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  • Zapatos azules de tacón alto, por Rosa Galdona

    Zapatos azules de tacón alto, por Rosa Galdona

    Rosa Galdona, Vicepresidenta de Acte Canarias desde febrero de 2024.

    Directora de las colecciones Taborno y Ayosa. Coordinadora del Taller literario de poesía Hiperbólica Letra», en Candelaria. Co-editora de la revista Tamasma Cultural donde lleva también la sección «Viajando por los versos».

    Rosa Isabel Galdona Pérez es natural de Güímar. Doctora en Filología, investigadora, docente y escritora. Ha impartido cursos en las universidades de Santander, La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria y Alcalá de Henares. Su tarea investigadora ha abarcado la Semántica, la Teoría literaria y la Crítica feminista aplicada a la novela. Dejó huella de ello en publicaciones como Alaluz (Universidad de Riverside) o el Anuario de la Universidad de Extremadura, entre otras.

    Su tesis doctoral, Discurso femenino en la literatura española de posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga, fue pionera en Canarias en utilizar el enfoque feminista para identificar las diferencias sociales por cuestión de género en la narrativa. Como reconocimiento, fue premiada por el Instituto Canario de la Mujer al mejor trabajo de investigación y publicada por la Universidad de La LagunaLa Real Academia de la Historia contó con ella para realizar la biografía de la escritora Elena Quiroga, incluida en el Diccionario Biográfico Español.

    Es autora de los poemarios: Algunos amaneceres deshabitados, Enllantecida Wendy, Reflexionario de mareas, Egográficas, Ablativa, La última esquina del viento, La grandeza de las simples cosas y del libro de relatos: Estampas de tinta.

    Debo reconocer que me sorprendió la invitación de Rosa Galdona para prologar su libro Zapatos azules de tacón alto. Un libro particularmente feminista que reivindica la figura de la mujer en la España del siglo XX, entre otras cuestiones. Me sorprendió porque me consta que la autora sabe de mi no posicionamiento en temas como el feminismo, pero tratándose de Rosa no pude negarme. Le debo mucho por todo su apoyo a mis proyectos culturales, pero sobre todo porque la considero una buena amiga a la que también intento apoyar en todo lo que emprenda. Así que… abrí el borrador que me había enviado y me sumergí con ojos de lectora empedernida y sin cortapisas en las palabras que tú descubrirás en un momento querido lector/a.

    Ya en las primeras líneas tenemos claro el enfoque del libro. Bajo el epígrafe ¿Por qué romper mordazas? Rosa nos impulsa a seguir leyendo para encontrar perlas literarias como esta: “El poder totalitario con el que la dictadura franquista instauró unos mitos femeninos ancestrales, visiblemente caducos y conservadores de la hegemonía masculina fue, durante años, incontestable”. O “Muchas fueron las mujeres que, de buen grado o a la fuerza, asumieron su papel de sumisión, pero muchas fueron, también, las que demostraron el coraje suficiente para romper el guion, actuando de acuerdo a los dictados de su propia razón”.

    En este capítulo nos habla de la sumisión de la mujer en la postguerra y de cómo se rebelaron aquellas que pudieron, sobre todo en el mundillo literario, en los años siguientes a la contienda que tanta sangre hermana derramó en España.

    En las siguientes páginas Rosa nos abre los ojos hablando de adolescencia, desviaciones, muerte, orfandad, confinamiento doméstico…  Sus reflexiones me hicieron volver a mi adolescencia.

    Y luego nos lleva de la mano en un paseo por los libros de las autoras que se impusieron a su época, y por las vidas de sus personajes que tan bien reflejaban la sociedad represiva que debían soportar las mujeres por entonces.

    En los capítulos siguientes, Rosa nos hace caer en la cuenta de la idiosincrasia de los distintos tipos de mujeres y sus circunstancias sociales, aunque sigue reflejándolo a través de la literatura femenina del siglo XX. Mujeres divorciadas, separadas, viudas, prostitutas, locas… Fiel reflejo de las realidades en las que tuvieron que vivir tanto las mujeres del pueblo llano como las de los altos estamentos de la sociedad.

    Cerré el archivo con dos sensaciones extrañas en mi mente. Por un lado, el agradecimiento por ese paseo por la literatura de postguerra que me permitió conocer autoras, libros y personajes que desconocía. Mis ojos de lectora empedernida hacían chiribitas ante cada descubrimiento. 

    Por otra parte, estuve largo rato reflexionando sobre mi visión del feminismo. Creo que tengo pendiente con Rosa una botella de vino y una larga charla que me acerque más a ese movimiento que con tan malas formas nos han hecho llegar los absurdos discursos de los medios de comunicación.

    De los personajes a los que Rosa hace alusión me enamoré de Frufru y su alegre y colorista locura, por lo que he decidido cerrar esta introducción a un libro, que todo el mundo debería leer, con sus propias palabras, puesto que me hicieron caer en la cuenta el porqué yo no daba mucho crédito a la necesidad de que existiera el movimiento feminista, porque yo siempre he vivido con el mismo pensamiento que Frufru: 

    “Las mujeres necesitamos libertad. Ah, sí. Necesitamos que nos dejen libres como el aire […] si yo quiero ir al pueblo voy al pueblo y si quiero un día coger la maleta y marcharme, pues me voy […] Si un día me canso de España me presento en el consulado y me voy. Ah, sí. Por eso me quedo, porque puedo irme…”.

    Ese debería ser el objetivo de cada mujer, sentirse libres de hacer y de decidir, lo demás… viene rodado. … y por eso me quedo.

  • De cuarzo y verso, de Ángeles Hdez. Cruz (Ed. Escritura entre las Nubes, 2024)

    De cuarzo y verso, de Ángeles Hdez. Cruz (Ed. Escritura entre las Nubes, 2024)

    Ángeles Hernández Cruz De cuarzo y verso, publicado por la editorial Escritura entre las Nubes, Colección Tigaiga de poesía de ACTE Canarias.

    “Amontono fotos de amaneceres,

    hago acopio de instantes sosegados,

    atesoro minutos de sueño

    sisados al insomnio,

    junto abrazos de aquí y allá,

    acumulo el desorden de los versos

    y guardo restos del sonido

    de mis torpes gratitudes”

    Estos versos del poemario de Angie constituyen una presentación certera de lo que nos vamos a encontrar en él: un memorial poético de resistencia al caos. Si te acercas a este libro, lector, hallarás una declaración de intenciones contumaz de que pese a todo dolor, pese a toda muerte, pese a toda tiniebla, la vida decide erguirse recta y sólida cada día. Y lo hace coleccionando fotos de amaneceres, momentos de sosiego, abrazos, fidelidades… Porque la escritora sabe que nada más útil para la existencia que el agradecimiento a la existencia misma por ser. 

    Angie es hija de emigrantes gomeros a Venezuela, aunque ha vivido en Tenerife desde que tenía tan solo 3 meses de edad. Se licenció en Filología Inglesa por la Universidad de La Laguna y dedicó más de tres décadas a enseñar inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Santa Cruz de Tenerife. La docencia es una profesión que le apasiona y que le aportó muchas satisfacciones. Confiesa ser una lectora compulsiva y que desde que era muy pequeña le ha gustado escribir, sin embargo, fue en 2019 cuando comenzó su aventura literaria, fruto de la necesidad de contar sus propias vivencias y expresar sus ideas de una manera diferente. 

