Julieta Marchant, Santiago, Chile, 1985. Editora · Escritora. Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte en la Universidad de Chile. Ha publicado los libros de poesía Urdimbre (Ediciones Inubicalistas, 2009), Té de jazmín (Marea Baja Ediciones, 2010), El nacimiento de la hebra (Edicola Ediciones, 2015), Habla el oído (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017), Reclamar el derecho a decirlo todo (Pez Espiral, 2017; Jámpster eBooks, 2019) y En el lugar de la mano el ímpetu de un río (Bisturí 10, 2020; Liliputienses, 2021; HD, 2021). Codirige los sellos editoriales Cuadro de Tiza y Bisturí 10, trabaja en J&P Editoras, donde ofrece servicios de diseño y edición, e imparte talleres de poesía. Como editora, ha estado a cargo de algunas compilaciones como Teoría de la noche de María Moreno (Ediciones Universidad Diego Portales, 2011), Cruce de peatones de Alejandra Costamagna (Ediciones Universidad Diego Portales, 2012), Diarios íntimos de Teresa Wilms Montt (Alquimia Ediciones, 2015), Poesía reunida de Teresa Wilms Montt (Alquimia Ediciones, 2016) y Pide la lengua de Soledad Fariña (Alquimia Ediciones, 2017). Dictó cursos en varias carreras de la Universidad Diego Portales del año 2010 al 2018 y trabajó en la revista Grifo del 2008 al 2012. El 2015 fue elegida como uno de los 100 jóvenes líderes de la revista Sábado por su labor editorial.
Ediciones Liliputienses nos vuelve a sorprender con el original diseño de formato de su colección Proscrita en este libro de prosa poética. En el lugar de la mano el ímpetu de un río, de Julieta Marchant es otro ejemplo de poesía viva, rompedora y valiente a la que ya nos tiene acostumbrado el editor José María Cumbreño que sigue intentando la cuadratura del círculo desde los talleres microscópicos de su editorial en el cacereño Valle de Valdeflores, amenazado, como toda la ciudad y su entorno natural, por una tóxica mina de litio a cielo abierto.
En este libro, la poeta chilena lleva el idioma hasta niveles que requieren que el lector, la lectora, se detenga a disfrutar y saborear el texto. Es un libro que no solo se tiene que leer, hay que releer y acariciar con la mirada mientras asistes al nacimiento de algo que está por venir. Tenemos el lujo, con la lectura de este libro, de ser testigos de un lenguaje nuevo que dará mucho que hablar en el futuro.
Por frío y humedad se descompone. El pasto bajo los pies, aproximarse al borde de piedra. Las piernas rectas, el tronco levemente inclinado, los brazos arriba, las manos se tocan. La espalda proyecta la extensión de una altura, los omóplatos se separan. Aguantar la respiración, el fuego en el abdomen desciende. Lanzarse y, en el espacio entre la orilla y el agua, perder el aliento. Nadar en un tiempo al que la letra no accede. Golpea un rostro el lenguaje y ya no es posible restaurar. Las palabras no restituyen. Elevación y retirada. Imagino que tomo tu mano, abro los ojos, en mis palmas un grupo de pequeños peces buscan calor en el frío. Mi mano impávida deja que el agua la queme. En el lugar de la mano, o donde debiera haber una mano, el ímpetu de un río. Se desgasta el ritmo en los pulmones. Consume la imagen de alguien en el aire.
Fa pocs dies he acabat de llegir el nou treball d’Antoni Garcia Iranzo, Relatari Caòtic, un llibre del qual us explico una mica les meves impressions:
Si bé, el terme caòtic designa tot allò que sembla desordenat, confús i incoherent, penso que també fa referència a un estat d’agitació dins el comportament humà, un sentir les emocions fortament, un cabdal d’idees dins la ment que necessiten esclatar…fins sorgir aquest Relatari Caòtic, segon llibre d’ Antoni Garcia Iranzo, cantautor i poeta nascut a Sant Andreu, amb un gran bagatge dins el món de la música i la poesia.
El llibre té 160 pàgines i és un recull de relats amb alguns poemes intercalats tot acompanyats per dibuixos i dissenys gràfics de l’autor inspirats en vivències personals. Hi trobem relats divertits, tendres, reflexius, on no falta un toc d’ironia i sobre tot on queda palesa la humanitat, el vitalisme i l’enginy de l’autor. Escrits amb un vocabulari exquisit i alhora planer arriben al lector i l’atrapen des del primer moment.
En definitiva, un llibre molt recomanable que no deixarà ningú indiferent.
Antoni Garcia Iranzo va nèixer a Sant Andreu, Barcelona, l’any 1960. Tota la vida ha viscut a Nou Barris. És cantautor, poeta i artista gràfic. Com a cantautor ha recorregut mitja Catalunya. També és compositor d’un munt de sintonies. El seu primer recull de poemes, en llengua castellana, Barcelona y despeinado, data de l´any 1978. Més tard, incorporaria la llengua catalana a la seva manera de fer.
Breu currículum creatiu: –El mar siempre comienza 1982 (poemari col·lectiu) català i castellà. Després d´un llarg parèntesi va publicar el seu Cd de cançons Camacu!! 2010. I més tard poesia a reculls com:
-En la senda de Orfeo.
-Brossa de Foc .
-Diverses publicacions de tipus solidari.
-Poemari Inconcret
– Relatari Caòtic.
Ha publicat també online:
-Poemari dispers 2020
-Cinc peces per a guitarra 2020
Col·labora habitualment amb revistes i publicacions com ara Òrbites existencials, Viladecans, Punt de trobada, Agràcia, etc. L´any passat va fer la primera exposició de la seva obra gràfica a l´Ateneu Llibertari de Gràcia.
