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“Yo de niña en mi espíritu sentía

vaga melancolía

de secreta ansiedad, que me agitaba;

mas, al romper mi canto,

cien veces, con espanto,

en la mente infantil lo sofocaba.

Que entonces, en mi tierra, parecía

la sencilla poesía

maléfica serpiente cuyo aliento

dicen, que marchitaba

a la joven que osaba

su influjo percibir sólo un momento.”

Nació el 2 de diciembre de 1820 en Almendralejo (Badajoz), en una familia adinerada y de ideología progresista. Su padre y su abuelo fueron perseguidos por el régimen a causa de sus ideas políticas. Su vida transcurrió en uno de los periodos históricos más convulsos de la historia de España, en poco menos de 100 años la política, la economía y la sociedad experimentaron grandes cambios.

A la edad de 4 años, su familia se trasladó a Badajoz y allí fue educada según la tradición de las niñas de su época: costura, labores del hogar… Pese a lo cual, ya desde pequeña muestra un acusado interés por la literatura, lee libros de cualquier género u obra que podía conseguir y de manera autodidacta, comienza a componer versos con mucha facilidad, pero con errores léxicos.

Mis estudios fueron todos ligeros porque nada estudié sino las ciencias del pespunte y del bordado y del encaje extremeño…” (Fragmento de una carta escrita en 1909.)

Sin conocer el castellano, aprendí, sola, el francés y el italiano, y subí de un vuelo a leer a Tasso, Petrarca y Lamartine”.

Con esta temprana afición literaria, escribió su primer poema a los diez años y tenía trece cuando Espronceda le dedicó unos versos:

“Dicen que tienes trece primaveras

y eres portento de hermosura ya,

y que en tus grandes ojos reverberas

la lumbre de los astros inmortal…”

Se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano, secretario de la embajada de su país. Su casa en la calle de Lagasca se convirtió en lugar importante de la vida literaria madrileña, famosa por las tertulias de escritores que en ella se realizaban y fue también refugio de políticos en esos años convulsos del XIX.

Fue una mujer apasionada, con una elocuencia e intensidad poco frecuentes entre las damas de aquella época. Desarrolló una gran actividad como anfitriona, primero en Madrid, después en Lisboa, adonde se trasladaron a vivir. Por su salón pasaron personalidades progresistas de la altura del Duque de Rivas, Quintana, Zorrilla o Castelar.

Es muy probable que influyera en su temperamento romántico la afección de catalepsia crónica que padecía, llegando a «morir» varias veces, lo que hizo que se obsesionase con la idea de poder ser enterrada en vida.

En 1844 se publica la noticia de su falsa muerte. Entonces escribe “Dos muertes en una vida”, que se publicaría tras su fallecimiento. Ya entonces había sido admitida en el Instituto Español y en casi todos los Liceos de España.

Carolina falleció el 15 de enero de 1911 en Lisboa. Y su cuerpo, junto con el de su marido, fue trasladado y enterrado en Badajoz.

Escritora y poeta, dejó su impronta en el siglo XIX pues fue pionera de la igualdad y abrió las puertas del mundo intelectual a las mujeres. Amante del progreso y de los inventos, amiga de la reina Isabel II y cortejada por la élite política y literaria. Famosa por su belleza y elegancia (lo prueba el retrato que le pintó Federico Madrazo y que se conserva en el Museo del Prado), su talento y sus ideas anticonformistas. Con sus escritos y con la denuncia de sus versos, se rebeló ante las injusticias. Y su voz pudo oírse al otro lado del océano cuando, simpatizando con la causa del presidente Lincoln, abanderó la abolición de la esclavitud en América.

Junto a Gertrudis de Avellaneda, fue representante de la poesía femenina de la segunda oleada del Romanticismo en España en el siglo XIX, en unos años en que el espacio poético femenino lo llenaba una figura de tanta fuerza como la de Rosalía de Castro, que casi no deja sitio para ninguna más.

