Etiqueta: soraya benitez

  • Tres poemas de Judith Teixeira: poesía en llamas

    Tres poemas de Judith Teixeira: poesía en llamas

    Los poemas de Judith Teixeira llegaron a mis manos, no por casualidad, sí por curiosidad. Conocía muy poco de las letras de poetas portuguesas y en estos versos tenía la oportunidad de perderme en las preguntas que surgen tras leerla, porque de ella, de su vida, se ignora mucho. La escasa información biográfica que encontré, sirve tan solo para hacerse una pequeña idea sobre el repudio que atrajo su persona en una época en la que era muy fácil silenciar a las mujeres. Aún así, Judith escuchaba su corazón, amaba a quien quería y escribía con ardor y sin tapujos:

    “Ilusión”

    Vienes cada madrugada

    a prenderte en mis sueños

    —¡estatua de Bizancio

    esculpida en nieve!

    Y posas tu mano 

    suave y leve

    sobre mis párpados doloridos…

    ¡Vienes desnuda, llena de gracia,

    muy brillante, iluminada!

    ¡Te veo llegar

    como una alborada

    de sol!…

    ¡Y mi cuerpo se estremece, 

    y mi alma canta,

    como un enamorado ruiseñor!

    Sobre la desnudez joven de tu cuerpo,

    dos cisnes erectos

    quedan cavilando en blancos embelesos,

    y en la seda púrpura

    de mi lecho, 

    en rubros destellos,

    nacen, mortificadas,

    ¡las orquídeas rojas

    de mis sensaciones!…

    Quemaron sus libros por resultar indecorosos, inmorales. Pocos compañeros de letras salieron en su defensa. Incluso, mi querido Pessoa, la creía una escritora minúscula, como así explicaba al andaluz Adriano del Valle en una de sus cartas. Me entristece el desprecio que recibió, aunque me consuele la valentía de una mujer que no se acobardó y persistió en sus publicaciones, volviendo a editar los poemarios, escribiendo alguna obra más. Sin embargo, me preguntó por qué desapareció un día y no volvió a saberse de ella, dónde quedaron esas ganas de contar sus emociones, sus pasiones. No he encontrado una respuesta que me sirva y especulo, porque no creo que el coraje se disipara así como así y no le faltaba sustento económico para su deseo, tampoco contactos. ¿Sería un amor el que le arrebató la voluntad de seguir?

    “Cuándo, no sé”

    Ha de llegar el día

    en que mi tristeza acabará…

    Todo termina… renace y recomienza…

    ¡Y esta tristeza ha de tener fin!

    ¡Y entonces mi alegría 

    volverá!…

    Solo temo 

    que, cuando ella regrese

    yo esté tan cansada de vivir,

    que no pueda celebrar

    este ansia enorme de vencer…

    Sí, porque la tristeza siempre deja

    un poso desolado…

    ¡Pero no! ¡Yo debo ser alegre,

    y enajenar aquí dentro

    toda la amargura del pasado!

    ¡Mas no demores

    la realidad

    de mi sueño!…

    ¡Porque hay quien muere de nostalgia

    y dolor!

    Y no sé si viviré 

    lo suficiente

    si demoras

    mucho más, ¡amor mío!

    Lo que tengo claro es que cada día es menos olvidada, como quien renace otra vez. Por fin, comienza a reconocerse su obra e incluso, tiene ya un premio de poesía con su nombre. Acallaron su voz en vida, pero ya no pueden impedir que llegue a todas partes y donde quiera que esté, estará amando fogosa y soberanamente.

    ¡Déjalo gritar!

    ¡¿Qué importa su clamor,

    si me abrasa tu mirada 

    vivísima?!…

    Atiza, amor mío, el fuego en que me exalto…

    —Envuélveme más…

    todavía más… en tu caricia;

    qu esta alegría de nuestro amor

    suavísimo,

    ¡será más fuerte y gritará más alto!

    Lecturas consultadas:

    – Judite Teixeira. Wikipedia, La enciclopedia libre. Última actualización 14/12/2020. Fecha de consulta: 8/02/2021. https://es.wikipedia.org/wiki/Judite_Teixeira

    – TEIXEIRA, JUDITH (Antología, edición bilingüe de Carlos Sanrune, 2018). Desnuda. Amistades particulares.

  • Tres poemas de Sophia de Mello: la conocida de las desconocidas.

    Tres poemas de Sophia de Mello: la conocida de las desconocidas.

    Leí una vez que Saramago decía, acerca de la relación entre nosotros y los portugueses, que España y Portugal son como dos hermanos siameses que nacieron unidos por la espalda y que jamás se han visto las caras. Tan ignorantes de la riqueza que tenemos cerca, a nivel poético, sin ir más lejos. Por eso he titulado así este artículo, porque la poesía de las mujeres sigue siendo poco conocida, más si son de un país del que poco sabemos, pero Sophia era conocida, pese a todo. Ganadora del Premio de la Crítica en 1983, del Premio Camões en 1999, del PremioReina Sofía en 2003, así como de otros tantos. Con 37 obras a sus espaldas. Activista contra la dictadura de Salazar. Amante del mar y de la cultura clásica. 

    Comprendió su realidad a través de los versos que escribía como forma de entenderse o de expresarse, porque era su manera, su herramienta para contar las cosas:

    “La forma justa”

    Sé que sería posible construir un mundo justo

    Las ciudades podrían ser claras y bañadas

    Por el canto de los espacios y de las fuentes

    El cielo el mar y la tierra están dispuestos

    A saciar nuestra hambre de lo terrestre

    La tierra donde estamos —si nadie la traiciona— ofrece-

        sería

    Cada día a cada uno la libertad y el reino:

    En la concha en la flor en el hombre y en el fruto

    Si nada adolece la propia forma es justa

    Y en todo se integra como palabra en verso

    Sé que sería posible construir la forma justa

    De una ciudad humana que fuese

    Fiel a la perfección del universo

    Por eso vuelvo a empezar sin tregua a partir de la pági-

       na en blanco

    Este es mi oficio de poeta para la reconstrucción del

       mundo

    Tampoco es que Sophia tuviera en las letras un desahogo, exteriorización de las heridas. Parece que prefería, no tanto un refugio, como un medio para continuar navegando por los días:

    “La casa de planta baja”

    Que el arte no se vuelva para ti la compensación de lo 

       que no supiste ser

    Que no sea permuta ni refugio

    Ni dejes que el poema te aplace o divida: sino que sea 

    La verdad de tu entero estar terrestre

    Entonces construirás en tu casa en la llanura costera

    A media distancia entre la montaña y el mar

    Construirás —como se dice— la casa de planta baja:

    Construirás a partir del fundamento

    Sophia creía en un mundo nuevo, otro régimen que no fuera dictadura, la esperanza que inició la Revolución de los claveles en 1974. Quizá, por eso, levantaba su poesía en busca de esa oportunidad que brindan los finales de las cosas, aunque para empezar bien, hay que hacerlo de verdad:

    “En esta hora”

    En esta hora limpia de la verdad hay que decir toda la 

       verdad

    Incluso la que es impopular en este día en que se invoca 

       al pueblo 

    Pues es necesario que el pueblo vuelva de su largo exi-

       lio 

    Y le sea propuesta una verdad completa y no una ver-

       dad a medias 

    Una verdad a medias es como habitar medio cuarto

    Ganar  medio salario

    Como tener sólo derecho

    A la mitad de la vida

    El demagogo dice de la verdad la mitad

    Y el resto juega con habilidad

    Porque piensa que el pueblo sólo piensa a medias

    Porque piensa que el pueblo ni entiende ni sabe

    La verdad no es una especialidad

    Para especializados clérigos letrados

    No basta gritar pueblo es necesario exponer

    Partir de la mirada de la mano y de la razón

    Partir de la limpidez de lo elemental

    Como quien parte del sol del mar del aire

    Como quien parte de la tierra donde están los hombres

    Para construir el canto de lo terrestre 

    —Bajo la ausente mirada silente de atención—

    Para construir la tierra de lo terrestre

    En la desnuda alegría que nos viste

    Lecturas consultadas:

    © Foto portada Wikipedia

  • Tres poemas de Mercedes de Acosta: la voz fuera de la norma.

    Tres poemas de Mercedes de Acosta: la voz fuera de la norma.

    Aquellos dorados años veinte vieron su luz. Aquella década, cien años atrás, en la que Mercedes de Acosta brilló profesional y sentimentalmente, aunque se haya dado más relevancia a esto último, a sus relaciones amorosas, transgresoras y de crónica rosa.

    Poeta neoyorquina. Poeta de ascendencia cubana y española. Poeta polifacética. Poeta de tres poemarios. Poeta de muerte pobre y sola. Poeta, al fin y al cabo. La suya fue una época de continuos cambios e innovaciones, un periodo entre guerras que sucumbió a la esperanza, y Mercedes podría ser la viva imagen de esa reforma de ideas y sensaciones, adelantada a las mentes de su tiempo, porque se mantuvo fiel a los dictámenes de su corazón pese a los inconvenientes que pudieran ocasionarle. Estudiando sus poemas, pienso que era reticente a creerse la ola de optimismo y felicidad que acompañaba al contexto que vivió, que no era de tanta la prosperidad y que había frentes abiertos que acabarían explotando en cualquier momento. Así, su poema “Pobres tontos”:

    Se acabó la guerra.

    Una vez más

    Creen que pueden bailar,

    Y restaurar el brillo del pasado,

    Y beberse en la intimidad

    El vino acaparado, prohibido.

    Y prenderse las joyas en el pecho.

    ¡Sigan bailando, pobres tontos,

    Pues no saben

    Que, marchando sobre la faz de la tierra,

    Arrasándola va otro Gran Ejército!

    Su poesía, magnífico torbellino de belleza descriptiva a mi forma de verlo, traspasa el tiempo y podría ser, perfectamente, lamento escrito por cualquiera de nosotros (con buena pluma) en uno de esos momentos de crudeza y realismo, de ruptura y aceptación de lo muerto. Lo que pasa cuando llega el cambio:

    “Cambio”

    Alguien por quien sentí una gran pasión

    duerme ahora en este cuarto con alguien más.

    Aún están mis huellas en tantas cosas

    — los libros que regalé y tocaron mis manos

    descansan en el estante,

    y cuelga frente a mi antigua cama

    una vieja foto de una tierra en que viví

    y de unas colinas

    por las que correteé—.

    Los tiempos cambian,

    pero el amor continúa  

    como un pájaro muerto

    cuyo canto, sin embargo,

    vive para siempre.

    Imposeída (como el título que utiliza Torremozas para su antología, aludiendo a uno de sus poemas), furiosa (como también la denominaría en su biografía, Robert A. Schanke), rebelde, libre. Pese a no serlo, ocupando un lugar hostil de una sociedad que no estaba, todavía, preparada para ella.

    Quiero despedirme con un último poema que despierte el interés por otros versos, que encienda los ojos de la lectora o del lector, que sirva de bocanada de aire, de ventana abierta, de esperanza… que bien nos viene y nos ilustra en este ciclo de incertidumbre y hartazgo que estamos viviendo. Que la naturaleza o que cada uno quiera, nos salve.

    “Un pájaro es como la Libertad”

    Hermosas son las banderas

    cuando se tensan y restallan al viento,

    pero yo digo que la Libertad es más hermosa

    y no como las banderas,

    que están siempre sujetas, restringidas.

    Hermosos son los árboles, las rocas, los valles,

    las montañas, las flores,

    mas no son tan hermosos como la Libertad,

    y atados están a raíces y a la tierra.

    Pero yo digo que un pájaro sí es como la Libertad

    —veloz, hermoso, leve—,

    que, al remontarse en el cielo,

    tal vez perezca en las grandes alturas,

    pero muere de su propio libre albedrío.

    Lecturas consultadas:

    – DE ACOSTA, MERCEDES (2018). Imposeída. Ediciones Torremozas.
    – Mercedes de Acosta. Wikipedia, La enciclopedia libre. Última actualización 09/11/2020. Fecha de consulta: 06/02/2021. https://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_de_Acosta– FERNÁNDEZ-SANTOS, E. 09/12/2018. Mercedes de Acosta: «aquella furiosa lesbiana». Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/12/08/actualidad/1544288210_427635.html

    © Foto portada Wikipedia

  • ¿Viajamos a Pessoa? (IV y final)

    ¿Viajamos a Pessoa? (IV y final)

    ¿Viajamos a Pessoa? (I)

    ¿Viajamos a Pessoa? (II)

    ¿Viajamos a Pessoa? (III)

    Cuarta y última entrega de los artículos dedicados a Fernando Pessoa.

     Que la muerte nos acompaña desde que nacemos (hay quien dirá que nos acecha) es algo que ignoramos a conciencia, sobre todo, cuando la juventud reina en la piel y cubre con vitalidad la mirada hacia un futuro lleno de anhelos. Entonces, parece que la vida no ha empezado, no del todo, todavía. Aunque siempre hay excepciones y Pessoa no era ajeno a la muerte, cercana e indudable. Será por eso que nos invita a vivir el momento, a través de Ricardo Reis: 

    Nada nos falta porque nada somos.

    No esperamos nada

    Y sentimos frío al sol.

    Mas tal como es, gocemos el momento,

    Solemnes en la alegría levemente,

    Y aguardando la muerte como quien la conoce.