Ernesto Suárez (Isla de Tenerife, 1963). Es psicólogo social, profesor e investigador en la Universidad de La Laguna. Como poeta es autor de seis libros: El relato del cartógrafo (Ediciones La Palma. Madrid, 1997. También editado por la colección Mucuglifo, Venezuela); Las playas -Cuadernos poéticos 1982-2002 (Editorial Baile del sol, Tenerife, 2002); La casa transparente (Colección La caja literaria, Tenerife, 2007), Spree (Cartonera Island, 2013); Rehacer el aliento (Editorial Baile del sol, Tenerife, 2016) y Arrecia (Ediciones La Palma, Madrid, 2017).
También participa en el libro de poemas Ruido o luz, obra en colaboración con Daniel Bellón y Carlos Bruno Castañeda (Editorial Amargord, Madrid, 2013). Dirigió la colección Atlántica de poesía para Ediciones Idea y coordinó, junto a Carlos Bruno Castañeda y Daniel Bellón, las ediciones de Cuadernos Insulares de Poesía y de La calle de la costa. Ha dirigido diferentes proyectos y festivales literarios en la isla de Tenerife. En la actualidad coordina, también con Carlos Bruno Castañeda y Daniel Bellón, Cartonera Island, proyecto literario de edición digital y cartonera.
La habitación china es una muestra de cómo un poeta como Ernesto Suárez busca nuevas vías poéticas que tanta falta hacen. Es un libro dividido en cinco secciones, que combina poesía, ensayo, diario y cuaderno de viajes dando a luz un objeto estético final que no os voy a desvelar para no hacer ‘spoiler’. Tendréis que leerlo vosotros y vosotras para llegar a vuestras propias conclusiones que, seguramente, serán de vuestro agrado. En definitiva, un buen poemario para iniciar el 2022 que no os decepcionará.
Entre todos los poemas hay uno (que no incluyo) al que le tengo especial cariño: Memoria o lugar (III). Un poema que se refiere a una foto de diciembre de 1961 de Gary Snyder, que yo también miré en su momento. Un poeta, Snyder, al que nos hemos referido algunas veces en esta revista y que Suárez vuelve a mencionar de pasada posteriormente en otro poema: Leer poesía en una edición bilingüe. Sin olvidar a la que fuera su mujer y gran poeta, Joanne Kyger, una de las poetas favoritas de Poémame.
Este poemario es otra pequeña gran joya de Ediciones Liliputienses y un ejemplo más del mérito y esfuerzo de sus talleres microscópicos del Valle de Valdeflores. Una editorial que sigue superando, libro tras libro, todas las andanadas en su contra que el ‘establishment’ burocrático-poético le va dando.
Casa o bosque
(1) Bajo el sol del verano, desde el centro del patio, el tilo da sombra a la mesa aún vacía. Todo es más terrible, temible, también habitual. Lejano el sonido del avión; apenas unos segundos y se desoye hasta el siguiente.
La casa, mañana se despertará poco a poco.
(2) Otro sonido, el de las ventanas de madera al abrirse. Se busca airear, que se ataje el tenso calor venidero. Antes. Un breve alivio.
(3) Tras las tapias o por encima, las aves.
(4) El zorro husmea pegado al muro. Busca acercarse al abrevadero, atento a quienes a su vez lo observan. Vuelve. El hocico gacho y encorvado el lomo. El murete blanco es una pantalla donde se proyecta su silueta. Todo sucede ahí, en la lejanía de un borde. Aunque no se vea.
(5) El portalón de la casa mira hacia el sur, apenas un grado de deriva.
Permanece la casa, aunque siempre es otra.
Hubo donde no.
(6) En la otra banda, pinos de Alepo. Vivirán doscientos años y algunos ya alcanzan los ochenta. Irán sus cortezas del blanco al pardo rojizo y, con el tiempo, se quebrarán. Aun así sus raíces aferran la poca tierra, las áridas laderas.
(7) El fin es ganar la umbría. Desde el muro atrás de la casa se alcanza a ver el mar.
(8) El zorro atacó a los jabatos más pequeños. Desde las ventanas de la casa, los chillidos alejándose allá del foco de la luz.
Este es un relato sobre lo que sucede fuera del foco.
Árbol oscuro. Decalcomanía
(1) Se podría elegir entre aquello oscurecido del árbol y su transparencia.
Una gota habrá de ser el espejo y espejo por ambas caras. Gota que se derrama sobre las hojas, aunque no las limpia: traza la línea de la sombra; traza igual la vereda de la luz.
(2) Hay un arquero que cierra los ojos para hacer el disparo. Ya quedó escrito el gesto del arquero, la puntería, la diana errada o no.
(3) Imaginemos que la diana ocupa el tronco transparente del árbol. La tensión sería desmedida. Pero, ¿y si el blanco se halla entre lo oscuro del árbol, justo ahí donde? Se dice entonces del gesto ciego que acoge la diana, ahora igual -blanco sobre negro y nunca al contrario- negación, sí. O vuelta.
(4) ¿Hasta dónde alcanza entonces aquella gota? Su trajín hasta. Una gota abriendo camino, cuando guía a la flecha tras su ceguera.
En el otoño de 2020, Luís Gilberto Caraballo, poeta y pintor venezolano, redacta un poemario muy original, La Gruta del Ávila que fue editado recientemente por Alberto Martínez Márquez para su sello editorial, Letras Salvajes. La esmerada edición de Martínez Márquez cuenta con un diseño de portada realizado por el propio Caraballo.
La portada representa 11 escritores varones, con los cuales Caraballo establece diálogos en la segunda parte de su libro y dos escritoras, Alejandra Pizarnik y Olga Orozco, quienes también se incluyeron en estos diálogos. El dibujo además representa las casas de techos rojos de la vieja Caracas y se ven los edificios modernos de la Caracas actual. Todo con una representación del Ávila, parque nacional venezolano. Este parque que Luis Gilberto Caraballo avista desde su edificio en Caracas, y que ha visitado, deviene en símbolo del corazón del poeta en este texto.
