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El poema que perdió contra un vídeo de gatos



Hace doscientos años un poema podía acompañar a una persona durante toda una vida. Hoy compite con vídeos de pocos segundos, notificaciones constantes y una atención fragmentada hasta el extremo.

La cuestión suele plantearse como una batalla entre alta cultura y entretenimiento. Pero ese diagnóstico resulta demasiado cómodo. El verdadero problema no es que existan vídeos de gatos. El verdadero problema es que hemos construido un entorno donde todo compite por ocupar cada segundo de nuestra conciencia.

Nunca habíamos consumido tanta información. Nunca habíamos tenido tan poco tiempo para procesarla. Pasamos de una noticia a otra, de una polémica a la siguiente, de una emoción a otra emoción. El resultado no es una sociedad más informada. Es una sociedad más cansada.

La poesía exige algo que se ha vuelto extraordinariamente escaso: atención sostenida. Leer un poema implica detenerse. Releer. Dudar. Volver atrás. Permanecer un instante más de lo que la lógica digital considera rentable.

Por eso la poesía parece perder constantemente frente al contenido rápido. Pero quizá esa derrota sea engañosa. Los vídeos pasan. Los poemas permanecen. Lo que recordamos años después rara vez coincide con aquello que más clics obtuvo.

Existe una paradoja interesante. Cuanto más acelerada se vuelve una cultura, más valiosas resultan las experiencias lentas. La lectura, la conversación larga, el silencio y la contemplación adquieren un carácter casi subversivo.

Tal vez el futuro de la poesía dependa precisamente de eso. No de adaptarse a la velocidad dominante, sino de ofrecer un refugio frente a ella. En un mundo que monetiza cada segundo de atención, detenerse a leer un poema puede convertirse en un pequeño acto de libertad.

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