Etiqueta: reseña

  •  A LAS PUERTAS DEL HUESO, de Natalia Darias

     A LAS PUERTAS DEL HUESO, de Natalia Darias

    Adentrarse en A las puertas del hueso no invita a una lectura pasiva; se trata más bien de un ejercicio de exposición. Natalia se sacude todas las capas para mostrarse sin defensas y eso, a los ojos del lector, lleva aun efecto espejo. Los versos, tan directos, crean en el alma del lector una sacudida emocional, de manera que se encuentra frente a frente con sus propias heridas. Desde la primera página una se da cuenta que no estamos frente a algo puramente retórico, sino ante una voz de autenticidad radical que no tiene miedo de mostrarse vulnerable y hace que, a su vez, el lector se sienta del mismo modo. 

    A rasgos generales, podríamos decir que el poemario destaca por su madurez en la gestión del dolor y la identidad, huyendo de artificios y ornamentación innecesaria, centrándose en lo que es más esencial. De aquí que el título no sea algo banal, sino que puede considerarse una muestra de lo que vendrá a continuación: el hueso representa aquello que queda cuando sacas todo lo demás: la piel, las apariencias, la carne… Natalia ya nos avisa que estamos frente a un poemario crudo y desnudo.

    Nos damos cuenta, a medida que avanzamos por el poemario, que el cuerpo no es solamente un “envase” para los huesos, sino que es un lugar donde ocurren cosas. Sufre dolor, sufre deseo, sufre ausencias y se hiere. Ahondando, a su vez, en una fragilidad que nace, en cierto modo, de la constante dualidad entre lo que hace daño y el querer o intentar mantenerse en pie. 

    Es un poemario muy intenso, pues a pesar de ser breve, tiene una inmensa carga emocional, todo verso se convierte en esencial. Ese estilo tan particular dota la poesía de Natalia de una autenticidad única, su voz suena desnuda y pura, sin filtros, sin pretensiones. Esto es lo que soy, esto es lo que siento.

    Vacía, ausente.

    Un conato,

    un ensayo de vida estéril.

    Me pierdo entre lo inexistente.

    Abandono la verticalidad

    y muto a la forma difusa

    de mi no consciencia.

    Un espacio vacío

    donde ni mi saliva me reclama.

    -Fragmento del poema Lista de Espera 

    A menudo ocurre que la poesía quiere fascinar con belleza y hermosas palabras, pero Natalia lo que hace es huir de florituras, mostrar su espacio más privado, “sus huesos”, y muestra sin tapujos lo que siente. Nos abre su cuerpo hasta llegar a lo más hondo, y muestra ahí la tristeza, el dolor o incluso la resistencia en su lado más crudo. Podríamos decir que Natalia no escribe desde una comodidad contemplativa, sino que se implica con todo su ser, hace un ejercicio de despojarse de todo lo innecesario y nos muestra su esqueleto emocional. Muestra aquellas emociones que, por norma general, solemos guardamos para nosotros mismos y nuestra propia intimidad, tales como el dolor, o la fragilidad, o la lucha con la ausencia.

    De esta forma, el poemario se convierte en una experiencia compartida con el lector: la autora nos invita, a través de sus emociones y sentimientos, a dejar de lado todas las apariencias, nos arrastra a descubrir la parte más íntima, humana y elemental de nosotros mismos.

    En mi opinión, el poemario de Natalia se me aparece como un canto a la resistencia y la supervivencia emocional. A pesar de todo el dolor, de las pérdidas, de los desengaños, de algún modo, el ser sigue en pie, y eso convierte la fragilidad en una suerte de fortaleza, los huesos se mantienen, porque ya no tienen el miedo a romperse, porque se han roto y han resurgido.  

    Es un poemario que pide que se lea poco a poco, que cada poema se mastique, y que nos obliga a respirar después de cada poema. 

    Resumiendo, podríamos decir que, con una poesía afilada y cortante, en la que nos hace ver que sólo llegando al hueso logramos hablar el lenguaje de la verdad emocional más pura y cruda, pero con una factura poética impecable, Natalia se confirma, con este su primer poemario, como una sólida voz, capaz de transformar la experiencia íntima de leer el poemario en una verdad pura que sacude la esencia del lector. 

  • Susúrrame Cuentos Mágicos, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Susúrrame Cuentos Mágicos, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Tras los cuentos de esta colección de Lange, desde el castaño centenario hasta el delfín celeste, queda claro que «Susúrrame Cuentos Mágicos» no es un simple libro de relatos, sino un universo literario personal, una visión del mundo íntima y universal. 

    Los 5 Pilares de esta colección de cuentos: 

    1. La Magia como lenguaje: Aquí, la magia es un tipo de lenguaje. Es la fuerza que anima el tronco del castaño, que susurra en las hojas del bosque de poesía, que late en Tindaya y que convierte a un pescador en héroe cósmico. La magia es el puente entre lo visible y lo invisible, entre el individuo y la comunidad. 

    2. El Amor como eje central de todo. Un amor que genera esperanza., que juega a reencarnar (Rey Duende y Reina Hada), un amor trágico que funda leyendas (Jonay y Gara, Yukiama y Amenoy), un amor filial y sacrificial (Bentor por su pueblo), un amor creativo y comunitario (Ico y su taller), e incluso un amor por la propia sombra (Cifer). 

    3. La mitología canaria. Lange y sus colaboradores han conseguido que las islas dejen de ser geografía para convertirse en personajes cósmicos: la Maxorata (Fuerteventura) custodia la Esfera de Luz; Tenerife es el reino de Guayota, las Harimaguadas y los menceyes heroicos; La Gomera es el altar del amor eterno de Garajonay; La Laguna es el refugio bohemio de Ico. 

