Seno (Editorial Cántico, 2020), el primer poemario de Juan José Ruiz Bellido, es una lectura compleja y enriquecedora, casi pedagógica, pero con una indudable voluntad literaria.


Antes incluso de que su autor supiera que el libro iba a ser publicado, me lo hizo llegar para que le diera mi opinión. Sin ninguna referencia sobre su escritura o sobre el propio libro, lo empecé a leer sin saber qué esperar, a qué podía hacer referencia ese enigmático seno. ¿Hablaría de un lugar, de un pecho, de un elemento matemático?

Leído y releído el libro –antes y después de ser editado–, es de justicia decir que estamos ante una propuesta original y deslumbrante. Un muy digno primer libro. Una bonita sorpresa literaria en este extrañísimo 2020.

Seno es como un largo –y bellísimo– poema a la natividad, a la madre-creadora-de-vida, al padre-acompañante, al parto. Al embarazo –y al no-embarazo–. A la expulsión de una nueva vida al mundo.

El libro arranca con un Anverso –el uso de la numismática como eje vertebrador del libro es muy inteligente–, que es como una apertura inquietante a un camino desconocido. Camino que recorreremos junto a San Juan de Patmos y a alguien que no es Orfeo; quizás una sombra que «mutila la palabra», alguien que solo ha venido «aquí para decir» y que solo es «un sucedáneo de otra carne», y no «medio, satélite, altavoz».

La desolación llega con el poema ‘Ciudad eterna’. Lastiman esos versos áridos, rotos, quejumbrosos:

«ve al llanto le digo a mi cabeza derruida, ve al llanto»

«¿a qué este golpe santo? / ¿con qué motivo, a qué esta separación / que no desvela, el corte sacro y seguir vivo?»

Versos que solo vaticinan lo que está por llegar: la grieta en la pared, la sangre, el cristal roto, el tribunal vacío, el panóptico que todo lo ve. El poema ‘Desde el infierno’, uno de los más hirientes y explícitos, también atraviesa. La imagen de la gaviota y la alusión a la belleza del cuerpo de la víctima se quedan conmigo antes de lanzarme de lleno a la sección central del libro, justamente llamada Seno.

Aquí llega la parte del libro que realmente me cautiva y sorprende. Encuentro fragmentos que me hacen reflexionar y detenerme. Hallo estrofas que me fascinan y me cuentan, poco a poco, muchas cosas que no sabía sobre la vida. Veo belleza y más belleza en los versos que leo y releo: 

«¿Es este el cuerpo de un padre o el cuerpo de un hijo?»

«El / mismo / cuerpo / está en dos / cuerpos / es dos cuerpos a la vez».

«Dos cabezas dentro de un mismo cuerpo, como dos llamas encendidas que brotan indistintamente de dos orígenes».

«hay que perder la idea del dolor / perderle el miedo / porque es un dolor con fruto y cuántos dolores hay sin fruto».

Estoy abrumado por la hermosura de un texto tan literario como descriptivo, tan visceral como medido, tan suspendido en el vacío como asentado con toda la fuerza a la tierra. Con un discurso poderoso, casi matriarcal, que apela al origen de la especie humana.

Hago un amago de perderme entre el vocabulario médico y fisiológico, pero está usado con tanto conocimiento, con tanta naturalidad, que todo me parece verdadero. Honesto. Bien utilizado.

Sin ser padre, me conmueve ese amor por la paternidad y por el cuerpo gestante: esa forma de participar como progenitor, pero sin excederse; de exponer con franqueza todos lo relacionado con la maternidad, pero sin colocarse en el centro; de acercar al lector al cuerpo-huésped, pero sin invadirlo:

«En junio nacerá y la madre prepara su cuerpo para la llegada de un hijo».

«el parto es un trabajo / para la madre».

«(no pienso darle a tu madre ningún consejo en torno a su dolor)»

«(no pienso hablar de carne que no es mía ni de trabajo que no ejerza)».

El Reverso, simétrico cierre del libro, nos trae a San Juan, a Orfeo y a El Bosco de vuelta. «Todo cuerpo es isla que limita con el agua de otros cuerpos». El final, casi inconexo gramaticalmente, fluido, alucinado, nos arrastra de forma imparable hasta que, inesperadamente, uno se da cuenta de que ha llegado al final.

Mención especial para el muy esclarecedor prólogo de Juan F. Rivero, que aporta varias claves muy interesantes para guiar la lectura, y para las preciosas fotos de Enrique Fuenteblanca que completan –y tangibilizan– el concepto general del libro.