    Para ello, asistió a algunos talleres de escritura y se inscribió en el Taller internacional de perfeccionamiento literario Ultraversal, donde se formó en narrativa y poesía. Es miembro de la asociación ACTE Canarias y actualmente coordina el taller de escritura de poesía Entreversos, en el que este colectivo colabora junto con el ayuntamiento de Tacoronte.

    Entre los galardones que ha recibido posee:

    • 2º premio del Certamen de poesía Cueva de Unicornios 2020 por el poema Que la montaña explote.
    • 1er premio del Certamen de poesía Cueva de Unicornios 2021 por el poema Hacia la nada.
    •  Premio Amparo Walls Hernández de novela corta 2021 por Piedra y océano. 
    •  Accésit en el Certamen de Relatos Cortos 2021 convocado por AMULL (Asociación de mayores de la Universidad de La Laguna), por el relato Un tango para Esther.

    Ha publicado colaboraciones en revistas digitales como Ultraversal, Poesía y Métrica o Tamasma cultural. Ha participado en antologías como la Segunda antología Ultraversal, los Encuentros literarios AMULL 2020 y 2021, Voces de Mar y El Canto de la Alpispa.

    En solitario tiene la novela corta Piedra y Océano, publicada por Cursiva en 2022 y que, como ya dijimos, obtuvo el primer premio de narrativa corta Amparo Walls en 2021.

    Bien, pues fruto de esa trayectoria es De cuarzo y verso, un poemario maravilloso que llena el alma de sensaciones y conmociones. Sí. Es un conjunto de palabras, lo que Angie nos regala, que nos sacude el alma desde la autencidad de los sentires que plasma:

    “Vi caer mi fe en el ser humano.

    Caía hecha metralla de tal perversidad

    que mutilaba a la esperanza

    con hoces interrogativas”

    Tremenda esta afirmación, de una contundencia que huele casi a pánico de la poeta ante el panorama vital que la desarma y le desarticula la fe.

    Queremos destacar tres aspectos diferentes en esta obra, que a su vez se complementan: la universalidad, el diálogo intraliterario y la precisión del lenguaje.

    La universalidad en los versos de Angie es evidente. Basta abrir el libro por cualquiera de sus páginas para encontrarse repetidamente uno de los grandes tópicos de la poesía de todos los tiempos: el dolor. Ese sentimiento (como el viaje o la muerte o el amor) tan humano que la literatura de todas las épocas rebosa cantos y llantos por él. Al dolor han cantado Shakespeare, Sylvia Plath, Virginia Woolf, César Vallejo, Blas de Otero… Ella también lo hace, canta al dolor de una existencia que siente hostil y ante la que alza la voz para buscarle sentido a través del lenguaje. Y lo hace de una forma tan desgarradoramente sincera que uno se siente parte de lo contado. Esa es la universalidad que quería destacar. Escuchen, si no:

    Me naufragó la vida en medio de la calma.

    Sin rayos ni tormentas,

    sin olas ni ventiscas,

    con su olor a tragedia me abordaron las rocas

    que viven en la isla del hastío.

    Y esta otra confesión:

    Me fallan las fuerzas para otra travesía,

    no caben tantas lágrimas

    en una sola casa.

    Temáticamente, pues, se puede afirmar que De cuarzo y verso es un poemario que busca la universalidad, el despliegue, el ensanche, la exhibición de un sentimiento tan humano, que creo que a todos nos es conocido: el dolor. El dolor en todas sus fases, pues de acuerdo a la estructura del poemario, aborda las sombras, la metamorfosis y la luz que llega tras las tinieblas (la propia Angie nos cita a este propósito a Jung: “nadie se ilumina fantaseando figuras de luz sino haciendo consciente su oscuridad”). Todo, como el proceso de un calvario personal y vital.  Pero es que, además, este grupo de poemas establece un diálogo literario sumamente prolijo y hasta lúdico, diría yo, con otras voces afines a su discurso. 

    Blas de Otero, Bukowsky, Pizarnik y otros portavoces universales del sufrimiento encabezan sus poemas, ¿no pensaremos que es casual, verdad? No. No lo hagamos porque pecaríamos de ingenuos. Angie busca siempre al aliado perfecto para suscribir e inscribir su sentir poético. Y no solo los cita, cuando se acerquen al libro hallarán también un juego de lo más original con Neruda. Está en el poema titulado Veinte estrellas desesperadas y un poema imposible. Léanlo, saboréenlo como un helado en agosto. Les calmará la sed de creación, porque realmente es un ejercicio metaliterario precioso.

    Por último, quiero hacer hincapié en el lenguaje utilizado en este libro. De cuarzo y verso está tallado con un vocabulario preciso a la vez que sencillo. Angie huye del artificio, de la expresión grandilocuente y de cualquier tipo de alambique verbal que distraiga al lector del mensaje de su discurso. La plasticidad del lenguaje utilizado es precisa, trabajada con delicadeza, pero fluye con una naturalidad tal, que parece casual. He ahí el valor poético. Aquel que Juan Ramón elogiaba al afirmar “no le toques más, que así es la rosa”. Esa sencillez minuciosa no está al alcance de todo el mundo, pero Angie lo hace fluir con una soltura asombrosa.

    Y no menos asombrosa es su capacidad para mezclar lo cotidiano con las imágenes más impactantes que pueda lector alguno tropezar. Pero, insisto, desde la naturalidad de un lenguaje diáfano, limpio, claro, a veces tan sincero que duele, que parece cotidiano, pero es poesía en su esencia:

    La rabia amontonada no sirvió para rasgar

    Doce capas de meses tan solo con mis manos.

    Quiero llevarte en el cuenco de las manos

    Pedacitos de furia.

    El lenguaje poético de Angie es una expresión del fondo que se plasma en una forma perfectamente equilibrada. Carente de aspavientos. Que busca la imagen perfecta en la unión original de dos palabras cualesquiera, pero concienzudamente emparejadas, en un ejercicio fiel a aquella idea lorquiana de que la poesía es la unión de dos palabras que uno no imaginaría que podrían juntarse. Esa es la premisa de este libro y la grandeza de su retórica.

    Y como tras cualquier fase de dolor y metamorfosis llega el resurgimiento. Ese que el lector espera tras cruzar tantas aguas amargas con la poeta. De cuarzo y verso verbaliza esa vuelta a la vida a través de la resistencia contumaz:

    Con la garganta llena de silencios

    (…)

    reptaré si es preciso,

    pero no seré esclava de una vida

    envuelta en el sarcasmo de ser superviviente

    con fobia a respirar.

    Y vuelve, también, a través del lenguaje, aferrada a las palabras que la ayudan a recomponeres de nuevo, como si se hubiese sentido un mecano roto y desarticulado que vuelve a erguirse con formas vivas y erectas. En otras palabras, Angie respira aire nuevo mediante la poesía:

    “hasta que llegó la poesía para enseñarme

    como alumbrar mis recodos,

    cómo elevar la frente y poner nombre

    a lo que tanto había temido pronunciar”.