    4. La Dualidad y la Búsqueda de la Unidad: Ella (Navidad) y Él (Año Nuevo) reinan en hemisferios opuestos; las almas gemelas se buscan a través de vidas; Cifer se divide para conocerse. 

    5. El Arte y la Palabra como Actos Mágicos: Frente a la pérdida, el olvido o la opresión, la respuesta es siempre crear. Escribir el poema que ilumina el bosque (Dulcinea y Morfeo), pintar el cuadro que reúne a una comunidad (Ico), o reparar la muñeca que sutura la memoria (Clara). La palabra escrita y el arte son los hechizos definitivos. 

    «Susúrrame Cuentos Mágicos» es un acto de fe literaria. Fe en que los lugares tienen memoria, que los árboles tienen voz, que el amor trasciende la muerte, que las historias pueden sanar y que una comunidad —la canaria, la humana— se define también por los mitos que es capaz de soñar y compartir. 

    Es un libro que convierte a sus lectores en cómplices. Nos invita a abrazar nuestros castaños, a buscar la esfera luminosa en nuestra montaña, a escribir nuestro poema a dúo bajo la luna de San Juan y, sobre todo, a recordarnos que la magia, al fin y al cabo, es solo la realidad vista con los ojos del corazón bien abierto.

  • En los bosques de la rabia

    En los bosques de la rabia

    Óscar Sotillos (Barcelona, 1973) se siente tanto de su ciudad como de Montejo de Tiermes, un pueblo al lado de la ciudad celtíbera de Termancia, en Soria. Quizá fue allí donde entró en contacto con la fuerza de la naturaleza, tanto vegetal como animal (aunque no haya osos) y donde algún recuerdo sobre las relaciones humanas le ha seguido en un contexto como ese. El caso es que en esta obra susurra al lector, con palabra certera, escenas sórdidas y situaciones límite. ¿Acaso no está para eso también la Literatura? No hay más que echar un vistazo a la historia. Para tal creación, ha construido, y publicado hace un par de meses, una novela con el orientador título de En los bosques de la rabia. Editada por Carpe Noctem, atrae visualmente nada más que a ella se dirige la mirada.

    Pero no es la primera vez que escribe Óscar Sorillos. Tiene ya una obra plural, dilatada y consolidada, tanto en poesía como en narrativa, reconocida, justamente, con algunos premios. Por ejemplo, la novela La Fruta del tiempo (Tenerife, Baile del Sol, 2008) o el libro de relatos María Triste y el cuentacuentos (Tegueste, Baile del Sol, 1999). Para su placer creativo, esta ha sido traducida al italiano. Además, en abril de 2010, se hizo con el primer premio de novela “Encina de Plata”, con el añadido de que el presidente del jurado fue Luis Mateo Díez, que la calificó como “novela hermosa y muy bien escrita”. Por otra parte, ha tomado parte con el guitarrista Javier Molina en programas de narrativa oral, cual moderno juglar popular, en lugares diversos de España. Además, ha participado en diversos festivales poéticos, ha sido colaborador de revistas como Perfil del Aire y ha creado obras líricas, entre las que cabe destacar El púgil sin sombra o Efímero fósil. Y, por supuesto, también ha situado al pueblo soriano de sus antepasados como centro del mundo en un blog literario, con historias que solían llevar al otro lado del planeta que nos acoge.

    En los bosques de la rabia, la obra que ahora nos centra la atención, incluso antes de empezar a leerla, nada más caer en las manos, lo que salta a la vista es su formato. Su formato geométrico (16×10), su color y la imagen de portada. Un libro perfecto para guardarlo en el bolsillo, antes y después de leerlo en el bus, en el metro, en el parque o en una terraza mientras te relajas con una cerveza tostada con dos ceros. Por decir algo, claro, pues cada uno es libre de llevarse al paladar lo que le pida. Es que se lee en tres cuartos de hora y a cualquiera le deja un sabor curioso y una mirada reflexiva al horizonte.
    Seis capítulos de negro sobre blanco, sin título ni número ordinal pero identificados cada uno de ellos por una página de blanco sobre negro con una cita o leyenda relacionada con el oso cántabro. Al final del libro, se dice que «todas las citas son reales» y de dónde proceden. Relaciones humanas. Sí, relaciones humanas. Ahí, están Yago, Víctor y el oso, en medio de un escenario de brañas, teitos, piornos, empozaduras y canchales. Cada uno de tales personajes, con su propio pasado, que condiciona el presente, son redondos, como se denominen Crítica Literaria. La Naturaleza y la civilización. Pero también actúan otros, con importante significado, como Carla y Lisa o Bea… Un mundo humano, donde todo se traba, a veces con dificultad y otras con lo esperado. Pero la tensión, el enfrentamiento entre ellos dos (averígüenlo) y la violencia ascendente forma parte de la relación como fruto de un pasado ni asumido ni controlado. He ahí, cómo Yago y Víctor ajustan cuentas en una braña situada en algún punto del interior de la Cordillera Cantábrica. La rabia crece y con ella la violencia que acaba en una asfixiante persecución por la espesura montañosa pero cuyo final ha de reflexionar con prudencia, calma e inteligencia el lector.

