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  • «La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida», de Elvira Sastre (Visor)

    «La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida», de Elvira Sastre (Visor)

    Hay quien se empeña en encasillar a los autores en un único movimiento, generación o estilo. Sería como reducir todo el trabajo de Picasso en el modernismo y olvidar el resto de etapas por las que se deslizó el artista, dejando un gran rastro en forma de obras muy diversas. Sin embargo, esto suele ocurrir en la literatura, más aun en la actualidad. De guiarme por esa dinámica de la crítica inamovible, esta reseña no tendría en absoluto sentido.

    Elvira Sastre Sanz (1992, Segovia), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, 2016, Visor Libros

    Elvira Sastre (Fuente: Wikipedia)

    La producción literaria de Elvira es abrumadora: desde el año 2013 ha publicado 5 libros, y en 2016, año de publicación del que hoy traemos a la revista, sacó a la luz dos obras: Ya nadie baila (Valparaíso Ediciones) y La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Visor Libros). Sin embargo, no es esto lo que más llama la atención, sino la gran evolución que ha tenido en apenas un año. Puede dar la sensación de que la gran producción de la autora se deba a que publica todo lo que escribe; podría entender entonces que para esta última obra, Elvira reservase lo mejor. No obstante, son solo lucubraciones. Aferrándome a lo que cuentan las páginas, admito que estamos ante una voz que merece ser escuchada.

    Benjamín Prado comenta sobre la autora que es «la poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española«. Lo cierto es que, al menos en esta última obra, surge una voz poética que parece relevar sutilmente las voces poéticas contemporáneas que hasta hace poco dominaban la escena. Me refiero a voces como la de Luis García Montero, Raquel Lasneros, Ángel González o el propio Benjamín Prado. De cualquier manera, y para excusarme de ponerla a la altura de estos magos del verso, es necesario destacar que tiene solo 25 años. Ahora vamos a lo importante: la forma y el relato, y como en las mejores obras, empezamos por lo último.

    Dime, mi amor,
    que nada de esto ha sucedido.

    Así da comienzo la obra, podemos imaginar qué nos espera, pero no cómo. El libro bien podría haberse llamado La herida de una puerta abierta, ya que encontramos la metáfora constante a lo largo de todo el relato. La intensidad con la que narra y versa cada palabra es sublime, nada sobra en el poema, y es que nada debe sobrar. La emoción, la sensación de abandono, el recuerdo, las preguntas lanzadas al aire, la profunda fuerza de cada poema; en resumidas cuentas, el relato es impecable, aunque resulta extraño leer algunos poemas en primera persona en los que utiliza el masculino.

    Ahora vamos al cómo. La forma, en la parte técnica, es lo más arriesgado. Obviamente, la voz del poeta que trabaja con el verso libre está en el ritmo y en el relato principalmente, pero la estructura también juega un papel fundamental. Concretamente me refiero a alinear el poema a la derecha en alguna ocasión, o notar un uso extraño de los signos de puntuación. Nada importante que impida comprender el poema, pero llama la atención. A fin de cuentas, la obra es suya, ella decide cada coma y cada punto.

    Fragmento de «Lo peor del abandono no es el silencio, es la puerta abierta»

    Pienso en irme,
    en colocarte aquí en un rincón bajo la luz
    de otra memoria,
    allí donde los sueños que no suceden
    esperan su momento y el león
    descansa entre rugidos.

    ¿Pero a qué lugar te lleva la habitación
    que dejas atrás
    si la puerta se queda abierta?

    Este libro era necesario que apareciese en la escena. Tal vez sea una transición, una nueva voz que permita orientar los focos hacia otro escenario a la altura de los contemporáneos. Era necesario un libro lleno de lucidez y precisión, dos características que, sin duda alguna, parecen estar en un segundo plano actualmente, y eso no es nada bueno para la poesía y sus amantes.