    Este poemario, señores, es una pequeña joya para quienes aprecien el sentido de la vida. A través de sus páginas vemos el progreso vital de un ser fulminado por el miedo que se va rearmando muy despacio, vistiéndose con capas de esperanza de distintos colores y que acaba poniéndose en pie, flotando, incluso, y dejándonos a modo de declaración de principios este hermoso poema que cierra el libro:

    Enjambrada de arrugas

    ―huellas de sensatez

    en medio del desorden―,

    aquí sigues abierta 

    a dar y a recibir, 

    a ser arma y refugio,

    con ganas de mancharte una vez más

    con la tinta emoliente de unos versos.

    Acérquense a estos versos, amados lectores. Les esponjará el alma.

  • EL VIAJE EN POESÍA

    EL VIAJE EN POESÍA

    Ítaca

    Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,

    pide que tu camino sea largo,

    rico en experiencias, en conocimiento.

    A Lestrígones y a Cíclopes o al airado

    Poseidón nunca temas:

    no hallarás tales seres en tu ruta

    si alto es tu pensamiento y limpia la emoción

    de tu espíritu y tu cuerpo.

    A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón

    hallarás nunca

    si no los llevas dentro de tu alma,

    si no es tu alma quien los pone ante ti.

    Pide que tu camino sea largo,

    que numerosas sean las mañanas de verano

    en que con placer felizmente arribes

    a bahías nunca vistas.

    Ten siempre a Ítaca en la memoria.

    Llegar allí es tu meta,

    mas no apresures el viaje,

    mejor que se extienda largos años,

    y en tu vejez arribes a la isla

    con cuanto hayas ganado en el camino,

    sin esperar que Ítaca te enriquezca.

    Ítaca te regaló un hermoso viaje,

    sin ella el camino no hubieras emprendido,

    mas ninguna otra cosa puede darte.

    Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.

    Rico en saber y en vida como has vuelto

    comprenderás ya que significan la Ítacas.

    Konstantin Kavafis

    Cualquier página dedicada al viaje en poesía debe volver los ojos a Cavafis. No puede ser de otra manera. Porque si alguien ha hecho de las ítacas, de las metas vitales una metáfora insoslayable, es el poeta griego. Este poema es, acaso, el paradigma literario del viaje en poesía contemporánea. Como lo fue la Odisea de Homero en la Antigüedad (y en quien se inspira Kavafis). El viaje, el camino por andar, el horizonte por alcanzar es sinónimo de vida. Por tanto, esa búsqueda de Ítaca hemos de esperarla longeva y próspera, porque lo importante es la duración y la intensidad, no la llegada. Las metas que nos marcamos en la vida han de quemarse lentamente, dejándonos impregnar por el aprendizaje de cada uno de nuestros pasos nos da. Habrá cíclopes y miedos en nuestra andadura, por supuesto, pero un alma íntegra y perseverante sabrá mantener el rumbo y el aprendizaje permanente.

    Para tener una perspectiva razonablemente clara sobre el viaje en poesía, hemos de remontarnos al Poema de Gilgamesh, (2000 a.C.), de autor anónimo, considerado el primer escrito que habla de la fundación e historia de Uruk. Uruk es considerada la primera ciudad construida sobre la faz de la Tierra, nacida hacia el 3.500 a.C aproximadamente en Mesopotamia, en el sur de lo que hoy sería la actual Irak. Cuenta la leyenda que fue la ciudad del héroe Gilgamesh, cuya epopeya es la historia escrita y datada más antigua del mundo, descubierta en 1853 y compuesta por doce tablillas de arcilla. La epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de un rey tiránico al que los dioses envían un enemigo (Enkido), convertido luego en amigo y fallecido después. A la muerte de Enkidu, Gilgamesh viaja errante buscando la inmortalidad.

    La ya mencionada Odisea de Homero (Siglo VIII a.C.) narra el viaje de regreso a casa de Ulises después de la Guerra de Troya, para reclamar su trono. Este poema está estructurado en 24 cantos y se suele dividir en tres partes: la telemaquia, el regreso de Odiseo y la venganza de Odiseo. Según sabemos, La odisea, así como la Ilíada (también de Homero), eran parte de la tradición oral antigua, y eran cantadas de pueblo en pueblo por los rapsodas, hasta que en el siglo VI a. de C., Pisístrato, gobernador de Atenas, decidió recopilar los poemas homéricos. A partir de este momento, quedaron fijados como registro escrito. La historia narrada comienza cuando finaliza la guerra de Troya, narrada en la Ilíada, hasta el momento en que finalmente Ulises (Odiseo) vuelve a su hogar, muchos años después, y tras un cuento enfrentamiento con los usurpadores de su trono y pretendientes a la fuerza de su esposa, se alza con la victoria:

    Todos los pretendientes murieron, y el suelo del salón de trono se llenó de cadáveres. Todo era un mar de sangre.
    Y Ulises pudo reinar finalmente en Ítaca, con su mujer Penélope y su hijo Telémaco.
    Y aquí acaba la historia de La Odisea, de Homero.

    En el siglo IV d.C.) aparece la primera narradora, Egeria, una mujer cristiana cuyo diario de viaje, conocido como el Itinerarium Egeriae, describe su peregrinación desde Galicia a Tierra Santa. La obra es un conjunto de textos en latín escritos. Como libro de viajes, es una fuente importante para conocer la situación en ese momento de las zonas recorridas, puesto que la autora va contando las costumbres, creencias populares o rituales religiosos de los lugares por los que va pasando. Está escrito en primera persona en el latín coloquial o vulgar utilizado en la vida cotidiana. Es, en definitiva, una crónica humana en la que la autora expresa sus sentimientos ante cada situación que vive en el camino y lo dirige a un grupo de mujeres mencionadas con la expresión «dominae sorores», fórmula común para referirse a amigas y compañeras.

    Pero como muy bien se ve en el caso de Egeria, los viajes parecen prestarse más a ensayo, diario o relato que a poema. En la Edad Media fue un eje vertebrador de la literatura de viajes la obra de Marco Polo y su Libro de las maravillas del mundo. Pero seguimos en el terreno de la prosa.

    El tema del viaje también está presente en los relatos de conquista como el Poema de Mio Cid (hacia 1200), cantar de gesta anónimo que relata las heroicas hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, el caballero castellano que hace de su viaje de destierro un camino de conquistas desde Burgos hasta Valencia. También aparece el viaje vinculado a obras del Romancero de aventuras o al Mester de Clerecía (Milagros de Nuestra Señora, de Berceo).