    Cuando se abre y se lee el primer capítulo, se deduce la técnica de in media res. Empezar in media res supone situar al lector de forma directa e inmediata en el centro del conflicto, en la acción más destacada, por trágica, amorosa o inverosímil sin más preámbulos. Así, el autor, por las razones que sean, busca atraer la atención de inmediato, mostrando algún personaje en acción o reflexión, lo que le obliga a explicar más tarde cómo se ha llegado a ese punto crucial. Primer capítulo y último capítulo, como dos escenas de la misma unidad y en medio, otros cuatro, breves también, que sitúan, informan, narran, desarrollan, la historia, el proceso de relación entre personajes, el porqué, el pasado, que esclaviza muchas veces el presente y el futuro. Obra compleja, a pesar de su brevedad, que presenta y soluciona lo que plantea con claridad y atracción del lector. En definitiva, una nouvelle, novela corta o relato, de ochenta y tantas páginas, que el lector saborea en los ratos propios de la agitada vida moderna. 

    La violencia entre los dos, Yago y Víctor; el oso que convive en las brañas de Cantabria, es decir, la naturaleza aún no civilizada; los humanos que la visitan, como lúdicos caminantes del turismo moderno; las relaciones personales, los egos de cada uno y el campo frente a la urbe. En los bosques de la rabia o la rabia humana que se presenta embosquecida e incapaz de ser controlada por la racionalidad. Cuando la violencia está en su punto más trágico y doloroso ((del dolor físico de la fuerza sobre el otro), con dificultad de control, y el lobo se presenta a poner orden, los dos sapiens ya no saben qué hacer. 

         –  ¿Y, ahora, qué?

    La pregunta queda suspendida en el aire durante unos segundos.

    • Habrá que volver, ¿no?”.

    Se cierra el telón. En el bosque de la rabia. Editorial Carpe noctem. También puede gozarse de día. Óscar Sotillos sabe caminar por la esencia y ha logrado construir en ochenta y tantas páginas lo que la literatura de relaciones humanas busca: el quehacer de la emoción, sea esta la que sea, desde el amor al odio o la rabia.

  • Estancia de la plenitud

    Estancia de la plenitud

    Con su sabiduría poética, temática y formal, Fermín Herrero ha construido esta obra desde una atalaya bien delimitada. Atalaya con tres miradas: la del escenario geográfico, la de su tiempo pretérito personal y la del presente de creación y nostalgia. Pero esa trinidad se reduce a una: el arte de la poesía en la soledad del creador. Suficiente y total, en la Estancia de la plenitud, esa alcoba a la que uno aspira, en vida y en obra. El poemario es casi un manifiesto lírico, una biografía, un resumen de lo vivido, de lo sentido desde que se nace, una memoria. 

    El primero de los treinta y un poemas que componen esta cosecha se lanza casi como declaración y proclama; “Este es un canto de alabanza/ ya que no puede serlo de humildad/ por culpa del que, en vez de limitarse/ a la mirada, escribe cuanto ve,/ lo que piensa que ve, lo que pretende/ ver, aunque nada vea. Con los años,/ en lugar de agrandarse, el mundo/ se me ha ido empequeñeciendo,/ ni siquiera me sirve hablar/ en tercera persona. Con los años,…/”. Por otra parte, en el tercer poema, se celebra, muestra y revela desde dónde observa y desde dónde nos convoca el poeta; “En el silencio, lleno. Ningún ruido/ me afecta ya, cualquier deseo/ atajo fácilmente, nada me pasma. Es tal/ mi repelencia frente al trajinar/ que ni siquiera me perturba el miedo/ al desapego. Hasta del tiempo hago/ una celebración, lo hago instante,/ me sobrecoge. Estoy sentado en mi sillar/ de piedra de Las Peñas. Aquí el silencio/ se ocupa de mi soledad,/ ya no lo espero pues está/ para siempre. Junto al lugar”. 

    Ahí, en la “piedra de Las Peñas”, donde él está sentado (donde estuvo, donde imagina con acierto estar), contemplando el mundo, micro y macro, y gozándolo, al tiempo que toma nota para su palabra certera. Contenido y perspectiva. El qué y desde dónde. Situado queda el lector agudo.

    ¿Y desde ahí que nos muestra? La realidad poética construida en perfección formal y contenido humano. Toda una obra. Toda una Estancia de la plenitud, sostenida con las dos iluminadoras citas del principio, la de Giorgio Agamben sobre los poetas del siglo XIII y su sentido de la “estancia”, más la del gran Hölderin sobre la “plenitud”. Dos sustantivos que no necesitan adjetivos. Desde ahí, viaja con su pluma y papel para construir una realidad íntima en el tiempo y en el espacio. El paisaje que lleva dentro y el léxico que nos define, bajo el cielo azul de las Tierras Altas de la Castilla soriana. Palabra, constructo sintáctico propio y semántica que ilumina en su polisemia pues Fermín traza con nuestro vocabulario toda una metáfora que alcanza lo universal. Como ha de ser la poesía. Así, ese léxico de nuestros pueblos (carrizos, espadañas, guijarros, componendas, rastrojos, ulagares) recogido, “mientras el silencio/ se ocupa de mi soledad”, antes de que muera y mueran, le da un sentido de profundidad y categoría elevada, que se nos muestra íntimo. En este poemario está el aquí más cercano al autor, a sus predecesores y a sus coetáneos, que, no siendo muchos hoy en esta tierra baldía, somos unos cuantos conscientes de lo que se ventila.

