lista, para anotar solo el nombre de los ausentes, (pág. 98). Está donde la ironía arremete contra la Administración educativa: “¿Cómo marcará las horas extras de reuniones y correcciones? Será interesante ver cómo lo gestiona el responsable del Departamento de Educación que tuvo la idea del reloj, debe haberse entrenado a fondo para llegar a ser tan inútil.” (Pág. 34). Está también, y quizá, sobre todo, en el educador empecinado en enseñar a su alumnado a ser crítico (“gracias por hacernos pensar”, pág. 148).

    Pero eso no es todo. Además, el narrador se divierte (eso se nota) amasando su discurso entre la ternura, el humor (que se lo pregunten, si no, a Agapito), la reflexión filosófica, la pasión, la admiración por lo cotidiano o lo efímero, el amor por la sencillez o la naturaleza, y todo ello con una prosa rica y fluida que, en ocasiones, en muchas ocasiones, es poética. El narrador habla siempre en primera persona. Nos cuenta su experiencia mientras el reloj de su vida laboral acelera hacia el final. No nos importa si lo que narra es verdad o verosímil. No buscamos al José Luis biógrafo, sino al orador. Al cronista de sucesos, de miedos y de sueños y de manías y de frustraciones que nos refleja, cual espejo, la vida de cada uno de nosotros en sus palabras.

    J.L.Regojo y Rosa Galdona

    Ahí, junto al pino, observo la naturaleza y reflexiono. Hoy, por ejemplo, al ver las golondrinas primaverales revolotear, he pensado en nuestra nula capacidad de volar debido, quizá, a que siempre nos están cortando las alas, cuando no nos las cortamos nosotros mismos. (Pág. 19).

    El pino protagonista es la imagen y el trasunto de la sencillez, de la naturaleza más esencial y austera, más auténtica. Por eso propicia el pensamiento y la reflexión del hombre sentado a su abrigo. Algo pasa cuando hombre y árbol, árbol y hombre se despiden tras el último día de clase. Y eso hará al lector reflexionar sobre aquello que de verdad incumbe al ser humano:

    Cuando acabamos de leer El pino, nos quedamos con la sensación de que el narrador era nuestro amigo y de que la conversación ha terminado: hablamos de activismo político, de un Sistema todopoderoso y alienante que nos lleva al precipicio; y hemos estado de acuerdo en una visión del amor que no tiene edad, pero sí perennes aderezos eróticos que nos hacen sentir vivos. Nos hemos hecho admiradores sibaritas de los pequeños detalles de la vida, el narrador de El pino y yo (“la mejor edad es la que tengo ahora”, pág. 14). Acérquese el lector a El pino y pruebe la experiencia.

    El pino se puede conseguir en este enlace.

  • Palabra y silencio: una aproximación al rol femenino en la Historia

    Palabra y silencio: una aproximación al rol femenino en la Historia

    Un pueblo sin Historia es un pueblo con media identidad, puesto que desconoce, no sólo su origen, sino también la conformación misma de su razón social. Por ello, exaltar el pasado, venerar la Historia, es en gran medida un ejercicio de autoafirmación, mediante el que cada grupo cultural se identifica a sí mismo, como colectivo con unas raíces y un proyecto en común. Nuestra identidad más arraigada, nuestro yo más entrañablemente humano y más íntimamente apegado a la tierra, es inconcebible sin ese lazo atávico mediante el cual nos miramos y confirmamos cada día en el espejo de nuestros antepasados.

    Afirmación de tan severa contundencia no parece ofrecer razón alguna para hacernos sentir la tentación de arrebatar su mayúscula a la Historia, ni para cuestionar la validez o representatividad de esa selección de recuerdos que conforman y sostienen nuestra identidad cultural. Sin embargo, el tiempo es algo más que un simple aliado de la memoria. Con el tiempo cambian las personas y cambian las ideas, y mientras determinadas premisas afianzan su solidez, otras comienzan a ser presa de dudas o cuestionamientos…

    Es así como aprenden a convivir y combinarse, en el incesante devenir cronológico, la Memoria y el Olvido, la Presencia y la Ausencia, la Palabra y el Silencio. Es así como empieza a sustituirse la Verdad por pequeñas verdades cotidianas y como comienza a ceder terreno la Historia frente a las historias anodinas que han ido quedando relegadas en los dominios de lo nunca escrito. Pero es así, también, inmerso en esa dialéctica, como aprende el ser humano a no conformarse con un mundo de herencias (pre)establecido, y a construirse a sí mismo inmerso en una realidad en constante gestación, fruto del esfuerzo, de la inquietud y del afán de superación de cada día.

    Historia, palabra, escritura… son términos indisolublemente ligados a lo que podemos llamar Relato Oficial del Pasado. El pasado, sea reciente o remoto, es irrecuperable como tiempo real y accesible. Es imposible retener eslabón alguno de esa cadena temporal que fluye de forma imparable, y que hace de nuestra vida una sucesión de recuerdos, tejidos entre la experiencia personal y la herencia colectiva. Sin embargo, nuestra inquieta naturaleza humana nos impulsa permanentemente al conocimiento y al (re)conocimiento. Y ese impulso nos conduce a intentar recuperar un tiempo pasado sobre el que sustentar la identidad misma de nuestro ser social. Así nació, por ejemplo, la mirada feminista a la literatura: una necesidad de volver a mirar la existencia en todos sus vértices para (des)cubrir lo que quedó relegado por irrelevante o no ortodoxo, como el protagonismo de la mujer en el gran cuento del mundo.