    Para este último artículo, me he sumergido más que nunca en sus letras, buscando registro, constancia, lo que fuera que pudiera contarme cómo vivió sus últimos años un hombre entregado a la escritura, dueño de proyectos inacabados, de montones de historias atrapadas en un baúl. Todos esos folios quedaron huérfanos de obra, y algunos de ellos, se han incorporado a publicaciones póstumas; pero solo tres libros fueron publicados en vida del poeta: Antinous e 35 sonetsEnglish Poems I-II-III, en inglés; Mensagem, en portugués. Miles de papeles dejan constancia de su huella literaria y, sin embargo, poco nos queda del hombre que fue. El 30 de noviembre de 1935, a los 47 años, fallecía en el Hospital de los franceses. Se dice que una cirrosis hepática fue la causante, algo que no me extraña si tengo en cuenta su famosa amistad con el alcohol, tan estrecha que llegaba a fundirse con su existencia, como contaba Bernardo Soares: 

    Cada cual tiene su alcohol. Tengo alcohol suficiente con existir. Borracho de sentirme, vagabundeo y voy seguro. 

    Pero, volviendo a la pregunta que me hacía al inicio , ¿cómo vivió la última etapa de su vida? Porque sabemos que la relación con Ophélia Queiroz tuvo un segundo intento, nueve años después de la ruptura en 1920; pero también sabemos que fue algo efímero, abocado al fracaso desde el principio. Pessoa, solo podía estar comprometido con su obra literaria… y ni eso:

    Manufacturamos ideales. La materia prima sigue siendo la misma, pero la forma, que el arte le ha dado, la aleja de continuar siendo efectivamente la misma. Una mesa de pino es pino pero también es mesa. Nos sentamos a la mesa y no al pino. Un amor es un instinto sexual, pero no amamos con el instinto sexual, sino con la presuposición de otro sentimiento. Y esa presuposición es ya, en efecto, otro sentimiento.

    También nos dice:

    Nunca amamos a nadie. Amamos, tan solamente, a la idea que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro —en suma, a nosotros mismos— a lo que amamos. 

    Así, abrazado a la escritura, fumando sin descanso y bebiendo a la par, fue consumiendo los días este “hombre-envoltorio” de una pluralidad de poetas. Diría Sophia de Mello en uno de sus versos a Fernando Pessoa:

    Tu afanoso atreverse a no ser nadie.

    Era todos y ninguno. Dedicado a muchas cosas sin concluir nada. Mediocre y excelente. Joven y viejo. Sencillo y complejo. Un fracasado y, a la vez, un prodigio de las letras portuguesas. Raro, como él solo. He querido zambullirme en la ficción creada por Antonio Tabucchi en la que recrea cómo fueron los tres últimos días de la vida de Pessoa, partiendo de algunos datos bibliográficos. Acompañado en todo momento de sus heterónimos, el poeta reconoce: 

    …vivir mi vida ha sido vivir miles de vidas, estoy cansado, mi vela se ha consumido

    Sabía que su muerte estaba cerca y nos ayuda en un poema a resumir lo que fue:

    Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía,

    Nada sería más simple.

    Exactamente poseo dos fechas -la de mi nacimiento y

    la de mi muerte.

    Entre una y otra todos los días me

    pertenecen.

    Soy fácil de describir.

    He vivido como un loco.

    He amado a las cosas sin ningún sentimentalismo.

    Nunca tuve un deseo que no pudiera colmar, pues nunca anduve ciego.

    Incluso escuchar para mí fue nada más que un complemento del ver.

    Comprendí que las cosas son reales y totalmente diferentes una de otra:

    Lo comprendí con los ojos, jamás con el pensamiento.

    Comprenderlo con el pensamiento hubiera sido encontrarlas

    todas iguales.

    Un día me sentí dormido como un niño.

    Cerré los ojos y dormí.

    Y, a propósito, yo era el único poeta de la Naturaleza.

    Un día antes de su muerte, dicen que pidió sus gafas, papel y lápiz y escribió: I know not what tomorrow will bring (No sé lo que el mañana me traerá). 

    Un séquito de admiradores, Fernando, eso es lo que te sigue trayendo el mañana desde el día en que te fuiste.

    Lecturas consultadas:

    • Antonio Tabucchi (1994). Sueños de sueños y Los últimos días de Fernando Pessoa. Anagrama.
    • Fernando Pessoa (traducción de Ángel Campos Pámpano, 1999). Odas de Ricardo Reis. Unidad Editorial.
    • Fernando Pessoa (traducción de Juan José Álvarez Galán, 2008). Diarios. Gadir editorial S.L.
    • Fernando Pessoa (traducción de Ángel Campos Pámpano, 2013 ). Un corazón de nadie. Antología poética (1913-1935). Galaxia Gutenberg.
    • Fernando Pessoa (traducción de Perfecto E. Cuadrado, 2013). Libro del desasosiego. Acantilado.
    • Fernando Pessoa (traducción de Alejandro García, 2016). Cartas a Ophélia. Libros del zorro rojo.
    • Sophia de Mello Breyner Andresen (traducción de Ángel Campos Pámpano, 2019). Lo digo para ver. Galaxia Gutenberg.
  • Flora Alejandra Pizarnik en el recuerdo

    Flora Alejandra Pizarnik en el recuerdo

    Hace cuarenta y ocho años se apagaba, tal día como hoy, la voz de Flora Alejandra Pizarnik, pero no hemos dejado de escuchar a la poeta, si cabe, con más fuerza que antes. Hablábamos de ella en nuestra revista de Poémame, unos años atrás: 5 poemas de Alejandra Pizarnik y más tarde, con el artículo: 8 poemas de Alejandra Pizarnik. Un ave de las emociones. Hoy volvemos a cogernos de la mano de poemas y diarios, sus palabras, prosa y verso, para refrescar lo que sabemos o para servir de humilde estímulo a los que aún no la conocen.

    Nacida en la primavera de 1936, con Argentina como hogar —aunque pasara una corta etapa en París (1960-1964)—, nuestra poeta se ha convertido en un mito que ha ido creciendo con los años, con no pocas alusiones a su infancia, temores, depresión y muerte, en artículos, libros, documentos audiovisuales y demás análisis de su vida y de su obra. Aquí no pretendo dar más allá de unos cuantos brochazos que resuman, malamente, las emociones que me quedan tras leer distintos libros sobre ella.  Porque hay tantas Pizarnik que sería imposible por mi parte retratarla toda, completa. 
    Hay quienes destacan los complejos infantiles que acarreaba tras las continuas comparaciones con su hermana, las adicciones, su obsesión con el lenguaje, los altibajos emocionales, la orientación sexual, los intentos de suicidio… Yo me quedo con lo que ella decía y que cada uno interprete como le apetezca. De su diario, la tormenta rutinaria: 

    Lo de siempre. Sensación de estar pagando lo que tengo y lo que espero. Mi insomnio y mi fatiga corroboran.

    Y la necesidad de huir de sí misma: 

    La sensación inigualada de estar de más, de estar de sobra en mí, porque yo no me necesito para vivir, no me pertenezco, no sé qué hago en mí, para qué me sirvo.

    Incluso, un resquicio para la esperanza: 

    Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferro a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre.

    En sus poemas he encontrado versos maravillosos, destilando sensualidad: 

    Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los niños de la medianoche;

    pero también he vivido su miedo: 

    Sé del miedo cuando digo mi nombre. / Es el miedo, / el miedo con sombrero negro / escondiendo ratas en mi sangre, / o el miedo con labio muertos / bebiendo mis deseos.

