Victoria Benarroch (Venezuela, 1962) es educadora con estudios en psicología y psicoanálisis. Tiene estudios igualmente de fotografía y dibujo a plumilla. Ha sido fundadora y directora del prematernal Tip-Tipot de Hebraica (Caracas, 1992-2001) y directora de la prueba piloto de la primera metodología para libros de vida dirigidos a infantes de casas hogares en Venezuela, creando un método innovador que se publica en Panamá en el libro Mi libro de vida – Un espacio para cada historia (Ediciones Grupo Tei). Actualmente se desempeña como asesora psicoeducativa a nivel individual, familiar e institucional.
Participó en el taller de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg, 2001-2002) dictado por la poeta María Antonieta Flores. Realizó estudios de especialización de escritura en el Instituto de Escritura Creativa (Icrea) en 2002 y 2003. Poemas suyos acompañaron el trabajo de J. J. Castro en la exposición Apuntes para una retrospectiva 1954-2003, realizada en el Hotel Tamanaco Intercontinental de Caracas (Mes de la Fotografía, 2004). Una selección de sus poemas aparece en la antología Voces nuevas (2001-2002), del Celarg. Ha publicado el poemario Entretejido (Editorial Eclepsidra, 2007). Es miembro de la Asociación de Escritores de Lengua Castellana de Israel (Aielc).
Muestras de su obra poética han aparecido en varias revistas venezolanas e internacionales y ha participado en varias lecturas de poesía. En 2015 publicó La memoria de los trenes (Eclepsidra) y la segunda edición de Entretejido (Ediciones Grupo Tei). Participó en el Festival internacional de poesía Ars Amandi 2018 y en el festival de poesía del Salvador en la ciudad de Panamá 2018.
A la memoria de las montañas de mi pueblo desciende una letra del salmo protégeme de la quietud de los pájaros del olvido de la piel que me hace rezar mientras transito.
Desde el silencio de cada vagón deshojas la ternura nombras la tristeza elevas la sombra de una perla que teje la ausencia y descubre el misterio de su luz.
A la orilla y cubierta de noches agradecí el éxodo y todos los silencios sembrados en cada estación donde el tren no se detuvo para poder continuar en el vagido de los rieles y salvar su memoria cada amanecer.
Poemas contenidos en el poemario De La memoria de los Trenes, Editorial Eclepsidra (2015)
Yeşim Ağaoğlu es una poeta y artista turca. Obtuvo su licenciatura de la Universidad de Estambul en Historia del Arte y Arqueología, y luego una maestría en radio, televisión y cine. Sus poemas han aparecido en varias antologías y su libro de poesía publicado ha sido traducido a diferentes idiomas. Ha participado en festivales internacionales de literatura y poesía. Como artista ha obtenido diversas distinciones y reconocimientos a nivel internacional. Ganadora del Premio del día internacional de los poetas de Azerbaiyán (2013). Fue Nominada al Premio Coburg Rückert (2015-2016), Coburger, Alemania.
Para escribir poesía
Rothko en las cortinas
Turner en el mar
Gauguin en las palmeras
viendo a las mujeres,
a las isleñas con grandes senos
Matisse en el sofá rojo
y en la silla Van Gogh
poniendo sus orejas en un sobre
que gotea sangre
en la cama como si fuera pintada por Modigliani
un poeta está escribiendo un poema
contra el entero y ancho mundo, contra todo
a pesar de todo
escribiendo poesía.
Mujer verde
Mujer verde
¿Quién te colgó dentro de esta soledad?
te dejé sola en medio del mar
expuesta a la nieve, a la lluvia, al calor
estás esperando un barco que nunca llega
este orgullo, este poder, esta emoción
inverosímil
mujer verde
eres una esclava por la libertad, qué extraño
es la primera vez que veo una mano iluminada
y es tuya
mujer verde
no esperes mas
no creo que tu barco
llegue jamás.
Corona de espinas
en memoria de frida kahlo
así que tú también has llevado la corona de espinas
en medio del bosque
tu cuello está sangrando
te recuerdo usando el vestido verde
flores salvajes de todos los colores
en tu cabello negro
ahora llevas una mano sangrante
en lugar de tu arete
la noche casi está aquí
pronto saldrán los chacales
e incluso los buitres
tú, ¿por qué llevas la corona de espinas?
ahora tu vestido verde está empapado de rojo.
He muerto en ti
Subí las escaleras paso a paso
lentamente, como dijo el poeta
a veces subí en ascensores de rascacielos
otras veces me convertí en el hombre araña
y me desplacé usando mis fuertes y poderosas ventosas
o me transformé en un cuervo y volé sobre los tejados
Milagro Haack es escritora y artista visual. Nació en Valencia, Estado Carabobo, Venezuela, un 29 de noviembre de 1954. Ha publicado varios libros de poemas, entre los que destacan: “Puertas que no me Pertenecen” (Mención Honorífica Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra 1987–1988, Ediciones Piedras Vivas, 1991), “Cinco mañanas juntas” (Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado de Aragua, 2002), “Lo callado del silencio” (Ediciones Actual. Colección Poesía. Universidad de los Andes. Mérida, 2004). Aparece también en el «Diccionario general de la literatura venezolana» (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2013). Sus textos han sido publicados en revistas y diarios a nivel nacional, e internacional y aparece en varias antologías. Gran parte de su obra permanece inédita.
La poeta venezolana Milagro Haack. Fotografía: Catherine Haack.
II
Pasa
aleteando la vida
corta la hoja que lo recibe
marca un remolino
desde la puerta hacia el patio
campanea
sobre la mata de jazmín
repleta de blanco.
V
Vence la madruga
entra
se estanca
sobre la piel del viento
Es fría
cuando cae
adormece los pies.
XXI
Camino
por la orilla del dique
rodeando el monte
recién nacido por los chaparrones
dentro
comparo el color de agua
con el dedo la giro hasta volverla
redonda en su silencio
Nadie siente
el paso del otro
nadie muere
con el traje del otro
Textos del libro inédito: Redonda en su silencio (2018)
Al borde del primer tarro de café dominical se van escurriendo estas letras, evocando la ansiedad de un domingo de otro tiempo, cuando nos precipitábamos con impulsos casi adictivos sobre las páginas de los “suplementos culturales” o “papel literario” encartados dentro de los tirajes de los diarios, para abordar las trémulas revelaciones que nos permitían el acceso a la poesía, dentro de las limitaciones de nuestro diminuto universo.