    Ya en el Renacimiento, tenemos en Portugal a Luis Vaz de Camoes (1524-1580), cuya obra Os Lusiadas se constituye como un poema épico dividido en diez cantos en el que narra el viaje de Vasco de Gama a la India. Si Camoes se inspiró en La Eneida de Virgilio y en modelos más cercanos a su época, como el Orlando furioso, de Ariosto, su genialidad estuvo en narrar sucesos de la historia contemporánea de su patria. Él mismo había sido viajero a la India, náufrago y combatiente, y supo ver que los asuntos para la épica no había que buscarlos en sucesos lejanos y legendarios, sino en los viajes de los marineros portugueses, que él había vivido:

    Las áncoras tenaces van levando,

    Con la grita nautil acostumbrada:

    De la proa las velas solo dando,

    A enfilar van la barra, de bordada.

    Alas la bella Ericina, que guardando

    Iba siempre á su gente denodada,

    Viendo la gran celada, tan secreta,

    Del cielo al mar se lanza, cual saeta.

    Si te has adentrado aunque sea un poco en la poesía japonesa, es muy probable que conozcas este poema escrito por Matsuo Bashō 松尾芭蕉 

    A finales del s.XVII, es destacable la figura de Basho, considerado por muchos como «El poeta de Japón». Matsuo Bashō vivió en el siglo XVII y es, probablemente, el poeta japonés mejor conocido en occidente. Hijo de un samurái de bajo rango, nació cerca de Ueno y algunos biógrafos cuentan que fue cocinero de profesión. Ya desde joven cultivó la poesía y a lo largo de su vida adquirió una fama notable. Su obra incluye diversos géneros poéticos pero sus haikus son las composiciones más conocidas.

    Fue reconocido como uno de los mejores poetas de su tiempo y en sus peregrinajes, los aspirantes a poeta lo seguían ahí donde fuera y la gente lo invitaba a su casa para darle un lugar donde comer y reposar de sus largas caminatas por los pueblos. Matsuo Basho era un hombre de viaje ya que hizo varios peregrinajes largos en una época en la que el medio más común era caminar y había todo tipo de peligros en los caminos. A veces pasaba un año o más fuera de su casa y casi siempre estaba acompañado por estudiantes o gente local que lo acogía en sus casas. A Basho le gustaba ir a lugares y ver todo en detalle: vistas panorámicas famosas en la temporada adecuada como los cerezos en flor o la luna llena, templos, sitios históricos y dondequiera que iba, escribía. Escribía haiku y renga para inmortalizar esos lugares visitados:

    De los cerezos en flor

    al pino de dos troncos:

    tres meses.

    Si he de morir

    en el camino,

    que sea entre los campos de trébol.

    Al despedirme,

    escribí algo en el abanico,

    pero lo borré.

    En la montaña de verano,

    adoro las sandalias divinas;

    viaje a la vista.

    Entre las olas:

    acá, los pétalos,

    allá, las conchas.

    Los viajeros de la Ilustración siguieron rendidos a la prosa, la prosa de viajes. Alexander von Humboldt (1799-1804), recorrió más de 2000 destinos entre América, Europa y Asia. En el siglo XVIII se pudo de moda entre los nobles viajar, sobre todo por Europa.

     Charles Darwin (1831-1836) viajó en el s. XIX para obtener datos de la flora y fauna de varios lugares del mundo (especialmente de las Galápagos), lo que lo llevó a desarrollar la teoría de la Evolución. En el siglo XVII y principios del XVIII, los aristócratas ingleses y alemanes, entre otros, se dedicaron a viajar por el continente en lo que denominaron El Grand Tour. La visita obligada era París, por su carácter cosmopolita, pero se visitaba también otras ciudades de Europa, como Roma, Berlín o Londres. El motivo era didáctico, la curiosidad o el aprendizaje y se tomó la costumbre de regresar portando recuerdos o souvenirs del lugar visitado. Por ello llegaron a ser conocidos como «turistas” o “invasores”, personas desocupadas que visitaban por el mero hecho de merodear o estudiar y lo que se esperaba de ellos era que acabaran marchándose.

    Tendría que llegar el Modernismo del cambio de siglo para volver a ver la poesía tomar protagonismo. Escuchemos al nicaragüense Rubén Darío:

    El cantor va por todo el mundo

    sonriente o meditabundo.

    El cantor va sobre la tierra

    en blanca paz o en roja guerra.

    Sobre el lomo del elefante

    por la enorme India alucinante.

    En palanquín y en seda fina

    por el corazón de la China;

    en automóvil en Lutecia;

    en negra góndola en Venecia;

    sobre las pampas y los llanos

    en los potros americanos;

    por el río va en la canoa,

    o se le ve sobre la proa

    de un steamer sobre el vasto mar,

    o en un vagón de sleeping-car.

    El dromedario del desierto,

    barco vivo, le lleva a un puerto.

    Sobre el raudo trineo trepa

    en la blancura de la estepa.

    O en el silencio de cristal

    que ama la aurora boreal.

    El cantor va a pie por los prados,

    entre las siembras y ganados.

    Y entra en su Londres en el tren,

    y en asno a su Jerusalén.

    Con estafetas y con malas,

    va el cantor por la humanidad.

    En canto vuela, con sus alas:

    Armonía y Eternidad.

    Después del Modernismo llegó la voz de Machado pidiendo la palabra para perfilar su concepto del viaje como camino de venturas, sorpresas y desventuras. El autor de “caminante, no hay camino”, escribe así a un trayecto placentero en el soneto “Verás la maravilla del camino”:

    Verás la maravilla del camino,

    camino de soñada Compostela

    -¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,

    en un llano, entre chopos de candela.

         Otoño con dos ríos ha dorado

    el cerco del gigante centinela

    de piedra y luz, prodigio torreado

    que en el azul sin mancha se modela.

         Verás en la llanura una jauría

    de agudos galgos y un señor de caza,

    cabalgando a lejana serranía,

         vano fantasma de una vieja raza.

    Debes entrar cuando en la tarde fría

    brille un balcón en la desierta plaza.

    También nos llegó el verso de Gloria Fuertes, para mostrarnos que el viaje de la vida es un frenesí irrenunciable, aunque sea cansado:

    La Tierra como león enjaulado
    da vueltas alrededor del Sol
    con su cadena de hombres.

    Desde que hemos nacido viajamos
    a ciento doce mil kilómetros por hora.
    La Tierra no se para
    y sigue dando vueltas,
    por eso hay tanto viento,
    por eso siempre hay olas,
    por eso envejecemos tan deprisa,
    por eso estamos locos,
    porque toda la vida haciendo un viaje sin llegada
    cansa mucho los nervios.

    Álvaro Mutis, en cambio, concibe el viaje como algo entre el desasosiego y la incertidumbre:

    Desde la plataforma del último vagón

    has venido absorta en la huida del paisaje.

    Si al pasar por una avenida de eucaliptos

    advertiste cómo el tren parecía entrar

    en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;

    si llevas una blusa que abriste

    a causa del calor,

    dejando una parte de tus pechos descubierta;

    si el tren ha ido descendiendo

    hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda

    detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,

    que denuncia su extrema quietud

    y la inutilidad de su presencia;

    si sueñas en la estación final

    como un gran recinto de cristales opacos

    en donde los ruidos tienen

    el eco desvelado de las clínicas;

    si has arrojado a lo largo de la vía

    la piel marchita de frutos de alba pulpa;

    si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto

    la huella de una humedad fugaz

    lamida por los gusanos de la luz;

    si el viaje persiste por días y semanas,

    si nadie te habla y, adentro,

    en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos,

    te llaman por todos los nombres de la tierra,

    si es así,

    no habré esperado en vano

    en el breve dintel del cloroformo

    y entraré amparado por una cierta esperanza.

