Sobre likes, algoritmos y el precio de emocionar
Hay un momento —difícil de fechar, pero evidente cuando miramos atrás— en el que la poesía dejó de circular y empezó a comportarse.
No es un cambio visible en el texto. No está en las palabras. Está en todo lo que rodea al poema: la forma en que aparece, en que se distribuye, en que se consume. El poema ya no llega solo. Llega acompañado de contexto, de diseño, de una expectativa invisible sobre cómo debe funcionar.
Y funcionar, hoy, significa otra cosa.
Significa detener el scroll.
Significa generar identificación inmediata.
Significa provocar una reacción en segundos.
El poema ya no se enfrenta solo a la página en blanco. Se enfrenta a un ecosistema.
Uno donde todo compite.
Durante siglos, la poesía se midió en términos difusos: permanencia, influencia, capacidad de ser recordada. Hoy, en cambio, convive con métricas precisas. Cuantificables. Comparables.
Cuántas personas lo han leído.
Cuántas lo han compartido.
Cuántas han sentido algo lo suficientemente rápido como para demostrarlo.
Y en ese cambio hay una transformación silenciosa pero profunda: la emoción deja de ser experiencia para convertirse en evidencia.
No basta con sentir. Hay que poder mostrar que se ha sentido.
La poesía siempre ha buscado llegar al otro. Eso no es nuevo. Lo nuevo es que ahora sabemos —o creemos saber— cuándo lo hemos conseguido. Y esa ilusión de control modifica inevitablemente la escritura.
No hace falta que el poeta quiera adaptarse. Basta con que exista el entorno.
Porque el entorno educa.
Educa en la brevedad.
Educa en la claridad.
Educa en el impacto.
Un poema que tarda en abrirse tiene menos posibilidades.
Un poema que no se entiende a la primera, también.
Un poema que no genera una emoción reconocible de inmediato corre el riesgo de no existir para nadie.
Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que no suele formularse en voz alta:
¿estamos escribiendo lo que necesitamos decir o lo que sabemos que será escuchado?
No hay respuesta simple. Porque no hay pureza a la que regresar. La poesía nunca ha sido ajena a su medio. Homero dependía de la oralidad. Los románticos de la imprenta. Las vanguardias de los manifiestos. Cada época ha moldeado su forma de decir.
Pero hay una diferencia importante.
Nunca antes el medio había sido capaz de responder en tiempo real.
Nunca antes el poema había recibido una devolución tan inmediata, tan constante, tan medible. Y esa retroalimentación genera una tentación difícil de ignorar: ajustar.
Ajustar el tono.
Ajustar la extensión.
Ajustar la forma de decir.
No por cálculo frío, sino por aprendizaje progresivo.
Lo que funciona se repite.
Lo que no, desaparece.
Y poco a poco, sin necesidad de imponer normas explícitas, se construye una estética dominante.
Una estética donde la emoción es clara, directa, reconocible. Donde el poema no exige demasiado tiempo. Donde la ambigüedad está controlada. Donde la dificultad es un riesgo.
No es una conspiración. Es una deriva.
Pero toda deriva tiene consecuencias.
La principal es que ciertos poemas —no necesariamente mejores, pero sí distintos— quedan fuera. No porque no tengan valor, sino porque no encajan en la lógica de circulación.
Poemas largos.
Poemas torpes.
Poemas que se contradicen.
Poemas que no saben bien qué quieren decir.
Esos poemas, que históricamente han sido parte esencial de la literatura, hoy tienen menos espacio visible.
Y eso debería inquietarnos un poco más de lo que nos inquieta.
Porque cuando un sistema favorece ciertos modos de expresión, inevitablemente empobrece otros. Y la riqueza de la poesía nunca ha estado en su capacidad de adaptarse, sino en su capacidad de resistirse.
En Poémame no se trata de rechazar el medio. Sería absurdo. Este espacio existe precisamente gracias a él. Pero sí se trata de tomar conciencia.
De entender que el poema que mejor circula no es necesariamente el más necesario.
Y de hacer algo que, en el contexto actual, empieza a ser casi subversivo:
Escribir sin pensar en cómo va a funcionar.
Permitir que el poema sea lento.
Permitir que sea incómodo.
Permitir, incluso, que fracase.
Porque hay una diferencia fundamental entre un poema que llega lejos y un poema que llega hondo.
Y no siempre son el mismo.
Tal vez el problema no es que la poesía se haya vuelto popular.
Tal vez el problema es que hemos empezado a confundir visibilidad con valor.
Y esa es una confusión que, si no la cuestionamos, puede terminar cambiando no solo lo que leemos.
Sino lo que somos capaces de escribir.

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