Natasha Sardzoska es poeta, escritora y traductora. Nacida en la República de Macedonia, tiene varios libros de poesía publicados como Habitación azul, Piel, Él me arrastro con un hilo invisible, Agua viva y Coxis. A su vez, ha publicado ensayos y cuentos en numerosas revistas.

¿A qué edad comenzaste a escribir?


Desde niña, creo que casi desde siempre, desde que conozco mi soledad. Cuando tenía 14 años, escribí unos poemas para una revista de literatura infantil. Después, entre mis 17 y 20 años, escribía un poemario que se llamaba Habitación azul. En este período estaba leyendo mucho de los poetas del hermetismo italiano, así que los primeros versos de ese libro son densos de metáforas bastante duras y herméticas.

Cuando era niña, algunos poetas me asustaban, no podía entender las metáforas cerradas, pero sentía que había algo de milagro detrás de las palabras. Me impresionaba leer una palabra que no decía nada y en un mismo tiempo decía todo. Me encantaba sentir y ver el vacío entre las palabras, por adentro de las palabras que me fascinaba, hipnotizaba, ese algo que no se dejaba entender ni explicar ni ver, pero que me hacía ver y comprender un mundo distinto…

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

Pues, como era estudiante de filología latina y estudiaba italiano y francés, los poetas italianos del hermetismo: Ungaretti, Sanguineti, Quasimodo, Montale, Saba, Luzi, y algunos del futurismo, y Pasolini, Pavese, Levi, Bertolucci: los poetas del surrealismo, del decadentismo y del simbolismo francés Rimbaud, Baudelaire, Apollinaire, Verlaine, Mallarmé, Valéry. Los grandes poetas hispanófonos: Lorca, Neruda, Machado, Paz, Juarroz, Benedetti, Sabines, Pacheo, Storni, Pizarnik. Muchos poetas también de Macedonia como Mateja Matevski y Aco Sopov. Me encantaba leer los escritores del existencialismo francés: Beauvoir, Camus, Sartre, y del realismo mágico sudamericano: Sabato, Cortázar, Borges, Llosa y, por supuesto, la literatura rusa: Dostoyevski, Tsvetaeva, Pushkin, Chekov, Achmatova, Pasternak, Mayakovsky.

En el festival de poesía internacional de Struga, en mi país Macedonia, he tenido la posibilidad de leer varias antologías de la poesía contemporánea belga, luxemburguesa, catalana. Me acuerdo muy bien de unos poemas de la poeta luxemburguesa Anise Koltz y me quedaba abrumada, inundada, casi trastornada de leer sus poemas. En eses mismo festival, he tenido la gran oportunidad de encontrar, escuchar y leer poetas como Ted Hughes, Yves Bonnefoy, Eduardo Sanguineti, Seamos Heaney, Mahmoud Darwish, Adonis.

Háblanos un poco de tu poesía.

No es fácil, porque puede ser que me equivoque, pero lo voy a intentar. Mi poesía nace como un grito interior insostenible desde mi abismo, que quiere volver a ser lenguaje, mejor dicho, transformarse en lenguaje. Mi poesía camina por enlaces alusivos y lleva en un campo que casi no tiene más vínculos con la explicación lógica o contextual. Es decir, quiero dar al detalle un poder fulminante y en un mismo tiempo, reducir la ceremonia al mutismo. Por ejemplo, en mi nuevo poemario, Coxis, quise dar voz al fracaso y al dolor humano a través de los órganos humanos, quería que fuera el cuerpo mismo el que hablara, no el lenguaje, no la lengua, sino toda la sinfonía corporal.

En el fondo, yo escribo para escaparme del misterio de la hoja blanca. QUiero encontrar por ahí dentro -en la hoja- voces, y de ahí, salir con nuevos significados.

¿Qué autores recomiendas leer en estos momentos?

Todos hablaban en este período de leer a Saramago, con su Ensayo sobre la ceguera, o Boccaccio con su Decameron, o Camus, con La peste. Claro, sabemos bien que la literatura tiene algo providencial, y hay que leer a estos genios de la literatura.

Pero yo no quiero añadir, como decimos en mi idioma macedonio, aceite al fuego. Es decir, no quiero añadir desesperación, no quiero estar sin salida, necesito sobrevivir al caos, necesito leer a alguien que pueda transportarme más allá de esa obscuridad. No quiero leer lo que ya veo, lo que ya vivo y me oprime. Quiero leer algo lejos de la realidad, algo que nunca se puede esperar o imaginar.

Me gustaría recomendar siempre poetas porque sencillamente la poesía puede llevarte más allá, traer algo de irracional, de imposible, de milagro, en estos momentos de anomia y de distopía. Porque quizás, sólo en la poesía ahora es todavía posible sonar y crear.

Desde mi experiencia actual, diría: Salvador Espriu, Joan Margarit, OCctavio Paz, Mario Benedetti, Joaquín Sabina, Margaret Atwwod, Agi Mishol, Paul Celan, Louise Glück, Amelia Rosselli, Alejandra Pizarnik, Blanca Varela…

Encontré unos poemas de Giorgio de Chirico y de Salvador Dalí: me encantaron.

