DON DE LA INVOCACIÓN, de Raúl Gimeno. Ed. Rilke, 2026


Cuando una se adentra en este primer poemario de Raúl Gimeno, no puede evitar sentirse
agradecida por tener delante una voz poética tan madura y con un estilo tan depurado. Ofrece
un rincón de paz y tranquilidad aparente, que luego se aviva removiendo sensaciones e
invitando a la introspección. Se trata de una propuesta literaria sorprendentemente sólida,
desprovista de artificios y con una quietud inquieta sobrecogedora. Y ahí se nota que Raúl ya
habita en el territorio de la palabra desde hace tiempo, puesto que el poemario destila una
seguridad impropia de las óperas primas de otros autores.

El ojo el huracán de Don de la invocación, desde mi punto de vista, reside en la atmosfera
introspectiva que viste todo el poemario. El libro se convierte en un espacio donde no hay
ruido, donde una se puede recoger en el silencio y el propio pensamiento. Ahí se ve, en cierto
modo, su formación, puesto que Raúl Gimeno es licenciado en Filosofía, y sus poemas no
huyen de esta influencia, sino que la cogen, la transforman y la acercan a la mente del lector
para invitarle a la reflexión; es como si los poemas fueran concebidos como una puerta para
acceder a aquello invisible que sostiene el pensamiento y el viaje hasta el interior de una
misma, donde la invocación se deviene un grito hacia el interior, usando una honestidad
tremenda hacia el propio ser.

Así, a medida que una va avanzando, se da cuenta que la poesía de Raúl es profundamente
meditativa, que se acerca al vacío y al silencio, acercando la tradición mística con un tinte de
contemporaneidad. Cada palabra parece absolutamente estudiada, no falta ni sobra nada, y no
contiene adornos innecesarios que puedan confundir o distraer al lector; de ahí que la
concentración ha de ser máxima, y se ha de estar dispuesto a dejar el mundo de lado para
adentrarse en sus poemas, y hacer que resuenen en nuestro propio interior y en nuestra más
profunda intimidad.

Un dios no nacido del dolor no está capacitado

para amar.

Un dios que multiplica imágenes, ¿no será

también el reflejo?

En este viaje hacia uno mismo, el autor se acerca al sufrimiento como una condición
indispensable para la empatía sagrada y la trascendencia; usa el dolor y lo muestra como
aquella llave que nos permite conectar en la manera más pura, con los demás y madurar
espiritualmente. La divinidad, en estos versos, se despojó de dogmas para fundirse con la
experiencia humana más íntima, tal como el propio Gimeno plasma con lucidez.

Esa madurez de la que hablaba al principio no sólo se percibe en el tono y estilo de los versos
de Raúl, sino en la particular arquitectura que tiene el poemario. El autor casi propone un
juego visual y conceptual muy potente cuando decide añadir una serie de textos al margen que
flanquean los poemas. No se trata de notas explicativas ni aclaraciones académicas, sino una
serie de pequeños textos que casi se convierten en una segunda voz de los poemas.

A mí me da la sensación que ayuda a generar un diálogo íntimo dentro de cada poema, como
si el autor conversará consigo mismo o nos diera libre acceso a una parte de sus pensamientos
en voz baja, como un susurro, pero que aporta riqueza a la lectura y aportando, por qué no
decirlo, una experiencia más intensa, más completa y más original.

Me gustaría destacar también otro punto del poemario, y es que el libro transita entre
opuestos que se acaban encontrando: ausencia y presencia, palabra y vacío, la finitud de la
carne y la trascendencia. Para eso, Raúl Gimeno usa un vocabulario depurado y hermoso, con
un remarcado simbolismo poético. Palabras como fuego, silencio, espejo, herida o luz se
repiten pero no de manera azarosa, sino como luceros que guían al lector a través de su propia
conciencia.

Un lenguaje limpio, sin barroquismos, donde cada palabra nace casi de la necesidad real de
comunicar aquello inefable.

Resumiendo, Don de la invocación es una de esas pequeñas sorpresas literarias que no suelen
encontrarse tratándose de primeros poemarios. Raúl ha huido de caminos fáciles y ha
construido con las palabras más puras y desnudas un refugio de silencio y pensamiento, lejos
del mundanal ruido. Es un libro que precisa atención y que el lector ponga de su parte para
poder vivirlo al máximo. Un debut maduro, honesto y valiente que no solo promete una sólida
trayectoria para su autor, sino que regala al lector un espejo indispensable donde mirar su
propia intimidad.

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