Así fue como descubrí a Hanni Ossot. —No voy mentir diciendo que recuerdo con exactitud lo que leí aquel domingo—, recuerdo el entorno, lo cual me da una vaga idea del año y debió haber sido un agosto, bajo la apócrifa quietud de unas vacaciones escolares.
Para alguien que todavía no gastaba fracciones de su mesada en afeitadoras, aquel hallazgo era todo un acontecimiento, puesto que ya andaba buscando el roce místico con esos símbolos que trae la poesía dentro de sí; para mí, connotaba otra dimensión de lo que hasta ese día había concebido como poesía. Se postulaba ante mi escasez de recursos una exposición nublada de la palabra, una borrascosa propuesta de un mundo interior ingente, rayando en lo incomprensible para mi estado incipiente de conciencia. Me perturbaba sobremanera aquella firma tan desprovista de un vínculo común con los nombres manejados por el léxico, que en mi caso particular, tenía al alcance inmediato. No se llamaba, Teresa, María ni Gabriela, se llamaba Hanni Ossott. Mi reacción orgánica de automatismo instó por otorgarle origen nórdico o escandinavo, tan misterioso como sus poemas, tan inalcanzable como ese presumible estado patológico al filo de angustias transmitido.
…La enfermedad es el vivir
la única
La enfermedad es el cuerpo
y las pastillas no sirven de mucho
…
Más tarde, con el transcurrir del inefable tiempo, y dentro del mismo plan indetenible de descubrimientos, pude enterarme de que había nacido en el valle septentrional que duerme a los pies del cerro el Ávila (Caracas) un 14 de agosto de 1946 y que sus progenitores eran de nacionalidad Alemana, asentados en la capital de Venezuela huyendo de los horrores que planteaban las secuelas de la segunda guerra mundial. También supe que fue huérfana de madre a los tres años, y que sus familiares decidieron ocultar durante algunos años la desaparición de doña Magdalena Lipfert de Ossott (su madre).
Sus poemas irrumpen en el espectro cultural de una convulsionada Venezuela: donde los beneficios de una aparente torrencial rentabilidad petrolera pavimentaban carreteras que no conducían a ninguna parte y extendía las celebraciones de los carnavales hasta que los elementos sacros implícitos en la conmemoración de la crucifixión cristiana, interrumpían los estados de embriaguez persistentes en la población y cesaban los desfiles de carrozas orquestadas a ritmos de hábitat tropical. Dentro de ese contexto, florece su primer poemario, a la conquista de tribunas que la vanguardia poética aspiraba para su indiscutible talento: «Espacios Para Decir lo Mismo» Un compendio de poemas estructurados en una prosa sorprendentemente madura para una “ópera prima”, absolutamente introspectiva que se daba el lujo de erigirse sobre un invisible triángulo atemporal, inmaterial y sin sujeto definible en el argumento verbal, donde el espacio es sugerido como una extensión del sentimiento y de allí devenga una imprevista ascensión con el cuerpo, con la identidad propia del fundamento del pensamiento germano, — quizás Nietzsche, quizás Heidegger—, pero al mismo tiempo, suscrito a esa flexibilidad que abría el ideal vanguardista en esta parte del hemisferio.
En virtud de los hechos, me tomo la atribución de transcribir un extracto de su estreno literario “Espacios Para Decir Lo Mismo” publicado en 1974:
«Y todos estos seres que hemos creído vivir los transformamos en espacios de verbos, y tejemos sus bordes con ese derecho a recuperar, en un espacio, otro que nunca había podido ser nuestro, en esa inútil tentativa de querer fijarlos definitivamente, asignarles propiedades, categorías, demarcarles el pedazo de aire respirable… Y nos acercamos entonces a otro, igual a uno, con el mismo oficio de querer fijar los cuerpos en páginas… y nos situamos en ese terror, en el horror de querer escapar a ese destino que nos fije, que limite nuestro esplendor y nuestra vacuidad, nuestra fluctuación y nuestro hallazgo…»
Confluíamos en aquellos años de esos hallazgos pertinentes al abstracto tema que para nosotros representaba la poesía, lector y poeta, en la misma necesidad de búsqueda, Hanni Ossott reiteraba la existencia de una continua búsqueda a través del espacio y una férrea vinculación con el cuerpo, ya que ambos representaban una unidad indivisible, —no tendría sentido el uno sin el otro — cuerpo y espacio como instrumento de conducción de la palabra hasta lograr un fin mucho más trascendente, donde “el universo del cuerpo lacera los soportes de que se vale la conciencia” y es entonces en ese espacio, donde se proyecta la palabra.
Mi proyección de palabra se proyecta en ti, objeto Revelo tus deseos, esas tristes pasiones que te contienen Nombre deseado por tus formas revés de todos tus planos desde los puntos de vista imposibles desde esa amalgama que intentas en esta palabra realizar Soy la palabra y me devuelvo en ti para darte esos límites devuelvo entonces esas tensiones para distraer a los hombres construyo y enhebro los hilos tejedores de tu fortuna de una mirada indiferente una respuesta Y ellos se sentarán seguros en razón de esta impotencia por este fracaso con que suelo abrazar el mundo Palabra verso sobre mi infinito la extensión de todos los sueños ellos saben mecerse salvan en el tiempo la creencia
Bajo el ambiente de una época de bonanza económica, por los efectos de la nacionalización petrolera y una tasa de desempleo cercana al 4%, en el año 1976 se imprimen dos nuevas ediciones maravillosas con la firma de Hanni Ossott, la primera de ellas resulta distinguida con el premio de la Bienal de Poesía Antonio José Ramos Sucre: “Formas Que en los Sueños figuran infinitos”. De esa obra, nos complace reproducir el siguiente poema :
“Sobre mi cuerpo, sobre estas estructuras concebidas por manos ingenieras fabricantes de nuevos espacios, han sido muchas las palabras nombradas. La cal y la arena. Luego, el tiempo. Rasgaduras en estos planos que me conforman, en los techos y en mis ventanas. Algunos han dicho de mis ventanas: «Son tristes porque no miran fijamente y quien acude a ellas provoca el sueño». Ellos atribuyen a mi tiempo sus tiempos y asignaron a mi indiferencia sus pasiones. Hablaron de casas tristes olvidando a sus habitantes… Los contengo en mis resquicios, en los rincones abandonados y en mis habitaciones solitarias. También provoco sus llantos y soy testigo de esos suicidios. Ellos le asignan a mis rincones una propiedad que desconozco: la memoria. Sometida a sus arbitrios me vuelvo cruel y desproporcionada. Mi cuerpo se vuelve recuerdo. Sus ojos me miran para hacer permanentes otros ojos, otros habitantes. Les revelo esta apatía y me maravillo de sus poderes de desplazamiento, de sus transformaciones orgullosas. Mi ojo está hecho sólo para el silencio, para la apertura hacia la confesión inocente, la que se ha creído sola frente a la dureza de mi cuerpo de cal y cemento”.
En «Espacios En Disolución», publicado en el mismo año (1976), prevalece la noción de intimidad expuesta entre la nube excelsa e insinuante de la poesía. Exhibe en ellos la aprensión por lo desvanecido en los laberintos de la realidad, de la consumación de los hechos donde “La casa”, adquiere un sentido metafísico alejado de lo arquitectónico, otorgándole el inmenso valor que tienen los recuerdos, que permite deludir en asuntos no cuantificables. Hay una codificación entrañable, una escasa validez de la experiencia mística, la descalifica y asume el valor de la “experiencia interior” ante la disolución del yo.
Esa mi casa. Ya no ésta. Durante muchos años sirvió de caja negra. Ellos la mantenían y nos mantenían dentro. Hay un olor no el de ella. Hoy se disuelve, Y velo la película para recordar ayer.
Antes de proseguir con el segundo tarro de café y esta necesaria y fructificante redacción, debo pedir disculpas a los distinguidos lectores que abordan estas líneas, por tomar esta alocución tan personal, y pido perdón si piso los límites del hedonismo.
El cuarto libro de Hanni Ossot, «Memoria en Ausencia de Imagen, Memoria del cuerpo» fue el primero de sus libros que tuve ocasión de tener en mis manos. Su edición data de 1979, yo la obtuve tres años después en 1983, —un par de meses antes de enrolarme en el ejército—, recuerdo habérsela cambiado a Bachaco (no recuerdo su nombre legal) por un ejemplar de Cincuenta Vacas Gordas, de Isaac Chocron. El libro me perturbó, era un libro de ensayos, desarrollado (a mi parecer para esa época) con una profundidad abismal. Quizás, no estaba preparado para semejante caudal de impresiones filosóficas y una prosa tan ilustre, me imbuí en aquella lectura día y noche. A través de sus líneas y por medio de sus citas descubrí a Thomas Mann, a Rilke, a Virginia Woolf, Artaud, Blanchot y hasta el mismísimo Nietzsche (Heidegger, Kafka, Borges y Holderlin era lo poco que conocía).
En 1982 se había editado “Espacios de Ausencia y De Luz”. Muchos años después, cuando pude encontrar el libro, todavía no lograba desprenderme de la sensación de desequilibrio emocional desbordante como producto de esa palabra que no cerraba la expectativa, que no cancelaba la incesante búsqueda, sino al contrario abría nuevos surcos donde encontrar aquello que no estaba pautado en el itinerario. Agotando ya el tercer tarro de café, me dispuse a transcribir el siguiente inciso de ese poemario.
Atracción de lo vasto
Ese canto resonante de Cuerpo esa expectoración primera inicialmente contenida bufido o eructo desarticulado
Ese pujar vocal
Estertor físico del soy que se busca
Y esa primera abolición del ser en la palabra inicial
Ah voz en ahogo violencia y voluptuosidad cercada Ah tránsito de ser a mí
Ah gorgojeo rasgadura de garganta ruido pobladura de lo vasto
Eco Inserción de lo inmenso en lo breve Imagen Consecución Y esto: lo que puedo decir desde mí mismo hoy ahora que he aprendido a articular mi discurso Esto, para decir: Oh escena terrible para espectáculo Oh espantosa contemplación de lo solo No calma desde esta calma No suficiente sin sentido desde esta ausencia
Desierto y ruina –y decirlo se torna ridículo– Ah, mira la contorsión del cuerpo, la siempre en oposición Pero me contorsiono y profiero sólo yo puedo hacerlo desde lo que me cerca y me abre Ah canto siempre devuelto Siempre no nacido todavía o a destiempo Tajada, sí…
Y muero por lo vasto que cercena como los dioses mueren por la nada y se levantan contra ese soy que en extensión cubre
¿Lo signo, lo fijo, lo canto? lo dilatado ineludible? Lo canto, lo signo porque también habita en mí el deseo de su posibilidad en franca oposición a lo permanente en rechazo al borde demasiado preciso y a la costumbre de esta piel en distancia de mi propio cuerpo hacia la instauración de lo breve por atracción a la ausencia erguido el canto en regreso al soy
Para el año de 1983. Caracas celebraba el bicentenario de su máximo héroe, el libertador Simón Bolívar y en otro sentido, la economía del país se enfrentaba a una abrupta devaluación de su moneda, generando un clima inestable en contraposición con los cincuenta años precedentes. Entre los discursos históricos y las justificaciones de los tecnócratas el pulso de Hanni Ossott mantuvo el ritmo para la publicación de su sexta obra, « Hasta Que llegue El Día y Huyan Las Sombras». En ella, persiste en sus indagaciones, en su centro gravitatorio como tiempo de establecer rotundas decisiones en defensa de lo intimo, en condenar una vacuidad secundaria en todos los objetos, en todos los cuerpos, discrepancias que abrazan los antiguos espacios, la materialización de imágenes en el subconsciente, la predisposición a un pánico subyacente en los efectos producidos por “La Noche y La Luz”
La Noche se va haciendo en mí profunda revocable como una estación La oscura esfera de lo oscuro ha inundado mi ámbito y se cierra como el beso de dos cúpulas Ya yo no sé cuál es mi fondo Soy ahora noche entera Conservo palabras pero hoy ellas no son lo suficientemente diurnas no pueden guiarme no son linterna ni lamparita de media noche Pienso en Delfos, debo recordar Delfos cóncava iluminada abierta
Debo pensar en el espacio más luminoso del mundo Delfos, lugar nocturno hecho luz Es preciso es preciso realizar de la noche la Luz
Para 1986, cuando las imprentas colocan en los anaqueles de las librerías la Antología de Poemas de Hanni Ossott, Titulada, «Plegarias y Penumbras», sus traducciones de las obras de Reiner Maria Rilke y Emily Dickinson eran punto de referencia en el continente. Fue docente en la escuela de letras de la Universidad Central de Venezuela durante veinte años. Esa profundidad didáctica y su autonomía creativa se manifiestan en los cuatro volúmenes de ensayo escritos en su trayectoria, siempre percibí en ellos un fin bien intencionado de retar la agudeza del lector ante el valor y el peso del arte, la definición de ese objetivo supremo que abarca la poesía desde el rapto al conocimiento. Ese aprendizaje que se expresa por medio del dominio del lenguaje y que trasciende a niveles de sensibilidad intrincados dentro del ser:
«No se trata de hacer un arte «curado». El arte no es necesariamente sano. La belleza de la Venus de Milo no es sana. Detrás de ella hay una larga tradición de convulsiones. Esa belleza surgió de la conciencia del horror. Hay pues un equilibrio entre belleza y horror que solo dos ejemplos podrían explicarlo por ahora. Rilke dice: «todo Ángel es terrible». Rodin esculpió dos manos en tensión acercándose y nunca se acercan. Él las llamó La catedral. También Venecia es muy bella, alberga la podredumbre con equilibrio. La vulgaridad nunca ha pertenecido al arte. Veo al fondo de mí, el azul de Florencia y los rosados de Perugia. Pero también veo lo que se hace sin fuerte conciencia de alma y sin guía.»
