Autor: Soraya Benítez

  • 2 poemas de Sylvia Plath, la poeta que quería ser Dios

    2 poemas de Sylvia Plath, la poeta que quería ser Dios

    Sylvia Plath, considerada como una de las mejores poetas del siglo XX, nació un 27 de octubre y es por ello que, en Poémame, hemos querido rendirle homenaje. 

    Sobre su persona hay opiniones para todos los gustos y su figura se ha visto mercantilizada y frivolizada hasta la saciedad.

    Hoy queremos, simplemente, hacernos eco de la poeta en relación con su persona, de su trayectoria, de la influencia que tenía el mundo sobre sus letras. En el artículo publicado el año pasado nos acercábamos a ella con un poema. Hoy nos aproximaremos a su vida y a su obra.

    Plath nació en octubre, en el mes del almacenaje, como expresaba en uno de sus versos. Desde muy joven se interesó por la escritura, su primer poema lo escribió a los 8 años. La educaron para ser una mujer complaciente y moderada. Ella quería cumplir con su papel, hacía lo posible para contentar las expectativas del resto, evitando mostrar sus debilidades, pero también, sus inquietudes. Esa careta de vigorosidad, perfección y alegría, dejaba tras de sí la frustración y el agotamiento que arrastraba. 

    La chica que quería ser Dios, como su diario rezaba, destacaba, poseía una brillantez innegable, constantemente deseaba superarse y solía abarcar tantas ocupaciones que acababa sobrecargada, procurando además, ser la esposa y madre ideal. Amante del arte, dibujaba para desarrollar su creatividad, a instancias de su marido. 

    Se suicidó muy joven y se convirtió en un mito. Se le atribuye un trastorno bipolar. Se hablaba de sus depresiones, de sus crisis, de la desesperanza ante la muerte de su padre, de los problemas en su matrimonio, de la soledad y el vacío que la embargaba. 

    En el último periodo de su vida incrementa su productividad, aunque en vida solo publicó la primera recopilación de su poesía The colossus. A título póstumo, recibió el Premio Pulitzer (1982).

    Decía en uno de sus poemas que intentó no pensar demasiado, trató de ser natural y amorosa como las demás mujeres. ¿Lo consiguió? ¿Acaso era necesario?

    Os dejamos con un par de poemas.


    Soy vertical

    Pero preferiría ser horizontal.
    No soy un árbol con las raíces en la tierra
    absorbiendo minerales y amor maternal
    para que cada marzo florezcan las hojas,
    ni soy la belleza del jardín
    de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
    ignorando que pronto perderá sus pétalos.
    Comparado conmigo, un árbol es inmortal
    y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
    y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.
    Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
    los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
    Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
    A veces pienso que cuando estoy durmiendo
    me debo de parecer a ellos a la perfección—
    oscurecidos ya los pensamientos.
    Para mí es más natural estar tendida.
    Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
    y así seré útil cuando al fin me tienda:
    entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.

    Nacidos muertos

    Estos poemas no viven: el diagnóstico es triste.
    Los dedos de manos y pies crecieron bastante,
    sus pequeñas frentes se abombaron por la concentración.
    Si no caminaron por ahí como personas
    no fue por falta de amor materno.
    ¡No puedo entender lo que les ocurrió!
    Tienen la forma, el número, los miembros precisos.
    ¡Se ven tan bien ahí en su líquido de adobo!
    Sonríen, sonríen, sonríen, me sonríen a mí.
    Pero los pulmones no se hinchan y el corazón no bombea.
    No son cerdos, ni siquiera son peces,
    aunque tienen un cierto aire de cerdo y de pez,
    sería mejor que estuvieran vivos, y así es como estaban.
    Pero están muertos, y su madre, casi muerta de enajenación,
    y miran como estúpidos, y no hablan de ella.

  • 5 poemas de Anne Sexton

    5 poemas de Anne Sexton

    No pretendo hablar de Anne Sexton como si la conociera, como si hubiera registrado cada libro, cada folio de lo que se ha dicho y escrito sobre ella. Ni siquiera me atrevería a juzgarla. Sin embargo, he querido investigar su vida y su obra y traeros un trocito de todas las impresiones, de la información que he ido recabando. Ojalá sirva para aumentar vuestra curiosidad, en el caso de aquellos que no la conocierais. Ojalá sirva de pequeños trazos de recuerdo para los que ya sabíais de su existencia.

    Anne Sexton (1928-1974) nació el seno de una familia burguesa y vivió su infancia y adolescencia aprendiendo a desempeñar el papel de una mujer de su clase. Ella mismo explicó que se sentía víctima del sueño americano, casada a los veinte años, ama de casa, a los veinticinco su primera hija, a los veintisiete la segunda. La armonía y la estabilidad aparente frente a su depresión posparto, los intentos de suicidio, las hospitalizaciones… Alentada por su médico, comenzó a escribir como terapia, un método que le ayudaría a explicar y desahogar los traumas que la atormentaban. “Creen que me he curado, pero solo me he hecho poeta”. Su poesía confesional sirvió de voz rebelde frente a los convencionalismos de la época, rompiendo el silencio y tabúes ante la drogadicción, el aborto, la masturbación, la menstruación, el suicidio… 

    Tumba de Anne Sexton, en el cementerio de Forest Hills, a las afueras de Boston. Foto: David Bruce (Flickr/CC BY-NC-ND 2.0)

    Ganó el premio Pulitzer de poesía en 1967. Consiguió suicidarse (tras repetidos y fallidos intentos) a los 45 años, un cuatro de octubre. Tachada de egoísta, de loca, de no saber qué hacer con su vida de madre y esposa. Lejos de las atribuciones de otros, cinco poemas para empezar a conocerla. Solo cinco. Una delicia.

    DESCALZA

    Amarme sin zapatos
    significa amar mis piernas largas y bronceadas,
    queridas mías, buenas como cucharas;
    y mis pies, estos dos chicos
    que se escaparon a jugar desnudos. Intrincados nudos,
    mis dedos. Libres ya de sujeción.
    Y todavía más, miren las uñas y
    cada una de las diez etapas, tubérculo a tubérculo.
    Vehementes y alocados, todos ellos, este cerdito
    fue al mercado y este otro se
    quedó. Largas piernas bronceadas, y largos y bronceados dedos.
    Más arriba, cariño, la mujer
    confiesa sus secretos, pequeñas casas
    y pequeñas lenguas que te lo cuentan todo.

    No hay nadie más que tú y yo
    en esta casa de la península.
    El mar lleva un cencerro en el ombligo
    y yo soy tu sirvienta descalza
    por una semana entera. ¿Quieres un poco de salame?
    No. ¿Quieres un whisky, a lo mejor?
    Tampoco. Tú no eres de beber. Tú
    me bebes a mí. Las gaviotas persiguen a los peces
    gritando como chicos de tres años.
    Las olas son narcóticas, me llaman
    Yo soy, yo soy, yo soy
    toda la noche. Descalza
    te camino por la espalda.
    A la mañana corro por la cabaña,
    de una puerta a otra, jugando a perseguirnos.
    Ahora me agarras por los tobillos.
    Ahora vas trepando por mis piernas
    hasta que atraviesas la marca de mi anhelo.

    JOVEN

    Hace mil puertas
    cuando yo era una chiquilla solitaria
    en una gran casa con cuatro
    garajes y era verano
    según creo recordar,
    yacía por la noche sobre la hierba,
    los tréboles cedían bajo mi peso,
    las estrellas sabias fijas por encima de mí,
    la ventana de mi madre un embudo
    por el que escapaba un calor amarillo,
    la ventana de mi padre, a medio cerrar,
    un ojo por donde pasaban durmientes,
    y las tablas de la casa,
    suaves y blancas como la cera
    y probablemente un millón de hojas
    se mecían sobre sus extraños tallos
    mientras los grillos cantaban al unísono
    y yo, en mi cuerpo recién estrenado,
    que aún no era el de una mujer,
    interrogaba a las estrellas
    y pensaba que Dios realmente podía ver
    el calor y la luz pintada,
    codos, rodillas, sueños, buenas noches.

