En el artículo anterior se trató de definir el símbolo en literatura mediante las enseñanzas del profesor Juan Victorio y del diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón, relacionándolas con el concepto de inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung. En este artículo analizaremos más detalladamente las funciones, lo que nos alejará momentáneamente de la composición poética para adentrarnos en otras ciencias como la filosofía, la psicología o la antropología. Recordemos que el símbolo, según Jung, representa “algo vago, desconocido u oculto para nosotros” (1984: 17), por lo tanto sus funciones van a ser complejas y difíciles de determinar.
Funciones del símbolo
Para los hermeneutas de la creación literaria existe una función estética, porque es una figura retórica. El placer estético sería la función principal no ya del símbolo, sino de la poesía o del arte mismo. Según Sigmund Freud, “el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma”. Pero la poesía no sólo es estética, y Estábanez Calderón enumera cuatro funciones más que suscitan gran interés: “gnoseológica, develadora, comunicativa y unificadora”.
Función gnoseológica
La función gnoseológica está asociada a la vertiente filosófica que estudia el origen y alcance del conocimiento, luego se entiende que el símbolo, en este caso, el símbolo poético, es un elemento clave para profundizar en el conocimiento humano hasta límites insospechables. Ya en teorías clásicas, la poesía (que entonces no era un género aparte, sino que era lo que hoy llamamos “literatura”) tenía una función educativa y los poetas eran reconocidos como autoridades en problemas filosóficos. Platón, en el Protágoras, decía: “Creo yo, Sócrates, que, para un hombre, parte importantísima de su educación es ser entendido en poesía. Es decir ser capaz de comprender lo que dicen los poetas, lo que está bien y lo que no […]” (Domínguez Caparrós, 2009: 55).
La manera en que trabaja el símbolo para esta finalidad es compleja y con objetivos diversos. Como dice Estébanez Calderón (p. 989), “entre los rasgos caracterizadores […] está el ser elemento mediador entre una realidad sensible (agua, fuego, árbol) o abstracta (una figura geométrica, un número, una imagen onírica, etc.) y su sentido profundo, indefinible, al que sustituye y se ofrece como intuición o presentimiento. El símbolo cumple, pues, con una función exploradora de lo desconocido, oculto e inefable. En este sentido, Jung cree que la función original del símbolo sería, precisamente, «la revelación existencial del hombre a sí mismo, a través de una experiencia cosmológica»”.
La particularidad está en el aspecto reflexivo, tanto por la inducción a la reflexión propiamente dicha, como por el dirigirse hacia uno mismo. Si se trata de aprender de la naturaleza, es decir, de lo que nos rodea, del “todo”, es irrefutable la aceptación de que formamos parte de ella. Ernst Cassirer da cuenta de estos dos aspectos, la intrínseca unión a la naturaleza y la particularidad reflexiva en el caso del ser humano, y en esto la autoridad concerniente es la Biología. Baste con el siguiente apunte suyo: según el biólogo Johannes von Uexküll, “la realidad no es una cosa única y homogénea; se halla inmensamente diversificada, poseyendo tantos esquemas y patrones diferentes cuantos diferentes organismos hay. […] En el mundo de una mosca, dice Uexküll, encontramos “cosas de mosca” […]”. Evitando la interpretación psicológica, se deduce que conociendo la estructura anatómica de un ser vivo, se pueden reconstruir sus experiencias, su realidad. Cada organismo está coordinado con su ambiente, y posee un sistema “receptor” y un sistema “efector”, que cooperan entre sí en un “círculo funcional”. En el hombre, sin embargo, aunque no constituya una excepción, hay una característica nueva: “Su círculo funcional no sólo se ha ampliado cuantitativamente sino que ha sufrido también un cambio cualitativo”, un nuevo método, un eslabón intermedio llamado “sistema simbólico”. Las reacciones humanas ya no son directas e inmediatas, sino que pueden interrumpirse y demorarse en un proceso lento y complicado de pensamiento. El hombre “ya no vive solamente en un universo físico sino en un universo simbólico. […] El hombre no puede enfrentarse ya con la realidad de un modo inmediato; no puede verla […] cara a cara. […] En lugar de tratar con las cosas mismas […] conversa constantemente consigo mismo. Se ha envuelto en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos, en tal forma que no puede ver o conocer nada sino a través de la interposición de este mundo artificial” (Cassirer, 1994: 45-48). El antropólogo llega a definir el ser humano no como animal racional, sino como animal simbólico (homo symbolicus, que llama Gilbert Durand).
Luego, como animales, incoerciblemente estamos dentro de la naturaleza, y nuestro espíritu también, precisando éste la “traducción” interior en símbolos de lo que se conoce en el exterior a través de los sentidos. El conocimiento –gnosis, γνῶσις- del mundo externo se produce desde lo interno. Es por eso que tantas corrientes filosóficas proyecten el aprendizaje hacia el interior, siendo primordialmente el interior del individuo la fuente de la sabiduría[1]. Ya en la filosofía presocrática, se exigía la autorreflexión como medio de aprehender la realidad y comprenderla. Heráclito caracterizaba toda su filosofía con dos palabras: ἐδιζησάμην ἐμεωτόν (“me he buscado a mí mismo”). El hombre es una criatura en busca de sí misma. Para estoicos como Marco Aurelio[2], “lo que al hombre le viene desde fuera es nulo y vano; su esencia no depende de las circunstancias externas […] Lo único que importa es la tendencia, la actitud interna del alma”. Esa búsqueda es esencial y persigue un fin, pues “Quien vive en armonía consigo mismo, con su demonio, vive en armonía con el universo, pues ambos, el orden universal y el orden personal, no son sino expresiones y manifestaciones diferentes de un principio común subyacente” (Cassirer, 1994: 23-24). Platón coincide también que, en la búsqueda del conocimiento, éste no viene de fuera, sino a través de la autorreflexión o el razonamiento personal. En su diálogo Teeteto, apunta:
Sócrates. – Los hombres y los animales, desde el momento del nacimiento, tienen por naturaleza la posibilidad de percibir todas aquellas impresiones que llegan al alma por medio del cuerpo. Pero las reflexiones acerca de éstas, en relación con su ser y utilidad, sólo sobreviven con dificultad y en el curso del tiempo. Y las personas que llegan a tenerlas sólo lo consiguen gracias a muchos esfuerzos y después de un largo período de formación. ¿No es así?
Teeteto. – Enteramente de acuerdo.
[…]
Sócrates. – Por consiguiente, el saber no radica en nuestras impresiones, sino en el razonamiento que hacemos acerca de éstas. […][3]
Anteriormente se dijo que la poesía o el arte eran formas de conocimiento (Protágoras). Aquí estriba la función gnoseológica del símbolo poético en relación con la autorreflexión: el conocimiento del mundo, que sólo puede aprehenderse desde el interior, sobrevive como impresiones simbólicas de sensaciones, que podrán ser expresadas por el artista en ese mismo código interno. G. W. F. Hegel, en su Introducción a la estética, trata este tema al cuestionarse qué es lo bello, porque compara, en primera instancia, qué es superior, si lo bello natural o lo bello artístico. Afirma axiomáticamente que “lo bello artístico es superior a lo bello natural, porque es un producto del espíritu. Al ser superior el espíritu a la Naturaleza, su superioridad se comunica igualmente a sus productos y, por consiguiente, al arte[4]”. Es más, esta superioridad, que es partícipe del espíritu, lo es también, y por lo tanto, de la verdad, “de suerte que lo que existe sólo existe en la medida en que debe su existencia a lo que le es superior y no a lo que es en sí […]. Sólo lo espiritual es verdadero.” La búsqueda de la verdad, a lo largo de la experiencia y el aprendizaje, es el objeto último de la existencia humana, el final inalcanzable del conocimiento. “El símbolo cumple, pues, con una función exploradora de lo desconocido, oculto e inefable”, como dice Estébanez, y como dice Jung: “la revelación existencial del hombre a sí mismo, a través de una experiencia cosmológica”.
Función develadora
Esta “revelación existencial” o la forma en que la poesía enseña no es sencilla ni automática. El conocimiento «no se recibe pasivamente, ni a través de los sentidos, ni por medio de la comunicación, sino que es construido activamente por el sujeto cognoscente» (Piaget, teoría del constructivismo). El lector o el oyente tiene un papel activo, creativo. Él, por sí solo, develará la verdad a través de los símbolos, con lo que será dueño de su propio conocimiento. Este aspecto es el que trata la función develadora del símbolo. Pero no todo el mérito de la develación es del sujeto cognoscente (=que realiza el acto de conocimiento), sino que, al ser característica del símbolo su relación no arbitraria con el “referente” (entrecomillado por no existir como tal), también goza de una tendencia a la aparición de manera autónoma. “El símbolo es, pues, una representación que hace aparecer un sentido concreto; es la epifanía de un misterio” (G. Durand, 2007: 15). La epifanía es la “aparición de lo inefable por el significante y en él”, otra de las diferencias que marca Durand entre símbolo y alegoría, mientras que sí que tienen en común la conducción de lo sensible de lo representado a lo significado.
Función comunicativa
La función comunicativa ya se desarrolló suficientemente en el transcurso de la definición del símbolo. Como elemento semiótico, formaría parte de un sistema de comunicación o, directamente, un lenguaje. Es un lenguaje universal pero complejo e inasible, dado que expresa y trata de comunicar esa experiencia cosmológica antes referida, lo “desconocido, oculto e inefable”. No sólo el símbolo, sino el arte en general ostenta esta función comunicativa: el conocimiento de otros, de un solo sujeto o bien de una cultura, las ideas que el artista ha cristalizado en su obra, se comunican a quien la contempla. La poesía comunica, claramente, pero no cualquier cosa, sino que comunica conocimiento del más elevado, del que no se puede expresar sino mediante símbolos.
Función unificadora
La función unificadora es quizá la más interesante y misteriosa, y la base de la que parte es Jung. Según éste, en la conciencia colectiva de la humanidad existe una serie de conjuntos simbólicos que “actuarían como modelos o arquetipos de conocimiento o comportamiento (símbolos primordiales o «elementos estructurales de la psique») que desempeñarían un papel motor y unificador del conocimiento y de la evolución de la personalidad”. Estos arquetipos, que provocan imágenes e ideas análogas en individuos de diferentes culturas ante situaciones parecidas, aparecen en manifestaciones culturales como mitos, cuentos, leyendas, etc. (Estébanez Calderón, 989). Conviene detenerse momentáneamente en el concepto de arquetipo[5], al que se aludirá frecuentemente en los siguientes capítulos.
