Adentrarse en A las puertas del hueso no invita a una lectura pasiva; se trata más bien de un ejercicio de exposición. Natalia se sacude todas las capas para mostrarse sin defensas y eso, a los ojos del lector, lleva aun efecto espejo. Los versos, tan directos, crean en el alma del lector una sacudida emocional, de manera que se encuentra frente a frente con sus propias heridas. Desde la primera página una se da cuenta que no estamos frente a algo puramente retórico, sino ante una voz de autenticidad radical que no tiene miedo de mostrarse vulnerable y hace que, a su vez, el lector se sienta del mismo modo. 

A rasgos generales, podríamos decir que el poemario destaca por su madurez en la gestión del dolor y la identidad, huyendo de artificios y ornamentación innecesaria, centrándose en lo que es más esencial. De aquí que el título no sea algo banal, sino que puede considerarse una muestra de lo que vendrá a continuación: el hueso representa aquello que queda cuando sacas todo lo demás: la piel, las apariencias, la carne… Natalia ya nos avisa que estamos frente a un poemario crudo y desnudo.

Nos damos cuenta, a medida que avanzamos por el poemario, que el cuerpo no es solamente un “envase” para los huesos, sino que es un lugar donde ocurren cosas. Sufre dolor, sufre deseo, sufre ausencias y se hiere. Ahondando, a su vez, en una fragilidad que nace, en cierto modo, de la constante dualidad entre lo que hace daño y el querer o intentar mantenerse en pie. 

Es un poemario muy intenso, pues a pesar de ser breve, tiene una inmensa carga emocional, todo verso se convierte en esencial. Ese estilo tan particular dota la poesía de Natalia de una autenticidad única, su voz suena desnuda y pura, sin filtros, sin pretensiones. Esto es lo que soy, esto es lo que siento.

Vacía, ausente.

Un conato,

un ensayo de vida estéril.

Me pierdo entre lo inexistente.

Abandono la verticalidad

y muto a la forma difusa

de mi no consciencia.

Un espacio vacío

donde ni mi saliva me reclama.

-Fragmento del poema Lista de Espera 

A menudo ocurre que la poesía quiere fascinar con belleza y hermosas palabras, pero Natalia lo que hace es huir de florituras, mostrar su espacio más privado, “sus huesos”, y muestra sin tapujos lo que siente. Nos abre su cuerpo hasta llegar a lo más hondo, y muestra ahí la tristeza, el dolor o incluso la resistencia en su lado más crudo. Podríamos decir que Natalia no escribe desde una comodidad contemplativa, sino que se implica con todo su ser, hace un ejercicio de despojarse de todo lo innecesario y nos muestra su esqueleto emocional. Muestra aquellas emociones que, por norma general, solemos guardamos para nosotros mismos y nuestra propia intimidad, tales como el dolor, o la fragilidad, o la lucha con la ausencia.

De esta forma, el poemario se convierte en una experiencia compartida con el lector: la autora nos invita, a través de sus emociones y sentimientos, a dejar de lado todas las apariencias, nos arrastra a descubrir la parte más íntima, humana y elemental de nosotros mismos.

En mi opinión, el poemario de Natalia se me aparece como un canto a la resistencia y la supervivencia emocional. A pesar de todo el dolor, de las pérdidas, de los desengaños, de algún modo, el ser sigue en pie, y eso convierte la fragilidad en una suerte de fortaleza, los huesos se mantienen, porque ya no tienen el miedo a romperse, porque se han roto y han resurgido.  

Es un poemario que pide que se lea poco a poco, que cada poema se mastique, y que nos obliga a respirar después de cada poema. 

Resumiendo, podríamos decir que, con una poesía afilada y cortante, en la que nos hace ver que sólo llegando al hueso logramos hablar el lenguaje de la verdad emocional más pura y cruda, pero con una factura poética impecable, Natalia se confirma, con este su primer poemario, como una sólida voz, capaz de transformar la experiencia íntima de leer el poemario en una verdad pura que sacude la esencia del lector.