El materialismo sagrado en la poesía de José Ángel Valente

Ermita en Cabo de Gata, Almería (España). Foto: Mariano Ortuño (Flickr/CC BY 2.0).

La consideración sagrada de la materia se ha ido convirtiendo en uno de los centros simbólicos en la escritura de José Ángel Valente, hasta el punto de que Paolo Valesio ha llegado a proponer la expresión de «materialismo sagrado» como síntesis de buena parte de la poesía del autor gallego. Para comprender la posición de Valente, no debemos olvidar que una larga tradición religiosa y filosófica ha tendido a escindir materia y espíritu, hasta el punto de que lo sagrado se identifica con lo espiritual y la materia queda relegada al mundo profano. En buena parte de las tradiciones ascéticas, y no solo en la ascética cristiana, lo material tiende a ser visto como un obstáculo para acceder a una realidad superior. Valente se aparta por completo de esta concepción dualista, alejamiento que, en el contexto histórico del nacionalcatolicismo, también puede leerse como una afirmación heterodoxa frente a la religiosidad imperante en la España en la que empieza a escribir el poeta. El yo lírico no solo se niega a separar materia y espíritu, sino que, de tener que dar prioridad a uno de estos dos aspectos, no duda en destacar el elemento material, hasta el punto de que llegará a afirmar «El espíritu es la metáfora de la infinitud de la materia».

El poeta José Ángel Valente (1929-2000).

Valente, que es un poeta del espíritu, es también un poeta materialista. O, más bien, porque para él la poesía es una aventura espiritual, hay en su obra una vívida consciencia de la materia, que en su última poesía se ofrece como el íntimo secreto de la existencia, como matriz siempre fértil de nuevas formas y significados. Afirma Jacques Ancet:

[…] experiencia poética, experiencia erótica y experiencia mística, las tres, descansan sobre la misma transgresión de los límites de la realidad hacia su fundamento oscuro y abisal, participan en un solo y mismo movimiento: el que se abre a lo que los místicos han descubierto desde hace siglos, si no milenios, a lo que la ciencia moderna está accediendo por sus propias vías y que Valente denomina «el enigma de la inmaterialidad de la materia».

Como Lucrecio, el poeta materialista que en su De rerum natura compone un himno a Venus como madre y engendradora de todas las cosas, como la sentencia inaugural de Tales de Mileto que afirma que todo está lleno de dioses, Valente percibe algo divino en la materia, ya que de ella nace todo y a ella todo regresa. Es aquello anterior a toda forma, la matriz sagrada de la que surge toda vida. En la poesía de Valente lo material se revela como lo sagrado por antonomasia, como el ser del mundo. Así, por ejemplo, en estos versos de su libro póstumo, Fragmentos de un mundo futuro:

Animal extendido
sobre la duración,
agazapado más allá del tiempo y de los tiempos
o más allá del dios.
Materia.
Madre
del mundo.

En mi opinión, esa mirada «más allá del dios» nos proporciona una de las claves para entender el peculiar acercamiento del poeta a lo numinoso. La vivencia de lo sagrado en Valente parece estar más allá (o más acá) de lo religioso entendido como institución eclesial (desde luego, lejos siempre de cualquier ortodoxia) y aun de lo divino, si atendemos a la distinción de María Zambrano. Si, para esta pensadora, lo sagrado es el fondo primigenio del que emergen los dioses, lo divino surge cuando esa oscura realidad se encarna en formas, en rostros, toma nombres y figuras. En Valente, sin embargo, parece haber una cierta reticencia a esa encarnación de lo sagrado en una forma que se pretenda definitiva. El hecho de que los dioses que aparecen en su poesía rara vez tengan nombre tal vez sugiere que son manifestaciones fugitivas de lo sagrado, epifanías que apenas duran el instante de la iluminación poética. De ahí esa insistencia en varios de sus poemas en los dioses de las profundidades, ya presentes en un poema de El inocente titulado precisamente «A los dioses del fondo», que parecen evocar esas presencias subterráneas que no acceden nunca a la plena manifestación de una epifanía. Precisamente, por no asomarse nunca del todo a la luz, estas divinidades quedan como advertencia de un fondo indisponible en lo real, de la falsedad de todo intento de reducir el ser a la medida humana:

El árbol pertenecía por la copa a lo sutil, al aire y a los pájaros. Por el tronco, a la germinación y a todo lo que une lo celeste con los dioses del fondo […].

– Interior con figuras

El insidioso fondo de la copa
esconde a un dios incógnito.
Me diste
a beber sangre
en esta noche.
Fondo
del dios bebido hasta las heces.

