
Jesús A. Abreu Luis, nacido en Santa Cruz de Tenerife. Reside en Pedro Álvarez, Tegueste. Actualmente está jubilado. Trabajó 45 años como Técnico Experto en Protección Radiológica en el HUC.
Ha asistido a varios cursos de escritura y recibido varios Premios: 2º premio del Concurso de Relatos de Humor de la Editorial Diversidad Literaria. 3º premio en el certamen de relatos y poesía Cueva de Unicornios. 3º premio en el II Concurso del Día Internacional de Las Familias. Finalista en el Festival Índice 2019.
Ha publicado en ediciones corales, también en las revistas Acte Virtual, Tamasma Cultural y Canarias literaria, con varias poesías.
El poemario «Mi fondo, mi forma» se presenta como un mapa poético de la condición humana contemporánea, trazando los límites entre lo material y lo metafísico, lo individual y lo colectivo.
Estructura
La obra se organiza en cuatro zonas que reflejan una progresión desde lo universal hacia lo íntimo, aunque manteniendo constante la interconexión entre estos planos:
- Zona Ello: Lo objetivo, lo material.
- Zona Tú: El otro como frontera y espejo.
- Zona Él-Ella: Lo afectivo (familia, amores, pérdidas).
- Zona Yo: La subjetividad.
El poema inicial «Vertedero» establece el tono del libro: una visión de la realidad donde «la vida y la muerte se relativizan». El vertedero como metáfora del universo cuántico donde todo se «disgrega y se agrega».
En «Palabra Mundo«, el poema, sin puntuación, explora la capacidad creadora del lenguaje: «nada es sin palabra que lo haga ser». La palabra aparece como instrumento de dominio, pero también como sustancia de nuestra identidad: «somos la carne del verbo».
Poemas como «La herida» muestran una fascinación por lo corpóreo en su vulnerabilidad. La herida que «brilla cuando se hincha de pus» se erige en símbolo de una belleza grotesca que termina formando parte de la identidad, en una dialéctica entre dolor y existencia.
«Tragedia» aborda lo religioso desde una perspectiva desmitificadora, describiendo rituales con «actores de madera, con muchas tablas» y «capirote[s] que aguijonean el aire». La tradición se presenta como teatro colectivo donde se representa el dolor como espectáculo.
En «Datos» y otros poemas, el libro critica la «desnaturalización en los actos» de la era digital, donde la identidad se reduce a «guiones escritos/en busca de una identidad/de rebaño». La paradoja de creerse único mientras se siguen «huellas repisadas» refleja la contradicción fundamental de la hiperconectividad.
El poema «Depresión» logra una descripción del vacío existencial: «los mañanas son calcos del hoy». La imagen de tener «la vida/machacada en un mortero» comunica con precisión la experiencia de la enfermedad mental.
Lenguaje
El lenguaje oscila entre lo coloquial y lo filosófico, incorporando léxico científico («partículas subatómicas», «interacciones cuánticas») junto a expresiones cotidianas. El uso de la enumeración caótica (como en «Mundo infinito») crea efectos de acumulación que reflejan la saturación sensorial contemporánea.
La estructura en versos, generalmente libres, pero con ritmo interno marcado, permite exploraciones temáticas extensas sin perder intensidad. La repetición de conceptos como «paradoja», «infinito» y «huella» teje una red de significados que unifica el conjunto.
Otros
- «Asáltame»: Un poema-programa que define la poesía como «un ático sin paredes sin techo sin suelo» y la invoca como fuerza que irrumpe en lo cotidiano.
- «Amor»: Una reflexión sobre la diferencia entre escribir sobre el amor y escribir desde el amor, con imágenes memorables como «es salir por la puerta y no proyectar sombra».
- «Madre»: De una belleza contenida: «mi madre no cabe en la caja/de fósforos donde guardo/mis tesoros».
- «La montaña roja (El Médano)»: Evocación de la juventud y la libertad, con referencias culturales que van de Pink Floyd a Jimi Hendrix.
Conclusión
«Mi fondo, mi forma» de Jesús Abreu es un poemario ambicioso que no teme confrontar las grandes preguntas existenciales desde una perspectiva contemporánea. Su mérito principal reside en la honestidad brutal con que aborda temas como la mortalidad, la identidad fracturada, el amor y la pérdida, sin caer en el nihilismo gratuito ni en el consuelo fácil.
El autor demuestra una voz distintiva que combina mirada microscópica (la herida, la lágrima) con perspectiva telescópica (el universo, la especie). El resultado es una obra que, como el vertedero que la inicia, contiene tanto el hedor de la descomposición como los «colores de la subsistencia» —testimonio poético de una humanidad que busca significado en la era del dato y la desconexión.
Un libro necesario para quienes buscan poesía que dialogue sin concesiones con nuestro tiempo, ofreciendo no respuestas, sino preguntas.


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