    Viajar es calzarse los zapatos de la vida y echar a andar. En pos del horizonte que sea que nos aguarda. El que forjemos. O el que nos impongan. O el que llegue, sin más. Nacer es comprar un billete de barco y zarpar. Y el viaje siempre vale la pena:

    Yo siento el viaje como un mapa.

    Un mapa que me embarga,

    lleno de cordilleras,

    de veredas como serpientes,

    de lagos como medallas de turquesa,

    de pueblitos como universos,

    y de otros átomos humildes y osados como yo.

    Yo siento el viaje como el propósito mismo de la vida.

    Viaje como la vida misma.

    Sí.

    Yo soy el viaje.

    Desde el útero hasta el polvo

    mortuorio.

    Siento el viaje como una travesía 

    donde uno es espectador

    y actor,

    y escenario,

    y aplauso

    y diálogo.

    Porque me contemplo en el espejo

    del ascensor que me baja a la calle y veo

    un guion lleno de risas y llantos,

    de asfaltos transitados y aldeas ignotas.

    De zapatos humillados por el pedregal del camino

    y de piernas bautizadas con el esplendor

    de la aurora boreal.

    Somos un escenario en ruta.

    Un funambulista empedernido

    que estaciona su inquietud

    en áreas de descanso.

    Somos un nómada en los andenes

    de la existencia.

    Porque el viaje es la vida misma

    y, nosotros, los errabundos.

  • POESÍA COMO BÚSQUEDA DEL YO

    POESÍA COMO BÚSQUEDA DEL YO

    Me busco y no me encuentro.
    Rondo por las oscuras paredes de mí misma,
    interrogo al silencio y a este torpe vacío
    y no acierto en el eco de mis incertidumbres.
    No me encuentro a mí misma
    y ahora voy como dormida a las tinieblas,
    tanteando la noche de todas las esquinas,
    y no pude ser tierra, ni esencia, ni armonía,
    que son fruto, sonido, creación, universo.
    No este desalentado y lento desganarse
    que convierte en preguntas todo cuanto es herida.
    Y rondo por las sordas paredes de mí misma
    esperando el momento de descubrir mi sombra.

    Sirvan estas palabras de Josefina de la Torre para afirmar que escribir es siempre un ejercicio para la intimidad. Y escribir poesía, aún más. Cuando la pluma dejar salir un poema, lo que brota es un sentimiento tan personal, tan incuestionablemente propio y exclusivo, que lo que ahí emerge es alma en gotas. Nada como un poema para ayudar al ser humano a expresar lo que le apasiona o le atribula. Nada. 

    A través de la poesía, la persona es capaz de bucear por sus adentros y hallar rincones tan personales y recónditos que, de otra manera, quedarían acaso enterrados. El yo, no obstante, ha experimentado a lo largo de la historia de la literatura una evolución vinculada al propio pensamiento de cada época. Abarcando todo aquello que relacionamos habitualmente con lo íntimo, (espiritualidad, recogimiento, ensimismamiento, conciencia…) podemos constatar una enorme evolución del concepto de lo íntimo. 

    Así, verificamos que en la época clásica no existe lo íntimo como sustantivo, sino sólo como adjetivo, para indicar una cualidad que se aplica a objetos tanto materiales como inmateriales. Son muchos los críticos que consideran que la tradición literaria occidental comenzó con Homero, quien con sus obras Ilíada y Odisea, marcó de forma duradera el canon literario con sus descripciones y manejo de temáticas como la guerra y paz, honra y deshonra, amor y odio. Sin embargo, el tratamiento del yo no había cuajado aún. Habría de llegar Safo para dar forma a la poesía lírica centrada en el yo como género.  Más tarde, San Agustín fue de los primeros autores en usar de forma sustantiva un vocablo análogo a “interioridad”, a esa “zona espiritual, íntima y reservada de una persona”, que apunta a “lo más particular de los pensamientos, afectos y asuntos interiores”. 

    San Agustín fue retomado por Descartes en su idea de volverse hacia dentro, afincando la interioridad inmaterial en la mente o el alma. Pero sin duda, uno de los intentos más lúcidos por escribir una historia de la poesía desde la inscripción del yo íntimo es el del poeta y ensayista español Luis García Montero, autor de El sexto día, quien sostiene que “la historia de la poesía es terreno privilegiado para plantearse una interpretación de la intimidad, una búsqueda no sólo de lo que han sido los hombres y las mujeres, sino de cómo se han pensado a ellos mismos, en qué yo han justificado esos valores tan esenciales y objetivos que parecen no necesitar una justificación”.

    El yo que busca Teresa de Ávila, por ejemplo, posee aureolas de fe: 

    Alma, buscarte has en Mí,
    y a Mí buscarme has en ti.

    De tal suerte pudo amor,
    alma, en mí te retratar,

    que ningún sabio pintor
    supiera con tal primor
    tal imagen estampar.

    Fuiste por amor criada
    hermosa, bella, y así
    en mis entrañas pintada,
    si te perdieres, mi amada,
    Alma, buscarte has en Mí.

    Que yo sé que te hallarás
    en mi pecho retratada,
    y tan al vivo sacada,
    que si te ves te holgarás,
    viéndote tan bien pintada.

    Y si acaso no supieres
    dónde me hallarás a Mí,
    No andes de aquí para allí,
    sino, si hallarme quisieres,
    a Mí buscarme has en ti.

    Porque tú eres mi aposento,
    eres mi casa y morada,
    y así llamo en cualquier tiempo,
    si hallo en tu pensamiento
    estar la puerta cerrada.

    Fuera de ti no hay buscarme,
    porque para hallarme a Mí,
    bastará solo llamarme,
    que a ti iré sin tardarme
    y a Mí buscarme has en ti.

    El yo de Lope de Vega es, por su lado, una lucha interna contra el fin:

    Ir y quedarse, y con quedar partirse,
    partir sin alma, y ir con alma ajena,

    oír la dulce voz de una sirena
    y no poder del árbol desasirse;

    arder como la vela y consumirse,
    haciendo torres sobre tierna arena;
    caer de un cielo, y ser demonio en pena,
    y de serlo jamás arrepentirse;

    hablar entre las mudas soledades,
    pedir prestada sobre fe paciencia,
    y lo que es temporal llamar eterno;

    creer sospechas y negar verdades,
    es lo que llaman en el mundo ausencia,
    fuego en el alma, y en la vida infierno.

    En Borges es remordimiento:

    He cometido el peor de los pecados
    que un hombre puede cometer. No he sido
    feliz. Que los glaciares del olvido
    me arrastren y me pierdan, despiadados.

    Mis padres me engendraron para el juego
    arriesgado y hermoso de la vida,
    para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
    Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

    no fue su joven voluntad. Mi mente
    se aplicó a las simétricas porfías
    del arte, que entreteje naderías.

