Autor: Eduardo Madrid Cobos

  • El símbolo como recurso literario (1): definición y características

    El símbolo como recurso literario (1): definición y características

    A lo largo de las próximas semanas vamos a publicar en Poémame una serie de artículos didácticos sobre la figura retórica más compleja: el símbolo.

    En esta primera entrega, se mostrarán una serie de ideas básicas para la comprensión del concepto de símbolo en literatura, principalmente en poesía lírica. En una visión interdisciplinar, se tiene en cuenta el concepto de inconsciente colectivo de Carl G. Jung, las ideas de Ernst Cassirer y de Gilbert Durand y, en el plano literario, se focalizarán los trabajos de Estébanez Calderón y de Juan Victorio. Queremos remarcar la importancia de este recurso literario por una consecuencia, podría decirse de tipo “filosófico”, que sería el reconocimiento del individuo en la colectividad a través del símbolo.


    Sin querer avanzar prematuramente, baste con vislumbrar esta finalidad, o incluso característica inevitable: el sentimiento de vínculo a una colectividad que, paradójicamente, nos hace despertar como individuos libres, ya que el conocimiento del símbolo conduce, en última instancia, a la libertad.

    Definición
    La propia definición del término “símbolo” ya es algo resbaladiza, porque según qué autor o qué contexto, no es unánime. Es quizá el recurso estilístico más complejo, difícil y polémico que exista. Por ello, es conveniente adentrarse en él de forma paulatina y comenzando por una idea sencilla y esencial, para lo cual, transcribo lo que Juan Victorio solía explicar en sus clases con el siguiente esquema:

    1. Símil         <           2. Metáfora        <          3. Símbolo

    A grandes rasgos, pueden diferenciarse las tres figuras en esta gradación, según su distancia al término real. En la comparación (símil) se mencionan los dos términos, el real y el imaginario, entre los cuales hay una relación (dientes como perlas). En las metáforas puras, en la relación de identidad, sólo se menciona el término imaginario (tus perlas). En el símbolo, no se menciona ni el término real ni el imaginario, sino que se presenta un término no hermético en el sentido de que no es fruto de la imaginación personal del poeta, sino que subyace en la cultura colectiva. Este término, como puede ser la paloma, la rosa o la encina, alude a algo cuyo carácter conceptual es lo que quiere transmitir el poema (o cualquier obra literaria simbólica).

    Demetrio Estébanez Calderón abre la definición que da en su célebre Diccionario de términos literarios (1996: 993) con las siguientes líneas:

    Símbolo. Es un signo cuya presencia evoca otra realidad sugerida o representada por él: p. e., el olivo representa en la cultura mediterránea la idea de paz; esta misma idea la sugiere la paloma en la cultura bíblica; olivo y paloma son símbolos de paz. En la Retórica clásica el símbolo es un tropo que, al igual que la metáfora, la metonimia o la alegoría, consiste en la sustitución de una palabra por otra, con la correspondiente traslación de significado.

    No deja de ser una introducción muy general, porque no consiste exactamente en la sustitución de una palabra por otra; detalle que el autor acertadamente desarrolla a continuación. Sin embargo, hay una palabra clave con la que ya se vislumbra la profundidad del concepto: evoca[1]. Juan Victorio (2001: 72) utiliza un verbo de significado muy próximo, que es aludir, con una definición tan breve como precisa: “el símbolo consistiría en la relación que se establece entre la mención de un objeto y la alusión a un concepto”. Para matizarlo, aporta el siguiente ejemplo y deducciones:

    Por ejemplo, piénsese en el concepto “mansedumbre” y que se necesitase que fuese representado gráficamente, visualmente. Al no tener la mansedumbre una forma, se tendría que recurrir a algo que contuviera conjuntamente dicha virtud y una forma determinada, por lo que se llegaría a “cordero”. Pero no se olvide que he dicho “mención de un objeto”, no el propio objeto, que perdería “fisicidad”, no sería ya ese animal que se puede asar y degustar, lo cual hace posible la frase “el cordero murió en la Cruz”. Así las cosas, no hay que confundir, como ocurre muy frecuentemente, el concepto símbolo con otras cosas que no son sino “señales” o “signos”[2]. Por ejemplo, la bandera no puede ser símbolo de nada, desde luego no de una patria, pues entre una tela llena de cualesquiera colores y la idea de patria sólo hay una relación arbitraria.

    Por lo tanto cabe señalar que dicha alusión o evocación no puede ser de cualquier manera, según Victorio. En esto existe ya diversidad de opiniones. Estébanez Calderón apunta que para lingüistas y semiotistas como Ch. S. Peirce “el símbolo es una convención social arbitrariamente escogida para evocar un referente; al contrario del *icono, caracterizado por su similitud con dicho referente […]” (1996: 993). Por lo tanto, para Peirce, la arbitrariedad es compatible con el concepto de símbolo. No lo es para otros autores, como el mismo Saussure, que sostiene que tiene que existir “cierto vínculo analógico entre el símbolo y la realidad o idea simbolizada”, en lo que coinciden O. Ducrot y T. Todorov, quienes diferencian signo y símbolo: en el signo, “el significante y el significado mantienen una relación inmotivada […] y a la vez necesaria” (significante y significado se necesitan mutuamente en el signo), mientras que en el símbolo, “simbolizante y simbolizado presentan una relación motivada […] y no necesaria” (1996: 993). El ejemplo de la balanza es ilustrativo: es un símbolo de justicia, pero al mismo tiempo ella sola existe de por sí, sin ser símbolo de nada, de ahí la relación “no necesaria”. Igual sucede con el cordero que antes mencionamos.

    Aquí surge una cuestión importante: ¿qué incluye a qué, el signo al símbolo[3], o lo contrario? Recordemos la definición de signo por Saussure: “Llamamos signo a la combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este término designa generalmente la imagen acústica sola […]. Y proponemos conservar la palabra signo para designar el conjunto, y reemplazar concepto e imagen acústica respectivamente con significado y significante”. A continuación caracteriza el signo lingüístico con sus rasgos fundamentales: uno de los cuales es el principio arbitrario del signo.

    La lengua literaria emplea signos en su expresión[4], pero “no es «otra» lengua […], sino que construye sus contenidos con los materiales expresivos y contenidos propios de los signos denotativos. La lengua literaria tiene a los signos denotativos como sustancia de expresión” (Pozuelo Yvancos, 1988: 56). Hay, pues, dos tipos de signos: el denotativo, que S. Johansen (1949) así llama al signo ordinario (“caballo”), frente al connotativo, identificable con el signo estético (“corcel”), cuyo contenido es diferente al ordinario, dicho a grandes rasgos. Por tanto, puede entenderse la lengua literaria como un conjunto de signos connotativos. Sin embargo, sigue Pozuelo, “junto a los signos de la lengua, el lenguaje literario emplea también símbolos. Esta perspectiva de inclusión del símbolo como base explicativa de los instrumentos del artista en el lenguaje fue subrayada primeramente por L. Flydal (1962) y luego por L. Nieto (1977). […] Para Flydal, el principal recurso artístico del lenguaje es el empleo del signo (inmotivado y sistemático) como símbolo (motivado y analógico). Esto ocurre porque el símbolo acoge al signo […]” (Pozuelo Yvancos, 1988: 59). Vemos cómo coincide con la relación motivada expuesta por Estébanez Calderón. Ahora bien, el símbolo acoge al signo de esta manera: “[…] Para Flydal la relación [entre expresión y contenido] es simbólica (motivada) y, por tanto, se establece a través de las sustancias y sólo de las sustancias. La lengua literaria es […] el lugar donde el signo funciona como símbolo. Ello hace que exista una especial conexión –motivada– entre signo y realidad”. En cuanto a relaciones motivadas de sonidos, Valéry las llamará palabras “qui sonnent leur sens”, y en cuanto a sentido, palabras que “disent leur sens”. Flydal habla de la sugerencia de la realidad desde la sustancia[5] (Pozuelo Yvancos, 1988: 59).

    Como veremos en siguientes capítulos, la presencia de elementos de la naturaleza en poesía obedece a esas motivaciones semánticas, al significado profundo de la realidad que se nos muestra.

    Características del símbolo

    El inconsciente colectivo

    El símbolo ocupa un lugar preeminente en el lenguaje literario. El cordero o la balanza, como dice Valéry, disent leur sens, porque su realidad sugiere su sustancia, y esa sustancia, como se verá, es un sentido primigenio interior y colectivo. Continúa Estébanez Calderón:

    El símbolo, en cuanto signo, evoca una realidad que trasciende el objeto simbolizante, y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y de la emoción. Por ello, en el término simbolizante no se percibe o intuye directa, ni racionalmente, el término o el concepto simbolizado; todo símbolo es «siempre un foco de indeterminaciones y entrevistas penumbras» (C. Bousoño, 1970). Tal vez por eso, el lenguaje simbólico sea un componente esencial de la expresión mítica y religiosa, y explique la coincidencia entre determinados símbolos que aparecen en religiones de ámbitos culturales diferentes, y los utilizados por los místicos y los poetas: símbolos universales como el agua, la luz, el fuego, la noche y las tinieblas, etc.

    Lo que caracteriza al símbolo es su referencia al inconsciente, pero no al personal o individual, sino al inconsciente colectivo. C. G. Jung, eminente intérprete del mundo simbólico onírico, será quien más profundamente explique el “sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente […]”, el hecho de que el término simbolizante no se perciba ni directa ni racionalmente y, sobre todo, que “el lenguaje simbólico sea un componente esencial de la expresión mítica y religiosa”. Para Jung, opuesto al “pensamiento con atención dirigida” (racional, consciente, para hacer frente a la realidad) existe un pensamiento no dirigido[6], en base al cual se produce el sueño y el fantaseo, que en gran medida afectan a la creación poética[7].

    La cuestión acerca de dónde provienen la inclinación y la facultad del espíritu a expresarse simbólicamente, nos condujo a distinguir entre dos formas de pensamiento: el dirigido y adaptado, y el subjetivo, motivado interiormente. La última forma de pensamiento –suponiendo que la primera no la corrija sin cesar- tiene que producir necesariamente una imagen del mundo desfigurada[8], preponderantemente subjetiva (Jung, 1998: 53).

    Freud, maestro de Jung, pronto se dio cuenta de la relación del sueño con el mito[9] ya que correspondía a “residuos desfigurados de fantasías de naciones enteras, a sueños seculares de la joven humanidad”. También Rank calificaba al mito de sueño colectivo del pueblo. Hay, pues, una ramificación en torno a este “pensamiento no dirigido”, que, como prueban los mitos, tiene una abisal reminiscencia de antigüedad: 1) los sueños; 2) los mitos; y 3) la creación poética. “Lo único que nos ha sucedido es que hemos olvidado que un vínculo de indisoluble comunidad nos une con el hombre de antaño” (Jung, 1998: 29). Que los “místicos y los poetas” que dice Estébanez usen símbolos comunes, es prueba de esta teoría del inconsciente colectivo. Hay, pues, “símbolos universales” cuyo origen se ubica en lo más remoto y natural de la humanidad, del mismo modo que retrocediendo a los albores lingüísticos, por ejemplo en el indoeuropeo, hallamos elementos léxicos onomatopéyicos; algunos de los cuales sobreviven en lenguas actuales (es. río; ing. river, fr. rivière, pl. rzeka, ru. река, etc.). El mecanismo tiene un origen común, como decía Valèry: “mots qui sonnent leur sens”. La sustancia que se sugiere es lo primigenio interior y colectivo que, a menudo, se difracta sin que lleguemos a saber el concepto unívoco, pero al mismo tiempo dando resultados acertados (sobre la polisemia se hablará más adelante). Jung (1998: 102) acaba definiendo el símbolo de este modo: “El símbolo no es una alegoría ni un signo, sino la imagen de un contenido en su mayor parte trascendente a la conciencia. Lo que todavía es preciso descubrir es que esos contenidos son reales, es decir, agentes con los cuales no sólo es posible, sino incluso necesario entenderse”.

    Fig. 1. Esquema básico de formación de símbolos.

    Ante el paralelismo entre símbolo literario y mito, para la explicación del proceso común de creación, puede recurrirse a Ernst Cassirer, quien dedicó más esfuerzo a la filosofía de los mitos. Cassirer coincide con Jung en la existencia de “configuraciones míticas básicas” y el presupuesto de “mentalidad primitiva” compartido con Lévy-Bruhl, y se distancia al ahondar en el aspecto lingüístico, junto con Lévy-Strauss que también obraba de manera divergente: “[…] Cassirer daba la preeminencia al aspecto simbólico de la lengua, y sólo luego vendría el aspecto estructural, mientras que este orden se ve invertido por Lévy-Strauss” (Kirk, 2006: 320-321). De acuerdo con Cassirer, “el mito no es intelectual; es tautegórico, no alegórico, es decir, «la imagen no representa el objeto, es el objeto»”. Esta idea es difícil de comprender, a no ser que se oponga a lo que no es: no es metáfora, que es lo que imaginamos cuando se nos habla de imagen que representa otra (enseguida trataremos este aspecto). En el símbolo no hay referente, sino tan sólo una alusión a los rasgos definitorios de éste. La fuerza que implica la sentencia “es el objeto”, con el verbo ser, está en la identidad que garantiza. El propio Kirk tilda todo esto de exagerado porque “todo símbolo lo es de algo”; sin embargo, lo soluciona situándolo en un sistema: “el principio vital del mito es dinámico, no estático, «sólo puede describirse en términos de acción»”, y por tanto sus elementos dependen “de las relaciones dinámicas de unos con otros” (Kirk, 2006: 325). De nuevo extrapolando el mito al símbolo literario, la fontana frida, por ejemplo, cobra sentido en relación con la calor del mes de mayo, y la acción que garantiza su principio vital es siempre beber, lavarse o bañarse. Y la fuente sigue siendo una fuente, “es el objeto[10]”, hay identidad.

    Diferencia con la metáfora

    Como puede notarse, es fundamental la distinción entre el símbolo y la metáfora. Para no extendernos en la definición de ésta, baste con la diferencia que señala J. Victorio (2006: 38):

    [El símbolo…] se mueve en el campo de la comparación y se disputa el campo con la metáfora, a la que rebasa en este punto: la metáfora es una comparación ocasional, mientras que el símbolo alude a algo esencial. Añadiría algo más: la metáfora alude a lo visual mientras que el símbolo se mueve en lo conceptual, de ahí que la primera sea siempre captable pero no el segundo, sin olvidar que en aquélla se expresa una relación evidente entre dos elementos y en éste sólo se cita uno que está encerrando a otro sin mencionarlo. En realidad, el problema que plantea el símbolo es que no es “visual” (lo visual intervendría precisamente para impedir constatar su presencia), “es decir”, que cuando se citan pájaros o ríos, o cualquier otro elemento, no hay que ver esas realidades, sino el concepto de pájaro (algo “alado”) o de río (“corriente que arrastra”).

    Y también procede comparar con la alegoría[11], recurriendo a Estébanez Calderón, que a su vez, saca a colación un soneto de Unamuno (Ese buitre voraz…) estudiado por C. Bousoño: “Nótese […] que ciertos términos (“pico corvo”, p. e.) no tienen correspondencia con el plano simbolizado. Ésta es una diferencia marcada entre el símbolo y la alegoría[12]; en ésta se produce una expresa correspondencia o traducción de todos sus elementos entre el plano real y el evocado”.

    Nótese cómo la primera definición del artículo de Estébanez era algo imprecisa y necesitaba una amplia concreción, que no es fácil de dar de manera sucinta. No consiste en la “sustitución de una palabra por otra”, primero porque el término simbolizante existe también como tal, y al mismo tiempo, lo simbolizado no es simplemente una “palabra”. P. Godet, en Signe et Symbole, dice que “El símbolo es una figura que vale no precisamente por sí misma, pues entonces no sería símbolo de nada, sino mediante ella misma” (Durand, 2007: 15).

    Plasticidad del símbolo. La realidad en el lenguaje.

    Surge una duda, en estas comparaciones, en cuanto a otro rasgo más de la naturaleza del símbolo: ¿es imagen o es palabra (expresión verbal) la realidad que esconde, lo que simboliza? J. Victorio acaba de decirnos que “no es visual”, y que eso precisamente es un problema. Para resolverlo, con toda seguridad, sitúa a la poesía por encima de la pintura, zanjando el eterno debate que tan bien versificó Juan de Jáuregui en su Diálogo de las artes (1618). Razona así Victorio (2001: 72):

    Por las razones expuestas, el símbolo encuentra en el lenguaje literario la vía más apta para su expresión, mucho mejor que en la pintura (repárese en que, para representar aquel “cordero místico”, los pintores deben recurrir al surrealista procedimiento de hacer que el animal se abrace a una cruz; o que el concepto “espíritu (santo)” necesite de una paloma, adornada siempre con una corona. Y ello es debido a que la pintura es visual en primera instancia, y sólo se ve lo que “tiene cuerpo”).

    A esta declaración podrían responder fervorosamente los defensores de la pintura, arte de la que casi podría decirse que es “simbólica” por naturaleza. Como es sabido, la experiencia estética de una y otra arte está interrelacionada, como ya decía en la antigüedad Simónides de Ceos (“la poesía es pintura que habla y la pintura es poesía muda”), y ante todo, Horacio (Ars poetica, vv. 361-365, ut pictura poesis…); así que una pintura dice cosas, del mismo modo que de la lectura de una poesía se desprenden imágenes. Esto último nos deja qué pensar: decía Gaspar Gutiérrez de los Ríos (1600) que “El poeta para alcançar fama, como la ganaron Homero, Virgilio y otros poetas deve en sus versos representar las cosas de manera que parezca que las estamos viendo”. Luego no puede negarse que el decorado de un poema (lo que incluiría el símbolo) ha de ser, en gran parte, visual.

    Esto ocurre por la inherente plasticidad del símbolo que garantiza su naturaleza de identidad, cosa que no ocurre en la metáfora y en la alegoría. J. Victorio asimila la metáfora a lo visual: “la metáfora alude a lo visual mientras que el símbolo se mueve en lo conceptual”. La superioridad del símbolo, según Victorio, se debe a su materialización, a su esencia doble de concepto y objeto, siendo el objeto lo que vemos, e incluso que tocamos y olemos. No es lo mismo decir “labios de rosa” o “la rosa de tu amor”, que “En la fuente del rosel / lavan la niña y el doncel”, en donde nos encontramos ante un decorado visible y tangible, y la alusión al concepto estaría oculta[13], de no ser por nuestra predisposición a buscar el sentido que esconde.

    Con lo visto hasta ahora, no habría mucha diferencia entre el mecanismo estético de la poesía y la pintura en clave simbólica. Lo que vemos, lo interpretamos, porque sabemos que se nos está diciendo algo. Como dice Julián Gállego (1987: 188), esta apreciación de la obra artística supone una “[…] gimnasia visual y mental, que consiste en imaginar y determinar para las ideas una proyección plástica figurativa. En muchos casos, esta imagen será el signo de un lenguaje a todos accesible. […] Tal gimnasia mental prepara los ojos y el cerebro a asociaciones muy interesantes: las que, partiendo de un aspecto cotidiano de la existencia, idealmente aislado, nos conducen a la idea abstracta […]”. De hecho, el mismo término de ‘concepto’ lo definió Gracián como “un acto del entendimiento que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos”, y aquí se advierte el doble funcionamiento del mecanismo: de la idea a la imagen y de la imagen a la idea (Gállego, 1987: 189). El mismo estudioso de arte define ‘símbolo’ de una manera también muy simple y acertada: “Entendemos por símbolo una figura o imagen empleada como signo de una cosa, siempre que señalemos que esta cosa es, en principio, abstracta: virtud, vicio, etc.” (1987: 31). Confluye esta idea con la del antropólogo y filósofo Gilbert Durand: “[…] hay casos en los que el signo debe perder su arbitrariedad teórica: cuando remite a abstracciones, en especial a cualidades espirituales o morales que es difícil presentar en «carne y hueso»” (2007: 11).