    AMAS DE CASA

    Algunas mujeres se casan con casas. 
    Es otra especie de piel; tiene un corazón, 
    una boca, un hígado y movimiento de intestinos. 
    Las paredes son estables y rosadas. 
    Mirad cómo se pasa el día hincada de rodillas, 
    lavándose fielmente. 
    Los hombres penetran a la fuerza, retrocediendo como Jonás 
    dentro de sus gordas madres. 
    Una mujer es su madre.
    Eso es lo más importante.

    LA BALADA DE LA MASTURBADORA SOLITARIA

    Al final del asunto siempre es la muerte.
    Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
    fuera de la tribu de mí misma mi aliento
    te echa en falta. Espanto
    a los que están presentes. Estoy saciada.
    De noche, sola, me caso con la cama.
    Dedo a dedo, ahora es mía.
    No está tan lejos. Es mi encuentro.
    La taño como a una campana. Me detengo
    en la glorieta donde solías montarla.
    Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
    en la que cada pareja mezcla
    con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
    el abundante par espuma y pluma,
    hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    De esta forma escapo de mi cuerpo,
    un milagro molesto, ¿Podría poner
    en exhibición el mercado de los sueños?
    Me despliego. Crucifico.
    Mi pequeña ciruela, la llamabas.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
    La dama acuática, irguiéndos en la playa,
    en la yema de los dedos un piano, vergüenza
    en los labios y una voz de flauta.
    Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    Ella te agarró como una mujer agarra
    un vestido de saldo de un estante
    y yo me rompí como se rompen las piedras.
    Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
    El periódico de hoy dice que os habéis casado.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    Muchachos y muchachas son uno esta noche.
    Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
    Se quitan zapatos. Apagan la luz.
    Las criaturas destellantes están llenas de mentiras.
    Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
    De noche, sola, me caso con la cama.

    LA VERDAD QUE LOS MUERTOS CONOCEN

    Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
    rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
    dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
    Es junio. Estoy cansada de ser valiente.
    Conducimos hasta el Cabo. Crezco
    por donde el sol se derrama desde el cielo,
    por donde el mar se mece como una cancela
    y nos emocionamos. Es en otro país donde muere la gente.
    Querido, el viento se desploma como piedras
    desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
    nos penetramos por completo. Nadie está solo.
    Los hombres matan por ello, o por cosas así.
    ¿Y qué ocurre con los muertos? Yacen sin zapatos
    en sus barcas de piedra. Son más parecidos a la piedra
    de lo que lo sería el mar si se detuviera. Rehusan
    ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.

    Para saber más

    • BEGOÑA CALLEJÓN (2018) Hijas de la melancolía: mujeres que rompen su jaula. Verbum.
    • ANNE SEXTON (1996). El asesino y otros poemas. Icaria editorial.
    • ANNE SEXTON (2013). Poesía completa. Linteo.
  • 5 poemas de Gabriela Mistral

    5 poemas de Gabriela Mistral

    Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga nació en Chile, el 7 de abril de 1889. Todavía no era Gabriela Mistral, pero no tardaría mucho en adoptar ese seudónimo. Sería en 1908, a partir de su poema «Del pasado», cuando decidió combinar ambos hasta ser conocida mundialmente por Gabriela Mistral, transmutándose. Quizá, más que un seudónimo, fuera su heterónimo, como apunta Ana Pizarro en su libro “Gabriela Mistral: el proyecto de Lucila”.

    No es difícil encontrar información sobre su vida y su obra, por tanto, no pretende el artículo hacer un recorrido por toda su trayectoria, personal y laboral. Sobrarán unas nociones básicas, brochazos, apuntes destacables de esta escritora, como personaje histórico y simbólico en el mundo de la literatura. Simplemente, un puñado de datos que animen a quien lo lea a seguir indagando en ella. 

    Gabriela Mistral sobrevivió a un hogar difícil durante su infancia. Fue autodidacta, amante de la naturaleza, apasionada por la enseñanza y de una gran conciencia social que reflejó en sus obras, donde también sería una constante la ternura hacia los niños.  En 1914 ganó el concurso de Juegos Florales con los «Sonetos de la muerte», que la convirtieron en una joven promesa de la literatura chilena. Gracias a este premio, comenzó a adquirir fama y visibilidad. 

    Su historia estuvo marcada por la literatura, pero también por una bella labor social. Enamorada de la pedagogía, luchó por los derechos educativos de las mujeres y de los más desfavorecidos. En 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, el primero para las letras latinoamericanas y el quinto para una mujer. También fue la primera mujer chilena en ocupar un cargo diplomático. 

    Murió en Nueva York, Estados Unidos, el 10 de enero de 1957; pero nos dejó sus obras, que no entienden de fronteras y han sido traducidas a más de veinte idiomas. 

    La selección de poemas que he realizado no es más que un antojo personal y cinco ventanas desde las que poder observar el enorme mundo mistraliano. A partir de ahí, cada cual elija lanzarse, seguir mirando o correr la cortina. 

    PIECECITOS

    Piececitos de niño,
    azulosos de frío,
    ¡cómo os ven y no os cubren,
    Dios mío!

    ¡Piececitos heridos
    por los guijarros todos,
    ultrajados de nieves
    y lodos!

    El hombre ciego ignora
    que por donde pasáis,
    una flor de luz viva
    dejáis;

    que allí donde ponéis
    la plantita sangrante,
    el nardo nace más
    fragante.

    Sed, puesto que marcháis
    por los caminos rectos,
    heroicos como sois
    perfectos.

    Piececitos de niño,
    dos joyitas sufrientes,
    ¡cómo pasan sin veros
    las gentes!

    YO NO TENGO SOLEDAD

    Yo no tengo soledad
    Es la noche desamparo
    de las sierras hasta el mar.
    Pero yo, la que te mece,
    ¡yo no tengo soledad!

    Es el cielo desamparo
    si la luna cae al mar.
    Pero yo, la que te estrecha,
    ¡yo no tengo soledad!

    Es el mundo desamparo
    y la carne triste va.
    Pero yo, la que te oprime,
    ¡yo no tengo soledad!

    TODAS ÍBAMOS A SER REINAS

    Todas íbamos a ser reinas,
    de cuatro reinos sobre el mar:
    Rosalía con Efigenia
    y Lucila con Soledad.

    En el valle de Elqui, ceñido
    de cien montañas o de más,
    que como ofrendas o tributos
    arden en rojo y azafrán.

    Lo decíamos embriagadas,
    y lo tuvimos por verdad,
    que seríamos todas reinas
    y llegaríamos al mar.

    Con las trenzas de los siete años,
    y batas claras de percal,
    persiguiendo tordos huidos
    en la sombra del higueral.

    De los cuatro reinos, decíamos,
    indudables como el Korán,
    que por grandes y por cabales
    alcanzarían hasta el mar.

    Cuatro esposos desposarían,
    por el tiempo de desposar,
    y eran reyes y cantadores
    como David, rey de Judá.

    Y de ser grandes nuestros reinos,
    ellos tendrían, sin faltar,
    mares verdes, mares de algas,
    y el ave loca del faisán.

    Y de tener todos los frutos,
    árbol de leche, árbol del pan,
    el guayacán no cortaríamos
    ni morderíamos metal.

    Todas íbamos a ser reinas,
    y de verídico reinar;
    pero ninguna ha sido reina
    ni en Arauco ni en Copán…

    Rosalía besó marino
    ya desposado con el mar,
    y al besador, en las Guaitecas,
    se lo comió la tempestad.

    Soledad crió siete hermanos
    y su sangre dejó en su pan,
    y sus ojos quedaron negros
    de no haber visto nunca el mar.

    En las viñas de Montegrande,
    con su puro seno candeal,
    mece los hijos de otras reinas
    y los suyos nunca-jamás.

    Efigenia cruzó extranjero
    en las rutas, y sin hablar,
    le siguió, sin saberle nombre,
    porque el hombre parece el mar.

    Y Lucila, que hablaba a río,
    a montaña y cañaveral,
    en las lunas de la locura
    recibió reino de verdad.

    En las nubes contó diez hijos
    y en los salares su reinar,
    en los ríos ha visto esposos
    y su manto en la tempestad.

    Pero en el valle de Elqui, donde
    son cien montañas o son más,
    cantan las otras que vinieron
    y las que vienen cantarán:

    «En la tierra seremos reinas,
    y de verídico reinar,
    y siendo grandes nuestros reinos,
    llegaremos todas al mar.»

    DAME LA MANO

    Dame la mano y danzaremos;
    dame la mano y me amarás.
    Como una sola flor seremos,
    como una flor, y nada más…

    El mismo verso cantaremos,
    al mismo paso bailarás.
    Como una espiga ondularemos,
    como una espiga, y nada más.

    Te llamas Rosa y yo Esperanza;
    pero tu nombre olvidarás,
    porque seremos una danza
    en la colina y nada más…

    EL PAVO REAL

    Que sopló el viento y se llevó las nubes
    y que en las nubes iba un pavo real,
    que el pavo real era para mi mano
    y que la mano se me va a secar,
    y que la mano le di esta mañana
    al rey que vino para desposar.

    ¡Ay que el cielo, ay que el viento, y la nube
    que se van con el pavo real!


    Referencias bibliográficas

  • Jorge Inojosa: la crudeza en los versos de un no poeta

    Jorge Inojosa: la crudeza en los versos de un no poeta

    Él mismo lo dice: Poetas, escritores… No soy uno de ellos,/ los respeto mucho como para decir eso. Sin embargo, hemos podido encontrar en los poemas de Jorge Inojosa (@JTricker) un mundo de reflexiones que, a veces, dan la impresión de dejar sobre nosotros un toque agrio, creciente, conforme avanzan los versos (Aferrado y sin acción,/meditando mi contexto, mi situación,/no veo la mano indolente acercándose a mí,/aplastándome y haciéndome incapaz de sufrir./Un charco de sangre que ni siquiera era mía, sino de muchos otros,/es lo que queda de mí, lo que permanece para otros ojos.); y otras veces, nos sacuden la conciencia como para hacernos despertar. Esto último lo vemos en su poema La red:

    Estamos todos dentro de esta bien llamada red,
    como un cardumen de peces sin rostro. 
    Como delata su humanidad esta red, 
    al ser tan versátil, tan sabia, tan útil, y tan perversa. 
    Que pintura tan diversa de la humana naturaleza. 
    Ayer alguien opinó igual que yo, 
    jamás lo conoceré. 
    Hoy jugué con alguien, 
    jamás lo conoceré.
    Mañana veré una mujer hermosa, 
    jamás la conoceré.

    El poeta se muestra crítico consigo mismo, pero también con el resto y nos invita a adoptar esa actitud, a no creernos todo lo que tradición nos pone sobre los ojos. Así los versos: “más vale pájaro en mano, que cien volando”. /Frase derrotista, cobarde, asquerosa y conformista; /no vayas por nada más, aun si las oportunidades vuelan ante ti por cientos, /no vaya a ser que pierdas lo poco que tienes como sustento. Podría parecer que guarda pocas esperanzas, que impregna de negatividad su poesía. Nada más lejos para alguien que ve una nueva oportunidad hasta en un día gris: A muchos les parece triste o deprimente, /mi estado favorito del ambiente. /No hay calor que me moleste. /No hay brillo que me encandile.

    O también, su poema La muerte, una declaración de intenciones y, por qué no, un desafío a la vida. Con él os dejo, a la espera de nuevos versos que nos arrastren a lo más profundo de nuestras inquietudes, de nuestros deseos y nuestros miedos. 

    “Al fin va a descansar”.
    “Tal vez fue lo mejor”. 
    “Lo mejor es aceptarlo”. 
    “No hay que temer, es natural”. 
    “La muerte no es el final”. 
    Todas frases de consolación, 
    mentiras que nos decimos para lidiar con la muerte, 
    mentiras que incluso yo mismo he dicho y creído alguna vez. 
    La verdad es que pocas cosas generan tanto ruido en mi ser, como ella. 
    Un ruido escandaloso, triste, amargo e iracundo. 
    Estaría mintiendo si digo que no le temo a la muerte, 
    pero sin pretender ser fuerte, no es mi mayor emoción. 
    Son la angustia y la ira las que más invaden mi corazón, 
    pues palidece el temor ante la preocupación y la frustración. 
    Preocupación de no lograr la miseria que como humano puedo permitirme ambicionar. 
    Frustración de que sea una miseria lo que mi condición de humano me permite ambicionar. 
    ¿Qué son cien años o menos? En este mundo de límites tan extremos y de tortuoso avanzar. 
    La muerte hace que mis oportunidades sean más preciosas, para las más importantes cosas podré dos o tres veces fallar. 
    La muerte me separa de mis seres queridos, y personas que admiro, todo me quiere arrebatar. 
    Por esto y muchas cosas más, te odio, maldita muerte, y lo haré hasta mi amargo final.

  • Crónica de un sueño cumplido: Versos de mimbre, de Verónica Teja

    Crónica de un sueño cumplido: Versos de mimbre, de Verónica Teja

    El pasado domingo veinticinco de noviembre, a las seis y media de la tarde, estaba programada la presentación de «Versos de mimbre» (Ediciones Camelot, 2018), el primer poemario de Verónica Teja. Fue en La libre, una librería asociativa y autogestionada, situada en la ciudad de Santander. 

    Media hora antes del comienzo, aparecieron los primeros asistentes, familiares y amigos incondicionales. A partir de ese momento, los nervios de la poeta dieron paso a una enorme sonrisa que no se separaría de su boca en toda la tarde. Abrazos, intercambio de saludos y miradas cómplices, completaron el reloj hasta las siete menos veinte. Aforo, prácticamente completo, después de las últimas llegadas intermitentes. 

    Presentación del poemario «Versos de mimbre», en Santander (España).

    Abrió el acto Josué, un representante de La libre que, durante unos minutos, explicó los fundamentos del proyecto que sostiene el centro social. Tras esto, Soraya Benítez, una servidora, intervino como presentadora del evento, agradeciendo a los presentes su compañía; al equipo de La libre, el espacio donde reunirnos; y a Ediciones Camelot, la oportunidad concedida a un poemario cargado de emociones. Un breve preámbulo donde no faltó admiración hacia los versos de Verónica, a su estilo, a sus formas. Después y, por fin, habló la poeta. 

    Ya lo dijo ella: hoy vengo a poner voz a ese paño de palabras que forman mis versos de mimbre. Y vaya si lo hizo. Pasó de ser la mujer silenciosa y rezagada, la desapercibida, a comerse el momento. Empezó y acabó con Gloria Fuertes, abrió las ventanas de su pecho y aireó pasado, presente y los días venideros. Citó a Facundo Cabral, a Virginia Woolf. Habló de la infancia, de los sueños, de los miedos, de las batallas perdidas, del dolor… Tuvo tiempo para todo, hasta para bordar con maestría los últimos minutos, dejando en el ambiente una sensación de alivio, mezclada con calma y esperanza. Magia. Eso queda en los oídos cuando Verónica recita. 