«Imágenes voces y visiones», «El Reino Donde La Noche Se
Abre», «Cielo, Tu Arco grande», «El Circo Roto» y «Casa De Agua y De Sombras» completan el
compendio de sus publicaciones poéticas, las cuales han sido traducidas al inglés y publicadas en 2017.
Su enorme legado, siempre nos remitirá a ese misterioso
instinto de búsqueda que palpita dentro de
cada ser, sobre todo en los primeros años de vida. Hanni Osoott dejo de existir
un 31 de diciembre de 2002, en un hogar de reposo de San Antonio de los Altos, en el mismo país
donde nació. Su obra deja una huella que trataremos de seguir para buscar la
presencia de su luz dentro de su nocturnidad y lograr que “la gramática del
cuerpo” agilice nuestros sueños.
Para este instante, he concluido el último tarro de café de
este segundo domingo de junio de 2019.
De origen ucraniana y nacionalizada brasileña Clarice Lispector fue una mujer que sufrió en carne propia el sabor cortante del exilio y la persecución judía. Su niñez en una tierra extraña dejan una marca inevitable en su pecho:
En una tierra de morenos, ser pelirrojo es una rebelión involuntaria. ¿Qué importaba si en un día futuro su marca iba a hacerle erguir, insolente, la cabeza de mujer?
Vivencias traumáticas cómo el contagio de sífilis de su madre, (producto de una violación a manos de soldados rusos), marcaron el amanecer de su vida, quedando a sus 9 años huérfana. El reflejo gris de estos parajes quedaron impregnados en sus líneas, en donde hace alusión a todo lo vivo, pero también da ese sorbo al misterio de los silencios o lo que hay más allá.
«La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno»
Durante su juventud, fue visitante constante en los recintos bibliotecarios de los centros de estudios donde se formó. Lo que corría por sus venas en una prosa tremendamente vívida, tan rica en detalles como todo ese edén amazónico a su alrededor, su pluma nos regala hermosos vuelos y nos adentra en esos elementos que hacen al alma sobresaltarse. La fina forma en que nos relata los escenarios es un golpe directo a los sentidos, que causa una reacción de efervescencia ante sus letras:
Ese día, cuando el sol ya se estaba poniendo, el oro se extendió por las nubes y por las piedras. Los rostros de los habitantes quedaron dorados como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Fábricas empolvadas silbaban continuamente avisando el fin del día de trabajo, la rueda de un carro adquirió un nimbo dorado. En ese oro pálido la brisa tenía una ascensión de espada desenvainada. Porque era así que se erguía la estatua ecuestre de la plaza en la dulzura del ocaso.
Paulo Francis escribió sobre Clarice que ‘se convirtió en su propia ficción’. Quizá era una forma de escapar de sus recuerdos duros y de una parte de su realidad. Después de algunos años en Brasil, ya casada, viaja a Europa y tiene una estancia allí como asistente voluntaria de enfermería durante la Segunda Guerra Mundial, su residencia se prolonga hasta 1959. Durante este tiempo nació su primogénito, quién a la postre manifestaría una enfermedad mental, esto sumado a su divorcio posterior y al incendio accidental (presumiblemente provocado por una colilla mal apagada) que la marcó de por vida, clavó una daga en la sensibilidad de Lispector, y parece también haber herido sus letras, que son también bálsamo:
La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. «Cuidarse para no morir. No obstante, ya estoy en el futuro. Ese futuro mío que será para vosotros el pasado de un muerto. […] escribiendo me libro de mí y puedo entonces descansar»
Lispector plasma la calidez, cómo un sol en tarde de verano, logra integrarnos al escenario de sus obras, nos involucra, nos cuestiona y nos conduce hacia una posible respuesta.
Octavio Paz menciona en su ensayo ‘La llama doble’:
…aquello que nos muestra el poema no lo vemos con nuestros ojos de carne sino con los del espíritu. La poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio.
pues bien, Lispector logra a través de su prosa hacer que nuestro espíritu cobre la vista y vislumbre todo ese paisaje de su pluma a partir de esa luz que emanan sus líneas, y crea en uno, una sensación vivencial en cada uno de sus escenarios.
¿Cómo explicar que mi mayor miedo esté precisamente relacionado con el ser? Y, no obstante, es el único camino. ¿Cómo se explica que mi mayor miedo sea precisamente el de ir viviendo lo que vaya sucediendo? ¿Cómo se explica que no soporte yo ver, solo porque la vida no es la que pensaba sino otra?, ¡como si antes hubiese sabido lo que era! ¿Por qué el ver produce una desorganización tal?[…] Me pregunto: si miro la oscuridad con una lupa, ¿vería algo más que la oscuridad?
Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.
Sin duda la vocación le llegó temprano y ella lo reconocía, sabía perfectamente que lo de ella era navegar y recorrer esos terrenos que le provocaban una exaltación a sus días, sabía que debía caminar, cómo quien conoce la ruta entre la selva espesa, sabía que lo de ella era plasmar el sentir y no negarse a ello:
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.
Deja éste mundo en diciembre de 1977, a causa de cáncer de ovario y hereda un legado que es referente en la literatura latina.
