reseña

  • Han cantado bingo de Lana Corujo

    Han cantado bingo de Lana Corujo

    Empecemos desentrañando de qué va Han cantado bingo de Lana Corujo. La historia se desarrolla en las Islas Canarias durante los noventa y pico años que vive la protagonista. Desde su niñez, hasta la vida adulta y madura nos va dando pinceladas de su vida, retazos de sus traumas y nos revela poco a poco un misterio que tiene en vilo a toda su familia. El telón de fondo es «el Ahorcado», un volcán que la observa y la persigue, del cual ella intenta huir, pese a sentirse observada en cada movimiento que hace.

    ¿Es esta una historia original y novedosa tal y como rezan muchísimas opiniones de bookstagram? No. Negativo. Ni siquiera se acerca a nada novedoso, a mi parecer. Empiezo mencionando que la autora es «escritora e ilustradora» según Google. Esto ya debió de ser un signo de alerta para mí. No es la primera ilustradora que leo que intenta escribir y, en mi opinión, no atina. Pero esto solo son prejuicios míos.

    Centrémonos en el porqué de mi pésima nota a esta novela de apenas 184 páginas. Voy a ir punto por punto desgranando mi más sincera opinión en cuanto a todo lo destacado en los comentarios positivos que he leído de ella.

    En primer lugar, quisiera destacar la poca profundidad en varios niveles: personajes que no evolucionan. Teniendo en cuenta que la historia tiene retazos desde los 2 años hasta los 90 de la protagonista, esta no evoluciona. No supera nada, no deja ir el trauma, simplemente sigue en sus trece durante todos sus 90 años de vida. Además, solamente conocemos la visión de la protagonista. No conocemos la de nadie de su familia más que por algunos diálogos sueltos, lo cual hace que los personajes se diluyan en toda la novela y solo quede la protagonista, dando vueltas (por cierto) al mismo tema una y otra vez.

    En segundo lugar, muchos lectores destacan su «lenguaje poético». No sé muy bien si es que la gente no ha leído mucha poesía o no distingue el lenguaje poético del simple uso de adjetivos, pero la falta de alguna figura retórica es muy patente. Incluyo aquí otro punto destacable en el uso del lenguaje que es la sencillez de este: frases cortas y simples a lo largo de páginas y páginas de la novela. Este tipo de lenguaje se utiliza para agilizar, dar velocidad al texto que, si lo juntamos con el poco desarrollo de los personajes, nos ofrece una novela fragmentada e inmediata. Parece hecha para el público de las redes sociales, que solo es capaz de prestar atención durante 10 segundos seguidos. Los capítulos son de máximo dos páginas. ¿No nos da esto una idea de la vertiginosa velocidad que requiere esta novela? No hace falta procesar nada, no pasa más que un evento durante toda la novela en torno al cual esta da vueltas y vueltas y divaga y sigue pensando a sus 30, a sus 40 y a sus 90 años la protagonista. ¿De verdad es esta novela el gran fenómeno del año? Permítanme dudarlo.

    Pasemos al siguiente punto: las «inspiraciones» o, según yo, plagios de otros libros. 

    ¡Aviso de spoiler!

    – Carcoma de Leyla Martínez: he establecido el paralelismo de la casa en Carcoma y el volcán en Han cantado bingo. En ambas, pretende crear un ambiente de terror psicológico y actúa como ente monstruoso que persigue, engulle y acecha a las protagonistas. Pero mientras en Carcoma se hace de manera magistral, Corujo no llega a crear el ambiente idóneo para que el elemento sobrenatural tenga suficiente fuerza para darnos mal rollo. Es un quiero y no puedo. Queda diluido entre diálogos absurdos que no aportan nada a la trama y cavilaciones de la protagonista. Alguien mencionaba el realismo mágico… Para que haya realismo, tiene que haber descripción y esta novela carece de una descripción elaborada para poder ofrecer al lector la sensación de no entender si es real o no lo que está leyendo. Todo un chasco.

    – La casa al final de Needless Street de Catriona Ward. De aquí se inspira en la discusión de ambas hermanas. En ambos libros, la mayor está harta de que le encasqueten siempre a la pequeña y discutan, le digan algo feo y la pequeña se vaya corriendo. Después de reflexionar, la mayor va a buscarla y se da cuenta de que ha pasado algo terrible, lo que hace que viva atormentada por la culpa toda su vida. Además, en  La casa al final de Needless Street la hermana hace algo con ese trauma, intenta buscar respuestas, investiga, toma las riendas de la situación, en cambio, en Han cantado bingo, pese a estar atormentada (supuestamente) la hermana mayor no hace absolutamente nada relativo para desentrañar el misterio. Simplemente lo recuerda a lo largo de sus 90 años, se lamenta y sigue con su vida. ¿Es esto creíble? Eso que lo responda cada uno.

    – En el lado salvaje de Tiffany McDaniel. Esta es la «inspiración» más descarada: padres negligentes adictos a alguna sustancia (unos al alcohol y los otros a las drogas), una abuela que intenta paliar el trauma de las dos hermanas, hacerles la vida más llevadera. Abuela como salvadora. Volvemos a las dos hermanas. A una le pasa algo terrible y la mayor se culpa toda su vida, traumatizada, sentimientos de inferioridad, búsqueda de algo, vacío. De hecho, En el lado salvaje está mucho más desarrollado y la historia tiene pies y cabeza. Aquí no. Aquí no desarrolla nada, rellena páginas de diálogos absurdos que no aportan absolutamente nada a la trama. Para una muestra de ejemplo: 

    Sí, esto es todo un capítulo que no dice absolutamente nada que no haya dicho tropecientas veces antes. Apreciamos aquí también otro de los puntos que la gente alaba: la forma de escribir. El hecho de que cada personaje tenga una tipografía (subrayado, negrita, paréntesis, cursiva…) distinta no es ninguna novedad en literatura, pues ya a principios del s.XX surgió la corriente futurista que precisamente hacía esto en poesía. 

    Cada capítulo está acompañado de un número que representa la edad de la protagonista cuando ocurre lo que se cuenta en él. Quizás esto sea algo más novedoso, pero tampoco le veo nada que aplaudir a esto, la verdad.

    ¡Fin del spoiler!