La primera parte del libro consta de 13 diálogos donde el poeta se encuentra con sombras de temas existenciales, como la muerte, el olvido, o el amor. En esta parte dialoga con las sombras de elementos naturales como el mar, la noche y la lluvia. La segunda parte, como señalé, cuenta diálogos con escritores que de algún modo rozan la sensibilidad de este poeta. Entre ellos, Octavio Paz, Vicente Gerbasi, Luis Cernuda, Andre Breton, las escritoras Pizarnik y Orozco. El texto contiene epígrafes de Caraballo y de los más diversos autores. Además, cuenta con poemas en verso y prosa bellísimos. Estos diálogos sean con elementos naturales, temas existenciales u otros escritores demuestran el deseo del autor de verse en espejos, sombras, sus dobles, para conocer más o autoconocerse, tal como se desvela al comienzo del libro cuando aparece el enigmático personaje del Visitante.
Por otro lado, los diálogos se producen de noche, en el espacio del sueño lo que apunta a la influencia del surrealismo en la escritura de Caraballo. Más que influencia se podría hablar del conocimiento profundo que tiene de dicho movimiento artístico. En su diálogo con Breton, el venezolano “hace juegos poéticos” con ese autor, usando la escritura automática y habla con el padre del surrealismo sobre lo lúdico y aleatorio en el arte de este movimiento. También el diálogo con los surrealistas se da en un restaurante que tiene la forma de una imagen en un cuadro de René Magritte, pintor belga que Caraballo admira. Las llamadas influencias literarias en este escritor son tan profundas que ahora el lector leerá con nuevos ojos a Garcia Márquez, a Pizarnik, Orozco y otros. Porque Caraballo recrea sus corpus poéticos de una manera magistral en La Gruta del Ávila
Este texto que leo como un poema largo, ha sido visto por el escritor y editor puertorriqueño, Alberto Martínez Márquez, como una especie de cartografía poética. Martínez Márquez ha vinculado este libro con la Divina Comedia de Dante y yo, con la Eneida de Virgilio.
En fin, La Gruta del Ávila es un retrato de un artista, un espejo de sus preocupaciones existenciales, sus sentimientos en torno a la naturaleza, una mirada profunda a sus afectos literarios y artísticos, una búsqueda del conocimiento a través de ese viaje por medio del sueño, un reflejo de sus emociones como hombre maduro. Abbas Kiarostami, el gran director iraní dijo: “Si no tengo nada en mi corazón, tengo poesía”. Yo diría, si no tenemos nada en el corazón, tenemos La Gruta del Ávila para leerla con la misma sensibilidad y pasión que fue escrita por Luis Gilberto Caraballo en el otoño de 2020.
La Gruta del Ávila se puede conseguir por Amazon.com
Paula Casal nos enamora con su Lagartija poeta; un poemario distinto, alegre, sencillo pero que a su vez, esconde podríamos decir moralejas, o enseñanzas.
Con los animales como protagonistas, la autora teje una serie de historias o cuentos en verso, orientados a niños (y no tan niños); de ahí que la mayoría de los poemas estén escritos con versos breves, mayoritariamente en rima consonante, con una sonoridad estudiada y fluida, con una armónica distribución de los acentos y sonidos, que hace que la lectura sea agradable, sencilla y amena. También, en este sentido, destacar las ilustraciones de la propia autora que acompañan los poemas, ilustraciones elaboradas y sensibles, que ayudan a que la idea del poema ‘cale hondo’ en el lector.
El poemario va mucho más allá de los cuentos que relata; todos y cada uno de ellos esconde un mensaje tras las líneas que, gracias a esta estructura de rimas sencillas y poemas-cuentos, resulta muy sencillo de captar y comprender.
Portada de La lagartija Poeta
Es realmente fascinante como Paula Casal consigue captar la atención del lector, adulto o infantil, dejando huella con cada uno de los poemas, y arrancando a veces una sonrisa. Su poesía parece casi musical, y eso hace que se adentre con facilidad.
Creo que es un libro muy adecuado para leer con nuestros pequeños, puesto que los poemas cuentan una historia a medida de cuento, y eso capta la atención y permite que la idea de trasfondo quedé:
Tomemos por ejemplo el poema que abre el libro, el Ratón Pérez:
Por si alguien le tima
él deja muy poco
al niño que miente
o que se hace el loco.
Y al niño que grita,
que escupe y que muerde,
le deja una piedra
para que se acuerde.
Pérez deja claro
a quién dará más:
al niño que ayuda y
piensa en os demás.
Como podéis ver, el Ratón Pérez deja mejores regalos a los niños que son buenos. Y esto motiva a los niños a portarse bien.
Iba al matadero,
directa a la muerte,
cuando un aldeano
le cambió su suerte.
<<Deme aquella vaca,
para mi sobrina,
que tiene una granja,
con playa y piscina>>.
Allí va a su aire:
corre, sube y baja,
pasea tranquila,
duerme sobre paja.
-Fragmento del poema La vaca que ríe
Aparte del buen comportamiento, que es el que consigue los mejores regalos, Paula no enseña que los animales son más felices en su hábitat y libres. De hecho, la idea de que los animales son más felices libres, se puede ver en diversos de sus poemas como La vaca que ríe, El asno de Buridán o El circo sin personas:
¿Y qué clase de amo deja
morir así a un asno sano,
teniendo tanto alimento
al alcance de la mano?
-Fragmento del poema El asno de Buridán
Una de las ilustraciones de Paula Casal
Uno de los poemas/cuento que más me han llamado la atención es Circo sin personas. En esta historia, escrita en diferentes partes breves, la historia radica en unos animales de un circo que deciden librarse de la mano humana que los esclaviza. Paula muestra los pensamientos de los animales, sus conversaciones, mostrándolos incluso más ‘humanos’ que los propios humanos. Me parece importante la idea que se desprende de este poema, y es que los animales no son objetos, los animales son seres vivos que sienten, y cuando son felices es cuando se les deja vivir la vida que merecen y que les pertenece, y necesitan de un trato de cariño, como cualquier ser vivo.