    (Crédito de imagen de cabecera: Elvira Sastre/Instagram)

  • «Elecciones personales», de Rafael Pérez Estrada (Miguel Gómez Ediciones)

    «Elecciones personales», de Rafael Pérez Estrada (Miguel Gómez Ediciones)

    Hace pocos días fue La noche de los libros en Málaga, así que decidí darme un paseo por el lugar donde se celebraba para probar suerte y encontrar algo atractivo entre tantas estrofas vacías. Entonces, en un stand de la editorial Miguel Gómez Ediciones, me topé con las letras de Rafael Pérez Estrada. Los cinco euros que llevaba en la cartera fueron los justos y necesarios para poder llevármelo a casa.

    Rafael Pérez Estrada (1934-2000, Málaga), Elecciones personales, una antología de urgencia (1996), Miguel Gómez Ediciones

    Muchas obras hacen de algún modo referencia a la poesía. La metapoética es un tema que funciona como recurso; hablar de versos y estrofas, de palabras e incendios en el papel, se vuelve con cierta retórica a favor del yo poético. Esta, concretamente, empieza dando la mejor respuesta que he leído a la tan retorcida pregunta sobre, ¿qué es la poesía? Me gustaría compartir la página completa que Rafael utilizó de una forma tan certera: Conceptos para una poética.

    Conceptos para una poética

    Era de noche y me encontré al poeta: estaba tiritando de inédito.
    Le pregunté y me dijo: Me pesa mucho la realidad para no ser poeta.

    La poesía trasciende la condición del poeta.
    La poesía debe ser eléctrica e inesperada, inmediata y en vena.
    Un poema sólo debe oler a poema, nunca a limón.
    Ni tampoco deben oler los poemas a pan recién salido del horno.
    Ni a tierra mojada por la lluvia.
    Si olieran así, olerían a tópico, y el tópico es como un caracol haciendo eses con su baba de plata.

    El poeta: cómplice del silencio.

    Sólo sé que, si abro el poema, deberá sangrar.

    Me hablaron de un poema milagroso que, en su soledad, llovía abundantemente.
    Al final hubimos de convenir que no era un poema, sino una nube.

    Rafael fue dibujante, escritor y un gran poeta, aunque no solía escribir en verso. De hecho, esta primera página es lo más parecido a ello que encontraréis a lo largo del libro. Solía decir que el género literario, no es solo una clasificación, sino también una frontera. Su estilo es predominantemente prosaico, manteniéndose en la lírica, en la poesía. Puede sentirse el ritmo en las palabras, el cuidado en el relato y la intención de penetrar en el alma de quien tiene uno de estos párrafos entre sus manos.

    La obra en cuestión es una antología personal, una selección de prosa lírica bajo criterio del autor compuesta por poemas de algunas de sus obras, como Las horas crueles, Libro de Horas o El domador entre otras. Podemos encontrar también poemas inéditos que, hasta esta última edición, no habían visto antes la luz. Presentimiento es uno de ellos.

    Presentimiento

    De pronto se oyen gritos. Sombras de gente corren para evitar un suceso que parece terrible.
    No me opongo, lo que no acontezca en este sueño ocurrirá mañana.

    Es difícil saber cuál fue el criterio. ¿Por qué esos poemas? La temática constante recuerda un poco al discurso de Ángel González en su obra póstuma,  Nada grave.

    «El domador de lunas y de estrellas», una ilustración de Rafael Pérez Estrada

    Parece que el poeta sabe cuándo acecha la muerte, cuándo se aproxima el final, y le mira a los ojos sin inmutarse demasiado: sabe que ya lo ha escrito todo, solo queda decir adiós. Tal vez fuera esa la función de esta antología, hacer ver lo humano de la muerte, que la tragedia no lo es tanto si se aprende, así es como Rafael plasmó su futuro infranqueable.

    El poema que cierra el libro parece una suerte de desafío, abandera el coraje al mismo tiempo que teme el final de sus días, cuando deje de escribir, cuando ya no tenga destino. Se titula, Diario.

    Diario

    He leído en mi propio diario: Escribir es el destino del hombre (el silencio, su cómplice), y ahora tengo miedo a dejar de escribir. Es la pasión la que nos sostiene. Cada astro es una letra componiendo un verbo difícil. Cada luz, un signo del cosmos. Morir, quizá sea escribir la palabra muerte.

  • «El silencio de los peces» de Jacobo Llano (Visor)

    «El silencio de los peces» de Jacobo Llano (Visor)

    Hay varias líneas bien definidas en la poesía contemporánea, y a los críticos nos resulta sencillo encasillar en una u otra tendencia poética las obras que llegan a nuestras manos. No es el caso del libro que tratamos hoy, y es que, aunque se haya dicho otras veces, este rompe con lo establecido en todos los sentidos.

    Jacobo Llano (Madrid,1971), El silencio de los peces (Visor), ganador del XXVI Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma

    Jacobo Llano recogiendo el Premio Gil de Biedma. Foto. Diario El Norte de Castilla

    Las obras galardonadas por el Jaime Gil de Biedma no dejan nunca que desear, pero esta vigesimosexta edición nos regala un relato conmovedor, accesible y muy atractivo para quienes tienen el corazón entre la narrativa y la lírica. En cierto modo, tras una primera lectura, puede parecer un libro de prosa poética escrita en verso, pues tiene una estética y una estructura peculiar, como si el salto de línea fuese forzado y no escondiese nada más. Pensar esto es un error, y la explicación podemos encontrarla en la fuerte influencia de la poesía anglosajona en el autor, ya que comparte la estructura, la forma del relato, el modo en el que Jacobo deja un puñal al final de cada poema.

    De El silencio de los peces emana frustración y rabia. A veces arrepentimiento, otras, admiración. Es un relato en verso de la relación paterno-filial, y de un modo autobiográfico y discursivo, nos permite ponernos en su propia carne. No hay que esperar demasiado para ver erizada nuestra piel, de este modo acaba Equinoccios, el poema que da comienzo al libro:

    […] Y me viene hoy,

    nueve años después de tu muerte, cuando me pongo

    tu chaqueta azul con las mangas ajustadas

    a tu talla. Raída y con manchas, la utilizo

    en el trabajo con orgullo indisimulado,

    aunque íntimo y hacia adentro. Entonces,

    un compañero de oficina me dice bromeando

    que los puños de la camisa sobresalen

    por debajo demasiado, como si estuviera

    continuamente intentando alcanzar

    algo

    y no llegara.

    Hay que reconocer la increíble facilidad con la que introduce al lector en el relato y, cuando menos lo espera, el poema acaba siempre con un final que lo dejará con los pelos de punta, y dudará, mientras suspira o coge aire, entre cerrar el libro para que no acabe tan pronto o pasar a la siguiente página.

    La grandeza de este libro reside en los finales. El silencio de los peces gustará al lector o lectora que busque algo nuevo y que no decepcione dentro de la poesía, una obra que tenga principio y fin, aunque sea la historia de un final, que se aparte de los tópicos temáticos de la época y sea verdaderamente creativo. Tal y como decía al comienzo, no podemos enmarcarlo en ninguna corriente actual ni pasada, pero tal vez sí futura. Lo que está claro es que es único, auténtico y agudo.

  • «Poemas, Sonetos e Baladas» de Vinicius de Moraes (Ed. Quasi)

    «Poemas, Sonetos e Baladas» de Vinicius de Moraes (Ed. Quasi)

    Vinicius de Moraes (1913-1980) es una figura ya universal de la música del siglo XX. Creador de la bossa nova junto a João GilbertoTom Jobim, ¿quién no ha escuchado alguna de sus canciones, como la célebre Garota de Ipanema, con letra de Moraes y música compuesta por el propio Jobim?

    Sin embargo, menos conocida -al menos fuera de los países de habla portuguesa- es su faceta como poeta. Porque Vinicius Moraes fue sobre todo poeta antes que músico y cantante, y recorrió en cierto modo un camino inverso al transitado por aquellos intérpretes que aprovechan su mayor o menor éxito musical para «labrarse» una carrera como literatos. En palabras del periodista y profesor José Castello, biógrafo del poeta, «sus contemporáneos no dudaban de la grandeza de Vinicius de Moraes como poeta pero vivieron con gran desconfianza su acercamiento a la música popular brasileña (…) si no se hubiese acercado a ésta sería el mayor poeta brasileño de todos los tiempos (…) para muchos Vinicius se vendió a la música popular y traicionó a la poesía«.

    Con la curiosidad del extranjero, me hice casualmente en una librería de Portugal con un ejemplar del poemario «Poemas, sonetos y baladas» de Vinicius de Moraes, de la editorial Quasi (descubro, al documentarme para esta reseña, que dicha editorial cerró en 2009, lo que añade cierto encanto «anticuario» al libro en cuestión).

    Los poemas reunidos en este volumen -también conocido como «Encontro do Cotidiano» y publicado originalmente en 1946- están unidos por el lirismo oscuro de la muerte, una muerte cruel y esperada, y del fin de la vida y de los sentimientos. En una traducción propia e improvisada, como el resto que acompañan este artículo:

    La muerte

    La muerte viene de lejos
    Del fondo de los cielos
    Viene hacia mis ojos
    Gira hacia los tuyos
    Baja de las estrellas
    De las estrellas blancas
    Las locas estrellas
    Tránsfugas de Dios
    Llega imprevista
    Nunca inesperada
    Ella que está en la vida
    ¡La gran esperada!
    La desesperada
    Del amor fratricida
    De los hombres ¡ay! de los hombres
    Que matan a la muerte
    Por miedo a la vida.

    El amor es efímero, como lo es la vida y la pasión, aunque sea ésta lo único que, temporalmente, puede salvarnos de la muerte.

    Soneto de meditación II

    Una mujer me ama. Si yo me fuera
    Tal vez ella sentiría el desaliento
    Del árbol joven, que no escucha al viento
    Inconstante y fiel, tardío y dulce.

    En su floración tardía. Una mujer
    Me ama con la llama ama el silencio
    Y su amor victorioso vence
    El deseo de la muerte de quererme.

    Una mujer me ama. Cuando la oscuridad
    Del crepúsculo mórbido y maduro
    Me lleva frente al genio de los espejos

    Y yo, mozo, busco en vano mis viejos ojos
    que vienen de ver a la muerte en mi divina;
    Una mujer me ama y me ilumina.

    Hay poemas francamente tétricos, con títulos como la Balada del enterrado vivo o la Lápida de Sinhazinha Ferreira, si bien encontramos también textos más inocentes, joviales, inspirados en experiencias de la adolescencia, ese momento vital en que la muerte parece tan lejana: Marina relata un amor de juventud de Vinicius por la hija de unos pescadores, en la Isla del Gobernador, y Rosário cuenta la pérdida de la virginidad de un chico de 15 años con una moza de 20.

    Rosário (fragmento)

    Le toqué la dura pepita
    Entre el pelo que la guardaba
    Besándole su frío muslo
    Con sabor de caña brava.
    Sentí a la presión del dedo
    que se deshacía en pedazos
    Como un dedal secreto
    Una pequeña castaña
    Golosa de ser tocada.
    Era una danza oscura
    Era una danza mulata
    Era el olor de lo amargo
    Era la luna del color de la plata.

    Con todo, es una obra melancólica, triste. No parece este Vinicius de Moraes el mismo autor de las letras voluptuosas o humorísticas por las que sería mundialmente conocido. Quizá la causa haya que buscarla en cierta crisis existencial de la juventud del poeta y también en el periodo de la Segunda Guerra Mundial en que fueron escritos.

    No hay traducción al español de este libro, si bien resulta una lectura asequible aún sin conocer la lengua portuguesa. Sí podemos encontrar, en cambio, su «Antología Poética» (Visor, 2002) o su «Antología sustancial de poemas y canciones» (Adriana Hidalgo editora, 2013, edición bilingüe).

  • La isla de la tortuga o la vuelta a casa de Gary Snyder

    La isla de la tortuga o la vuelta a casa de Gary Snyder

    Por cortesía de kriller71 ediciones publicamos el prólogo a la traducción al castellano de Turtle Island, obra del poeta estadounidense Gary Snyder que obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1975, que se publica el próximo 25 de marzo.


    En El ABC de la lectura, Ezra Pound escribe que debe desconfiarse del profesor que dedica más tiempo a hablar del autor que de la obra; es probable que esa admonición valga también para los prologuistas y, sin embargo, es bien difícil sustraerse de la contundente biografía de un poeta como Gary Snyder a la hora de hablar de su vinculación con este libro. Con permiso entonces de il miglior fabbro comencemos por algunos detalles biográficos: en 1968, Snyder retorna a California después de un periodo de alrededor de diez años en Japón, entreverado con estancias más cortas en su país y una temporada trabajando en la sala de máquinas de un petrolero. Había viajado hasta allí para estudiar y practicar budismo, algo que por entonces hubiera sido imposible de hacer en China. Durante parte de su estancia, en Kioto, se integra enteramente en la vida monástica.

    Hasta ese momento, el autor había publicado dos poemarios previos al que nos ocupa: Riprap y Myths and Texts, que vieron la luz en ese orden, aunque la escritura de muchos poemas responde a una cronología inversa. El caudal experiencial y la materia del segundo tienen su fuente, en gran medida, en el mundo mítico nativo americano y los trabajos que Snyder realizaba como peón forestal en su propio país antes de partir hacia Japón. En Riprap, el autor continúa en la senda temática de la experiencia del trabajo manual como fuente de los textos –en el bosque enlosando caminos de herradura, en una garita de vigilancia de incendios, en un petrolero–, pero aparecen ya poemas relativos a su estancia en Asia, y el libro se completa con una selección de traducciones de un eremita chino del siglo XII –budista, solitario y salvaje–, Han Shan o “Montaña Fría”. Son dos primeros libros importantes, que desprenden una sensación de movimiento: si se leen trastocando su orden de publicación parecen seguir la peripecia vital del autor y de algunas de las intuiciones poéticas que lo han acompañado hasta la consecución de sus últimas obras: “la celebración del trabajo manual como modo de vida y conocimiento, confluyente con el quehacer físico y espiritual” 1, la influencia estética y temática de la poesía china y japonesa, la exploración del sustrato imaginativo de las culturas nativas norteamericanas, y una empatía sin ambages con la naturaleza salvaje. De vuelta a Estados Unidos, Snyder publica The Back Country (1968) y Regarding Wave (1970), que ahondan en las mismas temáticas e incorporan otras –como el nacimiento de sus hijos–. Si bien plenos de buenos poemas, no alcanzan el grado de compleción unitaria que, como libro, posee el que ahora celebramos en su versión en castellano.

    Gary Snyder en 2014. Foto: Larry Miller (CC BY-SA 2.0).

    En 1971, Snyder comienza, ayudado por una cuadrilla de amigos, la construcción de una casa de madera, que aúna características de la arquitectura japonesa y del entorno rural americano, en las faldas de la Sierra Nevada californiana. Con baño en el exterior, sauna caldeada con leña e inicialmente sin conexión a la red eléctrica, Kitkitdizze continúa siendo su hogar a día de hoy, con casi 87 años. El nombre de la propiedad responde al que una tribu nativa local, los miwok, utilizaban para llamar a una planta endémica de la zona que crece entre coníferas, cuya denominación científica es Chamaebatia foliolosa. Ese mismo año se muda allí con “familia, herramientas y libros”, como él mismo cuenta en su último libro de ensayos 2. La primera edición de Turtle Island se publica tres años más tarde.

    La isla de la tortuga –que ve la luz en traducción de José Luis Regojo en kriller71 ediciones– es probablemente la raíz primaria de un proyecto poético que convierte a Gary Snyder en uno de los grandes en lengua inglesa de los últimos sesenta años. Supone su “vuelta a casa” y su completa confirmación como un poeta americano, si atendemos a esa adjetivación en la más rica de sus acepciones: aquella que, consecuentemente, el propio autor ayuda a establecer y definir en el largo aliento de su obra. El libro propone, ya desde el título – que aparece inmediatamente glosado en una nota introductoria–, ensanchar la compresión común del continente por medio de la recuperación de un antiguo nombre, presente en los mitos de creación de varias culturas nativas americanas. En ellos, la tierra se sostiene sobre el caparazón de una tortuga. Snyder expande el alcance del relato instando a reelaborar una relación con el espacio físico del continente atenta a fronteras naturales como las cuencas fluviales, que determinan comunidades de plantas, animales y áreas culturales, en contraste con una división territorial y sus denominaciones que conforman “imposiciones arbitrarias e inexactas de lo que realmente hay aquí” 3.