    Para demarcar el resultado final de la estética conceptual creada mediante poesía y pintura, Gállego se apoya en una cita de G. Beaudoux: “Tandis que pour l’un les objets, se suffisant à eux-mêmes, portent en eux leur valeur, pour l’autre ils sont au suprème degré langage, c’est-à dire appel qui n’a de sens que par les efforts réunis de l’auteur et du lecteur” (1987: 83). Los objetos visuales, ciertamente, se bastan a sí mismos, pero tanto en uno como en otro caso, aunque en poesía sea en mayor medida, son lenguaje. Un cuadro -sobre todo si es de la época barroca[14]– por muy visual que sea, se lee[15]. Y una poesía en la que se nos materialicen imágenes de objetos en el acto de lectura, aparte de la experiencia estética que se nos figura por la contemplación de la belleza y sus sensaciones, lo que hay en última instancia es un mensaje revelado por tales imágenes, predispuestas con una intención comunicativa por el artista.

    Yuri Lotman afirma que la percepción del mundo la adquirimos mediante el lenguaje, y que las obras de arte no son otra cosa que un lenguaje. Recurrimos de nuevo a C. G. Jung: “Si examinamos muy de cerca nuestro pensamiento en el momento en que estamos abocados a un razonamiento muy intenso, por ejemplo, la solución a un difícil problema, de repente advertimos que pensamos en palabras; que tan pronto como el pensamiento es muy intenso nos ponemos a hablar con nosotros mismos y aun a veces anotamos por escrito el problema […]. En consecuencia, un raciocinio muy intenso se desarrolla en forma más o menos hablada, es decir, como si se lo quisiera exponer, enseñar o convencer de él a alguien” (Jung, 1998: 35). El psicólogo logra señalar, en sus amplios estudios de interpretación onírica, la relación entre símbolo y lenguaje, tratando de comprender el modo en que pensamos. “Una acertada paradoja de Abelardo, que proféticamente expresa la limitación humana de la complicada tarea de nuestro pensar, dice: “El lenguaje es producido por el pensamiento y produce el pensamiento” (1998: 37). Y el lenguaje, en su origen, “no es otra cosa que un sistema de signos o “símbolos” que designan eventos reales o su repercusión en el alma humana[16]” (1998: 37). Cassirer también apunta: “Primariamente, el lenguaje no expresa pensamientos o ideas sino sentimientos y emociones”, y cita además “Lo que perturba y alarma al hombre –dice Epicteto-, no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas” (1994: 48).

    El sustrato último del pensamiento está basado en lenguaje, y este lenguaje, del inconsciente y codificado en símbolos que expresan ideas, tiene siempre algo de emocional, como sin duda ocurre en los sueños. Este hecho, la afección al alma del elemento artístico, a través de las canalizaciones directas hacia ella que son los símbolos, puede explicarse con la obra de Hegel, Estética. Considera, para no extendernos, que el arte es superior a la naturaleza porque éste viene del alma, y por tanto va dirigido a ella.

    La polisemia

    De nuevo volviendo a Estébanez Calderón, nuestro guía en el hilo de esta exposición del símbolo, llegamos a otro de sus grandes rasgos, la polisemia:

    El sentido e interpretación de un símbolo puede variar según las diferentes culturas, escuelas o autores. […] Dentro de la obra de un mismo autor, determinados símbolos pueden ser polisémicos: p. e., en A. Machado el agua es símbolo, alternativo, del colmar anhelos e inquietudes (por oposición a sed), de melancolía y hastío (como monótona cantora), del paso del tiempo («El río que fluye y pasa»…), del germen de la vida, del consuelo y la alegría; lo mismo ocurre con los símbolos del “mar”, “camino”, “sueño”, etc.

    No cabe duda de que, con el ejemplo expuesto, el atributo de la polisemia[17] ha de ser cierto. G. Durand también anota que “El término significante, el único conocido concretamente, remite por «extensión», digámoslo así, a todo tipo de «cualidades» no representables, hasta llegar a la antinomia. Es así como el signo simbólico «fuego» aglutina los sentidos divergentes y antinómicos de «fuego purificador», «fuego sexual», «fuego demoníaco e infernal» (2007: 16). Puede que una realidad concreta sugiera sentidos diversos, y puede que el pensamiento abstracto, tan amplio, se ampare en el mismo término real -ya que la realidad es más limitada que la psique- como significante para distintos significados. Sin embargo, aunque Estébanez proponga como base de la difracción “culturas, escuelas o autores”, no habla de cierto detalle: el discurrir del tiempo y la inherente evolución del pensamiento. El aspecto diacrónico es la principal causa de la difracción sémica, al permeabilizarse de (ahora sí) escuelas, culturas, etc. Puede que esa difracción tenga un punto de partida tan remoto que sea casi imposible detectarlo. Jung (1984: 91-92) habla de “símbolos naturales” (contenidos inconscientes de la psique) y “símbolos culturales” (“verdades eternas”, religiones, imágenes colectivas). Nuestra labor consiste en ahondar en la psique humana para buscar las raíces del arte, en este caso la poesía, así que hemos de aventurar, y luego comprobar, la hipótesis de que ciertos símbolos, si se trata de los “naturales”, en su origen eran monosémicos.

    El caso de Antonio Machado merece un profundo estudio aparte, pero puede mencionarse el caso del agua. Estébanez dice, en primer lugar, “colmar anhelos e inquietudes”. Si sustituimos “colmar” por “saciar”, porque la primera y más básica función del agua para todo ser vivo es saciar la sed, llegamos a su sentido primigenio y más antiguo, que es saciar lo más básico: el deseo amoroso. No hace falta discutir que Antonio se sintió más que solo, destrozado, cuando murió su joven esposa, y siempre que menciona un río o referencias a éste (“¿No ves, Leonor, los álamos del río?”), remite al anhelo amoroso. Es lo mismo que anhelan las jóvenes gallegas en las cantigas d’amigo.

    Pero el agua simboliza más cosas en Machado. Dice, por ejemplo: “El agua cantaba / su copla plebeya / en los cangilones / de la noria lenta”. Claro que aquí no alude al amor ni a saciar ninguna sed, pero más que el agua, lo que se está mostrando es una rueda, la noria. Un símbolo es como un color: si se une a otro, pierde su naturaleza, hay un cambio químico, y se forma otro nuevo. La rueda es un símbolo antiquísimo, como la svástica indoeuropea, que indica todo lo cíclico de la naturaleza, como la salida y puesta del sol, el paso de las estaciones, el ciclo de la vida, etc. El ‘ciclo’, el ‘tiempo’, unidos al ‘agua’ (la cual también es cíclica, pues fluye por la tierra, se evapora, forma nubes y cae de nuevo como lluvia) dan lugar a lo que podríamos llamar “pensamiento trascendente”, un estado del espíritu de visión plena, que Machado empapa de amargura y dulzura, y que atraviesa pasado, presente y futuro. El agua en Machado, siempre que aparezca en movimiento en circuitos cerrados, arrastra consigo conceptos abstractos como el ‘espíritu o el ‘pensamiento’. Igual sucede con las fuentes (no manantiales, y no de beber, sino más bien ornamentales en las plazas): “La fuente vertía / sobre el mármol blanco su monotonía”.

    Ambas interpretaciones, cronológicamente, son antiguas. Sin embargo, la “amorosa” aparece en la naturaleza virgen, como testimonian las canciones medievales, y la “psíquica” precisa de artilugios como una rueda o una fuente de mármol. También es razonable suponer que, antes que fijarnos en los ciclos del tiempo, lo que primero hacemos los humanos es saciar “instintos básicos”. En definitiva, lo que se trata de exponer aquí es que, tras el nacimiento de un símbolo monosémico y troncal, a éste se le van reproduciendo interpretaciones con el devenir del tiempo, paralelamente al incremento de la complejidad de la sociedad humana. Quizá, un día, el agua se caracterice por su elevado precio y se utilice en poesía con ese sentido; lo cual no puede excluir los significados anteriores, donde el troncal y primigenio, el de ‘saciar la sed’, va a ser siempre universal, y no particular de una época, “escuela, cultura o autor”.

    Esta posible cualidad del símbolo, que podría llamarse “potencial monosemia originaria”, es conveniente tenerla en cuenta a la hora de analizar cualquier poema, pero sobre todo si es anterior al siglo XIX, momento de revolución de las ideas. En un poema de la Edad Media o del Siglo de Oro (en gran medida prolongación de ésta), siempre que aparezca un elemento de la naturaleza en un poema lírico, o épico-lírico, como ciertos romances, 1) va a ser un símbolo, y 2) ese símbolo va a tener su significado universal, el concepto al que aluda su sustancia. No se empobrece así la interpretación de una poesía, porque lo que no podemos hacer es analizar objetos artísticos radicalmente distintos, productos de distintas épocas, con el mismo patrón, dado que el estado de evolución de la sociedad humana es diferente (recuérdese el rotundo título del libro de José Mª Valverde: Vida y muerte de las ideas), y también por estar acostumbrados como estamos al análisis según la biografía del autor y el contexto histórico-social. En primer lugar, en gran parte de la poesía medieval “no había autor”, luego no sabemos nada de él; y del contexto tampoco si nos fiamos de las crónicas. No podemos analizarlo, por tanto, como a Machado, aunque éste escribiera, si fuera el caso, imitando una forma medieval, como el romance.

    El hecho de atribuir lo simbólico a elementos de la naturaleza en arte medieval y aurisecular se respalda, más que nada, al conocimiento empírico-analítico[18]. No obstante dice Kant: “todo conocimiento empieza con la experiencia, pero no por eso procede todo él de la experiencia”. De este modo, al aceptar lo empírico como válido, con resultados obtenidos por deducción y lógica, queda únicamente respaldar con la elaboración de una tesis o teoría, siguiendo el método científico.

    Y es que por paradójico que parezca, es muy difícil defender la idea de que en una poesía se esté diciendo algo literalmente. Tal hipótesis choca con el concepto mismo de poesía, o de creación artística, incluso en los mencionados romances fronterizos. Recordemos que han sobrevivido en la memoria popular cientos de años. ¿Podría sobrevivir así una noticia de un periódico actual, aunque estuviese en verso? Para que el arte sea arte, tiene que estar por encima (o por debajo) de la realidad directa, tangible.

    Así las cosas, podemos preguntarnos, si en una poesía aparecen símbolos, por qué tienen que estar, por qué son esenciales. Con ellos se deforma la realidad, o en este caso el mensaje del texto artístico, si lo entendemos como unidad comunicativa. ¿Qué sentido tiene que se dificulte la comprensión de lo que se quiere decir? Si dos jóvenes están teniendo una relación amorosa, hay maneras de decirlo de forma explícita sin caer en lo vulgar; y sin embargo, es incomparablemente más bello decir algo como “En la fuente del rosel / lavan la niña y el doncel”.

    Estébanez alude a este misterio con la hiperbólica proliferación de estudios que menciona en torno al símbolo: “El símbolo ha sido objeto de estudio en diferentes disciplinas y desde diversos puntos de vista en la investigación. Se ha realizado una hermenéutica del símbolo a partir del Psicoanálisis y la Psicocrítica (S. Freud, C. G. Jung, J. Lacan, Ch. Mauron) y se han analizado las distintas funciones que comporta: gnoseológica, develadora, comunicativa y unificadora. Se ha tratado su relación con el mito en campos como la Antropología cultural (C. Lévi-Strauss, G. Durand), la Mitología […] y la Historia de las religiones[19] (M. Eliade)”.

    En las próximas semanas trataremos las cuatro grandes funciones del símbolo.

    Bibliografía

    CALVO SERRALLER, FRANCISCO (1981), La teoría de la pintura en el Siglo de Oro. Madrid, Cátedra.

    CASSIRER, ERNST (1994), Antropología filosófica. México, Fondo de Cultura Económica.

    DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, JOSÉ (2009), Teoría de la literatura. Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces.

    DURAND, GILBERT (2007), La imaginación simbólica. Buenos Aires, Amorrortu.

    ESTÉBANEZ CALDERÓN, DEMETRIO (1996), Diccionario de términos literarios. Madrid, Alianza.

    FERRY, LUC (2007), Aprender a vivir. Filosofía para mentes jóvenes. Madrid, Taurus.

    GÁLLEGO, JULIÁN (1987), Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro. Madrid, Cátedra.

    GLASERSFELD, ERNST VON (2008), Radikaler Konstruktivismus: Ideen, Ergebnisse, Probleme (suhrkamp taschenbuch wissenschaft). Berlín, Suhrkamp Verlag Gmbh.

    HEGEL, GEORG WILHELM FRIEDRICH (1997), Introducción a la estética. Barcelona, Península.

    JUNG, CARL GUSTAV (2002), Obra completa, vol. 9/1: Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid, Trotta.

    — (1998), Símbolos de transformación. Barcelona, Paidós.

    — (1984), El hombre y sus símbolos. Barcelona, Luis de Caralt.

    KIRK, G. S. (2006), El mito. Barcelona, Paidós.

    MACHADO, ANTONIO (2010), Soledades. Galerías. Otros poemas. Madrid, Cátedra.

    PLATÓN (1999), Teeteto. Sofista. Madrid, Gredos / Planeta-DeAgostini.

    SAUSSURE, FERDINAND DE (1987), Curso de lingüística general. Madrid, Alianza.

    VICTORIO, JUAN (2001), El amor y su expresión poética en la lírica tradicional. Madrid, Ediciones de la Discreta.

    — (2006), “Naturaleza y poesía”. Anejo I, Hispanogalia (Revista hispanofrancesa de Pensamiento, Literatura y Arte), Estrategias didácticas para el análisis de textos poéticos en la enseñanza secundaria. Edición de Julio Neira. París, Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia.

    Notas

    [1] “[…] se puede definir el símbolo, de acuerdo con A. Lalande, como todo signo concreto que evoca, por medio de una relación natural, algo ausente o imposible de percibir; o también, según Jung: «La mejor representación posible de una cosa relativamente desconocida, que por consiguiente no sería posible designar en primera instancia de manera más clara o más característica»”, G. Durand (2007: 13).

    [2] Carl G. Jung (1984: 17) comienza su última obra, El hombre y sus símbolos, insistiendo en esta misma idea: “El hombre emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea transmitir. Su lenguaje está lleno de símbolos pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos. Algunos son meras abreviaciones o hilera de iniciales […]. Aunque éstos carecen de significado en sí mismos, adquirieron un significado reconocible mediante el uso común o una intención deliberada. Tales cosas no son símbolos. Son signos y no hacen más que denotar los objetos a los que están vinculados”.

    [3] Durand, cuando cita el concepto de Sumbolon de R. Alleau, indica que “el término que significa símbolo [gr. sumbolon] implica siempre la unión de dos mitades: signo y significado” (2007: 16).

    [4] “Será Mukarovsky quien más detenidamente precise el aspecto semiológico de la obra literaria, es decir, su valor de signo dentro de la sociedad, en una comunicación presentada en el Octavo Congreso Internacional de Filosofía, celebrado en Praga el año 1934. El trabajo lleva el título de L’art comme fait sémiologique (p. 250).” Entre las directrices de Mukarovsky para un estudio semiológico del arte, señalamos lo siguiente: “La obra de arte tiene un carácter de signo, no identificable con el estado de conciencia individual del autor, ni del receptor. La obra existe como “objeto estético” situado en la conciencia de toda una colectividad. El símbolo exterior de este “objeto estético” inmaterial es la obra-cosa sensible” (Domínguez Caparrós, 2009: 251).

    [5] El subrayado es mío.

    [6] Gilbert Durand habla de “pensamiento indirecto”, base de formación del símbolo, que es “un signo eternamente separado del significado” (2007: 10).

    [7] Lo fundamental del pensamiento de atención dirigida es, como dice Jung, que produce fatiga. No puede hacerse tal esfuerzo de manera prolongada. Por contra, el no dirigido no tiene ese coste. Hay que señalar que, en la creación poética, solamente la idea o el decorado son no dirigidos, mientras que la forma, la confección del poema, requiere un gran esfuerzo consciente.

    [8] La desfiguración como eficaz medio de expresión es citada por José Manuel Caballero Bonald con estas palabras: “J. M. C. B. – [Sobre la necesidad de testimoniar la realidad] Eso fue en cierto momento sólo. Se trataba de testimoniarla, a veces, complicando la realidad con premeditación. La realidad directamente enfocada no interesaba. Sólo deformando la realidad se pueden poner de manifiesto los enigmas que están dentro de ella…” PAYERAS GRAU, MARÍA. Entrevista con J. M. Caballero Bonald. Tesis doctoral en la Universitat de les Illes Balears (1985).

    [9] Antes que Freud y que Jung, fue Nietzsche quien se dio cuenta primero de esto: “Durmiendo y en sueños rehacemos toda la tarea de la humanidad primitiva”. “Quiero decir: así como ahora razona el hombre durante el sueño, así razonaba también la humanidad durante la vigilia […],” Jung, 1998: 48.

    [10] Dice Kirk, refiriéndose a Cassirer, que un gran acierto suyo fue definir que “el pensamiento mítico [=simbólico] se distingue «tanto por su concepto de causalidad como por su concepto de objeto»” (Kirk, 2006: 325).

    [11] “Según Barthes, la alegoría es un acertijo, una escritura compuesta de imágenes que el lector debe descifrar. […] La alegoría es un tipo de narración que incluye un conjunto de metáforas. Puede ser definida como una “metáfora continuada”. Así la entiende Du Marsais: La alegoría tiene mucha relación con la metáfora; no es más que una metáfora continuada. La alegoría es un discurso, en primer lugar presentado bajo un sentido propio, que parece toda otra cosa de lo que se desea hacer entender y que, sin embargo, no sirve más que de comparación para hacer inteligible otro sentido que no se expresa. La metáfora une la palabra figurada a un término propio, por ejemplo, “el fuego de tus ojos”; allí tiene un sentido propio, mientras que en la alegoría todas las palabras tienen un sentido figurado, es decir que todas las palabras de una frase o de un discurso alegórico forman, en primer lugar, un sentido literal que no es el que se desea hacer entender.

    http://introduccionaldcdesextoliteratura.blogspot.com.es/2013/09/metafora-simbolo-y-alegoria.html?showComment=1407693172883#c8614398905608642557

    [12] Hay que tener en cuenta también lo que es una alegoría en pintura, muy diferente de la poesía: “Respecto a alegoría, digamos con Droulers que la figura alegórica designa, en el lenguaje corriente, la personificación, bajo una forma ordinariamente humana, acompañada de atributos característicos, de una virtud, de un vicio, de una tendencia o inclinación, de un ser abstracto, de un ser colectivo, de un resultado moral. […] Podemos concluir que la alegoría exige la persona humana […].” Gállego (1987: 31).

    [13] Como sucede en muchos poemas de difícil comprensión que tienen dividida a la exégesis, como los romances fronterizos.

    [14] A finales del siglo XVI […] toda la Naturaleza era como un libro escrito en clave, en cuyas páginas podía el erudito leer ejemplos y consejos. Gállego (1987: 37).

    [15] “El cuadro se lee; todos los demás méritos de la pintura no son sino el pedestal que hace brillar más ese contenido, intelectual y visual […].” Gállego (1987: 155).

    [16] El subrayado es mío.