Partimos de la base de que la interpretación de un sueño y la de una poesía popular se rigen por patrones comunes, pues ambos funcionan mediante símbolos; de modo que las averiguaciones de Freud y Jung son material muy valioso para el filólogo. Así, en los sueños, sobre todo en los más emotivos, las asociaciones personales del soñante no bastan para lograr una interpretación satisfactoria, porque (esto ya fue observado por Freud) “con frecuencia, en el sueño se producen elementos que no son individuales y que no pueden derivarse de la experiencia personal del soñante”. Esos elementos Freud los llamaba “remanentes arcaicos”, formas que no pueden explicarse con nada de la vida del individuo, y que parecen ser formas heredadas por la mente humana. Jung completa esta deducción muy sabiamente:
Así como el cuerpo humano representa todo un museo de órganos, cada uno con una larga historia de evolución tras de sí, igualmente es de suponer que la mente esté organizada en forma análoga. No puede ser un producto sin historia como no lo es el cuerpo en el que existe. Por «historia» no doy a entender el hecho de que la mente se forme por sí misma por medio de una referencia consciente al pasado valiéndose del lenguaje y otras tradiciones culturales. Me refiero al desarrollo biológico, prehistórico e inconsciente de la mente del hombre arcaico, cuya psique estaba aún cercana a la del animal[6].
De esta manera existen las analogías entre las imágenes oníricas y los productos de la mente primitiva: mitos, leyendas, cuentos populares, poesías tradicionales. Son “imágenes colectivas”, puntos comunes en una “anatomía comparada de la psique” a la que se refiere Jung, basándose, sobre todo, en mitología para su labor psicológica.
Estos “remanentes arcaicos” que Jung llama “arquetipos” son tendencias, representaciones que pueden variar mucho en detalle pero sin perder su modelo básico. Es muy importante la idea de tendencia, como el impulso de las aves a construir nidos. Hay relaciones entre instintos y arquetipos: los instintos son necesidades fisiológicas perceptibles por los sentidos, pero también se manifiestan en imágenes simbólicas (arquetipos). Los arquetipos, además, son frecuentemente producidos por los niños, que son una prueba fehaciente del inconsciente colectivo ya que no han podido tener acceso a tradiciones mitológicas o religiosas (Jung, 1984: 64-66).
Por todo ello, al estar presentes los arquetipos en poesías populares, las más oídas y las que todo el mundo conoce, tiene gran razón Estébanez Calderón al mencionar que estas imágenes primordiales desempeñan un “papel motor y unificador del conocimiento y de la evolución de la personalidad”, y con ello concuerda la enigmática frase de Juan Victorio en el primer capítulo de su libro El amor y su expresión poética…, “todo aquello que permitía al individuo reconocerse positivamente en su colectividad”. La función unificadora del símbolo atañe a la cohesión de conocimientos, creencias o sentimientos en torno a una sola verdad remota y colectiva, que garantiza el desarrollo positivo del individuo en sociedad.
Función terapéutica
Relacionada con la idea de unificación y de la pertenencia a una conciencia colectiva está la función terapéutica o la sociatría que garantiza el símbolo. “La razón y la ciencia sólo vinculan a los hombres con las cosas, pero lo que une a los hombres entre sí, en el humilde nivel de las dichas y penas cotidianas de la especie humana, es esta representación afectiva por ser vivida, que constituye el reino de las imágenes” (Durand, 2007: 133). El antropólogo sostiene que del mismo modo que la psiquiatría, en su terapéutica, conduce al equilibrio simbólico, la pedagogía centrada en la dinámica de los símbolos se transformaría “en una verdadera sociatría, que dosificara en forma muy precisa para una determinada sociedad los conjuntos y estructuras de imágenes que exige por su dinamismo evolutivo” (2007: 132).
Conclusión
Vistas estas cuatro grandes funciones del símbolo, cabe recordar que se trata de la figura retórica más poderosa, en la cual se sustenta la mayor literariedad. Es el recurso expresivo más esencial del discurso literario, tanto por su repercusión en la Semiótica (teoría general de los signos) como en la Pragmática literaria.
Para la Semiótica, tanto la lengua ordinaria como la literatura son sistemas de signos; y la tarea básica de esta disciplina es el análisis de procedimientos a través de los cuales se produce el sentido. A diferencia de la lengua de uso ordinario, la lengua literaria se caracteriza por la polisemia y ambigüedad de los términos. El material verbal se transforma por la actividad de los códigos específicamente literarios, donde entrarían los simbólico-imaginarios, entre otros.
Para la Pragmática, que se origina en la Semiótica (Charles Morris señaló la triple dimensión de los signos: sintáctica, semántica y pragmática), hay una relación entre el signo y sus usuarios, es decir, entre emisor y receptor. La pragmática se interesa por el peso del contexto (social, histórico, cultural…) en la producción y recepción del mensaje. La relación autor-lector está regulada por un pacto de ficción implícito (se sabe que lo literario no es «real», y más lejos queda cuando es «simbólico»), por el cual el receptor considera que el mundo del texto es un producto imaginario sujeto a normas diferentes del mundo objetivo. Más aún si este mundo es simbólico.
La fuerza ilocutiva de la literatura se presenta en el deseo de influir en el receptor a través de una conmoción interior, el estímulo de la imaginación, el compromiso con la realidad o la evasión de ésta y, por último, a través del placer estético. El autor, al esconderse tras el narrador o el yo poético, dispone de gran libertad de acción. Y, sin embargo, las afirmaciones del narrador o del yo poético son, aunque ficticias, verdaderas. Su capacidad de legitimación del mundo narrado, o poetizado, hace que el lector dé crédito a sus palabras.
Es por esto último que el símbolo sirva, fundamentalmente, para mostrar la verdad.
Bibliografía
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Notas
[1] “En todas las formas superiores de la vida religiosa la máxima “conócete a ti mismo” se considera como un imperativo categórico, como una ley moral y religiosa definitiva” (Cassirer, 1994: 18).
[2] “Las cosas no afectan al alma pues son externas e inconmovibles, nuestra alteración procede sólo del juicio que formamos en nosotros mismos.” Marco Aurelio, Meditaciones, Lib. IV, párr. 3.
[4] Responde a la pregunta qué es lo bello de esta manera: “Sólo es bello aquello que encuentra su expresión en el arte, en tanto sea creación del espíritu; lo bello natural no merece este nombre más que en la medida en que está relacionado con el espíritu” (Hegel, 1997: 11).
[5] Respecto a qué es y no es un arquetipo, Jung dice que «No se trata, pues, de representaciones heredadas, sino de posibilidades heredadas de representaciones. Tampoco son herencias individuales, sino, en lo esencial, generales, como se puede comprobar por ser los arquetipos un fenómeno universal». Jung, 2002: 65-66, § 136.
Ánchel Conte Cazcarro (Alcolea de Cinca, Huesca, 15 de octubre de 1942) es un escritor en lengua aragonesa, doctor en historia y catedrático jubilado de enseñanza secundaria. Reorganizó el Partido Comunista de España (PCE) en la provincia de Teruel en los últimos años del franquismo.
Es uno de los fundadores del Consello d’a Fabla Aragonesa. Durante su estancia en Aínsa como profesor de Historia llevó a cabo una intensa labor de investigación del folclore de la comarca de Sobrarbe y fundó la agrupación folclórica Viello Sobrarbe.
El poeta Ánchel Conte.
Es una figura imprescindible de la literatura contemporánea en aragonés. Ha escrito tanto poesía como novela, además de varias colecciones de relatos.
Fue asesor del I Congreso para la normalización del aragonés, pero no firmó los acuerdos gráficos de 1987, aunque ha escrito después todos sus libros con esa ortografía, exceptuando su último poemario, en el que ha vuelto a escribir como lo hacía con anterioridad a 1987, sin seguir ninguna de las normas de las distintas asociaciones. No quiso participar en el II Congreso del Aragonés, rechazando formar parte de la Academia del Aragonés.
Ha recibido varios premios literarios: el Premio de Cuentos en Aragonés Ciudad de Barbastro (1970) y premios en la Fiesta de la Poesía de Huesca de 1968, 1969, 1970 y 1971. En 2001 recibió el premio de la Universidad de Zaragoza para poesía en aragonés por el poemario Como plebia sobre o bientre, editado en el poemario E zaga o mar o desierto (2002). Además, en 2008 se presentó como candidato al Senado por la provincia de Huesca en la lista de Izquierda Unida. En mayo de 2009 el Gobierno de Aragón le concedió la Medalla al Mérito Cultural por su larga trayectoria en el estudio, divulgación y defensa del patrimonio cultural popular, especialmente de la lengua aragonesa.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?
Nací en 1942 en Alcolea de Cinca. Hijo de guardia civil, familia numerosa, pasé años viviendo en un cuartel en Alcolea, Barcelona y Sariñena. Estudié Bachillerato en Barcelona, Preu en Zaragoza y la carrera de Historia en Zaragoza y Barcelona, donde me doctoré. Toda mi vida la he dedicado a la docencia. La literatura me vino en forma de poesía trabajando en Aínsa, el municipio de España más pequeño con un centro de secundaria, al menos en 1966 cuando aterricé allí. Descubrí un mundo en destrucción (pantanos, emigración, cierre de escuelas, etc.) y me identifiqué con una gente y una lengua que yo solo recordaba en la boca de mi abuelo. La actividad docente fue muy satisfactoria y la recuerdo con emoción, pero la soledad era tremenda cuando me encerraba en el hotel o luego en mi piso: ser homosexual y comunista no era fácil en aquellos momentos, y más en un pueblo. Y fue esa soledad la que me llevó a escribir, y lo hice en la lengua ignorada y despreciada que hablaban mis alumnos y que yo hice mía y la tengo como única lengua a la hora de escribir poemas, relatos o novelas.
¿Cúales fueron sus primeras lecturas poéticas y qué autores le influyeron?
Creo recordar que de niño me gustaban los romances, mucho, Y el primer poeta que me emocionó fue Bécquer, no tendría más de 10 años, cursaba primero de bachillerato. Luego llegaron otros: Garcilaso, Quevedo, Rosalía de Castro, Kavafis, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Baudelaire, Pavese…Pero el que me metió de lleno en la poesía fue Luis Cernuda; lo descubrí a los dieciséis años, en un momento en que su obra en España prácticamenteno se encontraba, pero alguien me lo puso en las manos. No sé qué poeta me ha influido más en mi obra, eso me resulta imposible verlo, pero en la vida, sin duda, todos los que he mencionado.
¿Cómo definiría a su poesía?
Sincera, poco elaborada y muy espontánea.
LIBELULAS N’O PEITO
escando aire alcontré o tuyo aliento
busqué augua e me dies a mirada
querebe fuego e trové o tuyo beso
…
en revellar cinco alas en luminoso volito
revoliaban sobre o tuyo peito
libelulas naixidas n’os polpillos d’os míos didos
23 octubre 2012
LIBÉLULAS EN EL PECHO
yendo por aire aire encontré tu aliento
busqué agua y me diste la mirada
quería fuego y hallé tu beso
…
al despertar cinco alas en luminoso vuelo
revoloteaban sobre tu pecho
libélulas nacidas en las yemas de mis dedos
LIBÉLULAS NO PEITO
indo por ar ar encontrei teu alento
procurei água e deste-me a mirada
queria fogo e achei teu beijo
…
ao acordar cinco asas em luminoso vôo
volteavam sobre teu peito
libélulas nascidas nas polpas de meus dedos
¿Cree que el poeta “evoluciona” en su escritura? ¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo largo de los años?