    Ahí, el poeta, solo; ahí, la palabra, sola; ahí, la voz sola. Eso es poesía porque Fermín Herrero logra convertir en universal lo singular, en ese paseo visual y de memoria que habita en su interior. Eso es la poesía, la capacidad de trascender el yo y desde el yo. Porque no hay poesía sin palabra y no hay palabra sin sujeto. Un escenario: el paisaje de su infancia, los recuerdos del padre (“que me arrulla/ en su mirada candeal, en su honradez/ callada”) las palabras que nos moldearon: “Mira que he desgastado estos parajes/ y cuánto, mira que al intentar/ fijarlos una y otra vez, les he quitado/ latido, vida”. Todo ello, en el tiempo que nos forja y, a veces, nos abruma porque su paso es inexorable. He ahí los meses y las estaciones, que vagan sin parada ofreciendo a los sentidos bellezas diferentes: febrero (“lo que calla, lo que nunca alcanzaré”; abril (“la emoción en el aire/ en sus quietudes”); mayo (“un aire que/ hacia la claridad me ensimismaba”); agosto (“ya ha florecido/ el brezo en las laderas de los cerros”); octubre (“me recojo en su luz… en la brisa de otoño”); noviembre (“ha adelantado la clarividencia/ que en la nevada resplandece e iguala/ lo vivo con lo muerto”)…
    Estancia de la plenitud es un manantial del que sale un agua «corriente, pura, cristalina», mucho más caudalosa de lo que este espacio me permite acumular en mi glosa sobre este poemario. Es la plenitud de la memoria, la culminación de la palabra, manifestada en forma en la estancia del camino de la vida, tras haber sabido recoger la mirada que se lanza y la flecha del verbo en la montaña que ahora es balcón para el poeta, desde donde mira, se mira y crea en plenitud de vida personal.
    Nunca podremos captar la realidad en su inmenso ser y tampoco llevarla entera a la voz verbal pero el poeta nos ha reconstruido un mundo de goce, recuerdo y regocijo verbal (“… no recuerdo/ sino la extrañeza y, en medio/ de ella/ aún más extraña/ la poesía”). Acérquese el lector a la Estancia de la plenitud, su último brote en una obra ya consolidada, la de Fermín Herrero. Consolidada y reconocida en nuestras Tierras Altas de Soria y allende sus horizontes. Deténganse en la página 25, de síntesis gozosa. Poesía en estado puro, plenitud en la estancia de la vida. “Lo que no vi, lo que aun viéndolo/ no conseguí entender, aquello/ más simple todavía en su temblor/ pequeño”. Querido Fermín: mi felicitación por la nueva construcción, con goce de sentidos y gozo cerebral que regalas. No se la pierdan. Editorial PRE-TEXTOS.

  • Los nudos marineros: un transcurso existencial. 

    Los nudos marineros: un transcurso existencial. 

    Blanca Estela Domínguez, La plegaria de la ola, Ediciones Vitruvio, Madrid, 2026, 80 págs. 

    Blanca Estela Domínguez (mejicana de origen, barcelonesa de adopción, Doctora en Filología Hispánica) es una autora de largo recorrido, que ha sabido aunar su trabajo como crítica literaria con su obra poética. Colaboró durante dos años en la revista Quimera, es autora de dos importantes volúmenes: Contemporáneos. Obra Poética. DVD EdicionesBarcelona. (2001), sobre la poesía mejicana del siglo XX  (con la obra de José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Salvador Novo y Gilberto Owen) y, más recientemente, la antología Poetas catalanas del siglo XXI, junto a Jaime D. Parra, Huerga y Fierro 2025). Como poeta, ha publicado Abrapalabra  (Méjico, 1989) y Amagatall (Méjico, 2018). La plegaria de la ola es su tercer libro de poemas. 

    La plegaria… se divide en tres partes bien diferenciadas. La primera, titulada Casa, incluye “poemas sobre el amor y el deseo”, y en los que destacan los motivos del “agua, el mar y los elementos propios de una naturaleza exuberante”, como indica Dolors Fernández Guerrero en el prólogo. La segunda parte se compone de dos poemas extensos: Marinera en tierra (dedicado a su madre) y La plegaria de la ola, que da título al libro. Por último, la sección Otros poemas cierra el libro, en los que se produce “una deriva pesimista”, según el mismo prólogo. 

    A pesar de la variedad de los poemas, el libro presenta una unidad que se estructura a través de diferentes recursos, como las repeticiones. Por ejemplo, los versos “Los negros pájaros del adiós alzan el vuelo. / Y dibujan en el cielo la corona de la muerte”, del poema Homenaje, de la primera parte, se convierten en cuatro versos, que se van repitiendo a modo de estribillo en Nostalgia, que cierra el libro. O el título del libro, La plegaria de la ola, que lo es del largo poema central, reaparece casi textualmente en el poema Escrito sin palabras, de la tercera parte: “escribo en el pliegue de la ola inmensa”. Algunos motivos atraviesan todo el poemario, como el erotismo, el mar (motivo omnipresente) o el viaje.

    Pero si hay un motivo central que destaca en todo el libro es el sentimiento de crear memoria e identidad al amparo emocional. Ya no solo la referencia a la obra de Rafael Alberti: Marinera en tierra, título del extenso poema central, sino la idea misma de la inestabilidad del ecosistema y la experiencia del desplazamiento por el mar: “Pero entonces, / ¿Por qué no me salen los nudos marineros?”. Este sentimiento de navegar a la deriva, también nace de su condición de habitante entre dos países, dos continentes, separados por un mar: “Este mar inmenso que nos hace de camino / ahora es frontera líquida que nos aleja”, le confiesa  a su madre. Por eso, al final estos textos nos dejan un testimonio del viaje y el transcurso no como placer turístico sino como un desplazamiento vital y necesario. A  excepción de “mi pueblito de Rusia / frío y blanco. // Idéntico y glorioso / y tristemente lejano”, inalcanzable; o el más próximo, inmediato, Sant Pol de Mar, espacio refugio que atraviesa todo el libro, con referencias explícitas: “Es donde por fin me siento feliz” o de manera más críptica: “Cala vinyeta es mi casa, dentro y fuera”, en alusión a una playa de este pequeño pueblo costero del Maresme barcelonés. 

