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El pasado 4 de noviembre publicamos un artículo recordando la memoria del poeta chino Xu Lizhi, fallecido en extrañas circunstancias. En esos mismos momentos, en otro punto del planeta, Iraq, las calles de Bagdad se llenaban de manifestantes honrando los restos de Safa al-Sarray, poeta y músico iraquí.

Desde 2003 cuando los EEUU decidieron poner un gobierno títere en Iraq, los iraquíes se han estado manifestando contra la corrupción imperante. A partir de 2011, no todas las manifestaciones eran organizadas por partidos políticos, algunas de ellas eran espontáneas bajo un lema común “Queremos una patria”.

Las protestas fueron en aumento a medida que la represión gubernamental aumentaba, así como el número de asesinatos de manifestantes pacíficos. Según el informe de Amnistía Internacional:

Las fuerzas iraquíes y kurdas, las milicias paramilitares, las fuerzas de la coalición y el grupo armado Estado Islámico cometieron violaciones del derecho internacional humanitario, crímenes de guerra y abusos flagrantes contra los derechos humanos en el conflicto armado. Los combatientes del Estado Islámico desplazaron a miles de civiles a zonas de conflicto activo, los usaron como escudos humanos a escala masiva, perpetraron homicidios deliberados de civiles que huían de los combates y reclutaron y desplegaron a niños y niñas soldados. Las fuerzas iraquíes y kurdas y las milicias paramilitares cometieron ejecuciones extrajudiciales de combatientes capturados y de civiles que huían del conflicto, y destruyeron viviendas y otros bienes de carácter civil. Las fuerzas iraquíes y kurdas, así como las autoridades del gobierno, detuvieron arbitrariamente, sometieron a desaparición forzada y torturaron a civiles presuntamente afines al Estado Islámico. Los tribunales sometieron a presuntos miembros del Estado Islámico y a otras personas sospechosas de delitos de terrorismo a juicios injustos y los condenaron a muerte basándose en “confesiones” obtenidas mediante tortura. Se siguió llevando a cabo un número alarmante de ejecuciones.

Entre todos estos manifestantes había un músico y poeta, Safa al Sarray, o aspirante a poeta, tal como le define el escritor iraquí Sinan Antoon en su artículo I Will Visit Your Grave When I Go to Iraq del New York Times. Safa era un gran lector de poesía de 26 años nacido en el seno de una familia de clase trabajadora del barrio de Sadr City en Bagdad. Él era el más joven de once hermanos. Su padre murió cuando él era muy joven. Safa trabajó de albañil y como mozo mientras estudiaba en la Universidad de Tecnología en Bagdad, para poder pagar los gastos y mantener a su familia. Posteriormente también trabajó como escribano para ayudar a los ciudadanos que tenían que comparecer en los tribunales y no sabían leer ni escribir.

En 2011, con 18 años, Safa decidió ponerse al frente de muchas de las manifestaciones a partir de ese momento. Por ese motivo, se vio acosado en las redes sociales y fue detenido en varias ocasiones. Pero eso no le preocupaba porque él amaba Irak.

A los 26 años ya usaba un bastón, resultado de su paso por la prisión. Su madre, que murió en 2017 aquejada de un cáncer, le insufló energía para soportar las torturas de la cárcel. De hecho él reivindicaba el hecho de ser «hijo de Thanwa», cosa que en sociedades como la iraquí no es corriente por el fuerte machismo imperante.

El poco dinero que ganaba con su música y poemas lo donó a un orfelinato.

People’s sadness is my sadness

Their feasts are mine

Let the wellspring of my life flow onto their deserts

These flowers in my soul are gardens of people.

La tristeza de la gente es mi tristeza / Su alegría es la mía / Que la fuente de mi vida riegue sus desiertos / Estas flores de mi alma son jardines del pueblo.

Este poema es una muestra de los que solía recitar en las manifestaciones pacíficas a las que asistía.  El mes de octubre de 2019, una granada de gas lacrimógeno lanzada por la policía directamente a los manifestantes, según Human Rights Watch (HRW), le perforó la cabeza en la zona del puente de Al Jumariyah de Bagdad. Lo trasladaron al hospital donde siete horas después de aquel fatídico 27 de octubre, Safa al-Sarray falleció a causa de las heridas.

Hoy, podemos encontrar la imagen del poeta en las paredes de la plaza Tahrir en Bagdad y su vida se ha convertido en un símbolo para la juventud iraquí.


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