Cambia con los años, con los meses y con los días. Incluso en un mismo día pueden nacer poemas tan diferentes que si no llevan fecha resulta difícil ubicarlos en el tiempo, por eso desde hace unos años pongo siempre la fecha e incluso la hora exacta en que el poema nace. Seguramente el estilo cambia con los años, pero repaso poemas de hace cuarenta y ocho años y veo temas, imágenes, palabras que se han ido repitiendo a lo largo de mi obra.
¿Cómo siente que un poema está terminado y cómo lo corrige?
No suelo corregir ni revisar un poema. Un poema es como una chispa que salta y la coges al instante o ya no funciona. Decía que mi poesía es espontánea y poco elaborada. Cuando un poema lo reviso, lo hago constar. Pero sucede pocas veces. No soy capaz de estar pensando el poema, sale a la primera o no sale nunca. Admiro a los poetas que construyen prodigiosas obras de arquitectura; yo me conformo con una simple tapia.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su poética?
Que lo vivido por mí reviviera en el lector.
CHUPIU DE TU
arribas ta yo con a suaveza d’a bisa
m’abrazas
e o beso que me das tien sapia á sal e algas
ye puro suenio tan reyal
que me siento de tu chupiu en cuerpo e alma
21 octubre 2012 sobre borrador de diciembre 2011
EMPAPADO DE TI
llegas a mí con la suavidad de la brisa
me abrazas
y el beso que me das sabe a sal y algas
es puro sueño tan real
que me siento empapado de ti en cuerpo y alma
EMPAPADO DE TI
chegas em mim com a macieza da brisa
me abraças
e o beijo que me dás tem gosto a sal e algas
é puro sonho tão real
que me sinto de ti empapado em corpo e alma
¿Qué lugar ocupa, para un poeta como usted, las lecturas en vivo?
No suelen gustarme, porque soy muy malo leyendo, pero si alguna vez lo hago y percibo que hay una corriente que fluye entre mi palabra y el que escucha, resulta emocionante. Y más si luego se entabla un diálogo.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs etc.?
Llevo siete años colgando mis poemas en Facebook. Alguien creó una página que se llama Queremos más obras d’Ánchel Conte. Piqué, y vi que llegaba a los lugares más insólitos. Decidí poner los poemas en aragonés, castellano y portugués para que llegara a más gente y, sobre todo, para difundir la lengua aragonesa que, por primera vez, llegaba a Japón, EEUU, Australia, Argelia, etc. algo que jamás había imaginado.
¿Podría recomendarnos un poema de otro autor que le haya gustado mucho?
El soliloquio del farero, de Cernuda.
¿Qué libro está leyendo en la actualidad?
Los diarios de Emilio Renzi, del argentino Piglia. Creo que en este momento, Argentina está dando lo mejor de la literatura en español.
¿Qué consejos le daría a un joven escritor/escritora que se inicia en este camino de la poesía?
Que se dejara llevar por los sentimientos.
¿Cómo ve usted actualmente la industria editorial?
Estoy fuera de ese mundo. Escribo en la lengua más minoritaria de España, así que me muevo entre dos editoriales pequeñas, casi artesanales. Pero en general, visto desde fuera, me parece un mundo bastante podrido. Y basta ver lo que se publica, en general, para darse cuenta de eso.
¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hubiera hecho y no se la he hecho?
En qué lengua escribo y por qué lo hago.
Muchas gracias por sus palabras.
PRESENT DE CABO D’AÑO (Regalo de cumpleaños, Presente de aniversário)
en toz os espiellos crebaus de casa multiplicada per mil con a tuya nunca verdadera pero sentida ausencia creix a boca de tu cascabillo de viento que n’a nueit se redama vuelta multisonora que no cesa con musica m’ acubillas burces m’amansas sin tartir amato luces zarro puertas tranco finestras cosa no veigo res no ascuito só deixo que dende toz os costaus a tuya risa tova pluma abonico me pleva
…
fé-me o millor present de cabo d’año deixa que baixo a tuya uembra de luz e agua con tu m’aduerma
15 octubre 2012
REGALO DE CUMPLEAÑOS
en todos los espejos quebrados de casa multiplicada por mil con tu nunca verdadera pero sentida ausencia crece tu boca cascabel de viento que en la noche se derrama bóveda multisonora que no cesa con música me cobijas tempestades amansas en silencio apago luces puertas cierro atranco ventanas nada veo cosa escucho sólo dejo que desde todos los sitios tu risa blanda pluma despacio me llueva
…
hazme el mejor regalo de cumpleaños deja que bajo tu sombra de luz y agua contigo me duerma
PRESENTE DE ANIVERSÁRIO
em todos os espelhos quebrados de casa multiplicada por mil com tua nunca verdadeira mas sentida ausência cresce tua boca cascavel de vento que na noite derrama-se abóbada multisonora que não cessa com música me abrigas tempestades amansas em silêncio apago luzes fecho portas atranco janelas nada vejo nada escuto só deixo que desde todos os lugares teu riso cbranda pluma devagar me chova
…
faz-me o melhor presente de aniversário deixa que baixo tua sombra de luz e água contigo me durma
Ánchel nos ha comentado que no le gusta leer su poesía, por eso hemos decidido escuchar dos versiones del poema Mai, del poemario No deixez morir a mía boz (1972) cantado por José Antonio Labordeta y por Manolo García
Y a vosotros, lectores, esperamos que hayáis disfrutado la entrevista y gracias por haber llegado hasta aquí.
El nacimiento de esto que llamamos Internet ha llevado la poesía a otro nivel: ya no hace falta publicar un libro en papel o declamar en un salón para ser considerado, por lo menos, aprendiz de poeta.
Desde los años 70 hasta alrededor del 2000, la poesía quedó francamente olvidada y eclipsada por otros tipos de literatura. En un país que apenas lee, los poemas llegaban a pocas personas y aún menos autores se dedicaba a escribirlos. Vivir de poeta en este país es morirse de hambre, y sólo unos pocos privilegiados con grandes plumas podían acceder a difundir sus pensamientos sus versos. Pero dejemos estas quejas infructuosas que no llevan a ninguna parte y pasemos a lo que realmente importa.
En 1990 con la creación de Internet nace un nuevo concepto de comunicación y de relación entre los seres humanos. Con un ordenador y el gesto de apretar un botón puedes estar en comunicación directa con quien quieras y en cualquier parte del mundo, que se convierte en algo realmente pequeño, en particular gracias a la combinación de esta nueva tecnología con los celulares inteligentes. El dicho “el mundo es un pañuelo”, deja de ser un dicho para ser una realidad.
Nacen nuevos comunicadores: tuiteros, blogueros o youtubers. Y algunos de ellos son, cómo no, poetas. Estos nuevos poetas españoles, que antes se las veían y deseaban para publicar un libro, ahora dan a conocer sus versos en sus blogs: Luna de Miguel, Irene X o Elvira Sastre son claro ejemplo de ello. Otras y otros se dedican además al universo de Twitter como Grace Klimt, Ulises Kaufman o Carlos Aymí, y arrastran una nube de seguidores que vierten en esta nueva forma de comunicarse sus pensamientos, sentimientos y versos. La publicación Babelia, de El País, llamaba la atención, el 25 de julio de 2014, sobre lo que consideraba un fenómeno en la poesía española actual: “Miles de jóvenes se apuntan a un género que ha encontrado una nueva forma de difusión fuera de los salones”.
Y es que todos podemos tuitear aquello que se nos ocurra: podemos hablar de política, música, cine y cómo no, de poesía, poesía en 140 caracteres (¡ahora 280!). O podemos optar por abrir un blog y tratar todos los temas de los que se nos ocurra hablar. Tampoco podemos olvidarnos de otras redes sociales, como Facebook, Tumblr o Google+, donde se crean todo tipo de grupos (algunos, cómo no, de poesía) o de los clásicos foros.
Y no hace falta ser famoso, solo hacen falta ganas y creatividad para hacerlo. No hay límite a la creatividad literaria.
La cultura de la individualidad y el yo nos lleva a poder escribir y crear sin filtros, sin condicionamientos y a un precio muy asequible. Además está de moda, ¿quién no ha puesto un tuit? ¿cuántas personas son las que aún no acceden a Facebook? En este mundo de la comunicación inmediata mucha gente se lanza a escribir tras un nick o un pseudónimo. nadie sabe quién eres. Bajo otra identidad se pierde el miedo al ridículo y los usuarios de la red expresan su creatividad en infinidad de plataformas. Como Poémame, donde todo el mundo es bienvenido y cualquiera puede escribir y publicar poemas.
Todo vale, todo es susceptible de ser poesía: frases escritas en paredes, en muros, en trenes a las que se toman fotografías con el teléfono móvil y se suben a la red, versos escritos en píxeles y que se leen en páginas de luz y cristal.
Esta misma sección ya se hizo eco de una poemareflexión con Martin Niemöller y su poema ‘Guardé silencio’. Ese poema, sea o no de él, ha mostrado a generaciones de lectores el peligro y riesgo que se corre por no protestar, no reivindicar y no participar en la vida pública.
Hoy, el verso que hemos destacado se me viene repitiendo una y otra vez mientras paseo lentamente por la playa; disfruto corriendo (con lentitud) ese agradable riesgo, cosa harto difícil porque las cosas a nuestro alrededor van a gran velocidad. Una aceleración que nos está llevando a un sistema en el cual estamos muy poco en el presente, donde realmente se decide nuestro futuro. Este pensamiento me ha alarmado al comprobar lo amenazante que es para nuestro presente y futuro correr el riesgo de que la política, como participación en la vida pública, llegue a ser irrelevante.
El pasado 18 octubre a las 19h en la Sala Inusual Project de Barcelona se presentó el primer poemario de Sergio Espinosa, Hacia la mudez, publicado por kriller71ediciones en su colección Púlsar. Poémame fue hasta allí.
Hacia la mudez, Sergio Espinosa (Kriller71, 2017)
Sergio Espinosa, Jerez de la Frontera, 1988. Sus poemas se han publicado en antologías y revistas internacionales y han sido traducidos a doce idiomas.
Sergio Espinosa hace una apuesta valiente apoyada por sus editores (más valientes todavía), Aníbal Cristobo y Lola Nieto, en este primer poemario con unos poemas en los que la oralidad son la fuerza que los mueve a pesar de / gracias a la mudez, a la ausencia de voz por la imposibilidad o negación que transmiten sus versos. Las cinco partes del libro destilan un monólogo interior que sale o huye de la poesía fácil de las grandes multinacionales de la edición.