    Y me he dormido en su tormenta: 

    Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar.

    Poseída por la poesía de Pizarnik, me quedo en La palabra del deseo:

    Esta espectral textura de la oscuridad, esta melodía en los huesos, este soplo de silencios diversos, este ir abajo por abajo, esta galería oscura, oscura, este hundirse sin hundirse.

    ¿Qué estoy haciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé que más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar.) El dolor en los huesos, el lenguaje roto a paladas, poco a poco reconstituir el diagrama de la irrealidad.

    Posesiones no tengo (esto es seguro; al fin algo seguro). Luego una melodía. Es una melodía plañidera, una luz lila, una inminencia sin destinatario. Veo la melodía. Presencia de una luz anaranjada. Sin tu mirada no voy a saber vivir, también esto es seguro. Te suscito, te resucito. Y me dijo que saliera al viento y fuera de casa en casa preguntando si estaba.

    Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

  • ¿Viajamos a Pessoa? (III)

    ¿Viajamos a Pessoa? (III)

    ¿Viajamos a Pessoa? (I)

    ¿Viajamos a Pessoa? (II)

    Y así he llegado a mi vigésimo octavo cumpleaños sin haber hecho nada en la vida: nada en la vida, nada en las letras o en mi propia individualidad. Hasta el día de hoy, he probado el fracaso hasta sus últimas consecuencias. Ah, ¿hasta cuándo tendré que seguir probándolo?

    Lo habíamos notado: Pessoa tenía el fracaso adherido al paladar. Así lo demuestran estas frases de su diario, el 13 de junio de 1916, cuando cumplía veintiocho años. Ya había nacido Orpheus, su orgullo, su revista, la que trajo revuelo y escándalo y crítica y burla y… fugacidad, porque no olvidemos que solo se publicaron dos números y el intento del tercero fue fallido. Cuando escribe esa nota en el diario, acababa de suicidarse poco tiempo atrás su mejor amigo, Sá-Carneiro. Planificaba futuras ediciones de obras que no verían la luz sino póstumamente. Comenzaba a flirtear con la astrología y tenía la rutina diaria escrita en las calles de la Baixa, de oficina en oficina, de taberna en taberna. ¿Y el amor, dónde quedaba? 

    No veremos en su imagen al típico poeta enamorado que despliega sus versos para hablar de pasión. De hecho, solo se le conoce la relación que mantuvo con Ophélia Queiroz, desde finales de 1919 a finales del 20 y nueve años después, en el verano de 1929, para durar solo unos meses. Fue un intercambio de cartas amorosas donde prima lo extravagante de sus formas. Me habría gustado tener acceso a las que escribió ella. De solo un vistazo a las firmadas por Fernando, me queda en los ojos un mundo de horarios y frases empalagosas que suenan ridículas en un hombre tan serio. Él lo sabía. De ahí el poema de Álvaro de Campos:

    Todas las cartas de amor son 

    ridículas.

    No serían cartas de amor si no fuesen 

    ridículas.

    También en mi tiempo escribí cartas de amor,

    como las demás, 

    ridículas.

    Las cartas de amor, si hay amor,

    tienen que ser 

    ridículas.

    Pero, al final,

    solo las criaturas que nunca escribieron

    cartas de amor

    son las que son

    ridículas.

    No sabemos por qué dejó a Álvaro de Campos ser protagonista de parte de la correspondencia con Ophélia. Así de complejo resultaba el poeta. Y cómo me gusta una frase de la carta que escribiera el 28 de mayo de 1920: El Destino es como una persona y deja de molestarnos si mostramos que no nos importa lo que nos haga.

    Para los románticos (o los cotillas) diré que la relación no llegó a más, según las fuentes, porque el poeta no quiso. Los motivos verdaderos no los sé. Parece que la escritura copaba su existencia, era su savia, pero también su obsesión. Por encima de todo, hasta de sí mismo. Y puede que, también, algún fragmento de una de sus cartas, nos aclare un poco más: “La mayoría de la gente […] considera que aún ama porque contrajo el hábito de sentir que ama. Si así no fuera, no habría gente feliz en el mundo. Las criaturas superiores, sin embargo, están privadas de la posibilidad de esa ilusión, porque ni pueden creer que el amor dure, ni cuando lo sienten acabado, se engañan confundiéndolo con la estima o la gratitud que él dejó”. ¿Pertenecería él a ese grupo de criaturas superiores?

    A lo largo de esos años y siguientes, participará en distintas revistas: Portugal futurista, Athena, Contemporânea, Presença… y no dejará de escribir, nunca, ni silenciará todas las voces que habitan su persona; tampoco buscará reconocimiento o fama, no era ambicioso ni codiciaba riquezas. Cuanto más lo estudio, más incógnitas surgen entorno a su silueta sombría. ¿Qué esperaba de una vida que no espera nada?

    A los veinte años yo creía en mi destino funesto, hoy conozco mi destino banal. 

    Un corazón latiendo en la literatura. Un espejismo de persona en la vida real. Puso en la boca de otros, inventados para esconderlo a él, las palabras que a diario se callaba un Pessoa reservado. 

    Hice de mí lo que no supe,

    y lo que podía haber hecho de mí no lo hice.

    Vestí un disfraz equivocado.

    De primeras me tomaron por quien no era y no lo desmentí, 

    y me perdí.

    Cuando quise quitarme la máscara

    la tenía pegada a la cara.

    Cuando me la quité y me vi en el espejo

    ya había envejecido.

    Estaba borracho, ya ni sabía llevar el disfraz que no me 

    había quitado.

    No he hablado de la bonita guia que escribió sobre la ciudad de Lisboa, ni de que su ingenio heterónimo llegó a tener nombre de mujer. Tampoco de sus manías (como escribir de pie, apoyado en una cómoda) o sus adicciones (fumaba muchísimo, a la par que bebía). Tendríamos por delante muchos viajes a Pessoa, estudiando a todos los seres que inventó y ni por esas lograríamos sabernos al poeta. ¿Cómo fueron sus últimos años de vida? ¿Cuál fue la causa de su fallecimiento? ¿Qué quedó de él entre nosotros? Intentaremos descubrirlo en el próximo y último artículo.


    Lecturas consultadas:

    • Fernando Pessoa (traducción de Alejandro García, 2016). Cartas a Ophélia. Libros del zorro rojo.
    • Fernando Pessoa (traducción de Martín López-Vega, 2015). Un disfraz equivocado. Nórdica Libros.
    • Fernando Pessoa (traducción de Juan José Álvarez Galán, 2008). Diarios. Gadir editorial S.L.
    • Fernando Pessoa (traducción de Ángel Campos Pámpano, 2013 ). Un corazón de nadie. Antología poética (1913-1935). Galaxia Gutenbert.
    • García Martín, José Luis (2002). Fernando Pessoa, sociedad ilimitada. Llibros del pexe.
  • ¿Viajamos a Pessoa? (II)

    ¿Viajamos a Pessoa? (II)

     

    El 19 de febrero viajamos por primera vez a Pessoa en este artículo. Hoy hacemos una segunda parada en nuestro viaje que no es la última.