    [17] Complementariamente a la polisemia se da el atributo de la redundancia en el símbolo. Del mismo modo que un significante tiene varios significados, varios significantes tienen el mismo significado. Para referirse a ‘ilusiones amorosas’ puede hablarse tanto de aves como de peces, por ejemplo. “Este doble imperialismo –del significante y del significado- en la imaginación simbólica […] constituye la «flexibilidad» del símbolo […que…] llega a inundar todo el universo sensible para manifestarse sin dejar de repetir el acto «epifánico» […]. Mediante este poder de repetir, el símbolo satisface de manera indefinida su inadecuación fundamental. Pero esta repetición no es tautológica, sino perfeccionante, merced a aproximaciones acumuladas” (G. Durand, 2007: 17).

    [18] El término empírico procede de “experiencia”, έμπειρία, que a su vez deriva de έυ (en) y πεἳρα (prueba): en pruebas, es decir, ‘llevando a cabo el experimento’. Por lo tanto, los datos empíricos son los sacados de las pruebas y los errores, es decir, de la experiencia. Este método fue sobre todo aristotélico: el estagirita utilizaba la reflexión analítica y el método empírico como base de construcción del conocimiento. En este caso, la lectura simbólica dará resultados positivos en tales pruebas, pues de ese modo el poema tendrá sentido; no así con la lectura literal. Ej.: “De los álamos vengo, madre…”

    [19] Las diferentes disciplinas en torno al símbolo vienen dadas por su naturaleza misteriosa: su parte arraigada en el inconsciente colectivo, y su factor “epifánico”. “La parte visible del símbolo, el «significante», siempre estará cargada del máximo de concretez, y como bien dijo Paul Ricoeur, todo símbolo auténtico posee tres dimensiones concretas: es al mismo tiempo «cósmico» (es decir, extrae de lleno su representación del mundo bien visible que nos rodea), «onírico» (es decir, se arraiga en los recuerdos, los gestos, que aparecen en nuestros sueños y que constituyen, como demostró Freud, la materia muy concreta de nuestra biografía más íntima) y por último «poético», o sea, que también recurre al lenguaje, y al lenguaje más íntimo, por lo tanto el más concreto” (G. Durand, 2007: 15-16).

  • Comentario del poema “Barroquismo onírico” de @homopoeticus

    Comentario del poema “Barroquismo onírico” de @homopoeticus

    Barroquismo onírico

    Cuando en la noche de mi pensamiento
    emerges, te sueño rayo argentado
    de luna, sátiro o fauno del viento
    con cuerpo de roble perfeccionado;
    y aunque en un efímero soplo siento
    de tu pecho un fuerte latido al lado
    del mío, claro y cercano, al instante
    me parece misterioso y distante.

    Trajeado de savia te imagino,
    ceñido con frondosa idolatría,
    cubriéndome del verso aguamarino
    de tus ojos, que arrojan poesía;
    libando un apetito purpurino
    en la onírica y vana fantasía
    de dejar en mis labios desbravados
    la sombra de dos pétalos lacrados.

    Y al mostrarme tus gemas engarzadas,
    lloras lágrimas de barro y suspiras
    un hálito de voces olvidadas;
    y al escucharte plañir cinco liras
    como aquel cisne con plumas gastadas
    que canta al sentirse morir, expiras…
    cuando en la noche de mi pensamiento
    te sueño sátiro o fauno del viento.

    Temática

    El tema, como sabemos de antemano, tiene que ver con los sueños pero es difícil de precisar, porque se trata de algo más. El propio título, al que en este caso conviene atender, ya nos está dando una pista: barroquismo onírico, donde “barroquismo” nos está anunciando complicación, recarga, contrastes; todo lo que implica el Barroco, incluyendo lo engañoso y la fugacidad. De hecho, la relación semántica entre “Barroco/barroquismo” y “sueños/onírico” no es forzada ni arbitraria. Al Barroco pertenece la obra de Calderón La vida es sueño, donde se recuerda esta fugacidad y confusión de la vida en similitud con la de los sueños.

    El texto podría resumirse de la siguiente manera: “cuando en mi reposo (sueño, de dormir) apareces, sueño (de soñar), con todas tus imágenes y sensaciones, te trato de imaginar como un sátiro. Y cuando me muestras tu capacidad creadora de belleza, expiras”. El resumen nunca podrá ser preciso debido a la intensa naturaleza sensorial del texto, que no obedece a secuencias lógicas.

    De modo que el tema podría quedar así: “la maravillosa capacidad creativa del sueño y mi percepción de ella”. No solamente trata de los sueños en sí, de ahí la segunda proposición, porque hay una relación de reciprocidad de la capacidad creativa entre sueños-poeta. La fugacidad sólo se toca tangencialmente, en el verbo “expirar”, de modo que no procede incluirla en el tema.

    El texto sería enunciativo y descriptivo (hay una copiosa abundancia de adjetivos). No hay prácticamente acción, sino reflexión y sensaciones. Las funciones del lenguaje que incluiría serían la poética y la expresiva. No habría función conativa o apelativa debido a que el “tú” al que se está dirigiendo el poema no es el lector, de modo que no trata de influenciarlo.

    La gran subjetividad y la emocionalidad del emisor concuerdan con la adscripción al género lírico. Respecto al receptor, no es un poema para mayorías, sino para otros poetas o lectores medianamente avanzados.

    Estructura

    La estructura podría presentarse en cuatro partes, de acuerdo con las ideas de cada unidad sintáctica, más que estrófica.

    La primera parte coincidiría con la primera estrofa. Se presenta de manera indivisible al propio sueño, al que se dirige el narrador o sujeto poético, junto con la sensación que le produce a dicho sujeto.

    La segunda parte también coincide con la estrofa, que es a su vez una sola oración, aunque con segmentos oracionales yuxtapuestos. En esta secuencia el sujeto poético se recrea en su capacidad artística de imaginación del propio sueño en el que se encuentra, al que sigue personificando (puesto que tiene “ojos”).

    La tercera parte recogería los versos 17, 18 y 19, los tres primeros de la tercera estrofa. En ellos hay un cambio de positividad a negatividad de las atribuciones maravillosas al sueño. Hay ahora atribuciones de tristeza al sueño personificado, con reminiscencias místicas. Esta sección anuncia que algo triste va a suceder a continuación.

    La cuarta parte iría desde el verso 20, con la conjunción “y”, hasta el final. Aquí hay un importante núcleo semántico de contenido del poema, porque se muestra que el sueño, al mostrar al sujeto poético su capacidad artística, muere. Y se añaden los dos versos referentes al comienzo del poema, con el fin de darle una estructura cíclica o circular, dando la impresión de que eso ocurre cada vez que el poeta sueña.

    Hay un proceso de ascenso y descenso de luminosidad, o de optimismo, a lo largo del poema, con el máximo en la segunda estrofa y el declive en la tercera.

    Métrica

    La forma estrófica es la de octavas reales, con versos de arte mayor, perfectamente endecasílabos, con bastante ritmo. La rima, consonante, es siempre llana o paroxítona, lo cual ayuda a mantener cierta constancia en el patrón acentual del ritmo. La octava real, además, como es propio de su esquema, incluye rima cruzada o encadenada en los seis primeros versos (ABABAB) y rima gemela en los dos últimos (CC).

    Esta estrofa, la octava real u octava rima, responde también a una larga tradición. El endecasílabo, que es un metro originalmente italiano, llega a España en el Renacimiento configurando diferentes estrofas: sonetos, octavas, tercetos encadenados… La octava real, que ya se cultivaba en Italia (Boyardo, Bembo, Ariosto) fue introducida en España por Boscán, con su poema de más de cien estrofas Octava rima. Alonso de Ercilla consagró la octava real como poema épico en La Araucana (Quilis, 1991: 109).

    Recursos literarios

    Los recursos estilísticos son abundantes pero, destacaría, sobre todo, el encabalgamiento. Recordemos que el encabalgamiento es el desajuste que se produce en la estrofa cuando una pausa versal no coincide con una pausa morfosintáctica (Quilis, 1991: 78). La constante presencia de encabalgamientos se debe a la necesidad de mantener el esquema métrico y, por tanto, el ritmo, y en menor medida para crear expectación en el lector, sobre lo que va a venir en el siguiente verso. Se presentan varios tipos de encabalgamientos, de acuerdo con los sirremas (un sirrema es una agrupación que no admite pausa en su interior), y en cuanto a la longitud del verso encabalgado:

    • Versos 1, 2 y 3; versos 6 y 7, versos 11 y 12: encabalgamiento abrupto. La fluidez del verso encabalgante se detiene antes de la 5ª sílaba del encabalgado:

    Cuando en la noche de mi pensamiento
    emerges, te sueño rayo argentado
    de luna, sátiro o fauno del viento

    de tu pecho un fuerte latido al lado
    del mío, claro y cercano, al instante

    cubriéndome del verso aguamarino
    de tus ojos, que arrojan poesía;

    • Versos 5 y 6, versos 14 y 15: encabalgamiento suave. Cuando el verso encabalgante continúa fluyendo sobre el encabalgado hasta más de la 5ª sílaba o final de verso:

    y aunque en un efímero soplo siento
    de tu pecho un fuerte latido al lado

    en la onírica y vana fantasía
    de dejar en mis labios desbravados

    • En todos los casos puede hablarse de encabalgamiento sirremático, pues se están partiendo con la pausa versal diferentes agrupaciones sintácticas.
    • Versos 21 y 22: encabalgamiento oracional, cuando la pausa se encuentra situada después del antecedente, en una oración adjetiva especificativa.

    como aquel cisne con plumas gastadas
    que canta al sentirse morir, expiras…

    Pasemos a un análisis de los recursos verso por verso.

    Cuando en la noche de mi pensamiento / emerges… (vv. 1 y 2): aquí hay un hipérbaton en dos planos. Primero, se sitúa el verbo después de toda la unidad de sentido circunstancial, ya que lo lógico sería decir “cuando emerges en la noche…”. Se está enfocando la atención sobre el nexo de la subordinada adverbial “cuando”, enfatizando la ubicación temporal “en la noche” y espacial “de mi pensamiento”. El segundo plano del hipérbaton estaría en la propia disposición de la oración compuesta, donde se anticipa la subordinada a la principal. Lo lógico sería decir (versos 1 a 3):

    (Yo – sujeto omitido) Te sueño […] cuando emerges en la noche de mi pensamiento.

    El complemento de nombre “de mi pensamiento” está ya subjetivizando, está diciendo que no es cualquier noche, sino la suya, la de su pensamiento. Siempre que se especifica lo particular y personal de una noche puede citarse a Neruda: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, donde el determinante cumple esa misma función.

    “Te sueño” es una expresión poética agramatical, ya que “soñar”, aunque es transitivo (soñar + algo), no admite persona porque precisa preposición: soñar con alguien, no *soñar alguien, ni soñar + pronombre. Este uso de pronombre átono con un verbo relativo al pensamiento, con un sentido de creación mental, lo inventó Pedro Salinas: “¡Cómo me dejas que te piense!” (Razón de amor, 1104).

    “Rayo argentado de luna” y “sátiro o fauno de viento”, en los versos 2 y 3, indican equivalencia lo uno de lo otro. El rayo de luna remite al cuento de Bécquer, como realidad ilusoria, y en consonancia con la circunstancia temporal de la noche. “Sátiro o fauno” es una aclaración que parece indicar duda, con tono coloquial, porque son exactamente lo mismo. Esa rareza del lenguaje dubitativo oral sirve de contraste con el lenguaje literario del resto del poema.

    “Con cuerpo de roble perfeccionado” es un verso lleno de notas llamativas. Primeramente, en su plano fónico, hay una sensible aliteración de la vibrante “r”. Por otro lado, el adjetivo especificativo “perfeccionado” es extraño y antinatural, ya que ese sufijo de participio de pasado implica que ha habido un proceso, no es “perfecto”, facultad con la que podría haber nacido, sino “perfeccionado”, como si alguien lo hubiese labrado. Al ser el roble un elemento de la naturaleza, no puede ser objeto de trabajo de la mano humana. Es una ruptura conceptual.

    Además, es extraño que el árbol que vaya a asociarse con el fauno-sueño sea el roble, ya que es un árbol consagrado a los guerreros (aún aparecen sus hojas en las insignias militares). La conexión que tiene con el fauno es que se trata de un elemento muy agreste.

    Hay leves paralelismos sintácticos con los adjetivos en los versos 5 a 8: anteposición en “efímero soplo” y “fuerte latido”, con contraste en los adjetivos y semántica de lo sensitivo en los sustantivos. Las agrupaciones “claro y cercano” y “misterioso y distante” también producen un juego visual de paralelismo antitético, con la oposición de sus términos.

    Todo este juego de sensaciones implica la artificiosidad del proceso creativo del sueño, metaforizado con ese “fauno o sátiro”.

    En la segunda estrofa, versos 9 y 10, siguen apareciendo términos relativos a lo “agreste”, como el roble: “savia” y el adjetivo “frondosa”.

    En los versos 11 y 12 aparecen las palabras “verso” y “poesía”, con lo que se incluye la connotación de la creación artística a la compleja metáfora del sueño como proceso creativo. Esta doble significación permanecerá hasta el final del poema.

    Hay en esta estrofa una rica coloración, que otorga intensidad a las imágenes, que vamos a suponer oníricas. La creación del subconsciente se muestra con viveza. Estos colores son: la “aguamarina” (azul, el color predilecto de Rubén Darío, propio de la poesía, de la belleza y del huevo del que nació Leda), “purpurino” (el color del lujo, de la realeza, de la carísima púrpura) y el de “labios/pétalos”, que apunta claramente al rojo, color de la pasión amorosa, sentimiento presente tanto en sueños como en la creación artística.

    En la tercera estrofa ocurre el contraste con el optimismo del lujo de la estrofa anterior, desde que el personificado sueño le muestra al poeta sus “gemas engarzadas” (que podemos suponer también de vivos colores). Ahora se presentan campos semánticos de la tristeza: “lloras”, “lágrimas”, “barro” (en claro contraste con las gemas y el lujo), “suspiras”, “hálito”, “olvidadas”. ¿Qué sentido tiene este cambio? La alegoría al sueño es complicada, pero podría tratarse de que cuando el sujeto “ve” los detalles del sueño y, por tanto, está siendo consciente (lo que nos pasa a todos momentos antes de despertar) el sueño se volatiliza, se desvanece. De ahí que “llore” y “suspire”.

    En los versos 20 a 24 continúan estos términos: “plañir”, “gastadas”, “morir”, “expiras”. Aparece la referencia intertextual a la lira (=la poesía, en Bécquer, también símbolo de Apolo y de Orfeo, presente en la poética de Rubén Darío) y al cisne (claramente Rubén Darío). El cisne es Zeus metamorfoseado para ayuntarse con la bella Leda, de cuyo encuentro nacerá Helena, la belleza máxima (divinidad de Zeus + belleza de Leda). Esta belleza la aplicará Darío a la poesía, como su característica fundamental. Sin embargo, está diciendo “plumas gastadas”, y con la lira no dice “tañer”, sino “plañir”. Todo parece indicar que, si está hablando en este segundo plano interpretativo del proceso de la creación artística “soñando” (trabajando con el inconsciente, con la imaginación recóndita) este fauno o sátiro, como fuente de inspiración, se agota cuando más cerca está de producir sus frutos (cuando muestra sus gemas engarzadas). Así, esta doble personalidad o “animalidad” del sátiro y del cisne “expira”.

    Hay anáfora y paralelismo entre los versos 17 y 20: “Y al mostrarme”, “Y al escucharte”, con ese polisíndeton de conjunciones copulativas que favorece la continuidad, la enumeración de hechos que sobrevienen uno detrás de otro en la mente del narrador.

    Vuelve, finalmente, en los dos últimos versos, a la especificación espacio temporal y a la denotación del sátiro que remarca la voluntaria intención creativa del poeta: “te sueño” = “te pienso” = “te creo mentalmente”.

    El poema refleja una sensualidad típica del Modernismo, con claras referencias a Rubén Darío. Es tanta que podría titularse “Modernismo onírico”, más que barroquismo. Todo el adorno, los lujos, criaturas fantásticas, tiene que ver con la evasión de la realidad. Por tanto no solamente trata el poema del soñar como producto involuntario de nuestro inconsciente, sino como ejercicio voluntario de imaginación, como Machado en “Yo voy soñando caminos / de la tarde…” (también modernista).

  • «Sueños y desvelos», de Raúl Carreras (Sar Alejandría Ed.)

    «Sueños y desvelos», de Raúl Carreras (Sar Alejandría Ed.)

    La poesía de Raúl Carreras es, esencialmente, una poesía sonora, una poesía de rima y métrica. Antes que por su contenido, su poesía destaca por su forma. Mantiene siempre la constante de la búsqueda de la rima ante todo lo demás, lo que le otorga una apariencia jovial y lúdica. El ingenio que requiere el artesonado de las rimas, tan intensamente marcadas en formas clásicas como sonetos, décimas, octavas, liras, quintillas, etc., no puede, cuanto menos, sorprender al lector. Es poco habitual en la poesía contemporánea, donde el verso libre tiene la supremacía. No obstante, la sonoridad de la rima remite más a la de poetas como José de Espronceda o Gloria Fuertes, cuya poesía es para ser leída en voz alta y escuchada por un público, que a la rima más callada y sutil, hecha para rimar en la mente al leerse en silencio, como ocurre con Antonio Machado. Sin quitarle valor, la poesía de Carreras destaca por su facultad para recitarse en público, ante un auditorio, con el consiguiente disfrute de tanto poeta como oyentes, donde resuena una ebullición de escogidas palabras en un complejo juego de coincidencias fónicas.

    Sueños y desvelos, Raúl Carreras (Sar Alejandría ed., 2017)

    Como sucede en los poetas que desean revitalizar las formas clásicas, las estructuras cerradas de métrica y rima, el lenguaje de muchas de las obras está limitado al artesonado de la forma. Rara vez se consigue que el lenguaje logre su máxima expansión. Pero el mérito está en que se trata, sin duda, de poesía, porque el verso es verso. No ocurre así con el lado opuesto de la poesía actual, el verso libre, que cae a menudo en la desgracia de ser una enumeración de frases o palabras sin fuerza y sin aquel requisito que decía Neruda, que cada verso sea un poema en sí mismo, una isla. La mala poesía en verso libre es, simplemente, prosa. Raúl Carreras sabe mantenerse alejado de este vicio, gracias a su incansable búsqueda de la forma.

    En cuanto al contenido, es destacable la gran diversidad de temas. No es un poeta que se ciña a un solo tema de preferencia o del que no sepa salir. El caso de Raúl Carreras es el de alguien que habla de todo lo que le gusta o le interesa. Entre sus temas, por tanto, podemos encontrar reflexiones sobre sentimientos (¿Qué es amor?, Miedos, Pasión apagada, Soneto a la alegría), el vínculo con su tierra, o con Castilla, con España en general (Bernardos, en un soneto no cabe; Camino de Santiago; Raso de Castilla; La octava… maravilla; Mi pueblo; Mi añorada infancia); tradiciones locales (Romería de la Virgen del Castillo, Subida 2010, a la Virgen del Castillo); denuncia de las tragedias de la Guerra Civil (Guernica, Memoria histórica); amor a la familia (Amor de madre, Alai, Hermanos); la belleza de ciertos fenómenos naturales (Nieva, Puesta de sol, Tormenta de verano), temas cotidianos como el fútbol, alimentos (Oda al chocolate, La Octava… Real, La Décima, Soneto a la cerveza, Soneto a la tortilla); reconocimiento y ensalzamiento de poetas (A Miguel Hernández, Soneto a Gloria Fuertes); sobre la propia composición poética (Palabras, Suspiros de la lira, Versos en almoneda); los pecados capitales (Seven); los cinco sentidos (Con sentido); reivindicaciones sociales de actualidad (Orgullo, In Memoriam); amor y desamor (En la noche de los sueños, Fue una noche fría, Cartas en el cajón, etc.), en incluso alguna composición erótica o pornográfica (En la hora de la siesta…).

    Merece atención aparte el área temática del amor, pues es un tema ineludible y el de mayor peso en la lírica, que sin duda Raúl Carreras sabe dominar, pues aúna sentimiento y expresión con gran intensidad, remitiendo a veces a la tradición. Por ejemplo, salta a la vista la clara alusión a la rima XXIV de Bécquer, Dos rojas lenguas de fuego, en el poema de Carreras Fundidos en un beso, manteniendo esa estructura anafórica del “dos” y campos semánticos líricos cada vez que se enuncia con ese numeral:

    Dos nubes algodonales
    en un cielo despejado.
    Dos estrellas celestiales
    en un ocaso dorado.
    Dos miradas pasionales
    de ojos que han amado.
    Dos imágenes frugales
    de futuros anhelados.

    La poesía de Carreras es clara y directa, sin demasiados ambages herméticos que suspendan al lector o receptor en esfuerzos de interpretación. Se deja procesar por su sencillez y su música, sin mayores complicaciones. Ahora bien, ocurre a veces que encierra alguna idea más sutil en imágenes metafóricas, casi simbólicas, como ocurre con El abrazo:

    En el fresco claustro, sobre la exedra,
    con suma destreza, rara pericia,
    por sus anchas paredes crece la hiedra.

    La sensación más profunda de un abrazo, en múltiples vertientes de interpretación, queda representada en esa imagen, tan bien expuesta en palabras, de la hiedra sobre la piedra labrada. La planta es algo vivo, la piedra es algo inerte. El claustro es un monumento, algo que debió ser imponente, construido por una institución humana, pero pasa a ser vestigia, recuerdo deteriorado de un esplendor pasado, al estar cubierto de hiedra. Pero todo ese contraste indica inexorablemente sentimientos amorosos, un abrazo. La imagen es genial, pero precisamente éste es un raro poema en la antología, al ser corto y de una forma poco habitual en Carreras: una sola octava anisométrica.

    Raúl Carreras

    El poeta no se priva de experimentar en diversas formas o saltarse alguna de sus normas si el efecto de lo que se transmite va a ser mayor. Ya no vivimos en una época de formas exquisitas: nuestros edificios tienen curvas, se tuercen y serpentean, ya no hacemos palacios herrerianos. La libertad de sentimiento y de expresión se permite todo; pero es de agradecer el cómplice guiño a nuestra tradición castellana el constante retomar de Carreras de las formas del Siglo de Oro.

    No todas esas referencias son a las formas cultas, porque también nos sorprende el poeta con sus romances, como el Romance de Eros y Psique y el Romance de un Quijote enamorado. Se puede decir que su pericia en el verso corto es, si cabe, aún mayor, y que maneja la asonancia a la perfección. En el contenido, combina con destreza la lírica y la narrativa, aunque siempre es la lírica el género dominante.

    La introspección, el poema reflexivo, tiene una de sus más altas representaciones en el soneto Dentro del laberinto, cuyos cuartetos guardan admirable métrica y ritmo, con el magistral acento heroico en la sexta sílaba en muchos casos: ¿Dónde está la salida al laberinto, / dónde encuentro la puerta principal? […] ¿Acaso no hay un camino distinto / del obstinado impulso irracional? […]

    En definitiva, es un placer poder contar con la poesía de Raúl Carreras, cuya carrera, jugando con las palabras como tan bien sabe hacer él, no acaba más que de empezar. No es, por ahora, el poeta que vaya a sorprender a los críticos y los maestros, no, ni falta que hace, sino que hace la poesía que hay que hacer verdaderamente: la de los amigos, la familia, los sentimientos vividos, los amores sufridos, los gustos personales…, todo ello para las personas que nos quieren y que nos conocen. Y si algunos no conocemos aún a Raúl, podemos verle a través de su poesía. Podemos ver a un poeta cercano, humano, un poeta del pueblo.


    La presentación de «Sueños y desvelos» tendrá lugar el jueves 21 de septiembre a las 19 horas, en el Centro Cultural Matadero de Madrid.

  • Sobre el Poema XVIII, Trilce, de César Vallejo

    Sobre el Poema XVIII, Trilce, de César Vallejo

    Oh las cuatro paredes de la celda.
    Ah las cuatro paredes albicantes
    que sin remedio dan al mismo número.

    Criadero de nervios, mala brecha,
    por sus cuatro rincones cómo arranca
    las diarias aherrojadas extremidades.

    Amorosa llavera de innumerables llaves,
    si estuvieras aquí, si vieras hasta
    qué hora son cuatro estas paredes.
    Contra ellas seríamos contigo, los dos,
    más dos que nunca. Y ni lloraras,
    di, libertadora!

    Ah las paredes de la celda.
    De ellas me duele entretanto, más
    las dos largas que tienen esta noche
    algo de madres que ya muertas
    llevan por bromurados declives,
    a un niño de la mano cada una.

    Y sólo yo me voy quedando,
    con la diestra, que hace por ambas manos,
    en alto, en busca de terciario brazo
    que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
    esta mayoría inválida de hombre.

    El poema es de César Vallejo, poeta peruano, nacido en 1892, cuya poesía pertenece al movimiento vanguardista. Aunque mantenga distintas líneas poéticas, rechaza en mayor o menor grado el modernismo para reencontrarse con la poesía sencilla y la vida cotidiana.

    Conviene señalar de antemano que en el vanguardismo, aparte de dicha ruptura con el modernismo, destaca el rasgo fundamental del simbolismo hermético, lo que quiere decir que las imágenes tienen sentido para el entendimiento del autor, y es, por tanto, algo cerrado, personal, de ahí su difícil interpretación. Muchas veces ni siquiera es posible, al no tener significado alguno.

    Dentro de esta corriente vanguardista, el poema pertenece a la obra Trilce, publicada en 1922, cuatro años después de su primer libro, Heraldos Negros. En Trilce se manifestará una notable ruptura con los Heraldos, al distanciarse más de la influencia modernista, de la elitista “torre de marfil”. Entrará, pues, en una poesía más personal, que expresa la realidad segmentada pero armonizada con técnicas cubistas.

    En este poema, además, tienen gran importancia dos hechos relevantes de su biografía: 1) había sido encarcelado injustamente, durante tres meses, periodo durante el cual estuvo escribiendo Trilce, y 2) su madre había muerto unos pocos años antes.

    El tema sería la angustia del aprisionamiento y el desamparo, y la búsqueda de la liberación de las causas de tal angustia.

    Tiene la siguiente estructura:

    1. Parte I: vv. 1-6. Trata de las paredes entre las cuales se encuentra encerrado. Ellas son referidas y descritas por el poeta.
    2. Parte II: vv. 7-12. Se dirige ahora, echándola en falta, a la “amorosa llavera” que podría paliar esa situación.
    3. Parte III: vv. 13-18: Vuelve a las paredes, pero esta vez añade a su dolorosa visión de ellas la invocación a la protección de la madre, patéticamente, que ya no lleva de la mano a ese niño que fue él.
    4. Parte IV: vv. 19-23. Se hace patente la situación real, actual, de soledad y desamparo, donde ha de buscar otro apoyo sólo con su mano derecha (la que tiene la habilidad, la suya y propia, de la cual tiene que valerse, quizá escribiendo).

    En cuanto a la forma, es verso irregular, libre, cuya ruptura visual concuerda con los principios vanguardistas. Son todos versos de arte mayor, con una notable presencia de endecasílabos (vv. 1, 2, 3, 4, 5, 8, 15, 18, 20, 21, 23) y algunos alejandrinos (vv. 6, 7, 22). El único verso corto es el v. 12, que da mayor intensidad y divide en dos el poema, al ser único y emplazado en su centro de gravedad, en su punto central geométrico (hay exactamente once versos por encima y por debajo de él).
    El ritmo es irregular, con algunas roturas marcadas, como “pupilar” en el v. 22, o “aquí” en el v. 8.

    En el contenido:

    Primera secuencia: presencia de una repetición, con paralelismo y anáfora, en los vv. 1 y 2, “oh las cuatro paredes” y “ah las cuatro paredes”, comenzando tales versos por líricas exclamaciones de sentimiento, como evocando esas paredes, sin decir nada más de ellas que son cuatro.

    Repetición del número cuatro y referencia a él en el v. 3: tienen que ser cuatro, siempre serán cuatro. En el v. 2 es llamativo el adjetivo especificativo “albicantes”, como participio de presente, derivado del verbo “albear”, blanquear, “que blanquean”: le dejan blanco a uno.

    Ligero hipérbaton en el v. 3: prefiere enfatizar “sin remedio”, al no decir, por ejemplo: “que al mismo número dan sin remedio”.

    Segunda secuencia: sigue entre esas paredes, que son, o producen, un desasosiego ya violento (“criadero de nervios”) y algo roto y de difícil curación (“mala brecha”). Es perceptible una aliteración que produce una sensación de rotura o desgajamiento, con vibrantes y velares, muy lograda al ir en orden o gradiente de intensidad:

    Criadero de nervios, mala brecha,
    por sus cuatro rincones cómo arranca
    las diarias aherrojadas extremidades.

    El clímax está en “aherrojadas”, la palabra de mayor sonoridad, casi estruendosa, muy superior a las vibrantes del v. 4.

    Esta secuencia es bastante visual, como la anterior: dibuja el cuadro, la estancia cuadrangular, que se define en la primera secuencia con las paredes, líneas rectas, los lados del cuadrado. Aquí, en esta secuencia, no menciona los lados sino los vértices del polígono, “sus cuatro rincones”. Tanto detalle da la sensación de énfasis en esa figura.

    El v. 5 llama la atención por su hipérbaton, al anteponer “por sus cuatro rincones”, dándole mayor importancia a esos rincones, cuando la frase tendría que empezar por “cómo arranca…”. Esto, y más patente aún en los vv. 11-12, es muestra del lenguaje radicalmente nuevo de la poesía vanguardista, para expresar la desolación y la angustia. El lenguaje se violenta, de desarticula la sintaxis, aumentando la sensación de caos y turbación de ánimo.

    El v. 6 tiene una doble interpretación : 1) de esos cuatro puntos, los rincones, se produce la tirantez que arranca los ya inmovilizados (aherrojados) miembros del poeta; 2) las extremidades son las paredes, los lados del cuadrado, en tensión, de los que se está tirando desasosegadamente desde los vértices. Al estar el cuadrado así, arrancando las paredes, es un “criadero de nervios”. Esta segunda interpretación tiene sentido de acuerdo con la secuencia IV, al dolerse el poeta “de ellas” [de las paredes], vv. 13-14.

    Tercera secuencia: anteposición del adjetivo en el v. 7, ante “llavera” y “llaves”. Uso del mismo lexema en sendos sustantivos (políptoton), conectándolos entre sí. Puede referirse, metafóricamente, a su madre, que era su protección y solución a todos los problemas. Este verso, además, es el único resto del modernismo: un perfecto alejandrino en hemistiquios de heptasílabos.

    Encabalgamiento feroz en el v. 8 con “hasta”, para crear suspense. Repetición de la partícula condicional “si…”, con la presencia de tiempos verbales en subjuntivo: estuvieras, vieras (v. 8), lloraras (v. 11).

    Hipérbaton en v. 9, “son cuatro estas paredes”, para enfatizar que son cuatro. Sigue con la repetición constante del número cuatro, que en este verso remarca lo limitado que es ese espacio. “Hasta/qué hora…”: hasta qué extremo, y cuánta duración.

    En el verso 10 sigue hablando a la “llavera”, probablemente su madre ausente, y pasa al número dos, para repetirlo (vv. 10, 11, 15) y enfatizarlo como con el cuatro. Existe, pues, un paralelismo entre ser dos/ser cuatro. Si estuvieran juntos, él y su madre , con sólo estar en su compañía se anularía esa angustia y ese apresamiento.

    Ligera aliteración de vocales a/e en estos tres primeros versos de la secuencia: llavera, llaves, estuvieras, vieras, estas, paredes. Parece dar una sensación de suavidad, armonía, creadas por la presencia de la madre.

    Desarticulación de la sintaxis en el v. 11 y en el 12: “Y ni lloraras,/di, libertadora!”. Es una frase que se entiende pero muy desgajada, expresando el mínimo comprensible, porque sería más lógico algo así como: “Y tú, que ni llorarías, ¡di, libertadora!”. Como se ha dicho más arriba, el en vanguardismo se moldea la sintaxis.

    El v. 12, el más corto, es el de mayor carga, porque el verso corto sirve para concentrar, mientras que los largos son para explayar. Esta invocación a la madre, en imperativo, la exhorta a hablar, en una ferviente expresión de necesidad de ella.

    Cuarta secuencia: el v. 13 parece volver al comienzo, enfocando de nuevo las paredes. Ya no está la madre. Y no hace falta decir que las paredes son cuatro, porque ya se ha dicho demasiado.

    Hipérbaton en el v. 14, al comenzar la frase con “De ellas…”, para darlas prioridad sobre lo demás. También hay otro abrupto encabalgamiento a final de verso: “más”, creando suspense, dejando en suspenso qué más hay de lo que se duela el poeta.

    El v. 15 mantiene el número dos presente desde la secuencia anterior. Añade otras dos paredes (diferentes, “largas”, adj, postpuesto), líneas tensas, arrancándose, que duelen igual que las otras que son arrancadas por los rincones. Probablemente, una metáfora de sus propias dos manos, al sólo hablar de manos, y no de paredes, de aquí en adelante.

    “Esta noche”, en el v. 15, recuerda al verso de Neruda “Quiero escribir los versos más tristes esta noche”. Esa exclusividad y localización temporal son recursos intensamente líricos: ¿qué noche? La mía, ésta. Tiene sólo sentido para el poeta, pero al hablarnos desde el “yo”, desde su intimidad, induce a que nos identifiquemos, porque también hemos tenido o tenemos “nuestra” noche .

    En los vv. 16, 17 y 18 describe las dos manos, figuradas metafóricamente como las desasosegadas paredes, que ya no pueden tomar las manos de su madre. Imagen múltiple de la madre: “algo de madres” (pl.)/”de la mano cada una”. Como si estirara los brazos ese niño, que sólo puede ser él mismo, con una madre a cada lado asiéndole.

    Respecto a los “bromurados declives” del v. 17, se sabe que el bromuro anula la actividad sexual, extingue el ánimo. Ese declive es anulador o inhibidor, como las manos ausentes o las paredes.

    Quinta secuencia: en el v.19, se enfatiza la primera persona a través de los pronombres, “yo”, “me”. Tiene que decir “yo”, porque esta solo, ya no hay madres, que están muertas, y sin embargo, la perífrasis verbal en gerundio, con aspecto durativo, indica que aún no se han ido del todo: “sólo yo me voy quedando”, no “me he quedado”.
    Entre esta secuencia y la anterior hay una oposición o cambio de número, porque ya no son ambas manos sino una, que además la especifica: la diestra. Obsérvese el gradiente numérico en disminución del transcurso del poema:

    4 – 2 – 1

    El v. 20 y ss. especifican qué mano es esa y qué función tiene. Ya sólo necesita sujetarse con la derecha, que alzada (v. 21), en busca de un nuevo asidero (“terciario brazo”, ninguno de los dos de las madres), que tiene que cuidar de él (“pupilar”, v. 22) en su edad adulta, inválida (v. 23). Pupilar (cuidar de un pupilo, menor o huérfano) a un adulto es, por tanto, oxímoron.

    Esta secuencia mantiene rima asonante en los cuatro primeros versos: quedando, manos, brazo, cuándo. Al no rimar el último verso, éste impacta más.

    Conclusiones

    Es sobre todo el último verso del poema el que recoge uno de los temas fundamentales de toda la poética de César Vallejo, que se manifestará, sobre todo, en su obra póstuma Poemas humanos: la solidaridad con el hombre. El poema comentado va más allá de su mera intimidad, por eso trasciende. No sólo trata de sí mismo, sino del hombre en general, que ha llegado a “adulto” y esta solo y desvalido, inválido. Hay que amar, atender a la situación del ser humano, para ayudarlo y reconciliarse con él, como en su poema “Considerando en frío…”. Aquí, en este poema de Trilce, escrito mucho antes que Poemas humanos, ya se dejaba entrever esa temática, tan propia y bella de Vallejo.

    Respecto a la forma, no hay ni una sola palabra puesta al azar, a pesar del aparente caos del verso libre. La medida, las rimas, los encabalgamientos e hipérbatos, han sido escogidos y emplazados para amplificar al máximo la angustia de la reclusión, la invalidez y la desesperación. Es perfecta la estructura, con el pico desgarrado del verso corto, y el cierre con el endecasílabo soberbio “esta mayoría inválida de hombre”.

    Esta poesía y otras de Vallejo son el culmen de la literatura hispanoamericana y de la lengua española.

    Bibliografía

    • OVIEDO, JOSÉ MIGUEL. Historia de la literatura hispanoamericana. 3. Postmodernismo, Vanguardia, Regionalismo. Alianza Editorial, S. A. Salamanca, 2006. ISBN: 978-84-206-4719-7.
    • VALLEJO, CÉSAR. Poemas humanos. Ed. Cátedra. Madrid, 2001.

     

    (Crédito de imagen de cabecera: Rafael Mendoza)

  • Mitos clásicos en «Prosas profanas» de Rubén Darío

    Mitos clásicos en «Prosas profanas» de Rubén Darío

    Introducción

    El Modernismo[1] es el movimiento literario en el que se encuadra la obra de Rubén Darío. Este movimiento se caracterizó por la repulsa de las convenciones vigentes, incluso alcanzando las creencias religiosas, la estructura social y las ideologías filosóficas y políticas, y convirtiendo en virtud la negación de las doctrinas recibidas[2].

    La negación de los dogmas fue la primera y más importante característica del Modernismo y, en lo literario, la protesta se manifestó en dos direcciones. Por un lado, llevó a los escritores a una idealización y mitificación de lo pasado o indigenismo[3] (concepción rousseauniana[4]) y, por otro lado, los distanció de la realidad cercana, ya que pusieron su mirada en la descripción de lugares distantes y exóticos. Por asco de las realidades inmediatas, los modernistas se rodearon de altivez (el célebre tópico de la “torre de marfil”[5]). Para defenderse de una sociedad contagiada de materialismo, se proclamaron baluarte de espiritualidad y se alejaron de los temas predominantes hasta ese momento, buscando superar el prosaísmo poético, el retoricismo y las tendencias literarias de finales del siglo XIX.

    Así, la idea de que el Modernismo es un movimiento de alcance general, y no sólo poético, sino temporalmente, pues es ya muy antigua. Federico de Onís, en su introducción a una Antología de la poesía española e hispanoamericana, publicada en 1934, definía el Modernismo como “la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás aspectos de la vida entera”. Lo mismo vendría a decir, en un artículo de 1935, Juan Ramón Jiménez: “El Modernismo no fue solamente una tendencia literaria: el Modernismo fue una tendencia general”.

    La influencia más importante viene de Francia a través de dos movimientos que habían roto con las normas establecidas. Se trataba del Parnasianismo y del Simbolismo. El Parnasianismo, cuyo principal representante fue Thèophile Gautier, tiende a la idea del “arte por el arte”; de ahí que busque en el poema la perfección formal y la belleza. Los seguidores de este movimiento se esforzaron por lograr lo impecable: una tersura sin mácula y “escultórica”.