    Por último, y esto es una sensación personal que pongo entre comillas, me pareció que el dibujo del volcán con ojos era una imitación burda del sombrero del Principito. Hay muchísimos estilos de dibujo y todos los lectores sabemos de este dibujo en particular. No pude evitar pensar en él cuando lo encontré en esta novelita.
    Ahora les toca a ustedes juzgar el libro. ¿Qué les ha parecido?

  • Donde la sed: La escritura como territorio del duelo (Sarai Delgado)

    Donde la sed: La escritura como territorio del duelo (Sarai Delgado)

    Hay libros que se leen y libros que se atraviesan. Donde la sed, de Sarai Delgado Montoro, pertenece a esta segunda categoría. No es un poemario concebido para ofrecer respuestas ni para construir un discurso sobre la muerte. Es un viaje hacia uno de los territorios más difíciles de habitar: el de la ausencia. Un libro donde la palabra intenta acercarse a aquello que, por naturaleza, parece resistirse a ser nombrado.

    Desde las primeras páginas comprendemos que la escritura ocupa un lugar esencial para la autora. El prólogo funciona como una auténtica poética personal. Escribir no aparece como un ejercicio intelectual, sino como una forma de escucha. La incorporación de las reflexiones de Ada Salas resulta especialmente pertinente, pues ilumina el modo en que este libro ha sido concebido: la poesía nace primero como intuición y solo después encuentra las palabras capaces de sostenerla.

    La autora afirma que escribir es dialogar con uno mismo. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura descubrimos que ese diálogo termina convirtiéndose también en conversación con quienes han conocido la pérdida. El dolor individual se transforma en una experiencia compartida. Esa es una de las mayores virtudes del libro: nunca cae en la confesión sentimental. Lo autobiográfico se abre hasta convertirse en un espacio donde cualquier lector puede reconocerse.

    El propio título constituye una poderosa metáfora. Donde la sed no designa un lugar físico, sino un estado del alma. La sed representa el deseo de aquello que ya no puede recuperarse, la memoria que persiste y el vacío que acompaña al duelo. Toda la obra gira alrededor de esa imagen inicial, que va ampliando sus significados conforme avanzan los poemas.

    La estructura responde a un recorrido emocional muy coherente. La propia autora habla de tres momentos: la aparición del espacio, el final de la vida y el tránsito hacia la muerte. Esa organización apenas necesita explicarse, porque el lector la percibe de manera intuitiva. Cada poema constituye un paso más en un mismo itinerario interior.

    Uno de los rasgos más destacados de Donde la sed es su apuesta por la condensación. Sarai Delgado escribe desde la depuración del lenguaje. Sus poemas son breves, contenidos y construidos sobre la sugerencia más que sobre la explicación. No pretende describir el dolor, sino rodearlo mediante imágenes capaces de hacerlo visible sin agotarlo.

    Las preguntas aparecen una y otra vez: «¿Cuándo se desaparece?», «¿Tiene olor el final?», «¿Quién lo elige?». No buscan una respuesta racional. Expresan la incertidumbre propia del duelo y recuerdan que la poesía no existe para resolver el misterio, sino para acompañarlo.

    El universo simbólico constituye otro de los grandes aciertos del libro. Agua, sed, río, lluvia, semillas, árboles, viento, tierra, oscuridad o golondrinas forman una red de imágenes de gran coherencia. La naturaleza nunca actúa como un simple escenario. Se convierte en el lenguaje con el que la autora expresa aquello que las palabras no alcanzan a decir de manera directa.

    Especialmente significativa es la presencia del agua. El río evoca el tránsito, la lluvia limpia sin borrar la memoria y la sed representa esa falta que permanece incluso cuando el tiempo parece haber cumplido su tarea. Son símbolos que dialogan entre sí y sostienen la unidad del poemario.

    Algunos versos alcanzan una notable intensidad mediante imágenes de gran fuerza evocadora. «Tengo un enjambre de abejas en los ojos» convierte el sufrimiento en una experiencia física. «Hay un coágulo en mi pecho y una semilla que no florecerá» resume en muy pocas palabras la fractura que deja la pérdida. Son imágenes que permanecen en la memoria del lector mucho después de cerrar el libro.

    También merece destacarse el papel del silencio. No aparece como una simple ausencia de sonido, sino como el lugar donde la palabra adquiere profundidad. El poema surge precisamente de esa tensión entre lo que puede decirse y aquello que siempre permanece fuera del lenguaje.

    En algunos momentos pueden percibirse afinidades con poetas como Ada Salas, Chantal Maillard o José Ángel Valente. No se trata de imitaciones, sino de una misma voluntad de acercarse al misterio desde la desnudez expresiva. Sin embargo, Sarai Delgado posee una voz propia, reconocible por la importancia de la naturaleza y por una sensibilidad capaz de transformar los elementos cotidianos en símbolos del duelo.

    Como toda primera obra, el libro deja entrever posibilidades de desarrollo. En ocasiones, la extrema condensación hace que algunos poemas concluyan cuando el lector desearía permanecer un poco más en ellos. Esa impresión no disminuye el valor del conjunto; al contrario, pone de manifiesto la existencia de una voz con un imaginario sólido y con un amplio margen de crecimiento.

    El cierre del poemario resulta especialmente significativo. Tras atravesar la oscuridad, la autora no propone una superación del dolor, sino una forma distinta de convivir con él. La ausencia permanece, pero también permanece el amor. Esa esperanza nunca aparece formulada de manera enfática; surge como una luz discreta que acompaña al lector hasta la última página.

    Donde la sed es un libro escrito desde la verdad emocional. No busca impresionar mediante artificios formales ni convertir el sufrimiento en espectáculo. Su fuerza reside en la honestidad, en la coherencia de su universo simbólico y en la capacidad de convertir la experiencia íntima en una emoción compartida.

    Con este primer poemario, Sarai Delgado Montoro demuestra poseer una voz auténtica y una notable intuición poética. Su escritura invita al silencio, a la contemplación y a la escucha. Y nos recuerda que, aunque la poesía no pueda vencer a la muerte, sí puede ofrecernos un lugar donde el dolor encuentre finalmente un nombre.

  • Poesías de sangre, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Poesías de sangre, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Presidente de Acte Canarias desde enero de 2026. Asociación de la que fue el Tesorero desde febrero de 2024.

    Coordinador de la Tertulia Escribamos en La Laguna. Conductor del programa de Acte Canarias «Letras que hablan», en Onda Aguere-Radio Geneto.