Clarice Lispector una mujer que tejió el fino telar del detalle, la Dama, el bello enigma ucraniano que conquistó la Amazonia.
Extractos de sus obras
La manzana en la Obscuridad (cuento)
La única ventaja del día era que bajo la luz extrema el coche se convertía en un pequeño escarabajo que fácilmente podría alcanzar la carretera. Pero mientras el hombre dormía el coche se volvía enorme como se vuelve gigantesca una máquina parada. Y de noche el jardín era ocupado por la secreta urdimbre que sostiene la oscuridad, con un trabajo cuya existencia las luciérnagas inesperadamente traicionan; cierta humedad también denunciaba la labor. Y la noche era un elemento en el que la vida, porque se había vuelto extraña, era reconocible. Esa noche, alcanzando el hotel vacío y adormilado, el motor del coche empezó a vibrar. Lentamente la oscuridad se había puesto en movimiento.
Lazos de familia (cuento)
Todavía estaba bajo la impresión de la escena medio cómica entre su madre y su marido, a la hora de la despedida. Durante las dos semanas de visita de la vieja, los dos apenas si se habían soportado; los buenos días y las buenas tardes sonaban a cada momento con una delicadeza cautelosa que la hacía querer reír. Pero he ahí que a la hora de la despedida, antes de entrar en el taxi, la madre se había transformado en suegra ejemplar y el marido se tornaba en buen yerno. «Perdone alguna palabra mal dicha», había dicho la vieja señora, y Catalina, con algo de alegría, vio a Antonio, sin saber qué hacer con las maletas en las manos, tartamudear, perturbado con ser el buen yerno. «Si me río, ellos han de pensar que estoy loca», había pensado Catalina, frunciendo las cejas. «Quien casa a un hijo pierde un hijo, quien casa a una hija gana otro hijo», aseguró la madre, y Antonio había aprovechado su gripe para toser. Catalina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar paso a un hombre moreno y menudo, forzado a ser el hijo de aquella mujercita grisácea…
La Pasión
Si me confirmo y me considero verdadera, estaré perdida, porque no sabría dónde encajar mi nuevo modo de ser; si avanzase en mis visiones fragmentarias, el mundo entero tendría que transformarse para que ocupase yo un lugar en él. He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. […] Estoy ganando tiempo. Sé que todo lo que estoy diciendo es solo para ganar tiempo, para retrasar el momento en que tendré que comenzar a decir, sabiendo que nada más me queda por decir. Estoy aplazando mi silencio. ¿He retrasado toda la vida el silencio? Pero ahora, por desprecio a la palabra, tal vez pueda por fin comenzar a hablar. Las señales telegráficas. El mundo erizado de antenas, y yo captando la señal. Solo podré hacer la transcripción fonética. Hace tres mil años me extravié, y lo que ha quedado son fragmentos fonéticos de mí. Estoy más ciega que antes. He visto, es verdad. He visto, y me ha asustado la verdad desnuda de un mundo cuyo mayor horror es que está tan vivo que, para admitir que estoy tan viva como él –y mi peor descubrimiento es que estoy tan viva como él–, tendré que elevar mi conciencia de vida exterior hasta el punto de atentar contra mi propia vida.
Ngozi Olivia Osuoha es una poeta, escritora y pensadora nigeriana.Es graduada en Administración de Hacienda con experiencia en Banca y Radiodifusión.Es autora de tres libros de poesía y coautora de uno. Sus poemas han sido incluidos en más de cuarenta antologías internacionales, y ha publicado más de doscientos treinta poemas en más de veinte países.
La poeta nigeriana Ngozi Olivia Osuoha
La voz de los antepasados
Niños, no se apresuren a morir
porque la muerte es vana,
en nuestro tiempo, vivíamos en paz y armonía
nos ligábamos y nos convertíamos en un lazo
hoy en día, prefieren la esclavitud
que provoca que se odien a sí mismos.
En nuestro tiempo, respetábamos a los ancianos y honrábamos a nuestros padres
hoy, tus mayores te respetan y tus padres te honran,
te aficionas a los problemas e incitas a la guerra,
y te preguntas por qué mueres joven.
En nuestro tiempo, no nos traicionábamos ni nos engañábamos unos a otros,
nos amábamos, confiábamos y nos sacrificábamos el uno por el otro.
Hoy en día, se hace de otra manera
y te preguntas por qué no prosperas.
Honestidad, humildad e integridad
disciplina, obediencia y unidad
la fidelidad y la verdad nos gobernaron,
hoy, el orgullo, la arrogancia, la lujuria y el odio te guían.
y te preguntas por qué no avanzas en la vida.
Rines culto al dinero y persigues la fama.
Derogas las normas y ordenas tabúes
Instituyes sacrilegios y abominaciones
Siembras maldiciones e inmoralidad en el agua
Entierras tradiciones y suprimes culturas
Predicas condones y eliminas costumbres
Sin embargo, te desconcierta el hecho de que no progresas
Carmen Verde Arocha (Caracas, Venezuela, 1967) es poeta, editora y gerente cultural. Licenciada en Letras (UCAB, 1991) y cursante de estudios de Maestría en Historia de Venezuela en la UCAB es también miembro fundador y directora de la Editorial Eclepsidra de Caracas (creada en 1994) y Profesora de la Universidad Metropolitana y de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.
Su obra incluye libros tanto de ensayo como de poesía:
Ensayo:
Cómo editar y publicar un libro.El dilema del autor (Caracas, 1° edición, 2013- 2° edición, 2017)
El quejido trágico enHerrera Luque (Caracas, 1992)
Poesía:
Cuira ((1° edición, 1997- 2° edición, 1998)
Magdalena en Ginebra (México, 1997)
Amentia (1999. Premio Contraloría General de la República)
Mieles (2003)
Mieles Poesía reunida (2005)
En el jardín de Kori (2015)
Canción gótica (2016)
Antología: Juan Liscano, Poesía selecta (1939-2000). Selección y prólogo de Carmen Verde Arocha y Rafael Arráiz Lucca. (España, 2015).
Hada tierra
¿De qué manera duele el vientre de una mujer que no ha parido?
Mi rostro mojado por el mar oculto entre los pechos de mi madre
Tristeza o fatiga en el centro del cielo y una melancólica hora que acobarda
Las manos enrojecidas de tanto trabajar la tierra El sabor a parir llega a través de la placenta Agrio como la orina de una cabra
La tierra bosteza siempre igual Lo distinto es cómo tocamos el vientre con los ojos la carne en los huesos la semilla en la vejez y a veces con las manos
Difícil hallar la llave materna ¿Me comprendes? Vivir tiene sentido y estar muerto también
– EN EL JARDÍN DE KORI. Caracas, 2015)
La concubina (segunda versión)
El amor siempre lo sueño con un pájaro en los dientes y el aire eleva una a una sus plumas
Esto ocurre en el alma
– CANCIÓN GÓTICA. Caracas, Gisela Cappellin Ediciones, 2017
(Fragmentos)
Tengo arenas en el iris
Vestida de novia o de siempre avanzo sin un velo que proteja los ojos del ayer de una niña de mármol y veo todo todo lo que es fábula con lágrimas de muerte de manos quemadas como quien avanza después de muchas leguas de fuego del fuego de mi infancia la infancia que soñó mi padre padre por eso el cielo es indiferente dime cómo debo recordar tus ojos de odios el jueves de un diciembre de lluvias dulces sin la invocación de un niño Jesús que vengara la tristeza
Nuestra infancia tiene algo de sepulcro y la adolescencia esa momia que halla una herida en la oración oración que evoco en este verde silencio de labios terracota plenitud de medias nylon en piernas de pétalos yermos
Andréi Antónovich Górenko, padre de Anna Andreevna Gorenko, se percató que su hija, ya de muy joven, tenía inclinaciones hacia la poesía, y decidió que no quería que hubiera ningún poema firmado con su respetable apellido, por lo que ella decidió adoptar el de su bisabuela materna y firmó toda su obra como Anna Akhmatova.
Nacida en Odessa, Uncraïna, en 1889, cursó estudios de derecho, historia y literatura y fundó, junto con otros poetas, el movimiento poético ruso llamado Acmeísmo, que básicamente consistía en huir del simbolismo y optar por la claridad y la realidad inmediata. Si bien es cierto que esta corriente duró unos pocos años, los poetas que la seguían mantuvieron las principales características en sus obra.
Los poemas de Anna, a pesar de tratar temas diversos, se ven bastante marcados por la situación política de su país y las experiencias y vivencias que tuvo que sufrir como consecuencia de ésta. Sus poemas publicados a continuación de la revolución de 1917, por ejemplo adoptan un toque patriótico y cívico. Posteriormente, seguirá manteniendo un toque político, sobretodo durante el régimen Stalinista, que Anna sufrió en sus propias carnes y en las de su familia: su primer marido acusado de traición, fue fusilado y tanto ella como su hijo fueron acusados de traición y deportados, y En 1924 sus obras fueron añadidas a la lista de libros prohibidos.
Anna Akhmatova
Anna vive unos años que inevitablemente marcarán su vida y su obra, hasta que finalmente logra regresar a Leningrado en el año 1944, pero la anhelada calma todavía tardaría en llegar, puesto que fue declarada reaccionaria apolítica junto con el escritor Mikhaïl Zósxenko , y expulsada de la Unión de Escritores Soviéticos, llegando a quitarles la tarjeta de racionamiento, en los años siguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Con la caída de Stalin, sin embargo, poco a poco Anna fue recuperando la vida; fueron publicadas de nuevo sus obras y algunas de las traducciones que había ido haciendo para sobrevivir durante el largo período de la posguerra, recibiendo incluso, con los años, merecidos reconocimientos.
De entre toda su obra, cabe destacar Réquiem, que es considerada como una obra maestra en honor al sufrimiento padecido por sus compatriotas.
Fallece en el año 1966, en un sanatorio en las afueras de Moscú. Actualmente, su apartamento de San Petersburgo se ha convertido en una casa-museu que se inauguró en el año 1989.
A continuación os invitamos a leer algunos de sus poemas más representativos.
LA TIERRA NATAL No la llevamos en oscuros amuletos, ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella, no perturba nuestro amargo sueño, ni nos parece el paraíso prometido. En nuestra alma no la convertimos, en objeto que se compra o que se vende. Por ella, enfermos, indigentes, errantes ni siquiera la recordamos.
Sí, para nosotros es tierra en los zapatos. Sí, para nosotros es piedra entre los dientes. Y molemos, arrancamos, aplastamos esta tierra que con nada se mezcla. Pero en ella yacemos y somos ella, y por eso dichosos la llamamos nuestra.
SÓTANO DEL RECUERDO Es pura tontería que vivo entristecida Y que estoy por el recuerdo torturada. No soy yo asidua invitada en su guarida Y allí me siento trastornada. Cuando con el farol al sótano desciendo, Me parece que de nuevo un sordo hundimiento Retumba en la estrecha escalera empinada. Humea el farol. Regresar no consigo Y sé que voy allí donde está el enemigo. Y pediré benevolencia… pero allí ahora Todo está oscuro y callado. ¡Mi fiesta se acabó! Hace treinta año se acompañaba a la señora, Hace treinta que el pícaro de viejo murió… He llegado tarde. ¡Qué mala fortuna! Ya no puedo lucirme en parte alguna, Pero rozo de las paredes las pinturas Y me caliento en la chimenea. ¡Qué maravilla! A través del moho, la ceniza y la negrura Dos esmeraldas grises brillan Y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura!
¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?
A LA MUERTE Si has de venir ¿por qué no ahora? Te espero. Me siento muy mal. He apagado la luz y te he abierto la puerta a ti, tan sencilla y asombrosa. Toma para esto cualquier forma, irrumpe como granada arrojada, o furtivamente, con una pesa, como un bandido experto. O envenéname con el tufo del tifus. O con un cuento inventado por ti, conocido por todos hasta la náusea, Para que yo vea la punta del gorro azul y al portero, pálido de terror. Todo me da igual ahora. Humea el Yenisei y resplandece la estrella polar, y el último horror vela el brillo añil de los ojos amados.
EL SAUCE Crecí en medio de un silencio de arabescos, en la habitación infantil y fría del joven siglo. No me era grata la voz de los hombres, sólo entendía la del viento. Yo amaba la ortiga y la bardana, pero por encima de todo el sauce plateado. (v.6) Agradecido, él vivió siempre junto a mí, sus ramas sollozantes cubrían de sueños, mi insomnio. Y, extrañamente, le he sobrevivido. Afuera el tronco cercenado permanece mientras otros sauces con voces alienadas algo dicen bajo nuestro cielo. Y yo guardo silencio….como si hubiera muerto un hermano.
INTRODUCCIÓN RÉQUIEM (Fragmento) Si te hubieran dicho a ti, la jovial, la adorada de todos sus amigos, la alegre pecadora de Zárskoe Seló, lo que pasaría con tu vida! Que con el número trescientos y un presente, harías la fila ante Las Cruces y cómo con tus ardientes lágrimas fundirías el hielo de año nuevo.. El álamo de la prisión se balancea y nada se oye! Pero cuántas vidas inocentes allí acaban…
EPÍLOGO RÉQUIEM (Fragmento) Ahora sé cómo caen las personas, cómo, debajo de los párpados, asoma el miedo, cómo el sufrimiento pone en las mejillas duras páginas de escritura cuneiforme. Cómo los rizos negros o cenicientos se tornan plateados de repente, la sonrisa se desvanece en labios obedientes, y en la risa marchita tiembla el pavor. Y no ruego por mí sola, sino por todos los que allí estuvieron conmigo, en el frío glacial, y en el calor de julio en los ciegos muros de color rojo.
Ana María Hurtado nació en Caracas, poeta, escritora,
ensayista y médico psiquiatra y psicoterapeuta. Ha colaborado en diversas
revistas y páginas literarias,de arte, psicoanálisis y de psicología
junguiana. Asiste al taller de poesía de Armando Rojas Guardia.
Autora de varios poemarios inéditos, tiene dos libros publicados: La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca 2015) y El beso del arcángel (Oscar Todtmann Editores, 2018), este último en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres.
en mí no hay horizonte
solo un lagar extenso
donde mi pulpa es triturada
sometida a la intemperie y al declive
el jugo de mis vísceras
caliente y asustado
a veces se hace agrio
otras veces fulgura
se fermenta
sin anhelar la luz
exhibe la piel dorada
al fondo
en la penumbra
la manzana inventó el pecado original
la gravedad
el veneno y el sueño de Blanca Nieves
y ahora vedla
yace tan redonda y tranquila
como inocente
olvidada de su piel y del árbol que en ella muere…
su mirada descubre la delicadeza de mi abismo
mi alma blanda y sinuosa
el más allá del árbol de la vida
Textos pertenecientes al poemario inédito El árbol que en ella muere.
Carmen Conde nace en 1907 en la ciudad de Cartagena aunque parte de su infancia y adolescencia las pasó en la ciudad de Melilla. Siguiendo la estela de su admirada Gabriela Mistral quiso estudiar magisterio. En 1927 conoció al poeta Antonio Oliver con quien inició una relación y con quien se casó. Otra de las personas importantes de su vida fue Amanda Junquera con la que convivió durante años y con la que se dice que mantuvo una relación amorosa. Carmen vivió tiempos interesantes (en el sentido chino de la palabra) y fue una de las personas más destacadas de la generación del 27. Tuvo una vida larga y plena, autodidacta, con una intensa vocación pedagógica, amiga de numerosos intelectuales y acérrima feminista. Quienes la conocieron la describían como una mujer enérgica, valiente y vital. Rasgos de su personalidad que afloran en los miles de versos que a lo largo de su vida escribió. Falleció un 8 de Enero de 1996. En los últimos años de su vida el alzhéimer ensombreció su memoria.
Allá por 1927, Juan Ramón Jiménez le decía en una carta a
una jovencita Carmen: “¿qué me ha hecho Vd. para que yo mire hacía Cartagena,
sonriendo, esta hermosa mañana de Julio?“ Meses más tarde, Juan Ramón,
publicaría -por vez primera- en una prestigiosa revista literaria, la Ley,
algunos de los poemas que formarían parte del primer libro de Carmen Conde:
“Brocal”. Carmen, entró en la literatura de la mano del más ilustre
poeta. Toda una vida dedicada a las
letras, ensayista, novelista, dramaturga y una extensísima y poco conocida
obra poética que abarcó más de 50 años de producción literaria y una veintena
de poemarios entre los que destacan “Ansia de Gracia” y “Mujer sin edén”,
considerado este último como su obra cumbre. Sin embargo, a pesar de su
increíble trabajo se la conoce más porque fue la primera mujer que en 1978
ocupó un sillón en la Real Academia de la Lengua Española.
Me ha resultado difícil escoger una obra de Carmen para comentar porque sus poemarios son muchos y sumamente intensos. Al final me decidí por centrarme en “Brocal”, su primer libro, conformado por una serie de prosas poéticas breves de agudísima personalidad y además el poema que da título a uno de sus últimos poemarios: “En la tierra de nadie”. La poesía de Carmen se presenta en Brocal directa, sensual y rotunda y este tono y su voz tan personal volverán a surgir una y otra vez en multitud de los poemas que a lo largo de su vida Carmen escribió.
Brocal
El comienzo de Brocal es toda una presentación de la autora
y de sus intenciones:
Yo no te pregunto a donde me llevas,
Ni para qué
Ni por qué.
¿Tú quieres caminar? Pues yo te sigo.
Brocal es un libro de amor, el libro de una enamorada
segura de sí misma que con una alta y profusa imaginación va dibujando
pequeñas escenas, como pequeños cuadros, a través de los cuales establece un
diálogo directo con el amado.
Entre el modernismo y la vanguardia con toques (bajo mi
punto de vista) muy surrealistas, Brocal
es un libro plástico, sensorial, sensual y con un elegante erotismo en el que
abundan las metáforas como por ejemplo, “Latían
los luceros alegrando el praderío del
cielo” o “te regalaré un collar de
islas” y las personificaciones: “Las mañanas, redondas y luminosas, ven a las muchachas de la huerta
camino de la fuente…” Cada poema es una escena, un paisaje que tiene
como fondo el mediterráneo, luceros, estrellas, barcos y el cielo que se
confunde continuamente con el mar.
Y en todos los versos encontramos la potente personalidad de Carmen:
¡Carrera de terrazas en la pista grande del cielo!
Ganará la mía. Es la más ligera.
O:
Soy esbelta, recóndita. Para llegar a mí hay que saltar cinco ríos y tres álamos.
O la autora se muestra con todo su potencial erótico:
¿Me acariciarás cuando mis labios se enciendan tras los montes?
Alrededor de mí, tú.
