Autor: Carlos Asensio

  • Poesía, vida y muerte de Teresa Wilms Montt

    Poesía, vida y muerte de Teresa Wilms Montt

    «Nada tengo, nada dejo, nada pido»: poesía, vida y muerte de Teresa Wilms Montt

    «Nada tengo, nada dejo, nada pido.
    Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había».

    La vida de la poeta chilena Teresa Wilms Montt (1893-1921) fue desgarradora e intensa a pesar de ser tan injustamente corta. De origen aristocrático, Teresa concentró, en tan solo 28 años, una existencia llena de pasiones, viajes, decepciones, sinsabores y pocas alegrías. Todo a su alrededor fue casi novelesco, agitado, movido por sentimientos tan contradictorios y potentes como el amor, la rebeldía, la melancolía, las ganas de probarlo todo o el deseo de perdurar y ser reconocida.

    En los últimos años varias editoriales españolas se han lanzado a la titánica labor de reeditar su obra, injustamente abocada al olvido durante muchos años. Gracias a esto, actualmente podemos encontrar con cierta facilidad tres de sus poemarios: Anuarí, libro rescatado originalmente en 2009 por la editorial Torremozas y reeditado de nuevo en 2017, Inquietudes sentimentales, también recuperado por Torremozas en 2021, y En la quietud del mármol, traído de vuelta a las librerías por la Editorial Medusa en 2022.

    También de 2022 es la última edición de sus Diarios íntimos en Pepitas de Calabaza, aunque ya fueron publicados en 2017 por la tristemente desaparecida editorial La Señora Dalloway con el sugerente título Preciosa Sangre. A María Ángeles Pérez López y Mayte Martín les debemos, en última instancia, la edición de sus Obras completas, publicadas en la Editorial Renacimiento en 2023.

    En esta breve nota vamos a centrarnos en sus Diarios íntimos y en su cuarto poemario, Anuarí. Leídos en conjunto, uno en clave biográfica y el otro como imprescindible lectura poética de los acontecimientos vividos por la autora, ambos libros suponen un verdadero descubrimiento lírico y creativo.


    1. Diarios íntimos

    «Quiero infinidad porque me ahoga lo finito».

    En una época de creciente interés por las vidas particulares de las grandes escritoras, y de publicación de múltiples diarios y correspondencias privadas –Virginia Woolf, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik–, los diarios íntimos de Teresa Wilms Montt son una rara avis, un «espejo», como ella misma lo denominó, de sus sentimientos más sinceros y profundos, con una voluntad literaria apenas buscada.

    Sus diarios se ven, a lo largo de sus confusas entradas, salpicados por dolorosas e inesperadas confesiones para la época:

    «Por mis hijas no he llorado yo las lágrimas de sangre que he derramado por Vicente», 

    amores arrebatados:

    «Y yo no me canso de beber amor, siempre tengo sed, una sed inextinguible de él», o 

    «¡Y así soñé morir de besarte!», 

    auténticos gritos de amargura:

    «¡Sufrir, sufrir, ahora!»

    loas a la muerte y al suicidio: 

    «Siento verdadero sensualismo en morir. Que suceda lo que el destino ha marcado», 

    poesía:

    «Este siglo está caduco, sangre mía.
    ¿Quieres que te vacíe sobre el seno de la tierra?», 

    reflexiones sobre la vida después de la muerte:

    «Creo que después de la muerte, el espíritu vaga cierto tiempo en el espacio y después se reincorpora en el cuerpo de un recién nacido» 

    o frases que podrían ser consideradas como modernos aforismos: 

    «La costumbre es prostitución», o 

    «El alcohol es enemigo de la filosofía y mata a la ironía».

    El lenguaje y la forma de expresarse de Teresa son siempre desgarrados y ardientes; su autora parece en la mayoría de los casos conducida por una pasión incontrolable: amorosa, pero también pasión por la vida, por la muerte, por sus hijas, por Dios, por el más allá. 

    Su vocabulario es siempre impetuoso, apenas pasado por filtros, en un ejercicio de honestidad donde se ve una clara evolución desde los primeros años –donde Teresa escribe entradas más realistas, más vinculadas a su cotidianidad– hasta los últimos –donde las entradas son apenas comentarios fragmentados, de corte más poético y más complicadas de interpretar–.