    Miguel Ángel Díaz Hernández, nació en 1952, en Icod de los Vinos, Tenerife.

    Forjó su futuro simultaneando sus estudios con el trabajo, realizando su carrera universitaria como psicólogo en la Universidad de la Laguna.

    Lange es el nombre con el que comienza a escribir desde muy joven y que mantiene a lo largo de su vida literaria, sin embargo, en el mundo social y profesional es más conocido como Miguel Díaz.

    Muchos poemas sociales y de denuncia fueron escritos por él en los años difíciles de la dictadura, formando parte de periódicos clandestinos. También publicó en la desaparecida Tarde, periódico vespertino más importante de Tenerife durante décadas, vieron la luz algunos de sus versos. Otros poemas, más intimistas, filosóficos o religiosos, formaron parte de obras de teatro y montajes poéticos en su pueblo, o en las diferentes organizaciones en las que militó durante muchos años.

    Lange Aguiar, como escritor, evoluciona, dejando atrás su silencio de años y ahora nos ofrece unos poemas libres rompiendo toda norma y estructura. Sus últimos poemarios «Ser de luz, hijo de la tierra» y «Retazos del ser» son una expresión máxima de este sentir.

    En 2024 publica con la Editorial Fuerte letra, y dentro de la Colección Teide, su novela «Leugim».

    En 2024 le fue concedido el Premio Pablo Neruda del instituto panamericano de las letras, el premio Mundial Smart Lion Gold a la excelencia literaria de de Ecuador

    En 2025 publica dos libros dentro de la Colección Anaga, en su Biblioteca personal «Letreando»: Poesías de sangre y Susúrrame cuentos mágicos.

    CENTELLEANTES, PERSISTENTES 

    FURIOSAMENTE 

    MARTILLEAN 

    LOS GOLPES, 

    MALOLIENTES POR VIEJOS, 

    EN MI CEREBRO… 

    Así empieza, en 1972, el libro que presentamos hoy. Un poemario que recopila los poemas que Lange escribió en su adolescencia: Poesías de sangre (Poemas de antaño). 

    Tienen la rabia y la frescura de los años setenta. El autor ha querido mantener, sin cambios, el estilo que tenía en aquella época. Los retoques de hoy no representarían lo que el Lange adolescente quería transmitir con su poesía. 

    En el año 1973, su poesía pasó a ser algo más optimista ¡SIENTO LA VIDA CADA VEZ CON MÁS FUERZA! ¡SIENTO LA MUERTE CADA VEZ MÁS LEJOS! 

    Poesías de sangre es una colección de poemas escritos entre Icod de los Vinos, La Laguna y Madrid entre los años 1972 y 1976. Una época convulsa y comprometida. En el libro leemos poemas que reflejan emociones profundas, intentan averiguar el sentido de la vida, la espiritualidad perdida, … 

    En el año 1974, tiene necesidad de correr: MI VIDA CORRE DEPRISA BUSCANDO UN REFUGIO, BUSCANDO UN VENENO… VENENO DE AMOR, REFUGIO DE ENCUENTROS… 

    Poesía de un joven de 20 años que se está construyendo a sí mismo. Un viaje que nos hace retroceder 50 años en el tiempo y nos ubica en una realidad social, política, económica y religiosa durante el franquismo. 

    En el año 1975 tiene una crisis religiosa: LA FE ¿QUÉ ES? DIME:¿TENGO YO FE? 

    Quizás, no lo sé, fruto de ese esfuerzo por sobrevivir y entender la vida desde la pobreza y la dureza del trabajo y el estudio diarios. 

    El poemario acaba en 1976 con un poema que define al Lange de ahora y que, de paso, sirve para felicitarnos la Navidad: ORACIÓN DE AMOR. 

    La portada es una imagen del propio autor, pero modernizada por su hijo, Yrichen Bencomo. 

  • Versos contra el silencio: una lectura desde dentro

    Versos contra el silencio: una lectura desde dentro

    Antes de comenzar estas líneas, considero necesario aclarar desde qué lugar están escritas. He coordinado y editado esta antología y también participo en ella como autor. Soy consciente de que esta circunstancia impide la distancia crítica que podría aportar un lector completamente ajeno al proyecto. Probablemente no sea la persona más indicada para emitir un juicio definitivo sobre el valor literario del libro. Sin embargo, sí puedo ofrecer una mirada cercana a su proceso de gestación, a las voces que lo integran y a las intenciones que le dieron forma.

    Por ello, estas páginas no pretenden ser una crítica académica ni una valoración objetiva en sentido estricto. Son la reflexión de alguien que ha acompañado esta obra desde su nacimiento y que ha tenido la oportunidad de leerla y releerla durante meses, observando cómo se iba construyendo un espacio común entre autores muy distintos.

    Versos contra el silencio reúne a treinta y cinco escritores procedentes de diferentes lugares, generaciones y trayectorias vitales. Algunos cuentan con una amplia obra publicada y una presencia consolidada en el ámbito literario; otros se acercan a la escritura desde espacios más personales o comunitarios. Esta diversidad constituye una de las características esenciales del volumen.

    La antología no responde a una escuela poética determinada ni pretende ofrecer una muestra representativa de las tendencias actuales de la poesía en lengua española y catalana. Su propósito es más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: reunir voces distintas en torno a la palabra poética como forma de expresión, comunicación y compromiso humano.

    Uno de los aspectos que llaman la atención al recorrer sus páginas es la amplitud temática. El amor ocupa un lugar destacado, como ha sucedido tradicionalmente en la poesía de todos los tiempos. Aparece bajo múltiples formas: amor apasionado, amor ausente, amor maduro, amor recordado o amor convertido en refugio frente a la fragilidad de la existencia.

    Junto a él encontramos otros temas recurrentes: la memoria, la identidad, el paso del tiempo, la naturaleza, la amistad, la pérdida, la enfermedad, la esperanza o la búsqueda espiritual. Muchos poemas nacen de experiencias íntimas, pero logran trascender lo individual para dialogar con preocupaciones compartidas por cualquier lector.

    Especialmente significativa resulta la presencia de textos que miran más allá de la experiencia personal para abordar cuestiones sociales y humanas. La guerra, la migración, la exclusión, la soledad o la necesidad de convivencia aparecen en diversos momentos del libro, recordando que la poesía puede ser también una forma de atención hacia aquello que sucede fuera de nosotros.