La producción más importante de Coronado es la poética. Sus poemas fueron recogiéndose poco a poco en revistas, y más tarde, en 1843, se recopilaron en un volumen (Poesías) con prólogo de Hartzenbusch. En las posteriores ediciones de 1852 y 1872 se incorporaron nuevos poemas. Sin embargo, hasta hace poco no se ha podido conocer la totalidad de su obra.

Sus poemas más conocidos fueron recogidos en Poesías (1843) o Poesías de la señorita Carolina Coronado (1850).

Su talento como escritora, no estuvo exento de sinsabores por su condición de mujer, en una época en la que las poetas eran consideradas poco menos que “trastornadas”. Fue una figura relevante en su tiempo a la que se le asignó la incómoda etiqueta de miembro del grupo de “poetas menores”.

En su poema, “La poetisa en el pueblo”, recoge las burlas y el sentimiento de rechazo que genera en una sociedad provinciana el hecho de que una mujer escriba poesía:

“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?

– Esa que saca coplas.

–Jesús que mujer más rara.

–Tiene los ojos de loca (…)”.

“Más valía que aprendiera

a barrer que a decir coplas.

-Vamos a echarla de aquí.

-¿Cómo? -Riéndonos todas.”

En prosa escribió un total de quince novelas y algunas obras teatrales.

Desde el punto de vista temático, su obra poética es muy diversa: la contemplación e interpretación subjetiva de la naturaleza, el amor, la religión, el compromiso cívico, social e incluso político, y un naciente feminismo, que es uno de los temas más personales y constantes en su obra.

Hay una secta de hombres implacables que con su odio colectivo a todas las mujeres ilustres, antiguas y modernas, se han armado de la sátira, del desprecio y de la calumnia”.

(Fragmento de La Sigea.)

Según el profesor y filólogo, Juan Senís, su historia no brilla en los manuales literarios y la apasionada Carolina es una gran desconocida para el gran público, a pesar de que muchos de sus poemas son de una indiscutible calidad. Rosalía de Castro dominando el panorama literario del siglo XIX, casi no deja sitio para ninguna más. Quizás en otra situación su obra hubiera tenido otra suerte…

Estos 5 poemas que he elegido de su obra tienen una marcada afinidad con el romanticismo y el naturalismo. No solo están impregnados de una enorme sensualidad y belleza, sino también de compromiso social y reivindicación. La mayoría de sus poemas son muy extensos, por lo que algunos de los seleccionados son fragmentos.

Que disfruten estos versos de su hermosa y apasionada poesía.

“CANTAD, HERMOSAS”

Las que sintáis, por dicha, algún destello

del numen sacro y bello,

que anima la dulcísima poesía,

oíd: no injustamente

su inspiración naciente

sofoquéis en la joven fantasía.

Si en el pasado siglo intimidadas

las hembras desdichadas,

ahogaron entre lágrimas su acento,

no es en el nuestro mengua,

que en alta voz la lengua

revele el inocente pensamiento.

Do entre el escombro de la edad caída,

aun la voz atrevida,

suena, tal vez, de intolerante anciano,

que en áspera querella

rechaza de la bella

el claro ingenio, cual delirio insano.

Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza

quien el recuerdo alcanza

de la edad en que al alma femenina

se negaba el acento,

que puede, por el viento,

libre exhalar la humilde golondrina?

Aquellas mudas turbas de mujeres,

que penas y placeres

en silencioso tedio consumían,

ahogando en su existencia

su viva inteligencia,

su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!

¡Cuál de su pensamiento la corriente,

cortada estrechamente

por el dique de bárbaros errores,

en pantano reunida,

quedara corrompida

en vez de fecundar campos de flores!

¡Cuánto lozano y rico entendimiento,

postrado sin aliento,

en esos bellos cuerpos juveniles,

feneció, tristemente,

miserable y doliente–,

desecado en la flor de los abriles!

¡Gloria a los hombres de alma generosa,

que la prisión odiosa

rompen del pensamiento femenino!