    2. Anuarí (1918)

    «Camino al olvido, lentamente se cierran las losas de mi cerebro».

    Dentro de la obra poética de Teresa Wilms, Anuarí es uno de los libros más emblemáticos y reconocidos. De hecho, su época en Madrid es aplaudida por la crítica como la más fructífera a nivel literario. Recién llegada a España en 1918, introducida en los círculos intelectuales y literarios madrileños de la época –se relacionó asiduamente con personalidades como el pintor Julio Romero de Torres o los escritores Jacinto Benavente, Azorín o Juan Ramón Jiménez–, Teresa publica un impactante libro donde la muerte y la belleza habitan en cada una de sus páginas y poemas. 

    Anuarí es «un poemario conmovedor de imprescindible lectura», en palabras de Marta Porpetta, directora de Ediciones Torremozas. Y también un libro donde Teresa «contempla el lado oscuro de la vida, comprende que hay un silencio y que existe una travesía del dolor que late bajo experiencias muy profundas», según Luzmaría Jiménez Faro, fundadora de Torremozas. 

    El origen del libro es este: Teresa, después de una estancia de apenas dos años en Buenos Aires, abandona la ciudad tras un hecho traumático para ella: uno de sus amantes, Horacio Ramos Mejía, un joven de apenas 19 años, se suicida cortándose las venas ante ella por su rechazo a establecer con él una relación amorosa. Este hecho, profundamente perturbador para la autora, le persigue durante mucho tiempo, dando lugar finalmente a la creación de dos obras: En la quietud del mármol, una suerte de diario de duelo donde Teresa habla de sus visitas al cementerio para llorar al amado y de su postración en la cama para invocarlo, y Anuarí, un libro hipnótico, bello y oscuro, lleno de elegías a la muerte del joven examante. 

    La edición inicial de Anuarí, publicada en Madrid en 1918, incluye un prólogo de Ramón del Valle-Inclán donde habla de Teresa como una voz «cargada de siglos y juventud», «de maravillosa gracia alejandrina» y cuyos poemas son como «versículos de un libro sagrado» con «la misteriosa resonancia de las voces elementales».

    El poemario comienza de una forma tan pasional y sugestiva como esta:

    «Apareciste Anuarí, cuando yo con mis ojos ciegos y las manos tendidas te buscaba,
    Apareciste, y hubo en mi alma un estallido de vida. Se abrieron todas mis flores interiores, y cantó el ave de los días festivos»

    Y sigue, a lo largo de sus páginas, indagando de una forma lírica y ardiente en esa ya mítica figura de Anuarí, el joven enamorado desvanecido de la noche a la mañana:

    «Anuarí, yo te amé.
    No hubo para mi alma música como la de tus dientes cuando entrechocaban de lujuria».

    «El corazón, como un puñado de mercurio, resbaló a lo largo de mi cuerpo hasta ponerse a mis pies».

    Para finalmente terminar con un grito eterno y desconsolado:

    «¡Anuarí! ¡Anuarí!
    ¡Vuelve del caos!».

  • Manual para no invadir el cuerpo gestante

    Manual para no invadir el cuerpo gestante

    Seno (Editorial Cántico, 2020), el primer poemario de Juan José Ruiz Bellido, es una lectura compleja y enriquecedora, casi pedagógica, pero con una indudable voluntad literaria.

    Antes incluso de que su autor supiera que el libro iba a ser publicado, me lo hizo llegar para que le diera mi opinión. Sin ninguna referencia sobre su escritura o sobre el propio libro, lo empecé a leer sin saber qué esperar, a qué podía hacer referencia ese enigmático seno. ¿Hablaría de un lugar, de un pecho, de un elemento matemático?

    Leído y releído el libro –antes y después de ser editado–, es de justicia decir que estamos ante una propuesta original y deslumbrante. Un muy digno primer libro. Una bonita sorpresa literaria en este extrañísimo 2020.

    Seno es como un largo –y bellísimo– poema a la natividad, a la madre-creadora-de-vida, al padre-acompañante, al parto. Al embarazo –y al no-embarazo–. A la expulsión de una nueva vida al mundo.

    El libro arranca con un Anverso –el uso de la numismática como eje vertebrador del libro es muy inteligente–, que es como una apertura inquietante a un camino desconocido. Camino que recorreremos junto a San Juan de Patmos y a alguien que no es Orfeo; quizás una sombra que «mutila la palabra», alguien que solo ha venido «aquí para decir» y que solo es «un sucedáneo de otra carne», y no «medio, satélite, altavoz».

    La desolación llega con el poema ‘Ciudad eterna’. Lastiman esos versos áridos, rotos, quejumbrosos:

    «ve al llanto le digo a mi cabeza derruida, ve al llanto»

    «¿a qué este golpe santo? / ¿con qué motivo, a qué esta separación / que no desvela, el corte sacro y seguir vivo?»

    Versos que solo vaticinan lo que está por llegar: la grieta en la pared, la sangre, el cristal roto, el tribunal vacío, el panóptico que todo lo ve. El poema ‘Desde el infierno’, uno de los más hirientes y explícitos, también atraviesa. La imagen de la gaviota y la alusión a la belleza del cuerpo de la víctima se quedan conmigo antes de lanzarme de lleno a la sección central del libro, justamente llamada Seno.

    Aquí llega la parte del libro que realmente me cautiva y sorprende. Encuentro fragmentos que me hacen reflexionar y detenerme. Hallo estrofas que me fascinan y me cuentan, poco a poco, muchas cosas que no sabía sobre la vida. Veo belleza y más belleza en los versos que leo y releo: 

    «¿Es este el cuerpo de un padre o el cuerpo de un hijo?»

    «El / mismo / cuerpo / está en dos / cuerpos / es dos cuerpos a la vez».

    «Dos cabezas dentro de un mismo cuerpo, como dos llamas encendidas que brotan indistintamente de dos orígenes».

    «hay que perder la idea del dolor / perderle el miedo / porque es un dolor con fruto y cuántos dolores hay sin fruto».

    Estoy abrumado por la hermosura de un texto tan literario como descriptivo, tan visceral como medido, tan suspendido en el vacío como asentado con toda la fuerza a la tierra. Con un discurso poderoso, casi matriarcal, que apela al origen de la especie humana.

    Hago un amago de perderme entre el vocabulario médico y fisiológico, pero está usado con tanto conocimiento, con tanta naturalidad, que todo me parece verdadero. Honesto. Bien utilizado.

    Sin ser padre, me conmueve ese amor por la paternidad y por el cuerpo gestante: esa forma de participar como progenitor, pero sin excederse; de exponer con franqueza todos lo relacionado con la maternidad, pero sin colocarse en el centro; de acercar al lector al cuerpo-huésped, pero sin invadirlo:

    «En junio nacerá y la madre prepara su cuerpo para la llegada de un hijo».

    «el parto es un trabajo / para la madre».

    «(no pienso darle a tu madre ningún consejo en torno a su dolor)»

    «(no pienso hablar de carne que no es mía ni de trabajo que no ejerza)».

    El Reverso, simétrico cierre del libro, nos trae a San Juan, a Orfeo y a El Bosco de vuelta. «Todo cuerpo es isla que limita con el agua de otros cuerpos». El final, casi inconexo gramaticalmente, fluido, alucinado, nos arrastra de forma imparable hasta que, inesperadamente, uno se da cuenta de que ha llegado al final.

    Mención especial para el muy esclarecedor prólogo de Juan F. Rivero, que aporta varias claves muy interesantes para guiar la lectura, y para las preciosas fotos de Enrique Fuenteblanca que completan –y tangibilizan– el concepto general del libro.

  • Hambre sucia: la poesía salvaje de Guillem Gavaldà

    Hambre sucia: la poesía salvaje de Guillem Gavaldà

    Guillem Gavaldà (Cerdanyola del Vallès1997) es un joven escritor, autor de dos celebrados libros de poesía en catalán: Fam bruta (AdiA Edicions, LaBreu Edicions y Cafè Central, 2016) y Brànquies (AdiA Edicions, 2017). Graduado en Estudios Clásicos por la Universitat Autònoma de Barcelona, su poesía está muy influida por la lectura de autores universales como Homero, Safo o Hesíodo, además de clásicos catalanes como Mercè Rodoreda, Víctor Català o Blai Bonet.

    La calidad y originalidad de su poesía ha sido reconocida de forma unánime: ambos libros publicados por Gavaldà han sido premiados con dos relevantes galardones de la poesía catalana: el Premi Francesc Garriga, por Fam bruta, y el Miquel Bauçà, por Brànquies.

    Su poesía también ha aparecido en la antología de poesía LGTB+ catalana Amors sense casa (Angle Editorial, 2018), coordinada por Sebastià Portell, donde comparte espacio con poetas tan relevantes como Maria Mercé Marçal, Blai Bonet, Francesc Garriga, Mireia Calafell o Pau Vadell. Poemas suyos han sido traducidos al castellano, al inglés, al turco y al griego.

    Ofrecemos aquí la traducción al castellano* de varios poemas de su primer libro, Fam bruta (Hambre sucia):

    Se sacian las raíces
    sobre el bocado llenísimo de nuestros
    cuerpos               que han crecido
    cuando tú te doblegas. La hiedra trepa por la espalda
    escapando de la sequía.
    Dame sed a este apetito
    y déjame morir

    deshidratado.

    ***

    Vibro dentro de la cueva
    violenta de los
    cuerpos; las rocas,
    los fósiles,
                 el sexo:
                             el estómago.

    ***

    Vacíame la tierra
    umbría del tórax, las entrañas
    que han carcomido tus labios en mitad de la
    comida. Aquí en el invierno;

    mi piel, sangrándote
    polen.

    ***

    SÍSMICO

    Y estamos
    así, embistiéndonos,
    abiertos, de golpe; dos bestias
    vulnerables.
    Muriendo.

    ***

    DERIVA

    Aprietas
    las ortigas
    contra tus mejillas, te masticas las
    encías. Mi cuerpo
    son baldosas que en las manos
    se te agrietan.

    ***

    Que tu vientre
    lleno de insectos
    sea perforado por las langostas. Que
    te habiten todo el hígado, como
    quien habita una cueva.

    * Traducción de Carlos Asensio.

  • Miguel Floriano: «Mi poesía es una ontología de la voluptuosidad y el deseo»

    Miguel Floriano: «Mi poesía es una ontología de la voluptuosidad y el deseo»

    Miguel Floriano (Oviedo, 1992) es poeta y ha escrito, entre otros, los celebrados libros Quizá el fervor (La Isla de Siltolá, 2015), Claudicaciones (Renacimiento, 2016) o el reciente La materia y la envidia, con el que ha sido reconocido este mismo año con el XII Premio Antonio Gala de Poesía.

    Su poesía ha aparecido en revistas literarias como Oculta Lit, Anáfora o Estación Poesía, y sus versos han sido recogidos en varias antologías y recopilaciones. Escribe de forma regular en su blog, Lujuria crítica, y ejerce esporádicamente la crítica literaria en diversas plataformas y publicaciones. Charlamos con él sobre su poesía, el estado actual de la literatura y los temas que le inspiran y mueven a la hora de escribir.

    Como poeta, ¿qué temas te interesan especialmente, sobre qué te surge escribir?

    El propio lenguaje y sus representaciones. Trato de escribir de tal modo que la materia lingüística (la palabra) busque la razón de sí misma, lo que creo conduce a su crítica sincrónica: detección de los límites connotativos. Por otro lado, me interesa también el poder del lenguaje de ofrecer una ilusión de (con)tacto gracias al ritmo y orden combinatorio (la carnalidad de la que hablaba Valente). Me parece que toda mi poesía constituye una suerte de «ontología de la voluptuosidad y el deseo».

    ¿Cómo definirías tu poesía en una única frase? ¿Y cuánto de autobiográfico hay en ella?

    Me valgo de la anterior respuesta: una suerte de «ontología del deseo». Mis poemas dan cuenta de una relación pasional con el lenguaje. No se me ocurre otra síntesis. O sí: la elaboración a largo plazo de un sistema metafísico.

    ¿Crees que el arte y la cultura deben ser comprometidos socialmente o crees que el arte tiene sentido por el mismo arte?

    Un artista ya está comprometido en cuanto se granjea un número estimable de receptores de su obra, dado que provoca en ellos una reacción intelectual o incluso física. Otra cosa es que esa reacción traiga consigo un cuestionamiento del imaginario moral y por tanto de la costumbre. Lo real no puede ser modificado por el arte, sino precariamente sustituido o representado. Leía hace unos días unas lúcidas palabras del poeta Unai Velasco, un compañero, en las que sugería que acaso el arte fuese inmovilista puesto que transforma la posibilidad de acción en posibilidad únicamente de imaginación. Es este un tema muy jugoso y estimulante sobre el que merecería la pena discurrir. ¡Viva el conocimiento teórico!

    ¿Crees que existe desigualdad de género en el mundo de la poesía? ¿Te parece que hay una falta de mujeres en el canon literario actual?

    Le digo que los mejores poetas de mi generación son las poetas: María Alcantarilla, Verónica Aranda, Berta García Faet, Estefanía Cabello… Es un hecho, no sé si significativo o no. A mí me provoca mucho entusiasmo.

    Sí que es cierto que el funcionamiento de la concesión de premios deja mucho que desear. Volvemos a las palabras poder y figura.

    Ben Lerner, en su conocido ensayo El odio hacia la poesía, habla de la existencia de un rechazo irracional por parte de críticos, lectores y los propios poetas hacia la poesía. En sus palabras: «Hay mucho más consenso en el odio a la poesía que en la propia definición de lo que realmente es la poesía». ¿Crees que es así? ¿Qué podemos hacer para que la poesía sea un género menos denostado?

    Yo no hablaría de odio irracional. Hay más acceso racional a ese odio del que cabría pensar. La poesía, su cualidad profunda, siempre ha supuesto un misterio tanto para quien la lee como para quien la escribe. Es habitual la tendencia a desvirtuar o rechazar lo que no se entiende aun tras hercúleos esfuerzos. De todos modos, comprenderla supondría liquidar, disolver su encanto. Esto me hace recordar el «nunca dejamos de comprender» heideggeriano. ¿Nos soportamos tan mal por ello? La poesía nos deja desnudos y vulnerables. Hay quien no tolera tales estados de plena entrega.

    ¿Cómo ves el panorama poético actual? ¿Qué opinas de la mal llamada ‘nueva poesía’?

    Confieso que este tema me aburre bastante. Estoy muy cómodo entre mis compañeros. Lo de la nueva poesía es una fiebre que remitirá sin necesidad de ¿pastillas? Me duele la cabeza.

    Hoy en día parece imprescindible para un poeta participar en eventos literarios y girar por toda la geografía española para darse a conocer, ¿crees que es necesario que el poeta salga a recitar sus versos en público? ¿Qué opinas de las jams de poesía y del mundo de los recitales?

    Recuerdo la reticencia de Luis Cernuda a leer en público, y me divierte. También a José Luis García Martín diciéndome, después de un sorbo de café, que solo los malos poetas leen bien sus propios poemas. No me parece imprescindible, pero sí una manera de hacer vida literaria y acercarse a los lectores. A mí personalmente me seduce más la vie á retraite, aunque en ocasiones una buena lectura sí que te refresca el ánimo. ¿Jams? Prefiero las de rock and roll.

    ¿Qué opinas de los premios literarios y de la crítica? ¿Cómo llevas que otras personas valoren u opinen sobre lo que escribes?

    La crítica hoy, salvo excepciones (Carlos Alcorta, Álvaro Valverde, Bagué Quílez…) está en el séptimo sueño. Abundan los desquites y la superficialidad, que supongo será resultado, cómo no, de un mal empleo del poder. Siempre tengo en estima cualquier valoración sobre mi obra.

    ¿Qué nos puedes contar sobre La materia y la envidia, libro con el que has ganado el XII Premio de Poesía Antonio Gala? ¿Qué ha significado para ti este reconocimiento?

    La materia y la envidia es un libro complejo. Está escrito entre octubre de 2017 y abril de este año, y descansa sobre una serie de experiencias sentimentales bastante intrincadas y súper psicoanalíticas. La idea a la que he pretendido dar forma es a la de resentimiento en el sentido nietzscheano: la negación en el Otro de las cualidades en uno ausentes. Cómo se presenta y reacciona el hombre ante la materia. Un ensayo de demostración de la primacía de los impulsos sensibles sobre los impulsos formales, por decirlo con Schiller. El libro trata de metaforizar el éxito total de la creencia y la exclusividad emocional, al margen de lo supuestamente real. Metaforiza lo ajeno-constante (el mundo). El lector, así, se enfrenta a lo que presumiblemente no posee, y somete a consideración sus impresiones. Estoy muy contento con él.