    En la medida en que recordar nos ayuda a conocernos mejor, a mejor comprender nuestros miedos y anhelos y a hacernos un poco más humanos, en todo pueblo ha existido siempre una escrupulosa reverencia hacia su tradición. Reverenciar el pasado es conservarlo mediante su constante recreación verbal, mantenerlo vivo reafirmando aquellas claves y aquellos acontecimientos que nuestros antepasados han querido legarnos. Por eso, si ese legado pertenece a toda la Humanidad, parece a todas luces injusto que continúe, a través de los siglos, escribiendo y suscribiendo la autoridad de tan sólo una parte de ella.

    Resulta una suposición razonablemente aceptable el hecho de que los hombres no han podido forjar solos la Historia. Basta una breve reflexión sobre ello para advertir que ha sido necesaria y constante la aportación de las mujeres, como soporte estratégico en los grandes conflictos bélicos –desempeñando sus incansables roles de cocinera-concubina-enfermera del aguerrido luchador- y, por supuesto, como (re)productora de todos y cada uno de los hombres mediocres y sublimes del mundo –tarea insustituible en su trascendencia-.

    Decía Virginia Woolf, acerca de esta insoslayable pero obviada realidad, que las mujeres «[h]emos concebido y criado y lavado y enseñado, tal vez hasta los seis o siete años, los mil seiscientos veintitrés millones de seres humanos que ahora pueblan el mundo […] y eso también toma su tiempo» (1). Sin embargo, lejos de considerarse un factor históricamente decisivo, el rol femenino ha sido tradicionalmente mantenido en esa «aceptación razonable» que le impide desarrollarse más allá de lo «biológicamente natural». Ha sido mantenido «al calor del hogar» y de espaldas a los grandes acontecimientos, lejos de cuestiones sociales, políticas o jurídicas que entorpeciesen su sacrosanta función doméstica.

    Si la Historia es cosa de todos los seres humanos, es de justicia atender a la manera en que todos y cada uno de los grupos que componen nuestra especie -raciales, sexuales o culturales- han contribuido a su construcción. Sólo teniendo esto en cuenta podremos acceder al conocimiento de la Historia de la Humanidad y superar de una vez por todas ese modelo caduco de «historia universal» protagonizado y autorizado por el hombre-blanco-occidental en absoluta exclusividad.

    (1)  Virginia Woolf, Un cuarto propio, Madrid, Júcar, 1991, pág. 144.

  • EXs, 50 escalones hacia el olvido, de Luisa Chico

    EXs, 50 escalones hacia el olvido, de Luisa Chico

    En el silencio de la madrugada

    Me derramo irremediablemente.

    Estas palabras de Luisa Chico, incluidas en el poemario Exs, 50 escalones hacia el olvido representan, acaso, un paradigma del conjunto del libro; porque de silencio omnipresente, de madrugadas solitarias, de fatalidades vestidas de pérdida y de llantos derramados está impregnada hasta la médula de la última letra esta obra de Luisa. La escritora brinda en estas páginas el regalo de la conciliación desde la ausencia a los hombres que han significado algo importante en su vida. Sus palabras son un canto cadente de concordia para aquellos que escribieron pasión y vida en sus días. Y también lo son para ella misma, puesto que verbalizar su dolor, su sentir de pérdida, de engaño, de añoranza o de ocasos del corazón la eleva a un estado de bienestar que solo alcanzan los espíritus en calma.

    Leer a Luisa Chico hoy es escuchar una voz reposada que mira atrás desde el sosiego que recuerda con afecto y alguna lágrima díscola las andanzas vitales en las que el amor la hizo vibrar de pasión. No es común este ejercicio. Cantar en primera persona aquello que te ha dejado vacío o abandonado es propio solo de almas libres, libres de pensamiento, libres de acción y sobre todo libres de rencor. Hacer las paces con el pasado, por muy aciago que haya sido, puede ser una gran lección de vida y este libro nos lo ofrece danzando en una métrica a veces con olor a romance popular y otras con un verso libre y anárquico que pretende romper fondos y formas. El léxico preciso y lúcido se mueve por expresiones apelativas llenas de incertidumbre, decepción o añoranza. Es su manera de leerse a sí misma en la memoria y escribirse poniendo sin miedo el dedo en la llaga, su llaga. Y nada de esto es casual, es todo absolutamente deliberado porque lo que ella quiere es esculpir un punto y final lírico a un tramo de su trayectoria vital que se le antoja necesario cerrar. 

    Los versos de Exs, 50 escalones hacia el olvido manan serenos entre efluvios de amores pasionales (“eres el único ser que hace que mi diapasón vibre hasta el infinito y más allá”), y maguas incurables (“yo te pienso envuelta en esta tristeza en la que me dejan tus recuerdos cuando no consigo desprenderme de ellos”). Los escalones hacia el olvido que la poeta traza en estas líneas no dejan indiferente a nadie. Sus versos gritan como gargantas desgarradas que buscan por un lado el sonido del portazo a un pasado que duele y por otro el abrazo afable de un adiós sin dramas. Toda una lección de sinceridad, sentimiento a toda vela y cordialidad sin ambages la de Luisa chico en estas páginas. Una hoja de ruta envidiable para cualquiera de nosotros, una ventana abierta a la paz con ella misma y con el mundo en la que ahora podemos entrar. Pasen y lean.

    Luisa Chico, nacida en Santa Cruz de Tenerife, es una escritora, etnógrafa, folclorista y gestora cultural de largo recorrido. Fundadora de Acte Canarias (Asociación Canaria de Escritores/as) en 2018, donde ejerció como presidenta hasta el año 2020. En la actualidad es Presidenta-fundadora de Tamasma Cultural, asociación cultural y literaria canaria.

    Si vives en Gran Canaria puedes asistir a la presentación de su libro el 24 en Las Palmas y el 25 en Arucas. Más información aquí: