Laisvė, libertad, es un poemario íntimo, pero colectivo. Dividido en cinco partes, cada una de ellas se centra en una emoción y todo lo que esa emoción puede abarcar, desde un punto de vista individual.
Así, en la primera parte, introspección, ver el mundo desde dentro, un mundo que ha perdido sus principios, su unión, al tiempo que nos hace ver que hay otro camino, otra luz que debemos encontrar, y quizás debemos empezar a buscarla en nosotras mismas. El mundo, y cuando digo el mundo me refiero a la humanidad, debe cerrar los ojos para ver de verdad. Me hace pensar en la pérdida de los buenos valores, los valores reales y esenciales que son los que realmente sostienen el mundo.
Me parece una primera parte muy reflexiva, con sentencias sencillas pero brillantes
el prejuicio mata
y el desprecio entierra.
-Versos de Prejuicios
Llegamos a la segunda parte, enamoramiento. Conocer a esa persona especial nos puede hacer muy felices, pero siempre se sufre. Siempre hay esa duda, el pensar si el sentimiento será correspondido. En estos poemas, la autora empieza a sentir ese enamoramiento, y en los versos casi se puede tocar esa incertidumbre que a la par duele e ilumina, porque una empieza a sentir cosas bonitas, pero
¿Resultará?, ¿querrá el destino vernos juntas?
¿Será nuestro camino el eterno encuentro?
Ah, el milagro de se produce, y entonces Natalia nos regala versos de gran intensidad, de pasión y de sentimiento, en su parte más sincera y pura.
El amor signo infinito sentir,
obedece a esa ternura y a ese fuego
que hace de dos.. uno,
que hace de vos mi espejo.
Amor, la tercera parte del poemario, quizás la parte más intensa en lo que a este sentimiento se refiere. Se produce la unión de los corazones, de los cuerpos, de las almas. Amor se asienta entre estas dos personas, y a pesar de los posibles temores de pensar si una estará a la altura, si se siente una preparada para amar, el sentimiento es tal, que todo queda relegado a un segundo plano y sólo existe la persona amada y el sentimiento en sí.
Esa noche desplomaste mi armadura,
como hace siglos no lo hacías.
Hoy te digo que tu libre latir
da sentido a mi vida.
Un amor incondicional al que la autora se entrega en cuerpo y alma, que aporta plenitud y sentido a la vida.
Después de esta exaltación amorosa llegamos a la cuarta parte del poemario, desamor.
Prefiero dejarte ir bonita.
Por mi entendimiento de humanidad.
Hoy me rindo ante los sucesos.
Ni una esperanza queda en libertad.
El amor se ha ido, la desazón y la culpa pueblan estas páginas en las que la autora nos muestra su herida abierta, su resignación. Denoto cierta crudeza en estos versos y a su vez, un asomo de aceptación; en cierto modo, se siente responsable de esta rotura; en cierto modo, a pesar del dolor, no tiene más remedio que resignarse y dejar ir, porque dejar ir también es una muestra de amor.
Y tras la herida, llegamos a la parte final del poemario, descubrimiento. Es la parte quizás más reflexiva de todo el poemario.
Cuando uno es solo sabe
que las tristezas no se comparten,
y piensa que la razón es su única compañera.
Cuando uno es solo…
El dolor y la tristeza dan paso a estos poemas en los que la autora reflexiona sobre el dejar marchar, sobre la soledad y la penumbra en la que queda el corazón cuando el ser amado desaparece. Es casi el darse cuenta que, al irse, el mundo ha quedado vacío, que no habrá otro amor igual.
Es un poemario altamente emocional donde cualquier persona puede sentirse identificada, puesto que el puntal de los poemas es el amor y los sentimientos que derivan de él. Un poemario que muestra todas las fases del corazón, desde que ve llegar hasta que ve marchar.
Un poemario escrito con sencillez, pero con cierta profundidad, donde el amor es el principal protagonista. El amor y la libertad para amar.
Natalia Piccinin es de Buenos Aires, pero residente en España desde 2018. Licenciada en economía, tiene también un Máster en Dirección Estratégica y Tecnológica, y cuenta con un postgrado en Growth Hacking en IEBS.