Antes de elegir el título definitivo del poemario, Hacia la mudez, el autor barajó la posibilidad de titularlo Fractales, título interesante para un conjunto de poemas cuyas palabras tienen una estructura básica, fragmentada o aparentemente irregular, que se repite a diferentes escalas.
dibujando soles en la espalda amiga he pensado he
girado sobre nuestros cuerpos has sido la mejor versión
posible has querido siempre y evitado cuando si mañana
siempre llueve solo perderás el alba pero si mañana no
estás sano hoy eres del vencido solo una costilla mas
En las partes del poemario podemos ver que a veces utiliza la cursiva (cuando escribe con mayúsculas y signos de puntuación) y otras veces utiliza la redondita (cuando escribe sin mayúsculas ni signos).Los poemas forman la imagen de un espejo desencajado hecho de palabras cuyo significado depende del contexto en el que se encuentren. Un poemario que tardó, en palabras de Sergio Espinosa tres años en ser escrito y cuatro en ser corregido.
A lo largo de las páginas del libro, las palabras van goteando poco a poco hasta ir cayendo a raudales hacia el final del poemario. Pasa de un verso en la primera página* a trece en la última.
vives en este mundo y nadie ve a través de la niebla
Poemas en los que se nota que el poeta necesita crear sus mundos propios, en los que la persona que los lee está cercana a pesar de que el discurso no lo es. El poeta escribe para ser leído, intenta acercarse al lector huyendo de dogmas y verdades absolutas.
invoco: suturo: que quien obre el milagro también
construya el templo
Una parte sorprendente de la lectura poética y que dio una plasticidad increíble a las palabras de Sergio Espinosa fue la gestualidad de su amigo Albert, el interprete de signos. La majestuosidad del lenguaje de signos llegó en algunos momentos a superar el sonido de las palabras de los poemas recitados por Espinosa.
Si algo no me gustó de la presentación fue la exagerada utilización de un lenguaje en algunos momentos muy obtuso y rebuscado en las preguntas que llevó a situaciones cómicas cuando el poeta, una vez acabada su respuesta, se dirigiera al público y les preguntase: ¿Lo habéis entendido? Porque yo no.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?
Me dedico al mundo de la traducción desde hace unos diez años. Llegué a la actividad literaria, en primer lugar, leyendo. Más tarde, escribiendo y traduciendo a otros.
¿Cuáles fueron sus primeras lecturas poéticas y qué autores le influyeron?
Las primeras lecturas fueron probablemente las escolares: Romancero gitano de Lorca o Campos de Castilla de Machado. Ya pasados los años, la obra de Chantal Maillard ha sido transversal a mi primer libro.
¿Cómo definiría a su poesía?
Con Hacia la mudez intento presentar una poética plenamente consciente, y propongo un trabajo que desmitifique la propia palabra. Las ideas. Los mundos. Querría, luego, crear puentes.
Que entregar de lejos con la palabra
solo es desconfiar.
¿Cree que el poeta “evoluciona” en su escritura? ¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo largo de los años?
Quien escribe cambia, claro. La voz poética, por tanto, también hará propuestas diferentes. Hacia la mudez es mi primer libro, pero empecé a escribirlo hace ocho años. Diría que el mayor cambio gradual en mi lenguaje ha sido el de desconfiar de aquello que tiene muchos nombres. Trabajar más con palabras como “hombre”, “casa”. Crear imágenes a partir de ellas.
¿Cómo siente que un poema está terminado y cómo lo corrige?
Visualizo el poema como un goteo. ¿Cuándo está lleno el lago? No lo sé. ¿Debe estar lleno? La corrección la planteo de una forma metódica: el texto no debo entenderlo solo yo, debe responder a una realidad común. Debe ser necesario. Si no lo es, no sirve.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su poética?
Crear puentes. Puentes que conecten mundos. Con Hacia la mudez, me interesa cuestionar lo establecido, ponerlo en duda. Creo que hay muchas cosas que poner en duda hoy en día. Siempre.
¿Qué lugar ocupa, para un poeta como usted, las lecturas en vivo?
Los poemas deben poder leerse, cantarse. Al escribirlos, la oralidad es inherente. Las lecturas en vivo sirven para levantar al texto de la página, darle una dimensión necesaria. Recitar es indispensable.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs, etc.?
Lo digital es tan válido como lo analógico. Yo comencé escribiendo un blog en 2008 y casi diez años después he publicado un libro en papel. La virtualidad responde a una realidad diferente, sí, pero es una herramienta de difusión inmediata que ya está instalada en casi todas nuestras casas.
¿Podría recomendarnos un poema de otro autor que le haya gustado mucho?
‘Deseo de ser arquero’, de Ruth Llana. Está en su libro Tiembla (Point de lunettes, 2014)
¿Qué libro está leyendo en la actualidad?
Esta semana justamente releía Parte de nieve, de Paul Celan.
la merodeante convicción
de que esto hay que decirlo de otro modo y no
así.
Paul Celan (cita al inicio de «Hacia la mudez»)
¿Qué consejos le daría a un joven escritor/escritora que se inicia en este camino de la poesía?
Escribe, corrige, y luego vuelve a corregir.
¿Cómo ve usted actualmente la industria editorial?
Si hablamos de poesía, y si hablamos de España, creo que las propuestas de casas editoriales como La Bella Varsovia han marcado una diferencia en la industria actual. Como lo hizo DVD hace unos años.
¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hubiera hecho y no se la he hecho?
¿Quieres preguntarme algo?
Por último y fuera del cuestionario nos gustaría que se autograbase recitando un poema que usted haya escrito y sea especial por algún motivo y nos explicase el porqué para nuestro canal de Youtube. Gracias.
En el momento de cerrar la edición de este artículo, Sergio Espinosa lee un poema en el programa Página Dos de RTVE el 7 de noviembre. Le podéis escuchar en el minuto 17.
Y a vosotros, lectores, esperamos que hayáis disfrutado la entrevista y gracias por haber llegado hasta aquí.
ACTUALIZACIÓN: Sergio Espinosa estará presentando «Hacia la mudez» en Sevilla (1 DIC, Librería Casa Tomada) , Madrid (9 DIC, Arrebato Libros), Barcelona (14 DIC, Malpaso Librería) y Jerez (22 DIC, Alcázar).
Estamos viviendo tiempos revueltos en los que no solemos mirar más allá de nuestro ombligo. Por eso el poema que os transcribo me hizo ‘poemareflexionar’ y lo he querido compartir con vosotros. Es un poema, ‘Guardé silencio‘, de Martin Niemöller (1892-1984), pastor luterano alemán.
A pesar de su apoyo inicial a Hitler, a partir de 1933 fue crítico con el nazismo y constituyó un movimiento de resistencia denominado Iglesia Confesional. Fue arrestado por la Gestapo en 1937 y declarado culpable de traición, siendo confinado hasta el final de la guerra en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau. Después de la guerra, pronunció innumerables conferencias, concluyéndolas a menudo con el presente poema.
Tal y como dijo un personaje de la película Paterson de Jim Jarmusch: “la poesía traducida es como… tomar una ducha con impermeable”, por eso os dejo las dos versiones.
Hoy más que nunca hace falta leerlo y reflexionar. Aquí tenéis la versión original:
Als die Nazis die Kommunisten holten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Kommunist.
Als sie die Sozialdemokraten einsperrten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Sozialdemokrat.
Als sie die Gewerkschafter holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Gewerkschafter.
Als sie die Juden holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Jude.
Als sie mich holten,
gab es keinen mehr, der protestieren konnte.
Hoy os vamos a hablar de una iniciativa que ‘nuestra corresponsal’ en Los Angeles (EUA), Andrea Labinger, nos ha informado. Se trata de Undocupoets, o poetas sin papeles.
Undocupoets trata de promocionar el trabajo de poetas indocumentados o sin papeles y concienciar a la población de los EUA sobre las barreras estructurales con las que se encuentran en su vida diaria y entre la comunidad literaria.
En 2015, Marcelo Hernández Castillo, Javier Zamora, y Christopher Soto fundaron la Campaña Undocupoets para protestar ante el comportamiento discriminatorio de muchos concursos de poesía, que prohibían la participación a los poetas cuya situación era la de ‘sin papeles’. En la web de la revista Apogee, Undocupoets publicó una petición pública en la que solicitaba a diez entidades de renombre que patrocinaban concursos poéticos que actualizasen sus bases de participación y que eliminasen el requisito de la ciudadanía norteamericana. La campaña fue un éxito y, con la ayuda de Undocupoets, las bases de los diez concursos se cambiaron. Los fundadores de la campaña fueron premiados con el Barnes & Noble Writers for Writers Award, establecido por Poets & Writers.
La beca Undocupoets –en colaboración con Amazon Literary Partnership y la Sibling Rivalry Press Foundation, una fundación sin ánimo de lucro- concederá en 2017 dos ayudas de 500$ a poetas sin papeles para que puedan costear las tasas que cueste presentarse a concursos poéticos. Al menos una de las dos ayudas concedidas será para poetas sin papeles LGBTQ.
Si alguno de nuestros lectores se encuentra en los Estados Unidos de Norteamérica, que no pierda la oportunidad de presentarse antes del 31 de diciembre de 2017 y que nos explique su experiencia. Aquí os dejamos las bases originales.
¿Qué poeta no ha intentado definir en una u otra ocasión qué es la poesía? Más allá de la consabida respuesta de Bécquer -aquel «poesía eres tú»- nos detenemos en esta cita del poeta catalán Joan Brossa para abrir esta microsección dentro de la Revista de Poémame en la que, a partir de unos pocos versos, os invitamos a reflexionar («poemareflexionar») sobre qué es, hoy y para vosotros, la poesía.
Josep Masanés Nogués (Barcelona, 1967) es un escritor catalán residente en Menorca desde el año 2004. Es autor de la novela La vall de la matança ganador del XXIX Premio Ribera d’Ebre de narrativa, finalista del Premio Ramon Llull 2013, ganador del 25º Premio de Novela Josep Saperas organitzado per Òmnium Cultural del Vallès Oriental, con la obra Camins sense retorn. El año 2015 ganó el Premio Literario la Vall de Sòller de novela y el Premio Ciutat d’Eivissa de literatura (2015) con La putrecacció de la llum, así como el LII Premio de poesía Benet Ribas con Radiació de Fons y el Premio de Novela Ciutat de Manacor 2017 Maria Antònia Oliver.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?
Nací en Barcelona en 1967. Estudié Derecho y vivo en Menorca. Tengo publicadas cuatro novelas y un poemario. Los cinco libros son premios literarios. Ahora está a punto de salir una quinta novela, Premio Ciudad de Manacor 2017.
¿Cuáles fueron sus primeras lecturas poéticas y qué autores le influyeron?
En mi casa no había libros, de manera que mi primer libro de poesía lo compré yo. Cerca de donde vivía abrieron una papelería que duró cuatro o cinco años y allí compré por menos de cien pesetas las ‘Rimas y leyendas’ de Bécquer y un ‘Hamlet’ también por menos de cien pesetas. Los conservo ambos. El de Bécquer, destrozadito. Una edición de editorial Ebro. Creo que era en quinto de EGB. Después lo estudiamos en la escuela. Un año más tarde abrieron una biblioteca en la escuela y aquello ya fue el acabóse.