Los animales hablan, explican lo que sufren, conspiran y consiguen salirse con la suya sin hacer daño a nadie, mostrando así su nobleza:
<<¡El Circo de la Alegría!>>,
gritaba el payaso listo,
<<hagan cola que, esta tarde,
van a ver lo nunca visto>>.
<<Lo nunca visto sería
que nos dejasen en paz,
nos llevasen de paseo
o a merendar en un bar.>>
[…]
Y así fue como empezó
El Gran Circo Sin Personas,
cuya fama trascendió
más allá del Amazonas.
El circo se convirtió
en un modelo a seguir:
no hacen falta barrotes
sin nadie quiere salir.
Queda de manifiesto la crueldad, el uso y el abuso, que los humanos hacen de los animales, cosa que les hace sentir tristes y sin ánimo.
En este poema se ve muy claro algo que me gusta mucho del poemario, y es que nos muestra lo que piensan y sienten los animales; de este modo, es como si ellos mismos contaran lo que sienten, las cosas que les ocurren, y esto ayuda mucho a verlos como lo que son: seres vivos que también sienten igual que nosotros, y apela un poco a la sensibilidad.
Incluso tenemos un cuento que muestra que los animales son buenos, que si pueden nos ayuda, como le ocurre a Jonás en Jonás y la ballena, que es una ballena la que consigue que Jonás se libre de sus cadenas, lleve a cabo su mayor proeza y consiga ser feliz en libertad. Si ellos nos ayudan a conseguir eso, nosotros también podemos ayudarles a ellos.
Otra idea que me parece realmente interesante y querría destacar es la que se desprende del poema Un milmanos y un ciempiés. Estos dos animales se encuentran y hablan sobre lo complicado que debe ser tener cien pies y mil manos; pero con la particularidad que cada uno está feliz con lo que tiene, a pesar de que los dos podrían ser el mismo animal. Aceptarse y quererse como es uno y aceptar al que llaman diferente puesto que, en el fondo, somos iguales. Y me parece muy bonita esta enseñanza, más en estos mundos en los que vivimos, a veces tan cargados de prejuicios, que no aportan nada.
Bajaron primero al sueño,
para evitar los peligros,
y una vez en tierra firme,
se abrazaron como amigos.
Y ahora, siempre que un ciempiés,
se encuentra con un milmanos,
se dan un fuerte apretón,
como si fueran hermanos.
En definitiva, es un libro realmente interesante y totalmente aconsejable para niños (¡de todas las edades!); pues no sólo entretiene, sino que enseña y demuestra que hay otra manera de hacer las cosas, de tratar a los animales, de convivir en armonía haciendo el bien. Un libro muy trabajado, imaginativo y creativo, con unas rimas que hacen su lectura sencilla y agradable y cuyos poemas, apoyados en las ilustraciones de la propia Paula Casal, se convierten en pequeñas grandes enseñanzas que dejan huella.
Paula Casal es investigadora ICREA y profesora de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, habiendo trabajo con anterioridad en las universidades de Keele, Harvard, Oxford y Stanford, entre otras, obteniendo varios premisos de investigación, y está muy ligada a organizaciones y revistas por el buen trato y la ética animal.
Tal como nos indica el autor, este poemario recoge poemas que ha ido publicando en diferentes portales y redes sociales, sin seguir una línea temática de unión, sino que se encuentran ordenados de forma cronológica.
Así, los poemas no tienen un hilo conductor por lo que hace a la temática, sino que son poemas que se suceden tratando diversos temas e inquietudes del autor.
Son poemas cercanos que, al no estar ligados entre ellos, tienen la particularidad que puedes abrir el libro por cualquier página y deleitarte con unos sencillos versos que aportan la visión del autor.
Todo ello nos lleva a un poemario que puede hacernos reflexionar en algunas ocasiones, e incluso empatizar, o simplemente aportarnos un rato de distracción con bonitos versos.
Aun así, si es cierto que hay algunos temas que se repiten en el poemario, como el amor, los sentimientos, casi tema universal en poesía, la soledad, la ausencia, la muerte, la música… si bien lo que tienen prácticamente todos en común es la emoción; poemas surgidos en su mayoría de las emociones del autor.
El amor no se ha marchado,
a mi vera ha quedado,
aunque no estás a mi lado.
-Fragmento del poema Me faltas
O el poema Música, que describe el proceso de creación de un disco
Una nota tras otra.
Ahora un acorde, luego otro.
De fondo se oyen golpes,
unos altos, otros bajos.
A veces das con la tecla,
o soplas, y qué bien queda.
-Fragmento del poema Música
Todo aparece escrito desde una visión interior del autor; cada poema podría ser casi una pequeña reflexión y exposición sobre algo, sin dejar de lado la introspección.
La actualidad y la realidad del mundo en que vivimos no escapa de este poemario y nos aparece, de manera sutil, en algunas de las reflexiones que el autor comparte, alguna pequeña crítica a lo que somos hoy en día los humanos, crítica que se extiende, por ejemplo, en el poema La gente de enfrente
Cuando a ti nos acercamos
y de nosotros nos olvidamos,
nos vemos como hermanos
y de uno a uno hablamos
y todos nos respetamos.
Así somos más humanos.
-Fragmento del poema Hermanos Humanos
En otras ocasiones, nos encontramos con poemas cotidianos, pequeñas escenas hechas poema de instantes rutinarios en la vida
Salgo del coche.
Ya se ha hecho de noche.
¡Ya era hora, qué hambre!
Abro la puerta con la llave.
¡Ay, la discusión de ayer!
Ya mismo voy a ducharme.
-Fragmento del poema Por la noche
Porta de Un día cualquiera
A pesar de que podemos encontrar poemas que son simples explicaciones de un hecho, de un instante, también podemos hallar algunos poemas que cuentan con un ligero plus de profundidad, que van un poquito más allá de lo que cuentan las letras a primera vista. Así, por ejemplo, encontramos el poema Qué ha pasado, donde la reflexión va un poco más allá, y gira en torno al paso del tiempo, a los cambios que ese paso provoca en las personas y, por consiguiente, a veces también en las relaciones personales
Tengo sentimientos encontrados,
que me están haciendo daño,
y me pregunto en este estado
por qué intentamos negarlo.
-Fragmento del poema Qué ha pasado.
Y algo parecido nos ocurre con, pongamos como ejemplo, el poema Una historia más, donde la reflexión gira en torno a la vida y la muerte, al cambio y la trascendencia
y así vamos avanzando
por los altos y los bajos
sembrando y cosechando,
y en algún momento dado,
sin saber si hay otro lado,
dejamos todo y nos vamos.
-Fragmento del poema Una historia más
En este sentido, encontramos también poemas que profundizan en el interior del autor, en sus emociones quizás más privadas e íntimas, especialmente en la parte final de poemario, donde los poemas ganan un poquito en profundidad y reflexión:
Ahí mismo estaba la salida,
la propia entrada al abismo.
Así de cerca la tenía,
yo mismo la he elegido
al cerrar los ojos míos.
-Fragmento del poema Laberinto
En definitiva, se trata de un poemario con gran diversidad temática; poemas sencillos y cercanos, escritos en un lenguaje muy coloquial, que explican y exploran, en cierto modo, la realidad en todas sus vertientes, así como las emociones más características del ser humano: amor, soledad, vida y muerte, paso del tiempo, ausencias…
Óscar Antuñano es natural de Santurtzi, Bizkaia, y esta es la primera obra escrita que publica.
En una placa colocada en la sección de español de la Universidad de Rennes, se puede leer que Antonio «murió en 1970 de nostalgia y lejanía«. Y es que Antonio marchó exiliado a Francia, en 1947, nunca pudo regresar a España, y esa pena y nostalgia quedaron en su vida y su poesía como una marca imborrable.
Antonio nació en Cabeza de Buey, un pueblito de la provincia de Badajoz, el año 1905. Estudió Derecho y Filosofía en las universidades de Sevilla, Granada y Madrid. Desde muy joven, ya colaboró con diversas revistas y periódicos tales como El Correo extremeño, La libertad, Estampa o El Heraldo de Madrid entre otros. Asimismo, a los 25 años, ya había publicado cuatro novelas.
Cuando su familia familia se traslada de Extremadura a Madrid, muy a principios de los años 30, Antonio Otero se vincula activamente con la lucha por mantener la República. Una de sus vocaciones más destacadas, el periodismo, lo lleva a viajar como corresponsal por Europa y Marruecos. De esta época y estos viajes surgen los poemas recogidos en Viaje al Sur, que configuran la primera parte de esta antología.
Al estallar la Guerra Civil (1936-1939), Antonio sigue dedicándose al periodismo y publica, junto con un comandante de milicias, un texto defendiendo y alabando el trabajo de las Milicias (Gavroche en el parapeto).
Al terminar la guerra, es procesado y condenado a muerte; pena que fue conmutada por treinta años de cárcel, siendo puesto en libertad vigilada dos años después. A consecuencia de esto, Antonio no puede seguir ejerciendo el periodismo, pero se mantiene en contacto con la resistencia antifranquista, hecho que le suponen nuevas detenciones, hasta que finalmente logra llegar a París en el año 1947 y, aun desde París, sigue vinculado siendo secretario de Alianza Republicada, y del Comité Nacional de Resistencia, a la vez que colabora con Ibérica, revista neoyorquina dirigida por Victoria Kent. Su familia no consigue llegar a Francia hasta el año 1956.
Ejerce de profesor en la Universidad de Rennes, a la vez que hace de traductor para la ONU y la UNESCO, y publicando artículos en gran cantidad de revistas tanto de Europa como de América del Sur, y ejerció también crítico literario en Le Monde des Livres. Durante todo ese tiempo, fue un gran embajador de la literatura y la cultura española, nunca olvidando su tierra, y siempre con un asomo de nostalgia.
De ideología claramente republicana y masón, amigo de Miguel Hernández, fue el último periodista que entrevistó a Lorca en Madrid, antes que este fuera a Granada para no salir jamás.
Por primera vez se edita su poesía completa, Poemas de Ausencia y Lejanía, editada por Libros de la Herida, en su colección Poesía en Resistencia. Cuenta con un prólogo de Juan Manuel Bonet, y un emocionante epílogo escrito por Mariano Otero San José, hijo de Antonio.
Poemas de ausencia y lejanía agrupa sus poemas en diferentes apartados o secciones, recogiendo así toda su obra desde sus primeros poemas, pero son una clara prueba de quién fue Antonio, de sus sentimientos y sensaciones a lo largo de su vida, y de la profunda marca que dejó en él el hecho de tener que abandonar su país para no regresar jamás. A su vez, se va viendo, a medida que avanza el libro, la evolución de él como persona, así como los primeros poemas, por ejemplo, nos hablan de lugares, y se convierten en pequeñas instantáneas de lugares como Andalucía, Elche, e incluso Marruecos, fruto de sus viajes como corresponsal, hasta la nostalgia más profunda, palpable en numerosos versos.
Antonio Otero Seco, fotografiado por F. Buendía
Empezando con Viaje al Sur, se nos ofrecen una serie de poemas que nos hablan de lugares de manera muy concreta; pequeñas escenas o postales se abren frente a nosotros para descubrir lugares que conoció gracias a su faceta de periodista. Una poesía con ligeros toques que hacen recordar el ultraísmo, hay quien dice incluso a la greguería. Lo que sí se puede detectar en estos poemas es cierta influencia del estilo de Lorca, cierto aire de Romancero Gitano, de canción andaluza.
Raya de la lejanía
dormida en el horizonte.
Las casas son como espejos
que hacen más oscuro el ocre
de los corrales. La cal
alterna con el adobe,
ajedrez de plátano urbano
donde disputan dos torres.
(Fragmento de Andén de Marchena)
Vengo desde la plaza,
vengo desde la plaza
de San Francisco,
ay niña, de San Francisco,
vengo desde la plaza
para dormir contigo.
(Fragmento de Marisma)
Después de Viaje al Sur, encontramos seis poemas agrupados bajo el nombre de Con los ojos abiertos, que se abren con una bellísima elegía a Federico García Lorca (recordemos que Antonio Otero fue quien le realizó la última entrevista a Lorca, antes de su último viaje a Granada), así como poemas dedicados a su padre, Miguel Hernández, e incluso a ‘Martín Manzano, alcalde de Móstoles, fusilado en la cárcel de Porlier, donde Antonio cumplió parte de su condena).
Estos poemas toman un cariz distinto, una tristeza y a su vez una fuerza de alzar la voz contra la aberrante injusticia de la guerra y sus consecuencias. Poemas intensos y dolientes, contienen, a mí parecer, una importante carga emocional:
No cantes, que ya nos deja
al costado una lanzada
la frente cuadriculada
por la sombra de la reja.
No cantes, no cantes, ¡no!
En Alicante murió.
(Fragmento de Miguel)
Aunque todos estos poemas tienen ese carácter dolido y de lamento propio de una elegía, el poema llamado Padre es quizás el que se muestra más crudo, más intenso, más herido. Es un poema de una intensidad abrumadora.
Es muy definitoria la frase que abre este grupo de poemas, que proviene de una leyenda indígena de Guatemala: “Hay muertos enterrados con los ojos abiertos. Y sólo los cerrarán el día en que se les haga justicia”.
Los tres poemas que nos encontramos justo a continuación, bajo el título de Ausencia y Mirada Interior, encontramos poemas bastante desgarradores, como María, uno de los poemas que más me ha impresionado, dedicado a su mujer, escrito durante los primeros meses de su exilio en París. Es un poema intenso y triste, de añoranza, donde palpamos el dolor que le supone este exilio, tan lejos de su tierra y, especialmente, de su gente:
María: cuando vuelva te encontraré esperando
en la puerta de casa mi mano que falta-
Me ofrecerás tu risa clara de luna herida
y tus ojos de niña más abiertos que nunca.
(Fragmento de María)
Tanto en Ausencia como en Mirada interior, encontramos poemas que ‘van hacia adentro’, las emociones del autor, su pena, su tristeza, su añoranza y, en cierto modo la incapacidad de comprender el porqué de tanto dolor.
Se contraponen, en cierto modo, con los poemas agrupados bajo el título de Paréntesis sonriente, poemas fechados entre los años 1950 y 1952, fruto de algunos de los viajes que realizó. Son poemas algo más ligeros, siempre bajo un sutil velo de tristeza, que nos hablan de lugares como Estocolmo, Copnehague o Nueva York. También hay que decir que se siente cierto gracejo en estos poemas.
Lejanía son una serie de poema que acusan al dolor y la pena por la ausencia de sus seres más queridos. Así, se abre con un precioso poema llamado Madre, o los poemas dedicados a sus hijos. Y sigue ese aire de añoranza en los poemas recogidos en Con los ojos abiertos II, donde vuelve a aparecernos su amigo Miguel Hernández, su hermana Jacinta o de nuevo su madre. Personas que se han ido yendo, y estos poemas quieren ser, quizás, parte del duelo y de la despedida que Antonio no les pudo dar. Son poemas conmovedores en extremo, donde la tristeza se palpa en cada verso, junto con el dolor que estar lejos supone:
Llegarás, pero yo
habré dejado el lecho de tantos años tristes.
Sólo un hueco, una sombra, un molde, una canción.
Yo antes;
tú después.
¡Qué tarde ya para soñar!
¡Qué pronto aún para dormir!
Antes, después, siempre…
(Fragmento de Vendrás)
La antología se cierra con poemas que recogen otras versiones o variaciones de algunos de sus poemas.
Es indudable que la poesía de Antonio Otero es casi un diario emocional, salvando las distancias, de alguien que ha sufrido en sus propias carnes la crueldad de las cárceles franquistas, la pérdida, a menudo de manera injusta de familiares y amigos, el dolor por la lejanía de su tierra y de sus seres queridos. Una poesía que Libros de la Herida ha decidido recuperar y agrupar por primera vez, dentro de su colección Poesía en Resistencia, en un solo volumen, que configura una pequeña parte de la historia de este país, en la vida de un poeta, en cierto modo, injustamente olvidado, pero que creo que merece, como muchos otros, un reconocimiento. No fue el único que sufrió de ausencia, exilio y lejanía, por supuesto, pero sus poemas nos ayudan a entender y, lo que es más importante, a sentir lo que muchas personas sufrieron. Emoción y dolor a partes iguales, Poemas de Ausencia y Lejanía nos dejan un testimonio fiel y emotivo de lo que fue la vida de muchos durante la Guerra Civil y las décadas posteriores. De todo el poemario, hay una frase que me parece muy característica e importante porque podría resumir, a grandes rasgos, la esencia de la poesía de Antonio; aparece en su poema A los españoles muertos en el exilio, y me parece un buen resumen para cerrar esta reseña:
Amigos: Habéis muerto en olor de hombres solos
con un mapa de España en la pupila.
La documentación y selección de poema que configuran esta antología ha sido llevada a cabo por Juan Manuel Bonet, autor también del prólogo, Edouard Pons y Marino Otero San José, hijo de Antonio, que también es el auto del epílogo, donde además nos regala algunas fotografías familiares para el recuerdo.
Victoria Cóccaro es poeta, investigadora, traductora y Doctora en Letras (Universidad de Buenos Aires). Ha publicado los libros de poesía: El plan (Colección Chapita, 2009), Hotel (Colección Chapita, 2011; Gigante, 2013); Eléctricos de sombra (Fadel&Fadel, 2016), El mar (Lomo, 2018) y Decir (Slimbooks, 2020). Sus poemas fueron traducidos al inglés por Rebekah Smith y publicados en The Brooklin Rail como adelanto de la antología It’s in the Future. Actualmente, da clases de Teoría y Análisis de las Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Es curadora del ciclo Procesadores de Textos (procesadoresdetextos.com). Como bajista, formó parte de la Orquesta Atípica Catalinas Sur y los grupos musicales El pony infinito, Laboratoriosdelfín y Agua Viva, entre otros. Desde 2016 realiza performances sonoras junto a Matías Laje que consisten en lecturas intervenidas y procesadas en vivo de sus propios textos. En 2019 estrenó, junto al compositor Francisco del Pino, la obra multimedial Decir en el Centro de Experimentación y Creación del Teatro Argentino de La Plata (TACEC).
Solo iniciar el poemario, nos encontramos ante un largo poema que da título al poemario con unos versos que marcan el camino y muestran que estamos ante una poeta con mayúsculas:
el mar
convence a unas olas
después otras olas
se borran y
escribir es borrar…
Uno ha de estar concentrado en la lectura para captar las similitudes que nos ofrece Victoria Cóccaro entre «un cerebro y un árbol / o entre un cerebro y el fondo del mar», por ejemplo. Afortunadamente, no todo el libro nos obliga a tener ese alto nivel de concentración.
A la poeta le gusta jugar con el lector utilizando las palabras:
si entre la endogamia de goma
la goma endomingada
la doma engomada
de los conferencistas
hubiese habido agujeros
o millones de huevos
como túneles de topo
para escapar o al menos
una gruta o aunque sea
un puente que nos haga
recorrer la novedad
pero no hay…
En definitiva, El mar de Victoria Cóccaro supone una nueva demostración del vigor y la originalidad de la poesía argentina actual. Lo puedes comprar aquí.
Diagrama
desde el cielo verde porque es verde como el pasto
que se curva sobre él al final del campo
de prácticas de polo con caballos
vendados en las patas
escucho que alguien llama
no a mí
si no al nombre
que con el paso de los años
como el pasto roba al cielo su contorno
me llegó
con la célula mínima
de sentido o de sonido pronunciable
alguien llama desde atrás
desde el fondo esa voz sobre la espalda sobre el pasto sobre el campo
Cristhian Briceño (Lima, Perú) ha estudiado Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y una Maestría en Literaturas Extranjeras en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los poemarios Breve historia de la lírica inglesa (Paracaídas Editores, 2012) y La trama invisible (Paracaídas Editores, 2013), y los libros de relatos La literatura en Alaska (Santuario Editorial, 2017) y Todo es demasiado (Emecé-Planeta, 2019). Sus trabajos de creación han aparecido en revistas nacionales y extranjeras como Buensalvaje, Lucerna, Caretas, Revista de Poesía y Luvina. Formó parte de la antología País imaginario: Escrituras y transtextos: Poesía Latinoamericana 1980-1992 (Ay del Seis, 2018). Briceño consiguió ex aequo, con este título, el III Premio Centrifugados de Poesía Joven 2021.
Un poemario que está dividido por poetas más que por capítulos. Poetas nacidos o residentes en Alaska, cuyas sombras van acompañando a los poemas de Briceño. Empezamos descubriendo a Salomon Mars, poeta que posee «la acidez sutil de un perfume que ha caducado hace ya mucho», según palabras de Tom Sexton. A continuación, Briceño se refiere a la serbia exiliada en Alaska, Polina Sedakova. En tercer lugar, el poeta limeño menciona a Al Sobrante que obtuvo el premio Other Voices, Other Rooms concedido al mejor poemario de un poeta menor de 30 años. La penúltima influencia de Briceño es la de Rob ‘Burnt’ Norton y su poesía narrativa. Finalizamos con el poeta Woody Hamilton que aunque no publicó ningún poema en vida, sus poemas solían aparecer en diversas revistas escolares de Valdez, Alaska. La última parte del poemario es una serie de apuntes de Niisa Wallace bajo el título de Trece maneras de romper el hielo.
Los vecinos deudores
Súmales a su peso el peso de todas sus pulgas,
Y no andarás ni por la mitad.
Viven hacinados, él, ella, él-ella, él-otro,
Ella-anciana, él-animal, la pequeña
Que estrena mis mañanas
Con un grito sin vocales, el que
Salió a comprar el pan y regresó
Con dos, idénticos a él, de la mano, el
Que se parece a su padre
Pero con menos cabello.
Rezo para no topármelos en el pórtico,
Ni en la estación del autobús.
Mis sueños, al igual que los suyos,
No me dan de comer.
Lo que me dijo Esaú
Una caja roja, y dentro una caja
Negra, y dentro una caja verde, y dentro
Una caja blanca, más grande que la caja
Roja: ahí se encuentra mi odio por ti.
Volví por el camino, y al final
Había una casa sin puertas ni ventanas.
Toqué, dos o tres veces,
Con cada uno de mis huesos.
Y al ver que nadie respondía, yo me fui.
El camino, para entonces, ya era otro.
No es que fuera otro, otro, era el mismo, y sin embargo.
Alicia Louzao (Ferrol, 1987) es doctora y licenciada en Filología Hispánica y Filología Inglesa. Ha publicado los poemarios Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019) y El circo volador (Versátiles, 2020).
Colabora en revistas como Quimera, Oculta Lit, Liberoamérica, etc.
Uno de sus versos fue seleccionado para decorar la ciudad de Madrid (por iniciativa de Versos al paso). Su relato “Pausa para una tostada” fue seleccionado para su publicación en el número 5 de la revista La gran belleza; y ha ganado premios tanto de poesía como de relato (en castellano y en gallego).
Finalista del XXXIII certamen Ana María Matute de narrativa (2021). Fue galardonada con el primer premio del VIII Certamen de Poesía Jovellanos al mejor poema del mundo (2021).
Actualmente es profesora de lengua y literatura en un instituto público de Madrid.
Las niñas que no queríamos ir a la escuelaes un poemario inteligente y conmovedor, con una mirada original que hace que destaque entre otros poemarios. Observa la realidad de un modo diferente y con perspectiva y voz de mujer, lo cual, casi siempre, es garantía. Pasamos de la mirada desconcertante de una niña ante el mundo de los adultos a una visión nostálgica y adulta de la niñez. En el prólogo de Andrea Miceiras concluye, muy certeramente, que «el recuerdo sostiene lo efímero.»
