Aquellos dorados años veinte vieron su luz. Aquella década, cien años atrás, en la que Mercedes de Acosta brilló profesional y sentimentalmente, aunque se haya dado más relevancia a esto último, a sus relaciones amorosas, transgresoras y de crónica rosa.


Poeta neoyorquina. Poeta de ascendencia cubana y española. Poeta polifacética. Poeta de tres poemarios. Poeta de muerte pobre y sola. Poeta, al fin y al cabo. La suya fue una época de continuos cambios e innovaciones, un periodo entre guerras que sucumbió a la esperanza, y Mercedes podría ser la viva imagen de esa reforma de ideas y sensaciones, adelantada a las mentes de su tiempo, porque se mantuvo fiel a los dictámenes de su corazón pese a los inconvenientes que pudieran ocasionarle. Estudiando sus poemas, pienso que era reticente a creerse la ola de optimismo y felicidad que acompañaba al contexto que vivió, que no era de tanta la prosperidad y que había frentes abiertos que acabarían explotando en cualquier momento. Así, su poema “Pobres tontos”:

Se acabó la guerra.

Una vez más

Creen que pueden bailar,

Y restaurar el brillo del pasado,

Y beberse en la intimidad

El vino acaparado, prohibido.

Y prenderse las joyas en el pecho.

¡Sigan bailando, pobres tontos,

Pues no saben

Que, marchando sobre la faz de la tierra,

Arrasándola va otro Gran Ejército!

Su poesía, magnífico torbellino de belleza descriptiva a mi forma de verlo, traspasa el tiempo y podría ser, perfectamente, lamento escrito por cualquiera de nosotros (con buena pluma) en uno de esos momentos de crudeza y realismo, de ruptura y aceptación de lo muerto. Lo que pasa cuando llega el cambio:

“Cambio”

Alguien por quien sentí una gran pasión

duerme ahora en este cuarto con alguien más.

Aún están mis huellas en tantas cosas

— los libros que regalé y tocaron mis manos

descansan en el estante,

y cuelga frente a mi antigua cama

una vieja foto de una tierra en que viví

y de unas colinas

por las que correteé—.

Los tiempos cambian,

pero el amor continúa  

como un pájaro muerto

cuyo canto, sin embargo,

vive para siempre.

Imposeída (como el título que utiliza Torremozas para su antología, aludiendo a uno de sus poemas), furiosa (como también la denominaría en su biografía, Robert A. Schanke), rebelde, libre. Pese a no serlo, ocupando un lugar hostil de una sociedad que no estaba, todavía, preparada para ella.

Quiero despedirme con un último poema que despierte el interés por otros versos, que encienda los ojos de la lectora o del lector, que sirva de bocanada de aire, de ventana abierta, de esperanza… que bien nos viene y nos ilustra en este ciclo de incertidumbre y hartazgo que estamos viviendo. Que la naturaleza o que cada uno quiera, nos salve.

“Un pájaro es como la Libertad”

Hermosas son las banderas

cuando se tensan y restallan al viento,

pero yo digo que la Libertad es más hermosa

y no como las banderas,

que están siempre sujetas, restringidas.

Hermosos son los árboles, las rocas, los valles,

las montañas, las flores,

mas no son tan hermosos como la Libertad,

y atados están a raíces y a la tierra.

Pero yo digo que un pájaro sí es como la Libertad

—veloz, hermoso, leve—,

que, al remontarse en el cielo,

tal vez perezca en las grandes alturas,

pero muere de su propio libre albedrío.

Lecturas consultadas:

– DE ACOSTA, MERCEDES (2018). Imposeída. Ediciones Torremozas.
– Mercedes de Acosta. Wikipedia, La enciclopedia libre. Última actualización 09/11/2020. Fecha de consulta: 06/02/2021. https://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_de_Acosta– FERNÁNDEZ-SANTOS, E. 09/12/2018. Mercedes de Acosta: «aquella furiosa lesbiana». Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/12/08/actualidad/1544288210_427635.html

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