    Son muchos los rastros que sigue el libro en su propósito de alcanzar una visión real y vinculante de ese “aquí”; desde la incorporación de la propia formación espiritual de Snyder en la cosmogonía budista –“El Darma es como un Aguacate”–, hasta la recuperación de un arquetipo de cordura vital y espiritual encarnado por la figura mítica del coyote para muchas tribus nativas; desde la afluencia al caudal de la poesía de conceptos de la ciencia ecológica, como el clímax, a las propuestas ideológicas contenidas en una sección final de ensayos, “Charla franca”, sobre límites demográficos, polución, abusos de la energía, biodiversidad o la relectura de los elementos esenciales clásicos. El sesgo más reivindicativo, la defensa sin concesiones de la naturaleza que tanto identifica a Snyder, es consustancial a La isla de la tortuga, a menudo incluso desde una asociación de metáforas e imágenes crudas y axiomáticas: “El 4×4 de la/ Inmobiliaria trae/ Buscadores de tierras, ojeadores, le dicen /A la tierra/ Ábrete de piernas”. Un imaginario que se funde en el libro con una tonalidad menos confrontante que también es propia del autor, en poemas como “Oración para la gran familia” o el que da titulo a la tercera sección, “Para los niños”, que termina con tres de los versos más apreciados de toda su poesía: “permaneced juntos/ aprended las flores /id ligeros”. De alguna manera, la reivindicación moral de la obra de Snyder a favor del mundo natural, e incluso parte de su expresión, quedará ya implantada con La isla de la tortuga, que contiene el germen sustancial de su obra posterior.

    El libro se inserta plenamente en la corriente ideológica que, desde la década de los sesenta del pasado siglo en adelante, toma partido y acción a favor de la naturaleza y la dignidad intrínseca de las culturas indígenas, y con cuyos mimbres temáticos establece un umbral de calidad difícilmente reconocible hasta entonces en la poesía contemporánea norteamericana (si bien existen algunos ejemplos previos en prosa, como la breve obra de Aldo Leopold). Con el inmediato reconocimiento e influencia que alcanza –recibe el premio Pulitzer en 1975, quizás el reconocimiento literario más prestigioso de Estados Unidos, y ha vendido más de 100.000 ejemplares a lo largo de su historia–, La isla de la tortuga participa de una perspectiva conservacionista inscrita en el pensamiento común de muchos de nosotros hoy. Sin embargo, la flecha que a mi entender se inserta en el centro del blanco y cuyo astil no ha dejado de vibrar desde su publicación es la reivindicación del aprendizaje y la experiencia del territorio local –el que se puede recorrer andando– como fuente de conocimiento y responsabilidad primera. Quizás porque esta lección, pese a su trasparencia, parece particularmente difícil de atrapar para una sociedad cuyos vínculos con la movilidad física y la acumulación material desdibujan cada vez más una relación plena con nuestro sentido del lugar. Escribiendo desde la conciencia del suyo, Snyder propone un ejercicio poético que aúna etimología, etnobotánica, espiritualidad, comunidad y cultura.

    “Manzanita”, el nombre de un arbusto del género Arctostaphylos abundante en la parte occidental de las colinas de la Sierra Nevada donde el autor tiene su casa, es el título de la primera sección del libro. “Anasazi”, su primer poema, imagina la vida de esta comunidad amerindia de poblados estables, antecesores de los indios pueblo, en un poema fundacional de serena vindicación de pasado, familia y existencia enraizada en un lugar: “Cesta de maíz / ojos abiertos / niño rojo /casa de labio de roca /Anasazi”. El extraordinario poema “Los muertos al lado de la carretera” llama a la hermandad con los animales que fallecen atropellados en las calzadas que hoy cruzan sus antiguas sendas –alas que servirán para abanicos de danza, carne de ciervo que no se echará a perder–, las carreteras que el propio poeta y sus vecinos transitan, las mismas por las que ruedan los camiones madereros cuyo combustible es la vegetación fosilizada.