Tal como indica Tes Nehuén en su blog literario Bestia Lectora, «el gran tema de este libro es la pregunta de si se puede salir de la tierra de los fracasados. Las posibles respuestas se perfilan llenas de matices y significados. Esa tierra puede simbolizar la herida siempre abierta del desconcierto pero también puede estar enlazada a la dificultad de entender el mundo, de comportarse como un ciudadano del mundo.»
Capítulo I. Colegio. Lugar de sabiduría
La tierra de los fracasados olía a col cuando la removías.
Porque venía todo el mar a la nariz y frotaba las cejas y la frente.
Las excavadoras procuraban desenterrar a los muertos con cuidado
y la tierra abandonada por todos olía a col fuerte, a col en cucharadas, hirviendo en una cocina de azulejos oscuros y techo de madera.
Una cocina rodeada de flores secas.
La tierra de los fracasados despertaba cada vez que llegabas a la estación.
Con una maleta de dos ruedas del tamaño de un puño de cría de ave y, dentro, las bragas descartadas, las cajas vacías, bolsas de plástico con restos de queso curado y una espina atravesada en la lengua y en la espalda.
Una espina de ojos castaños que se volvían verdes con la luz solar.
Que se volvían verdes con el flexo cuando en el salón solo estábamos los libros y nosotros y las migas de pan de unas piernas que estuvieron allí el último abril.
La tierra de los fracasados albergaba un colegio pintado de verde.
Cuando eligieron ese color, las monjas que lo habitaban sacaron sus palitos de madera para dar clase de gimnasia y aplaudieron con ellos, chocándolos ruidosamente, la decisión.
Las cárceles más bellas se pintan de color verde y se les posan todas las gaviotas, extenuadas, sobre el tejado rojo sangre de rodilla de adolescente que corre hasta caer al suelo.
El colegio verde llamaba por las mañanas a todos los infantes,
que acudían arrastrando sus mochilas de colores hasta la puerta, esa boca que se los tragaba a todos, vigilados por Trinidad.
Una, y tres veces,
que contabilizada a los presos de colonia fresca y cuellos blancos y los saludaba con una sonrisa mientras, escaleras abajo, se iban cocinando las salchichas con las herramientas para cortar el pan.
Había niñas de gordos gemelos capaces de tumbar a un camión. Y niñas que escondían Barbies bajo el abrigo. Y niñas que creían todavía en lo que soñaban en su cama, antes de leer las palabras prohibidas de una nota doblada en una papelera. Niños que tiraban pelotas a la pared y niños que fumaban en el baño.
Y los había que escaparían de la ciudad de los fracasados burlando todas las sombras.
Aunque nadie sabía nada.
Todos eran una fila de fetos uniformados, con una maraña de ideas en la cabeza y aparatos dentales. Algunos llevaban maldiciones en los bolsillos. Tan pequeños. Y otros ya se querían morir.
El colegio verde era un armario de cruces y de vírgenes y de rezos por la mañana y a la salida.
Los rezos bailaban con las maldiciones que los niños lanzaban a los que no levantaban la cabeza.
Había un pene cortado por la mitad en el libro de Coñecemento do medio. Y una vagina a su lado.
Y alguien doblaba la hoja para que ambos aparatos se encon-traran y entender, así, el origen del mundo.
Con estrépito.
Los recreos eran el despuntar de las civilizaciones.
Algunos los temían como se teme al monstruo que sabe dónde está tu herida. Ahí, justo debajo del calcetín rojo. Y se acerca con un palito largo dispuesto a indagar lo que hay debajo de la piel y abrir alguna que otra vena fina y transparente como la libélula en una mano.
Otros corrían despavoridos huyendo del saber, de eso que era el saber, dispuestos a engullir bocadillos ajenos y lanzar la pelota bien alto hasta encontrar la cabeza perfecta.
Y las chicas de pulseras de colores se situaban en su esquina, como las prostitutas de Montera se calientan en la calle. Y los chicos alimentaban sus fracasos riendo acerca de todas las niñas que les miraban y cuántos cigarrillos había en la mochila que sus padres no sabían que fumaban.
Otros soñaban con las puertas rojas abiertas.
Y Trinidad diciendo adiós.
Una y tres a la vez.
Que tengáis buena tarde, traed a vuestros hermanitos, aquí se come bien, esta vez aprobaréis, no recuerdo tu cara, tú no eres de este colegio, comprad flores a María.
Cuidado con los extraños.
Y todos los extraños de mi vida estaban en ese colegio de paredes verdes y presos incendiarios.
Una vez un chico se volvió loco y subió por las escaleras insultando a una monja que parecía el maestro Yoda.
Y otra vez sacó un paquete de galletas de limón y le ofreció a una niña que le miraba. Le miraba porque era malo, era alto, y era un auténtico cliché que acabó sirviendo en una gasolinera.
La tierra de los fracasados estaba habitada por chicos largos, altos, que ofrecían galletas de limón y se encerraban en sus casas frente al televisor encendido.
Un gato comiéndoles los pies.
Unas migas en el regazo.
Una ventana de acceso a la calle con cristales finos como un corazón.
Y todo el polvo acumulado en las chaquetas que caían en las camas como un pensamiento que nadie tuvo. El sol sobre la cabeza como una premonición. Solo cuando la lluvia lo permite.
Y chicos que conducen rápido porque quieren morir pronto.
Y te llevan en el asiento y no te ven porque solo quieren clavar sus ojos en el lugar donde acabe todo.
La tierra de los fracasados acumula chicos rotos.
Chicos piedra.
Chicos de ojos verdes que alguien extrajo de los mares lejanos y los dejó volcarse en unas cuencas vacías para llevar algo bonito en la cara.
Chicos sin nada debajo de la piel.
Quizá un avión perdido dando vueltas eternas.
Y fui testigo de que
la tierra de los fracasados olía a col cuando la removías.