Respecto a su faceta literaria, tienen en su haber más de quinientos poemas escritos bajo el pseudónimo Mihi Lux, se erigió ganadora del concurso ROI con el poema Una historia (Letras del Face 10, Ed. Dunken, 2015, Buenos Aires).
Después de leer y releer el el poemario de Miguel, una se da cuenta que está ante una descripció abrumadora de la vida, escrito desde lo más hondo del ser. Partimos de un cero, de una nada, vivimos, batallamos, sufrimos, y volvemos a esa nada.
El poemario nos describe el pasar de la vida en su lado más oscuro; la falta de logros, la resignación, el dolor, la oscuridad, son las pautas que rigen ese camino. El tiempo nos mata, la lucha constante acaba incluso con los recuerdos, con los sueños… incluso rompe los versos, que podrían ser, quizás, la única tabla de salvación en este larguísimo naufragio.
Quiero vestir mis ojos
con la luz de unos versos
que azoten el rayo.
Fragmento de Poema IV.
Se entrevé cierto ardor de libertad, de claridad. De hecho, el poemario nos llega lleno de palabras que denotan ese oscuro camino que es la vida. Intentamos sobrevivir en un entorno hostil, donde las luces apenas iluminan, las palabras apenas dicen, el miedo reina, y las heridas están repartidas por doquier.
Forma parte de esta lucha diaria el estar sometido, el haber venido a un mundo donde casi se tiene que pedir permiso para vivir, donde nos ceden una parcelita para habitar, a cambio siempre de un precio.
Vagan por los andenes
perdidos en el vértigo
de la prisa, ahogados
por el grito salvaje
de estas ciudades. Títeres
movidos por los hilos
del poder de las élites
de estos nuevos imperios.
Poema XXXII
Se ve en este poema la crítica feroz a unas élites, a un sistema que nos marca la vida y no nos deja opción.
Es interesante la aparición de CERO a lo largo del poemario, como un recordatorio de que, al final, todo es CERO. Y aparece así, en mayúsculas, recordando que nunca nos abandona, porque CERO es CERO, nada es nada, CERO quizás somos nosotros; una nada que intenta ser algo en medio de esta descarnada lucha que son los días, y aunque gritamos, caminamos, luchamos, arañamos… siempre está CERO alrededor para hacernos saber que a él volveremos. Ese intento de salir a flote sin lograrlo, ese miedo del que a veces regresamos menos vivos que muertos.
Que la vida nos mata poco a poco, que el tiempo es un arma sutil que nos transforma, nos hiere, nos elimina los sueños, es una idea que planea por todo el poemario: la vida rompe, hace que lo perdamos todo sin quizás haberlo tenido, y esa lucha por seguir adelante, inevitablemente, aja el cuerpo y muerde las ilusiones:
Si bien es cierto que hay ciertas palabras que marcan la espina dorsal del poemario, palabras como oscuridad, espejo, roto… querría destacar el miedo. El miedo tiene una presencia constante, y me transmite la idea de que el ser se encuentra indefenso ante lo desconocido, ante la vida y el vivir sin saber qué ocurrirá, a sabiendas de que ocurrirá y, probablemente no será bueno. El verso como un alarido desesperado que busca aportar la luz entre tantas sombras, la belleza entre tanta atrocidad, la compañía ante tanta soledad.
Es el agotamiento de vivir, cuando casi la vida apenas depende de nosotros.
Sólo nombrar al viento
nos libera y nos da alas.
Esa necesidad de libertad, de la que hemos hablado al principio, reaparece en algunos versos, sutil, casi efímera, pero presente como contraste al agotamiento de vivir.
Es un poemario que, en cierto modo, se me antoja como algo que se abre y se cierra, y en el camino, esta batalla infinita, e invencible, que es el pasar de los días, la propia vida, entre gritos y oscuridades.