    Por otro lado, los simbolistas estaban empeñados en expresar lo negado al lenguaje, más deseosos de sugerir que de decir. El Simbolismo, representado por escritores como Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, pretendía superar la mera realidad percibida por los sentidos y llegar a sus significados más profundos y ocultos, para lo que, entre otras cosas, utilizaba los símbolos.

    Como figura principal de este movimiento aparece Rubén Darío, poeta con una enorme conciencia de que la renovación exigía conocer a fondo la materia sobre la cual había de producirse: la palabra cargada de significaciones, de reminiscencias y de una tradición literaria que él aspiraba a renovar, no a destruir. Su aptitud para la imitación no le hubiera favorecido de no acompañarla un instrumento verbal extraordinariamente imaginativo.

    Nota biográfica

    Rubén Darío nace en Nicaragua en 1867 y muere en 1916. Es el mayor poeta modernista, y además es el primer poeta plenamente moderno de nuestra literatura, con una profunda conciencia de su tiempo y del arte. Se puede decir que Rubén Darío protagonizó una auténtica revolución en la creación literaria.

    Tres características son clave en su obra; en primer lugar, el deseo de vencer el provincianismo que imperaba en las costumbres literarias de América, y que lo llevarán a la búsqueda de ambientes cada vez más cosmopolitas. Viajó por Santiago de Chile, Buenos Aires, Madrid, París… y se impregnó de las corrientes literarias más actuales entonces, imperantes en aquel momento.

    En segundo lugar, concilia lo mejor de la tradición con las formas nuevas y las devuelve transformadas en algo distinto. Se interesa principalmente por lo concerniente al exotismo y el orientalismo; la música, la pintura y la decoración más refinada, la sensualidad pagana y el medievalismo cristiano, y por ambientes que evocan culturas imperecederas como la Francia versallesca y la Grecia clásica.

    Podemos destacar, además, que poseía una alta conciencia crítica de la vida moderna y de la función que cumplía el arte en ella. Vivió la agonía del artista insatisfecho y del intelectual que presiente la crisis de la cultura a la que pertenece.

    Su obra comienza muy pronto, ya que es un escritor precoz que publica su primer poema con catorce años e impresiona desde sus comienzos por su capacidad de versificación. Sus primeros libros tienen rasgos románticos, pero en 1888 publica Azul… y con él comienza el Modernismo en todo el continente.

    Este libro contiene algunos versos y relatos o cuentecillos en prosa. Y es llamativa la forma en que Darío trataba las formas en prosa y en verso con un impulso hacia la fusión. La prosa tiene la musicalidad y las imágenes de la poesía, y la poesía alberga fantasías narrativas o historias con moralejas[6]. Darío nos propone un mundo en el que priman el amor y el placer, la imaginación y la pasión.

    El Modernismo

    El Modernismo para Rubén Darío es La libertad y el vuelo, y el triunfo de lo bello sobre lo preceptivo, en la prosa; y la novedad en la poesía: dar color y vida y aire y flexibilidad al antiguo verso que sufría anquilosis.”[7] Así caracteriza nuestro poeta este período de interés por el ocultismo, el pitagorismo, el espiritismo y otras formas de pensamiento esotérico. El mundo de los sueños, de lo sobrenatural, de lo anormal e inexplicable era una inclinación natural de Darío, hombre supersticioso y dado al fantaseo morboso (y a sufrir frecuentes pesadillas, agravadas por el hábito del alcohol), pero era también un signo de la época: hacia fines del siglo hubo un renovado espiritualismo que tendía a buscar en el ocultismo y en otras formas exóticas de religiosidad[8]. El espíritu moderno trataba de subsanar el vacío que la crisis del positivismo había dejado y el Modernismo se convierte en una respuesta a la carencia de sentido trascendente en el ejercicio estético.

    Un hecho a destacar relacionado con nuestra literatura, ya consumado Darío como poeta innovador, fue su encuentro en 1893 con el novelista Alejandro Sawa (1862-1909), encuadrado generalmente en el Naturalismo radical. Como se puede ver en primera instancia, el escapismo de la poesía estética modernista convive perfectamente con el realismo feroz de las novelas de Sawa y López Bago. No obstante, Sawa también había conocido a Verlaine y era un enamorado de las tendencias estéticas, lo que le sirvió también para alentar su amistad con Rubén Darío. El nicaragüense escribió el prólogo de Iluminaciones en la sombra, su obra póstuma, y mantuvo correspondencia con él hasta casi el final de su vida[9].

    Prosas profanas

    En 1896 Darío publica Prosas Profanas, libro de indudable madurez[10]. Pero, ¿por qué llama Prosas Profanas a un libro donde no hay un solo poema en prosa? Rubén Darío usa la palabra “prosas” en su acepción arcaica, tal como la emplea Berceo, de composición de carácter religioso para ser cantada en la misa, pero contradicha por “profanas”. Así, el sustantivo equivaldría a “liturgia” o “ceremonia” y el adjetivo apuntaría al aspecto sensual, erótico y carnal que domina en la obra. En las “Palabras liminares” de Prosas Profanas, Rubén Darío explica:

    Yo he dicho, en la rosa de mi juventud, mis antífonas, mis secuencias, mis prosas profanas. Tiempo y menos fatigas del alma y corazón han hecho falta para, como un buen monje artífice, hacer mis mayúsculas dignas de cada página del breviario… Tocad, campanas de oro, campanas de plata, tocad todos los días, llamándome a la fiesta en la que brillan los ojos de fuego, y las rosas de las bocas sangran delicias únicas.[11]

    El propósito de este libro es el placer, la divinización del impulso erótico, la gozosa profanación de la carne como vía hacia una nueva experiencia ascética que contradice la de la doctrina cristiana[12]. En Prosas Profanas se oficia una misa carnal, un misterio revelado por los sentidos exaltados en una experiencia casi mística. El placer se convierte en una forma suprema del arte. Las mujeres son diosas, estatuas de mármol, figuras mitológicas o literarias. Hay roces y carnes presentidas, siempre un poco más lejanas de lo deseable, buscando aumentar el ardor sensual. Darío utiliza imágenes impecables, versos que sorprenden por su naturalidad en un refinado trabajo artístico. Estamos ante algo absolutamente nuevo, pero que no supone una ruptura radical con las formas hasta entonces vigentes[13] debido a que Rubén Darío fue un genial reformador: desempolvó estructuras olvidadas o arcaicas y las adaptó creando un producto auténticamente suyo, inigualable[14]. Sus fuentes principales son los clásicos castellanos (Cervantes, Lope, Garcilaso, Quevedo), los clásicos extranjeros (Shakespeare y Dante) y los poetas franceses modernos Hugo y Verlaine.

    Darío rompía así con muchos hábitos de la lírica hispanoamericana: la poesía patriótica, la civil, la descriptiva o la religiosa. Su arte –cosmopolita, aristocrático, fantasioso, epicúreo y paganizante-, se presentaba como una vía hacia el reencuentro con el sentido profundo de la naturaleza. La mitología le brinda figuras con las que se identifica Pan, Apolo, el Centauro, el Fauno, el Sátiro. Elaboró todo un vocabulario del placer: ambientes opulentos, objetos preciosos, selvas, jardines, palacios, lujosos salones donde fluyen el vino y los manjares exquisitos, figuras de la “commedia dell` arte”, cuentos de hadas…

    En la declaración inicial de Prosas Profanas, Darío se justifica así: “mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles; ¿qué queréis? yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”.[15]

    Hay en todo esto una nota que sonaba a escándalo o desafío a la moral de la época: el amor al lujo y al exceso que la doctrina cristiana asociaba a la vanidad y a los pecados[16]. Por otro lado, también era un signo de rebeldía frente al utilitarismo positivista. Ser vano era una respuesta a las sociedades ricas pero espiritualmente pobres[17].

    En 1899 Darío llega a España enviado por La Nación para echar un vistazo a la realidad peninsular. Había una razón: la derrota hispana en la guerra contra Estados Unidos y la pérdida de Cuba. Éste es un asunto que él contempla con grave preocupación y que tendrá profundas repercusiones en su estilo vital, sus creencias y su arte. El fin del imperio español y el creciente peligro que encarnaba el imperialismo norteamericano plantean para él cuestiones muy importantes sobre el destino del continente. Va a ser, pues, en Cantos de vida y esperanza, donde Rubén Darío se pregunte sobre el futuro de la cultura española y pretenda con sus versos recuperar las raíces y la esencia de la cultura hispana.

     

    La América española como la España entera

    fija está en el Oriente de su fatal destino;

    yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera

    con la interrogación de tu cuello divino.

     

    ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

    ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

    ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?

    ¿Callaremos ahora para llorar después?[18]

     

    Cantos de vida y esperanza

    Cantos de vida y esperanza es una obra distinta de las otras, porque el hombre que lo escribe es distinto: ha cumplido ya 38 años, disfruta de su propia gloria pero también sufre sus fatigas, sus desengaños, el hastío de la fama, la insatisfacción profunda y la inestabilidad emocional. Ahora la novedad es el dolor, el drama de existir… un sentimiento agónico domina esta obra, y además realiza una magnífica autocrítica del poeta que fue.

    A este respecto, dice Octavio Paz en Sexo y muerte en la poética rubeniana:

    Aunque a Darío le repugnaba el ateísmo racionalista y su temperamento era religioso, y aun supersticioso, no puede decirse que sea un poeta cristiano, ni siquiera en el sentido polémico en que lo fue Unamuno. El terror de la muerte, el horror de ser, el asco de sí mismo, expresiones que aparecen una y otra vez a partir de Cantos de vida y esperanza, son ideas y sentimientos de raíz cristiana; pero falta la otra mitad, la escatología del cristianismo. Nacido en un mundo cristiano, Darío perdió la fe y se quedó, como la mayoría de nosotros, con la herencia de la culpa, ya sin referencia a una esfera sobrenatural[19].

    Cantos de vida y esperanza termina con el impresionante soneto Lo fatal que es el más grave resumen de todo el drama que vivió Darío. Tras la vaga ilusión hemos llegado al deseo de anestesia de todo signo vital, como el árbol “que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura porque ésa ya no siente”. El ideal es ya no sentir dolor, aunque tampoco sintamos placer: “Ser, y no saber nada”.

    Mitos clásicos en Prosas profanas

    Tras este breve repaso de la obra de Rubén Darío en general, queremos centrar nuestro trabajo en el análisis de los personajes de la mitología clásica que aparecen en Prosas profanas, obra en la que Darío elaboró todo un vocabulario del placer basado, en gran medida, en la mitología clásica.

    Nos centraremos especialmente en señalar el contraste u oposición constante entre los personajes relacionados con la pureza y la virginidad y los personajes con un fuerte impulso sexual. En esta obra de Rubén Darío, los personajes puros se convierten en báquicos: no se trata de personajes “normales”, sino de los que tienen la virtud de la pureza, por eso la transmutación a lo báquico ofrece un fuerte y sorprendente contraste, potenciando así su impulso sexual. Esto va precisamente de acuerdo con el título de la obra: prosas # profanas.

    1. Palabras liminares

    Las Palabras liminares fueron carta de presentación de esta obra en España, junto con Sinfonía en gris mayor[20].

    Se trata de una reflexión sobre su obra, aunque el autor considera innecesario un manifiesto, puesto que su poesía es suya y no tiene que ser imitada, anima a los creadores a crear.

    A través de estas palabras centra y define sus intereses:

    Proclamando, como proclamo, una estética acrática, la imposición de un modelo o de un código implicaría una contradicción.

    Mi literatura es mía en mí.

    Mi órgano es un viejo clavicordio pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas[21] alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, Varona inmortal, flor de mi costilla.

    Hombre soy.

    Pueden interpretarse estas ideas o rasgos de la siguiente manera: en primer lugar habla de la poesía como instrumento en el que se basa para tocar su música. Se trata de una poesía tradicional, la misma que utilizaron sus predecesores, pero el perfume, es decir, la esencia es amorosa, erótica, va a hablar de la mujer.

    A continuación, seleccionamos citas relacionadas con la estética como forma de evasión o respuesta a la crisis de valores de la sociedad contemporánea; la posición que adopta y justifica claramente:

     Veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer.

    El abuelo español de barba blanca me señala una serie de retratos ilustres […]. Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra, mi querida, de Paris.

    Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal.

    Y, la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco; cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encinta.

    Las Palabras liminares no dejan de ser el manifiesto poético modernista más sintético que ha podido lanzar al mundo Rubén Darío.

    2. Era un aire suave…

    Tras las “palabras liminares”, comienza Prosas profanas con un poema titulado Era un aire suave… Se trata de un poema que describe una fiesta en un tiempo indefinido, donde los placeres están al alcance de la mano. La marquesa Eulalia disfruta de la fiesta en la que es pretendida por dos amantes: “el vizconde rubio de los desafíos/ y el abate joven de los madrigales”. Sin embargo, a medianoche se encontrará con un paje en medio del bosque. El paje será su poeta, su amante preferido.

    El nombre de la protagonista no es casual, ya que proviene del griego y significa ‘la de la buena charla‘, ‘la de la noble conversación. La joven es una mujer frívola que coquetea con todos en la fiesta y ríe continuamente conocedora de los juegos amorosos.

    El ambiente que se describe en el poema posee gran cantidad de referencias clásicas para crear un escenario intemporal. Suenan liras eolias en el ambiente, y la decoración del palacio donde se celebra la fiesta posee multitud de objetos y esculturas de origen grecolatino. Así, se citan el hada Harmonía[22] (v. 2), una máscara de Término[23] (v. 14), el dios barbudo que establecía los límites de los campos privados y del Estado[24], y también se describe una escultura de mármol de Diana y un zócalo jonio.

    La joven Eulalia posee los atributos del amor: las flechas de Eros (v. 27), el cinto de Cipria (v. 28) que hace alusión al que recibió Afrodita de manos de Hera en la Ilíada de Homero para hacerla más irresistible a los hombres. La joven conoce su poder y aprovecha sus encantos para ser el centro de las atenciones de los jóvenes amantes. Pero en mitad de la noche, arranca sus notas el ruiseñor, ave cantora de la noche que representa los amores, y que en este poema se menciona a través de su no menos ilustre nombre griego, Filomela (v. 50). Ésta era hija de Pandión, rey de Atenas, y fue violada por su cuñado Tereo, quien le arrancó la lengua. Bordó, pues, lo ocurrido para conocimiento de su hermana, y por obra de los dioses fue transformada en ruiseñor[25].

    Se cita también a Onfalia[26] (v. 28), en relación con su rueca. Probablemente se inspira Darío en representaciones pictóricas[27], más que en textos (en las Metamorfosis de Ovidio no consta este capítulo en el mito de Hércules). En cualquier caso, a lo que se refiere Darío es al papel de dominio de la mujer sobre los hombres. Ya lo había utilizado en Azul… en el poema A un poeta: “Hércules loco que a los pies de Onfalia / la clava deja y el luchar rehúsa…”

    Con “divinas Tirsis” (v. 71) se refiere, como indica la estrofa, al ámbito pastoril. El pastor Thyrsis procede de la Égloga VII de Virgilio. Uno de los primeros renacentistas en reutilizar el nombre para nuevas églogas fue Baltasar de Castiglione en 1506. Miguel de Cervantes también creó un personaje con tal nombre en La Galatea, pero lo curioso en Darío es que lo utilice para personajes femeninos.

    3. Divagación

    En Divagación, el poeta describe distintos ambientes donde se da el amor: Grecia, Francia, Italia, Alemania, España, China, Japón, India, África.

    Ámame así, fatal, cosmopolita,

    universal, inmensa, única, sola

    y todas; misteriosa y erudita:

    ámame mar y nube, espuma y ola.

    (vv. 129-132)

    Es amplio el vocabulario clásico al que hace referencia. El poeta cita al dios de piedra (v. 8): “el dios de piedra es Dioniso”[28], inspirado en la ilustración de la Mythologie dans l’art ancien et moderne[29] de René Menard[30]. También hace referencia al tirso del dios Baco, a Diana y a la Hetaira[31] diosa, Afrodita. Y respecto a Afrodita, el autor hace alusión al mito de Adonis para caracterizar a la diosa. Adonis era un bellísimo pastorcillo al que criaron las Náyades[32]; en su juventud fascinó a Afrodita con su belleza, la diosa abandonó el Olimpo para vivir con él en los bosques. Cazador temerario, fue muerto joven por un jabalí durante una cacería; después, por decreto de Zeus, su destino fue pasar la mitad del año en el mundo de los vivos con Afrodita, y la mitad entre los muertos, con Perséfone[33]. Divinizado por los griegos, se le rindió culto en las fiestas Adonías y en varios templos a él dedicados. El mito, de origen oriental, probablemente sirio, simboliza la naturaleza floreciente, apagada por el invierno (jabalí) que eclosiona nuevamente en primavera.

    Darío también confiesa “amo más que la Grecia de los griegos la Grecia de la Francia” (vv. 41-42), porque el autor utiliza un mundo helenizante como marco de su poesía. Son los autores simbolistas franceses como Verlaine los que realmente le interesan.

    Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio

    Houssaye[34] supera al viejo Anacreonte.

    (vv. 49-50)

    4. Sonatina

    En el poema Sonatina encontramos una referencia clásica a hipsipila con significado de ‘larva’ o ‘ninfa’, pero se trata de una interpretación posiblemente errónea, según Ricardo Llopesa[35].

    ¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

    (v. 37)

    Hipsipila era la hija del rey de Lemnos que rehusó matar a su padre cuando las mujeres exterminaron a la población masculina. Madre de los hijos de Jasón, a la que seduce y abandona. La versión más cercana a la de Darío (Sonatina) es la de Ovidio (Heroidas IV, Hipsipila a Jasón), donde se lee en boca de Hipsipila que se lamenta del abandono de que ha sido objeto: “Hay aquí una torre que domina una vasta extensión, y desde donde puede verse lo inmenso de los mares; subo a ella, con mi rostro y mi pecho empapados en llanto; miro a través de mis lágrimas, y mis ojos, compadecidos del ardor de mis deseos, alcanzan a percibir distancias insospechadas.”

    5. Blasón

    En Blasón, dedicado a la condesa de Peralta, el poeta se centra en describir al cisne como figura que caracteriza su poesía, el ideal.

    Es el cisne, de estirpe sagrada,

    cuyo beso, por campos de seda,

    ascendió hasta la cima rosada

    de las dulces colinas de Leda.

    Blanco rey de la fuente Castalia[36],

    […]

    (vv. 9-13)

    El cisne es la representación del ideal de belleza a través de la poesía. En múltiples ocasiones cuenta Darío la relación del cisne (Júpiter) con Leda. Ésta era hija de Testio y de Euritemides; esposa de Tíndaro del que tuvo tres hijas: Timandra, Clitemnestra y Filónoe. Zeus, prendado de su belleza, en otra de sus mutaciones para gozar mujeres, se transformó en cisne para poseerla. Después de aquella unión, Leda quedó encinta de dos huevos; en uno estaban Polux y Helena[37], en el otro Cástor y Clitemnestra.

    El símbolo del cisne ha sido profundamente estudiado por I. Zavala en su trabajo Rubén Darío bajo el signo del cisne, Universidad de Puerto Rico, 1989.

    6. Alaba los ojos negros de Julia

    El poema Alaba los ojos negros de Julia es una alabanza a los ojos negros de Julia comparándolos con los de Eva (vv. 1-4), con los de Eros, hijo de Venus (vv. 5-8), con los de Pentesilea[38] (reina de las Amazonas), y con los de Judith y Cleopatra (vv. 9-16).