    Y es que esta sensación de extranjería, nace del hecho mismo de emigrar: se conservan  los recuerdos de la casa  de Méjico, el antiguo Tenochtitlán, que se identifica con la infancia perdida: 

    La luz. Mi casa. Mi nana, 

    mi madre riñendo…

    Mi padre que sonríe al final del pasillo. 

    Los árboles de mi infancia, inmensos.

    Porque la nostalgia del pasado vive en el presente: “Regresamos para siempre a una casa que ya no existe. / (…) La casa reposa la cabeza en mi memoria”. Así, los recuerdos irrecuperables conducen a la tristeza, entendida como “Es tiempo vacío de tiempo, la tristeza”. Los poemas de Blanca Estela aportan una nota ética y estética al hecho mismo de la migración. La plegaria de la ola es una “instalación poética” con un sesgo simbólico que motiva a la reflexión entre los límites de lo sagrado y lo profano,  y entre lo habitable y lo inalcanzable.

    Además de la casa, el amor es otro de los asideros que construyen la felicidad del yo. Por un lado, el amor, en su sentido más sensorial: “la piel abandonada, / la sed perpetua de tus besos”; “Tiembla mi cuerpo, el estremecimiento es externo” , que lleva a un erotismo exacerbado. “Al galoparte cuerpo, amor mío, siento…”, recuerda la imagen del romance lorquiano La casada infiel: “Aquella noche corrí / el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar / sin bridas y sin estribos”. La influencia de Lorca (por cierto) aparece por otras partes del libro, como en canción de amor por Beatriz, el poema que abre el libro: 

    Crece la luna, se acerca

    con deseo de ser tocada. 

    Es grande, redonda,

    como una jugosa naranja. 

    O una alusión a la ambivalencia del yo: “Soy paloma y tigre / al mismo tiempo”, cita casi textual de uno de los Sonetos del amor oscuro lorquianos: “Rasgué mis venas, / tigre y paloma…”. 

    En la constante búsqueda que destilan estos versos, la felicidad amorosa parece ser cosa del pasado: 

    Tu carne fue mi paraíso

    y ahora es mi destierro…

    o la desconfianza frente al ser amado: 

    Amo tu voz. 

    Pero desconfío de lo que dicen tus palabras. 

    Y es que todo es síntoma de lo mismo: el yo del poema  busca su lugar en este mundo. “El agua profunda es mi hábitat”, declara; pero incluso allí tiene que luchar para conseguir su  objetivo, como ya hemos visto: 

    Siempre me dices que soy Marinera en tierra. 

    Pero entonces,

    ¿por qué no me salen los nudos marineros? 

    En este navegar (homo navigator, dice el tópico clásico), se concentra la actividad del yo: vida y escritura se identifican plenamente: “Juro (…) / que navegaré con mi pluma / por el ánima del mundo. / Creo que cada palabra palpita, / oigo su latir en mi poema”. De este modo, a pesar de lo visto antes, el poema no puede limitarse a la queja, sino que debe ser un acto de afirmación y, sobre todo, de celebración: 

    Juro que mis palabras

    no son signos 

    de un alfabeto roto. 

    Por su parte, el navegar, “fuente rabiosa de libertad”, se convierte en camino interior: “Nado por dentro, / es un camino interior”; “este viaje interno y obligado” conduce hacia el propio conocimiento: 

    Soy memoria, soy anhelo. 

    Soy fe. Soy palabra. 

    porque se reconoce como poeta, poeta-demiurgo que es capaz de alcanzar la verdad del ser humano. Por eso puede emitir “la plegaria de la ola”. Esta plegaria, que realiza antes de sacrificarse por la humanidad (“Acudo puntual a ofrecer la ofrenda / que es mi cuerpo”), es “el misterio de la muerte”, “el alma de la belleza” o, en clave neoplatónica (Macrobio, etc.), “una música remota / que viene de un rincón del cosmos”, “un suceso musical puro”, cuyo resultado es la armonía, pues logra concordar los elementos contrarios, el “entendimiento súbito entre dos orillas paralelas”, y nos muestra y explica el sentido de la vida: 

    Es el mapa del camino

    que hemos de transitar. 

  • Herida, de Alberto Omar Walls

    Herida, de Alberto Omar Walls

    Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto Omar para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

    En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

    “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

    Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

    Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

    He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente. 

    Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

    Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido. 

    Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

    Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida a la que escribe Alberto Omar es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa. Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento. 

  • Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty, Plural ed. 2023

    Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty, Plural ed. 2023

    Moxos (2023), del poeta boliviano Christian Jiménez Kanahuaty, es algo más que una simple colección de poemas; es un mapa sensorial y existencial del territorio mojeño, una región de la Amazonía boliviana cargada de historia, mito y resistencia. A lo largo de treinta y cinco poemas numerados, el autor se mueve entre la contemplación del paisaje y la interrogación identitaria, entre la memoria colectiva y la experiencia íntima.

    Los temas centrales de este poemario se pueden dividir en torno al agua, el tiempo y el desarraigo. El agua, especialmente el río Apere, es la columna vertebral del poemario: la fuerza creadora, el camino, la memoria y la testigo del paso del tiempo. Junto al agua, el tiempo se presenta como un río de doble corriente: el tiempo cíclico de la naturaleza y el tiempo histórico, marcado por la colonización, la explotación y la pérdida. Finalmente, el desarraigo es el tercer gran eje. La voz poética se reconoce como “visitante”, “forastero” o “intruso”, incluso cuando habla desde la pertenencia. 