Es un poemario abrumador que atrapa y se clava. Describe el dolor, ya no de uno, sino de cualquier persona, de una manera magistral, con un vocabulario muy bien escogido, que se repite a lo largo del poema, dando todavía más énfasis al dolor y la lucha de la vida. Me ha parecido un poema muy maduro, muy afilado y muy doloroso, del cual recomiendo la lectura pausada, poco a poco, para darnos cuenta, para quizás espolearnos a abrir los ojos y ser capaces de tomar las riendas de la vida y hacerla un poco más amable. Aunque parezca prácticamente imposible.
Miguel Fernández RIvero (Morón de la Frontera, 1958), comenzó a escribir poesía desde muy joven, adquiriendo una madurez importante en su poética a lo largo de los años. Tiene diversos libros publicados, el primero en el año 186 (Imágenes de un espejo), hasta llegar a 2022, donde Opera Prima nos ha concedido el regalo de disfrutar de este su último libro, CERO.
Cueva de Thánatos hace pensar inevitablemente en la muerte; Thátanos, dios griego de la muerte no violenta. Y a medida que me he ido adentrando en el poemario de Carmen, me he dado cuenta que, en cierto modo, podría ser un camino a la cueva de Thánatos.
Es un gran pequeño poemario que contiene poemas y pequeños retales de textos en prosa, que destacan por su profundidad. De hecho, me atrevería a decir que es un libro emocionalmente reflexivo.
En esas letras encuentro el análisis emocional del dolor, a través de la voz de una mujer profundamente herida, pero que ha aprendido a convivir con esas heridas. Con cierta inquietud desconcertada, (que vemos en las numerosas y acertadas preguntas sin respuesta que pueblan el poemario), con la aceptación del camino que le toca recorrer; podrían ser las limitaciones humanas ante la fuerza de los sentimientos y los recuerdos, y esas limitaciones nos llevan a aceptar ese dolor, pero casi por obligación, con cierta resistencia que se canaliza a través de estos textos y poemas.
La memoria es un notario implacable que recuerda fechas, sentimientos, aconteceres…
-Nos resistimos
Como reza este verso del poema Nos resistimos, no podemos huir de lo que nos configura, de lo que puebla nuestra casa, la memoria, los recuerdos… siempre aparecen en algún momento.
Cueva de Thántos, Carmen Pérez-Seoane Cullen
En el poemario de Carmen se nos hacen muy patentes el desamor, la ausencia, y los recuerdos o el olvido, y en cierta manera están asociados a la muerte; caer en el desamor es como ir lentamente hacia una muerte tranquila, aceptada, resignada:
desamorada me voy por el camino del morir
-Desamor
Me parece maravillosa la manera en que Carmen profundiza en el dolor y los sentimientos; como desgrana esas emociones para hacerlas llegar más allá de nuestros ojos; sentimos el dolor, sentimos el desconcierto, sentimos el miedo, sentimos la pena. La conexión que se crea entre los poemas y el lector es impresionante, gracias a la intensidad de los versos, a la austeridad de sus palabras, que lejos de sonar rimbombantes, son directas, claras, transparentes.
Esta idea la veo reflejada magistralmente en los versos finales de Hipótesis:
Cuando vuestros bisturíes
hayan diseccionado la vida
tendréis en vuestras manos el enigma
que nos hizo vivir
¿Con qué sustituiréis la vida?
Una lee estos versos e inevitablemente siente ese temblor frío mezcla de miedo y realidad, y se da cuenta que este poemario está lleno de sentimientos que son verdades, y quizás por ello es capaz de atravesarnos de esta manera.
Carmen, en este poemario, nos muestra la madurez y la profundidad de sus letras. El arte de saber plasmar y traspasar emociones, heridas; una manera de afrontar la vida.
El claro poder de los sentimientos, la firmeza humana que a menudo por ello se debilita, la vulnerabilidad para vencer las emociones y, a su vez, la fortaleza de enfrentarse a ellas con aceptación.
Quisiera terminar esta reseña con el poema Tristura. Quizás no sea el poema que resumiría toda la temática de todo el libro, pero creo que es una clara muestra de la intensidad, la profundidad y la belleza que sí son un resumen de Cueva de Thánatos.