Rimas y leyendas, G.A. Bécquer (Clásicos Ebro)
¿Cómo definiría a su poesía?
2x + 2y = 0
Enmig del camp li obriren el cap i li tragueren la pedra de la bogeria i des de llavors va poder somriure a tothom mentre les babes li queien de la boca sobre els peus llagats.
En medio del campo le abrieron la cabeza y le extrajeron la piedra de la locura y desde entonces pudo sonreír a todo el mundo mientras las babas le caían de la boca sobre sus pies llagados.
¿Cree que el poeta “evoluciona” en su escritura? ¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo largo de los años?
Siempre. Cuando uno es un escritor maduro puede no parecerlo pero siempre se evoluciona. Quedarse quieto es morir.
¿Cómo siente que un poema está terminado y cómo lo corrige?
Si un poema sale bien no sueles tener que tocar mucha cosas. Si sale mal, no tiene arreglo. Conviene ir eliminando poemas y corrigiendo hasta que llega un momento que prácticamente no tocas nada.
La revolució és sorda és idiota és sicària és cruel és manipulable és violenta. La revolució mai no ho canvia tot però ho remena tot i entretant cau algú, algun cap, alguns ronyons, més aviat els meus, els teus, que no pas els del déus.
La revolución es sorda es idiota es sicaria es cruel es manipulable es violenta. La revolución nunca lo cambia todo sino que lo revuelve todo y mientras tanto alguien cae, alguna cabeza, algunos riñones, más bien los míos, los tuyos, pero no los de los dioses.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su poética?
Hacer pensar, reflexionar, mostrar aspectos que nos pasan desapercibidos, transmitir conocimiento, trasladar belleza.
¿Qué lugar ocupa, para un poeta como usted, las lecturas en vivo?
Creo que la lectura es un acto íntimo que requiere concentración, pausas y relectura. Lápiz, papel y documentación. Las lecturas en vivo son un modo de darse a conocer.
La desil.lusió del licantrop. Tancat com un vell invàlid en una institució sinistra de parets enrajolades. Fetor de fluids vitals. Fins que cansat de voler ser home, una nit de lluna plena, abandonà la vella corbata i tornà amb els de la seva raça.
La desilusión del licántropo. Encerrado como un viejo inválido en una institución siniestra de paredes alicatadas. Peste de fluidos vitales. Hasta que cansado de querer ser hombre, una noche de luna llena, abandonó la vieja corbata y volvió con los de su raza.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs etc?
Un gran avance que se dispersa por el gran numero de información de que disponemos. Poco a poco aprenderemos a organizar mejor esta información.
¿Podría recomendarnos un poema de otro autor que le haya gustado mucho?
¿Qué consejos le daría a un joven escritor/escritora que se inicia en este camino de la poesía?
Que siga su instinto y que sea valiente.
…No som més que el somni d’un déu baixet i amb els calçons caiguts i granellut i de celles fosques, roí i mesquí i amb un sentit de l’humor cruel.
…No somos más que el sueño de un dios bajito y con los pantalones caídos y lleno de granos y de cejas oscuras, ruin y mezquino y con un cruel sentido del humor.
¿Cómo ve usted actualmente la industria editorial?
Creo que el principal problema es ser visible para el lector. Como lector me cuesta mucho estar al día de las novedades. Vivo en una isla pequeña donde apenas llegan los libros de poesía. Si busco en Internet rara vez cuelgan las primeras páginas de las obras. Así es bastante difícil vender un libro.
Solipsistes incansables en un aparador, com sectaris internautes defensors de l’amo que els esclavitza. Marcs buits i violència invisible. Només ens queda la poesia.
Solipsistas incansables en un escaparate, cual sectarios internautas defensores del amo que los esclaviza. Marcos vacíos y violencia invisible. Solo nos queda la poesía.
¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hubiera hecho y no se la he hecho?
Dos reflexiones. Primera. Que las preguntas más simples y repetidas son las más difíciles de responder. Quizás porque nunca se han respondido bien. Segunda. Observo una tendencia generalizada a responder las preguntas en las entrevistas literarias con clichés. Creo que uno debería responder desde su propia experiencia y a veces coincidir con el cliché y otras veces no.
Alienats i rebutjats i aturats. S’aixequen barreres invisibles al centre i als barris alts mentre ens dutxem amb elogis de democràcia i progrés, satisfets de ser cecs, cridant la nostra tolerància mentre els guetos innombrables segueixen sense ser trepitjats. Què ens queda ara que hem assassinat la necessitat i l’hem substituït pel desig.
Alienados y rechazados y parados. Se levantan barreras invisibles en el centro y en los barrios altos mientras nos duchamos con elogios de democracia y progreso, satisfechos de ser ciegos, clamando nuestra tolerancia mientras los guetos innombrables continúan sin pisarse. Qué nos queda ahora que hemos asesinado la necesidad y la hemos substituido por el deseo.
Y a vosotros, lectores, esperamos que hayáis disfrutado la entrevista y gracias por haber llegado hasta aquí.
A lo largo de las próximas semanas vamos a publicar en Poémame una serie de artículos didácticos sobre la figura retórica más compleja: el símbolo.
En esta primera entrega, se mostrarán una serie de ideas básicas para la comprensión del concepto de símbolo en literatura, principalmente en poesía lírica. En una visión interdisciplinar, se tiene en cuenta el concepto de inconsciente colectivo de Carl G. Jung, las ideas de Ernst Cassirer y de Gilbert Durand y, en el plano literario, se focalizarán los trabajos de Estébanez Calderón y de Juan Victorio. Queremos remarcar la importancia de este recurso literario por una consecuencia, podría decirse de tipo “filosófico”, que sería el reconocimiento del individuo en la colectividad a través del símbolo.
Sin querer avanzar prematuramente, baste con vislumbrar esta finalidad, o incluso característica inevitable: el sentimiento de vínculo a una colectividad que, paradójicamente, nos hace despertar como individuos libres, ya que el conocimiento del símbolo conduce, en última instancia, a la libertad.
Definición
La propia definición del término “símbolo” ya es algo resbaladiza, porque según qué autor o qué contexto, no es unánime. Es quizá el recurso estilístico más complejo, difícil y polémico que exista. Por ello, es conveniente adentrarse en él de forma paulatina y comenzando por una idea sencilla y esencial, para lo cual, transcribo lo que Juan Victorio solía explicar en sus clases con el siguiente esquema:
1. Símil < 2. Metáfora < 3. Símbolo
A grandes rasgos, pueden diferenciarse las tres figuras en esta gradación, según su distancia al término real. En la comparación (símil) se mencionan los dos términos, el real y el imaginario, entre los cuales hay una relación (dientes como perlas). En las metáforas puras, en la relación de identidad, sólo se menciona el término imaginario (tus perlas). En el símbolo, no se menciona ni el término real ni el imaginario, sino que se presenta un término no hermético en el sentido de que no es fruto de la imaginación personal del poeta, sino que subyace en la cultura colectiva. Este término, como puede ser la paloma, la rosa o la encina, alude a algo cuyo carácter conceptual es lo que quiere transmitir el poema (o cualquier obra literaria simbólica).
Demetrio Estébanez Calderón abre la definición que da en su célebre Diccionario de términos literarios (1996: 993) con las siguientes líneas:
Símbolo. Es un signo cuya presencia evoca otra realidad sugerida o representada por él: p. e., el olivo representa en la cultura mediterránea la idea de paz; esta misma idea la sugiere la paloma en la cultura bíblica; olivo y paloma son símbolos de paz. En la Retórica clásica el símbolo es un tropo que, al igual que la metáfora, la metonimia o la alegoría, consiste en la sustitución de una palabra por otra, con la correspondiente traslación de significado.
No deja de ser una introducción muy general, porque no consiste exactamente en la sustitución de una palabra por otra; detalle que el autor acertadamente desarrolla a continuación. Sin embargo, hay una palabra clave con la que ya se vislumbra la profundidad del concepto: evoca[1]. Juan Victorio (2001: 72) utiliza un verbo de significado muy próximo, que es aludir, con una definición tan breve como precisa: “el símbolo consistiría en la relación que se establece entre la mención de un objeto y la alusión a un concepto”. Para matizarlo, aporta el siguiente ejemplo y deducciones:
Por ejemplo, piénsese en el concepto “mansedumbre” y que se necesitase que fuese representado gráficamente, visualmente. Al no tener la mansedumbre una forma, se tendría que recurrir a algo que contuviera conjuntamente dicha virtud y una forma determinada, por lo que se llegaría a “cordero”. Pero no se olvide que he dicho “mención de un objeto”, no el propio objeto, que perdería “fisicidad”, no sería ya ese animal que se puede asar y degustar, lo cual hace posible la frase “el cordero murió en la Cruz”. Así las cosas, no hay que confundir, como ocurre muy frecuentemente, el concepto símbolo con otras cosas que no son sino “señales” o “signos”[2]. Por ejemplo, la bandera no puede ser símbolo de nada, desde luego no de una patria, pues entre una tela llena de cualesquiera colores y la idea de patria sólo hay una relación arbitraria.
Por lo tanto cabe señalar que dicha alusión o evocación no puede ser de cualquier manera, según Victorio. En esto existe ya diversidad de opiniones. Estébanez Calderón apunta que para lingüistas y semiotistas como Ch. S. Peirce “el símbolo es una convención social arbitrariamente escogida para evocar un referente; al contrario del *icono, caracterizado por su similitud con dicho referente […]” (1996: 993). Por lo tanto, para Peirce, la arbitrariedad es compatible con el concepto de símbolo. No lo es para otros autores, como el mismo Saussure, que sostiene que tiene que existir “cierto vínculo analógico entre el símbolo y la realidad o idea simbolizada”, en lo que coinciden O. Ducrot y T. Todorov, quienes diferencian signo y símbolo: en el signo, “el significante y el significado mantienen una relación inmotivada […] y a la vez necesaria” (significante y significado se necesitan mutuamente en el signo), mientras que en el símbolo, “simbolizante y simbolizado presentan una relación motivada […] y no necesaria” (1996: 993). El ejemplo de la balanza es ilustrativo: es un símbolo de justicia, pero al mismo tiempo ella sola existe de por sí, sin ser símbolo de nada, de ahí la relación “no necesaria”. Igual sucede con el cordero que antes mencionamos.
Aquí surge una cuestión importante: ¿qué incluye a qué, el signo al símbolo[3], o lo contrario? Recordemos la definición de signo por Saussure: “Llamamos signo a la combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este término designa generalmente la imagen acústica sola […]. Y proponemos conservar la palabra signo para designar el conjunto, y reemplazar concepto e imagen acústica respectivamente con significado y significante”. A continuación caracteriza el signo lingüístico con sus rasgos fundamentales: uno de los cuales es el principio arbitrario del signo.