    Otro elemento relevante es la convivencia natural entre castellano y catalán. Ambas lenguas comparten espacio sin jerarquías ni divisiones, reflejando una realidad cultural que forma parte de la vida cotidiana de muchos de los participantes. Esta pluralidad lingüística aporta matices distintos y enriquece el conjunto sin romper su unidad.

    La heterogeneidad es, probablemente, una de las principales fortalezas y también uno de los desafíos de la obra. El lector encontrará estilos muy diversos: desde poemas de corte más tradicional hasta propuestas más simbólicas o experimentales; desde voces que privilegian la emoción directa hasta otras que buscan una elaboración formal más compleja.

    Como ocurre en toda antología colectiva amplia, no todos los textos responden a una misma concepción de la poesía ni persiguen idénticos objetivos estéticos. Algunos lectores podrían considerar esta diversidad una limitación. Otros encontrarán precisamente en ella uno de los mayores atractivos del libro. En cualquier caso, constituye una de sus señas de identidad más evidentes.

    Una de las particularidades de Versos contra el silencio es la inclusión de una segunda parte titulada Una mirada que acompaña. En ella se ofrece una breve aproximación a cada uno de los poemas incluidos en la antología. No se trata de establecer interpretaciones definitivas ni de explicar los textos, sino de proponer posibles puertas de entrada para el lector.

    La intención de este apartado ha sido acompañar, no dirigir; sugerir, no imponer. Cada poema conserva su autonomía y su capacidad para generar lecturas diferentes. Los comentarios aspiran únicamente a señalar algunas imágenes, emociones o temas que pueden ayudar a profundizar en la experiencia de lectura.

    La tercera sección, dedicada a las biografías de los autores, completa el carácter coral del proyecto. Más allá de los poemas, permite descubrir las trayectorias humanas que los sostienen. Profesores, filólogos, abogados, cocineros, gestores culturales, empresarios, investigadores, jubilados o profesionales de ámbitos muy diversos encuentran en estas páginas un lugar común desde el que compartir su mirada del mundo.

    Quizá uno de los aspectos más valiosos de esta experiencia haya sido comprobar que la poesía sigue siendo capaz de crear comunidad. En un tiempo marcado por la fragmentación y la velocidad, la escritura continúa ofreciendo espacios donde escuchar y ser escuchado. Este libro nació precisamente de esa voluntad de encuentro.

    Pero esta comunidad no termina en quienes escriben ni en quienes leen. Versos contra el silencio incorpora desde su origen una dimensión solidaria que forma parte de su identidad. Todos los beneficios obtenidos con la venta de la antología se destinan a Fundació Arrels, entidad que acompaña a personas que viven o han vivido en situación de sinhogarismo, ofreciéndoles apoyo, atención y oportunidades para reconstruir su proyecto de vida.

    Esta finalidad convierte el libro en algo más que una publicación literaria. Cada ejemplar adquirido representa también una forma de colaboración con quienes afrontan situaciones de especial vulnerabilidad. La poesía, que tantas veces ha dado voz al dolor, encuentra aquí una manera concreta de aliviarlo.

    No corresponde al coordinador determinar la relevancia literaria de la obra ni establecer el lugar que pueda ocupar dentro del panorama poético actual. Esa tarea pertenece a los lectores y, si llega el caso, a la crítica especializada. Lo que sí puede afirmarse es que Versos contra el silencio constituye el resultado de un esfuerzo colectivo realizado desde la generosidad, el respeto mutuo y el deseo compartido de convertir la palabra en un puente entre personas.

    El título de la antología resume bien su propósito. Frente a los distintos silencios que atraviesan nuestra sociedad —la indiferencia, la soledad, la injusticia o la incomunicación—, los autores reunidos en este volumen han optado por responder con aquello que mejor conocen: la palabra poética.

    Cada poema lo hace a su manera. Cada voz aporta su propio tono, su propia experiencia y su propia forma de mirar. Juntas conforman un mosaico necesariamente diverso, imperfecto y plural, pero precisamente por ello profundamente humano.

    Si, además, esos versos contribuyen a mejorar la vida de quienes más lo necesitan, la poesía demuestra que puede trascender el papel y convertirse también en un acto de solidaridad. Quizá esa sea, en última instancia, la mejor forma de romper el silencio.

    • Este libro se puede adquirir aquí. Los beneficios obtenidos se destinarán íntegramente a la ONG que trabaja con las personas que viven en la calle: Arrels
  •  A LAS PUERTAS DEL HUESO, de Natalia Darias

     A LAS PUERTAS DEL HUESO, de Natalia Darias

    Adentrarse en A las puertas del hueso no invita a una lectura pasiva; se trata más bien de un ejercicio de exposición. Natalia se sacude todas las capas para mostrarse sin defensas y eso, a los ojos del lector, lleva aun efecto espejo. Los versos, tan directos, crean en el alma del lector una sacudida emocional, de manera que se encuentra frente a frente con sus propias heridas. Desde la primera página una se da cuenta que no estamos frente a algo puramente retórico, sino ante una voz de autenticidad radical que no tiene miedo de mostrarse vulnerable y hace que, a su vez, el lector se sienta del mismo modo. 

    A rasgos generales, podríamos decir que el poemario destaca por su madurez en la gestión del dolor y la identidad, huyendo de artificios y ornamentación innecesaria, centrándose en lo que es más esencial. De aquí que el título no sea algo banal, sino que puede considerarse una muestra de lo que vendrá a continuación: el hueso representa aquello que queda cuando sacas todo lo demás: la piel, las apariencias, la carne… Natalia ya nos avisa que estamos frente a un poemario crudo y desnudo.

    Nos damos cuenta, a medida que avanzamos por el poemario, que el cuerpo no es solamente un “envase” para los huesos, sino que es un lugar donde ocurren cosas. Sufre dolor, sufre deseo, sufre ausencias y se hiere. Ahondando, a su vez, en una fragilidad que nace, en cierto modo, de la constante dualidad entre lo que hace daño y el querer o intentar mantenerse en pie. 

    Es un poemario muy intenso, pues a pesar de ser breve, tiene una inmensa carga emocional, todo verso se convierte en esencial. Ese estilo tan particular dota la poesía de Natalia de una autenticidad única, su voz suena desnuda y pura, sin filtros, sin pretensiones. Esto es lo que soy, esto es lo que siento.

    Vacía, ausente.

    Un conato,

    un ensayo de vida estéril.

    Me pierdo entre lo inexistente.

    Abandono la verticalidad

    y muto a la forma difusa

    de mi no consciencia.

    Un espacio vacío

    donde ni mi saliva me reclama.

    -Fragmento del poema Lista de Espera 

    A menudo ocurre que la poesía quiere fascinar con belleza y hermosas palabras, pero Natalia lo que hace es huir de florituras, mostrar su espacio más privado, “sus huesos”, y muestra sin tapujos lo que siente. Nos abre su cuerpo hasta llegar a lo más hondo, y muestra ahí la tristeza, el dolor o incluso la resistencia en su lado más crudo. Podríamos decir que Natalia no escribe desde una comodidad contemplativa, sino que se implica con todo su ser, hace un ejercicio de despojarse de todo lo innecesario y nos muestra su esqueleto emocional. Muestra aquellas emociones que, por norma general, solemos guardamos para nosotros mismos y nuestra propia intimidad, tales como el dolor, o la fragilidad, o la lucha con la ausencia.

    De esta forma, el poemario se convierte en una experiencia compartida con el lector: la autora nos invita, a través de sus emociones y sentimientos, a dejar de lado todas las apariencias, nos arrastra a descubrir la parte más íntima, humana y elemental de nosotros mismos.

    En mi opinión, el poemario de Natalia se me aparece como un canto a la resistencia y la supervivencia emocional. A pesar de todo el dolor, de las pérdidas, de los desengaños, de algún modo, el ser sigue en pie, y eso convierte la fragilidad en una suerte de fortaleza, los huesos se mantienen, porque ya no tienen el miedo a romperse, porque se han roto y han resurgido.  

    Es un poemario que pide que se lea poco a poco, que cada poema se mastique, y que nos obliga a respirar después de cada poema. 

    Resumiendo, podríamos decir que, con una poesía afilada y cortante, en la que nos hace ver que sólo llegando al hueso logramos hablar el lenguaje de la verdad emocional más pura y cruda, pero con una factura poética impecable, Natalia se confirma, con este su primer poemario, como una sólida voz, capaz de transformar la experiencia íntima de leer el poemario en una verdad pura que sacude la esencia del lector. 

  • Susúrrame Cuentos Mágicos, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Susúrrame Cuentos Mágicos, Lange Aguiar (Fuerte Letra Ed. 2025)

    Tras los cuentos de esta colección de Lange, desde el castaño centenario hasta el delfín celeste, queda claro que «Susúrrame Cuentos Mágicos» no es un simple libro de relatos, sino un universo literario personal, una visión del mundo íntima y universal. 

    Los 5 Pilares de esta colección de cuentos: 

    1. La Magia como lenguaje: Aquí, la magia es un tipo de lenguaje. Es la fuerza que anima el tronco del castaño, que susurra en las hojas del bosque de poesía, que late en Tindaya y que convierte a un pescador en héroe cósmico. La magia es el puente entre lo visible y lo invisible, entre el individuo y la comunidad. 

    2. El Amor como eje central de todo. Un amor que genera esperanza., que juega a reencarnar (Rey Duende y Reina Hada), un amor trágico que funda leyendas (Jonay y Gara, Yukiama y Amenoy), un amor filial y sacrificial (Bentor por su pueblo), un amor creativo y comunitario (Ico y su taller), e incluso un amor por la propia sombra (Cifer). 

    3. La mitología canaria. Lange y sus colaboradores han conseguido que las islas dejen de ser geografía para convertirse en personajes cósmicos: la Maxorata (Fuerteventura) custodia la Esfera de Luz; Tenerife es el reino de Guayota, las Harimaguadas y los menceyes heroicos; La Gomera es el altar del amor eterno de Garajonay; La Laguna es el refugio bohemio de Ico. 

    4. La Dualidad y la Búsqueda de la Unidad: Ella (Navidad) y Él (Año Nuevo) reinan en hemisferios opuestos; las almas gemelas se buscan a través de vidas; Cifer se divide para conocerse. 

    5. El Arte y la Palabra como Actos Mágicos: Frente a la pérdida, el olvido o la opresión, la respuesta es siempre crear. Escribir el poema que ilumina el bosque (Dulcinea y Morfeo), pintar el cuadro que reúne a una comunidad (Ico), o reparar la muñeca que sutura la memoria (Clara). La palabra escrita y el arte son los hechizos definitivos. 

    «Susúrrame Cuentos Mágicos» es un acto de fe literaria. Fe en que los lugares tienen memoria, que los árboles tienen voz, que el amor trasciende la muerte, que las historias pueden sanar y que una comunidad —la canaria, la humana— se define también por los mitos que es capaz de soñar y compartir. 

    Es un libro que convierte a sus lectores en cómplices. Nos invita a abrazar nuestros castaños, a buscar la esfera luminosa en nuestra montaña, a escribir nuestro poema a dúo bajo la luna de San Juan y, sobre todo, a recordarnos que la magia, al fin y al cabo, es solo la realidad vista con los ojos del corazón bien abierto.

  • En los bosques de la rabia

    En los bosques de la rabia

    Óscar Sotillos (Barcelona, 1973) se siente tanto de su ciudad como de Montejo de Tiermes, un pueblo al lado de la ciudad celtíbera de Termancia, en Soria. Quizá fue allí donde entró en contacto con la fuerza de la naturaleza, tanto vegetal como animal (aunque no haya osos) y donde algún recuerdo sobre las relaciones humanas le ha seguido en un contexto como ese. El caso es que en esta obra susurra al lector, con palabra certera, escenas sórdidas y situaciones límite. ¿Acaso no está para eso también la Literatura? No hay más que echar un vistazo a la historia. Para tal creación, ha construido, y publicado hace un par de meses, una novela con el orientador título de En los bosques de la rabia. Editada por Carpe Noctem, atrae visualmente nada más que a ella se dirige la mirada.

    Pero no es la primera vez que escribe Óscar Sorillos. Tiene ya una obra plural, dilatada y consolidada, tanto en poesía como en narrativa, reconocida, justamente, con algunos premios. Por ejemplo, la novela La Fruta del tiempo (Tenerife, Baile del Sol, 2008) o el libro de relatos María Triste y el cuentacuentos (Tegueste, Baile del Sol, 1999). Para su placer creativo, esta ha sido traducida al italiano. Además, en abril de 2010, se hizo con el primer premio de novela “Encina de Plata”, con el añadido de que el presidente del jurado fue Luis Mateo Díez, que la calificó como “novela hermosa y muy bien escrita”. Por otra parte, ha tomado parte con el guitarrista Javier Molina en programas de narrativa oral, cual moderno juglar popular, en lugares diversos de España. Además, ha participado en diversos festivales poéticos, ha sido colaborador de revistas como Perfil del Aire y ha creado obras líricas, entre las que cabe destacar El púgil sin sombra o Efímero fósil. Y, por supuesto, también ha situado al pueblo soriano de sus antepasados como centro del mundo en un blog literario, con historias que solían llevar al otro lado del planeta que nos acoge.

    En los bosques de la rabia, la obra que ahora nos centra la atención, incluso antes de empezar a leerla, nada más caer en las manos, lo que salta a la vista es su formato. Su formato geométrico (16×10), su color y la imagen de portada. Un libro perfecto para guardarlo en el bolsillo, antes y después de leerlo en el bus, en el metro, en el parque o en una terraza mientras te relajas con una cerveza tostada con dos ceros. Por decir algo, claro, pues cada uno es libre de llevarse al paladar lo que le pida. Es que se lee en tres cuartos de hora y a cualquiera le deja un sabor curioso y una mirada reflexiva al horizonte.
    Seis capítulos de negro sobre blanco, sin título ni número ordinal pero identificados cada uno de ellos por una página de blanco sobre negro con una cita o leyenda relacionada con el oso cántabro. Al final del libro, se dice que «todas las citas son reales» y de dónde proceden. Relaciones humanas. Sí, relaciones humanas. Ahí, están Yago, Víctor y el oso, en medio de un escenario de brañas, teitos, piornos, empozaduras y canchales. Cada uno de tales personajes, con su propio pasado, que condiciona el presente, son redondos, como se denominen Crítica Literaria. La Naturaleza y la civilización. Pero también actúan otros, con importante significado, como Carla y Lisa o Bea… Un mundo humano, donde todo se traba, a veces con dificultad y otras con lo esperado. Pero la tensión, el enfrentamiento entre ellos dos (averígüenlo) y la violencia ascendente forma parte de la relación como fruto de un pasado ni asumido ni controlado. He ahí, cómo Yago y Víctor ajustan cuentas en una braña situada en algún punto del interior de la Cordillera Cantábrica. La rabia crece y con ella la violencia que acaba en una asfixiante persecución por la espesura montañosa pero cuyo final ha de reflexionar con prudencia, calma e inteligencia el lector.

    Cuando se abre y se lee el primer capítulo, se deduce la técnica de in media res. Empezar in media res supone situar al lector de forma directa e inmediata en el centro del conflicto, en la acción más destacada, por trágica, amorosa o inverosímil sin más preámbulos. Así, el autor, por las razones que sean, busca atraer la atención de inmediato, mostrando algún personaje en acción o reflexión, lo que le obliga a explicar más tarde cómo se ha llegado a ese punto crucial. Primer capítulo y último capítulo, como dos escenas de la misma unidad y en medio, otros cuatro, breves también, que sitúan, informan, narran, desarrollan, la historia, el proceso de relación entre personajes, el porqué, el pasado, que esclaviza muchas veces el presente y el futuro. Obra compleja, a pesar de su brevedad, que presenta y soluciona lo que plantea con claridad y atracción del lector. En definitiva, una nouvelle, novela corta o relato, de ochenta y tantas páginas, que el lector saborea en los ratos propios de la agitada vida moderna. 

    La violencia entre los dos, Yago y Víctor; el oso que convive en las brañas de Cantabria, es decir, la naturaleza aún no civilizada; los humanos que la visitan, como lúdicos caminantes del turismo moderno; las relaciones personales, los egos de cada uno y el campo frente a la urbe. En los bosques de la rabia o la rabia humana que se presenta embosquecida e incapaz de ser controlada por la racionalidad. Cuando la violencia está en su punto más trágico y doloroso ((del dolor físico de la fuerza sobre el otro), con dificultad de control, y el lobo se presenta a poner orden, los dos sapiens ya no saben qué hacer. 

         –  ¿Y, ahora, qué?

    La pregunta queda suspendida en el aire durante unos segundos.

    • Habrá que volver, ¿no?”.

    Se cierra el telón. En el bosque de la rabia. Editorial Carpe noctem. También puede gozarse de día. Óscar Sotillos sabe caminar por la esencia y ha logrado construir en ochenta y tantas páginas lo que la literatura de relaciones humanas busca: el quehacer de la emoción, sea esta la que sea, desde el amor al odio o la rabia.

  • Estancia de la plenitud

    Estancia de la plenitud

    Con su sabiduría poética, temática y formal, Fermín Herrero ha construido esta obra desde una atalaya bien delimitada. Atalaya con tres miradas: la del escenario geográfico, la de su tiempo pretérito personal y la del presente de creación y nostalgia. Pero esa trinidad se reduce a una: el arte de la poesía en la soledad del creador. Suficiente y total, en la Estancia de la plenitud, esa alcoba a la que uno aspira, en vida y en obra. El poemario es casi un manifiesto lírico, una biografía, un resumen de lo vivido, de lo sentido desde que se nace, una memoria. 

    El primero de los treinta y un poemas que componen esta cosecha se lanza casi como declaración y proclama; “Este es un canto de alabanza/ ya que no puede serlo de humildad/ por culpa del que, en vez de limitarse/ a la mirada, escribe cuanto ve,/ lo que piensa que ve, lo que pretende/ ver, aunque nada vea. Con los años,/ en lugar de agrandarse, el mundo/ se me ha ido empequeñeciendo,/ ni siquiera me sirve hablar/ en tercera persona. Con los años,…/”. Por otra parte, en el tercer poema, se celebra, muestra y revela desde dónde observa y desde dónde nos convoca el poeta; “En el silencio, lleno. Ningún ruido/ me afecta ya, cualquier deseo/ atajo fácilmente, nada me pasma. Es tal/ mi repelencia frente al trajinar/ que ni siquiera me perturba el miedo/ al desapego. Hasta del tiempo hago/ una celebración, lo hago instante,/ me sobrecoge. Estoy sentado en mi sillar/ de piedra de Las Peñas. Aquí el silencio/ se ocupa de mi soledad,/ ya no lo espero pues está/ para siempre. Junto al lugar”. 

    Ahí, en la “piedra de Las Peñas”, donde él está sentado (donde estuvo, donde imagina con acierto estar), contemplando el mundo, micro y macro, y gozándolo, al tiempo que toma nota para su palabra certera. Contenido y perspectiva. El qué y desde dónde. Situado queda el lector agudo.

    ¿Y desde ahí que nos muestra? La realidad poética construida en perfección formal y contenido humano. Toda una obra. Toda una Estancia de la plenitud, sostenida con las dos iluminadoras citas del principio, la de Giorgio Agamben sobre los poetas del siglo XIII y su sentido de la “estancia”, más la del gran Hölderin sobre la “plenitud”. Dos sustantivos que no necesitan adjetivos. Desde ahí, viaja con su pluma y papel para construir una realidad íntima en el tiempo y en el espacio. El paisaje que lleva dentro y el léxico que nos define, bajo el cielo azul de las Tierras Altas de la Castilla soriana. Palabra, constructo sintáctico propio y semántica que ilumina en su polisemia pues Fermín traza con nuestro vocabulario toda una metáfora que alcanza lo universal. Como ha de ser la poesía. Así, ese léxico de nuestros pueblos (carrizos, espadañas, guijarros, componendas, rastrojos, ulagares) recogido, “mientras el silencio/ se ocupa de mi soledad”, antes de que muera y mueran, le da un sentido de profundidad y categoría elevada, que se nos muestra íntimo. En este poemario está el aquí más cercano al autor, a sus predecesores y a sus coetáneos, que, no siendo muchos hoy en esta tierra baldía, somos unos cuantos conscientes de lo que se ventila.

    Ahí, el poeta, solo; ahí, la palabra, sola; ahí, la voz sola. Eso es poesía porque Fermín Herrero logra convertir en universal lo singular, en ese paseo visual y de memoria que habita en su interior. Eso es la poesía, la capacidad de trascender el yo y desde el yo. Porque no hay poesía sin palabra y no hay palabra sin sujeto. Un escenario: el paisaje de su infancia, los recuerdos del padre (“que me arrulla/ en su mirada candeal, en su honradez/ callada”) las palabras que nos moldearon: “Mira que he desgastado estos parajes/ y cuánto, mira que al intentar/ fijarlos una y otra vez, les he quitado/ latido, vida”. Todo ello, en el tiempo que nos forja y, a veces, nos abruma porque su paso es inexorable. He ahí los meses y las estaciones, que vagan sin parada ofreciendo a los sentidos bellezas diferentes: febrero (“lo que calla, lo que nunca alcanzaré”; abril (“la emoción en el aire/ en sus quietudes”); mayo (“un aire que/ hacia la claridad me ensimismaba”); agosto (“ya ha florecido/ el brezo en las laderas de los cerros”); octubre (“me recojo en su luz… en la brisa de otoño”); noviembre (“ha adelantado la clarividencia/ que en la nevada resplandece e iguala/ lo vivo con lo muerto”)…
    Estancia de la plenitud es un manantial del que sale un agua «corriente, pura, cristalina», mucho más caudalosa de lo que este espacio me permite acumular en mi glosa sobre este poemario. Es la plenitud de la memoria, la culminación de la palabra, manifestada en forma en la estancia del camino de la vida, tras haber sabido recoger la mirada que se lanza y la flecha del verbo en la montaña que ahora es balcón para el poeta, desde donde mira, se mira y crea en plenitud de vida personal.
    Nunca podremos captar la realidad en su inmenso ser y tampoco llevarla entera a la voz verbal pero el poeta nos ha reconstruido un mundo de goce, recuerdo y regocijo verbal (“… no recuerdo/ sino la extrañeza y, en medio/ de ella/ aún más extraña/ la poesía”). Acérquese el lector a la Estancia de la plenitud, su último brote en una obra ya consolidada, la de Fermín Herrero. Consolidada y reconocida en nuestras Tierras Altas de Soria y allende sus horizontes. Deténganse en la página 25, de síntesis gozosa. Poesía en estado puro, plenitud en la estancia de la vida. “Lo que no vi, lo que aun viéndolo/ no conseguí entender, aquello/ más simple todavía en su temblor/ pequeño”. Querido Fermín: mi felicitación por la nueva construcción, con goce de sentidos y gozo cerebral que regalas. No se la pierdan. Editorial PRE-TEXTOS.

  • Los nudos marineros: un transcurso existencial. 

    Los nudos marineros: un transcurso existencial. 

    Blanca Estela Domínguez, La plegaria de la ola, Ediciones Vitruvio, Madrid, 2026, 80 págs. 

    Blanca Estela Domínguez (mejicana de origen, barcelonesa de adopción, Doctora en Filología Hispánica) es una autora de largo recorrido, que ha sabido aunar su trabajo como crítica literaria con su obra poética. Colaboró durante dos años en la revista Quimera, es autora de dos importantes volúmenes: Contemporáneos. Obra Poética. DVD Ediciones. Barcelona. (2001), sobre la poesía mejicana del siglo XX  (con la obra de José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Salvador Novo y Gilberto Owen) y, más recientemente, la antología Poetas catalanas del siglo XXI, junto a Jaime D. Parra, Huerga y Fierro 2025). Como poeta, ha publicado Abrapalabra  (Méjico, 1989) y Amagatall (Méjico, 2018). La plegaria de la ola es su tercer libro de poemas. 

    La plegaria… se divide en tres partes bien diferenciadas. La primera, titulada Casa, incluye “poemas sobre el amor y el deseo”, y en los que destacan los motivos del “agua, el mar y los elementos propios de una naturaleza exuberante”, como indica Dolors Fernández Guerrero en el prólogo. La segunda parte se compone de dos poemas extensos: Marinera en tierra (dedicado a su madre) y La plegaria de la ola, que da título al libro. Por último, la sección Otros poemas cierra el libro, en los que se produce “una deriva pesimista”, según el mismo prólogo. 