    Escoger maneras de no actuar fue siempre la atención y el escrúpulo de mi vida.

    Esa frase entresacada del Libro del desasosiego es la carta de presentación de un poeta que vivió en la penumbra, casi invisible, sin arriesgarse o mostrar atisbo de ambición. Cualquier deseo que albergara quedaba en eso, en un sueño de brazos cruzados, un sueño que acaba pronto. Con esta idea de inacción nos adentramos en la segunda parte de nuestro viaje a Pessoa. Y es que siempre se habla de su persona como de alguien poco resuelto, más bien, parado. Sin embargo, en septiembre de 1905, habiendo cumplido los diecisiete años, vuelve a la tierra que le vio nacer. Me parece una decisión demasiado trascendental, algo determinante en su posterior vida literaria que no llevaría a cabo cualquier timorato. ¿Por qué? La pregunta raja el silencio como el primer trago de ginjinha (o ginja) en una garganta desacostumbrada. Si habéis probado este licor de guindas tan popular en la ciudad lisboeta, sabréis a qué me refiero. Y volviendo a la pregunta: ¿Por qué decidió abandonar la continuación de sus estudios, la estabilidad económica y la vida familiar en Sudáfrica? Hay distintas versiones que lo intentan explicar, dependiendo del autor que las defienda. Nos vamos a quedar con la duda, porque Pessoa nunca lo aclaró, pero si algo tengo claro es que, sea cual sea la razón de aquel punto de inflexión, salieron ganando las letras portuguesas. 

    No debió ser fácil la adaptación al cambio. Los diez años vividos en Sudáfrica lo educaron en otra cultura, otra lengua, otro ambiente. De hecho, como apunta Á. Campos Pámpano en Un corazón de nadie:

    las costumbres de Fernando Pessoa no son las propias de un joven portugués de la época, tiene un “aire de extranjero” que ya no le abandonará con el paso de los años.

    Tampoco se separó del estado de mudanza continua. Vivió con su abuela Dionísia y sus tías maternas, con su madre y su padrastro durante las vacaciones de estos en Portugal  y de nuevo con alguna de sus tías. Más tarde, en habitaciones de alquiler y en los últimos años de su vida, en un apartamento del edificio que acabó convirtiéndose en lo que hoy conocemos como Casa-Museo Fernando Pessoa, en la Rua Coelho da Rocha, número 16.

     ¿Cómo serán esos primeros años de vuelta a Portugal? Nadie mejor para explicarlo que él mismo, a través de su diario. Hallaremos soledad, fracaso, pasividad. El 25 de julio de 1907 escribe:

    Estoy cansado de entregarme a mí mismo, de lamentar mis desgracias, de tener lástima y llorar por mí. […] No tengo a nadie en quien confiar. Mi familia no entiende nada. A mis amigos no puedo incomodarles con estas cosas […] Soy tímido, no me gusta dar a conocer mis preocupaciones.. […] Estoy tan solo como un náufrago en medio del mar. De hecho, soy un náufrago.

    ¿Qué desgracias le perseguían? ¿Y esa sensación de soledad? No tengo respuesta, pero sí descubrí que el joven Pessoa dejó sus estudios universitarios (Curso Superior de Letras) en mayo de 1907, coincidiendo con la vuelta de su madre a Durban y, probablemente, no fuera un abandono sino una expulsión, por su participación en las revueltas estudiantiles contra las medidas políticas del dictador João Franco. En agosto de ese mismo año, morirá su abuela Dionísia y Fernando heredará un pequeño legado que usará para montar la Empresa Ibis-Tipografía a Vapor; pero el negocio no funcionará y en 1908 se verá obligado a cerrarlo. 

    Habiendo perdido la ayuda económica de su madre e invertido el dinero de la herencia en un negocio ruinoso, sobrevive con la renta que recibe de la herencia paterna y, en medio de las turbulencias políticas que azotan al país, vuelve su diario a contarnos cómo lleva el escritor esos acontecimientos:

    Cada día el periódico me trae noticia de hechos que son humillantes para nosotros, los portugueses. Nadie puede concebir cuánto me hacen sufrir. Nadie puede imaginar la profunda desesperación, el agudo dolor que me invade ante estos hechos.

    Nadie podía, desde luego, porque como bien decía:

    hay entre mí y el mundo una niebla que me impide ver las cosas como realmente son: como son para los demás. 

    El principal sustento económico que tendrá, será gracias a su trabajo como redactor y traductor comercial de correspondencia extranjera (en inglés y en francés) para distintas empresas. Entonces, ¿dónde queda la escritura? La poesía (en inglés) firmada por su heterónimo, Alexander Search, entre 1903 y 1909. También, Robert Anon, David Merrick y Fray Mauricio, entre otros, porque seguro que alguno me dejo atrás. Desde su infancia, siempre estuvo acompañado por todas estas vidas inventadas, quizá para abarcar la soledad que lo inundaba o, tal vez, para contestar esas preguntas que dejamos en el aire a la espera de que llueva la respuesta. Tajante y hasta gélido, escribía:

    ¿Por qué soy tan infeliz? Porque soy lo que no debería ser. 

    Será en 1912 cuando empiece a publicar algunos artículos en la revista A Águia (Oporto), representante de la Renascença Portuguesa (un movimiento que pretendía renovar el régimen establecido, la cultura y la sociedad). Octavio Paz utilizó una frase estupenda para resumir aquella época pessoana:

    En esos años se busca; no tardará en inventarse.

    Y será sombra solitaria en cafés y tabernas (A Brasileira, Martinho da Arcada o la desaparecida bodega de Abel Pereira da Fonseca, entre otras) donde mezclará café, alcohol y amistad, conociendo a algunos de sus grandes compañeros: Almada Negreiros (autor de algunos retratos de Pessoa), Mário de Sá-Carneiro (que sería, en realidad, su único amigo), José Coelho Pacheco, Luís de Montalvor, etc. Sin embargo, por entonces no era uno de esos aprendices de poeta que se exhiben en tertulias y recrean en su propia voz, silueta y verso. De hecho, leyendo a José Luis García Martín, encuentro una entrada del diario (15.03.1913) en la que dice:

    De noche, en la Brasileira, hablé con João Correia de Oliveira, después fui con él hasta su casa para recoger Vida Etérea. Allí hasta las doce y media de la noche; hablamos muchísimo, una conversación intensa e interesante. Le recité mis versos, que, según parece, le gustaron bastante. Le sorprendió el hecho de que yo fuera poeta. 

    Llego a 1914 y me encuentro en su diario con una afirmación que aclara o justifica la irrupción de los grandes heterónimos (Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos):

    No sé quién soy, qué alma tengo.