¡Gloria a la estirpe clara

que nos guía y ampara

por nuevo anchurosísimo camino! (…)

“LA ROSA BLANCA”

Antes que por la lluvia fecundada

arde la tierra al sol de primavera,

que apresurando su veloz carrera,

muestras la luz de mayo anticipada;

queda la yerba mísera abrasada

antes de desplegarse en la pradera

y, como niño que en la cuna muere,

seco el pimpollo al rayo que lo hiere.

Para su breve curso el arroyuelo:

la fuente agota su caudal mezquino;

de la desnuda acacia al muerto espino

lleva la joven mariposa el vuelo;

el polvo lame del estéril suelo

la oveja hambrienta, y fijo en el camino.

A lo lejos contempla los sembrados

el labrador con ojos desolados…

¿A qué viene la niña de la aldea

a recorrer los campos cuidadosa

si no ha de hallar en ellos ni una hermosa

flor, que de su cabello ornato sea?

Siempre cuando la mansa luna ondea,

al acabarse el día, presurosa

desciende murmurando a la ribera

y se mira en el agua placentera.

Y alza de entre los juncos de su orilla

una flor de blancura reluciente

y una por una cuenta ansiosamente

las hojas de su corola sencilla:

y cuantas menos son, más gozo brilla

en la faz de la niña, más latiente

siente su pecho, y en el onda pura

mira con más cuidado su hermosura. (…)

“A UNA GOTA DE ROCÍO”

Lágrima viva de la fresca aurora,

a quien la mustia flor la vida debe,

y el prado ansioso entre el follaje embebe;

gota que el sol con sus reflejos dora;

Que en la tez de las flores seductora

mecida por el céfiro más leve,

mezclas de grana tu color de nieve

y de nieve su grana encantadora:

Ven a mezclarte con mi triste lloro,

y a consumirte en mi mejilla ardiente;

que acaso correrán más dulcemente

las lágrimas amargas que devoro

mas ¡qué fuera una gota de rocío

perdida entre el raudal del llanto mío…!

“¡OH, CUÁL TE ADORO!”

¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día

tu nombre invoco, apasionada y triste,

y cuando el cielo en sombras se reviste

aun te llama exaltada el alma mía.

Tú eres el tiempo que mis horas guía,

tú eres la idea que a mi mente asiste,

porque en ti se encuentra cuanto existe,

mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

No hay canto que igualar pueda a tu acento

cuando mi amor me cuentas y deliras

revelando la fe de tu contento;

tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

y quisiera exhalar mi último aliento

abrasada en el aire que respiras.

“EL MARIDO VERDUGO”

¿Teméis de ésa que puebla las Montañas

turba de brutos fiera el desenfreno?…

¡más feroces dañinas alimañas

la madre sociedad nutre en su seno!

Bullen, de humanas formas revestidos,

torpes vivientes entre humanos seres,

que ceban el placer de sus sentidos

en el llanto infeliz de las mujeres.

No allá a las lides de su patria fueron

a exhalar de su ardor la inmensa llama;

nunca enemiga lanza acometieron,

que otra es la lid que su valor inflama.

Nunca el verdugo de inocente esposa

con noble lauro coronó su frente:

¡Ella os dirá temblando y congojosa

las gloriosas hazañas del valiente!

Ella os dirá que a veces siente el cuello

por sus manos de bronce atarazado,

y a veces el finísimo cabello

por las garras del héroe arrebatado.

Que a veces sobre el seno transparente

cárdenas huellas de sus dedos halla;

que a veces brotan de su blanca frente

sangre las venas que su esposo estalla.

¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado

más sangre, más dolor la herida brota,

que el delicado seno macerado,

y que la vena de sus sienes rota!

Así hermosura y juventud al lado

pierde de su verdugo; así envejece:

así lirio suave y delicado

junto al áspero cardo arraiga y crece.

Y así en humanas formas escondidos,

cual bajo el agua del arroyo el cieno,

torpes vivientes al amor uncidos

la madre sociedad nutre en su seno.

REFERENCIAS:

Datos de la biografía de la autora extraídos de:

Wikipedia

Un siglo de vida y poesía.

EcuRed Carolina Coronado


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