“La mala costumbre de morder el polvo” de Rosa Galdona.
En 1873, Arthur Rimbaud escribió Una temporada en el infierno. Ahora, más de siglo y medio después, Rosa Galdona recoge en La mala costumbre de morder el polvo el testigo del joven poeta francés y transforma aquel tormento íntimo y personal en otro más amplio y colectivo, para advertirnos de que la temporada no ha terminado y de que ese infierno no es solo una metáfora, sino el paisaje cotidiano en el que habitamos, un lugar cada vez más duro, más asfixiante, más despiadado.
Este poemario es, ante todo, un grito, un estallido de rabia que no busca consuelo sino despertar. Aquí no hay espacio para la pasividad ni para la cómoda distancia del espectador. “No me pidas que me calle”, nos dice la poeta, y cada verso es un golpe contra la indiferencia, una sacudida, un desafío que pretende empujarnos a dejar de mirar hacia otro lado, a abandonar la idea de que las miserias que nos rodean son tan solo una “mala costumbre” de aquellos que se empeñan en “morder el polvo”, como si fuera posible no hacerlo.
La voz de la poeta despliega un “catálogo de desesperanza” sacando a la luz un conjunto de vidas silenciadas que, desde los márgenes, reclaman presencia, dignidad, justicia: desde los sintecho hasta los espaldas mojadas; desde los náufragos de las pateras hasta el jornalero que sobrevive en la pobreza más absoluta; desde la joven saharaui hasta el niño ecuatoriano que comparte con ella un futuro incierto y oscuro.
Con una lucidez absoluta, Rosa nos recuerda que “la barbarie se instala en la casa” porque el horror no es exclusivo de los que vienen de otras orillas y porque en esta “perfecta sociedad” donde “nos comemos nuestro propio cordón umbilical” se acumula la mugre de la prostitución, la indiferencia del viajero que prefiere no mirar detrás de las rutas más turísticas, la hipocresía ante la explotación y la trata de personas, el silencio de los telediarios o la falta de equidad entre el hombre y la mujer, entre otras inmundicias.
En este escenario donde “El mundo entero hiede/ a maldad”, donde incluso “los ateos se santiguan”, no hay cabida para el victimismo. La poeta se yergue desafiante (“¡Tócala otra vez, Satán, / que aquí sigo, de pie!”) y recurre al sarcasmo como una forma de enfrentarse al horror. Así, el poema de la patera se disfraza de anuncio de lujo (“agua natural con gas”), y la presencia de los sintecho se convierte en una imagen “violenta” que incomoda a quienes se refugian en la cobardía del confort.
La crítica a la religión y a la justicia también está presente en estas páginas. La poeta le reprocha a la iustitia que aún haya “gente sin pan”, mientras un dios con minúscula, decepcionante, es interpelado con una mezcla de reproche y desdén. Pero esta crítica no nos exculpa ni como sociedad ni como individuos: la poeta nos recuerda que todos, incluida ella misma, hemos sucumbido a la docilidad y la cobardía.
Sin embargo, ante el vértigo de la desesperanza —el miedo de verse caer y la tibieza de no haber actuado—, se levanta la certeza de que la palabra puede salvarnos: “El estallido del verso”, “Bendita tú, palabra”. Es en esa fe última en el lenguaje donde el dolor puede, tal vez, encontrar alivio.
En las últimas páginas del libro, la poeta baja la voz. El grito se transforma en súplica, en oración. Rosa Galdona busca la serenidad, pero no anula la rabia sino que la convierte en conciencia y vislumbra una esperanza: no en los poderosos ni en los dioses, sino en el diferente, en el que resiste.
En los tiempos que vivimos, donde la indiferencia parece la norma, Rosa Galdona nos recuerda que la poesía, como forma de rebelión, quizás sea lo único capaz de iluminar el infierno más oscuro.


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