La lengua literaria emplea signos en su expresión[4], pero “no es «otra» lengua […], sino que construye sus contenidos con los materiales expresivos y contenidos propios de los signos denotativos. La lengua literaria tiene a los signos denotativos como sustancia de expresión” (Pozuelo Yvancos, 1988: 56). Hay, pues, dos tipos de signos: el denotativo, que S. Johansen (1949) así llama al signo ordinario (“caballo”), frente al connotativo, identificable con el signo estético (“corcel”), cuyo contenido es diferente al ordinario, dicho a grandes rasgos. Por tanto, puede entenderse la lengua literaria como un conjunto de signos connotativos. Sin embargo, sigue Pozuelo, “junto a los signos de la lengua, el lenguaje literario emplea también símbolos. Esta perspectiva de inclusión del símbolo como base explicativa de los instrumentos del artista en el lenguaje fue subrayada primeramente por L. Flydal (1962) y luego por L. Nieto (1977). […] Para Flydal, el principal recurso artístico del lenguaje es el empleo del signo (inmotivado y sistemático) como símbolo (motivado y analógico). Esto ocurre porque el símbolo acoge al signo […]” (Pozuelo Yvancos, 1988: 59). Vemos cómo coincide con la relación motivada expuesta por Estébanez Calderón. Ahora bien, el símbolo acoge al signo de esta manera: “[…] Para Flydal la relación [entre expresión y contenido] es simbólica (motivada) y, por tanto, se establece a través de las sustancias y sólo de las sustancias. La lengua literaria es […] el lugar donde el signo funciona como símbolo. Ello hace que exista una especial conexión –motivada– entre signo y realidad”. En cuanto a relaciones motivadas de sonidos, Valéry las llamará palabras “qui sonnent leur sens”, y en cuanto a sentido, palabras que “disent leur sens”. Flydal habla de la sugerencia de la realidad desde la sustancia[5] (Pozuelo Yvancos, 1988: 59).
Como veremos en siguientes capítulos, la presencia de elementos de la naturaleza en poesía obedece a esas motivaciones semánticas, al significado profundo de la realidad que se nos muestra.
Características del símbolo
El inconsciente colectivo
El símbolo ocupa un lugar preeminente en el lenguaje literario. El cordero o la balanza, como dice Valéry, disent leur sens, porque su realidad sugiere su sustancia, y esa sustancia, como se verá, es un sentido primigenio interior y colectivo. Continúa Estébanez Calderón:
El símbolo, en cuanto signo, evoca una realidad que trasciende el objeto simbolizante, y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y de la emoción. Por ello, en el término simbolizante no se percibe o intuye directa, ni racionalmente, el término o el concepto simbolizado; todo símbolo es «siempre un foco de indeterminaciones y entrevistas penumbras» (C. Bousoño, 1970). Tal vez por eso, el lenguaje simbólico sea un componente esencial de la expresión mítica y religiosa, y explique la coincidencia entre determinados símbolos que aparecen en religiones de ámbitos culturales diferentes, y los utilizados por los místicos y los poetas: símbolos universales como el agua, la luz, el fuego, la noche y las tinieblas, etc.
Lo que caracteriza al símbolo es su referencia al inconsciente, pero no al personal o individual, sino al inconsciente colectivo. C. G. Jung, eminente intérprete del mundo simbólico onírico, será quien más profundamente explique el “sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente […]”, el hecho de que el término simbolizante no se perciba ni directa ni racionalmente y, sobre todo, que “el lenguaje simbólico sea un componente esencial de la expresión mítica y religiosa”. Para Jung, opuesto al “pensamiento con atención dirigida” (racional, consciente, para hacer frente a la realidad) existe un pensamiento no dirigido[6], en base al cual se produce el sueño y el fantaseo, que en gran medida afectan a la creación poética[7].
La cuestión acerca de dónde provienen la inclinación y la facultad del espíritu a expresarse simbólicamente, nos condujo a distinguir entre dos formas de pensamiento: el dirigido y adaptado, y el subjetivo, motivado interiormente. La última forma de pensamiento –suponiendo que la primera no la corrija sin cesar- tiene que producir necesariamente una imagen del mundo desfigurada[8], preponderantemente subjetiva (Jung, 1998: 53).
Freud, maestro de Jung, pronto se dio cuenta de la relación del sueño con el mito[9] ya que correspondía a “residuos desfigurados de fantasías de naciones enteras, a sueños seculares de la joven humanidad”. También Rank calificaba al mito de sueño colectivo del pueblo. Hay, pues, una ramificación en torno a este “pensamiento no dirigido”, que, como prueban los mitos, tiene una abisal reminiscencia de antigüedad: 1) los sueños; 2) los mitos; y 3) la creación poética. “Lo único que nos ha sucedido es que hemos olvidado que un vínculo de indisoluble comunidad nos une con el hombre de antaño” (Jung, 1998: 29). Que los “místicos y los poetas” que dice Estébanez usen símbolos comunes, es prueba de esta teoría del inconsciente colectivo. Hay, pues, “símbolos universales” cuyo origen se ubica en lo más remoto y natural de la humanidad, del mismo modo que retrocediendo a los albores lingüísticos, por ejemplo en el indoeuropeo, hallamos elementos léxicos onomatopéyicos; algunos de los cuales sobreviven en lenguas actuales (es. río; ing. river, fr. rivière, pl. rzeka, ru. река, etc.). El mecanismo tiene un origen común, como decía Valèry: “mots qui sonnent leur sens”. La sustancia que se sugiere es lo primigenio interior y colectivo que, a menudo, se difracta sin que lleguemos a saber el concepto unívoco, pero al mismo tiempo dando resultados acertados (sobre la polisemia se hablará más adelante). Jung (1998: 102) acaba definiendo el símbolo de este modo: “El símbolo no es una alegoría ni un signo, sino la imagen de un contenido en su mayor parte trascendente a la conciencia. Lo que todavía es preciso descubrir es que esos contenidos son reales, es decir, agentes con los cuales no sólo es posible, sino incluso necesario entenderse”.
Fig. 1. Esquema básico de formación de símbolos.
Ante el paralelismo entre símbolo literario y mito, para la explicación del proceso común de creación, puede recurrirse a Ernst Cassirer, quien dedicó más esfuerzo a la filosofía de los mitos. Cassirer coincide con Jung en la existencia de “configuraciones míticas básicas” y el presupuesto de “mentalidad primitiva” compartido con Lévy-Bruhl, y se distancia al ahondar en el aspecto lingüístico, junto con Lévy-Strauss que también obraba de manera divergente: “[…] Cassirer daba la preeminencia al aspecto simbólico de la lengua, y sólo luego vendría el aspecto estructural, mientras que este orden se ve invertido por Lévy-Strauss” (Kirk, 2006: 320-321). De acuerdo con Cassirer, “el mito no es intelectual; es tautegórico, no alegórico, es decir, «la imagen no representa el objeto, es el objeto»”. Esta idea es difícil de comprender, a no ser que se oponga a lo que no es: no es metáfora, que es lo que imaginamos cuando se nos habla de imagen que representa otra (enseguida trataremos este aspecto). En el símbolo no hay referente, sino tan sólo una alusión a los rasgos definitorios de éste. La fuerza que implica la sentencia “es el objeto”, con el verbo ser, está en la identidad que garantiza. El propio Kirk tilda todo esto de exagerado porque “todo símbolo lo es de algo”; sin embargo, lo soluciona situándolo en un sistema: “el principio vital del mito es dinámico, no estático, «sólo puede describirse en términos de acción»”, y por tanto sus elementos dependen “de las relaciones dinámicas de unos con otros” (Kirk, 2006: 325). De nuevo extrapolando el mito al símbolo literario, la fontana frida, por ejemplo, cobra sentido en relación con la calor del mes de mayo, y la acción que garantiza su principio vital es siempre beber, lavarse o bañarse. Y la fuente sigue siendo una fuente, “es el objeto[10]”, hay identidad.
Diferencia con la metáfora
Como puede notarse, es fundamental la distinción entre el símbolo y la metáfora. Para no extendernos en la definición de ésta, baste con la diferencia que señala J. Victorio (2006: 38):
[El símbolo…] se mueve en el campo de la comparación y se disputa el campo con la metáfora, a la que rebasa en este punto: la metáfora es una comparación ocasional, mientras que el símbolo alude a algo esencial. Añadiría algo más: la metáfora alude a lo visual mientras que el símbolo se mueve en lo conceptual, de ahí que la primera sea siempre captable pero no el segundo, sin olvidar que en aquélla se expresa una relación evidente entre dos elementos y en éste sólo se cita uno que está encerrando a otro sin mencionarlo. En realidad, el problema que plantea el símbolo es que no es “visual” (lo visual intervendría precisamente para impedir constatar su presencia), “es decir”, que cuando se citan pájaros o ríos, o cualquier otro elemento, no hay que ver esas realidades, sino el concepto de pájaro (algo “alado”) o de río (“corriente que arrastra”).
Y también procede comparar con la alegoría[11], recurriendo a Estébanez Calderón, que a su vez, saca a colación un soneto de Unamuno (Ese buitre voraz…) estudiado por C. Bousoño: “Nótese […] que ciertos términos (“pico corvo”, p. e.) no tienen correspondencia con el plano simbolizado. Ésta es una diferencia marcada entre el símbolo y la alegoría[12]; en ésta se produce una expresa correspondencia o traducción de todos sus elementos entre el plano real y el evocado”.
Nótese cómo la primera definición del artículo de Estébanez era algo imprecisa y necesitaba una amplia concreción, que no es fácil de dar de manera sucinta. No consiste en la “sustitución de una palabra por otra”, primero porque el término simbolizante existe también como tal, y al mismo tiempo, lo simbolizado no es simplemente una “palabra”. P. Godet, en Signe et Symbole, dice que “El símbolo es una figura que vale no precisamente por sí misma, pues entonces no sería símbolo de nada, sino mediante ella misma” (Durand, 2007: 15).
Plasticidad del símbolo. La realidad en el lenguaje.
Surge una duda, en estas comparaciones, en cuanto a otro rasgo más de la naturaleza del símbolo: ¿es imagen o es palabra (expresión verbal) la realidad que esconde, lo que simboliza? J. Victorio acaba de decirnos que “no es visual”, y que eso precisamente es un problema. Para resolverlo, con toda seguridad, sitúa a la poesía por encima de la pintura, zanjando el eterno debate que tan bien versificó Juan de Jáuregui en su Diálogo de las artes (1618). Razona así Victorio (2001: 72):
Por las razones expuestas, el símbolo encuentra en el lenguaje literario la vía más apta para su expresión, mucho mejor que en la pintura (repárese en que, para representar aquel “cordero místico”, los pintores deben recurrir al surrealista procedimiento de hacer que el animal se abrace a una cruz; o que el concepto “espíritu (santo)” necesite de una paloma, adornada siempre con una corona. Y ello es debido a que la pintura es visual en primera instancia, y sólo se ve lo que “tiene cuerpo”).