Ya no me siento yo:
me sientes tú
¿por qué nacemos de dar muerte
a quién nos engendró?
Inexperto cirujano
que rajo al mundo
este hoy
en un doloroso parto
con el pasado:
sólo se hace el futuro
sobre el cadáver del presente:
no hay espejo
que no refleje
pasado o futuro
Presente inexistente
de recuerdos
configurado
de premoniciones
que buscan como intérpretes
al protagonista
que vivió la relación
que ahora autoriza
cuando el latido seco
entona la queumbre
de una tristura
de deshamor
hecha
voz
Carmen Pérez-Seoane Cullen es una gran pintora consagrada y amante de la cultura. Natural de Vitoria, estudió Bellas Artes en Madrid. Algunas de sus obras han sido la portada de sus libros. Cueva de Thánatos es el sexto libro que publica con la editorial Opera Prima.
Medidos desvaríos, a pesar de la juventud del autor, es un poemario bastante maduro e intenso. Está distribuido en cinco partes, que parece estar organizadas de manera cronológica y, a su vez, en función de su estructura.
Son poemas con una rima y una métrica cuidados, que se abren ante nuestros ojos como mensajes directos y claros.
Primeros Poemas, 2015-2017, recogen básicamente poemas de adolescencia; reflexiones de juventud acerca de diversos temas como son la poesía, el entorno, la familia, la juventud.
Es errar en intento,
es proseguir con la acción,
es constancia.
-Fragmento del poema La hermosa mocedad
La segunda parte, Chupitos de poesía, son poemas breves numerados. El autor sigue la tónica reflexiva ya marcada en la primera parte. El amor, la juventud, la soledad,… se dan cita en estos poemas breves, como cápsulas de pensamientos que invitan al lector, una vez más, a reflexionar ante el mundo y la vida.
A su vez, los poemas van atados a su experiencia y sus vivencias personales, dejando ver pinceladas de su personalidad, su mente y su alma. En cierto modo, el autor nos muestra su manera de ver la vida, su manera de vivirla y de sentirla.
Esa intensidad furtiva
a la soledad responde.
Un anciano es narrativa.
-Fragmento del Poema XII
Cual vinimos, marcharemos
de este mundo de beldad.
En sagrada soledad,
descubriendo cuanto vemos.
-Fragmento del Poema XX
Flora fauna es la tercera parte del poemario. Engloba solamente cuatro poemas, y se abre con unos versos realmente potentes, con una crítica directa y concisa al ser humano; como si este fuera el que rompe el equilibrio natural de los elementos
Todos son equilibrio natural:
agua y luz, la tierra, el aire y el fuego.
Más la función de los seres humanos
debiera ser, ser pasto para los gusanos.
-Elementos naturales
Me han parecido casi los poemas más intensos de todo el libro; en ellos se intuye cierta madurez, pero a su vez, ciertos miedos y cierto desencanto.
La cuarta parte del libro, Sonetos, está configurada por ocho sonetos que siguen un poco la línea del soneto inglés, en el que los dos tercetos están formados por un serventesio, acabando con un pareado, con rima distinta en ambas estrofas (ABBA ABBA CDCDEE). Son sonetos endecasílabos, aunque de manera puntual nos encontramos con algún verso decasílabo.
La idea genérica que se desprende estos poemas es de desencanto con el mundo, insatisfacción resultado de la observación y el análisis del entorno.
Por último nos encontramos con Demás poemas, donde encontramos poemas con un cariz ligeramente distinto y más variedad temática; historias, un toque de fábula que guardan detrás cierta enseñanza o moraleja.
Etienne Emeris, nacido en Madrid en 2003, nos sorprende con un poemario variado, maduro, reflexivo, que no deja indiferente al lector en el sentido que remueve la conciencia.
El libro de Juan Carlos Camarero, Pensamientos, deseos y promesas (2019), es el fruto de un largo proceso del autor como lector y como escritor. Según expone en el prólogo redactado por él mismo, en su vida de corriente ciudadano -padre, trabajador y jubilado- consigue detenerse a escribir en los momentos en que se siente movido a ello. Pese a que alega escribir para sí mismo o para su círculo de amigos, ha decidido dar el salto para ser leído por desconocidos por medio de la publicación de su obra, este recopilatorio de poemas, en la editorial Edición Personal/Ópera Prima (Madrid).