    «Versos de mimbre», al igual que el material que le da nombre, es flexible, frágil y, al mismo tiempo, robusta. Versos de mimbre repasa la existencia para servirnos de espejo, mostrándonos nuestra propia sonrisa, nuestra tristeza, sueños, miedos… todas las emociones de lo cotidiano. Una compilación capaz de almacenar lo más delicado: un amor profundo a la infancia, a la naturaleza, a las personas, a las cosas, a todo. Capaz de sostener con la fibra de sus versos la dureza del día a día, el sabor desangelado del olvido, el grito indignado y la valentía descalza, a pecho descubierto. 

    Versos de mimbre, de Verónica Teja (Ed. Camelot, 2018).

    Podía haber sido uno de esos poemarios de naturaleza orgánica que se presenta como mar en calma y orden, viento ausente. Sin embargo, Verónica Teja (Cantabria, 1981), hace de Versos de mimbre un oleaje bravío. Despistada o tan solo queriendo que lo pensemos: —Espera… ¿Llegó el otoño?—, da la impresión de ser la sombra de una barca a la deriva, que vivió lo suficiente y ya está harta: Por favor, no me despiertes; parece hundida, derrotada. Incluso, se palpa la asfixia en sus letras: Me falta el aire./Mis pulmones/adoptan la forma de las flores/que buscan el cielo dorado/dulce y tenaz/en las ventanas abiertas. Y cuando creemos que no quedan latidos en su haber, que acabó ya el tormento, nos damos cuenta de que no ha hecho más que comenzar la rueda de arañazos y esperanza: Deja que vuele de esta forma/tan pasional y suicida,/mi voz hasta tus brazos./Aún hay viento…/Aún no es tarde. Se alarga el último suspiro hasta SuicidioLa inercia del dolor y ¿De qué me sirve entonces? Sabe que la suerte estará en quitarse la venda de los ojos y vivir sin girar la mirada hacia el pasado. A ratos, como Almas soñadoras o haciendo del camino una ilusión en Para ser viento contigo. Una noria de corrientes. Quedémonos con la belleza del resurgir necesario, el poema que cierra la obra y una etapa: Flores en el camino. Para entonces, ya estaremos enganchados a las mareas de esta gran poeta.

    Os dejo con la miel de los versos en los labios, hasta que su libro decore vuestra estantería particular:

    Sólo el amor te salvará de la lluvia 

    Tanto es el esfuerzo por buscar en el mundo 

    el patrón exacto que nos define
    sumergidos por completo
    en una tormenta de emociones, 

    que es difícil asimilar el duro golpe del fracaso 

    si hallas el dolor como respuesta. 

    Los ratos donde hilvanas el valor con la locura,
    los desgarros de soledad que obtienes
    ante el triunfo de tus manos
    al rozar unas emociones que jamás serán compartidas, 

    son parte del diluvio que te cala hasta los huesos. 

    Eres arrasado por el sueño
    de una mariposa errante que proclama la utopía, 

    cuando muestras sin miedo tus heridas inundadas. 

    Y es en las entrañas,
    allí donde velamos el alma con el último suspiro 

    cuando te das cuenta,
    de que solo será el amor lo que te salve de la lluvia. 

    Ventanas abiertas

    Siendo una niña,
    me gustaba, recién levantada, 

    abrir la ventana a la vida
    y bailar con los visillos,
    ser cometa. 

    Recuerdo las nubes,
    —¡qué dulce besan!— . 

    Recuerdo silbar al almendro 

    que nunca dio fruto,
    solo flores. 

    Imaginaba en pleno vuelo 

    dónde duermen los veleros, 

    pintaba la ribera del río, 

    contaba las amapolas… 

    soñaba que era otoño 

    para siempre. 

    Vivía como si supiera, 

    sonreía, por supuesto;
    una margarita es pura alegría, 

    con plumas blancas
    y olor a primavera…
    —¿No es cierto?—. 

    Siendo inocencia, 

    descubrí mi hogar
    en las ventanas abiertas. 

    No quiero convertirme
    en ruinas por tantos recuerdos… 

    ¿Será mi deseo 

    pedir un milagro 

    al paso del tiempo? 