    Pessoa, como todos nosotros, era muchos y ninguno, un cúmulo de reflexiones contrapuestas que, supongo, brotarían según el día, para contradecir lo dicho anteriormente y servir de oposición a lo que venga luego.

    Siento que vivo vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompletamente, individualizado en una suma de no-yoes que se sintetizan en un yo simulado.

    ¿Sería Fernando otra creación de sí mismo? 

    Me quedaré a las puertas de 1915, antes de la publicación del primer número de la revista Orpheu, otro fracaso más para la colección de nuestro poeta. Perdonad el spoiler. A estas alturas, no debería sorprendernos una nueva decepción. También, será el año de la muerte de Alberto Caeiro. Sí, porque los heterónimos tenían su propia biografía, personalidad, estilo. Voy a despedirme con uno de sus poemas, escuchando un último fado, acumulando ganas y ganas; porque, no sé a vosotros, pero a esta servidora ya le pesa el tiempo sin llevarse a la boca un pastel de Belém y un sorbo de una bica lisboeta. Hasta la próxima.

    XVIII
    Ojalá fuera yo el polvo del camino
    y que los pies de los pobres me estuvieran pisando…
    Ojalá fuera yo los ríos que corren
    y que las lavanderas estuvieran en mi orilla…
    Ojalá fuera yo los chopos en las márgenes del río
    y solo tuviera el cielo por encima y el agua por debajo…
    Ojalá fuera yo el burro del molinero
    y que él me golpeara y me quisiera…
    Antes eso que ser el que va por la vida
    mirando tras de sí y sintiendo pena…


     Lecturas consultadas:

    • Fernando Pessoa (prólogo, selección y traducción de Octavio Paz, 1984). Antología. Laia Literatura.
    • Fernando Pessoa (traducción de Juan José Álvarez Galán, 2014). Diarios. Gadir editorial. 
    • Fernando Pessoa (traducción de Ángel Campos Pámpano, 2013 ). Un corazón de nadie. Antología poética (1913-1935). Galaxia Gutenbert.
    • García Martín, José Luis (2002). Fernando Pessoa, sociedad ilimitada. Llibros del pexe.

  • 5 poemas de Juana Castro

    5 poemas de Juana Castro

    Juana Castro Muñoz es una poeta viva que todavía quiere seguir naciendo, como explica en uno de sus versos. Se podría decir que el primero de sus nacimientos fue en Villanueva de Córdoba, el 20 de febrero de 1945. Tuvo una infancia apegada a la vida del pueblo, al entorno rural que describió en algunos de sus poemas, donde destapa la conciencia del papel que representaba la mujer del campo, silenciada y oprimida. A esas mujeres les leía ella de pequeña, en verano y en voz alta, mientras cosían en el cortijo. Galardonada en numerosas ocasiones, traducida a varios idiomas, hay un premio de poesía en su honor.

    La vida de los poetas se descubre a partir de sus obras o, dicho de otro modo, en sus obras están contenidas las experiencias y emociones que conforman su existencia. Por eso, en la poesía de Juana Castro aparece el dolor del fallecimiento de su hijo; el autoritarismo de su padre, la gratitud hacia su madre y las consecuencias del Alzheimer que ambos padecieron; la vida de los campesinos, sobre todo, de las campesinas; la maternidad, el amor, la reflexión feminista.

    Cinco poemas, solo cinco poemas para comenzar, para descubrir, para conocer a Juana Castro.

    Amor mío

    Antonia buena chica ingresó ya cadáver,
    Carmen muy educada vaqueros blusa beis
    y Raquel silenciosa es el amor.

    Amor de amoratarse amor que es amoldar
    y amancillar.
    Amor de amenazar amor de amurallar
    amor de amartillar
    y de amasijo.

    Amor de amortajar.
    Rosa Lola María
    Inés Luisa mi amor.
    Compañero mi amigo
    mi enemigo.

    Rafael veinte años arma blanca su novia en una calle,
    José Pablo dos hijos divorciado
    y Raúl empresario gran sonrisa el amor.

    Es el amor que amengua que amuralla
    que amortece y amarra.
    Amor de amuñecar amor que es amputar
    amor de amilanar
    y de ambulancia.

    Amor de amordazar.

    Manuel Félix Cristóbal
    Jaime Isidro mi amor.

    Mi señora mi dueña
    mi rehén.

    Amor mío mi amor.

    El anillo no sabe no sabía.
    El anillo.
    El cuchillo.

    Alicia desposada

    Era blanca la boda: un milagro
    de espuma, de azahar y de nubes.
    Cenicienta esperaba.
    Las muchachas regaban cada día
    los frágiles cristales de su himen.
    Blancanieves dormía.
                                          Al galope
    un azul redentor doraba la espesura
    y la Bella Durmiente erguía su mirada.
    Las vestales danzaban. Y las viejas mujeres,
    en las noches de invierno,
    derramaban sus cuentos de guirnaldas,
    de besos y de príncipes.
    Era largo el cabello, eran frías las faldas
    por las calles de hombres.
    Las fotos de las bodas
    irradiaban panales de violines
    y era dulce ser cóncava
    para el brazo tajante y musculoso.
    La boda les cantaba por el cuerpo
    como un mar de conjuros.Y a la boda se fueron una tarde
    con su mística plena. Y cambiaron
    la hora de su brújula
    por el final feliz de los cuentos de hadas.

    Disyuntiva

    La tentación se llama amor
                        o chocolate.
    Es mala la adicción.
            Sin paliativos.
    Si algún médico, demonio o alquimista
    supiera de mi mal
                         cosa sería
    de andar toda la vida por curarme.
    Pues tan sólo una droga,
                         con su cárcel
    del olvido me salva de la otra.
    Y así, una vez más, es el conflicto:
    O me come el amor,
    o me muero esta noche de bombones.

    La era

    Mi padre y yo dormimos
    en la era, y la paja
    nos es lecho de estrellas. Se sienten
    las culebras cruzar toda la noche
    los haces de cebada, y ratas como gatos
    nos roban en el trigo. Me estremezco
    y no grito, porque mi padre ronca
    bebiéndose la luna, y en el aire
    cantan grillos de arena.

    Retablo de maravillas

    Los cien grillos cantando por la lluvia
    —el sol, motos, mi frente—
    y un gamo de colores corriendo la pizarra.
    Mi jaula de mil pájaros,
    mi retablo sin fin de maravillas,
    mi ciempiés enredado,
    y yo sin poder darle
    puerta al campo ni flor
    a la llovizna.

    Lecturas consultadas

    • CASTRO, JUANA. Cóncava mujer (1978), Alada mía (1996), Del color de los ríos (2000), La jaula de los mil pájaros (2004).
    • HERMOSILLA ÁLVAREZ, Mª ÁNGELES (2017). Juana Castro o la voluntad de una escritura femenina. Tropelías, revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, número extraordinario 1.