Pensamientos, deseos y promesas, de Juan Carlos Camarero
En este paso del Juan Carlos Camarero-técnico de estadística al Juan Carlos Camarero-autor literario hay indudablemente algo de valor: lo principal es esa investidura, ese cambio o evolución de uno cuando consolida un logro en el que ha estado trabajando; pero, además, no se trata de uno de los muchos entusiastas jóvenes que se dan a conocer al mundo como poetas sin haber tenido tiempo de leer, ni de escribir ni de vivir, sino de un hombre en su madurez con una larga experiencia a sus espaldas. Aunque, como se dirá más adelante, sus poemas puedan considerarse demasiado sencillos, no hay que perder de vista este referente: siempre se dilucida la persona real tras la voz poética, la cual legitima lo que dice líricamente.
El título es bastante acertado en
cuanto a la temática: pensamientos, deseos y promesas. Abundan, más bien, las
reflexiones, los recuerdos, los momentos inmortalizados en la lírica que se
abstrae a la sucesión temporal, pero la expresión tripartita del título remite,
junto con la tónica general de todo el libro, a un poeta principalmente:
Antonio Machado, poniendo como ejemplo Soledades. Galerías. Otros poemas,
si bien el autor prefiere imitar el verso corto de su modelo. No tiene reparo
en ocultar esta fuente; de hecho, en el poema Sevilla, dice: “La del
patio sevillano / que tanto amó don Antonio, / ¿por qué no traes tu sol / a mi
pobre corazón?”
En esta línea predominan los
poemas de índole puramente machadiana, enmarcados en los ya consolidados
tópicos del maestro de la generación del 98: el otoño (Otoño 94, 95 y 96;
Canción a un otoño que no llegó, etc.); el recuerdo y la nostalgia (Recuerdos,
Nostalgia); la tarde y el crepúsculo (Unidos, Saudades, Recuerdos…),
el camino y la acción de caminar (Caminar, Caminante, Camino…), los
sueños (Sueños, Sueño…) y la metapoesía (Poeta, Cantor, Canciones,
Copla…), entre otros. No hay nada original, realmente, en nuestro autor,
pero continuar la obra de un maestro de la literatura española no implica que esta
nueva producción poética no tenga suficiente calidad. Hay que subirse a hombros
de gigantes: siempre va a tener algo de bueno un poema que respire tradición; las
raíces más profundas hacen la obra más alta.
Esta será la tesis que
sostendremos para legitimar la calidad de Camarero. Nuestro poeta segoviano ha
leído hasta el punto de hacer suyos a los mejores poetas españoles, haciendo de
ellos el armazón sobre el que construir su obra, o donde arraigarse para
crecer. Como decía Salinas: “En historia natural se denomina hábitat,
habitación, la zona donde se cría adecuadamente una cierta especie vegetal o
animal. En historia espiritual la tradición es la habitación natural del
poeta” (Jorge Manrique o tradición y originalidad, cap. IV). Así, nótese
cómo Camarero brota de Machado incluso en el léxico:
“Muchas veces he querido / […] / quemar mi vida, el destino, / […] / caminando tan tranquilo”.
Caminar, J. C. Camarero.
“Caminé hacia la tarde de verano / para quemar, tras el azul del monte…”
Crepúsculo, A. Machado.
“[…] escucha el rumor del viento / […] / deja que caiga la tarde / […] / desde allí verás el mar […]”.
Caminante, J. C. Camarero.
“Y me detuve un momento, / en la tarde, a meditar… / ¿Qué es esa gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?”