    La estructura numerada sugiere un diario de viaje en el que los poemas son estaciones de un mismo recorrido espiritual y geográfico. La falta de títulos individuales refuerza la idea de un flujo continuo, similar al discurrir del río.

    Kanahuaty emplea un lenguaje con versos largos que de pronto se quiebran en imágenes concentradas. El tono es mayormente contemplativo, pero estalla en momentos de rabia o ironía. Hay referencias a Aleixandre, Melville, Dante, Dylan Thomas o al poeta místico Kabir.

    Moxos puede leerse como una ecopoética andino-amazónica, donde la escritura es un acto de escucha del territorio. Deja que el paisaje hable a través del poema y evita la idealización bucólica. La pobreza, la podredumbre y la herida colonial también están presentes. 

    Como conclusión, Moxos de Christian Jiménez Kanahuaty es un libro necesario en la poesía boliviana contemporánea. No solo documenta un territorio, sino que lo encarna en un lenguaje que es a la vez canto y elegía, mapa y brújula. Es una obra recomendable para lectores interesados en la poesía latinoamericana, la ecocrítica y las narrativas decoloniales.

  • Mi fondo, mi forma. Jesús Abreu (Ed. Idea)

    Mi fondo, mi forma. Jesús Abreu (Ed. Idea)

    Jesús A. Abreu Luis, nacido en Santa Cruz de Tenerife. Reside en Pedro Álvarez, Tegueste. Actualmente está jubilado. Trabajó 45 años como Técnico Experto en Protección Radiológica en el HUC.

    Ha asistido a varios cursos de escritura y recibido varios Premios: 2º premio del Concurso de Relatos de Humor de la Editorial Diversidad Literaria. 3º premio en el certamen de relatos y poesía Cueva de Unicornios. 3º premio en el II Concurso del Día Internacional de Las Familias. Finalista en el Festival Índice 2019.

    Ha publicado en ediciones corales, también en las revistas Acte Virtual, Tamasma Cultural y Canarias literaria, con varias poesías.

    El poemario «Mi fondo, mi forma» se presenta como un mapa poético de la condición humana contemporánea, trazando los límites entre lo material y lo metafísico, lo individual y lo colectivo.

    Estructura

    La obra se organiza en cuatro zonas que reflejan una progresión desde lo universal hacia lo íntimo, aunque manteniendo constante la interconexión entre estos planos:

    1. Zona Ello: Lo objetivo, lo material.
    2. Zona Tú: El otro como frontera y espejo.
    3. Zona Él-Ella: Lo afectivo (familia, amores, pérdidas).
    4. Zona Yo: La subjetividad.

    El poema inicial «Vertedero» establece el tono del libro: una visión de la realidad donde «la vida y la muerte se relativizan». El vertedero como metáfora del universo cuántico donde todo se «disgrega y se agrega».

    En «Palabra Mundo«, el poema, sin puntuación, explora la capacidad creadora del lenguaje: «nada es sin palabra que lo haga ser». La palabra aparece como instrumento de dominio, pero también como sustancia de nuestra identidad: «somos la carne del verbo».

    Poemas como «La herida» muestran una fascinación por lo corpóreo en su vulnerabilidad. La herida que «brilla cuando se hincha de pus» se erige en símbolo de una belleza grotesca que termina formando parte de la identidad, en una dialéctica entre dolor y existencia.

    «Tragedia» aborda lo religioso desde una perspectiva desmitificadora, describiendo rituales con «actores de madera, con muchas tablas» y «capirote[s] que aguijonean el aire». La tradición se presenta como teatro colectivo donde se representa el dolor como espectáculo.

    En «Datos» y otros poemas, el libro critica la «desnaturalización en los actos» de la era digital, donde la identidad se reduce a «guiones escritos/en busca de una identidad/de rebaño». La paradoja de creerse único mientras se siguen «huellas repisadas» refleja la contradicción fundamental de la hiperconectividad.

    El poema «Depresión» logra una descripción del vacío existencial: «los mañanas son calcos del hoy». La imagen de tener «la vida/machacada en un mortero» comunica con precisión la experiencia de la enfermedad mental.

    Lenguaje

    El lenguaje oscila entre lo coloquial y lo filosófico, incorporando léxico científico («partículas subatómicas», «interacciones cuánticas») junto a expresiones cotidianas. El uso de la enumeración caótica (como en «Mundo infinito») crea efectos de acumulación que reflejan la saturación sensorial contemporánea.

    La estructura en versos, generalmente libres, pero con ritmo interno marcado, permite exploraciones temáticas extensas sin perder intensidad. La repetición de conceptos como «paradoja», «infinito» y «huella» teje una red de significados que unifica el conjunto.

    Otros

    • «Asáltame»: Un poema-programa que define la poesía como «un ático sin paredes sin techo sin suelo» y la invoca como fuerza que irrumpe en lo cotidiano.
    • «Amor»: Una reflexión sobre la diferencia entre escribir sobre el amor y escribir desde el amor, con imágenes memorables como «es salir por la puerta y no proyectar sombra».
    • «Madre»: De una belleza contenida: «mi madre no cabe en la caja/de fósforos donde guardo/mis tesoros».
    • «La montaña roja (El Médano)»: Evocación de la juventud y la libertad, con referencias culturales que van de Pink Floyd a Jimi Hendrix.