    El premio ha significado una verdadera alegría.

    En tu último libro publicado, Claudicaciones, se percibe un tono nostálgico, a veces atormentado, casi desesperanzado («Se acabó. No hay más trayecto. / Es la hora viva de la muerte»). ¿Crees que la poesía es, per se, un género que tiende a la tristeza y la melancolía?

    Claudicaciones es un libro que intenta certificar el fracaso de la intensidad. Es una colección de renuncias. La literatura no basta, y la vida tampoco, porque (oh paradoja) te quita tiempo para vivir. Incide manifiestamente en el selfpity. Más que nostalgia es melancholia. La conciencia da comienzo en el recuerdo de lo perdido o, mejor dicho, en lo que no fue posible perder. Respecto a la última pregunta, no lo creo. Se escribe desde el entusiasmo por las posibilidades del lenguaje, que la poesía celebra, y no desde la inmediatez del ánimo. Para mí es casi una cuestión deontológica.


    Cuestionario breve

    • Un/a poeta contemporáneo/a por el que sientas predilección.

    Verónica Aranda.

    • Un/a poeta clásico/a.

    Leopardi.

    • Un verso o cita que no se te vaya de la cabeza.

    «No es el mío, este tiempo».

    • Un libro de poesía que no te canses de recomendar.

    The tower, de Yeats.

    • El libro que te hubiera gustado escribir.

    Todos los fuegos el fuego, de Cortázar.

    • El libro de poesía al que siempre vuelves.

    Una antología de poetas metafísicos ingleses.

    • Una editorial de poesía que te apasione.

    Renacimiento.

    • Una revista literaria imprescindible.

    Oculta lit.

    • Alguien que haya influido decisivamente en tu forma de escribir.

    Gil de Biedma, sobre todo rítmicamente.

    • Un poema tuyo.

    Haber escrito tanto

    Para V.

    La última visión antes del sueño,
    como un rumor que osa en los ojos, dócil
    relámpago, apenas una imagen
    repentina y secreta, eso es el tiempo.

    Pero hoy sé que eres tú, porque estás próxima y soy libre.
    Sé que eres tú, porque ríes y soy libre:
    y con la libertad es como ven los ojos.
    Sé que eres tú: solo te importa
    recorrer cada calle
    rindiendo el aire de la noche,
    cuerpo y pensamiento bajo un ritmo elemental,
    hacia una danza imposible y hacia objetos sin límite,
    haciendo polvo, solo con tu genio y tu palabra,
    la decepción, el miedo, la envidia,
    el engaño, la vanidad, el fraude,
    proclamando la verdad a los cobardes
    que aún no lo saben: quien ha amado
    hasta las negras horas humilladas
    ya ha paseado con la muerte, y es valiente:
    espera iluminando.

    Como escribió el poeta,
    ojalá cualquier verso desleal
    me hubiese conducido al abandono.
    Ni el sueño ni el silencio hoy me perdonan
    haber escrito tanto.

    Me equivoqué: todo fue, todo es
    noción, calma de ti. Me equivoqué.
    Si desde entonces –desde cuándo–
    eres tú el tiempo, repentina
    y secreta aún, música diáfana
    sobre las cosas reinante,
    yo ya no sé sobrevivir en él.
    Aunque tiene sentido: nunca las aves
    decimos adiós.

  • Eunice Odio, la apátrida celeste

    Eunice Odio, la apátrida celeste

    «Y de pronto llegaste,
    huésped de mi alegría,
    y me poblé de islas
    con tu brillante dádiva».

    Eunice Odio fue una poeta costarricense –luego nacionalizada guatemalteca y, más tarde, mexicana– prácticamente desconocida en el canon literario actual. Nacida en 1922 y con una obra a caballo entre el romanticismo apasionado, el vanguardismo y un complejo simbolismo, Eunice cultivó una poética muy propia salpicada por una dosis de misticismo inigualable.