XIII, Soledades, A. Machado
La recurrencia al léxico
machadiano es constante, manteniendo así un imaginario común y el mismo código
de símbolos y metáforas. No es casual que tanto uno como otro utilicen la tarde
y otros elementos de la naturaleza como símbolo como medio de expresión de sus
percepciones y sentimientos, ya que este fenómeno natural remite al hecho
cronológico de la última etapa de la vida, la madurez. Igual sucede con el verano
y el otoño (la mañana y la primavera siempre han
simbolizado la juventud en la lírica tradicional). Esto sucede, por tanto,
porque ambos poetas escriben en su madurez, con plena consciencia de ella y con
la inexorable lejanía de la juventud, con lo que consecuentemente aparece la nostalgia,
los recuerdos, los caminos (lo vivido como proceso diacrónico, lo
recorrido, lo aún por recorrer…) y los sueños (lo deseado, no vivido, o
bien lo vivido idealizado). Recuérdese el famoso poema de Machado: “Yo voy
soñando caminos / de la tarde […]”.
La naturaleza siempre aparece
como reflejo del estado anímico del poeta, a veces en sintonía, otras veces en
contraste. La naturaleza en Machado era la de los Campos de Castilla: austera,
sosegada, humilde, la de una España vieja y reducida a sí misma tras el desastre
del 98, hundida en sus propias raíces, cuyo paisaje humilde parece remitir a
los vestigios de lo que fue. Así se ve uno mismo en su madurez: tras la larga
carrera de la vida se contempla lo esencial, lo que siempre queda, como los
atardeceres y como el mar. La emoción está, porque no hay lírica sin emoción,
pero está abrazada al sosiego de espíritu, representado por los paisajes
amplios y apacibles: “como el viento susurrante / que va camino del mar” (Cantor);
“como el agua rumorosa / que va camino del mar” (ídem), “con las olas
susurrantes” (Sentir en la playa), “cuando el manto de la noche / se
adorna con mil estrellas” (La playa), etc.
Guarda relación con este sosiego
la presencia del tilo (La Fuente de los Tilos, Otoño 94). Los árboles
son poderosos símbolos del inconsciente colectivo, presentes en la mitología y
el arte de todas las culturas, representando cada especie un concepto. Como se
sabe, este árbol, el tilo, es conocido por la infusión tranquilizante que se
obtiene de sus flores. Sin embargo, hay algo más: es de los últimos en florecer,
ya que lo hace prácticamente en julio (verano, ‘madurez’), en contraposición
con el avellano o el almendro, que son los primeros (primavera, ‘juventud’). El
tilo simboliza el ‘amor en la madurez’ y, como el símbolo en literatura nunca
es monosémico, a ello se le suma el ‘sosiego, tranquilidad’. Que además el poeta
mencione la fuente junto a este árbol refuerza aún más el componente
amoroso, ya que la fuente, en lírica tradicional, al calmar la sed y refrescar,
siempre ha simbolizado la ‘satisfacción amorosa’: “En la fuente del rosel /
lavan la niña y el doncel…”, “Fontefrida, Fontefrida, / Fontefrida y con amor…”,
etc.
La identificación con la naturaleza a la manera machadiana -de emoción, de nostalgia y de calma- aparece a veces en forma de dialogismo con elementos de aquella. El poeta, en el pacto de ficción que sostiene toda obra literaria, y reconociéndose en el paisaje como espejo del alma, le habla atribuyéndole la posible animación de su propia alma, utilizando el recurso de la metagoge. Es curioso que los dos poetas utilicen el vocativo “viejo amigo”, Machado para la Sierra de Guadarrama (“¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo […]?”, en Campos de Castilla) y Camarero para el otoño (“Tú no cambias, viejo amigo, / siempre igual, tus hojas, / tus bosques, tu río, tu mar.”, Otoño 94).
Pueden encontrarse en los poemas
otros rastros de la tradición no directamente machadianos, por ejemplo:
La identificación del poeta-cantor con su
instrumento musical, en una sinécdoque, presente en la Oda ad florem Gnidi
de Garcilaso de la Vega: “Si de mi baja lira…” o en Bécquer, la Rima VII,
“Del salón en el ángulo oscuro […] veíase el arpa”. Camarero repite este tópico
en Canción nocturna (“Suena mi lira en la noche…”) y en Necesito
(“Ya no sé si enterrar mi guitarra”).
La embarcación como símbolo de ‘esperanza en las
pasiones amorosas’, las cuales se representan con el mar, por lo que,
para navegarlo, necesitamos un vehículo, una barca. A veces una o más
barcas que se divisan son esperanzas amorosas; otras veces, la barca representa
la confianza en uno mismo para navegar por las pasiones (“Navega, velero mío,
sin temor…”, Canción del Pirata, Espronceda). El referente claro y
directo de Camarero en su poema Mi barquilla es Lope de Vega, con su célebre
romancillo Pobre barquilla mía. Ambos comparten el estado de impotencia
de la “barquilla” para navegar.
En Vida hay dos versos que combinan la
escritura con el mar, señalando la imposibilidad de la tinta de marcar las
vastas aguas: “porque mi pluma no sabe / abrir surcos en la mar”. Esto recuerda
al poeta de cancionero Juan Rodríguez de Padrón, que ya decía en el siglo XV: “Bien
amar, leal servir / […] / es sembrar en las arenas / o en las ondas escrevir”.
En Ven aparece el tópico de la lírica
amorosa del apremio o la no tardanza del amado o la amada, muy
presente en la Edad Media: “Ven pronto, amor, ven pronto”. En la poesía de
cancionero, Juan del Encina dice así: “No te tardes, que me muero, carcelero…”,
y Jorge Manrique, esto otro: “No tardes, Muerte, que muero” (con connotaciones
eróticas). La lírica de tipo popular, anónima y todavía anterior, siempre
apremiaba al encuentro amoroso: “Al alba venid, buen amigo…”. Cuanto más
pronto, mejor. Y en el caso de los enamorados en la madurez, con más motivo.
Otras veces Camarero retoma algún
rasgo o vocablo de gran reminiscencia literaria en la lírica popular para
alterar su significado, pero dejando entrever que se ampara en la tradición. Es
el caso del uso de la palabra “amigo” o “amiga”. Desde los albores de la Edad
Media el amigo era el amado, ya desde las jarchas (habib), con
connotaciones amorosas y también eróticas. Sin embargo, los significados que
Camarero atribuye a esta palabra oscilan entre ‘amada’ y ‘colega’: “Tendrás
siempre mi cariño, / seré tu amigo leal” (Te esperaré), “Querida amiga, /
cierra con fuerza tu mano, / cuando sientas la mía” (Amistad), “[…]
teniendo siempre a tu lado / un amigo de verdad” (Mírame), y todo el
poema Amiga. Siempre que el yo lírico se está dirigiendo a una mujer, el
término “amistad” y la denominación de amigo o amiga conlleva matices amorosos.
En relación con esto, en la lírica amorosa suele darse la llamada lírica del vocativo, la que se construye en torno al pronombre tú y todos los de segunda persona. Los mayores exponentes de esta lírica, por su intensidad y su belleza, son Garcilaso de la Vega y Pedro Salinas. En contraposición, la lírica también se define como la expresión del yo, de los sentimientos y emociones, partiendo de la primera persona (véase el Diccionario de términos literarios de Estébanez Calderón). Camarero se maneja con soltura en ambos polos: cabe la intensidad y el lirismo del yo lírico, y a la vez volcándose en el receptor, con el tú, en poemas como Recordar: “Te he buscado por los sitios / donde yo te conocí”, que coincide temáticamente con El amor difícil de Luis García Montero (“Si pudiera encontrarte…”), o en el poema Sentir (“Entre los arcos sonoros / te he sentido”), donde el amor corporal que parte del recuerdo vivido apunta a La voz a ti debida de Pedro Salinas.
Sin embargo, el sujeto lírico, la voz que se filtra a través de la máscara del poeta, no es un ser insatisfecho. Recordemos lo dicho de emoción y sosiego en los versos de Machado. Los poemas amorosos de Camarero no claman a la desesperada (excepto Ven), sino que asumen la pérdida y meramente se dedican a pedir una tenue atención, invitando, quizá, pero no exhortando. Por eso se refiere a la amada como amiga, nada más, atenuando la aspiración amorosa y, quizá así, haciéndola más auténtica. Estos versos cargados de lirismo ilustran esta noble asunción de pérdida (Recuerdos):
No quiero que mi canto
llegue a tus oídos
como un llanto,
no es mi estilo.
