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El poema que no quiere gustarte


Sobre la tiranía de lo emocionalmente correcto

Hay poemas que incomodan de una forma que no sabemos gestionar.

No porque sean violentos, ni explícitos, ni necesariamente radicales. Incomodan porque no encajan en el tipo de emoción que hemos aprendido a reconocer como válida. Porque no son fácilmente compartibles. Porque no generan una reacción inmediata que pueda traducirse en aprobación.

Y en un ecosistema donde casi todo pasa por ser aprobado, eso es un problema.

No hay una censura visible. Nadie prohíbe estos poemas. Nadie los retira. Simplemente no circulan. No aparecen. No se amplifican.

Es una forma más sofisticada de silencio.

La cultura digital ha generado algo parecido a un consenso emocional implícito. Sabemos —aunque nadie lo haya escrito— qué tipo de tristeza funciona, qué tipo de amor se comparte, qué tipo de rabia es aceptable.

Una tristeza estética.
Un amor reconocible.
Una rabia contenida.

Todo lo que se sale de ahí resulta difícil de procesar.

La emoción, para circular, tiene que ser legible.

Y lo ilegible, lo confuso, lo contradictorio… queda fuera.

El problema no es solo estético. Es político.

Porque lo emocionalmente correcto no solo define lo que se comparte. Define lo que se escribe. Poco a poco, sin necesidad de normas explícitas, se interioriza un marco: esto sí, esto no.

No porque esté prohibido.
Porque no funciona.

Y cuando el criterio de funcionamiento se impone sobre el de necesidad, la escritura cambia de naturaleza.

Deja de ser exploración.
Se convierte en ajuste.

El poeta ya no escribe para descubrir qué siente. Escribe sabiendo qué tipo de emoción será reconocida. Y eso genera textos eficaces, sí, pero también previsibles.

Lo verdaderamente incómodo queda fuera.

La envidia.
La contradicción.
La culpa que no se puede justificar.
El deseo que no encaja en el relato.

Todo eso existe. Pero aparece poco.

En Poémame, si queremos que la poesía siga siendo un espacio significativo, quizá deberíamos preguntarnos no solo qué tipo de textos promovemos, sino qué tipo de emoción estamos validando.

Porque una comunidad también se define por sus límites invisibles.

Y una poesía que solo permite ciertas formas de sentir no es más libre.

Es más dócil.

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