    Variadas son las referencias clásicas en este poema. En primer lugar, Eros es la divinidad del amor, hijo de Afrodita. Pentesilea es la reina de las amazonas, una raza de mujeres guerreras de Capadocia donde no eran admitidos los hombres. También aparece Pan, dios de los rebaños y los pastores. Tenía cuernos y cabra, y el cuerpo cubierto de vello. Inventó el caramillo que tocan los pastores. Se trata de un personaje citado frecuentemente por Darío que representa el impulso sexual masculino, y que al mismo tiempo alude a lo festivo, lo lúdico, lo musical.

    7. Canción de Carnaval

    En Canción de Carnaval el poeta realiza una invocación a la Musa para que le inspire en la fiesta de luz y color que es el carnaval y nombra a los personajes de la Comedia de’ll arte.

    Musa, la máscara apresta,

    ensaya un aire jovial

    y goza y ríe en la fiesta

    del Carnaval.

    (vv. 1-4)

     Siempre aparece algún motivo griego o clásico en igualdad de atractivo y exotismo:

    con la cítara sé griega

    (v. 38)

    8. Para una cubana

    Para una cubana es un poema escrito en alabanza de la belleza de una mujer cubana que podría dar celos a la propia Diana:

    Misteriosa y cabalística[39],

    puede dar celos a Diana.

    (vv. 5-6)

    Diana es una divinidad itálica, pero tempranamente identificada con Ártemis, y de igual modo relacionada con la naturaleza y los bosques en sus manifestaciones más indómitas y feroces. Asociada con Selene o con la luna, de ahí vienen los celos a los que alude Darío, al ser la cubana candorosa como el blanco astro de la noche.

    Y al sonreírse vi en ella

    el resplandor de una estrella

    que fuese alma de una esfinge.

    (vv. 12-14)

    En la mitología griega, la Esfinge[40] era un demonio de destrucción y mala suerte, que se representaba con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave. No obstante, no parece que sea por estos rasgos la relación con la cubana, sino con el misterio, el acertijo, en la historia de Edipo[41]. El “enigma de esfinge”[42] suele exponer al candidato a una situación límite: “adivina o muere”, así, una mujer enigmática es un reto mortal.

    9. El faisán

    En El faisán el poeta galantea con una joven hermosa. En el ambiente reina una gran artificialidad. El poeta se siente triste, pues su “amada de un día” le hace observar que su amada fiel (la luna) ha muerto.

    Y cuando el champaña me cantó su canto,

    por una ventana vi que un negro manto

    de nube, de Febo cubría el encanto.

    (vv. 34-36)

    Febo[43] es en este caso el sol, uno de los atributos que caracterizan al dios Apolo, que lleva su carro de fuego por el cielo cada día.

    10. Garçonnière

    Es Garçonnière la descripción de una fiesta inspirada por las musas y por Venus, como se puede ver en la siguiente estrofa:

    E iban con manchadas pieles de pantera,

    con tirsos de flores y copas paganas

    las almas de aquellos jóvenes que viera

    Venus en su templo con palmas hermanas.

    (vv. 21-24)

    Aparece en este poema la referencia a Idea (v. 31), sobrenombre que los griegos dieron a Cibeles a partir del monte Ida en Frigia, en el que la diosa tenía un templo famoso.

    11. Heraldos

    En Heraldos el poeta escucha nombrar la llegada de diversas mujeres fabulosas; son los heraldos los que las anuncian.

    ¡Helena[44]!

    ¡Makheda![45]

    ¡Ifigenia, Electra, Catalina[46]!

    El poema tiene un final sorprendente. El poeta busca y no encuentra, porque la que él espera no llega, su espera no tiene fin.

    ¿Ella?

    (No la anuncian. No llega aún.)

    12. Ite, missa est

    Pero es quizá el siguiente poema donde Darío define claramente la idea central de Prosas profanas, que puede ponerse en relación con las Palabras liminares y con la idea del poeta de oficiar una misa carnal en este libro.

     

    Ite, missa est[47]

    (A Reynaldo de Rafael)

    Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa[48]

    virgen como la nieve y honda como la mar;

    su espíritu es la hostia de mi amorosa misa

    y alzo al son de una dulce lira crepuscular.

     

    Ojos de evocadora, gesto de profetisa,

    en ella hay la sagrada frecuencia del altar;

    su risa es la sonrisa suave de monna lisa,

    sus labios son los únicos labios para besar.

     

    Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;

    apoyada en mi brazo como convaleciente

    me mirará asombrada con íntimo pavor;

     

    La enamorada esfinge quedará estupefacta,

    apagaré la llama de la vestal intacta

    ¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!

     

    El tema del poema es la posesión carnal de la Pureza.  El poeta desea poseer a una vestal (v. 13), mujer virgen consagrada al culto de la diosa Vesta, diosa romana del hogar, del fuego y del arte de guisar, para convertirla en una faunesa (neologismo creado por Rubén Darío basado en el personaje mitológico del fauno que encarna la imagen de la mujer poseída por un gran impulso sexual).

    La falta de resistencia de la virgen ante la pasión del poeta y el deseo estimulado por un beso ardiente multiplican la sensualidad del poema.

    13. Coloquio de los Centauros

    El siguiente poema, el Coloquio de los Centauros, es de los más nutridos de alusiones a mitos clásicos. Publicado en 1896 durante su estancia en Argentina, como Darío recuerda en la Historia de mis libros, forma parte de Prosas Profanas, conjunto de poesías del que él mismo advierte en su Autobiografía que “exigirá bastantes exégesis y largas explicaciones”. Si atendemos a este poema en concreto, según la opinión de A. Echevarría, la glosa puede hacerse realmente necesaria con vistas al lector menos advertido por sus numerosas referencias a la mitología clásica y porque el diálogo de estos centauros se configura como una serie de reflexiones, inconexas al menos en apariencia, acerca del mundo, la mujer y la muerte. De hecho el mismo autor lo califica de “mito que exalta las fuerzas naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua de Psique, y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra ineludible finalidad”.[49]

    El centauro[50] es un personaje de fuerte carácter sexual. Representa la mezcla de hombre y animal. Rubén Darío mantiene su tesis en este poema que le lleva a defender la idea de que la energía sexual trasciende al hombre y lo enraíza a la vez con la naturaleza y con la tierra.

    Como se sabe, son fabulosos monstruos mitad hombres y mitad caballos, hijos de Ixión y de Néfele; para otros de Centauro y de las yeguas de Magnesia. Homero y Hesíodo hablaron de ellos como de bárbaros violentos y sensuales que habitaban en las montañas de la Grecia septentrional. Etimológicamente, son ‘quienes matan a los toros’.

    Pasaron a la leyenda por su enemistad con los lapitas[51], que se originó durante las bodas de Hipodamía con Pirítoo, rey de los éstos, como venganza de Ares y de Eris no invitados al banquete nupcial. La feroz batalla que se produjo fue provocada por el borracho Euritión, que quería raptar a la novia. La masacre concluyó con la derrota de los centauros que, presa del furor, se refugiaron en las montañas de Pindo en Tesalia.

    Posteriormente, los centauros también lucharon contra Heracles y, definitivamente vencidos, se vieron expulsados de sus montes y de la totalidad de Tesalia.

    Entre los centauros los más conocidos se encuentran Quirón, Folo y Sesso, que, a diferencia de los demás, se distinguieron por su sabiduría, bondad y sagacidad[52].

    Tras este acercamiento, pasamos a una enumeración de referencias clásicas:

    V. 1: argonauta. Lo primero que sorprende es el uso en singular, cuando siempre se habla de Jasón y los argonautas, los célebres y más audaces navegantes de la mitología griega, quienes viajaron a la Cólquide en busca del vellocino de oro[53]. Con el nombre en singular se está refiriendo al poeta, cuya osadía es incluso superior a la de Jasón y su tripulación.

    V. 3: Isla de Oro. Según ciertos estudios, equivale a las Islas de los Bienaventurados, donde eran trasladados los héroes después de su muerte y que, en último caso, se pueden identificar con los Campos Elíseos.

    V. 4: tritón. Semidiós marino con figura de hombre hasta la cintura y de pez de larga cola en la parte inferior. Hijo de Poseidón y de Anfítrite. Participa Tritón en distintas leyendas, ayudando sobre todo a los Argonautas a salir de Libia cuando estaban inmovilizados. Tritón es también tema favorito de los artistas, que lo representan acompañando a Poseidón, cuyas llegadas anunciaba haciendo sonar una caracola marina[54]. De ahí que Darío escriba “el tritón elige su caracol sonoro”.

    V. 16: para portar las ninfas rosadas en los raptos. Después de la descripción de los centauros, señalando las diferencias entre unos y otros, queda como nota común su robustez y musculatura para su salvaje afición de raptar ninfas.

    V. 18: Océano. Etimológicamente, ‘que rodea la tierra’. En la primitiva concepción helénica del mundo, que imaginaba la tierra como un disco plano, el Océano era un gran río que la circundaba. Según Hesíodo, lo habían engrendrado Gea (la tierra) y Urano (el cielo) en su primera unión amorosa. Océano se unió a Tetis, la más joven de sus hermanas, la Titánide símbolo de la fecundidad del mar, y engendró con ella a las Oceánides[55].

    V. 23: aquí hace su primera intervención Quirón, el más célebre de los centauros, nacido del dios Crono (v. 44) y de una de las yeguas de Magnesia, llamada Filira. Se distingue de los restantes centauros, groseros y violentos, por su astucia e inteligencia.

    Vivió en una gruta en las faldas del monte Pelión, en Tesalia, en donde creó una escuela que obtuvo renombre en toda Grecia, pues por ella pasaron muchos personajes ilustres como Asclepio, Néstor, Macoón, Eneas, Heracles, Cástor y Pólux, Ánfiarao, Ulises, Hipólito y Aquiles.

    Enseñó astronomía, música y medicina a muchos de ellos. Su amigo Heracles (v. 42) lo hirió accidentalmente con una flecha envenenada con sangre de la Hidra de Lerna.

    Si bien era inmortal (v. 31), le pidió a Zeus que lo hiciese morir; el dios consintió en ello y lo puso entre las constelaciones con el nombre de Sagitario, según unas versiones. Según otras, fue herido incurablemente por una de las flechas que Heracles había empapado en el veneno de la Hidra de Lerna (vv. 35-36); y falleció dejando el don de la inmortalidad a Prometeo.

    V. 25: Éolo. Señor o divinidad de los vientos, en este caso. Pero también la Odisea lo presenta como hijo de Hípotes, un mortal favorito de los dioses.

    V. 33: aparece otro centauro, Reto. En las bodas de Pirítoo, tras matar este centauro a Caraxo, Cometes y a Evagro, fue muerto o gravemente herido por Driante (Metamorfosis, XII, 271-301).

    V. 39: Esculapio. Nombre romano de Asclepio, dios de la medicina griega, hijo de Apolo y la ninfa Coronis, y discípulo del centauro Quirón.

    V. 40: Aquiles también fue educado por Quirón.

    V. 41: con el manjar salvaje que le ofreciste un día. “[Quirón] le inspiró un enorme valor y le hizo adquirir una portentosa fuerza, obligándole a no comer otra cosa que entrañas de animales salvajes”[56].

    V. 45: aparición de Abantes. Abante, según R. Llopesa, es el caudillo de los centauros. En Metamorfosis, XII, 306: Abante, cazador de jabalíes.

    V. 50: Numen. Cualquier dios pagano; inspiración del poeta o artista.

    V. 63: aparición del centauro Folo, hijo de Sileno y de una de las ninfas de los fresnos. Acogió espléndidamente a Heracles, que pasó una noche en su cueva de Fóloe cuando iba hacia Erimanto. Le dio de comer y, ante la insistencia del héroe, también le dio el vino guardado en una vasija que pertenecía a los centauros. Éstos, al oler su vino, acudieron indignados, entablándose una lucha entre Heracles y los centauros en la que ellos llevaron la peor parte. Cuando acabó la lucha, Folo, admirado de los terribles efectos que producían las pequeñas flechas de Heracles, que, con sólo rozar a un hombre, lo mataban, retiró de un cadáver una de ellas, con tan mala suerte que le cayó en un pie y se hirió de muerte. Heracles, en su honor, celebró grandiosos funerales[57].

    El biforme ixionida es lo mismo que decir “centauro”, ya que, según la leyenda, estas criaturas proceden de Ixión. Éste era rey de los Lapitas; había asesinado a su suegro Deyoneo para librarse de pagarle lo que le había prometido por su hija Día (de la unión de Ixión y Día nacería Pirítoo). Como nadie le purificaba del crimen, Zeus se apiadó de él y le libró de la persecución de las Erinias. Pero después Ixión quiso seducir a Hera, y Zeus formó una nube con su misma apariencia y con la que se unió el héroe. Esta falsa Hera –llamada Néfele, Nube– engendró a los centauros (v. 83). Enterado Zeus de la conducta de Ixión, lo azotó bárbaramente y lo ató a una rueda en llamas que giraba sin cesar, y lo precipitó en el Tártaro, donde cumple eternamente su castigo[58].

    V. 85: aparición de Orneo, otro centauro herido en las bodas de Pirítoo. Citado en Metamorfosis, XII, v. 302.

    V. 91: aparición de Astilo o Ástilo, centauro también herido en las bodas. En Metamorfosis se le califica de augur (XII, v. 308), el que en vano había tratado de disuadir a los suyos de la guerra.

    El verso de su intervención es tremendamente profundo y lírico:

    El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

    V. 92: intervención de Neso, centauro que robó a Deyanira, esposa de Heracles. El héroe lo mató con otra de sus flechas mojadas en sangre de la Hidra de Lerna, pero la túnica envenenada de Neso a su vez causó la muerte de Heracles.

    Deyanira es hija de Eneo, rey de los etolos; desposó a Heracles y fue la causa involuntaria de su fin cuando le hizo ponerse los vestidos teñidos con la sangre venenosa del centauro Neso. Cuando conoció el engaño, y desesperada por la muerte de su esposo, Deyanira se ahorcó.

    V. 99: Anadiomena. “Hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena”: sobrenombre de Afrodita, cuando se la evoca naciendo de las aguas. Amor-Afrodita es la más importante de las diosas en la obra dariana. Simboliza el poder iniciático del sexo. Representa en la obra de Darío el carácter sexual originario de la diosa.

    Vv. 101-102: Los curvos hipocampos sobre las verdes ondas / levaron los hocicos. Hipocampos son caballitos de mar.

    V. 103: Tritónicas melenas: de Tritón.

    V. 108-109: Jove. […] fue para el hombre / más alto que el de Jove. Iovis, Jove, son nombres de Júpiter en la mitología latina.

    Vv. 111-118: tiene lugar el manifiesto más claro y rotundo de la preponderancia del amor sexual en la vida, sobre todo al ser el sabio Quirón quien lo dice:

    […] ¡Venus impera!

    Ella es entre las reinas celestes la primera,

    pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.

    ¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!

    Ella es la más gallarda de las emperatrices,

    princesa de los gérmenes, reina de las matrices,

    señora de las savias y de las atracciones,

    señora de los besos y de los corazones.

    V. 119: incorporación al coloquio de Éurito, el centauro que provocó la lucha en la boda de Pirítoo[59]. Dice Ovidio en Metamorfosis, XII, 219-224: Porque a ti, el más bestial de los bestiales centauros, Éurito, / te ardía el corazón tanto por el vino como por la visión / de la novia, y reinaba una embriaguez que duplicaba la lujuria. / De repente las mesas son volcadas y siembran la confusión / en el banquete, y la recién casada es raptada por la fuerza, / agarrada por los cabellos. Éurito coge a Hipódame […].

    Hipodamia o Hipódame es la esposa de Pirítoo, príncipe de los Lapitas. Como se ha visto, su boda fue escenario de la guerra de los centauros. Es interesante en el Coloquio cómo los centauros suspiran de amor o pasión sexual, y no se arrepienten de la batalla: su predilección por Venus justifica sus actos. Neso suspira por Deyanira, y Éurito por Hipodamia.

    V. 120: Hipea. Hija de Quirón, que fue transformada en yegua. Con Éolo, el hijo de Helén, fue madre de Melanipa.

    V. 130: Minerva. Nombre latino de Atenea, también Palas, que personificaba la astucia y la sabiduría en todos los campos. Hipea atribuye a la mujer la sabiduría de Minerva.

    V. 131: Aqueronte. El Aqueronte, también río del dolor, es el más grande de los cuatro ríos del Infierno, lugar al que daba acceso; las almas de los muertos que habían tenido sepultura debían atravesarlo en la barca de Caronte (v. 132); por su parte las sombras de los muertos insepultos debían errar por las orillas del río durante cien años.

    Así, en la estrofa, se dice de la mujer que es bella como un ánfora, ponzoñosa como algunas bestias, astuta como Minerva, y causante del dolor y de la muerte (hecho concretado en v. 144).

    V. 133: Odites. Centauro muerto por Mopso en las bodas de Pirítoo. Alaba la belleza femenina, en especial la de Hipodamia, superior a la de las Gracias (v. 139), y capaz de sorprender a las Musas y a las Horas (v. 140).

    Las Gracias, en Grecia las Cárites, son hijas de Eurínome y Zeus, tres jóvenes hermosas que se suelen respresentar desnudas y cogidas por el hombro. Antiguas diosas de la vegetación, asociadas a la belleza, el arte y actividades del espíritu en general.

    Las Horas son hijas de Zeus y Temis, que personifican tres estaciones del año. Luego pasaron a simbolizar las horas del día. Su función se relaciona con la fertilidad o fecundidad. El arte representa a las Horas como tres hermosas doncellas con largas túnicas recogidas en una mano, ejecutando a veces una especie de danza, lo cual hace que se confundan con las Cárites.

    V. 146: Cinis será Ceneo. Cinis: Lapita, amada de Poseidón, quien la hizo invulnerable a las persecuciones transformándole el sexo; será así Ceneo. Morirá en la guerra contra los centauros.

    V. 149: Clito es otro centauro, hijo de Mantio y nieto del adivino Melampo, también tomó parte en la lucha.

    V. 152: Deifobe: nombre que recibe la Sibila de Cumas en Virgilio, sacerdotisa de Apolo.

    V. 157: Pan. Dios de los pastores y rebaños, perteneciente al cortejo de Dioniso. Con un cuerpo mitad de hombre, mitad de macho cabrío, recorre los montes con prodigiosa agilidad, descansando sólo para dormir siestas a la sombra, junto a las fuentes. Sus símbolos son la siringa, la corona de pino y el cayado de pastor. Símbolo de lo erótico, festivo, también musical.

    V. 159: Sirenusa: isla de las Sirenas.

    V. 161: Pasifae: reina de Creta, hija de Helios y esposa de Minos, que concibió con un toro al Minotauro.

    V. 165: incorporación del centauro Grineo, que murió a manos de Exadio en las bodas de Pirítoo.

    V. 175: Deucalión y Pirra. Deucalión equivale a Noé en la mitología griega. Después del diluvio arrojaban piedras (v. 176) que se convertían en personas y que correspondían al sexo de quien las arrojaba.

    V. 177: Lícidas, otro centauro muerto en la batalla, junto con Eurinomo, Areo e Imbreo (Metamorfosis, XII).

    Lemures: en la religión romana son los espíritus de los muertos, en tanto que considerados como malévolos que pueden volver del más allá para atormentar a los vivos. Funciones opuestas a las de los manes, que purifican las almas de los muertos.

    V. 179: el loco Atis. Pastor de gran belleza, que se enamoró de Cibeles. Atis faltó a su promesa de castidad casándose con la hija del rey Sangaro, y Cibeles lo castigó provocándole un arranque de locura, en el cual se castró, causándose la muerte.

    V. 180: Filomela. Ruiseñor, mujer que acaba siendo transformada en esta ave. Metamorfosis, VI. Ver nota 25.

    V. 187: aparece Medón, centauro que participó en la batalla pero que logró huir con vida. De ahí que diga “¡La Muerte! Yo la he visto.”

    V. 195: Amico, centauro muerto por Celedón en las bodas.

    V. 197: Prometeo. Aliado de los humanos, hurtó a los dioses el fuego y obtuvo otros logros para beneficio de la Humanidad.

    Conviene señalar, en este poema, un par de rasgos importantes en el pensamiento dariano. En primer lugar, la idea de la muerte, que no es terrible sino comparable a Diana, según el centauro Medón. Ofrece su blancura la paz de la que gozan los que traspasaron su umbral; libra al hombre de sufrimientos.

    El otro rasgo es la visión de los propios centauros, que no se revisten de una especial violencia. Todos sucumben ante la visión de la hermosura femenina, lo cual los hace más humanos, más sublimes. Dentro de su bestialidad, también son divinos, al ser sensibles a la belleza. Por eso lanzan un mensaje universal, humano.

    14. El poeta pregunta por Stella

    El poeta pregunta por Stella es un poema escrito en memoria de Rafaela Contreras (1869-1893), primera esposa de Darío y autora de nueve cuentos escritos bajo la influencia de Azul…, lo que la convierte en la primera escritora modernista. En El poeta pregunta por Stella, el poeta rememora a un angélico ser desaparecido, a una hermana de las liliales mujeres de Poe que ha ascendido al cielo cristiano[60].

    El empíreo es, según la teología católica medieval, el más alto de los cielos, el sitio de la presencia física de Dios, donde residen los ángeles y las almas acogidas en el Paraíso, y donde el poeta busca el alma de Stella.

    Darío utiliza en este caso vocabulario de origen clásico como «ícor»[61], que en Homero es la sangre de los dioses que se cuajaba en las flores; y hace referencia a Ligeia, que en la mitología griega, es el nombre de una sirena. En Poe es el nombre del personaje del relato Ligeia, la esposa muerta del protagonista de la narración[62].

    15. Pórtico

    Pórtico es un poema que figura como prólogo del libro de Salvador Rueda, poeta y periodista español, considerado precursor del Modernismo. Rubén Darío dice de él: “Luego leeréis un prólogo lírico, que se me antojó llamar “pórtico”, escrito hace largos años en alabanza de muy buen poeta, del vibrante, sonoro y copioso Salvador Rueda, gloria y decoro de las Andalucías”.

    La descripción de la musa Harmonía es una excusa para hacer una rica descripción sobre el origen de la poesía en Grecia y en Roma hasta llegar a Andalucía, región de donde era originario el poeta Salvador de Rueda.

    Las referencias a los personajes grecolatinos son continuas a lo largo del texto. Desde Píndaro y Anacreonte, poetas griegos, pasando por la descripción de la cadena montañosa más importante de Grecia o la cita del famoso vino de la antigua Roma, el falerno.

    El final del poema concluye con una descripción de las cualidades del poeta alabado que fue aborrecido de Zoilo, gramático del siglo IV a.C., detractor de Homero y de Platón, símbolo de la injusticia en la crítica literaria, al que Darío llama “el verdugo”.

    16. Elogio de la seguidilla

    En el Elogio de la seguidilla, el poeta hace un homenaje a este tipo de composición contagiado como estaba del ritmo y la musicalidad característico de este tipo de composición, que el poeta califica en los últimos versos como la flor del sonoro Pindo de España.

    17. El cisne

    El cisne, para Darío, es la encarnación del Ideal en relación con la poesía. Pero es también Zeus metamorfoseado en ave que fecunda a Leda, de la que nace la hermosa Helena. Así, igual que en el mito, la nueva Poesía, la poesía pura, nace de la unión del cisne y de Leda.

    ¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena

    del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,

    siendo de la Hermosura la princesa inmortal,

    bajo tus blancas alas la nueva Poesía

    concibe en una gloria de luz y de harmonía

    la Helena eterna y pura que encarna el ideal.

    (vv. 9-14)

    18. La Dea

    De nuevo, en La Dea, los personajes que aparecen son los habituales en la obra de Darío. En el pórtico de columnas de un templo clásico, antesala de la poesía, escenario de la fiesta de la pradera, cruzan una náyade y una ninfa buscando a Sylvano, divinidad protectora de los bosques y el campo, y se levantan estatuas de Término y de Dea (Dea quiere decir simplemente ‘Diosa’).

    19. Epitalamio bárbaro

    En Epitalamio bárbaro, Darío dedica este poema al poeta argentino Leopoldo Lugones, destacado modernista y amigo suyo. El epitalamio es una composición poética en que se celebra una boda. Existe una contraposición en el título de dos conceptos que resumen la composición: el rapto de una mujer.

    En el lecho, Venus pregunta a Apolo por el momento en el que se oye un caballero pasar como un relámpago. Apolo ha reconocido en el trote veloz el rapto de “una estrella”.

    20. Responso

    Responso es un poema dedicado a Verlaine por la admiración y fervor que le debía al poeta. Darío llama al poema liróforo, neologismo que significa “portador de la lira” y crea una representación frente a la tumba del poeta en la que Primavera, Filomela y púberes canéforas (doncellas consagradas a Minerva que portaban las cestas que contenían las ofrendas o los instrumentos para los sacrificios) honran e iluminan el sepulcro del fabuloso poeta.

    21. Friso

    En Friso, encontramos la descripción de un friso griego que contempla el poeta junto a su amada Eunice, nombre de la hija de Nereo y de Doris, una de las tres ninfas que raptaron a Hilas.

    Muy interesante es la reflexión que hace el poeta sobre este texto: “Recreaciones arqueológicas indica por su título el contenido. Son ecos y manera de épocas pasadas, y una demostración, para los desconcertados y engañados contrarios, de que para realizar la obra de reforma y de modernidad que emprendiera he necesitado anteriores estudios clásicos y primitivos”[63]. Este reconocimiento del trabajo del poeta basado en el estudio profundo del mundo clásico es de vital importancia, pues nos lleva a sostener que el poeta se había impregnado, ya desde su juventud, en los estudios clásicos. Se alimentó de esta enseñanza, implantada en Centroamérica por los jesuitas y gracias a ella llegó a conocer muy bien las Metamorfosis de Ovidio, fuente de toda su mitología grecolatina.

    Pasamos revista a unos cuantos nombres relacionados con mitología:

    Friso: parte del cornisamento, generalmente decorada que está entre el arquitrabe y la cornisa.

    Pentélico: mármol del monte Pentélico, yacimiento de Grecia.

    Venusinas: de Venus.

    Eunice: ninfa marina, hija de Nereo y de Dóride. Fue una de las nereidas que raptaron a Hilas.

    Canéfora: nombre aplicado a las jóvenes que, en algunas fiestas griegas y romanas, llevaban a la cabeza un canastillo con flores u ofrendas.

    Sminteo/Esminteo: sobrenombre de Apolo (gentilicio de Esmintea).

    Cipris: sobrenombre de Afrodita (en la Ilíada), perteneciente a Chipre.

    Evohé: grito de las bacantes.

    Ménades: nombre aplicado a las sacerdotisas de Baco, dios romano que representa el vino y la embriaguez; de ahí las bacantes.

    Hircania: lugar de Asia célebre por sus tigres y la rudeza de sus gentes.

    Eco: ninfa convertida en roca por Juno (esposa de Júpiter y madre de Marte), que la obligó a repetir la última palabra de quienes la interrogaban.

    22. Palimpsesto

    II. Palimpsesto: el otro de los dos poemas recogidos en el apartado “Recreaciones arqueológicas. También está bien nutrido de mitos y términos clásicos relacionados con éstos. Se recrean varios mitos en el poema: 1) el de Acteón que muere por sorprender desnuda a Diana; 2) el de los centauros; 3) la muerte de la ninfa Kalisto por parte de Diana.

    Un palimpsesto es una tablilla usada antiguamente para escribir, o simplemente un manuscrito antiguo; pero su uso más habitual hoy en día es el del pergamino que ha sido raspado y reutilizado, y cuyo texto borrado es muy difícil de descubrir (sólo visible mediante rayos X).

    Hiperión: Titán, hijo de Urano y Gea, padre del sol (Helios), de la luna (Selene) y de la aurora (Eos).

    Himeto: cadena montañosa al sur de Atenas, recordada por sus plantas aromáticas, su miel, su mármol de color azulado y sus santuarios.

    Scopas: escultor griego del siglo IV a.C., nacido en Paros.

    Acteón: héroe y cazador troyano, educado por el centauro Quirón. Sorprendió a Artemis en el momento del baño y ésta, en castigo, lo transformó en ciervo y fue despedazado por sus propios perros.

    Kalisto: ninfa de Arcadia, hija de Licaón, rey de Arcadia, y madre de Arcos o Arcas, al ayuntarse con Zeus. Artemisa la mató en una cacería cuando fue transformada en osa por Hera, por haber faltado a la castidad impuesta por la diosa. Luego Zeus la catasterizó en la Osa Mayor.

    Europa: hija de Agenor, rey de Tiro. Europa jugaba con sus compañeras a la orilla del mar cuando vio un toro blanco. El animal era el propio Zeus, que, enamorado de la muchacha, había tomado esta apariencia para poder raptarla. Europa, sorprendida por la mansedumbre de aquel toro, se sentó sobre su lomo y el animal salió huyendo, llevándosela a Creta. Allí se unió a ella y tuvieron tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón[64]. A esta historia se refiere el verso 75: tal iba el toro raptor de Europa.

    23. Canción

    Canción: descripción de una mujer desnuda, como una Venus.

    24. Las ánforas de Epicuro

    IX. Las ánforas de Epicuro. Se refiere a Epicuro (341-270 a. C.) el famoso filósofo griego. Su casa de Atenas, donde instaló su escuela, tenía el célebre jardín evocado por Anatole France[65] (Le jardín d’Epicure, 1895). Darío evoca a Epicuro varias veces: Los colores del estandarte (1896), Toisón (1910).

    “Las ánforas de Epicuro” es una metáfora que indica el carácter de los poemas principales que se acogen bajo ese título: desarrollan una filosofía y una moral artísticas.

    25. Palabras de la satiresa

    Palabras de la satiresa: lo primero que llama la atención es el femenino de sátiro: según René Ménard, “hay sátiros y satiresas”[66]. El soneto en alejandrinos cuenta que un día se le presentó al poeta una satiresa (la poesía amorosa) y lo nombró argonauta. La poesía une pasión y metros clásicos (habla de la renovación de la poesía, de la que él se considera artífice). El “secreto de todo ritmo y pauta” está en unir “carne y alma”, representados uno y otro con Pan (pasión, carne) y Apolo (métrica, alma).

    Ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira.

    (v. 14)

    Con el nombre de argonautas (véase §13.) se conoce a los héroes que acompañaron a Jasón en su búsqueda del vellocino de oro. Sus avatares fueron contados en varios poemas épicos de la Antigüedad.

    El nombre de Argonautas procede del latín argonauta y éste del griego αργοναύτης, de αργος / argos (nombre de la nave) y ναύτης / nauta (marinero). Argo era el nombre de la nave, bautizada en honor a su constructor Argos.

    La historia de los argonautas es una de las leyendas griegas más antiguas, la cual incorpora numerosos elementos comunes en las historias populares: el viaje peligroso de un héroe al que se le envía para desembarazarse de él, imponiéndole una tarea imposible de llevar a cabo, pero de la que sale victorioso gracias a la ayuda de aliados inesperados.

    26. A los poetas risueños

    A los poetas risueños: el poeta reconoce la deuda con otros poetas en su poesía: Anacreonte, Ovidio, Quevedo, Banville. A esto añade que su poesía huye de lo trágico y grandioso y prefiere el exotismo y la sencillez.

    Anacreonte: poeta lírico griego, creador del género anacreóntico o bucólico.

    Himetos: cadena montañosa al sur de Atenas, recordada por sus plantas aromáticas, su miel, su mármol de color azulado y sus santuarios.

    Y ante la fiera máscara de la fatal Medusa,

    medrosa huye mi alondra de canto cristalino.

    Con estos dos últimos versos del poema indica que se aparta rápidamente de todo lo que no sea poesía risueña, perfumada de vino.

    27. La hoja de oro

    La hoja de oro: poema de reminiscencias conceptistas, reflexivo y artificioso. Entre las hojas de laurel verde, destaca una hoja de oro rojo, pues evoca “el triunfo del otoño y la sangre del día”. Hace referencia a la Cólquida (v. 7), región de Asia, escenario de la leyenda del vellocino de oro, y también a Jasón (v. 8).

    Jasón era el bellísimo hijo de Esón, rey de Yolcos, educado por Quirón. Su tío Pelias quiso desembarazarse de él y lo envió a la Cólquide a la conquista del Vellocino de Oro, en la expedición de los argonautas.

    Después de numerosas empresas y peligros de todo tipo, Jasón decidió regresar a su hogar llevando consigo a la maga Medea. Llegado a Yolcos, su perseguidor, Pelias, murió (tal vez por un maleficio de Medea) y Jasón se apoderó del trono del hijo de Pelias, Acasto. Obligados a huir, Jasón y Medea se refugiaron junto a Creonte, rey de Corinto, en donde Jasón se unió a Creusa, hija del rey (también llamada Glauce), y repudió a Medea; ésta, como venganza, mató a su rival y a sus propios hijos tenidos con Jasón.

    A la muerte de Creonte, el héroe asumió el poder en el reino de Corinto; después, viejo y cansado, vivió en paz hasta que, al caer el toldo de la vieja nave Argo, murió golpeado por una traviesa caída de la arboladura de la nave.

    28. Marina

    Marina. El poeta se aleja en una barca de las costas donde habita una vieja ilusión y se encamina a “una tierra de rosas y de niñas”, “donde más de una musa me ofrecerá una rosa”.

    Pone, en un principio, rumbo a Citeres, isla griega en cuyas aguas nació Afrodita. Hay una confusión de mitos al mencionar a Aquiles tapándose los oídos, cuando en realidad fue Ulises quien así se protegió de las sirenas en la Odisea.

    Y en la playa quedaba desolada y perdida

    una ilusión que aullaba como un perro a la Muerte.

    (vv. 31-32)

    29. Syrinx

    En este poema Darío formula la intención de cantar al amor, como Pan y como Orfeo.

    Syrinx / Siringa era una ninfa de Arcadia perseguida por Pan, que se transforma en caña e inspira al dios para la invención del instrumento de ese nombre (flauta o zampoña). Dafne, discípula de Pan, está vinculada a la siringa, razón de la confusión de Darío al titular el poema 50.

    Orfeo es otra figura legendaria, príncipe tracio, hijo de una musa (Calíope o Polímnia), fundador de la poesía y con cuyo canto hechizaba a los seres vivos. Profeta de la religión dionisíaca (orfismo), es elegido como tal por la secta formada después del siglo VI a. C.

    30. Alma mía

    Anima a su alma a seguir adelante, hacia la Esfinge (quien plantea acertijos mortales).

    Triptólemo: héroe griego introductor del arado y del cultivo de los cereales, por inspiración y enseñanza de Deméter.

    31. Yo persigo una forma

    El poeta persigue la perfección a través de la Poesía, pero tan sólo consigue llegar a la iniciación. No deja de ser un elegante recurso poético para encubrir la falsa modestia, porque el poema, como todos los de Darío, es perfecto.

    Se vuelve a mencionar el cisne blanco, la belleza divina.

    Peristilo: galería de columnas que rodea un edificio o parte de él.

    Conclusiones

    El gran tema dariano es el amor. Ese erotismo no es sólo deseo, sino anhelo de trascendencia en el éxtasis. El placer puede implicar pérdida de conciencia, sumersión en abismos donde el alma enajenada, perdida, encuentre algo oscuramente buscado. La sensualidad deja de parecer inocente para sentirse perversa y, en esa perversidad, metafísica.

    Describe las prácticas eróticas como ritos (no sólo metafóricamente), como ceremonias encaminadas a transformar (y a deleitar) a los participantes en ellas. Las bacanales pueden servir como ceremonias de iniciación. (Ite, missa est).

    El erotismo suscitador de tanta sombra y tanta ansiedad se convirtió en fuente de energía creadora, precisamente porque le mantuvo en vilo, como inquietud inagotable, contribuyendo a llevarle de una poesía recamada y resplandeciente a una poesía de intimidad y secreto.

    La originalidad de Darío no consistía en “americanizar” la poesía. Su originalidad fue aspirar a la universalidad y se volvió de espaldas a la retórica de los postrománticos hispanoamericanos.

    Afirmó el Romanticismo trascendiéndolo, yendo más lejos y negando aquello que detestaba “la vida y el tiempo en que tocó nacer”. Por eso fue exotista e indigenista; llevó a su poesía princesas de ensueño y héroes de antaño.

    Quiso ser diferente y renovador en el lenguaje y en su uso. Para él, la palabra no es herramienta neutra. Decidió apropiársela mediante deliberadas infracciones de la norma, escribiendo de otra manera, rehuyendo la carga de significados que la historia le ha dado y esforzándose en crear un lenguaje dentro del lenguaje, un lenguaje personal, tejido con las palabras de todos, pero obediente a un ritmo propio, a una ley interior.

    La invención de un lenguaje es un acto revolucionario y no erraron quienes pensaron que la musicalidad del Modernismo encubría una amenaza potencial a la sociedad. El cambio en el lenguaje fue cambio en las palabras mismas; gustaba Rubén de utilizarlas brillantes y suntuosas. Con la poesía de Rubén entran en la corriente del idioma palabras nuevas, inventadas o florecidas por el puro deleite de utilizarlas y de hacerlas sonar en un contexto resplandeciente[67].

    Los parnasianos franceses le empapan de ideología “bella”. Su intención era crear objetos de belleza pura. Los simbolistas le incitarán a constituir en el poema una red de sugerencias en que se superarán las imposibilidades lógicas.

    Por otra parte, otro de los aspectos destacados es el paso hacia la integración de lo que comienza siendo formal para convertirse en una interpretación del mundo y de la realidad que rodea al poeta. En este sentido, decía Octavio Paz: «El modernismo se inicia con una estética del ritmo y desemboca en una visión rítmica del universo». Lo que comenzó siendo estética, sin dejar de serlo, pasó a ser ética. Rubén no tardó en utilizar el ritmo del verso en método para profundizar en los enigmas del ser. Curiosa paradoja.

    Y es también en corrientes filosóficas clásicas como el pitagorismo en las que el poeta pone su mirada. Los pitagóricos consideraban el número como principio primero del universo y fundamento de la armonía, que consiste en concordar lo discordante, integrándolo en una unidad superior; ella ha de ser total y referirse a lo que no vemos tanto como a lo visible: al imponer su regla al universo, el ritmo crea la armonía, y cuando hombre y poeta se ajustan a su acción regulada y reiterada, el destino individual se sincroniza con el del cosmos.

    Leyendo en orden cronológico la poesía de Rubén Darío se advierte su progresiva tendencia interiorizante y cómo, para él y para los demás, identifica pasión creadora con vocación por la armonía, y al poeta con el alma capaz de descifrar las voces de la sombra: “¿Te sientes con la sangre de la celeste raza /que vida con los números pitagóricos crea?”

    El ocultismo y las doctrinas esotéricas le permitían familiarizarse con lo desconocido, con las temerosas tinieblas del más allá. La inclinación a interrogarse sobre los misterios del ser y los enigmas de la eternidad fue fomentada por influencia de los románticos y simbolistas, que desde Víctor Hugo en adelante, se complacieron en experimentar y divagar sobre los secretos de la vida y de la muerte y en torno al misterio del universo.