Prefiero hundir mi corazón
en el olvido
antes que llorar como la tarde,
en estos versos que te escribo.
A pesar de todo lo expuesto, podría
decirse que los poemas de Camarero no son lo bastante complejos ni profundos.
En cierto modo, así es. No ofrecen un desafío al lector, no se exige de él un
gran esfuerzo de comprensión o de construcción de ideas, como pretende la
poesía del silencio o de otras tendencias de los siglos XX o XXI. No hay
metáforas difíciles ni el acostumbrado hermetismo de los poetas modernos, que
en su discurso autológico sólo se comprenden a sí mismos. Pero un considerable
sector de los lectores y de la crítica prefiere una poesía más impenetrable y
más cargada de recursos, que ofrezca un reto al ingenio.
Sin embargo, no hay que dejarse
engañar por la poesía aparentemente tan sencilla como la de nuestro autor
segoviano. Los temas que elige albergan suficiente riqueza, ya que algunos son
eternos, como el amor. La forma otorga al contenido la adecuada disposición
para que fluyan y suenen los versos en la mente del lector a través de una
lectura íntima y silenciosa, que es precisamente lo que pretendía Machado (de
acuerdo con Vicente Granados, profesor de la UNED). Camarero no abusa de la
rima; deja numerosos versos sueltos. Cuando rima, lo hace sin regularidad,
combinando asonante y consonante, lo que acerca la lengua poética a la lengua
oral. Esta tendencia es muy común actualmente, a veces de manera intencionada y
otras veces por desidia de los poetas, que prefieren no esforzarse en encajar
las rimas (igual sucede con la métrica).
Así que nuestro autor se centra
en el ritmo y la musicalidad, bastante asequibles al utilizar el verso corto.
Como decía Juan Victorio (UNED), en poemas polimétricos, los versos cortos
sirven para concentrar y los versos largos para explayarse. La poesía de
Camarero pretende ser lo más concisa e intensa posible, siguiendo quizá la
estela de Bécquer; por eso los poemas nunca son largos y los versos suelen ser
heptasílabos u octosílabos.
La musicalidad la logra, a
menudo, con constantes repeticiones: anáforas, paralelismos, estribillos,
recurrencias léxicas… Consigue varios objetivos simultáneamente al hacer uso de
distintas formas de repetición, que son: la musicalidad, la repetición de
secuencias rítmicas utilizando las mismas palabras; la insistencia en los
conceptos que se repiten, que quedan enfatizados al aparecer recurrentemente; y
la referencia a la tradición, donde la lírica popular de las cantigas de amigo,
de los villancicos y la poesía de cancionero repetían constantemente (también
con función enfática y musical).
Las preguntas retóricas también son un recurso muy sencillo que dinamiza enormemente el discurso, puesto que acoge en sí casi todas las funciones del lenguaje: expresiva, conativa, fática y poética. En poesía, a veces se afirma lo que se pregunta, otras veces se hacen preguntas sin respuesta: “¿Por qué lloras, mi barquilla, / teniendo al lado la mar?” (Mi barquilla).
Estos recursos, junto a la claridad y a la sencillez, no estorban o incluso ayudan a la intensidad y fuerza ilocutiva de esta poesía. No hay nada desdeñable en poemas que se entienden a la primera como León Felipe, el ya citado Bécquer, el Neruda amoroso de sus inicios o de Los versos del capitán, o en el Miguel Hernández de El rayo que no cesa. Cuando Camarero dice “siento tu piel en mi piel, / en el corazón, mis penas”, queda todo dicho, con octosílabos, con repeticiones, elipsis, antítesis y el aroma de la tradición. Nada que reprochar, si lo que buscamos es compartir las emociones de una persona normal, madura, que vive y siente.
Y es que, como decía Dámaso
Alonso en Poesía española, “Las obras literarias han sido escritas para
un ser tierno, inocentísimo y profundamente interesante: el lector”.