    Conclusión

    «Mi fondo, mi forma» de Jesús Abreu es un poemario ambicioso que no teme confrontar las grandes preguntas existenciales desde una perspectiva contemporánea. Su mérito principal reside en la honestidad brutal con que aborda temas como la mortalidad, la identidad fracturada, el amor y la pérdida, sin caer en el nihilismo gratuito ni en el consuelo fácil.

    El autor demuestra una voz distintiva que combina mirada microscópica (la herida, la lágrima) con perspectiva telescópica (el universo, la especie). El resultado es una obra que, como el vertedero que la inicia, contiene tanto el hedor de la descomposición como los «colores de la subsistencia» —testimonio poético de una humanidad que busca significado en la era del dato y la desconexión.

    Un libro necesario para quienes buscan poesía que dialogue sin concesiones con nuestro tiempo, ofreciendo no respuestas, sino preguntas.

  • Como fuman los murciélagos

    Como fuman los murciélagos

    Dado que fue la primera novela de Carmen Ruth Boíllos, conocida por su trayectoria poética, resulta fácil caer en la tentación de abrirla y leerla, a ver qué nos encontramos. El título también invita a ello pues esa elipsis sintáctica de una oración compleja atrae la curiosidad, bien nos deje en la tesitura de si interpretarla como condicional, como causal o como todo lo demás que haya pasado por las entrañas de la autora. En cualquier caso, el verbo y el sustantivo plural me retrotrajeron directamente a ciertas escenas de la niñez. Pero hacerlas aflorar con el artefacto de la palabra es la grandeza de la creación literaria. Y humana, Tan es así que solo algunos parece que son capaces de convertirlo en universal porque en poco tiempo me encontré con textos narrativos en los que se conjuga el mismo verbo y se exhibe el mismo nombre. Por ejemplo: una crónica titulada “¿Fuman tabaco los murciélagos?”, que empieza con otra interrogación, tan irónica como realista: “¿La estupidez humana se hereda?”. E incluso una exposición, con gran resonancia en la prensa hace unos años, de la Fundación Vila Casas, que reunía los originales de los carteles de “Cigarrillos París” y algún periódico lo titulaba, gráficamente, “Cuando fumar era también cosa de niños, muertos y murciélagos”. 

    Aquí entra nuestra obra. De veinticinco estampas. Con Mario presente (al final, en la memoria definitiva) y el verbo narrativo en primera persona para que la verosimilitud no se cuestione. Chicos y chicas, paseando por todos los vericuetos de la niñez y tramando hazañas pero ¡ojo! que “Los chicos no podían soportar por más tiempo que les ganásemos por goleada” (las chicas ya sabían dónde estaban). Creo, sinceramente, que este nuevo camino de Carmen Ruth Boíllos es acertado. Acertado porque ha conseguido llevar a palabra literaria lo que pretende un escritor: construir y reconstruir un mundo. Sea costumbrista, realista, mágico o imaginario. ¿Una crónica? Todo es ficción en el arte. Es lo que tenemos los humanos. 

    Como fuman los murciélagos. Ahí la tienen, en una edición exquisita de Huerga y Fierro, con trabajo redondo de Antonio y Charo… más los que les rodean. Pero, sobre todo, con el objetivo conseguido de la autora, que regresa a su primera memoria y le da forma en Fuentes del Duero (“donde vagamos con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”), que son cualesquiera fuentes donde la vida esculpe perfiles y, vertiendo de una manera u otra, triunfa. La escritura. Como fuman los murciélagos (condicional, causal o comparativa) es una auténtica metáfora, que se goza cuando uno camina por los intersticios de esta obra, por esas entrañas que se describen y narran con pasión, que es lo que viene mostrando Boíllos en su creación literaria, poética, con títulos siempre orientadores de su concepción de la realidad, dinámica y comprometida: Vulnerables, Quejido y ternura o el más reciente poemario, Liturgia de los Vencidos. Añádase su implicación en trabajos colectivos como en La herencia de los chopos. Esa es la realidad creadora desde que empezó a lanzarse con acento y verbo al ruedo de la escritura. 

    Como fuman los murciélagos. La narradora nos sitúa en un Macondo particular: Fuentes de Duero, el pueblo donde se reconstruye un mundo, que la protagonista narradora vivió, gozó e imaginó. Saint-Exupéry decía que “todas las personas mayores fueron al principio niños aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Carmen Ruth lo evoca y nos lo pone en palabra para que nosotros, lectores de su obra, nos lancemos al recuerdo porque aquel que fuimos es la raíz del que somos. Y, si los murciélagos fumaban, era por el atrevimiento humano del juguete tonto… y, además, aquí, doloroso. Los murciélagos no verán pero fueron víctimas de ojos ciegos humanos. Ni la infancia fue un paraíso ni la infancia fue un infierno: “Si hay algo que caracterizaba nuestras andanzas por las calles de Fuentes eran las mil y una travesuras que cada fin de semana tramábamos y hacíamos realidad”. Fue una etapa más que iba modelando, sin darnos cuenta, las siguientes en las que ahora estamos, incluso para escribir una primera novela como esta. “Durante meses vagamos por Fuentes con los deseos frustrados de construir nuestro espacio”. El narrador/ narradora deja constancia escrita, en primera persona, de un mundo que brota en su interior como una palpitación de la palabra. “La memoria es un barco a la deriva” se convierte en la llave asertiva y copulativa que abre la obra. Y la cierra en pasado verbal: “El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio. Hubo palabras, hubo personas, hubo silencio”. Es lo que tienen las tragedias. Se empieza fumando, como juguete de murciélago, y se acaba en el mayor de los silencios.

