Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto Omar para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

“Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente. 

Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido. 

Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida a la que escribe Alberto Omar es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa. Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento.