Nunca habíamos opinado tanto. Nunca habíamos escuchado tan poco. Cada día aparecen nuevas polémicas, nuevos escándalos y nuevas razones para enfadarse. La indignación se ha convertido en uno de los combustibles favoritos de internet.
Existe una lógica económica detrás de este fenómeno. La atención genera ingresos. Y pocas cosas capturan mejor la atención que el conflicto. Las plataformas aprenden rápidamente qué contenidos provocan reacciones intensas y los amplifican.
El resultado es una conversación pública dominada por la urgencia. Todo parece exigir una respuesta inmediata. Todo parece requerir una posición definitiva. La duda se interpreta como debilidad. El matiz se confunde con indecisión.
La literatura opera bajo reglas distintas. Un poema puede permanecer años formulando una pregunta sin ofrecer una respuesta clara. Puede explorar contradicciones. Puede convivir con la ambigüedad. Esa capacidad resulta especialmente valiosa en tiempos polarizados.
No se trata de abandonar los debates públicos. Se trata de recordar que comprender es más difícil que reaccionar. La velocidad favorece los juicios rápidos. La reflexión necesita tiempo.
Quizá por eso la poesía sigue siendo relevante. No porque vaya a resolver conflictos políticos ni porque vaya a detener la maquinaria de la indignación digital. Sigue siendo relevante porque protege un espacio mental donde todavía es posible pensar sin la presión constante de tomar partido de inmediato.
En una época que premia las certezas instantáneas, la poesía reivindica algo mucho más modesto y mucho más necesario: el derecho a demorarse en una pregunta.
El poema que nadie leyó porque estaba ocupado indignándose

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