  • Savia viva en los versos de María Prieto

    Savia viva en los versos de María Prieto

    Una de las últimas incorporaciones a nuestro parnaso, llega con olor a salitre y a tierra húmeda. María Prieto Sánchez consigue que la naturaleza palpite en sus versos y retrata con maestría la belleza de una callejuela, de un caserón y hasta del propio olvido. Ya en la biografía de su perfil nos deja claro que la poesía le sirve, sobre todo, para entenderse, para poner en orden su caos y desorden interior. No lo duda: Por eso escribo. ¿Quieren pruebas?

    Con ojos de otoño

    Como fruta madura de final de verano,
    voy mirando la vida
    con los ojos de otoño.
    Soy octubre templado derramando semilla
    en parda sementera,
    despejando silencios; deambulando
    entre mis surcos con los ojos
    cerrados.
    Evocando primaveras…
    Voy tomando la sazón del áspero
    membrillo.
    Rosa abierta de sangre de granada.
    Son mis manos
    sarmientos de las vides del tiempo.
    Es mi piel
    vino añejo, entre soles dorados.
    Mi perfume,
    el aroma de la tierra mojada.
    Soy amiga del aire que estremece mi pelo
    y salgo a los caminos a extender mis alas
    contra la húmeda brisa que
    presagia la lluvia.
    A veces,
    estoy triste y me visto de niebla
    y me escondo en su manto y me vuelvo brumosa
    como el cielo en el alba.
    A ratos, luminosa,
    como sol de mañana
    o silente y profunda
    como noche
    cerrada.
    Soy el fuerte aguacero que me inunda
    por dentro,
    esas gotas primeras que levantan
    el polvo,
    la llovizna suave que te cala
    en el alma
    o el torrente feroz de amarga
    dentellada.
    Soy noviembre que arrastra torbellinos de oro…
    Me pierdo por senderos tranquilos y enredados.
    (Crujidos de hojas secas
    son mis pasos…)
    Me diluyo lentamente entre las frondas,
    con el pálido sol de la tarde.
    Y me miro en el agua…y me siento lejana…
    Y remonto
    a lo más alto – blanca soledad de nubes –
    en el vuelo triangular de las aves.
    Unas veces me río. Otras veces me callo.
    Y acumulo recuerdos del cajón
    de mi olvido,
    de batallas ganadas y de guerras perdidas.

    Tiembla aún la mirada de la niña
    que fui,
    guardando mil secretos
    entre los pliegues del sueño.
    Y tirita mi cuerpo a la luz de la luna
    irremediablemente inmerso
    en los ciclos vitales de las estaciones.
    Ese ritmo inclemente…
    de inicios y finales…
    Devenir eterno de
    los días
    y las noches.
    Luego vendrá
    el invierno
    con su capa de armiño
    y abrigaré mi corazón
    (suspiro de madroño anaranjado).
    Y volaré con las grullas a remotos lugares.
    Más cálidos…

    Partiré con el alba. Cuando nadie me vea…
    (Y ese día
    mis ojos
    lloverán
    estrellas.)

    La poeta se transforma con el paso del tiempo, su cuerpo, su voz y sus versos sirven de recipiente a todo cuanto acontece, ya sea cálido, ya sea gélido. Su sensibilidad a la hora de transmitirnos las emociones que la embargan, es enorme y hace magia y cosquillas en cada fibra del alma que llegan a tocar sus letras. ¿No me creen? Les invito a dar un paseo con ella a través de sus Retazos del verano, justo en el momento que nos dice:

    Y camino persiguiendo mi sombra, cada vez más alargada con el caer de la tarde, entre el agua fría y transparente y el albo nácar de las conchas que crujen bajo mis pies. Acompasar mis pasos a ese ritmo sonoro, cadencioso, continuo y ancestral de las olas y mareas estrellándose, incansables, contra las rocas.

    ¿No es hermoso? Por ahora, siete maravillosos poemas ha dejado en la palestra de Poémame. Dejo abiertas las ventanas de mis ojos a lo que quiera seguir susurrándonos su poesía. No se la pierdan.