El agua que correrá entre tus ríos seré yo
Repeticiones, paralelismos como este: en los cristales altos, el mar. En los cristales bajos; el mar. Y
el uso de tiempos verbales simples, en indicativo, la característica manera de
utilizar los pronombres personales y las continuas exclamaciones le dan a
Brocal un muy marcado ritmo rápido, dinámico y sumamente apasionado.
Ritmo que rompe periódicamente para interrogar al amante: “¿Tú quieres caminar?”, “¿Por qué, cuando
te vas, no te quedas en el cielo?”, “¿Por qué me has quitado tus manos, tanto
y tan bien como acariciaban mi frente?”
Pero lo que más me gusta de Brocal son los últimos poemas con los que concluye el libro, en ellos Carmen le dice a su enamorado: “Yo soy más fuerte que tú, porque me apoyo en ti” En este verso breve y directo se recoge la ciega confianza en el amado y en ese amor que se tienen. En este verso Carmen retoma el mensaje con el que abre el poema: “¿Tú quieres caminar? Pues yo te sigo.” En ambos se muestra la confianza apasionada con la que la poeta une sus pasos y su destino a su amante.
El libro termina con dos bellas imágenes, así:
¡Asómate a mí, que soy una torre!
¡Asómate a mí; soy aquella palmera de tu huerto, que leía contigo!
¡Echa al aire mis campanas y mis palmas!
Yo soy tu panorama.
(Yo soy fuerte como
una torre y grácil como la palmera de tu huerto, echa al aire mis campanas y
mis palmas, celébrame, porque soy tu panorama, tu paisaje, porque me ofrezco a
ti)
Brocal es sin duda uno de los poemarios de amor más bellos y sugerentes que he leído nunca. Los libros de texto de literatura de bachiller deberían recogerlo.
En la tierra de nadie
EN LA TIERRA DE NADIE
En la tierra de nadie, sobre el polvo que pisan los que van y los que vienen, he plantado mi tienda sin amparo y contemplo si van como si vuelven.
Unos dicen que soy de los que van, aunque estoy descansando del camino. Otros «saben» que vuelvo, aunque me calle; y mi ruta más cierta yo no digo.
Intenté demostrar que a donde voy es a mí, sólo a mí, para tenerme. Y sonríen al oír, porque ellos todos son la gente que va, pero que vuelve.
Escuchadme una vez: ya no me importan los caminos de aquí, que tanto valen. Porque anduve una vez, ya me he parado para ahincarme en la tierra que es de nadie.
He escogido este bellísimo
poema por la forma y por el fondo. En él Carmen nos hace una demostración de
su verbo brutal y poderoso. Tres décadas más tarde de Brocal, nuestra poeta aborda un tema que poco tiene que ver con
la exaltación amorosa sino con la necesidad vital de apartarse para volver sobre uno mismo.
El poema está formado por
cuatro cuartetos que riman en asonante en los pares. El ritmo, muy marcado y
suave, lo proporciona una métrica claramente cuidada puesto que todos los
versos son endecasílabos melódicos, exceptuando el segundo verso del primer
cuarteto que es un endecasílabo heroico y el tercer verso del tercer cuarteto
que es un verso dodecasílabo, probablemente por ese pronombre “ellos” que le
da tanta personalidad al verbo y que es tan propio de la poética de Carmen.
El poema es enteramente un
delicioso juego de palabras que incluye algunas metáforas muy elocuentes como “he plantado mi tienda sin amparo” y
repeticiones como “si van pero si vuelven”. Y a través de estos juegos del lenguaje nuestra
autora nos habla de la soledad, imprescindible, para quererse uno mismo y lo
hace desde ese punto de vista de quién ha caminado mucho, ha recorrido mucho,
ha conocido y necesita detenerse. Algo del poema me recuerda a ese otro de
Gloria Fuertes que con un tono e intención parecidos dice:
Me dijeron:-O te subes al carro
o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,
a su debido tiempo,
brotaron las amapolas
Apartarse a un lado del camino, ignorar la opinión de los otros y volverse hacia uno mismo para encontrarse, para que en tu corazón broten las amapolas, para “tenerse”, en la misma línea que Fray Luis de León en su “Oda a la vida retirada”.
“En la tierra de nadie” es un poema profundamente existencialista.
El tiempo y la eternidad
Es muy
interesante y revelador el discurso de ingreso en la Real Academia de la
Lengua Española de Carmen Conde, titulado “Poesía ante el tiempo y la
inmortalidad”, en él decía:
El Tiempo es eterno e implacable y la vida está llena de venturas y desventuras, por lo que hay que mantenerse fiel a la Poesía, supremo logro del ser y el estar en la Tierra. Sin ella no habría podido vivir. (..) la Poesía restaña heridas causadas por el tiempo o la historia, conduciendo desde el amor por un solo ser al amor por todos los seres, por eso quienes crean poesía lealmente porque sí, saben de la necesidad de su verdad y de la defensa desinteresada de las causas perdidas.
Y es que el tiempo y el amor son los grandes temas de su
poesía, profunda, perfecta. En su hermoso “Cancionero de la enamorada” escrito
en 1971, escribía:
Ya sé que me acabaré,
que tú no serás un día…
Que todo cuanto ahora digo
irá perdiendo su vida.
Si no quitaras tu boca
de mis ojos; si tu mano jamás
soltara la mía,
amor mío enajenado.
Quisiera perderme ahora,
morirme sin despertarme.
No quiero olvidarte nunca,
bebida de amor, amante.
“No quiero olvidarte nunca,/bebida de amor, amante.” No
fue así, infelizmente en los últimos
años de su vida el Alzheimer se llevó sus recuerdos, pero su memoria, su vida,
sus pasiones, sus amores viajan a través del tiempo en cada uno de sus versos.
Ella que buscaba la eternidad en cada línea, la encuentra hoy cuando nos
emocionamos con sus poemas.
Carmen es no sólo una gran
escritora, es con toda probabilidad una de las más grandes poetas de su
tiempo. Y puedo decir que asomarme a su
obra durante estas semanas ha sido un viaje maravilloso a su corazón.
Bibliografía
¡Si nunca nadie me
dijo que así se amaba tanto! Acercamiento a la poesía amorosa de Carmen Conde.
(por Alejandro Fernández y Mar Friera) publicado en la revista digital Letra
15
Prólogo de la edición de Brocal
y Poemas a María. (1984). Ed. de Rosario Hiriart
Poesía ante el tiempo
y la inmortalidad: (discurso de ingreso en la RAE (1979).