Sobre cómo convertimos la intimidad en una performance
Hay una diferencia enorme entre expresar una emoción y ponerla en escena.
Durante mucho tiempo pensamos que internet simplemente había democratizado la posibilidad de compartir lo que sentimos.
Pero junto con esa democratización ocurrió otra cosa mucho más compleja: la emoción empezó a acostumbrarse a ser observada.
No solo sentíamos.
Aprendimos a sentir sabiendo que quizá luego lo contaríamos.
La intimidad cambia en el momento en que imagina una audiencia.
No hace falta falsedad para que eso ocurra.
Internet premia ciertos tipos de vulnerabilidad:
la tristeza estética,
el sufrimiento elegante,
la confesión intensa pero comprensible.
Y poco a poco aprendemos ese lenguaje.
La emoción empieza a convivir con una segunda capa de conciencia: la posibilidad de ser observada.
Y esa segunda capa modifica todo.
En Poémame esto resulta especialmente visible porque la plataforma funciona precisamente alrededor de la resonancia emocional.
Todos terminamos entendiendo qué tipo de emociones circulan mejor.
El problema es que algunas emociones importantes no circulan bien.
La vergüenza profunda.
La contradicción moral.
La dependencia emocional menos estética.
Todo aquello que no puede transformarse fácilmente en una narrativa emocional reconocible tiende a desaparecer del espacio compartido.
Tal vez la poesía más honesta no sea siempre la que más se comparte.
A veces es la que todavía conserva zonas imposibles de mostrar completamente.


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