    Decir que Gary Snyder es el poeta beat de la naturaleza es decir casi nada. Lo que a mi entender convierte su poesía en un hecho trascendente es la articulación de una visión que vincula tradición con propuestas de futuro, enraizada en una contundente argumentación intelectual plena de referencias cruzadas y una experiencia vital arrolladora. En sus versos se aúna la crítica anticapitalista a un modelo de sociedad sin conciencia de los límites ecológicos, una otredad inclusiva que incluye lo no humano – animales y otros seres vivos– como vecinos de pleno derecho y una nueva conciencia del lugar donde habitamos, llamada a recuperar su pasado cultural y la vivencia significativa de nuestro territorio –no tanto como irreflexivos ciudadanos del mundo, sino como moradores asentados en una biorregión concreta con características climáticas y vegetales particulares–. Conocer la flora local, tomar saunas en familia, caminar por nuestro bosque o ciudad, saber de dónde viene el agua que bebemos o la orientación que siguen las tormentas es todo, de acuerdo con Gary Snyder, parte de nuestro retorno a casa.

    Breve coda sobre la traducción de kriller71 ediciones

    Traducir poesía se asemeja a participar en una cordada de escaladores, donde el autor asciende abriendo la vía o asido a los salientes que encuentra, y el traductor le sigue, encordado con él, en una aventura que combina intuición, esfuerzo y un aprendizaje tutelado.

    Portada de «La isla de la tortuga», Gary Snyder (trad. José Luis Regojo). kriller71 ediciones, 2017.

    Turtle Island –y su traducción– ronda el corazón y los pasos de José Luis Regojo desde 1983, cuando este, con unas cuantas traducciones en la mochila, se marchó en busca de su autor a California. Visitó a Snyder en su casa de Kitkitdizze en febrero de ese mismo año, y tuvo la suerte de que cayó una copiosa nevada, así que el poeta y su familia lo acogieron varios días. Las traducciones de La isla de la tortuga se completaron a su vuelta; hubo una edición no venal y algunas se publicaron en La mente salvaje, poemas & ensayos, una antología de poesía y prosa de Gary Snyder (Ardora, 2000 y 2016), pero como libro al alcance de todos había permanecido inédito hasta ahora. Partiendo de su versión inicial hace 34 años, el aroma de estos versos se ha intensificado con el trabajo posterior de Regojo en la traducción de otras obras del autor: ensayos en colaboración en La práctica de lo salvaje (Varasek, 2016) el libro de ruta Viaje por la India (Varasek, 2015) o poemas vertidos al catalán con Jaume Subirana en Les muntanyes són la teva ment (Tushita, 2103). Una comprensión atinada del ritmo, la inflexión y el alcance significante de los versos de un buen poema puede llevar años. Se asciende “paso a paso, respiración a respiración, sin prisa, sin dolor” 4… Con sudor genuino, humildad y algo de suerte, un buen traductor conseguirá que el horizonte revelado del poema aparezca también en su lengua, entre jirones de bruma. Gracias a José Luis Regojo disfrutamos hoy de estas visiones; buena suerte para todos en el descenso.

    Madrid, febrero, 2017.

    Notas

    1. Snyder, Gary. La mente salvaje (poemas y ensayos) Nueva antología. Edición de Nacho Fernández Rocafort. Pág. 18, “Introducción a la primera edición”. Madrid, Árdora Ediciones, 2016.

    2. Snyder, Gary. The Great Clod. Notes and Memoirs on Nature and History in East Asia. Berkeley, Counterpoint, 2016. De próxima publicación en castellano en Varasek Ediciones.

    3. Snyder Gary. La isla de la tortuga. En esta edición, pág. 15

    4. Snyder, Gary. La práctica de lo salvaje. Op. cit. Pág. 312, en el ensayo “Los escritores y la guerra contra la naturaleza”.