A esta declaración podrían responder fervorosamente los defensores de la pintura, arte de la que casi podría decirse que es “simbólica” por naturaleza. Como es sabido, la experiencia estética de una y otra arte está interrelacionada, como ya decía en la antigüedad Simónides de Ceos (“la poesía es pintura que habla y la pintura es poesía muda”), y ante todo, Horacio (Ars poetica, vv. 361-365, ut pictura poesis…); así que una pintura dice cosas, del mismo modo que de la lectura de una poesía se desprenden imágenes. Esto último nos deja qué pensar: decía Gaspar Gutiérrez de los Ríos (1600) que “El poeta para alcançar fama, como la ganaron Homero, Virgilio y otros poetas deve en sus versos representar las cosas de manera que parezca que las estamos viendo”. Luego no puede negarse que el decorado de un poema (lo que incluiría el símbolo) ha de ser, en gran parte, visual.
Esto ocurre por la inherente plasticidad del símbolo que garantiza su naturaleza de identidad, cosa que no ocurre en la metáfora y en la alegoría. J. Victorio asimila la metáfora a lo visual: “la metáfora alude a lo visual mientras que el símbolo se mueve en lo conceptual”. La superioridad del símbolo, según Victorio, se debe a su materialización, a su esencia doble de concepto y objeto, siendo el objeto lo que vemos, e incluso que tocamos y olemos. No es lo mismo decir “labios de rosa” o “la rosa de tu amor”, que “En la fuente del rosel / lavan la niña y el doncel”, en donde nos encontramos ante un decorado visible y tangible, y la alusión al concepto estaría oculta[13], de no ser por nuestra predisposición a buscar el sentido que esconde.
Con lo visto hasta ahora, no habría mucha diferencia entre el mecanismo estético de la poesía y la pintura en clave simbólica. Lo que vemos, lo interpretamos, porque sabemos que se nos está diciendo algo. Como dice Julián Gállego (1987: 188), esta apreciación de la obra artística supone una “[…] gimnasia visual y mental, que consiste en imaginar y determinar para las ideas una proyección plástica figurativa. En muchos casos, esta imagen será el signo de un lenguaje a todos accesible. […] Tal gimnasia mental prepara los ojos y el cerebro a asociaciones muy interesantes: las que, partiendo de un aspecto cotidiano de la existencia, idealmente aislado, nos conducen a la idea abstracta […]”. De hecho, el mismo término de ‘concepto’ lo definió Gracián como “un acto del entendimiento que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos”, y aquí se advierte el doble funcionamiento del mecanismo: de la idea a la imagen y de la imagen a la idea (Gállego, 1987: 189). El mismo estudioso de arte define ‘símbolo’ de una manera también muy simple y acertada: “Entendemos por símbolo una figura o imagen empleada como signo de una cosa, siempre que señalemos que esta cosa es, en principio, abstracta: virtud, vicio, etc.” (1987: 31). Confluye esta idea con la del antropólogo y filósofo Gilbert Durand: “[…] hay casos en los que el signo debe perder su arbitrariedad teórica: cuando remite a abstracciones, en especial a cualidades espirituales o morales que es difícil presentar en «carne y hueso»” (2007: 11).
Para demarcar el resultado final de la estética conceptual creada mediante poesía y pintura, Gállego se apoya en una cita de G. Beaudoux: “Tandis que pour l’un les objets, se suffisant à eux-mêmes, portent en eux leur valeur, pour l’autre ils sont au suprème degré langage, c’est-à dire appel qui n’a de sens que par les efforts réunis de l’auteur et du lecteur” (1987: 83). Los objetos visuales, ciertamente, se bastan a sí mismos, pero tanto en uno como en otro caso, aunque en poesía sea en mayor medida, son lenguaje. Un cuadro -sobre todo si es de la época barroca[14]– por muy visual que sea, se lee[15]. Y una poesía en la que se nos materialicen imágenes de objetos en el acto de lectura, aparte de la experiencia estética que se nos figura por la contemplación de la belleza y sus sensaciones, lo que hay en última instancia es un mensaje revelado por tales imágenes, predispuestas con una intención comunicativa por el artista.
Yuri Lotman afirma que la percepción del mundo la adquirimos mediante el lenguaje, y que las obras de arte no son otra cosa que un lenguaje. Recurrimos de nuevo a C. G. Jung: “Si examinamos muy de cerca nuestro pensamiento en el momento en que estamos abocados a un razonamiento muy intenso, por ejemplo, la solución a un difícil problema, de repente advertimos que pensamos en palabras; que tan pronto como el pensamiento es muy intenso nos ponemos a hablar con nosotros mismos y aun a veces anotamos por escrito el problema […]. En consecuencia, un raciocinio muy intenso se desarrolla en forma más o menos hablada, es decir, como si se lo quisiera exponer, enseñar o convencer de él a alguien” (Jung, 1998: 35). El psicólogo logra señalar, en sus amplios estudios de interpretación onírica, la relación entre símbolo y lenguaje, tratando de comprender el modo en que pensamos. “Una acertada paradoja de Abelardo, que proféticamente expresa la limitación humana de la complicada tarea de nuestro pensar, dice: “El lenguaje es producido por el pensamiento y produce el pensamiento” (1998: 37). Y el lenguaje, en su origen, “no es otra cosa que un sistema de signos o “símbolos” que designan eventos reales o su repercusión en el alma humana[16]” (1998: 37). Cassirer también apunta: “Primariamente, el lenguaje no expresa pensamientos o ideas sino sentimientos y emociones”, y cita además “Lo que perturba y alarma al hombre –dice Epicteto-, no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas” (1994: 48).
El sustrato último del pensamiento está basado en lenguaje, y este lenguaje, del inconsciente y codificado en símbolos que expresan ideas, tiene siempre algo de emocional, como sin duda ocurre en los sueños. Este hecho, la afección al alma del elemento artístico, a través de las canalizaciones directas hacia ella que son los símbolos, puede explicarse con la obra de Hegel, Estética. Considera, para no extendernos, que el arte es superior a la naturaleza porque éste viene del alma, y por tanto va dirigido a ella.
La polisemia
De nuevo volviendo a Estébanez Calderón, nuestro guía en el hilo de esta exposición del símbolo, llegamos a otro de sus grandes rasgos, la polisemia:
El sentido e interpretación de un símbolo puede variar según las diferentes culturas, escuelas o autores. […] Dentro de la obra de un mismo autor, determinados símbolos pueden ser polisémicos: p. e., en A. Machado el agua es símbolo, alternativo, del colmar anhelos e inquietudes (por oposición a sed), de melancolía y hastío (como monótona cantora), del paso del tiempo («El río que fluye y pasa»…), del germen de la vida, del consuelo y la alegría; lo mismo ocurre con los símbolos del “mar”, “camino”, “sueño”, etc.
No cabe duda de que, con el ejemplo expuesto, el atributo de la polisemia[17] ha de ser cierto. G. Durand también anota que “El término significante, el único conocido concretamente, remite por «extensión», digámoslo así, a todo tipo de «cualidades» no representables, hasta llegar a la antinomia. Es así como el signo simbólico «fuego» aglutina los sentidos divergentes y antinómicos de «fuego purificador», «fuego sexual», «fuego demoníaco e infernal» (2007: 16). Puede que una realidad concreta sugiera sentidos diversos, y puede que el pensamiento abstracto, tan amplio, se ampare en el mismo término real -ya que la realidad es más limitada que la psique- como significante para distintos significados. Sin embargo, aunque Estébanez proponga como base de la difracción “culturas, escuelas o autores”, no habla de cierto detalle: el discurrir del tiempo y la inherente evolución del pensamiento. El aspecto diacrónico es la principal causa de la difracción sémica, al permeabilizarse de (ahora sí) escuelas, culturas, etc. Puede que esa difracción tenga un punto de partida tan remoto que sea casi imposible detectarlo. Jung (1984: 91-92) habla de “símbolos naturales” (contenidos inconscientes de la psique) y “símbolos culturales” (“verdades eternas”, religiones, imágenes colectivas). Nuestra labor consiste en ahondar en la psique humana para buscar las raíces del arte, en este caso la poesía, así que hemos de aventurar, y luego comprobar, la hipótesis de que ciertos símbolos, si se trata de los “naturales”, en su origen eran monosémicos.
El caso de Antonio Machado merece un profundo estudio aparte, pero puede mencionarse el caso del agua. Estébanez dice, en primer lugar, “colmar anhelos e inquietudes”. Si sustituimos “colmar” por “saciar”, porque la primera y más básica función del agua para todo ser vivo es saciar la sed, llegamos a su sentido primigenio y más antiguo, que es saciar lo más básico: el deseo amoroso. No hace falta discutir que Antonio se sintió más que solo, destrozado, cuando murió su joven esposa, y siempre que menciona un río o referencias a éste (“¿No ves, Leonor, los álamos del río?”), remite al anhelo amoroso. Es lo mismo que anhelan las jóvenes gallegas en las cantigas d’amigo.
Pero el agua simboliza más cosas en Machado. Dice, por ejemplo: “El agua cantaba / su copla plebeya / en los cangilones / de la noria lenta”. Claro que aquí no alude al amor ni a saciar ninguna sed, pero más que el agua, lo que se está mostrando es una rueda, la noria. Un símbolo es como un color: si se une a otro, pierde su naturaleza, hay un cambio químico, y se forma otro nuevo. La rueda es un símbolo antiquísimo, como la svástica indoeuropea, que indica todo lo cíclico de la naturaleza, como la salida y puesta del sol, el paso de las estaciones, el ciclo de la vida, etc. El ‘ciclo’, el ‘tiempo’, unidos al ‘agua’ (la cual también es cíclica, pues fluye por la tierra, se evapora, forma nubes y cae de nuevo como lluvia) dan lugar a lo que podríamos llamar “pensamiento trascendente”, un estado del espíritu de visión plena, que Machado empapa de amargura y dulzura, y que atraviesa pasado, presente y futuro. El agua en Machado, siempre que aparezca en movimiento en circuitos cerrados, arrastra consigo conceptos abstractos como el ‘espíritu o el ‘pensamiento’. Igual sucede con las fuentes (no manantiales, y no de beber, sino más bien ornamentales en las plazas): “La fuente vertía / sobre el mármol blanco su monotonía”.
Ambas interpretaciones, cronológicamente, son antiguas. Sin embargo, la “amorosa” aparece en la naturaleza virgen, como testimonian las canciones medievales, y la “psíquica” precisa de artilugios como una rueda o una fuente de mármol. También es razonable suponer que, antes que fijarnos en los ciclos del tiempo, lo que primero hacemos los humanos es saciar “instintos básicos”. En definitiva, lo que se trata de exponer aquí es que, tras el nacimiento de un símbolo monosémico y troncal, a éste se le van reproduciendo interpretaciones con el devenir del tiempo, paralelamente al incremento de la complejidad de la sociedad humana. Quizá, un día, el agua se caracterice por su elevado precio y se utilice en poesía con ese sentido; lo cual no puede excluir los significados anteriores, donde el troncal y primigenio, el de ‘saciar la sed’, va a ser siempre universal, y no particular de una época, “escuela, cultura o autor”.