    A pesar de la variedad de los poemas, el libro presenta una unidad que se estructura a través de diferentes recursos, como las repeticiones. Por ejemplo, los versos “Los negros pájaros del adiós alzan el vuelo. / Y dibujan en el cielo la corona de la muerte”, del poema Homenaje, de la primera parte, se convierten en cuatro versos, que se van repitiendo a modo de estribillo en Nostalgia, que cierra el libro. O el título del libro, La plegaria de la ola, que lo es del largo poema central, reaparece casi textualmente en el poema Escrito sin palabras, de la tercera parte: “escribo en el pliegue de la ola inmensa”. Algunos motivos atraviesan todo el poemario, como el erotismo, el mar (motivo omnipresente) o el viaje.

    Pero si hay un motivo central que destaca en todo el libro es el sentimiento de crear memoria e identidad al amparo emocional. Ya no solo la referencia a la obra de Rafael Alberti: Marinera en tierra, título del extenso poema central, sino la idea misma de la inestabilidad del ecosistema y la experiencia del desplazamiento por el mar: “Pero entonces, / ¿Por qué no me salen los nudos marineros?”. Este sentimiento de navegar a la deriva, también nace de su condición de habitante entre dos países, dos continentes, separados por un mar: “Este mar inmenso que nos hace de camino / ahora es frontera líquida que nos aleja”, le confiesa  a su madre. Por eso, al final estos textos nos dejan un testimonio del viaje y el transcurso no como placer turístico sino como un desplazamiento vital y necesario. A  excepción de “mi pueblito de Rusia / frío y blanco. // Idéntico y glorioso / y tristemente lejano”, inalcanzable; o el más próximo, inmediato, Sant Pol de Mar, espacio refugio que atraviesa todo el libro, con referencias explícitas: “Es donde por fin me siento feliz” o de manera más críptica: “Cala vinyeta es mi casa, dentro y fuera”, en alusión a una playa de este pequeño pueblo costero del Maresme barcelonés. 

    Y es que esta sensación de extranjería, nace del hecho mismo de emigrar: se conservan  los recuerdos de la casa  de Méjico, el antiguo Tenochtitlán, que se identifica con la infancia perdida: 

    La luz. Mi casa. Mi nana, 

    mi madre riñendo…

    Mi padre que sonríe al final del pasillo. 

    Los árboles de mi infancia, inmensos.

    Porque la nostalgia del pasado vive en el presente: “Regresamos para siempre a una casa que ya no existe. / (…) La casa reposa la cabeza en mi memoria”. Así, los recuerdos irrecuperables conducen a la tristeza, entendida como “Es tiempo vacío de tiempo, la tristeza”. Los poemas de Blanca Estela aportan una nota ética y estética al hecho mismo de la migración. La plegaria de la ola es una “instalación poética” con un sesgo simbólico que motiva a la reflexión entre los límites de lo sagrado y lo profano,  y entre lo habitable y lo inalcanzable.

    Además de la casa, el amor es otro de los asideros que construyen la felicidad del yo. Por un lado, el amor, en su sentido más sensorial: “la piel abandonada, / la sed perpetua de tus besos”; “Tiembla mi cuerpo, el estremecimiento es externo” , que lleva a un erotismo exacerbado. “Al galoparte cuerpo, amor mío, siento…”, recuerda la imagen del romance lorquiano La casada infiel: “Aquella noche corrí / el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar / sin bridas y sin estribos”. La influencia de Lorca (por cierto) aparece por otras partes del libro, como en canción de amor por Beatriz, el poema que abre el libro: 

    Crece la luna, se acerca

    con deseo de ser tocada. 

    Es grande, redonda,

    como una jugosa naranja. 

    O una alusión a la ambivalencia del yo: “Soy paloma y tigre / al mismo tiempo”, cita casi textual de uno de los Sonetos del amor oscuro lorquianos: “Rasgué mis venas, / tigre y paloma…”. 

    En la constante búsqueda que destilan estos versos, la felicidad amorosa parece ser cosa del pasado: 

    Tu carne fue mi paraíso

    y ahora es mi destierro…

    o la desconfianza frente al ser amado: 

    Amo tu voz. 

    Pero desconfío de lo que dicen tus palabras. 

    Y es que todo es síntoma de lo mismo: el yo del poema  busca su lugar en este mundo. “El agua profunda es mi hábitat”, declara; pero incluso allí tiene que luchar para conseguir su  objetivo, como ya hemos visto: 

    Siempre me dices que soy Marinera en tierra. 

    Pero entonces,

    ¿por qué no me salen los nudos marineros? 

    En este navegar (homo navigator, dice el tópico clásico), se concentra la actividad del yo: vida y escritura se identifican plenamente: “Juro (…) / que navegaré con mi pluma / por el ánima del mundo. / Creo que cada palabra palpita, / oigo su latir en mi poema”. De este modo, a pesar de lo visto antes, el poema no puede limitarse a la queja, sino que debe ser un acto de afirmación y, sobre todo, de celebración: 

    Juro que mis palabras

    no son signos 

    de un alfabeto roto. 

    Por su parte, el navegar, “fuente rabiosa de libertad”, se convierte en camino interior: “Nado por dentro, / es un camino interior”; “este viaje interno y obligado” conduce hacia el propio conocimiento: 

    Soy memoria, soy anhelo. 

    Soy fe. Soy palabra. 

    porque se reconoce como poeta, poeta-demiurgo que es capaz de alcanzar la verdad del ser humano. Por eso puede emitir “la plegaria de la ola”. Esta plegaria, que realiza antes de sacrificarse por la humanidad (“Acudo puntual a ofrecer la ofrenda / que es mi cuerpo”), es “el misterio de la muerte”, “el alma de la belleza” o, en clave neoplatónica (Macrobio, etc.), “una música remota / que viene de un rincón del cosmos”, “un suceso musical puro”, cuyo resultado es la armonía, pues logra concordar los elementos contrarios, el “entendimiento súbito entre dos orillas paralelas”, y nos muestra y explica el sentido de la vida: 

    Es el mapa del camino

    que hemos de transitar. 

  • Herida, de Alberto Omar Walls

    Herida, de Alberto Omar Walls

    Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto Omar para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

    En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

    “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

    Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

    Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

    He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente. 

    Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

    Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido. 

    Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

    Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida a la que escribe Alberto Omar es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa. Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento.