A finales de noviembre, me llegó la noticia de que, en los Encuentros Literarios de Burgos, un acontecimiento que merece la pena conocer, el escritor César Ibáñez París intervendría en la Sala Polisón, del Teatro Principal, el día 9 de diciembre, con su obra La venus de las matrioskas. A partir de tal información, me vino a la memoria todo un río de recuerdos, tanto personales como literarios, de este autor, tan prolífico como interesante. Estos encuentros de Burgos abarcan medio año, nada más y nada menos, con heterogeneidad de actividades, que van desde la feria del libro a tales intervenciones, en las que participan autores como Juan Manuel de Prada, Jorge Freire, Llamazares o el autor del que ahora hablamos. 

La novela de cartel de Ibáñez París fue publicada en el año 2020 y, por varias razones, entre otras por su riqueza intertextual, fue galardonada, ese mismo año, con el XXX Premio Santa Isabel de Narrativa, que otorga la Diputación de Zaragoza. El jurado justificó tal distinción, entre todas las novelas presentadas, por «su ritmo, intriga, fluidez y calidad», a lo que añadía, “el gran sentido del humor y la habilidad con la que se plantea la historia, donde cada personaje tiene una identidad propia”. Merecido premio, sin duda. Pero la producción literaria de César Ibáñez va mucho más allá de esta obra que nos ha servido de acicate para hablar del autor. 

Nació en Zaragoza, en el año 1963 y se licenció en esta milenaria ciudad en  Filología Hispánica. Desde 1990, vive en Soria, donde se ha dedicado a la enseñanza, como profesor de instituto y desarrolla una importante labor intelectual. Su obra literaria es prolífica, plural y variada, en la que ha entreverado con maestría lírica y narrativa, sin desatender el ensayo. De lectura obligatoria son poemarios suyos como  La máscara blanca, Intemperies, Cántaro y otros límites, Églogas invernales, La ruta de la sed o Savia y vuelo, entre otros. En sus títulos novelísticos, baste nombrar obras como Los frutos caídos, La cueva de los diez acertijos, Donde viven los muertos o la de nuestro motivo, La venus de las matrioskas. Obra narrativa en general que ha merecido varios premios como el Juana Santacruz del Ateneo Español de México, el Avelino Hernández o el ya comentado de la Diputación zaragozana.

Las herramientas de César Ibáñez París están bien definidas y afiladas, tanto para su cultivo de la poesía como de la narrativa, sea novela o cuento. César conoce bien la lengua, como medio y como fin. Se ha pasado su vida dedicado a ella, sembrando la parcela con los alumnos y puliéndola mejor en la escritura, desde muy pronto. Y, además de la lengua, las estrategias que definen el hecho literario. Por eso, ha sido compensado en varias ocasiones  con diferentes premios, como se dice más arriba. Lean, y comprueben, si no, lo que digo en la novela que nos ha impelido a escribir este texto, La venus de las matrioskas, donde el entramado y el ritmo narrativo no tienen nada que envidiar. Pero también lo pueden hacer con cualquiera otra o con uno de sus poemarios.
En todo autor, hay obras o poemas sueltos que no solo se leen muchas veces, por las razones que sean. Es que también los habitamos, cuando el lector los hace suyos. La palabra tiene historia y no solo es instrumento frío y objetivo para la relación diaria prosaica. Tiene historia compartida que nos define. Y, al redactar esto, me vino a la memoria aquello que decía Aldous Huxley sobre las palabras: que pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente. Pasan a través de todo. Permítanme que añada que, bien saboreadas, las de nuestro autor traspasan la piel del lector. Por eso, me parece una oportunidad, desde Barcelona, destacar uno de sus poemas ejemplares, que Ibáñez París arma, que diría un argentino, a partir de los préstamos que ha recibido el castellano a lo largo de los siglos, como todas las lenguas los reciben. Su abertura expositiva queda explícita:

Cuando digo ojalá, estoy hablando en árabe;

cuando digo mesías, en hebreo.

Cuando llamo a Sofía o llamo a Irene, 

en griego estoy nombrando.

Si escribo violonchelo

es la lengua de Italia la que escribo,

y si escribo parterre, la de Francia.

Al decir chocolate, canoa, colibrí,

un continente nuevo

nace  de las palabras o semillas.

Si digo capicúa, lo pienso en catalán;

si morriña, en gallego;

si chacolí, en vasco.

Cuando el vagón avanza por el túnel,

me rodea el inglés.

y hasta puedo dictar una palabra 

en el idioma de los indonesios:

tabú. ¡Propicia Torre de Babel!

Si hablando en mi español

en todas las lenguas

digo lo que deseo y me disgusta,

es porque el mundo entero es mi lugar

y todos los hablantes, compañeros.

No es un sueño sublime,

es un hecho. Negarlo

es negar que la luz nos ilumina.

Quien usa las palabras como armas

es un traidor. Merece 

un mundo de gruñidos y bullanga

y chirridos y truenos y estertores.

Merece un mundo sin significados.

Abran las páginas de sus libros (prosa o verso) y compartan lo que han sentido: atmósfera nebulosa, cielo clareado, sonrisa, ironía, inquietud, misterio, intriga, camino lineal, bifurcaciones… La Literatura está para definir todas las situaciones humanas, a través del verso o del renglón lineal narrativo, de margen izquierdo al derecho. La poesía, con frecuencia, va más allá de la lírica y se convierte en principio léxico instrumental, mediante el que el poeta lanza toda una declaración porque las lenguas nos definen y, a veces, nos atrapan y delimitan. Desde ahí, nos habla con su verso y bien que lo sabe hacer César: “Menudea el lenguaje,/ da un vuelo hasta los ojos o el oído/ y siembra el pensamiento/… Somos lo que decimos y nos dicen,/ las voces y las páginas./ Procura que te hablen/ los que tienen raíz,/ los que conducen savia,/ y procura tú hablar también desde la tierra”. Así lo leemos en uno de sus poemas, el titulado “La semilla”. Sembrado queda en su vasta y plural cosecha literaria, bien estercolada. César Ibáñez París, con su obra plural y abierta.