    Un escenario, unos tiempos, unos personajes, unas historias. “Aquel lugar encierra muchos más recuerdos y vivencias. Mil conversaciones, risas, borracheras, demostraciones de fuerza, de orgullo y de vanidad. Por suerte sus paredes carecen de lengua y no podrán desvelar tantos secretos compartidos”. Un libro para saborear, que ocupa lo suficiente: 100 páginas de relato… pero que deja impronta, como delicia verbal que no hay que perderse. Se lee una mañana a la sombra fresca de cualquier árbol de un parque de Barcelona, Madrid o Caracas. Carmen Ruth Boíllos. Como fuman los murciélagos. “Ese brillo que un día se volvió oscuridad”. 

  • La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    La belleza como revelación y refugio: lectura, intimidad y lealtad en Mariana y su perra canela. (Lola García Jaramillo)

    Introducción: la belleza como verdad reconocida

    Existe un momento, cuando leemos un poema, en que algo se detiene dentro de nosotros. No es únicamente admiración por la precisión de sus palabras ni por la armonía de sus versos, sino una forma más profunda de reconocimiento. Decimos: qué hermoso. Y, sin embargo, esa impresión de belleza no siempre depende de la perfección métrica ni del virtuosismo formal. A menudo nace de otro lugar.

    Tradicionalmente se ha asociado la belleza poética a la musicalidad, a la imagen brillante o a la arquitectura impecable del verso. Pero la experiencia lectora demuestra que hay poemas técnicamente sencillos que nos conmueven más que otros formalmente complejos. Esto sucede cuando el poema logra encarnar una verdad emocional, cuando convierte una experiencia íntima en una imagen que el lector siente como propia.

    La belleza, en estos casos, no reside únicamente en cómo está escrito el poema, sino en lo que revela. Surge cuando el lenguaje no solo describe, sino que hace visible una forma de estar en el mundo. Cuando la palabra crea un espacio donde la fragilidad, la memoria o el afecto encuentran una forma duradera.

    En este sentido, la belleza de un poema no reside exclusivamente en la perfección de su métrica ni en la brillantez aislada de sus metáforas, sino en una conjunción más compleja: la capacidad de crear un espacio emocional verdadero, la autenticidad de la experiencia que transmite, la coherencia de su universo simbólico y la intensidad silenciosa con la que logra interpelar al lector. La belleza poética nace, sobre todo, cuando el lector reconoce en el poema una forma de verdad. Mariana y su perra Canela pertenece a esta categoría: su belleza no es solo verbal, sino afectiva, simbólica y reveladora.

    I. El espacio íntimo: la habitación como universo simbólico

    En Mariana y su perra Canela, Lola García Jaramillo construye un poema de apariencia sencilla que, sin embargo, contiene una profunda reflexión sobre la imaginación, la infancia y la fidelidad. La autora sitúa la escena en un espacio íntimo y protegido, donde la lectura no es solo una actividad, sino una forma de habitar el mundo.

    Desde sus primeros versos, el poema crea una atmósfera de suspensión mediante una imagen de gran eficacia simbólica: “Bajo la mansa luz de la tarde, / en un cuarto de estrellas prendidas,”. La habitación deja de ser un espacio físico concreto para convertirse en un lugar interior, casi sagrado. La expresión “estrellas prendidas” sugiere no solo la iluminación material, sino el encendido de la conciencia imaginativa.

    II. La lectura como experiencia de transformación

    Este carácter transformador se desarrolla plenamente en una de las metáforas centrales del poema: “sus páginas abiertas son un jardín, / mientras recorre su bosque de letras,”. La autora convierte el acto de leer en una experiencia física, espacial y vital.

    El jardín simboliza el crecimiento y el descubrimiento, mientras el bosque introduce la dimensión del misterio. La lectura no aparece como recepción pasiva, sino como exploración activa. Esta idea se confirma en el verso “Mariana navega su nube de papel,”, donde el libro deja de ser objeto y se convierte en territorio.

    La lectura es, en este sentido, una forma de libertad, pero también de refugio.

    III. Canela: la lealtad como presencia protectora

    Frente a este viaje interior, la figura de Canela adquiere un valor simbólico fundamental. La autora construye su presencia a partir de una imagen de gran ternura: “la mira con ojos de miel serena,”. La miel introduce una cualidad afectiva que trasciende lo visual.

    Esta dimensión se intensifica cuando el poema afirma:

    “A su lado, sereno guardián del alma, / Canela la vela con tierna lealtad,”.

    El verbo “velar” introduce una dimensión ética y emocional. Canela no es solo compañía, sino custodia.

    IV. El lenguaje del silencio: plenitud sin palabras

    Uno de los momentos más logrados del poema aparece en los versos: “mientras el silencio las arropa / como un susurro hecho canción.”. Aquí, el silencio no es ausencia, sino forma de comunicación.

    El poema encuentra en esta imagen una de sus claves estéticas: la belleza como expresión de una intimidad compartida.

    V. El reino compartido: el afecto como construcción

    La culminación simbólica aparece en la última estrofa: “Juntas habitan un reino de ensueño, / dos almas bordadas por un mismo afecto,”.

    El verso final, “unidas por un lazo puro y perfecto.”, sintetiza el núcleo temático del poema.

    Un amor sin conflicto.

    Un amor sin condiciones.

    Un amor que existe sin necesidad de justificarse.

    VI. Valoración estética y conclusión

    Desde el punto de vista formal, el poema destaca por su coherencia simbólica y su claridad expresiva. Lola García Jaramillo demuestra que la belleza poética no depende necesariamente de la complejidad formal, sino de la autenticidad expresiva.

    La belleza de este poema reside en su verdad.

    En su capacidad de preservar un instante.

    En su forma de nombrar la lealtad como refugio.