    Los elementos terrestres y otros poemas, Eunice Odio (Ediciones Torremozas, 2018)

    Este triple cambio de nacionalidad –nació en Costa Rica, vivió en Guatemala y falleció en México– hizo que fuera bautizada como «la apátrida celeste» por Alicia Miranda de Hevia, una de las investigadoras de su obra. Un apodo muy bien pensado para una mujer que, como una vagabunda de la literatura, fue transitando por todo el continente americano buscando su lugar en el mundo.

    Ediciones Torremozas, en un nuevo ejercicio de recuperación de la genealogía literaria femenina, ha reeditado este mismo año uno de sus libros capitales, Los elementos terrestres, obra reconocida en el año 1947 con el Premio Centroamericano de Poesía «15 de septiembre».

    El libro, un canto pasional al cuerpo, a la mística y al amor, nos descubre a una poeta de una exuberancia y una capacidad dramática muy relevantes. A lo largo de los ocho poemas de la obra, Eunice traza un intenso viaje a través de una riqueza verbal y lírica apabullante, plena de sensibilidad.

    Los elementos terrestres, publicado inicialmente en Guatemala ante la total indiferencia en su país natal por su obra, supone un primer acercamiento de Eunice Odio al erotismo más descarnado, una oda casi anatómica a la entrega física entre los enamorados.

    Yo haré que de tus muslos
    bajen manojos de agua,
    y entrecortada espuma,
    y rebaños secretos.

    En palabras de Rima de Vallbona, Catedrática de Español, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y una de las mayores expertas mundiales en la obra de Odio:

    «La riqueza polivalente de sus poemas, dominio de los recursos líricos, universalidad temática y cosmovisión mítica que ensancha los contornos espacio-temporales de sus textos, obligan al estudioso de la poesía de Eunice Odio a darle un lugar prevalente en las letras hispanas».

    Eunice Odio es dueña de una poesía anclada en el cuerpo, en la exploración del eros, en el goce y el deseo. A través de un precioso simbolismo, Odio mezcla sin ningún rubor naturaleza, pasión y sexo:

    Tú me conduces a mi cuerpo,
    y llego,
    extiendo el vientre
    y su humedad vastísima,
    donde crecen benignos pesebres y azucenas
    y un animal pequeño,
    doliente y transitivo.

    Así, la poética de Eunice en torno al cuerpo supone una suerte de autoafirmación, de reivindicación de la sexualidad, donde la mujer –ella misma– aparece como el sujeto de la acción, y no como mero objeto. Como una fuente de pasión desatada, como la búsqueda de amor físico y espiritual definitiva.

    Ven
    Amado
    Te probaré con alegría.
    Tú soñarás conmigo esta noche.
    Tu cuerpo acabará
    donde comience para mí
    la hora de tu fertilidad y tu agonía.

    El libro, al final, no es sino un fiel reflejo de la propia vida de la autora, una mujer que basculó entre la luz y la oscuridad, el absoluto y la nada, la vida y la muerte. Una mujer que pasó sus últimos días viviendo en México D.F., entre fiestas en casa, alcohol y una profunda soledad.

    Fue tanta la soledad que la acompañaba que, cuando falleció en 1974, su cadáver tardó varios días en ser hallado, en parte gracias al fuerte olor a putrefacción y, sobre todo, gracias al aviso de una de las pocas amigas que aún mantenía, Asunción Lazcorreta. En sus palabras:

    «Alguien publicó que se había suicidado. Me indigné. Eunice amaba locamente la vida. Desbordaba vida, aunque se iba consumiendo cada hora. ¡Pobre Eunice, entre todos la empujaron a su destrucción!».

    ¿Pudo Eunice disfrutar finalmente de esa vida que tan locamente amaba? ¿Murió frustrada por el poco reconocimiento de su obra? ¿Fue feliz durante su última época? ¿Se sintió querida en México? Son cuestiones sobre las que solo podemos conjeturar algunas respuestas. Quizás estos versos de Los elementos terrestres fueran como un triste anticipo de su aciago final:

    Al borde estoy de herirme y escucharme
    ahora que me lleno de retoños y párpados tranquilos (…)
    Sollozante y sangrando a media altura,
    sobre lo detenido
    descubierto
    y recobrado.

    Gracias, Torremozas, por ayudarnos a descubrir, una vez más, a una poeta olvidada –aunque de calidad extraordinaria– en nuestra increíble tradición poética castellana.