      SÁNCHEZ GARCÍA, M.R., LANSEROS SÁNCHEZ, R. (2017). La construcción identitaria en la poesía de Juana Castro. Compromiso e indagación, claves para una educación literaria. Lectura y signo, revista de literatura, número 12.
    • VALVERDE OSÁN, ANA (2017). Juana Castro: el pensamiento de la diferencia o la política de lo simbólico. Revista de la Anle, número 11, volumen 6.
  • Mujeres poetas andaluzas

    Mujeres poetas andaluzas

    Porque siempre se ha hablado de Andalucía como tierra de poetas, vengo a hablaros de ellas, de las mujeres que pusieron protesta, alegría y tristeza, en sus versos. Hoy porque es hoy, 28 de febrero, día de Andalucía; pero a una que extraña la tierra, que añora el sol, las casas encaladas y el paisaje de acebuches, le sirve cualquier excusa para poner sobre la memoria y bajo la reflexión, la poesía de nuestras mujeres. Como sería imposible citarlas a todas, daré solo un aperitivo, un entrante minúsculo, un poema o un bocado (dulce o de hiel) por cada una de las ocho provincias andaluzas. Ocho mujeres. Por dar nombres, daría decenas, tendríamos un extenso artículo diciendo nada. Prefiero decir poco, diciendo algo. Dejando constancia de todas las que faltan y de haber elegido a las que me han parecido oportunas, sin tener en cuenta el renombre, lo prolífico o la corriente a la que representan. En cuanto al orden de exposición, recurriré a los años de escuela y, a modo de cantinela, recitaré: Jaen, Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, Granada y Almería. Que aproveche.
    Jaén. Erika Martínez (1979).

    El guardapelo de las poetisas.
    Para que nunca se les olvide, las poetas llevan colgando del cuello el guardapelo vacío de las poetisas.
    ¿Qué hacer con su moño resignado y su croché, sus juegos sin apuesta y sus remilgos, con esa manía tan suya de escribir y tirarse de la enagua?
    Me prometí quitarles a sus nombres la tachadura, como quien sabotea un cepo con un palo; no juzgarlas ni juzgar tampoco a quienes consintieron la demencia por un equívoco romántico.
    Esto último me cuesta mucho.
    Confesando que me gustan las isas y los ismos, y también sin medida lo contrario, me pregunto cuánto quedará en nosotros de su amor por la nadería.
    En inglés isabelino llamaban nothing a lo que ellas tenían entre los muslos.

    Córdoba. María Sánchez (1989). 

    II
    Algo así tiene que ser el hogar:
    Oír fandangos mientras las ovejas van
    tras sus corderos
    Rebuscar con los dedos las raíces
    Ofrecer a los tubérculos los tobillos
    Convertir la voz en ternura
    y en presa
    Prometerme una y otra vez
    que nunca escribiré en vano
    un libro con las mismas manchas

     Sevilla. Julia Uceda (1925).

    A Edith Piaf.
    Te han condenado.
    Una oración,
    como limosna insuficiente,
    ha caído
    sobre la tapa de tu féretro.
    Te han condenado, Edith,
    por no querer ser
    la excepción que confirma
    la regla. Porque
    querías,
    tú, gorrión
    de la calle, ser
    la regla. Porque
    intentabas salirte de la calle.
    Te han condenado como
    si Dios no fuese amor. El dedo
    ejemplar
    -una uña sucia, como
    si lo viera- se alzó
    sobre tu frente
    y mostró al mundo
    que sólo esa limosna— por sí acaso…—
    merecías. 

    De nuevo a la intemperie.
    Esta vez » a la calle»
    te han dicho.
    A la calle amarilla
    de los muertos, sin Senas,
    sin flores, sin guitarras. 

    Pero tú, Edith, sonreirás.
    Tuviste ya tu infierno
    al borde de la cuna: sabes
    lo que un niño criado con alcohol.
    Edith, mystère Piaf, rezabas
    no al morir, al cantar;
    y sin saber por qué,
    por quién acaso. Ahora
    es cuando cantas en la inmensa calle
    de Dios, alegremente,
    Edith, mystére Piaf.    

    Huelva. Estela Rengel (1987).

    Todos los gemidos que tienes pendientes.
    Quiero rodearte con mis palabras
    y que todas las onomatopeyas de deseo que conozcas
    salgan disparadas por tus poros
    cuando el roce de mi pecho desnudo por tu espalda
    sea lo más casto que nos propongamos en toda la noche. 

    Que tu sudor haga en mi piel
    la más bella obra de arte
    y mi alimento durante días
    sea el aire que respiras en mi boca
    al pedirme entre besos que no pare. 

    Y parar es lo que menos se me ocurre
    cuando tus labios me llaman
    de esa maldita forma en que solo ellos saben
    y mis manos, a veces torres,
    consiguen arrancarte de la piel
    todos los gemidos que tienes pendientes.

    Cádiz. Josefa Parra (1965).

    Contagio.
    He bebido esta tarde la tristeza de un cuerpo,
    su peso, su evidencia,
    su impotencia de carne que quisiera ser sueño,
    esa mortalidad que lo delata
    incluso en el recuerdo.
    Me ha contagiado un cuerpo de nieve su dolencia
    y ando por tanto exceso
    agotada, rendida, con apenas las fuerzas
    para arrastrar la piel y la mirada
    lejos de su influencia.

    Málaga. María Victoria Atencia (1931).

    Mar.
              Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
    comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
    Rozaría una jábega con descolgar los brazos
    y su red tendería del palo de mesana
    de este lecho flotante entre ataúd y tina.
    Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas. 

              Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
    pone olor de Guinea en la ropa mojada,
    pone sal en un cesto de flores y racimos
    de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
    pone hechido el insomnio, y un larguero entonces
    me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

    Granada. Mariluz Escribano (1935).

    Cuando me vaya.
    Dejaré un silencio en el recuerdo,
    sonidos de una voz que fue muy joven,
    y un aroma de sándalo y cipreses
    para que no me olvides.  

    Y ahora, cuando el sol desaparece,
    y hay promesa de una noche clara,
    las estrellas se esconden
    y están muertas de tanta nívea luz.  

    Dejaré abierta la ventana.
    Un gorrión divulgará mi huida,
    y un frescor de mañana
    anunciará mi marcha,
    con trémula voz para llamarte. 

    Cuando me vaya
    perderé las praderas,
    los bosques encendidos de noviembre,
    el verde del jardín en primavera,
    la tenue luz de los planetas,
    la sonrisa de un niño,
    el calor de un amigo,
    lágrimas de dolor por los caminos
    que transité tan alta,
    la caricia de un perro
    que dio fuego a mis manos. 

    Cuando me vaya
    habré perdido tantas cosas,
    que creceré en trigal
    por no morirme.

     Almería. Aurora Luque (1962).

    La muerte al otro lado de la cámara.
    Acodada en la barra o la terraza
    me miro desde lejos como dicen
    que se miran los que han estado muertos:
    un fulgor en el vaso
    me resume lo helado de los años.
    Vértigo de un rodaje discontinuo,
    fotogramas vacíos que huyen.
                                                                   Eso sí,
    gastó el maquillador tiempo y pericia.
    Desde esta muerte actriz y fingidora,
    la vida es un depósito en penumbra
    de máscaras usadas hacia dentro.

  • ¿Viajamos a Pessoa? (I)

    ¿Viajamos a Pessoa? (I)

    Decía Fernando Pessoa, en boca de Álvaro de Campos, que todos tenemos dos vidas: la verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que continuamos soñando, adultos, en un sustrato de niebla; la falsa, que es la que vivimos en convivencia con los otros, que es la práctica, la útil, aquella en que acaban por meternos en un ataúd. Sin embargo, Pessoa tenía muchas vidas, más de las dos descritas en esos versos; porque era consciente de que la vida no basta, ni una ni solamente.

    En los próximos artículos trataremos de desentrañar la máscara detrás de la máscara, para conocer un poquito mejor a este singular poeta portugués. Son muchas las lecturas y reflexiones que me han acompañado en esta búsqueda, en este deseo de descubrir, de comprender, de aprender más sobre uno de mis escritores favoritos. ¿Qué os parece si empezamos por el principio? Al fin y al cabo, si en algún lugar podemos situar el origen de su figura, debería estar en el nacimiento y evolución de la vida que dio vida al resto.  

    Fernando António Nogueira Pessoa nació en Lisboa, en la Parroquia de los Mártires (cuarto piso de la finca número 4 del Largo de São Carlos), el 13 de junio de 1888.  Los primeros años de su existencia transcurrieron allí, en el seno de una familia acomodada, junto a su madre, Maria Magdalena Pinheiro Nogueira, que poseía una cultura muy superior a las de las mujeres de su época; su padre, Joaquim de Seabra Pessoa, también culto y bien posicionado; y su abuela materna Dionísia, que padecía una enfermedad mental denominada “locura rotatoria”, con ciclos agudos de marcada agresividad. Pessoa presenciaría alguno de estos episodios que dejaron huella en él, en forma de preocupación excesiva por volverse loco. Así lo explicaba en uno de los párrafos de su diario de 1908: Una de mis dificultades mentales —más horrible de lo que las palabras pueden expresar— es el miedo a la locura, que es, en sí mismo, locura. Estoy, al menos en parte, en ese estado que Rollinat descubre como el suyo en el poema que abre su Neurosis. 

    El fallecimiento de su padre por tuberculosis en 1893, perfilará su infancia. Los problemas económicos a los que se ve sometida su madre, viuda con dos hijos, la obligarán a subastar parte de los muebles de la casa e, incluso, provocarían el traslado a una vivienda más modesta. Jorge, el hermano pequeño de Pessoa, moriría al año siguiente de fallecer el padre. Fue en aquella época de pérdida y cambio (fallecimiento de su padre y de su hermano; segundas nupcias de su madre, como veremos más adelante; nacimiento de sus nuevos hermanos, derivados de ese matrimonio…), difícil para cualquiera y más para un niño, en la que surgieron “otras voces”, como el capitán Thiebaut y Chevalier de Pas. Serán sus primeros heterónimos, esos personajes ficticios a los que daba biografía, personalidad y obra propia. También, aparecerá en ese momento su primer poema: A mi querida mamá.

    En 1895 su madre contraerá matrimonio con João Miguel Rosa, que fue enviado a Sudáfrica, como cónsul de Portugal en Durban. Esa fue la razón por la que Pessoa viviría entre los siete y los diecisiete años en aquella ciudad, recibiendo una educación inglesa, siendo un alumno destacado en el que ya podían observarse habilidades para la literatura. De hecho, en 1904 obtendrá el Premio Reina Victoria por un ensayo en inglés, realizado como una de las pruebas de admisión en la Universidad del Cabo. Ya por entonces, había tomado vida otro de sus heterónimos, Alexander Search (1899), con el que Pessoa se enviaba cartas a sí mismo, poemas escritos en inglés y portugués. La influencia de su educación inglesa será insistente a lo largo de su vida, en su pensamiento y en su obra. 

    Nos detendremos en 1905, cuando nuestro poeta regresará a Portugal (ya lo hizo en 1901, coincidiendo con la muerte de su hermana Henriqueta, de dos años de edad) para no volver a salir del país nunca más. Como despedida de este primer artículo, me gustaría dejaros con Quando ela passa (1902), uno de sus primeros poemas en portugués, posiblemente inspirado en la muerte de Henriqueta. 

    Quando eu me sento à janela
    P’los vidros qu’a neve embaça
    Vejo a doce imagem d’elia
    Quando passa… passa…. passa…

    N’esta escuridão tristonha
    Duma travessa sombria
    Quando aparece risonha
    Brilha mais qu’a luz do dia.

    Quando está noite ceifada
    E contemplo imagem sua
    Que rompe a treva fechada
    Como um reflexo da lua,

    Penso ver o seu semblante
    Com funda melancolia
    Qu’o lábio embriagante
    Não conheceu a alegria

    E vejo curvado à dor
    Todo o seu primeiro encanto
    Comunica-mo o palor
    As faces, aos olhos pranto.

    Todos os dias passava
    Por aquela estreita rua
    E o palor que m’aterrava
    Cada vez mais s’acentua

    Um dia já não passou
    O outro também já não
    A sua ausência cavou
    Ferida no meu coração

    Na manhã do outro dia
    Com o olhar amortecido
    Fúnebre cortejo via
    E o coração dolorido

    Lançou-me em pesar profundo
    Lançou-me a mágoa seu véu:
    Menos um ser n’este mundo
    E mais um anjo no céu.

    Depois o carro funério
    Esse carro d’amargura
    Entrou lá no cemitério
    Eis ali a sepultura:

    Epitáfio.

    Cristãos! Aqui jaz no pó da sepultura
    Uma jovem filha da melancolia
    O seu viver foi repleto d’amargura
    Seu rir foi pranto, dor sua alegria.

    Quando eu me sento à janela
    P’los vidros qu’a neve embaça
    Julgo ver imagem dela
    Que já não passa… não passa.

    Lecturas consultadas

    • Colaboradores de Wikipedia. Fernando Pessoa [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2019 [fecha de consulta: 29 de enero del 2020]. Disponible en <https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Fernando_Pessoa&oldid=122210338>.
    • Colaboradores de Wikipedia. Alexander Search [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2019 [fecha de consulta: 29 de enero del 2020]. Disponible en https://pt.wikipedia.org/w/index.php?title=Alexander_Search&oldid=55479125.
    • Colaboradores de Wikipedia. Quando ela passa [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2019 [fecha de consulta: 29 de enero del 2020]. Disponible en https://pt.wikisource.org/wiki/Quando_ela_passa.
    • Fernando Pessoa (prólogo, selección y traducción de Octavio Paz, 1984). Antología. Laia Literatura.
    • Fernando Pessoa (traducción de Ángel Campos Pámpano, 2013). Un corazón de nadie. Antología poética (1913-1935). Galaxia Gutenbert.
    • García Martín, José Luis (2002). Fernando Pessoa, sociedad ilimitada. Llibros del pexe.