– Al dios del lugar

Quizá no sea casualidad que una de las escasas ocasiones en las que lo divino adopta una forma claramente determinada, apresada en el nombre propio, en el poema «Hera» de Mandorla, la figura de la diosa aparezca valorada muy negativamente. Como si lo sagrado al fijarse en un nombre no pudiera por menos que asociarse al poder. La divinidad griega se rechaza como representante de una voz autoritaria, una voz que se desgaja de ese fondo sagrado y que se convierte al fin en una figura vacía sobre la que el poeta lanza su imprecación: «También mueren los dioses, venerable». Resistirse a dar nombre a los dioses es tal vez también una forma de rechazar el poder que pretende hablar en nombre de lo sagrado. Desde luego la relación del yo lírico con esas apariciones divinas no resulta en ocasiones nada reverencial:

Los dioses
de esta primavera
no me han sido propicios
y cuidadosamente los maldigo, madre
oscura, blasfemia, madre de la plegaria.

Escribe Roberto Calasso:

Pero, ¿cómo se manifiesta el dios? Según observó el ilustre lingüista Jacob Wackernagel, en la lengua griega no existe vocativo para theós, «dios». Theós tiene ante todo un sentido predicativo: designa algo que sucede […] Allí veía Kerényi la «especificidad griega»: en el «designar un acontecimiento: “Es theós”».

La poesía de Valente testimonia lo sagrado como acontecimiento, como «algo que sucede» y cuya explicación última queda en sombras, sin que sea imperativo postular un Sujeto trascendente, un Otro como la divinidad personal del cristianismo. Otorgar a lo sagrado una identidad definida supone el riesgo de convertir esa identidad en autoridad. Y para Valente resultan siempre «hórridas o imposibles las bodas del espíritu y del poder». Así, sustraer lo sagrado de la esfera de la violencia y del poder parece ser una tarea imprescindible que comparten la mística y la poesía.

Bibliografía mínima

ANCET, Jacques, “Prefacio a Interior con figuras” en Claudio Rodríguez Fer, ed., José Ángel Valente. Madrid. Taurus.1992.

CALASSO, Roberto, La literatura y los dioses. Barcelona, Anagrama, 2012.

VALENTE, José Ángel, Obras completas I. Poesía y prosa. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2006.

VALENTE, José Ángel, Obras completas II. Ensayos. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008.

VALESIO, Paolo, “El contorno de la ausencia (Reflexión sobre la poesía valentiana”) en Teresa Hernández Fernández, ed., El silencio y la escucha: José Ángel Valente. Madrid, Cátedra/Ministerio de Cultura, 1995.


Este texto pertenece al libro Extramuros. Escritos sobre poesía, publicado en otoño de 2018 en Libros de la Resistencia. Se han eliminado algunas notas y referencias bibliográficas para facilitar su lectura en un medio digital.

José Luis Gómez Toré

Nacido en Madrid en 1973, se doctoró en Filología Hispánica en la Universidad Complutense con una tesis sobre Francisco Brines y posteriormente obtuvo la licenciatura en Filosofía. Es autor de los libros de poesía Contra los espejos (1999), por el que recibió el Premio Blas de Otero, Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003, accésit del premio Adonais), Fragmentos de un cantar de gesta (2007), Un corte que no sangra(2015) y Hotel Europa (2017). Dentro de su obra poética, ha publicado también, en colaboración con la artista Marta Azparren, Claroscuro del bosque (2011), cuyo texto ha sido incluido en la composición musical Entre dos extremos negros de Sergio Blardony, estrenada en Madrid en 2011 el Auditorio Nacional. Como ensayista es autor, además de diversos artículos sobre teatro y poesía contemporánea, de los libros La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002), Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria, y de Pedro Salinas(2009) y de El roble de Goethe en Buchenwald (2015), así como de una edición del libro Amadís y el explorador de Ángel Crespo (2015). Es colaborador habitual de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Turia, La tormenta en un vaso o Literaturas.com. Colaboró como dramaturgo en la obra colectiva sobre el exilio republicano Guardo la llave, estrenada en 1999 en el Festival Internacional de Madrid Sur. La compañía El Tinglao ha llevado a escena su obra teatral infantil Lluvia pregunta por el Sol.

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1 respuesta

  1. Rafa dice:

    Muy interesante e ilustrativo. Hay un pequeño error: ese libro póstumo al que se hace referencia es ‘Memorias de un libro futuro’ no de un mundo. Saludos y enhorabuena por el texto.

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