    Me legaron valor. No fui valiente.
    No me abandona. Siempre está a mi lado
    La sombra de haber sido un desdichado.

    En Juan Ramón Jiménez, mirar hacia adentro es hallar desesperanza:

    (…)

    Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,
    pleno de su sentir alto y profundo,
    el ancho surco del terruño tierno,
    a ver si con partirlo y con sembrarlo,

    la primavera le mostraba al mundo
    el árbol puro del amor eterno.

    En Octavio Paz, asoma un irremediable sentimiento de lo efímero:

    Entre irse y quedarse duda el día,
    enamorado de su transparencia.

    La tarde circular es ya bahía:
    en su quieto vaivén se mece el mundo.

    Todo es visible y todo es elusivo,
    todo está cerca y todo es intocable.

    Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
    reposan a la sombra de sus nombres.

    Latir del tiempo que en mi sien repite
    la misma terca sílaba de sangre.

    La luz hace del muro indiferente
    un espectral teatro de reflejos.

    En el centro de un ojo me descubro;
    no me mira, me miro en su mirada.

    Se disipa el instante. Sin moverme,
    yo me quedo y me voy: soy una pausa.

    En Lorca, ¿cómo no?, es arrebatado grito de dolor:

    La sombra de mi alma
    huye por un ocaso de alfabetos,
    niebla de libros
    y palabras.

     ¡La sombra de mi alma!

    (…)

    En las palabras de Gioconda Belli, hallamos una resonancia a resistencia al dolor:

    Claro que no somos una pompa fúnebre,
    a pesar de todas las lágrimas tragadas
    estamos con la alegría de construir lo nuevo
    y gozamos del día, de la noche
    y hasta del cansancio
    y recogemos risa en el viento alto.

    Usamos el derecho a la alegría,
    a encontrar el amor
    en la tierra lejana
    y sentirnos dichosos
    por haber hallado compañero
    y compartir el pan, el dolor y la cama.

    (…)

    En Walt Whitman, por fin, es celebración de la existencia:

    Yo me celebro y me canto,
    y cuanto hago mío será tuyo también,
    porque no hay átomo en mí que no te pertenezca.

    Holgazaneo, e invito a mi alma.
    Holgazaneo, a mi antojo, y me paro a observar una briza de
      hierba estival

    Mi lengua, y hasta el último átomo de mi sangre, están formados
      por esta tierra, por este aire;
    nacido aquí, de padres nacidos aquí, lo mismo que sus padres, y
      lo mismo que los padres de éstos,
    yo, de treinta y siete años de edad, en perfecto estado de salud,
      empiezo ahora,
    y espero no acabar hasta la muerte.

    Dejo en suspenso credos y doctrinas;
    me aparto un trecho: los conozco bien, y no los olvidaré,
    Acojo el bien y el mal, y me permito hablar, sin preocuparme
    por los riesgos,
    naturaleza sin freno, con su energía primigenia.

    ¿Qué podemos concluir, entonces, acerca del yo en la lírica? Pues es muy sencillo: hay tanta poesía intimista como prismas existen para ver y sentir la realidad que nos circunda. El verso es el cauce para el sentimiento más específico y privativo que pueda concebirse, escribirse o declamarse. ¿Y tú… miras hacia adentro? Yo, sí:

    La mujer que se arruga conmigo se acaricia 

    ante el espejo.  

    Se conoce. Sabe que es ella la que deshilvana 

    trampas y allana 

    su propio camino.

    La persona que soy vislumbra 

    a la vieja que seré.

    Y me da tranquilidad, 

    porque trae en su cara toda la paz de los campos amarillos

    de Van Gogh.

    Así que respiro hasta lo más hondo de mis tripas. 

    Por fuera, la piel tiene la textura

    de un terreno recién arado. 

    Tendido al cielo, 

    Cielo solo en su propia compañía.

    Por dentro, la pescadora de sueños 

    y la corredora de fondo,

    la proscrita hembra de las calamidades, 

    se ha vuelto una Lucrecia Borgia inerme,

    embozada bajo el tul de las nubes y los árboles

    que le sirven de fondo. 

    Un ser humano templado que tiempla sus sueños 

    Con la suavidad de un saxo

    tocando silencio.

    La mujer en la que me estoy convirtiendo se sabe tierra. 

    Se sabe parte de un círculo próximo a cerrarse. 

    Perfecto. 

    Rotundo. 

    Se sabe beso que besa el final de una historia. 

    Y se sabe final feliz de una existencia sin beber del todo, 

    porque a veces, lo mejor del vino está en la última copa.

    ©Rosa Galdona

    El último libro que leí

    tenía páginas confusas.

    Era complejo pasar aquellas hojas

    en las que la vida y la muerte,

    el yo, el tú y el otro,

    parecían formar torbellinos

    entre letras, hiatos 

    y anomalías de existir.

    El último libro que leí

    quedó abierto en el sillón de las visitas.

    Su lectura me asustaba,

    sonaba a rebato,

    me dejaba al aire el eco sordo de mis tripas,

    de mi conciencia doblando a muerto

    por los huecos deshabitados de mi vida.

    El último libro que leí

    era mi mueca ante el espejo.

    Por eso me asustaba.

    ©Rosa Galdona
  • ‘El pino’, de José Luis Regojo (Ondina ediciones, 2023)

    ‘El pino’, de José Luis Regojo (Ondina ediciones, 2023)

    Luisa Chico, J.L.Regojo y Rosa Galdona. Presentación de ‘El pino’ en Candelaria (Tenerife)

    Cuando uno termina de leer El pino, se da cuenta, incuestionablemente, de que ha leído Literatura. ¿Por qué?, pues porque deja en el lector un regusto a pensamiento vivo y atemporal, pronunciado en un discurso que cuelga unas palabras en los ojos del lector que destilan humanidad. Decía Unamuno que “el escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Y eso sucede con El pino. Es una obra que sobrevuela todo el tiempo y de tal manera lo humano (“si no sabemos orientarnos solos, ¿por qué nos extraña ir perdidos por la vida?”, pág. 29), que atrapa a quien se acerca a sus páginas.

    El pino es “el periplo de un hombre bisiesto” (des)contando los últimos meses de docente hasta su inminente jubilación. En ese viaje narrativo y reflexivo grita contra injusticias como el machismo, la homofobia, la xenofobia, la explotación de la clase obrera, los nacionalismos empobrecedores y ciegos, la burocracia, (burda y antropófaga), la monarquía, al inmovilismo del individuo… hay tanto en El pino que parece mentira que quepa tanto contenido en 163 páginas.

    El maestro está en cada página. Está donde se cuestiona la esencia misma de su profesión con paradojas como “he dedicado una vida a pasar lista, para anotar solo el nombre de los ausentes, (pág. 98). Está donde la ironía arremete contra la Administración educativa: “¿Cómo marcará las horas extras de reuniones y correcciones? Será interesante ver cómo lo gestiona el responsable del Departamento de Educación que tuvo la idea del reloj, debe haberse entrenado a fondo para llegar a ser tan inútil.” (Pág. 34). Está también, y quizá, sobre todo, en el educador empecinado en enseñar a su alumnado a ser crítico (“gracias por hacernos pensar”, pág. 148).

    Pero eso no es todo. Además, el narrador se divierte (eso se nota) amasando su discurso entre la ternura, el humor (que se lo pregunten, si no, a Agapito), la reflexión filosófica, la pasión, la admiración por lo cotidiano o lo efímero, el amor por la sencillez o la naturaleza, y todo ello con una prosa rica y fluida que, en ocasiones, en muchas ocasiones, es poética. El narrador habla siempre en primera persona. Nos cuenta su experiencia mientras el reloj de su vida laboral acelera hacia el final. No nos importa si lo que narra es verdad o verosímil. No buscamos al José Luis biógrafo, sino al orador. Al cronista de sucesos, de miedos y de sueños y de manías y de frustraciones que nos refleja, cual espejo, la vida de cada uno de nosotros en sus palabras.

    J.L.Regojo y Rosa Galdona

    Ahí, junto al pino, observo la naturaleza y reflexiono. Hoy, por ejemplo, al ver las golondrinas primaverales revolotear, he pensado en nuestra nula capacidad de volar debido, quizá, a que siempre nos están cortando las alas, cuando no nos las cortamos nosotros mismos. (Pág. 19).

    El pino protagonista es la imagen y el trasunto de la sencillez, de la naturaleza más esencial y austera, más auténtica. Por eso propicia el pensamiento y la reflexión del hombre sentado a su abrigo. Algo pasa cuando hombre y árbol, árbol y hombre se despiden tras el último día de clase. Y eso hará al lector reflexionar sobre aquello que de verdad incumbe al ser humano:

    Cuando acabamos de leer El pino, nos quedamos con la sensación de que el narrador era nuestro amigo y de que la conversación ha terminado: hablamos de activismo político, de un Sistema todopoderoso y alienante que nos lleva al precipicio; y hemos estado de acuerdo en una visión del amor que no tiene edad, pero sí perennes aderezos eróticos que nos hacen sentir vivos. Nos hemos hecho admiradores sibaritas de los pequeños detalles de la vida, el narrador de El pino y yo (“la mejor edad es la que tengo ahora”, pág. 14). Acérquese el lector a El pino y pruebe la experiencia.

    El pino se puede conseguir en este enlace.

  • Palabra y silencio: una aproximación al rol femenino en la Historia

    Palabra y silencio: una aproximación al rol femenino en la Historia

    Un pueblo sin Historia es un pueblo con media identidad, puesto que desconoce, no sólo su origen, sino también la conformación misma de su razón social. Por ello, exaltar el pasado, venerar la Historia, es en gran medida un ejercicio de autoafirmación, mediante el que cada grupo cultural se identifica a sí mismo, como colectivo con unas raíces y un proyecto en común. Nuestra identidad más arraigada, nuestro yo más entrañablemente humano y más íntimamente apegado a la tierra, es inconcebible sin ese lazo atávico mediante el cual nos miramos y confirmamos cada día en el espejo de nuestros antepasados.

    Afirmación de tan severa contundencia no parece ofrecer razón alguna para hacernos sentir la tentación de arrebatar su mayúscula a la Historia, ni para cuestionar la validez o representatividad de esa selección de recuerdos que conforman y sostienen nuestra identidad cultural. Sin embargo, el tiempo es algo más que un simple aliado de la memoria. Con el tiempo cambian las personas y cambian las ideas, y mientras determinadas premisas afianzan su solidez, otras comienzan a ser presa de dudas o cuestionamientos…

    Es así como aprenden a convivir y combinarse, en el incesante devenir cronológico, la Memoria y el Olvido, la Presencia y la Ausencia, la Palabra y el Silencio. Es así como empieza a sustituirse la Verdad por pequeñas verdades cotidianas y como comienza a ceder terreno la Historia frente a las historias anodinas que han ido quedando relegadas en los dominios de lo nunca escrito. Pero es así, también, inmerso en esa dialéctica, como aprende el ser humano a no conformarse con un mundo de herencias (pre)establecido, y a construirse a sí mismo inmerso en una realidad en constante gestación, fruto del esfuerzo, de la inquietud y del afán de superación de cada día.

    Historia, palabra, escritura… son términos indisolublemente ligados a lo que podemos llamar Relato Oficial del Pasado. El pasado, sea reciente o remoto, es irrecuperable como tiempo real y accesible. Es imposible retener eslabón alguno de esa cadena temporal que fluye de forma imparable, y que hace de nuestra vida una sucesión de recuerdos, tejidos entre la experiencia personal y la herencia colectiva. Sin embargo, nuestra inquieta naturaleza humana nos impulsa permanentemente al conocimiento y al (re)conocimiento. Y ese impulso nos conduce a intentar recuperar un tiempo pasado sobre el que sustentar la identidad misma de nuestro ser social. Así nació, por ejemplo, la mirada feminista a la literatura: una necesidad de volver a mirar la existencia en todos sus vértices para (des)cubrir lo que quedó relegado por irrelevante o no ortodoxo, como el protagonismo de la mujer en el gran cuento del mundo.

    En la medida en que recordar nos ayuda a conocernos mejor, a mejor comprender nuestros miedos y anhelos y a hacernos un poco más humanos, en todo pueblo ha existido siempre una escrupulosa reverencia hacia su tradición. Reverenciar el pasado es conservarlo mediante su constante recreación verbal, mantenerlo vivo reafirmando aquellas claves y aquellos acontecimientos que nuestros antepasados han querido legarnos. Por eso, si ese legado pertenece a toda la Humanidad, parece a todas luces injusto que continúe, a través de los siglos, escribiendo y suscribiendo la autoridad de tan sólo una parte de ella.

    Resulta una suposición razonablemente aceptable el hecho de que los hombres no han podido forjar solos la Historia. Basta una breve reflexión sobre ello para advertir que ha sido necesaria y constante la aportación de las mujeres, como soporte estratégico en los grandes conflictos bélicos –desempeñando sus incansables roles de cocinera-concubina-enfermera del aguerrido luchador- y, por supuesto, como (re)productora de todos y cada uno de los hombres mediocres y sublimes del mundo –tarea insustituible en su trascendencia-.

    Decía Virginia Woolf, acerca de esta insoslayable pero obviada realidad, que las mujeres «[h]emos concebido y criado y lavado y enseñado, tal vez hasta los seis o siete años, los mil seiscientos veintitrés millones de seres humanos que ahora pueblan el mundo […] y eso también toma su tiempo» (1). Sin embargo, lejos de considerarse un factor históricamente decisivo, el rol femenino ha sido tradicionalmente mantenido en esa «aceptación razonable» que le impide desarrollarse más allá de lo «biológicamente natural». Ha sido mantenido «al calor del hogar» y de espaldas a los grandes acontecimientos, lejos de cuestiones sociales, políticas o jurídicas que entorpeciesen su sacrosanta función doméstica.

    Si la Historia es cosa de todos los seres humanos, es de justicia atender a la manera en que todos y cada uno de los grupos que componen nuestra especie -raciales, sexuales o culturales- han contribuido a su construcción. Sólo teniendo esto en cuenta podremos acceder al conocimiento de la Historia de la Humanidad y superar de una vez por todas ese modelo caduco de «historia universal» protagonizado y autorizado por el hombre-blanco-occidental en absoluta exclusividad.

    (1)  Virginia Woolf, Un cuarto propio, Madrid, Júcar, 1991, pág. 144.

  • EXs, 50 escalones hacia el olvido, de Luisa Chico

    EXs, 50 escalones hacia el olvido, de Luisa Chico

    En el silencio de la madrugada

    Me derramo irremediablemente.

    Estas palabras de Luisa Chico, incluidas en el poemario Exs, 50 escalones hacia el olvido representan, acaso, un paradigma del conjunto del libro; porque de silencio omnipresente, de madrugadas solitarias, de fatalidades vestidas de pérdida y de llantos derramados está impregnada hasta la médula de la última letra esta obra de Luisa. La escritora brinda en estas páginas el regalo de la conciliación desde la ausencia a los hombres que han significado algo importante en su vida. Sus palabras son un canto cadente de concordia para aquellos que escribieron pasión y vida en sus días. Y también lo son para ella misma, puesto que verbalizar su dolor, su sentir de pérdida, de engaño, de añoranza o de ocasos del corazón la eleva a un estado de bienestar que solo alcanzan los espíritus en calma.

    Leer a Luisa Chico hoy es escuchar una voz reposada que mira atrás desde el sosiego que recuerda con afecto y alguna lágrima díscola las andanzas vitales en las que el amor la hizo vibrar de pasión. No es común este ejercicio. Cantar en primera persona aquello que te ha dejado vacío o abandonado es propio solo de almas libres, libres de pensamiento, libres de acción y sobre todo libres de rencor. Hacer las paces con el pasado, por muy aciago que haya sido, puede ser una gran lección de vida y este libro nos lo ofrece danzando en una métrica a veces con olor a romance popular y otras con un verso libre y anárquico que pretende romper fondos y formas. El léxico preciso y lúcido se mueve por expresiones apelativas llenas de incertidumbre, decepción o añoranza. Es su manera de leerse a sí misma en la memoria y escribirse poniendo sin miedo el dedo en la llaga, su llaga. Y nada de esto es casual, es todo absolutamente deliberado porque lo que ella quiere es esculpir un punto y final lírico a un tramo de su trayectoria vital que se le antoja necesario cerrar. 

    Los versos de Exs, 50 escalones hacia el olvido manan serenos entre efluvios de amores pasionales (“eres el único ser que hace que mi diapasón vibre hasta el infinito y más allá”), y maguas incurables (“yo te pienso envuelta en esta tristeza en la que me dejan tus recuerdos cuando no consigo desprenderme de ellos”). Los escalones hacia el olvido que la poeta traza en estas líneas no dejan indiferente a nadie. Sus versos gritan como gargantas desgarradas que buscan por un lado el sonido del portazo a un pasado que duele y por otro el abrazo afable de un adiós sin dramas. Toda una lección de sinceridad, sentimiento a toda vela y cordialidad sin ambages la de Luisa chico en estas páginas. Una hoja de ruta envidiable para cualquiera de nosotros, una ventana abierta a la paz con ella misma y con el mundo en la que ahora podemos entrar. Pasen y lean.

    Luisa Chico, nacida en Santa Cruz de Tenerife, es una escritora, etnógrafa, folclorista y gestora cultural de largo recorrido. Fundadora de Acte Canarias (Asociación Canaria de Escritores/as) en 2018, donde ejerció como presidenta hasta el año 2020. En la actualidad es Presidenta-fundadora de Tamasma Cultural, asociación cultural y literaria canaria.

    Si vives en Gran Canaria puedes asistir a la presentación de su libro el 24 en Las Palmas y el 25 en Arucas. Más información aquí:

  • Tamasma y El canto de la alpispa: un aniversario entre letras.

    Tamasma y El canto de la alpispa: un aniversario entre letras.

    El pasado 22 de junio, en la biblioteca de Candelaria (Tenerife) se presentó al público la primera antología del grupo cultural Tamasma: El canto de la alpisma. Se trata de una compilación del trabajo de cuarenta escritores más una artista plástica que ha elaborado las imágenes de portada e interior, María Hernández. Insoslayable es el hecho de que nuestra obra ha visto la luz con la ayuda y financiación inestimables de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de la Villa de Candelaria. 

    Tamasma es una creación de Luisa Chico. Luisa, mujer desinquieta y entusiasta donde las haya, es escritora y una folclorista de valiosa trayectoria. Fue asimismo la fundadora de la Asociación de escritores ACTE Canarias, desde cuya dirección realizó una labor impresionante de impulso y visibilización de la escritura en las Islas. 

    Ya retirada de todas esas obligaciones y metida en el aislamiento de la pandemia que todos sufrimos, tuvo un día la idea de embarcarse en esta aventura de letras con un puñado de amigos y conocidos amantes de escribir por amor al arte, literalmente. Y la hazaña en principio anecdótica fue creciendo. Se fue sumando gente y Luisa como artífice le fue dando el cuerpo y la dimensión necesarios en cada momento. 

    En la actualidad, Tamasma es una suerte de tagoror metafórico. Un espacio de encuentro para la palabra en el que cada vez confluyen más voces. Y podemos decir que se desarrolla básicamente en dos vertientes: la escrita, con la revista digital que lleva su mismo nombre y que sale mensualmente con la colaboración de muchos escritores (profesionales y amateurs) y la oral. Esta última se concreta en una tertulia quincenal que nos reúne para poner en común retos de escritura que previamente nos planteamos. Tamasma es, pues, un proyecto de gentes y un precioso juego de lectura y escritura que se sustenta en el verbo, el lenguaje, el diálogo, la escucha activa, la comunicación, la colaboración… ¿hay algo que nos haga más humanos que eso?

    Tamasma ha cumplido tres años de andadura y lo celebra con El canto de la alpispa, un ejercicio conjunto de muchas personas que han ido sumando su participación. En él encontrará el lector biografías, cuentos, poemas, recetas de cocina, leyendas canarias, entrevistas o reflexiones personales… Ha sido presentada y puesta de largo en tres escenarios distintos: Biblioteca de la Zona joven de Candelaria (22 de junio pasado), sede de la Orden del Cachorro Canario de Las Palmas de Gran Canaria (19 de julio) y Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés (27 de julio), de vuelta a Tenerife. En Tamasma (y en su primera Antología) cabe todo aquello que la palabra escrita y la palabra oral sean capaces de convertir en arte, en cultura, en la voz de nuestras gentes. Quien suscribe llegó hace poco a esta familia cultural, pero desde el comienzo se ha sentido como en casa. Esto es un equipo humano extraordinario y altruista unido por el amor a la escritura. Personalmente, celebro haberlos encontrado. A ustedes les invito a que nos lean en Tamasmacultural.es. Porque las lecturas son como las almas, no hay dos iguales. Y estoy segura de que cada uno de ustedes encontrará la suya. Lo importante es disfrutar leyendo y que en cada lector Tamasma siga creciendo.