    En Rubén Darío se siente una fuerza que le empuja tanto a la luz como a la sombra. Quisiera sumergirse simultáneamente en la belleza y en la verdad; quisiera saciar su sed en la fuente Castalia, que da juventud a quienes la beben, y se le impone la verdad de que al fin habrá de ingerir la copa llena de sombra. Entre el amor y la muerte vivió y creó, y de sus obsesiones se nutrió su poesía.

    Bibliografía

    DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Ed. de Ricardo Llopesa. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013.

    –. Azul… / Cantos de vida y esperanza. Ed. de Álvaro Salvador. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2010.

    –. Obras completas I. Poesía. Edición de Julio Ortega con la colaboración de Nicanor Vélez. Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.

    –. Poesía. Alianza Editorial. Madrid, 2006.

    DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, JOSÉ. Teoría de la literatura. Ed. Centro de estudios Ramón Areces. Madrid, 2009

    GARCÍA GUAL, CARLOS. Diccionario de mitos. Ed. Planeta. Barcelona, 1997.

    GRIMAL, PIERRE. Diccionario de mitología griega y romana. Ed. Paidós. Barcelona, 1994.

    GUTIÉRREZ CARBAJO, FRANCISCO. Movimientos y épocas literarias. Ed. UNED. Navarra, 2011.

    HOMERO, La Ilíada. Ediciones Alonso, “Biblioteca de obras famosas”. Madrid, 1966.

    LÓPEZ FÉREZ, JOSÉ ANTONIO, Mitos clásicos en la literatura española e hispanoamericana del siglo XX. Ediciones Clásicas Madrid, 2009.

    MARTÍ, JOSÉ, Ismaelillo / Versos libres / Versos sencillos. Ed. de Iván A. Schulman. Ed. Cátedra. Madrid, 2010.

    PÉREZ, ALICIA (Coord.), La Enciclopedia. Ed. Salvat Editores, S. A., Madrid, 2003.

    FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999.

    OVIDIO NASÓN, PUBLIO, Metamorfosis. Edición de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, S. A. Madrid, 2009.

    OVIEDO, JOSÉ MIGUEL, Historia de la literatura hispanoamericana. Volumen II: Del Romanticismo al Modernismo. Ed. Alianza Universidad Textos. Madrid, 2007.

    RICO, FRANCISCO (coord.), Historia y crítica de la literatura española. Vol. VI, tomo I, Modernismo y 98 (coord. por MAINER, JOSÉ CARLOS). Ed. Crítica, S. A. Barcelona, 1991.

    SAWA, ALEJANDRO, Declaración de un vencido. Ed. de Francisco Gutiérrez Carbajo. Ed. Cátedra. Madrid, 2009.

    SPANG, KURT. Géneros literarios. Ed. Síntesis. Madrid, 2011.

    http://www.cervantesvirtual.com/obra/cantos-de-vida-y-esperanza-los-cisnes-y-otros-poemas/

    http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/prosas-profanas-y-otros-poemas–0/html/

    Notas

    [1] Se sigue el criterio de la profesora Ana María Freire López (UNED) para nombrar con mayúscula los movimientos literarios.

    [2] “En 1938 Salinas […] observa que las denominaciones “Modernismo” y “Generación del 98” suelen emplearse para designar el movimiento de renovación literaria acaecido en América y España en los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX, dando por supuesto que son la misma cosa con leves diferencias de matiz. […] Ambos movimientos nacen de la misma actitud: insatisfacción con el estado de la literatura de aquella época, tendencia a rebelarse contra las normas estéticas imperantes, y deseo de un cambio que no se sabía muy bien en qué había de consistir. […] Si el Modernismo, ejemplificado en Rubén Darío, se presenta, ante todo, como transformación del lenguaje poético, con un propósito esencialmente estético, los noventayochistas […] aspirarían a conmover la conciencia nacional.”  GUTIÉRREZ CARBAJO, FRANCISCO. Movimientos y épocas literarias. Ed. UNED. Navarra, 2011. P. 168.

    [3] Un ejemplo ilustrativo de esta tendencia es la novela ecuatoriana Cumandá, de Juan León Mera (1879), inscrita en la óptica rousseauniana de lo salvaje, lo indígena, como natural y “bueno”, lo que sigue siendo una manera de evasión de la realidad social. Más obras de índole indigenista podrían ser Martín Fierro, de José Hernández (1872), y Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929), entre otras.

    [4] En síntesis, defensa de la vida salvaje, inmersa en la naturaleza, frente a la vida en la sociedad civilizada: “el salvaje vive para sí mismo; el hombre social, siempre fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los demás”, Origen de la desigualdad entre los hombres, Jean-Jacques Rousseau (1755).

    [5] La expresión “torre de marfil” (tour d’ivoire) como símbolo del aislamiento del artista soñador que se aparta de la realidad de la vida diaria para dedicarse al arte “puro”, fue empleada por primera vez (1837) por el crítico literario y escritor francés Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869). Después de que utilizase la expresión Darío en Cantos de vida y esperanza, la retomó J. Ramón Jiménez (“yo me mantengo fiel al arte puro”), lo que le valió reproches de otros poetas comprometidos por su evasión de la realidad social.

    [6] Estamos, pues, ya ante una innovación en la historia de los géneros literarios: prosa poética y poesía con rasgos narrativos. Véase SPANG, KURT, Géneros literarios, ed. Síntesis.

    [7] La cita procede de un artículo que Darío escribió en 1890 sobre Ricardo Palma (1833-1919), bibliotecario peruano, notable figura en las letras hispanoamericanas. Véase http://www.ensayistas.org/identidad/verano99/4120/.

    [8] En el Modernismo ejerce gran influencia el pensamiento filosófico idealista alemán. Según Schopenhauer, el individuo está determinado por impulsos vitales que nunca llega a saciar, por eso está condenado a una actividad continua, llena de derrotas y humillaciones. El ser humano vive acompañado del miedo y de la conciencia de la muerte; persigue la felicidad sin alcanzarla nunca. La religión y la filosofía no consuelan ni otorgan sentido a la vida. Las vías de escape que Schopenhauer propone son dos: 1) renuncia a necesidades y aspiraciones, la aceptación de la nada. De aquí la presencia de la filosofía oriental y el tema del Nirvana en la lírica; y 2) la contemplación estética, ya que el arte es lo único que puede salvar al hombre y liberarlo del sufrimiento. Hay notables ejemplos del tema del Nirvana en la poesía polaca modernista o de fin de siècle: Kazimierz Przerwa-Tetmajer lo menciona en “No creo en nada” y “Himno al Nirvana”. PRESA GONZÁLEZ, FERNANDO. Antología de la poesía polaca. Editorial Gredos, S.A. Madrid, 2006.

    [9] Véase SAWA, ALEJANDRO, Declaración de un vencido. Ed. de Francisco Gutiérrez Carbajo. Ed. Cátedra. Madrid, 2009.

    [10] Pertenece, no obstante, a una primera etapa: es su tendencia más lúdica, erótica, estética, y por tanto evasiva; la más criticada. La siguiente etapa será la simbolizada por Cantos de vida y esperanza, de tonalidad más preocupada por la existencia humana (apuntes de César Moya Casas, UNED, 2011).

    [11] DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013. P. 52.

    [12] Las ideas de Nietzsche dejaron una huella evidente en el Modernismo; en sus reflexiones sobre el arte, estableció la oposición entre una postura dionisíaca y otra apolínea. La dicotomía le condujo a que al final de su vida introdujese la oposición entre Dioniso, símbolo de la vida como valor superior, y Cristo, símbolo del sacrificio por los demás. Se mostró a favor del primero. Rubén Darío, sin renunciar nunca a su condición de cristiano, también siguió en gran medida la estela dionisíaca.

    [13] “Pero modernizar no implicaba enterrar el pasado, sino actualizarlo de modo original, individual y creador”. MARTÍ, JOSÉ, Ismaelillo / Versos libres / Versos sencillos. Ed. de Iván A. Schulman. Ed. Cátedra. Madrid, 2010. P. 17.

    [14] Véanse pp. 27-33 en DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013.

    [15] Ibídem, p. 52.

    [16] Recuérdese que la primera fase artística de Darío, la correspondiente a Prosas profanas, fue la más severamente criticada, frente a la más reflexiva representada por Cantos de vida y esperanza. Fuente: apuntes de clase de César Moya Casas, Literatura hispanoamericana I, Filología hispánica. UNED.

    [17] Hay que insistir en la presunta paradoja de la estética como forma de protesta. Hay un sentido mucho más profundo en esta poesía que lo que generalmente se cree: “Los que equivocadamente han visto en el arte modernista una modalidad preciosista, escapista, exótica, afrancesada y frívola, han identificado el Modernismo con Darío y su Azul… o Prosas profanas, pasando por alto, sin embargo, los profundos valores filosóficos de estas obras”. MARTÍ, JOSÉ, Ismaelillo / Versos libres / Versos sencillos. Ed. de Iván A. Schulman. Ed. Cátedra. Madrid, 2010. Pp. 23-24.

    [18] Los cisnes, poema dedicado a Juan Ramón Jiménez (vv. 27-34). DARÍO, RUBÉN, Azul… / Cantos de vida y esperanza. Ed. de Álvaro Salvador. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2010.

    [19] RICO, FRANCISCO (coord.), Historia y crítica de la literatura española. Vol. VI, tomo I, Modernismo y 98 (coord. por MAINER, JOSÉ CARLOS). Ed. Crítica, S. A. Barcelona, 1991. Pp. 168-171.

    [20] DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Ed. de Ricardo Llopesa. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013. P. 121.

    [22] Introduce la música en Grecia. DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Ed. de Ricardo Llopesa. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013. Nota a pie p. 55.

    [23] Hay confusión en la crítica actual en cuanto al significado del dios “Término”. Aunque hay interpretaciones justificables y acertadas, no se ha llegado a una clara y definitiva. Nadie sabe realmente qué simbolizaba “Término” para Rubén Darío (apuntes de César Moya Casas, Literatura hispanoamericana I, Filología hispánica, UNED).

    [24]Término. Antigua divinidad agraria encargada de velar por toda clase de lindes, tanto privadas como estatales. Se le representa simplemente por medio de una piedra piramidal o un tronco de árbol […]. Para explicar el hecho de que el santuario de Término, lo mismo que el de Juventa, estuviese enclavado dentro del templo que Júpiter Óptimo Máximo tenía en el Capitolio, se decía que ellas habían sido las únicas divinidades con culto allí que se habían negado a ceder su sitio al nuevo dios.”  FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 565.

    [25] Vv. 411-670 en el Libro VI de OVIDIO, Metamorfosis. Trad. de Antonio Martínez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2009. Según los traductores, el ave en que Filomela queda metamorfoseada es una abubilla. P. 214.

    [26] Después de sus doce trabajos, Heracles tuvo que servir como esclavo durante tres años. “[…] El héroe fue vendido por Hermes a Ónfale, reina de Lidia. Se decía que Heracles pasaba los días vestido de mujer, con pulseras y collares, cardando lana o hilando, y todo ello para complacer a su señora, que se había puesto, en cambio, la piel de león y llevaba consigo la clava y el arco. […] Ónfale quedó tan satisfecha de los servicios prestados por su esclavo que le concedió la libertad, devolviéndolo a su patria completamente curado y lleno de regalos”. FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 298.

    [27] Podría tratarse de los cuadros de Lucas y Hans Cranach (s. XVI). Véase artículo de RUIZ DE ELVIRA, ANTONIO.  Cuadernos de Filología Clásica. Estudios latinos, nº 14. UCM. Madrid, 1998.

    [28] DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Ed. de Ricardo Llopesa. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013. Nota a pie p. 59.

    [29] “…de cuyas ilustraciones pudo tomar formas y figuras, habida cuenta de que los poetas parnasianos vivían inmersos en un mundo de pintura, de música, de tipografía…” ARRIBAS, Mª LUISA, Vigencia de la mitología clásica en la poesía de Rubén Darío, de LÓPEZ FÉREZ, JOSÉ ANTONIO, Mitos clásicos en la literatura española e hispanoamericana del siglo XX. Ediciones Clásicas Madrid, 2009. P. 11.

    [30] Émile-René Ménard, pintor simbolista francés (1861-1930).

    [31] Hetaíra: Cortesana griega de elevada condición, prostituta.

    [32] “Son diosas menores bajo cuya advocación estaban todo tipo de fuentes, ríos y lagos. […] Todas ellas, hermosas y jóvenes, amantes de la música y la danza, dotadas de facultades proféticas y virtudes curativas, se nos muestran con frecuencia unidas a dioses y sátiros.” FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. Pp. 430-431.

    [33] “Simboliza Adonis el espíritu de la vegetación anual. El mito que le relaciona con Perséfone y Afrodita representa la semilla que permanece oculta en la tierra durante un tercio del año”. Ibídem, p. 15.

    [34] Arsène Houssaye, crítico simbolista francés (1815-1890), autor de Galerie de portrait du XVIIIe siècle (1847).

    [35] DARÍO, RUBÉN. Prosas profanas y otros poemas. Ed. de Ricardo Llopesa. Colección Clásica. Ed. Austral. Barcelona, 2013. Nota a pie p. 67.

    [36] Castalia: fuente consagrada a las musas. “Fuente de Delfos que lleva el nombre de una muchacha hija de Aqueloo que, perseguida por Apolo cerca de su templo, prefirió arrojarse a la fuente donde murió ahogada”. FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 127.

    [37] “De la relación de lo divino y lo humano nace la belleza perfecta: Helena”. Apuntes de César Moya Casas, UNED.

    [38] Reina de las Amazonas, hija de Ares y de Otrere, al igual que Hipólita. Muerta por Aquiles en la guerra de Troya. Véase FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 485.

    [39] Cabalística: aquí significa ‘misterioso o enigmático’. Cábala es la conocida disciplina o escuela de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo.

    [40] “Hija de Equidna y Tifón u Ortro, es la Esfinge un monstruo con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave rapaz. Su leyenda está íntimamente ligada al ciclo tebano y, concretamente, a la figura de Edipo.” FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P 219.

    [41] Ibídem, pp. 187-189.

    [42] SPANG, KURT. Géneros literarios. Ed. Síntesis. Madrid, 2011. P. 54.

    [43] Epíteto del dios Apolo, de etimología desconocida por más que se haya querido rastrear en él el significado de brillante, resplandeciente. FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 241.

    [44] Helena: hija de Zeus y de Leda; de belleza extraordinaria. No es extraño que sea la primera en el poema.

    [45] Nombre que recibía la reina de Saba.

    [46] Ifigenia, Electra, Catalina: se trata de Ifigenia (hija de Agamenón, a la que quiso sacrificar Diana), Electra (hermana de Ifigenia, que vengó la muerte de su padre) y la mártir santa Catalina de Alejandría.

    [47] Ite Missa Est, significa ‘es la despedida’, literalmente Id en misión evangelizadora, que es la fórmula final con la que se despide a la asamblea después del culto de la misa católica en latín.

    [48] Eloísa (1101-1164), dama francesa, famosa por su amor por Abelardo (o Abailard, Pedro, 1079-1142), filósofo y teólogo, que fue su maestro y se casó secretamente con ella, tras lo cual huyeron a Bretaña. Su epistolario con Eloísa sirvió de base a la leyenda romántica sobre su vida, que él mismo relata en Historia calamitatum. PÉREZ, ALICIA (Coord.), La Enciclopedia. Ed. Salvat Editores, S. A., Madrid, 2003. P. 18.

    [49] ARRIBAS, Mª LUISA, Vigencia de la mitología clásica en la poesía de Rubén Darío, en LÓPEZ FÉREZ, JOSÉ ANTONIO, Mitos clásicos en la literatura española e hispanoamericana del siglo XX. Ediciones Clásicas Madrid, 2009. P. 10.

    [50] “Si atendemos a Marasso […] el poeta tuvo en cuenta, en primer lugar, la obra ovidiana, de la que extrajo directamente, entre otros datos, los nombres de los centauros, y después, la Mythologie dans l’art ancien et moderne de René Ménard”, ibídem, p. 11.

    [51] Ver libro XII de las Metamorfosis.

    [52] Quirón y Folo, a diferencia de los demás centauros, no son hijos de Ixión y Néfele. FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. P. 436.

    [53] Véase §25.

    [54] FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. Pp. 590-591.

    [55] Ibídem, p. 444.

    [56] Ibídem, p. 69.

    [57] Ibídem, p. 252.

    [58] Ibídem, p. 351.

    [59] Se equivoca Ricardo Llopesa en la nota a pie de Prosas profanas (p. 97) al confundir al centauro Éurito con el Éurito rey de Ecalia y padre de Iola o Yole, relacionado con la leyenda de Heracles.

    [60] Nota a pie en la ed. de R. Llopesa, p. 106.

    [61] En la mitología griega, el ícor (en griego ἰχώρ ikhốr) era el mineral presente en la sangre de los dioses, o la propia sangre. Esta sustancia mítica, de la que se decía a veces que también estaba presente en la ambrosía o el néctar que los dioses comían en sus banquetes, era lo que los hacía inmortales. En apariencia dorado, cuando un dios era herido y sangraba, el ícor era venenoso para los mortales, matando inmediatamente a todos los que entraban en contacto con la sangre de un inmortal. Homero describe en la Ilíada (vv. 339–342) de la siguiente manera el momento en el que Afrodita fue herida por Diomedes: “Brotó la sangre divina, o por mejor decir, /el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados dioses, / pues no comen pan ni beben vino negro, / y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales”.

    Definición actual del DRAE: –. (Del gr. ἰχώρ). 1. m. Med. En la antigua cirugía, líquido seroso que rezuman ciertas úlceras malignas, sin hallarse en él los elementos del pus y principalmente sus glóbulos.

    [62] POE, EDGAR ALLAN, Cuentos. Ed. de Julio Cortázar. Alianza Editorial. Madrid, 2001. Ligeia, pp. 161-171.

    [63] Nota a pie en la ed. de R. Llopesa, p. 131.

    [64] FALCÓN MARTÍNEZ, CONSTANTINO, FERNÁNDEZ-GALIANO, EMILIO y LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Diccionario de mitología clásica (2 vols.). Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1999. Pp. 233-234.

    [65] Seud. de Anatole-François Thibault (1844-1924). Escritor francés. Sus inicios literarios parten del Parnasianismo (Poèmes dorés, 1873), aunque el éxito lo alcanzó con la novela Le crime de Sylvestre Bonnard (1881) […]. Crítico literario del periódico Le Temps […]. En 1896 ingresó en la Académie Française. […] En 1921 fue galardonado con el premio Nobel de Literatura. Sus principales características fueron la sujeción del relato a los símbolos ideológicos, el cuidado formal y la ironía y sutileza intelectuales. PÉREZ, ALICIA (Coord.), La Enciclopedia. Ed. Salvat Editores, S. A., Madrid, 2003. P. 6365.

    [66] Nota al pie de la edición de R. Llopesa, p. 165.

    [67] En la teoría literaria, aquí tendría sentido un análisis relacionado con la recepción. Jauss proponía la existencia de un “horizonte de expectativas” en el lector, por su conocimiento de la tradición del género, y una “distancia estética” a ese horizonte, que es realmente la originalidad y la medida de lo artístico de la obra. El impacto de las formas y metros clásicos de Darío con toda esa carga original modernista le otorgaría un enorme carácter artístico.

    Otro crítico relacionado con la recepción es W. Iser, que dice que en la obra literaria hay dos polos: el artístico, referido al texto creado por el autor; y el estético, que tiene que ver con la concretización llevada a cabo por el lector. La obra se sitúa a medio camino de ambos: lector y autor participan en un juego de la imaginación. Darío, con todas las imágenes mitológicas, exóticas, lanza al lector a la acción. DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, JOSÉ. Teoría de la literatura. Ed. Centro de estudios Ramón Areces. Madrid, 2009. Pp. 384-391.