Hay ciudades que ya no viven para quienes las habitan. Viven para quienes las fotografían. El turismo ha transformado la manera de mirar el mundo y también la manera de contarlo.
Durante siglos los viajeros escribieron diarios, cartas y poemas intentando comprender los lugares que visitaban. Hoy muchas veces llegamos a un sitio con la imagen ya construida. Antes de ver una calle ya la hemos visto miles de veces en una pantalla. Antes de escuchar una historia local ya conocemos la versión que mejor funciona en redes sociales.
El problema no es viajar. El problema es convertir cada lugar en un producto emocional. Cuando todo debe ser compartido, el viaje corre el riesgo de transformarse en una representación. Dejamos de observar para empezar a coleccionar pruebas de que estuvimos allí.
En lugares como Canarias esta sensación resulta especialmente visible. Hay espacios que parecen existir simultáneamente en dos dimensiones: la vida cotidiana de quienes los habitan y el escaparate permanente destinado a quienes los visitan. Ambas realidades conviven, pero no siempre se entienden.
La poesía ofrece una resistencia silenciosa frente a esa lógica. Un poema no necesita capturarlo todo. Puede aceptar la incomprensión. Puede reconocer que un lugar siempre contiene capas invisibles para quien llega de fuera.
Quizá el verdadero viaje no consista en encontrar autenticidad. Quizá consista en aceptar que nunca comprenderemos completamente el territorio ajeno. Ese reconocimiento, lejos de empobrecer la experiencia, la vuelve más honesta.
Los mejores poemas de viaje no son los que describen paisajes perfectos. Son los que muestran el desconcierto de quien descubre que el mundo es mucho más complejo que la postal que esperaba encontrar.
El poema que escribió un turista

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