Esta posible cualidad del símbolo, que podría llamarse “potencial monosemia originaria”, es conveniente tenerla en cuenta a la hora de analizar cualquier poema, pero sobre todo si es anterior al siglo XIX, momento de revolución de las ideas. En un poema de la Edad Media o del Siglo de Oro (en gran medida prolongación de ésta), siempre que aparezca un elemento de la naturaleza en un poema lírico, o épico-lírico, como ciertos romances, 1) va a ser un símbolo, y 2) ese símbolo va a tener su significado universal, el concepto al que aluda su sustancia. No se empobrece así la interpretación de una poesía, porque lo que no podemos hacer es analizar objetos artísticos radicalmente distintos, productos de distintas épocas, con el mismo patrón, dado que el estado de evolución de la sociedad humana es diferente (recuérdese el rotundo título del libro de José Mª Valverde: Vida y muerte de las ideas), y también por estar acostumbrados como estamos al análisis según la biografía del autor y el contexto histórico-social. En primer lugar, en gran parte de la poesía medieval “no había autor”, luego no sabemos nada de él; y del contexto tampoco si nos fiamos de las crónicas. No podemos analizarlo, por tanto, como a Machado, aunque éste escribiera, si fuera el caso, imitando una forma medieval, como el romance.
El hecho de atribuir lo simbólico a elementos de la naturaleza en arte medieval y aurisecular se respalda, más que nada, al conocimiento empírico-analítico[18]. No obstante dice Kant: “todo conocimiento empieza con la experiencia, pero no por eso procede todo él de la experiencia”. De este modo, al aceptar lo empírico como válido, con resultados obtenidos por deducción y lógica, queda únicamente respaldar con la elaboración de una tesis o teoría, siguiendo el método científico.
Y es que por paradójico que parezca, es muy difícil defender la idea de que en una poesía se esté diciendo algo literalmente. Tal hipótesis choca con el concepto mismo de poesía, o de creación artística, incluso en los mencionados romances fronterizos. Recordemos que han sobrevivido en la memoria popular cientos de años. ¿Podría sobrevivir así una noticia de un periódico actual, aunque estuviese en verso? Para que el arte sea arte, tiene que estar por encima (o por debajo) de la realidad directa, tangible.
Así las cosas, podemos preguntarnos, si en una poesía aparecen símbolos, por qué tienen que estar, por qué son esenciales. Con ellos se deforma la realidad, o en este caso el mensaje del texto artístico, si lo entendemos como unidad comunicativa. ¿Qué sentido tiene que se dificulte la comprensión de lo que se quiere decir? Si dos jóvenes están teniendo una relación amorosa, hay maneras de decirlo de forma explícita sin caer en lo vulgar; y sin embargo, es incomparablemente más bello decir algo como “En la fuente del rosel / lavan la niña y el doncel”.
Estébanez alude a este misterio con la hiperbólica proliferación de estudios que menciona en torno al símbolo: “El símbolo ha sido objeto de estudio en diferentes disciplinas y desde diversos puntos de vista en la investigación. Se ha realizado una hermenéutica del símbolo a partir del Psicoanálisis y la Psicocrítica (S. Freud, C. G. Jung, J. Lacan, Ch. Mauron) y se han analizado las distintas funciones que comporta: gnoseológica, develadora, comunicativa y unificadora. Se ha tratado su relación con el mito en campos como la Antropología cultural (C. Lévi-Strauss, G. Durand), la Mitología […] y la Historia de las religiones[19] (M. Eliade)”.
En las próximas semanas trataremos las cuatro grandes funciones del símbolo.
Bibliografía
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Notas
[1] “[…] se puede definir el símbolo, de acuerdo con A. Lalande, como todo signo concreto que evoca, por medio de una relación natural, algo ausente o imposible de percibir; o también, según Jung: «La mejor representación posible de una cosa relativamente desconocida, que por consiguiente no sería posible designar en primera instancia de manera más clara o más característica»”, G. Durand (2007: 13).
[2] Carl G. Jung (1984: 17) comienza su última obra, El hombre y sus símbolos, insistiendo en esta misma idea: “El hombre emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea transmitir. Su lenguaje está lleno de símbolos pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos. Algunos son meras abreviaciones o hilera de iniciales […]. Aunque éstos carecen de significado en sí mismos, adquirieron un significado reconocible mediante el uso común o una intención deliberada. Tales cosas no son símbolos. Son signos y no hacen más que denotar los objetos a los que están vinculados”.
[3] Durand, cuando cita el concepto de Sumbolon de R. Alleau, indica que “el término que significa símbolo [gr. sumbolon] implica siempre la unión de dos mitades: signo y significado” (2007: 16).
[4] “Será Mukarovsky quien más detenidamente precise el aspecto semiológico de la obra literaria, es decir, su valor de signo dentro de la sociedad, en una comunicación presentada en el Octavo Congreso Internacional de Filosofía, celebrado en Praga el año 1934. El trabajo lleva el título de L’art comme fait sémiologique (p. 250).” Entre las directrices de Mukarovsky para un estudio semiológico del arte, señalamos lo siguiente: “La obra de arte tiene un carácter de signo, no identificable con el estado de conciencia individual del autor, ni del receptor. La obra existe como “objeto estético” situado en la conciencia de toda una colectividad. El símbolo exterior de este “objeto estético” inmaterial es la obra-cosa sensible” (Domínguez Caparrós, 2009: 251).
[6] Gilbert Durand habla de “pensamiento indirecto”, base de formación del símbolo, que es “un signo eternamente separado del significado” (2007: 10).
[7] Lo fundamental del pensamiento de atención dirigida es, como dice Jung, que produce fatiga. No puede hacerse tal esfuerzo de manera prolongada. Por contra, el no dirigido no tiene ese coste. Hay que señalar que, en la creación poética, solamente la idea o el decorado son no dirigidos, mientras que la forma, la confección del poema, requiere un gran esfuerzo consciente.
[8] La desfiguración como eficaz medio de expresión es citada por José Manuel Caballero Bonald con estas palabras: “J. M. C. B. – [Sobre la necesidad de testimoniar la realidad] Eso fue en cierto momento sólo. Se trataba de testimoniarla, a veces, complicando la realidad con premeditación. La realidad directamente enfocada no interesaba. Sólo deformando la realidad se pueden poner de manifiesto los enigmas que están dentro de ella…” PAYERAS GRAU, MARÍA. Entrevista con J. M. Caballero Bonald. Tesis doctoral en la Universitat de les Illes Balears (1985).
[9] Antes que Freud y que Jung, fue Nietzsche quien se dio cuenta primero de esto: “Durmiendo y en sueños rehacemos toda la tarea de la humanidad primitiva”. “Quiero decir: así como ahora razona el hombre durante el sueño, así razonaba también la humanidad durante la vigilia […],” Jung, 1998: 48.
[10] Dice Kirk, refiriéndose a Cassirer, que un gran acierto suyo fue definir que “el pensamiento mítico [=simbólico] se distingue «tanto por su concepto de causalidad como por su concepto de objeto»” (Kirk, 2006: 325).
[11] “Según Barthes, la alegoría es un acertijo, una escritura compuesta de imágenes que el lector debe descifrar. […] La alegoría es un tipo de narración que incluye un conjunto de metáforas. Puede ser definida como una “metáfora continuada”. Así la entiende Du Marsais: La alegoría tiene mucha relación con la metáfora; no es más que una metáfora continuada. La alegoría es un discurso, en primer lugar presentado bajo un sentido propio, que parece toda otra cosa de lo que se desea hacer entender y que, sin embargo, no sirve más que de comparación para hacer inteligible otro sentido que no se expresa. La metáfora une la palabra figurada a un término propio, por ejemplo, “el fuego de tus ojos”; allí tiene un sentido propio, mientras que en la alegoría todas las palabras tienen un sentido figurado, es decir que todas las palabras de una frase o de un discurso alegórico forman, en primer lugar, un sentido literal que no es el que se desea hacer entender.
[12] Hay que tener en cuenta también lo que es una alegoría en pintura, muy diferente de la poesía: “Respecto a alegoría, digamos con Droulers que la figura alegórica designa, en el lenguaje corriente, la personificación, bajo una forma ordinariamente humana, acompañada de atributos característicos, de una virtud, de un vicio, de una tendencia o inclinación, de un ser abstracto, de un ser colectivo, de un resultado moral. […] Podemos concluir que la alegoría exige la persona humana […].” Gállego (1987: 31).
[13] Como sucede en muchos poemas de difícil comprensión que tienen dividida a la exégesis, como los romances fronterizos.
[14] A finales del siglo XVI […] toda la Naturaleza era como un libro escrito en clave, en cuyas páginas podía el erudito leer ejemplos y consejos. Gállego (1987: 37).
[15] “El cuadro se lee; todos los demás méritos de la pintura no son sino el pedestal que hace brillar más ese contenido, intelectual y visual […].” Gállego (1987: 155).
[17] Complementariamente a la polisemia se da el atributo de la redundancia en el símbolo. Del mismo modo que un significante tiene varios significados, varios significantes tienen el mismo significado. Para referirse a ‘ilusiones amorosas’ puede hablarse tanto de aves como de peces, por ejemplo. “Este doble imperialismo –del significante y del significado- en la imaginación simbólica […] constituye la «flexibilidad» del símbolo […que…] llega a inundar todo el universo sensible para manifestarse sin dejar de repetir el acto «epifánico» […]. Mediante este poder de repetir, el símbolo satisface de manera indefinida su inadecuación fundamental. Pero esta repetición no es tautológica, sino perfeccionante, merced a aproximaciones acumuladas” (G. Durand, 2007: 17).
[18] El término empírico procede de “experiencia”, έμπειρία, que a su vez deriva de έυ (en) y πεἳρα (prueba): en pruebas, es decir, ‘llevando a cabo el experimento’. Por lo tanto, los datos empíricos son los sacados de las pruebas y los errores, es decir, de la experiencia. Este método fue sobre todo aristotélico: el estagirita utilizaba la reflexión analítica y el método empírico como base de construcción del conocimiento. En este caso, la lectura simbólica dará resultados positivos en tales pruebas, pues de ese modo el poema tendrá sentido; no así con la lectura literal. Ej.: “De los álamos vengo, madre…”
[19] Las diferentes disciplinas en torno al símbolo vienen dadas por su naturaleza misteriosa: su parte arraigada en el inconsciente colectivo, y su factor “epifánico”. “La parte visible del símbolo, el «significante», siempre estará cargada del máximo de concretez, y como bien dijo Paul Ricoeur, todo símbolo auténtico posee tres dimensiones concretas: es al mismo tiempo «cósmico» (es decir, extrae de lleno su representación del mundo bien visible que nos rodea), «onírico» (es decir, se arraiga en los recuerdos, los gestos, que aparecen en nuestros sueños y que constituyen, como demostró Freud, la materia muy concreta de nuestra biografía más íntima) y por último «poético», o sea, que también recurre al lenguaje, y al lenguaje más íntimo, por lo tanto el más concreto” (G. Durand, 2007: 15-16).