Leer el poeta místico Rumi también es siempre bueno, porque lleva luz.

Siempre me hacen feliz Hélène Cixous, Marguerite Duras y Marguerite Yourcenar.

¿Qué opinas del futuro de la poesía?

Hablando desde este momento doloroso de crisis total mundial sanitaria y económica, yo creo que la poesía tendrá un largo camino para hacer adelante y para traer luz. Justamente porque ahora parece que todo es imposible, todo es tan paradoxal… la poesía puede alcanzar lo que está detrás del horizonte, la poesía puede aguantar esa fuerza irracional de dentro de cada uno y darle medidas y curas que no se pueden encontrar en ningún otro lugar.

El ser humano siempre va a necesitar de algo irracional para creer y para crear y seguir. El ser humano siempre va a hacer poesía porque jamás va a ser feliz. Es así. Y porque, como decía Houellebecq, «no busquen la felicidad, ella no existe.»

Pero, por supuesto, existe la poesía.

Natasha Sardzoska

¿Qué consejos das a la hora de publicar un poemario?

Mi consejo es de no publicar jamás un libro sólo porque uno cree que es un libro listo para publicar. Ahora escribir poesía parece una moda. Parece que cada uno lo pueda hacer sólo por partir la frase en líneas, se creen que son versos, o por contar su día trivial sin ningún símbolo ni mensaje trascendente. Eso es tan infantil…

Por eso digo que la poesía no es nada infantil, jamás. La poesía, entonces, no se escribe para descargar la frustración o el dolor, la poesía no es diversión o alegría, no es nada terapéutico o alcanzable, es algo muy duro, pesado, peligroso, temerario, imposible para traducir en cualquier experiencia humana.

No se puede publicar un poemario sólo porque todos los demás lo hacen, o sólo para contar con más libros publicados, o sólo para recibir ayuda del estado o un premio, o sólo para viajar a festivales. Es la peor trivialización que muchos hacen.

Mejor escribe un poema para el desierto y déjaselo. Ofréceselo al desierto, pero no lo hagas por premios o satisfacciones mundiales.

El poeta es celoso y obsesivo con sus palabras, y de repente puede ser que la falta distancia. Es siempre mejor dar el pomeario para que lo lea otro poeta. Descansar, Respirar. Tomar distancia. Darle tiempo y espacio para que el poemario se escriba por sí mismo con su voz propia, que realmente la tiene.

Siempre cuando se escribe en caliente, desde el dolor recalentado, la poesía sale muy brutal. El dolor necesita tiempo de fermentación y de elaboración. Un poema a veces se escribe por sí mismo, solo, en silencio.

¿La pandemia cambiará el concepto de la poesía en la actualidad?

Lo está cambiando ya. Hemos parado de leer poetas en la habitación con la luz del cielo en la noche en silencio. Ahora estamos asistiendo al espectáculo mundial virtual de la poesía: Zoom, Skype, YouTube… son los nuevos medios de los poetas para hoy. La poesía ahora se escucha y se ve, como si hubiera dejado de leerse.

Me preguntarás si es algo bueno… quizás, pero la verdad es que no lo sé. Es lo que es y ya está. Por un lado, podemos escuchar y ver, o sea, leer a través de un medio virtual a poetas que nunca antes hemos encontrado o jamás podríamos ver y acercarnos a varios lugares del mundo, pero por otro lado, me molesta esta digitalización de la poesía, como si ella fuera arte de consumo arbitrario de las masas. No me gusta cuando al poeta, y en general al artista, se le impone el medio y el contenido de su arte.

Yo vivo esa transformación como un regreso, no como una revolución. Hasta como una violencia y revancha de la tecnología en contra de la humanidad, de nuestro arte tan sencillo, tan tangible, tan íntimo como es la poesía.

Estar en frente de mi computadora y entre varias pantallas de mi cuenta bancaria, de mi Gmail, de mis ensayos o textos para traducir, entre el noticiario, Facebook, ver la cara y escuchar la voz de, qué sé yo, un gran poeta como XX, es algo bastante trivial. De algún modo,eso sobrepasa, agobia, abruma la poesía.

Pero estoy convencida que la poesía siempre estuvo y siempre será un arte solitario, mudo e inmóvil: o sea, pensar que desde mi cuarto yo puedo con mi papel blanco y mi pluma, llegar a cada lado del mundo y cambiar algo dentro de alguien es algo que me da siempre fuerza y fe para seguir escribiendo poemas.

En realidad, siempre en estado de guerra o de emergencia o de profunda crisis, el ser humano ha leído poesía. Eso es natural y saludable. Porque la poesía es un transporte; con su caja preciosa de símbolos, la poesía ofrece salvación y salida a cada crisis, aunque ella muchas veces no trata temas útiles para la sociedad (por ejemplo, la muerte, la patria, lo irreversible, el cuerpo, el eros, la confesión).

Zagajewski una vez dijo que el poeta no puede escribir sólo por y para sí mismo, sino para el mundo. Hay que nombrar ese mundo, ser «homónimo de la luz y sinónimo del viento» (Adonis). El poder de la poesía es justamente ese, como decía Octavio Paz, o sea recordarnos e la utilidad de las cosas inútiles.